La araña Tricotosa estaba contenta. Los productos de la cadena JARA eran baratos y no muy duraderos, pero estaban al alcance de todos los bolsillos por muy poca mosca. Es por eso que pagaban bajos precios a sus proveedores y éstos solían abusar de sus tejedoras. No pasaba así con Tricotosa porque procuraba no explotar a sus empleadas y se quedaba sólo con una pequeña parte para cubrir gastos y esta pequeña parte de los ingresos le había permitido dedicarse en exclusiva a sus propias telas sin tener que preocuparse por sus necesidades mínimas. Pero no se dedicaba a tejer para la cadena Jara ni para ninguna otra, sus telas no eran para la industria de la moda sino para la captura de insectos. Ya contaba con amplias extensiones de matorrales cubiertas estratégicamente y conseguía abundantes capturas de moscas, mosquitos, polillas y otras muchas clases de insectos. Poco a poco se había ido haciendo con un capital, aunque no por el taller de tejido, sino en la industria alimentaria, por el comercio en el mercado de insectos. Es por esto que comenzó a despertar envidias entre sus vecinas que la consideraban una rica telateniente y, como no podían hacer nada contra ella, se dedicaban a difamarla entre sus trabajadoras, diciéndoles que si se estaba enriqueciendo era a costa de ellas. En un principio las trabajadoras no hacían caso, sabían que cobraban más que las de otros talleres, pero la maledicencia se va abriendo paso poco a poco y siempre se encuentra alguien que no tiene bastante y quiere más y más.
Una de las tejedoras se dejó influir tanto por las vecinas que acabó siendo ella la que hacía circular rumores y bulos entre sus compañeras mientras tejían, y el ambiente de trabajo se fue enrareciendo. A causa de ella, del mal clima laboral que estaba creando y de la desmotivación, la producción se resentía, tanto en calidad como en cantidad, de modo que los ingresos procedentes de JARA también disminuyeron y, lógicamente, sus propios ingresos. Aprovechando la ocasión, aquella araña tejedora azuzó el descontento y el resentimiento y, hasta aquellas que se resistían a admitirlo, acabaron culpando de todo a Tricotosa en lugar de a ellas mismas o a su compañera.
Pero debido a la bajada de la producción y la calidad, Tricotosa recibió una nota de la cadena JARA junto con la devolución del último envío porque no cumplía los mínimos exigidos y conminándola a corregir los defectos en la producción o se verían obligados a rescindir el contrato.
Tricotosa reunió a toda la plantilla y les mostró la carta y el resultado de su trabajo, poniendo de manifiesto la caída en la calidad de su labor cuando siempre habían sido sus productos los mejor valorados por JARA.
Se armó el revuelo. Las unas acusaban a las otras, las otras a las unas y todas a aquella que había creado tan mal ambiente en el taller y que era la causante de todo. Avergonzada, se despidió del trabajo y no se la volvió a ver por allí. Las aguas volvieron a su cauce, las arañas a su tela, y la producción a la calidad que siempre había tenido. Pero no tardó mucho en surgir un nuevo problema, no por las tejedoras sino por la cadena JARA. Habían encontrado en otro territorio a otras arañas dispuestas a trabajar aún más barato y comenzaron a bajar precios, pero no a la venta, sino a los talleres que les habían servido desde antes. Los ingresos de todos los talleres descendieron y lo acabaron pagando las tejedoras. En el taller de Tricotosa todo se iba en materias primas y pata de obra, por lo que ya no le reportaba ni una mosca de beneficios, ni tan siquiera el precio del alquiler del taller.
Tras esto y el pasado episodio de revuelta laboral, decidió cederles el taller a las tejedoras y que ellas se entendieran con los de JARA, con lo que se formó la Sociedad Colectiva Laboral ARACNIA S.C.L.
Tricotosa, ya libre de las obligaciones que le suponía el taller, se dedicó de lleno a gestionar sus negocios de telas, caza y venta de insectos al por mayor.
Tras ceder el taller a las tejedoras, se mudó a un cómodo agujero en la roca tejiendo su malla de seguridad en el acceso con su alarma anti-intrusión, y allí se quedó, tan ricamente, de patas cruzadas y libre de problemas laborales y de especulación comercial.
Moraleja: No tires piedras contra tu tejado y menos si está diluviando
El Consejo de Redacción de la importantísima revista de Turismo "NatTour World" está reunido planificando un número extraodinario dedicado a las Maravillas de la Naturaleza. Tras una intensa Tormenta de Ideas se seleccionaron los objetivos a cubrir y los recursos gráficos a desplegar, pasándose a continuación a los contenidos de texto y entrevistas.
El más joven de los redactores expuso las siguientes consideraciones:
-" Siempre que hablamos de alguna instalación turística o espacio natural incluimos una entrevista con el responsable directo; director del hotel, administrador del establecimiento de ocio, autoridades de medio ambiente del estado o condado, etc... pero en este caso eso no parece lo más adecuado, tratándose de las Maravillas de la Naturaleza sería necesaria una entrevista con el responsable de las mismas; es decir Dios."
La propuesta provocó un revuelo en el Consejo y durante unos minutos cada cual expuso sus opiniones sin escuchar a los demás, desembocando en un guirigay que el Presidente cortó oportunamente y, dirigiéndose al ponente, dijo:
-" Aunque harto improbable, la idea es extraordinaria y supondría un éxito editorial sin precedentes desde el tiempo de los Evangelistas. Como la idea es tuya, considero que debes ser tú mismo el que la lleve a cabo, para lo que puedes contar con todos los recursos de la Revista."
El redactor tomó el avión y, dirigiéndose a Roma, consiguió audiencia con el Santo Padre, quien -enterado de su petición - le prometió que haría todo posible para conseguirle la entrevista con el Supremo Hacedor.
Horas más tarde recibió una llamada en el hotel procedente del Santo Padre en la que le comunicaba que había conseguido la entrevista y que, como Dios estaba en todas partes, no se moviera del hotel.
No se sabe cómo se apareció el Creador ni bajo que aspecto, lo que sí se sabe es el contenido de la entrevista ya que fue grabada íntegramente.
Tras varias horas de entrevista, en las que se repasaron las ideas que motivaron; desde las auroras boreales hasta las rías gallegas pasando por las altas cordilleras del Himalaya... el reportero le preguntó:
-"Señor, hay un sitio del que he oído hablar mucho y que no he podido visitar, pero por el nombre es evidente que debe ser obra Suya también. Se trata del Nacimiento del Mundo"
Tras
la marcha del flautista y la desaparición de los niños, en Hamelín
había duelos y llantos, pero también indignación. Duelos y llantos
por los niños perdidos e indignación con el Concejo Municipal
al que acusaban de ser culpable de aquella desgracia por no haber cumplido con el pago prometido
al flautista, tras llevarse los ratones. Esto no podía quedar así y
los ánimos comenzaron a exaltarse. Se formaron comités y asambleas
y decidieron pasar a la acción.
Se
iniciaron las protestas frente al Concejo, con pancartas y
consignas. Pero los ánimos se fueron caldeando y se lanzó pintura a
la fachada y huevos a quien se atreviera a asomar por la puerta. Un
piquete intentó forzar la verja del patio que daba acceso al
edificio y el Alcalde tuvo que recurrir a la fuerza pública para
defender las dependencias municipales y la propia integridad del
Concejo.
La
quema de contenedores y las escaramuzas fueron extendiéndose por el
centro, alrededor del Concejo, y el Alcalde, finalmente, tuvo
que llamar al orden y se ofreció para dialogar con una comisión
vecinal.
En
aquellos momentos ejercía de Alcalde un antiguo picapedrero llamado
Paul Kirchen. Un picapedrero que, gracias al apoyo de sus compañeros
de cantera y muchos más profesionales, había ascendido al cargo
tras sus encendidos mitines y diatribas contra la casta dominante y
con promesas de hacer limpieza de aprovechados y acomodados en el
Concejo. Pero cuando llegó al cargo pasó a ser parte de aquella
denostada casta dominante, ser uno más de los aprovechados y
acomodados y aumentar el número de ellos considerablemente.
En
la entrevista escuchó las acusaciones de los vecinos y acabó
argumentando que ellos habían hecho lo mejor que creían en bien de la ciudad al no
dilapidar los fondos destinados a servicios a la sociedad, sólo para pagar
a alguien que lo único que había hecho era tocar una flauta. Que,
de haberle pagado lo prometido, tendrían que subir tasas y gabelas o recortar servicios públicos necesarios. Habían hecho todo lo imposible pero era imprevisible la reacción de aquel flautista, culpable único
de lo ocurrido, y cualquiera habría actuado de la misma manera ante
una situación que nadie hubiera podido adivinar por inédita e imprevisible como una epidemia infecciosa desconocida.
Tras
horas de discusión y, tras alguna promesa de mejoras en los
servicios públicos o privados y algún sobre bajo mano, acabó convenciendo a
la comisión de la rectitud de actuación por parte del Concejo y
la única y absoluta culpabilidad del flautista.
En
Hamelín se calmaron los ánimos y la normalidad regresó a sus
calles, salvo a las casas de los vecinos que lloraban la pérdida de
sus hijos. Total, a los demás no les afectaba directamente.
El
flautista se había llevado a todos los niños y aquella ciudad no
tenía un futuro muy halagüeño. ¿Todos?. Todos no, porque, al
acabar el curso regresaron a Hamelín los niños del Alcalde y de los
demás aprovechados y acomodados del Concejo, que se hallaban
internos en caras residencias privadas de Ahmelón y Amehlán. Y con
su llegada se reabrieron las viejas heridas y la indignación volvió
a correr por las calles como la pólvora. Pero eso ya es otra historia.
Cierto día ventoso de finales de
Mayo, Muuriel se hallaba, como de costumbre, rumiando y con la vista
perdida en el horizonte, como meditando sobre algo de gran
trascendencia; cuando, de súbito, una racha de viento le llevó algo al hocico y le impedía la respiración. Esto acabó con su
habitual sosiego y agitó violentamente la cabeza, cayendo al suelo
aquel extraño objeto. Se trataba de algo como de tela blanca con
tonos azulados pero no sabía de qué se trataba. Más relajada ya,
pensó que Woffe, que era más mundano y conocía todo lo referente a
los humanos, podría saber qué era aquello, y lanzó un breve
mugido que fue suficiente para sacarlo de su siesta habitual bajo el
olmo.
- ¿Qué pasa Muu? ¿Me has llamado?
- Sí. Quisiera saber que es ésto –
respondió señalando con la pezuña derecha al objeto aquel.
- Lo conozco. Eso es algo que
últimamente llevan los humanos en la cara por la calle.
- Pues no sé como respiran, porque a
mí casi me deja sin aliento, pero aún menos entiendo qué hace
aquí.
- Lo habrá traído el viento.
- ¿Tan fuerte habrá sido para
arrancárselo de la cara?
- No. Es que lo van tirando por
cualquier sitio, igual que otra cosa de plástico que ahora también se ponen en
las manos. He visto mucho de eso por las calles cuando voy con el
amo. Él también lo lleva pero, cuando llega a casa lo tira al cubo
de la basura.
- Como si no hubiera bastante con las
bolsas de plástico, los papeles, las latas, las colillas,… y los
chicles que ya tuvimos que hacer algo con Cloe para limpiar la
granja.
- Pues el pueblo sigue igual de sucio, o más, y los chicles habrán desaparecido de aquí, pero de allí no.
- Algo habrá que hacer. De momento
llevar esto al cubo de la basura, pero esto es una locura. ¿Qué
piensan estos humanos? ¿Vivir entre desechos? Ya dicen que el ser
humano tiene mucha similitud genética con el cerdo y creo que es
bien cierto.
- Claro que habrá que hacer algo,
pero veo difícil que podamos hacerlo en el pueblo y menos en la
ciudad.
- Pues comencemos por lo que está a
nuestro alcance, la granja. Y si cada cual se ocupara de cuidar su
pequeño entorno, su entorno inmediato, esto no sería un gran problema. Aunque creo que los humanos no estén por la labor. ¡Anda! Ve a buscar a Cloe y le dices que venga, De paso llévate esta cosa que me está sacando fuera de mi flema habitual.
Woffe partió en busca de Cloe
llevándose entre los dientes aquella mascarilla desechable, porque eso es lo que era.
- Hola Muu ¿Que querías? - dijo Cloe
al llegar.
Muu ya estaba otra vez rumiando y en
sus cavilaciones, pero le respondió:
- Hola amiga. Te he hecho llamar
porque estos humanos no hacen más que tirar desperdicios por ahí y
eso no se puede consentir, al menos en nuestra granja. Hagamos que
sea un sitio limpio y libre de residuos.
- Dímelo a mí. Especialmente en los
días de viento, como hoy, llega todo tipo de cosas. En general bolsas de plástico y papeles, aunque últimamente llegan otras cosas raras
que nunca había visto.
- Pues reúne a tus amigas y a ver si,
entre todas, hacéis una limpieza a fondo de la granja.
Y así se hizo. Todo el gallinero
colaboró con la lideresa, con la que un día les había convencido de que
mejor era llevarse bien y trabajar unidas por el bien de todos en lugar
de andarse picoteando mutuamente(1). En otra ocasión les convenció de
que había que erradicar los chicles de la granja(2), y ahora les convenció de que
había que limpiar su entorno para vivir en un lugar saludable y no
en una pocilga. Y es que Cloe, desde hacía mucho tiempo en que intentó volar (3), tenía aversión y no sólopánico a los cerdos.
Y así quedó la granja limpia. Limpia
de plásticos, papeles, envoltorios, latas,… y también de
mascarillas y guantes. Aquello fue algo épico, un pequeño paso para
una gallina pero un gran paso para la gallinidad y un ejemplo que
difícilmente seguirían aquellos seres humanos emparentados con los
cerdos.
Soy
un león. Pero no creáis que soy valiente y fiero como debe ser un
león. Al contrario; soy tímido y apocado,
por no decir miedica o cobarde. Mi hermano sí que es valiente desde cachorro y, pese
a muchos problemas, llegó a ser rey. Siempre lo fue, y atrevido, y travieso, tanto como para atreverse a desobedecer a nuestro padre y
visitar el cementerio de elefantes, corriendo un grave peligro con las
hienas y obligando a nuestro padre y rey a intervenir para salvarlo.
Tras la muerte de nuestro padre y su exilio, mi
hermano regresó
enfrentándose a nuestro usurpador tío y acabó reinando, creo
que esa historia ya la sabéis porque todo el mundo se hizo eco de
ella,
pero nadie sabe de mi existencia.
Yo
siempre fui el más flojo de la camada. Cuando jugaban a pelear para
entrenarse en la lucha, yo me mantenía al margen y prefería
contemplar el paisaje desde una roca elevada.
Desde una vez en
que, jugando a atrapar, me lastimé una mano, tenía miedo a esos
juegos tan naturales entre los cachorros de león y de cualquier otro
depredador. Así crecí contemplando como mis hermanos se hacía
fuertes y hábiles en la lucha, mientras que yo permanecía debilucho y
timorato. Era una presa perfecta para las hienas pero, aunque miedoso,
no era tonto y sabía que, si yo no era capaz de defenderme, debía
permanecer bien cerca de mis hermanos y de la familia que me servía
de protección y me facilitaba alimento.
Pero las cosas se complicaron cuando a
mi hermano se le acusó de la muerte de nuestro padre y tuvo que
huir. Mi tío se quedó como rey de la selva y yo seguí en la
manada, intentando no hacerme notar mucho.
Así pasó el tiempo y, como es
natural, crecí y me convertí en un león adulto. En ese momento
debía marchar o competir con los otros leones para ser
un macho dominante pero, como eso era incapaz de hacerlo, no tuve más
remedio que dejar el territorio y convertirme en un macho solitario teniendo que buscarme la vida.
Lo de comer fue duro porque carecía
de habilidades para la caza, habilidades que debía haber adquirido
desde cachorro, por eso tuve que comportarme como un carroñero
cualquiera si quería sobrevivir, aprovechando los restos abandonados
de alguna presa, pero procurando esperar a que terminaran las hienas
y que los buitres se alejaran.
Afortunadamente nadie se metía
conmigo al creer que yo era un león, como los demás, fuerte y
fiero. No imaginaban que hasta un suricato me habría hecho huir, de
haberse atrevido a atacarme.
En estas andaba por la sabana, ya muy
lejos de la tierra que me vio nacer, cuando me tropecé con un
espantapájaros que me dio un susto tremendo, pero pensé que yo no
era un pájaro y no tenía por qué espantarme su presencia, de modo
que entablamos amistad y seguimos vagando en animada conversación
por la sabana, cada uno quejándose de sus problemas. Su compañía
me tranquilizaba y, aunque él no tenía cerebro, era decidido y
animoso, cosa que yo no era.
Undía
en que nos hallábamos reposando al pie de un baobab, comenzó a
sonar un escandaloso ruido metálico, y se aproximaba. Muerto de
miedo me escondí tras el tronco del árbol y, de haber podido,
habría trepado a lo más alto, cosa que los leones no somos capaces de hacer, y menos
yo.
Pero el espantapájaros me tranquilizó y me hizo ver que sólo se
trataba de un inofensivo hombre de hojalata.
Así seguimos los tres el camino.
Ahora eramos un trío de compañeros de viaje hacia ningún lugar,
cada uno buscando la solución a sus problemas: Un cerebro en lugar
de paja, un corazón en lugar de metal y valor en lugar de cobardía.
El espantapájaros nos comentó que buscaba a un mago capaz de resolver su problema, pero no sabía
dónde podría hallarse, de modo que decidimos separarnos para buscar
cada uno por nuestro lado y quedamos en volvernos a encontrar bajo
aquel baobab para contarnos lo que habíamos visto y si habíamos
encontrado al mago. Así, cada cual tomó un camino y yo me quedé
muy triste puesto que su compañía me había dado seguridad y ahora
estaba nuevamente solo.
Busqué y busqué días y días pero
no hallé nada. Cuando ya estaba en camino de regreso hacia el baobab
para encontrarme con mis amigos, mi suerte acabó cambiando. Nos
acabó encontrando uno a uno y nos volvió a reunir en la búsqueda
una jovencita, pero eso es seguro que ya os lo han contado.
Este trascuento algo tiene que ver con: El Rey León y El Mago de Oz
Allí se acababa el agua y no sabía
si más adelante iba a encontrar, pero tenía que seguir, y siguió coronando cimas y descendiendo barrancos.
Asomando por un desfiladero entre dos
cimas acabó descubriendo un verde valle y una especie de ciudad en
uno de sus extremos. Veía edificios hechos de piedra, otros de
madera, otros de adobe e, incluso, algunas tiendas de campaña. Se
veía que aquella población no era reciente, que ya llevaba años
allí, pero tenía un aire de provisionalidad, como esperando algo o
a alguien. Conforme se acercaba pudo ver algunas
parcelas cultivadas, árboles frutales y algo de ganado. Veía gente
atareada, de aquí para allá, que no repararon en él hasta que
estuvo cerca y, entonces se le quedaban mirando extrañados.
Uno de aquellos campesinos, porque
aparentemente lo eran, se le acercó y le preguntó:
- ¿Quién eres y de dónde vienes?
- Me llamo Aziel y vengo de muy
lejos buscando respuestas.
- Pues ven conmigo y te acompañaré
hasta el Anciano porque él sabe todas las respuestas.
Y le siguió hasta una pequeña casa,
sencilla pero de piedra bien trabajada. En el porche, sentado en un
banco se hallaba un anciano de piel arrugada y larga barba blanca que
le recordó, si no era el mismo, al del castillo ruinoso.
- Me llamo Aziel y vengo de muy
lejos buscando respuestas - le dijo.
- Pues haz las preguntas y te
contestaré.
- Esta ciudad me parece algo como
provisional. Me da la impresión de que no es vuestra ciudad de origen y
estáis aquí de paso. ¿Hacia dónde?
- Hacia la ciudad derruida de la
que partimos hace muchos años, hacia los ricos campos convertidos en
páramo, hacia el reino que nos fue arrebatado.
- Creo haber visto todo eso pero.
¿Cómo sucedió?
- La causa la desconozco, sólo sé,
y yo era muy joven, que los campos que nos alimentaban se
convirtieron en yermos, nuestros ganados murieron por falta de
alimento y nosotros corríamos el riesgo de seguir el mismo camino.
Nuestro joven rey decidió abandonar la ciudad y aquel erial y buscar
algún lugar en que poder vivir. Y partimos todos hacia estas
montañas. Tan pronto abandonamos la ciudad, ésta se convirtió en
un montón de piedras caóticas. La travesía hasta aquí fue muy
dura y muchos no llegaron. Una vez aquí nos establecimos lo mejor
que pudimos y nuestro rey marchó en busca, como tú ahora, de
respuestas. Pero nunca más volvió.
- Es posible que no hallara las
respuestas o que muriera en el camino; pero, dime, ¿No crees que en
todo esto hay algo de magia?
- Eso creo, pero no sé cómo
deshacer el maleficio, si es que lo hay. Sólo el mago que habita en aquella montaña
blanca que ves allá – dijo señalando a una alta cima cubierta
de nieve a gran distancia – podría saber algo, pero nadie se
atreve a ir allá y yo ya no estoy en condiciones de hacer ese viaje.
- Pues tendré que ir yo.
- Ten mucho cuidado. Se cuentan
cosas terribles. De todos modos, si piensas ir, te prepararemos para
ese viaje, que será duro.
Y así le orientaron sobre la ruta a
seguir, le prepararon una mochila con provisiones, ropa de abrigo,
una fuerte cuerda, utensilios,... Y partió a los pocos días, una vez
recuperado de su viaje, camino más al norte, en dirección hacia
aquella blanca y distante cima.
Fueron largos días de caminar y
caminar, subiendo cimas y descendiendo a valles, trepando barrancos y
descolgándose con la cuerda por pendientes pronunciadas, pero al fin
llegó al pie de aquella montaña de blanca cima.
El ascenso fue fatigoso y complicado,
con grave riesgo de despeñarse. Lo peor fue el último tramo de
nieves perpetuas en el que, afortunadamente, pudo salir indemne de un
alud y de acabar congelado la última noche ya que allí no había
leña para hacer una fogata y sólo se libró gracias a la ropa de
abrigo y a un hueco entre unas rocas.
En la cima había una cabaña de
madera de cuya chimenea salía una columna de humo, y eso le animó a
atreverse a llamar, pensando en el calorcillo frente al humero.
Antes de atreverse a llamar, dudó de
hacerlo, y se decidió a preguntar a la caja.
- ¿Qué debo hacer?
DI LA VERDAD
Fue la respuesta del papelito. Aquello
no le aclaraba nada, pero se decidió a llamar y se acercó a la
puerta.
Dos golpes fue su llamada, y en
respuesta se escuchó una voz grave y profunda:
- ¿Quién eres y qué es lo que
buscas aquí?
- Me llamo Aziel y vengo de muy
lejos buscando respuestas.
Se abrió la puerta y apareció en
ella un personaje de rostro anguloso y adusto. Vestía una túnica de
color rojo fuego con unas figuras como las que Aziel recordaba haber
visto decorando la caja. Su pelo era largo, lacio y blanco. No tenía
barba como sí tenían los ancianos del castillo y la ciudad.
– Primero tendrás que dar
respuesta a mis preguntas. Entra.
Se apartó permitiéndole entrar.
Cerró tras él la puerta y le invitó a sentarse frente a la
chimenea.
- Antes de nada di lo que tengas
que decir.
Aziel recordó el mensaje de la
cajita, y recordó también una frase que de forma recurrente le
repetía su padre: "La verdad te abrirá las puertas".
Y eso es lo que le dijo a aquel inquietante personaje.
- La verdad te abrirá las puertas.
-
Muy bien, respuesta satisfactoria. Ahora voy aresponder
a todas tus dudas contándote una historia.
----------------------------
"Hubo una vez un feliz reino
en el que un rey justo y benévolo gobernaba con equidad. Tenía un
hijo, el joven príncipe heredero, al que quiso dar la
mejor educación y formación, para lo que le puso al cuidado de un
maestro y tutor que le enseñaba todas las artes, las ciencias
y cualquier conocimiento que pudiera servirle en su futuroreinado para el bien de su pueblo. Adquirió muchos conocimientos
y habilidades, que es lo que deben transmitir los maestros, pero lo que no había cultivado ni recibido pautas, era sobre la ética, los
valores, la empatía, ... Supo que su tutor tenía una cajita que
daba respuesta a sus preguntas y le orientaba en sus dudas y sintió
deseos de quedarse con ella. Un día falleció el rey, él fue
coronado y, creyéndose dueño de vidas y haciendas, considerando que
todo era suyo, se apoderó de la cajita. Su tutor le preguntó:
- Majestad ¿Por ventura no habéis
visto una cajita de color rojo decorada?
- Al Rey no se le debe molestar con
tonterías
El tutor se atrevió a insistir:
- ¿No la tendréis vos por
casualidad?
- ¡Qué atrevimiento! ¡De ninguna
manera! – mintió el joven rey y, además se sintió tan ofendido
que mandó encerrar al tutor en una mazmorra.
Éste desapareció de su prisión
misteriosamente. El rey no sabía que era un mago, un mago que no
toleraba la mentira y menos de quien, por su cargo, debía mostrar, demostrar y tener una conducta intachable"
--------------------
- Lo que sucedió después creo que
te lo puedes imaginar. Has visto el castillo, la ciudad y ahora te
voy a hacer una pregunta: ¿No tendrás tú esa cajita por
casualidad?
Aziel la sacó del bolsillo
y se la entregó.
- Claro que la tengo. Tómela, es
suya. ¿Me equivoco?
- No te equivocas. Y ahora te va a
tocar a ti deshacer todo lo que una mentira produjo. Pero te voy a
evitar pasar nuevamente por todos esos viajes tan penosos que has
tenido que superar hasta llegar aquí. Toma este anillo y, cuando
desees estar en algún sitio, allí estarás.
- Una pregunta ¿Quien era el
anciano del castillo?
Una chispa burlona destelló en los
ojos del mago y Aziel añadió:
- No hace falta que me lo diga, ya
lo sé.
Se despidieron y Aziel deseó hallarse
en la ciudad del valle, a la puerta del anciano. Éste se sorprendió
mucho al ver materializarse frente a él aquella aparición.
- Has hablado con el mago ¿verdad?.
Y ahora que te veo... me recuerdas a alguien, alguien que hace muchos
años marchó de aquí, como tú, en busca de respuestas. Ahora lo
veo, eres el vivo retrato de nuestro rey.
- Es posible, pero yo
siempre he sido el hijo de un humilde campesino que creo ya encontró
las respuestasque buscaba. Ahora me ausentaré un tiempo,
pero quiero que vayas preparando a todos para emprender el viaje de
regreso. Yo sí volveré.
Y, dicho esto, desapareció.
Apareció en aquel obelisco en el que
había enterrado la llave. Escarbó y la sacó de entre la arena, la
limpió de polvo y se la guardó en un bolsillo, un bolsillo en el que
ya no se encontraba la cajita, una cajita que ya no daría respuesta
a sus preguntas. Las respuestas se las tendría que dar él mismo sin
ayudas mágicas.
Apareció ahora en el páramo
polvoriento, frente al rimero de rocas y pudo ver como, al mismo
tiempo que se reconstruía la ciudad, el páramo reverdecía.
Finalmente, cuando acabó el estruendo y la nube de polvo precipitó, se acercó a la puerta,
enhebró la llave en la cerradura y ésta se abrió lenta y solemnemente. La ciudad seguía vacía,
y seguiría así hasta el regreso de sus habitantes, pero el manzano
continuaba teniendo aún bastantes manzanas, aunque muchas habían
caído.
Tomó una manzana, bien madura, y
apareció frente al castillo ruinoso. Aquel viejo castillo seguía ruinoso,
sucio, con zarzas y telarañas, y seguro que seguiría así hasta que
volviera a estar habitado, hasta que lo limpiaran y reconstruyeran
las almenas derruidas. Pero esta vez sí que había una puerta, una
gran puerta abierta de par en par. Penetró en aquel gran salón
abandonado. Los muebles y todo seguía tal y como lo había visto
aquella vez. Lo único que no estaba igual era aquel oscuro pasillo de la
puerta ovalada. Ni puerta ni pasillo y, a buen seguro ni salita
comedor, ni dormitorio, ni baño, ni escalera... Cosas de la magia.
Podría haber vuelto inmediatamente a la ciudad del
valle a reunir a su gente y llevarles de vuelta a su ciudad y sus
campos, pero decidió acercarse a ver lo que fuera su casa, a
sus hermanos y visitar la tumba de su padre; un padre que, aún desencaminado en su juventud, acabó
aprendiendo que "La verdad
abre
las puertas".
Sus
hermanos, tras tanto tiempo sin verlo, temiendo que le hubiera sucedido alguna desgracia, se alegraron mucho de verlo y él les
contó sus aventuras, pero hubode dejarlos en breve para regresar con el anciano y su pueblo, y desandar el camino que les había llevado a las lejanas montañas.