Había un Rey y una Reina que tenían tres hijas, querían muchísimo a las dos mayores, que se llamaban Flor de Azahar y Resedá. La pequeña, que era muy bonita y tenía tres años menos que Resedá, se llamaba Camelia. El nacimiento de la pequeña Camelia molestó mucho a sus hermanas Flor de Azahar y Resedá, lo mismo que a las hadas que tenían por madrinas, y que se llamaban Furiosa y Colérica. Camelia tuvo por madrina el hada Bondad, pero ésta no era tan poderosa como las dos madrinas de sus hermanas. La Reina, que, como hemos dicho, quería entrañablemente a las dos mayores, veía con disgusto que todo el mundo se fijaba en los encantos de Camelia, y, aunque parezca cuento, dispuso que la pequeñita, en lugar de seguirse criando en Palacio, lo fuera en una alquería, a seis leguas del reino. Un gentilhombre y una dama fueron encargados de entregar la niña Camelia a la arrendadora de la alquería, dándole instrucciones precisas para que, prescindiendo de la alta posición de los padres de Camelia, trataran a ésta como si fuera su hija, sin hacer la menor distinción con ella, debiendo vestir el traje de las labradoras, comer lo que éstas comieran y dedicarse a las labores del campo; prometiólo así la arrendadora, y Camelia se crió fuerte y robusta, pero sin perder aquellos perfiles de belleza con que Dios la había dotado. Cada año mandaban a saber de ella, pero nunca la llevaban el menor regalo, en cambio, sus hermanas vivían muy agasajadas, vestían espléndidos trajes y se adornaban con riquísimas joyas. Sucedió un día que el Rey dijo a su esposa:
- Nuestras hijas se hallan en disposición de elegir marido, para lo cual he anunciado magníficas fiestas que se han de celebrar todos los domingos del próximo mes de Mayo, es necesario que las prevengas, pues asistirán muchos príncipes que las solicitarán en matrimonio.
- Supongo - dijo la Reina - que Camelia se quedará en la alquería.
- No - dijo el Rey - asistirá a las fiestas por si algún desesperado quiere cargar con ella, pues estará que dará miedo verla de tostada del sol y curtida por los aires.
Hiciéronse en el palacio grandes preparativos, los comerciantes llevaron las telas mejores que tenían, para que Flor de Azahar y Resedá estuvieran, no sólo ricamente vestidas, sino que llamaran la atención por su elegancia. Los joyeros desmontaron antiguos aderezos y los convirtieron en otros preciosos y modernos. Todo estaba preparado, ejércitos de modistas habían hecho los trajes de las dos jóvenes privilegiadas, y la víspera, un gentilhombre se presentó en la alquería para invitar, de parte del Rey, a Camelia, pero se abstuvo de llevar ningún regalo. Camelia, al principio, rehusó el asistir a las fiestas, pero el gentilhombre dijo que su padre lo llevaría muy a mal y le añadió que al día siguiente vendría a buscarla, que preparara su equipaje.
Luego que se marchó el gentilhombre, la arrendadora sacó un arca de pino blanco y metió en ella dos vestidos de percal, un corpiño de terciopelo y unos zapatos ordinarios, pero que estaban en buen uso. Al día siguiente se presentó en un coche el gentilhombre y una dama de honor muy vieja y muy malhumorada, y haciendo subir en el coche a Camelia, la llevaron a palacio, pero el carruaje no paró en el peristilo de honor, sino, dando vuelta al patio de las cocinas, se detuvo en la puerta de la escalera de servicio. Hicieron subir a Camelia a un camaranchón donde había una mala cama, y allí le dijeron que esperase. Aquella noche se celebró un suntuoso banquete al que asistieron muchos príncipes, Resedá y Flor de Azahar estaban radiantes, no de belleza, pues les faltaba, sino de riqueza. A la pobre Camelia no la invitaron, y un pinche de cocina le sirvió un malguisado y un plato de judías. Mucho lloró la infeliz Camelia, pero se resignó a todo. Al día siguiente, que era domingo, se efectuó el primer baile en palacio, y los palaciegos mandaron recado a Camelia para que a las nueve estuviera vestida, con objeto de hacer su presentación. Camelia sacó un peinecito y mirándose a un espejo roto, empezó su tocado, colocándose en la cabeza dos plumas de gallo, y se vistió con su traje de percal. Antes de abrocharse el vestido se le apareció el hada Bondad y le dijo:
- Tus hermanas quieren ponerte en ridículo, pero yo las castigaré.
Y tocando con su varita el tocado y el vestido de percal, se convirtieron en una preciosa diadema de brillantes y esmeraldas, y un vestido de tul; de plata con bullones de riquísimos encajes, las medias de lana, en preciosísimas medias de seda, y los zapatos burdos y usados, en unos de seda con altos tacones pintados de rojo. Vino la dama a buscarla. Cuando Camelia hizo su entrada en el salón y sus hermanas se preparaban a burlarse de ella, fue tal la admiración que causó que todos los príncipes abandonaron a Resedá y Flor de Azahar, y rodearon a Camelia. Entre los príncipes se encontraba uno que se llamaba el Príncipe Deseo y a quien en sus sueños había visto Camelia. Éste se puede decir que fue el favorito, con ella bailó casi toda la noche y la condujo del brazo al comedor, cuando dieron la señal de la cena.
Tanto la Reina como Resedá y Flor de Azahar, estaban furiosas del éxito que había tenido Camelia, y juraron vengarse. Terminado el baile, Camelia subió a su cuarto, y en el momento en que entró desaparecieron todas las galas. El siguiente día se dedicó a una cacería, y a las dos de la tarde la mandaron recado para que bajara, como el día anterior, el hada asistió al tocado de Camelia, y esta vez el vestido de percal se trocó en uno elegante de terciopelo granate. Si asombro causó en traje de baile Camelia, fue tan grande el entusiasmo que produjo con su traje de amazona, que todos corrieron a felicitarla. Dada la señal de montar a caballo, la presentaron un caballo fogoso que apenas podían contener cuatro palafreneros, pero el Príncipe Deseo hizo una señal a sus criados y le trajeron, una yegua perla, e hincando la rodilla en tierra ayudó a subir a Camelia. La heroína de la fiesta fue Camelia y el Príncipe Deseo solicitó autorización para pedir su mano al Rey. Estas preferencias incomodaban cada vez más a la Reina y a Flor de Azahar y Resedá, pues el Rey, desde que había visto a su hija, como todos, había quedado prendado de ella. El Príncipe Deseo pidió aquella misma noche al Rey la mano de Camelia. Al siguiente día, último de las fiestas, debía celebrarse una carrera de carros a la romana, y Flor de Azahar y Resedá habían preparado para su hermana un carro, de modo que, al poco de echar a andar, se rompiese una clavija y volcase, con lo cual Camelia sería atropellada por el resto de los carros que tomaban parte en la carrera, pero el hada velaba por Camelia. Subieron en los carros Camelia, Resedá y Flor de Azahar, cada una acompañada de un príncipe, dio el Rey la señal y partieron a galope, las malas hermanas esperaban en balde que se saliera la clavija del carro de Camelia, precisamente sucedió todo lo contrario, ésta, que se había quedado atrás con el príncipe, al pasar entre los carros de Resedá y Flor de Azahar, les dio tal envite que cayeron rodando, y mal heridas fueron trasladadas a palacio. El Príncipe Deseo, que había obtenido la mano de Camelia, no quiso que se dilataran las bodas y, mandando un embajador a su padre, cuyo reino era vecino, éste se presentó seguido de toda su corte, el cuarto día, y se celebraron las bodas con gran magnificencia. Los regalos fueron suntuosos y los desgraciados e impedidos no olvidarán nunca la opulencia con que fueron tratados. Cuatro días después salieron el Príncipe Deseo y Camelia para su reino. Las princesas Flor de Azahar y Resedá curaron de sus heridas, pero no se curaron nunca de la envidia que tenían a Camelia, y siempre en el rostro llevaron una señal de su desgracia. Casáronse con príncipes secundarios y la Reina murió de un acceso de rabia.
La envidia es uno de los defectos más grandes que los niños pueden abrigar en sus corazones, y los resultados de esos vicios siempre son funestos, por lo contrario, Dios premia el amor y cariño que deben tenerse los hermanos. Los seres fantásticos o hadas de éste cuento, representan, el hada Bondad a la providencia de Dios, que cuida muy singularmente de los niños humildes y obedientes, disponiéndolos desde pequeños para grandes destinos en la sociedad, y las hadas Furiosa y Colérica, representan los vicios y las malas pasiones, que corrompen el corazón y le disponen para castigos temporales y eternos.
Era
un dragón, pero no lo sabía, porque nadie se lo dijo.
Acababa
de salir de su cascarón, pero en aquella caverna no había nadie que
se lo pudiera explicar.
¿Nadie?
Sí,
había alguien, pero tampoco se lo podía decir; del mismo modo que
ella tampoco sabía que era un ser humano, nadie se lo había dicho.
Era
una princesa que había sido raptada cuando tenía pocos meses de
vida y no sabía que lo era, ni qué debía pensar o hacer. Tampoco
sabía lo que era amar u odiar, ni a quién o a qué, porque nadie se
lo había dicho.
Vivía
en aquella gruta y aprendió a alimentarse por si misma, de los
hongos que allí crecían y de los conejos u otras presas que
aprendió a cazar cuando comenzó a salir al exterior. Llevaba días
sola; aquellos que siempre la habían cuidado y le hacían compañía,
su familia; habían salido un día y no habían regresado. No sabía
que un príncipe cruel y engreído, pero con muy buena puntería, los
había abatido con sendas flechas en el corazón.
Y
había pasado allí los días, aunque afortunadamente ya no
necesitaba a nadie para alimentarse, pero estaba triste y sola.
Un
día observó como el huevo, que ellos tanto habían cuidado durante
mucho tiempo, y que ella había seguido cuidando desde que ellos no
regresaran, había comenzado a agrietarse y algo se agitaba en su
interior.
Hasta
que vio salir un ser, en miniatura, pero como aquellos que la habían
cuidado siempre amorosamente, y lo amó, pero fue incapaz de decirle
qué era, tampoco lo sabía.
Desde
entonces fueron uno. Ella le llevaba presas que cazaba, para que
comiese y se hiciera grande, como lo habían hecho con ella aquellos
que ya no volverían.
Y
creció, y acabó saliendo de su gruta, desplegó sus alas e intentó
volar, en vano. Pero con perseverancia lo acabó logrando.
Ya
no necesitaba que ella le llevara la comida, lo sabía hacer por si
mismo.
Ella
también salía de la gruta y le hubiera gustado imitarlo; pero, como
no tenía alas, no podía volar y eso la entristeció. Pero él
pronto creció lo suficiente, la invitó a subirse a su lomo y
recorrieron valles y montañas, admirando el paisaje desde la altura.
Cada
día volaban alegremente, gozando de aquella libertad tan plena y
eran felices.
Pero
un día descendieron a la orilla de un límpido lago; tenían sed y
se detuvieron a beber. Ella bajó a la orilla y se agachaba sobre las
aguas cristalinas, cuando escuchó un grito desgarrador, y el dragón
salió volando, aleteando torpemente, intentando huir. Una flecha
asomaba de su ala derecha y pronto se oyó silbar otra saeta que le
alcanzó en la cola. A duras penas consiguió huir y se perdió de
vista.
La
princesa se quedó allí, a la orilla del lago, terriblemente
asustada viendo aproximarse a un jinete. Ella intentó huir, aunque
no sabía si era más el temor o el asombro lo que la invadía.
El
jinete había descendido del caballo y ella no había visto nunca a
alguien semejante; con dos piernas y dos brazos, como ella. Se detuvo
más por curiosidad que por haber vencido el miedo, y entonces él le
dijo:
-
Princesa: hace años que os andamos buscando por todo el reino. No
temáis, estáis a salvo de ese malvado dragón.
Pero
ella no entendió ni palabra, le pareció que aquel ser estaba
gruñendo amenazante. Dando un grito, que a él le sonó como el
rugido de un dragón, salió corriendo en busca de la seguridad de su
caverna, para ocultarse en su negrura o refugiarse tras su protector
y amigo, pero la cueva estaba muy lejos y él ya no estaba allí.
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El
dragón, aleteando dificultosamente, volaba sin un rumbo fijo, ni tan
siquiera lo hacía rumbo a su cubil, estaba desorientado; pero
parecía como si un oculto instinto atávico le guiara, y acabó
llegando a una alta montaña cubierta de nieve y, en su ladera, a la
negra boca de una caverna desconocida.
No
sabía si le esperaba algún peligro, estaba herido, asustado y
desorientado, pero penetró decidido en la negrura.
Una
voz profunda y oscura, como la gruta, resonó con miles de ecos:
-
¿Quién osa entrar en mi morada?
Y
un dragón enorme y viejo se destacó sobre el fondo insondable.
El
recién llegado que, para distinguirlo, llamaremos Yxen, puesto que
ya no era sólo “el dragón”, no había entendido nada y se quedó
inmóvil, agachado, en actitud de pánico, más que servil.
El
viejo dragón se acercó, debía ser muy viejo porque sus alas habían
perdido parte de la membrana y le costaba caminar sobre sus torpes
patas. Vio lo que llevaba clavado y comprendió lo que le estaba
pasando.
Con
toda delicadeza arrancó, con sus escasos dientes, las dos flechas y
las arrojó lejos con un gesto brusco. Yxen dio un respingo y lanzó
un quejido de dolor
El
viejo dragón le dijo:
-
No tengas miedo, ninguna de las dos heridas es peligrosa, sólo
molestas, y ahora te va a doler más, pero hay que hacerlo.
De
lo más profundo de su ser brotó la llama, una pequeña, pero
potente llama, controlada y precisa, con la precisión de un bisturí,
y cauterizó las dos heridas.
Yxen
se desmayó, pero no tardó en recuperarse y en recobrar la
movilidad de su cola y de su ala derecha. Seguía sin entender una
sola palabra de lo que le decía el viejo dragón, pero le inspiraba
confianza y seguridad y se esforzó en entenderlo.
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Mientras
tanto, la princesa, en su huida, estuvo a punto de caer por un
precipicio, suerte que el caballero la sujetó a tiempo y procuró
tranquilizarla.
Ella
comprendió que la había salvado y que no parecía querer hacerle
daño, y eso la tranquilizó. ¡Pero había herido y hecho huir a su
amigo! Y eso la irritó y le dolió mucho, aunque acabó
comprendiendo que no serviría de nada oponer resistencia y se dejó
conducir al caballo. Nunca había visto un animal así. En sus
incursiones a lomos de Yxen, había visto ovejas, cabras y vacas,
pero no aquel extraño animal, al que el jinete pretendió hacerla
trepar, tras haberla envuelto en su capa.
El
miedo la amenazaba ante aquel extraño ser, y se resistió, pero
acabó encaramándose en su lomo, tal como hacía con Yxen, y estaba
cómoda. Pero cuando comenzó a moverse, aquello no tenía punto de
comparación, ni con la suavidad con la que cortaban el aire, ni con
la velocidad, además aquel balanceo acabaría mareándola.
El
caballero guió a su montura hacia un lugar extraño que, en sus
vuelos, habían visto de lejos. Yxen nunca se acercaba demasiado,
quizá guiado por un raro sexto sentido.
Era
algo de aspecto poco natural, como unos roquedos de formas
rectilíneas y con aberturas por todas partes, además muchos
personajes como aquel que la conducía allí se movían a su
alrededor. Parecían hormigas; de aquí para allá alocadamente.
Algunos se volvían a mirarlos con extrañeza, pero todo cambió
cuando aquel extraño gritó algo que ella no pudo entender:
-
¡Traigo a la Princesa Floredal!
Todos
se arremolinaron alrededor, mirándola y diciendo:
-
¡Viva!, ¡Bienvenida!, ¡Que viva la Princesa Floredal!
Pero
ella, aparte de no entender lo que estaba pasando, estaba
sobrecogida.
Dos
personajes nuevos aparecieron y todos los demás se echaron a un lado
dejándoles paso. Llevaban unas pieles más bellas que la que le
había echado por encima el desconocido.
Uno
de los dos, el personaje con cabellos largos como ella y sin pelos en
la cara, se adelantó y le pasó la mano por la mejilla, suavemente,
con cariño, como siempre había hecho aquella que nunca volvió a la
gruta; y se sintió reconfortada y ya no tuvo miedo.
El
otro le tendió la mano y ella vio en sus ojos la mirada tierna con
que la miraba aquel otro que nunca volvería a la gruta, y su mano
fue a encontrarse con aquella mano tendida, se unieron y una
sensación de paz y tranquilidad la embargó y les siguió hasta una
de aquellas aberturas.
La
multitud seguía con sus gritos:
-
¡Viva!, ¡Bienvenida!, ¡Que viva la Princesa Floredal!
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Yxen
ya se había recuperado de sus heridas, se habían curado muy bien
gracias al fuego del viejo dragón y comenzó a salir a buscar
alimento y llevarle al anciano, al que ya le costaba mucho volar y
cazar por si mismo.
Poco
a poco se fueron entendiendo e Yxen aprendía rápidamente la lengua
de los dragones. Por eso pudo enterarse de que era un dragón, de
cómo se llamaba su compañero de gruta, su nombre era Shar. También
comenzó su aprendizaje sobre la draconidad, su historia, sus
costumbres…., todas esas cosas que no pudo aprender antes de boca
de sus padres.
Shar
les había conocido y le contó la historia de su familia y también
cómo habían acabado, porque era una triste historia que corrió por
todas las grutas de todos los dragones de todos los reinos.
Yxen
se puso furioso y quería despedazar a todos los humanos que
encontrara, pero recapacitó. Shar también le había contado que
aquella compañera de juegos y vuelos, era también humana, y la
había perdido. La ira dio paso a la nostalgia y el recuerdo le
dolía. ¿Qué habría sido de ella? ¿Estaría bien?.
Se
propuso buscarla, pero Shar le aconsejó que no se acercara demasiado
por los reinos humanos si no quería acabar como sus padres.
Pasaron
juntos mucho tiempo, así como los últimos días de Shar. Durante
aquel tiempo aprendió todo lo que debía saber un dragón y mucho
más, porque Shar, además de viejo, era sabio.
Pero
un triste día, Shar exhaló su último aliento. Había vivido una
larga y feliz vida y no había muerto en soledad, sino en compañía
de otro dragón que fue, para él, más que un hijo.
Aquella
gruta, que había sido su morada durante toda su larga vida, sería
también la última.
Yxen,
con su potente fuego, calcinó las rocas de la abertura y la ladera
de la montaña cedió, cegando el paso. Nadie molestaría nunca a
aquel que fuera su amigo, mentor y como el padre que no tuvo.
Nadie le retenía allí, de modo que voló en dirección en que él creía
que se encontraba su propia gruta.
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Floredal
ya sabía su nombre, su historia, conocía y amaba a sus padres y
también a sus súbditos, pero añoraba su infancia en la gruta.
Añoraba aquellos vuelos a lomos de su amigo y le preocupaba pensar
qué habría sido de él.
Había
aprendido el idioma, pero siempre recordaba cómo se comunicaban
antes: con pocos sonidos y muchas miradas, gestos y actitudes.
Lo
que le molestaba y disgustaba era que aquellos que la habían cuidado
y aquél que había sido su amigo, su hermano, fueran acusados de
cosas terribles: muertes, daños, incendios y desaparición de reses.
Nunca creyó en aquella leyenda negra de los dragones; más bien
creía que aquellas cosas de las que les acusaban las hacían los
humanos.
Había
pasado el tiempo y era muy amada por su pueblo; sus padres ya eran
ancianos y no tardaría en tener que reinar, para lo que tendría que
conseguir esposo.
Se
anunció por todos los reinos la convocatoria de una selección de
pretendientes al trono y la mano de Floredal.
La
historia de Floredal había corrido como la pólvora por todos los
reinos, y el relato de su belleza también y todo esto despertó el
interés de todos los príncipes casaderos que, sin excepción,
acudieron de los cuatro puntos cardinales.
Ella
no quiso torneos, para ver quién era el más fuerte, hábil o
valiente, sencillamente ser el más bestia, ni otros métodos al uso.
Ella exigió entrevistarse en persona con cada uno y hacerles una
serie de preguntas, luego decidiría según las respuestas.
Y
fueron pasando, uno tras otro, todos los pretendientes. Floredal no
se fijaba en su aspecto, ni siquiera en sus modales porque eso tenía
arreglo, como sabía por experiencia propia. Se fijó en las
respuestas, en su coherencia, en las que denotaban la inteligencia y
los sentimientos, aunque más concretamente en esta pregunta:
-
¿Qué opinión tienes de los dragones?
En
general, unos más y otros menos, todas las respuestas tenían una
carga de negatividad y rechazo, algunas hasta violentas y agresivas;
uno, incluso, se jactó de haber cazado algunos y haber disfrutado
con ello y de la fama que le había reportado, especialmente entre
las damas.
Sólo
uno, que en el resto de las preguntas había demostrado ser una
persona inteligente, prudente, ecuánime y de buenos sentimientos,
dijo:
-
Alteza: no conozco a ningún dragón, por tanto, no puedo emitir un
juicio. Todas las cosas que he escuchado pueden tener cierta
credibilidad, o no. Prefiero opinar sobre lo que conozco y no sobre
lo que me cuentan. Vos sí podéis opinar, porque lo habéis vivido;
pero aún así, tampoco condicionaría mi juicio a vuestra opinión.
He de verlo por mí mismo; del mismo modo que no me creo, sin verlo,
los relatos que me hacen mis guardias sobre los campesinos.
Aquello
acabó de convencer a la princesa de que, entre todos los que habían
pasado aquella especie de examen, era el único que había aprobado y
con nota, lo aceptó por esposo y como el mejor sucesor de la obra de
su padre para con el pueblo, pero aún más como lo mejor para los
dragones y lo que ella pensaba hacer.
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Yxen
voló y voló, pero no encontraba rastro de la gruta, ni de los
montes que fueran testigos de sus primeros aleteos, ni de aquellos
lugares que sobrevolaba con su compañera de soledad. ¿Qué sería
de ella? ¿Estaría esperando en la gruta?.
El
vuelo alocado que emprendiera huyendo de las flechas que le hirieron,
le hizo perder la orientación y no sabía dónde estaba.
Hasta
que un día vio el destello del sol en el agua lejana y voló hacia
allí. Se trataba de aquel lago de infausto recuerdo, pero ya estaba
orientado y acabó llegando a su gruta natal.
Hacía
mucho tiempo que faltaba de allí y, al entrar, sintió más que
nunca una ausencia, la ausencia de aquella que le había cuidado nada
más salir del cascarón, la ausencia de aquella con la que había
jugado, reído y volado. Una gran desolación le inundó y se
acurrucó en el último rincón de la caverna, en la más absoluta
oscuridad, como sus pensamientos.
Se
quedó allí; triste y solo, pero aún con una diminuta chispa de
esperanza, esperanza del reencuentro. Aunque fuera humana y los suyos
hubieran matado a sus padres, aunque un humano le hubiera intentado
matar, pero ella había sido, al principio, su padre y su madre y,
posteriormente, su amiga y su hermana.
Los
padres de Floredal fallecieron; y ella, de la mano de su esposo,
ascendió al trono. No cambió nada de lo que había hecho su padre,
puesto que siempre había hecho lo mejor para su pueblo, siempre
había sido un buen rey. Pero se ocupó de que se investigaran a
fondo todas las historias de ataques de dragones, y todas resultaron
falsas. Cuando no era un vecino envidioso que robaba una res, era
alguien que odiaba a su vecino y le quemaba el granero, o un pueblo
que arrasaba a otro pueblo rival y quemaba todo para no dejar rastros
y acusar a los dragones.
De
modo que redactó un edicto que hizo publicar por todo el reino,
demostrando la falsedad de las acusaciones y prohibiendo, bajo pena
máxima, hacer daño a un dragón.
Al
caballero que la había rescatado, en lugar de castigarle duramente por
haber disparado sus flechas y haber herido, o matado a su amigo, sólo
le degradó a mozo de cuadras en atención a que la había salvado
del precipicio.
Una
cosa, sobre todas, le atormentaba; la posibilidad de que hubiera
muerto a causa de aquellas flechas; por eso, contra la opinión del
chambelán y del jefe de la guardia, preparó una expedición en
busca de la gruta de su niñez.
En
dicha expedición sólo iban a participar ella y su esposo. No quería
que, si aún estaba vivo, si aún estaba allí, se asustara o que
alguien le pudiera herir. De modo que, una mañana temprano, se
pusieron en camino. Ella recordaba muy bien el trayecto que había
hecho por primera vez a lomos de caballo, desde el lago a la
capital; de modo que guió a su acompañante hasta que llegaron al
lago. Después todo fue coser y cantar; aquel territorio, escenario
de sus vuelos, lo conocía como la palma de la mano. Por eso llegaron
muy pronto a la boca de la gruta.
A
su esposo le hizo quedarse a la puerta, y ella penetró en la
oscuridad. Su vista pronto se acomodó, y pudo ver con la misma
claridad que siempre había visto cuando habitaba allí, hasta el
último detalle, y los olores avivaron el recuerdo.
Allá,
al fondo, hecho un ovillo, sin fuerzas para moverse, y menos volar,
estaba Yxen; pero su mirada aún estaba viva y destelló, mientras
caía una lágrima, en respuesta a la mirada de Floredal, como
siempre había pasado.
Se
había dejado consumir, de soledad y añoranza, y casi estaba en las
últimas. Floredal le hizo una seña que él entendió, y que quería
decir:
-
¡Qué grande te has hecho!, pero espera, te voy a traer agua y
comida como cuando eras pequeño.
Y
salió a cazar; pero su esposo se encargó de esa tarea, mientras
ella volvía a entrar con el odre de agua que llevaba para el viaje.
Yxen bebió hasta no dejar gota y se notaba que se iba recuperando;
pero, cuando realmente comenzó a recuperarse, fue cuando Hernal, que
así se llamaba el esposo de Floredal, le llevó tres conejos y una
perdiz. Ni Hernal se asustó a la vista de Yxen, ni éste se extrañó
ni le despertó malos recuerdos la vista del arco y la aljaba que
portaba.
Comió
con ganas, pero en crudo, porque no tenía fuerzas para encender su
fuego y asar la caza, como hacía habitualmente.
Cuando
ya recuperó suficientes fuerzas, comenzaron a dialogar en su idioma
personal, aquél que crearon y aprendieron al unísono en su
infancia, y Floredal iba poniendo al corriente a Hernal de todo lo
que Yxen contaba.
Horas
estuvieron, contándose cada cual sus peripecias desde aquel día del
lago. Yxen ya iba teniendo fuerzas suficientes para salir y volar;
pero, lo que realmente había recuperado y lo que le había vuelto a
la vida, había sido el nuevo ánimo que le habían traído y la
compañía, después de tanto tiempo de soledad.
Ni
Floredal ni Hernal querían; es más, le insistieron en que aún no
estaba recuperado del todo, pero él porfió tanto que acabaron
teniendo que encaramarse a su lomo. A Floredal le costó hacerlo,
tanto había crecido Yxen desde la última vez que lo hizo. Alzó el
vuelo con unos vigorosos aleteos, hasta llegar a gran altura y luego
planeó majestuosamente, aprovechando las corrientes térmicas.
Dos
días estuvieron allí, hasta que se hubo recuperado del todo, ya no
había problema para que se siguiera alimentando solo y no muriera de
inanición; pero Floredal le hizo saber, en su código secreto, que
deseaba los llevara a Palacio.
Pusieron
a los caballos en la senda hacia la ciudad, ellos ya sabrían llegar
solos. Y así sucedió; con ellos a la espalda voló directamente al
lago y Floredal le indicó la dirección a seguir.
El
miedo se apoderó de las calles de la capital, y el susto no era para
menos; ver un enorme dragón, volando rasante sobre los tejados,
sobrecogía a cualquiera. Pero el miedo dio paso al asombro y luego a
la alegría y la fiesta, cuando vieron a sus queridos reyes
cabalgando aquel corcel de los aires.
Desde
entonces, en aquel reino, los dragones fueron una especie protegida y
no era raro verlos sobrevolando la ciudad y las montañas
circundantes; porque, al enterarse, todos los dragones de los reinos
vecinos acudieron allí para estar a salvo y eligieron a Yxen como
rey de los dragones.
Los
reyes fueron muy felices y comieron conejos, liebres y perdices, muy
bien asados, que Yxen les llevaba cada día.
Había una vez una madre y un hijo muy pobres, muy pobres, y como el hijo no conseguía encontrar trabajo, decidió marchar a buscar fortuna y partió un buen día, a pesar de los ruegos de la madre. Le prometió que volvería a recogerla tan pronto encontrara trabajo y se perdió por el camino en la distancia.
Pasó días sin encontrar nada, alimentándose como podía de plantas y frutos silvestres y durmiendo en cuevas o bajo los árboles.
Un día se internó en un espeso bosque y acabó encontrando una cabaña perdida en medio de la espesura.
Se acercó a la cabaña y le dijo a un hombre que allí había.
- ¿Tendría algún trabajo para mi?
- ¿Y qué sabes hacer? – le preguntó
- Cualquier cosa, lo que sea soy capaz de hacerlo
- Bueno, te puedes quedar a trabajar aquí
Y allí se quedó, cortando leña, acarreando agua, alimentando a los animales y otros menesteres, hasta que un día le llamó el amo y le llevó a la boca de un pozo muy profundo que se ensanchaba al fondo en una gran cueva de la que partían numerosas galerías.
- Tienes que entrar ahí donde tengo mi tesoro, llenas un saco de oro y otro de plata y luego avisas para que te suba.
Le entregó los dos sacos y con una cuerda le bajó hasta el fondo. En cuanto llenó los sacos avisó y ató los sacos a la cuerda, desde arriba subió los sacos y volvió a echar la cuerda.
- Átatela a la cintura y te subiré.
Así lo hizo pero cuando ya casi estaba arriba, cortó la cuerda y él cayó al fondo del pozo aunque tuvo mucha suerte porque no se rompió ningún hueso. El amo no lo iba a dejar salir por nada del mundo puesto que había visto donde escondía el tesoro. Desesperado se acordaba de su pobre madre que se iba a quedar sin nadie que la sustentara en su vejez y en la oscuridad trató de encontrar alguna salida.
Recorriendo aquellas galerías encontró varios esqueletos. Pensó que seguramente eran de aquellos que le habían precedido y corrieron la misma suerte, pero él no iba a desfallecer en la búsqueda de alguna salida, a pocas fuerzas que le quedaran.
Anduvo perdido por túneles y galerías hasta que llegó a un lugar en que escuchó unos lamentos.
- ¿Quién está ahí? – dijo asustado
Y penetrando en una sala alumbrada por unas velas vio a la mujer más bella que nunca había visto.
- ¿Qué haces aquí?
- Soy la princesa de un reino vecino, pero una bruja me ha hechizado y sólo podré salir de aquí cuando ella muera.
- No te preocupes que yo te libraré del encantamiento
- ¿Cómo es posible?, es una bruja muy poderosa y está protegida por una serpiente de siete cabezas.
- Pero yo acabaré con ella
- Pues para eso tendrás que chafar en su frente un huevo de la serpiente, es la única manera de que muera y se deshaga el hechizo.
- Y ¿Cómo es que puedes sobrevivir sin alimento y agua?
- Debe ser cosa del encantamiento, no he necesitado nada desde que yo recuerde, pero lo duro es el aislamiento y el silencio.
Se despidió y siguió por galerías y galerías hasta que sintió una corriente de aire y avanzó en aquella dirección, y descubrió a lo lejos una luz que se filtraba por una abertura. Tras varios intentos consiguió alcanzar y atravesar el estrecho agujero que daba al exterior y que desembocaba en un bosque.
Al cabo de un buen rato de andar se encontró discutiendo acaloradamente a un león, una enorme águila y una diminuta hormiga. Estaban discutiendo porque habían encontrado una cabra muerta y no se ponían de acuerdo en cómo repartírsela.
Le pidieron ayuda para hacer bien el reparto y entonces sacó su navaja y desolló a la cabra, dándole al león toda la carne y los huesos, al águila todas las vísceras y a la hormiguita le dio los sesos.
Los tres quedaron muy contentos y, cuando ya se iba a marchar, le dijo el león:
- Te mereces una recompensa por el gran favor que nos has hecho.
Y entonces se arrancó tres pelos de los vientos y le dijo:
- Ahora, con estos pelos, cada vez que quieras convertirte en león no tienes más que decir “Dios y león” y serás un león tan fuerte como yo, y cuando quieras volver a ser hombre dirás “yo soy hombre”
El águila se arrancó una pluma de las remeras, se la entregó y le dijo:
- Con esta pluma que te doy sólo tendrás que decir “Dios y águila” y te convertirás en un águila como yo y podrás volar y planear fácilmente y, lo mismo que con el león, si dices “yo soy hombre” volverás a ser hombre.
- Yo no tengo pelos ni plumas – dijo lo hormiga – pero te daré una de mis uñas y cuando quieras pasar inadvertido puedes decir “Dios y hormiga” y así nadie te podrá ver.
Recibió la uña de la hormiga, les dio las gracias y se despidió siguiendo su camino. Al rato quiso probar si era cierto todo aquello y dijo “Dios y águila” y se encontró volando a gran altura. Con su potente batir de alas y aprovechando las corrientes térmicas ascendentes se recorrió todo aquel enorme territorio en un momento.
Pasó sobre una cueva y en ella divisó a una enorme serpiente de siete cabezas. Se preguntaba:
- ¿Cómo voy a poder matarla?
Descendió a tierra y dijo “yo soy hombre” y una vez vuelto a su ser se acercó a una granja que había visto por allí cerca y pidió trabajo.
Le encargaron sacar la piara de cerdos a comer bellotas al bosque, pero le advirtieron que tuviera cuidado porque había una enorme serpiente que siempre se comía algún cerdo.
- No tenga cuidado que yo no perderé ninguno
Cuando al día siguiente iba con la piara y apareció la serpiente, en lugar de echar a correr como hacían todos los pastores, dijo “Dios y león” y convertido en león luchó y luchó con la serpiente pero estaba muy igualados y quedaron ambos exhaustos, pero al llegar la noche la serpiente se retiró a su cueva y él dijo “yo soy hombre” y se llevó la piara a los corrales.
Cuando el amo vio que no faltaba ninguno le dijo a su hija:
- Mañana vas a seguir al porquerizo a ver qué pasa con la serpiente.
Cuando salió con los cerdos ella los siguió y se escondió, pudiendo ver cómo la serpiente aparecía en busca de un cerdo y cómo el porquerizo se convertía en león y luchaba con ella hasta el agotamiento. Cuando el león estaba muy cansado le oyó decir:
Si tuviera un pan caliente,
Un vaso de vino fuerte
Y el beso de una doncella
A la sierpe la muerte le diera
La chica se fue a contárselo a su padre y éste le dijo que a la mañana siguiente cociera una hogaza de pan y se lo llevara recién salido del horno junto con un buen vaso de vino de su cosecha y le diera un beso al león y que no tuviera miedo.
Al día siguiente volvieron a luchar y cuando las fuerzas del león se iban agotando volvió a decir:
Si tuviera un pan caliente,
Un vaso de vino fuerte
Y el beso de una doncella
A la sierpe la muerte le diera
Entonces la muchacha se acercó, le entregó el pan y el vino, le dio un beso y entonces el león cobró tanta energía que a cada bocado le arrancaba una cabeza a la serpiente, hasta que le cortó las siete y la serpiente murió y, en ese momento, una liebre salió de su vientre y se escondió por los alrededores.
Revisó bien a la serpiente y la cueva y no encontró ningún huevo por lo que pensó que debía cazar a la liebre.
Diciendo “yo soy hombre” regresó a la granja con los cerdos y con un saco de oro y joyas que había encontrado en la cueva y que era el tesoro de la serpiente.
Al día siguiente salió temprano, sólo, sin los cerdos, y dijo “Dios y águila” y, planeando desde las alturas, con su vista agudísima revisó cada mata y cada piedra hasta que descubrió a la liebre agazapada. Se lanzó a por ella y, aunque salió corriendo, no tardó en darle caza y apretó con sus garras el vientre de su presa hasta que murió y entonces salió de dentro de la liebre un huevo que, una vez convertido en hombre, se guardó cuidadosamente.
A continuación se dirigió a la guarida de la bruja y cuando se acercó, ella se asomó a la puerta y le dijo:
- ¿Qué buscas por aquí?
- Sólo un poco de agua, que me muero de sed
- Bebe el agua de ese charco, en él bebo yo
Él pasó la verja del jardín para acercarse al charco pero se acercó a ella y le dijo:
- ¡Pero qué mal arreglada vas! Deja que te peine un poco
- No me hace falta alguna, hace siete siglos que no me peino
- ¡Venga, no se haga de rogar! Ya verá qué bien queda
Y ella se dejaba peinar y se estaba quieta, momento que aprovechó para romperle el huevo en la frente.
La bruja cayó inerte en el suelo y él regresó a la granja y le dijo al amo que se marchaba a recoger a su madre que la había dejado sola allá en su tierra.
El amo insistía en que se quedara ahora que ya estaba muerta la serpiente, pero él tomó el saco del tesoro y se despidió. Convertido en águila buscó la boca de la cueva por la que había salido pero no pudo encontrarla porque estaba disimulada entre matorrales, entonces decidió entrar a través del pozo y, para que no le descubrieran, dijo “Dios y hormiga” y así pasó sin ser visto hasta el brocal del pozo y, como hormiga, pudo descender sin dificultad por la pared hasta llegar al fondo donde dijo “yo soy hombre” y comenzó a buscar la sala donde estaba la princesa.
Cuando llegó hasta ella comenzó a besar a su salvador después de tantos años encerrada allí.
Siguieron desde allí por la galería que conducía al exterior y una vez fuera se convirtió en águila y con la princesa cabalgando a su espalda voló hasta el castillo del rey, bajaron en el patio de armas y dijo “yo soy hombre”.
Todos se alegraron mucho por recuperar a la princesa perdida tantos años, el rey le concedió la mano de la princesa y allí vivieron también con su madre que fueron a buscar y vivieron felices por siempre.