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miércoles, 4 de marzo de 2026

Destronados


DESTRONADOS

Se despidieron en la encrucijada de siempre, tal como solían hacer desde hacía siglos; uno hacia el este, otro hacia el norte y otro hacia el sur. Era el año 2050 y los tres marcharon deprimidos. Ya no había cabalgatas para recibirlos, ya no había niños recibiéndolos ilusionados con farolillos y ávidos de caramelos, porque los dulces estaban prohibidos al ser nocivos para la dentadura y la salud, como también aquellas manifestaciones paganas de cabalgatas y procesiones. Y digo paganas respecto a la religión imperante, la ideología de turno, las reglas dictadas desde no se sabe donde, pero asumidas como algo indiscutible por todos. De todos modos ya se sentían, tras unos cuantos siglos, algo viejos e inútiles y eso dolía. Aparte de la prohibición de las cabalgatas, bien pocos niños esperaban su llegada. De modo que se sentían caducos e inútiles. Y es que ya hacía años que un gordo vestido de rojo y los padres se habían encargado de que quedaran en el olvido.
Melchor se encaminó a caballo, como hacía cada año, hacia las tierras norteñas, hacia su reino, y se encontró que una revolución le había destronado en su ausencia durante el viaje tras la estrella. Ya no sabía qué hacer. Si ya no podía viajar por todo el mundo repartiendo regalos... ¿A qué podría dedicarse los próximos milenios?. Su especialidad era, desde el origen, el oro. Ya no sabía a qué podría dedicarse, de qué podría vivir y buscó trabajo en la Oficina de Empleo. Tras muchos intentos consiguió una plaza en el taller de un orfebre. ¿Qué le esperaría en el futuro?.
Pero dejemos esto para un futuro y ocupémonos de Gaspar que, a pausado y pesado paso de elefante, llegó a su reino en el lejano oriente. Al arribar a la capital se dio cuenta de que su bandera de siempre ahora lucía una luna en menguante y que ya nadie se acordaba de él, habiendo salido tras la estrella hacía pocos días. Parecía que el tiempo se había dilatado durante aquel último viaje. ¿Y ahora qué hago? ¿De qué voy a vivir? Ya no tengo palacio, ni súbditos, ni quien prepare el incienso de los primeros tiempos ni fabrique los juguetes que solía regalar a los niños. Pero esto es lo que menos le preocupaba porque ya pocos niños esperaban sus regalos. Lo que más le preocupaba era su propia subsistencia en los siglos venideros. De modo que, como experto en el incienso que ayuda a nivel psíquico y que varias religiones usaban en sus ceremonias, acabó consiguiendo un empleo de ayudante de perfumista en las afueras de Benarés.
Mientras tanto, Baltasar había contactado con una caravana y consiguió atravesar el desierto sobre su camello hasta su reino. Pero el reino ya no existía, una guerra tribal había acabado con todo y su pueblo vagaba nómada de oasis en oasis. ¿Y ahora qué hago? se preguntó. En el oasis al que había llegado había arbustos espinosos de la Commiphora myrrha y se dedicó a extraerles la resina para preparar medicamentos balsámicos y desinfectantes así como dentífricos.
Y así, cada uno de los tres encontró una ocupación, aunque añoraban los buenos tiempos aquellos, los tiempos en que eran recibidos apoteósicamente, en que los niños esperaban con ilusión la mañana del seis de enero, en que se sentían felices tras vaciar sus almacenes de juguetes, de regalos... pero ya ni almacenes, ni reino tenían y la magia, fruto entonces de la materialización de tantas ilusiones infantiles, también había desaparecido al tiempo que las ilusiones que la alimentaban. Ahora eran incapaces de crear juguetes y regalos y sólo podían hacer aquello que sus manos, carentes de poderes mágicos, les permitían.
Melchor era hábil con el oro, la fundición, el moldeo y el cincelado y acabó creando un bello objeto, un amuleto en forma de estrella, como aquella que le guió cierta vez, aquella que le hizo emprender aquel largo viaje y conocer a dos nuevos compañeros. Sintió que aquel objeto no era una simple joya, que tenía alguna magia residual, una magia arcana y perdida y que le impulsaba a abandonar aquel su antiguo reino, a ponerse en un antiguo camino.
Gaspar mezclaba con la resina antiguas esencias de plantas que recolectaba incansable por montes y valles. Mucho éxito tenían sus inciensos de variados y extraños efectos. Él siempre experimentaba con todos sus preparados antes de ponerlos para su venta; pero el último, el que había preparado con el aroma de una rara rosa del desierto, le transportó mágicamente a otros tiempos y otros países, a otros caminos y otros encuentros... Y cuando despertó, recordó y sintió la necesidad de ponerse en camino.
Baltasar se dedicaba a cuidar con sus medicamentos a los beduínos de las caravanas que le acogían como curandero, así como en cada oasis o aduar que visitaba. Tenía una amplia experiencia en las plantas medicinales. No es que en el desierto hubiera muchas; pero él conocía, inexplicablemente, las propiedades de cada planta, de cada árbol, de cada savia, de cada resina, de cada brizna. Parecía que aún conservaba aquella extraña sabiduría mágica que una vez tuvo. Cierta noche, en el oasis a que le había conducido la última caravana; disfrutando, como de costumbre, del fresco del anochecer tras el agobiante calor del día, cuando se encendió el firmamento con la Vía Láctea y el dosel de estrellas, sintió una gran paz y una estrella se encendió, una estrella como aquella que una vez le enseñó un camino. Y, fijando su orientación, decidió ponerse en marcha y seguirla tal como había hecho hacía siglos.
El tiempo pasó, o no pasó, porque ¿quién sabe lo que es el tiempo? y en una encrucijada olvidada pero frecuentada durante muchos años, siguiendo a una rara estrella que sólo ellos eran capaces de ver, se volvieron a encontrar, Gaspar, Melchor y Baltasar. Y allí, la misma magia que les había transportado a un humilde pesebre, la misma que les había permitido durante siglos llevar ilusión al mundo, les transportó en alas de la fantasía, en alas del amor, en alas de la ilusión, a unos nuevos reinos que se habían ganado sobradamente.







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