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miércoles, 13 de noviembre de 2019

El león cobarde.

Un nuevo trascuento relacionado 
con dos cuentos conocidos






            EL LEÓN COBARDE




Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura a

Soy un león. Pero no creáis que soy valiente y fiero como debe ser un león. Al contrario; soy tímido y apocado, por no decir miedica o cobarde. Mi hermano sí que es valiente desde cachorro y, pese a muchos problemas, llegó a ser rey. Siempre lo fue, y atrevido, y travieso, tanto como para  atreverse a desobedecer a nuestro padre y visitar el cementerio de elefantes, corriendo un grave peligro con las hienas y obligando a nuestro padre y rey a intervenir para salvarlo. Tras la muerte de nuestro padre y su exilio, mi hermano regresó enfrentándose a nuestro usurpador tío y acabó reinando, creo que esa historia ya la sabéis porque todo el mundo se hizo eco de ella, pero nadie sabe de mi existencia. Yo siempre fui el más flojo de la camada. Cuando jugaban a pelear para entrenarse en la lucha, yo me mantenía al margen y prefería contemplar el paisaje desde una roca elevada.
Desde una vez en que, jugando a atrapar, me lastimé una mano, tenía miedo a esos juegos tan naturales entre los cachorros de león y de cualquier otro depredador. Así crecí contemplando como mis hermanos se hacía fuertes y hábiles en la lucha, mientras que yo permanecía debilucho y timorato. Era una presa perfecta para las hienas pero, aunque miedoso, no era tonto y sabía que, si yo no era capaz de defenderme, debía permanecer bien cerca de mis hermanos y de la familia que me servía de protección y me facilitaba alimento.
Pero las cosas se complicaron cuando a mi hermano se le acusó de la muerte de nuestro padre y tuvo que huir. Mi tío se quedó como rey de la selva y yo seguí en la manada, intentando no hacerme notar mucho.
Así pasó el tiempo y, como es natural, crecí y me convertí en un león adulto. En ese momento debía marchar o competir con los otros leones para ser un macho dominante pero, como eso era incapaz de hacerlo, no tuve más remedio que dejar el territorio y convertirme en un macho solitario teniendo que buscarme la vida.
Lo de comer fue duro porque carecía de habilidades para la caza, habilidades que debía haber adquirido desde cachorro, por eso tuve que comportarme como un carroñero cualquiera si quería sobrevivir, aprovechando los restos abandonados de alguna presa, pero procurando esperar a que terminaran las hienas y que los buitres se alejaran.
Afortunadamente nadie se metía conmigo al creer que yo era un león, como los demás, fuerte y fiero. No imaginaban que hasta un suricato me habría hecho huir, de haberse atrevido a atacarme.
En estas andaba por la sabana, ya muy lejos de la tierra que me vio nacer, cuando me tropecé con un espantapájaros que me dio un susto tremendo, pero pensé que yo no era un pájaro y no tenía por qué espantarme su presencia, de modo que entablamos amistad y seguimos vagando en animada conversación por la sabana, cada uno quejándose de sus problemas. Su compañía me tranquilizaba y, aunque él no tenía cerebro, era decidido y animoso, cosa que yo no era.
Un día en que nos hallábamos reposando al pie de un baobab, comenzó a sonar un escandaloso ruido metálico, y se aproximaba. Muerto de miedo me escondí tras el tronco del árbol y, de haber podido, habría trepado a lo más alto, cosa que los leones no somos capaces de hacer, y menos yo. Pero el espantapájaros me tranquilizó y me hizo ver que sólo se trataba de un inofensivo hombre de hojalata.
Así seguimos los tres el camino. Ahora eramos un trío de compañeros de viaje hacia ningún lugar, cada uno buscando la solución a sus problemas: Un cerebro en lugar de paja, un corazón en lugar de metal y valor en lugar de cobardía.
El espantapájaros nos comentó que buscaba a un mago capaz de resolver su problema, pero no sabía dónde podría hallarse, de modo que decidimos separarnos para buscar cada uno por nuestro lado y quedamos en volvernos a encontrar bajo aquel baobab para contarnos lo que habíamos visto y si habíamos encontrado al mago. Así, cada cual tomó un camino y yo me quedé muy triste puesto que su compañía me había dado seguridad y ahora estaba nuevamente solo.
Busqué y busqué días y días pero no hallé nada. Cuando ya estaba en camino de regreso hacia el baobab para encontrarme con mis amigos, mi suerte acabó cambiando. Nos acabó encontrando uno a uno y nos volvió a reunir en la búsqueda una jovencita, pero eso es seguro que ya os lo han contado.


Este trascuento algo tiene que ver con: El Rey León y El Mago de Oz

miércoles, 16 de octubre de 2019

La caja de las respuestas (1)


Comienza hoy un cuento algo largo y lo he fraccionado en cuatro partes que se irán 
publicando en cuatro jueves consecutivos.





LA CAJA DE LAS RESPUESTAS
(parte 1)
Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final



No tenía más posesión que una caja, un pequeño estuche de madera roja tallado con figuras indescifrables y algunos agujeros de carcoma. Era su menguada herencia. ¡Si al menos le hubiera quedado un gato y unas botas viejas...! pero sólo le había quedado aquella misteriosa caja y, además, vacía. Estuvo a punto de aventarla lejos, tal era su enfado y su frustración.
A sus hermanos mayores les había correspondido de herencia: La granja, el olivar con su almazara, los hortales de regadío que tan buenas cosechas habían dado siempre; pero a él, que además era tenido por el favorito de su padre, sólo le había dejado aquella vieja y extraña cajita. Se lo pensó mejor y, considerando que era lo único que le quedaba de su padre, en lugar de deshacerse de ella, la depositó al fondo de su petate con sus menguadas pertenencias: Algo de ropa, una alpargatas viejas, una bota se vino, una fiambrera con algo de pan, una cantimplora de agua y un trozo de queso.
Emprendió el camino sin rumbo fijo. La cuestión era alejarse de aquellas tierras que habían sido su hogar y en las que ya no le quedaba nada que pudiera llamar suyo, ni tan siquiera los buenos recuerdos ni el cariño de sus hermanos, pensaba.
Siempre se había llevado bien con ellos; pero, tras la muerte de su padre y el reparto de la herencia, sus relaciones se habían enfriado totalmente. Ellos pensaban que, siendo el más pequeño de todos, siendo el ojito derecho de su padre y su hijo predilecto, haberle dejado sin nada, salvo aquella caja sin valor, debía obedecer a alguna razón, que su hermano debía haberle contrariado mucho o haber hecho algo tan reprobable como para que su padre, siempre generoso, le hubiera tratado de aquella manera, de modo que se distanciaron de él y procuraron evitarlo.
Es por eso que emprendió el camino, un camino a Nosesabedonde, que es ese lugar tan frecuentado por los sin rumbo y sin expectativas concretas.
En su mente se agolpaban los recuerdos, pero acabó silenciándolos porque, a fuer de buenos, alegres y gratos, resultaban dolorosos en su situación actual.
Y caminó. Caminó sin norte ni rumbo, sin un horizonte al que perseguir inútilmente, como sucede con todos los horizontes pues es inútil perseguirlos ya que son inalcanzables. Tampoco sus cortas metas calmaban su dolor y, aún menos, su sed y su hambre. Había agotado sus escasas provisiones y no hallaba nada que llevarse a la boca. Ni un huerto, ni un frutal, ni tan siquiera unas bayas silvestres había en aquella estepa estéril, ondulada por secas colinas salpicadas por secos matojos.
Ya desfallecía cuando, a lo lejos, empingorotado sobre un cerro de abruptas laderas rocosas, descubrió una edificación. Parecía un castillo ruinoso y, cuanto más se acercaba, más ruinoso se veía. Sus almenas desmochadas, la barbacana derruida, por las troneras asomaban reptantes y gruesas ramas de zarzas, aunque desprovistas de fruto.
Aquella ruina silente y solitaria no le iba a proporcionar refugio ni alimento. Un dolor intenso le retorcía las tripas, el hambre.
Rebuscó por el petate intentando encontrar alguna migaja de pan con que engañar a su alborotado estómago, pero no encontró nada salvo aquella extraña caja en lo más profundo. Se la quedó mirando, como intentando desentrañar aquellos misteriosos e inextricables grabados, pero sin ningún resultado, salvo hacerle olvidar por un momento la revolución que le removía el vientre.
Jugueteando con la caja entre las manos, se dijo:
- ¿Cómo podría entrar?
Inconscientemente, casi mecánicamente, abrió la caja, aquella que tantas veces había estudiado e inspeccionado sin resultado alguno pero, esta vez, su sorpresa resultó mayúscula y se olvidó del todo del hambre y la sed. En el fondo de la caja reposaba un papelito arrollado.
Aquella caja siempre había estado vacía, las veces que la había abierto no había hallado en su interior más que unas pelusas, y ahora había algo allí que antes no estaba.
Con más miedo que vergüenza, tomó con el índice y el pulgar, como si quemara, el papel aquél y, viendo que nada pasaba, lo desenrolló.
LLAMA A LA PUERTA
Fue lo único que aparecía escrito en él.
¿Qué querría decir? ¿Cómo había aparecido allí? ¿Quién lo había escrito?
Volvió a arrollarlo y lo depositó en la caja, cerrando la tapa.
El hambre volvió a despertar con mayor virulencia que nunca y pensó, aunque no muy convencido:
- Si este castillo estuvo habitado tiempo atrás, puede que quede algo en las bodegas o las despensas.
Rodeó el muro, buscando algún portillo o lugar practicable que le permitiera acceder al interior, y acabó descubriendo una vieja puerta de madera carcomida, cubierta de polvo y telarañas, pero aún fuerte como pudo comprobar al intentar, en vano, abrirla.
Entonces recordó aquello de:
LLAMA A LA PUERTA
Y así lo hizo.
Tras un tiempo, que le pareció una eternidad, el silencio se vio roto por un leve, lento y rítmico deslizar de algo por el suelo, un sonido de pasos pausados. Un chirrido agudo de hierro contra hierro sonó entonces, y Aziel no las tenía todas consigo. No sabía si quedarse a esperar qué pasaba o salir corriendo despavorido. Pero decidió quedarse.
Una estrecha rendija se abría entre la puerta y el marco, mientras los viejos goznes protestaban estentóreamente. Una cara plagada de arrugas y una luenga y amarillenta barba asomaron por aquella rendija.
- ¿Qué buscas? - preguntó una voz cascada y chillona.
- Ayuda - respondió – comida y agua.
-¿Y quién te ha dicho que llames?
- Esta caja – dijo Aziel, enseñándola a aquel extraño.
La puerta se abrió de par en par y pudo ver a un anciano encorvado que le apremiaba a entrar.
- ¡Pasad! ¡Pasad! Señor, estáis en vuestra casa.
El interior no parecía tan ruinoso como el exterior, pero estaba todo cubierto de polvo y telarañas. Allí no se había limpiado en años. Eso visto a la escasa luz que se filtraba por las sucias vidrieras y unos estrechos tragaluces, más mugrientos aún.
El anciano cerró la puerta tras ellos y la oscuridad se hizo casi absoluta al dejar de entrar el sol que se había colado por ella. Le costó tiempo acomodar la vista y darse cuenta de que se encontraba en un suntuoso salón con tapices, alfombras y regiamente amueblado. Al fondo se distinguía, entre cortinas de telas de araña, un alto estrado en el que se alzaba un trono ricamente tallado y policromado, flanqueado por dos sitiales más bajos.
- Señor, venid y podréis saciar vuestra hambre y vuestra sed. Seguidme – le urgió el anciano emprendiendo el camino de un largo y oscuro pasillo.
Aziel le siguió a tientas, apartando las telarañas que colgaban desde el techo, las paredes y los soportes de las antorchas que, en tiempos, debieron resplandecer y disipar aquella negrura.
Una pequeña puerta ovalada cerraba el paso al final de aquel pasillo, y el anciano la abrió con una gran llave de hierro que debía pesar al menos un quilo. Un haz de luz brotó de aquella abertura y penetraron en una amplia y limpia estancia, profusamente iluminada y totalmente diferente a lo que, hasta entonces, había visto allí. Los mueble eran sencillos, pero se les adivinaba cómodos, la limpieza era exquisita, el olor a húmedo y mazmorra del gran salón y el pasadizo, dio paso a un perfume de incienso y flores... pero el hambre apretaba.
El anciano le hizo sentar a una mesa bien provista de vajilla y manjares humeantes que estaban diciendo ¡Cómeme! y también una jarra de vino que no tardó mucho en tener que reponer. Entonces Aziel perdió todos los buenos modales y la compostura que le habían inculcado desde pequeño y se puso a comer, aunque más bien a devorar, aquella caldereta de cordero, aquel queso curado, el jamón, la ensalada,... así como los postres más deliciosos.
Entre la comida, el vino y el cansancio, se quedó profundamente dormido.
Transcurrido un tiempo que no se puede precisar, despertó sobre un mullido colchón, en una pequeña alcoba pero dotada de todo lo necesario. No sabía, en un principio, qué hacía allí ni cómo había llegado, pero pronto recordó. Era imposible que el anciano le hubiera llevado allí, tenía que haber más gente o alguien más fuerte capaz de cargar con él. Tampoco le creía capaz de mantener todo tan limpio ni de cocinar todo aquello que había comido. Y tampoco podía comprender cómo es que la comida ya estuviera dispuesta, como si supieran que iba a llegar.
Las preguntas se agolpaban atropelladamente en su cerebro y, hasta acabó pellizcándose por si aquello era un sueño o las alucinaciones propias de la desnutrición y la fatiga de aquel penoso viaje. Pero no. Estaba bien despierto y notaba su estómago saciado, casi a reventar, y ni la menor sensación de hambre o de sed, a lo sumo un ligero dolor de cabeza y una molesta reacción en los ojos ante la luz del día que penetraba por un amplio ventanal. La verdad es que no recordaba cuantas copas había bebido de aquel vino, pero seguro que fueron demasiadas.
Su vista recorrió aquel lugar. Sobre una pequeña mesita lacada, situada junto a la ventana, reposaba aquella misteriosa caja, su única herencia y posesión. A su lado unas cuartillas de papel, tintero y pluma. Junto a ella una cómoda butaca que invitaba a sentarse y abandonarse en un "dolce far niente". Vestía un camisón de seda azul claro y en parte alguna pudo ver rastro de aquellas ajadas y polvorientas ropas con las que había llegado allí.
Miró por el ventanal y pudo contemplar aquel enorme páramo que había atravesado y algún lienzo de las murallas del castillo. Dedujo, por la altura, que debía encontrarse en una torre, pero no vio movimiento alguno, parecía que allí no estaban más que él y aquel misterioso anciano.
Una puerta daba a un cuarto con una enorme bañera de mármol completamente llena de un agua tibia y perfumada, que estaba invitando a zambullirse en ella y chapotear como un pato. El suelo también era de mármol, con una ligera inclinación hacia un rincón y, en él, un sumidero con una rejilla. Colgando de una de las varias perchas que había en una pared, se veía una enorme y suave toalla de algodón.
No se lo pensó mucho, colgó el camisón en una de las perchas libres y se sumergió en la bañera suspirando de alivio al notar la ingravidez. El agua rebosaba y corría en juguetones riachuelos en dirección a aquella rejilla, y él se dejó flotar, sintiendo que el dolor de cabeza remitía poco a poco. Se abandonó totalmente a aquella lasitud y perdió la noción del tiempo; pero, finalmente, salió del agua, se secó a conciencia y, descalzo como iba, regresó al dormitorio. Sobre la cama, que estaba perfectamente arreglada como si no hubiera dormido allí, reposaban varias prendas de ropa: unas calzas, un jubón, unas botas, unas zapatillas,....
Se preguntaba quién y cómo había hecho la cama y dejado la ropa sin que él lo advirtiera; pero, sin pensarlo más, se vistió y se asomó a otra puerta. Daba a un pasillo y, al fondo, a una escalera que descendía hacia un lugar profundo y oscuro que no podía percibir.
Antes de decidirse a salir de allí y seguir explorando para saber en dónde estaba y qué significaba todo aquello, regresó al dormitorio y se guardó la cajita en un bolsillo, no sin antes mirar lo que había dentro. Estaba vacía, ni tan siquiera estaba aquel papelito que había aparecido misteriosamente y que había vuelto a guardar dentro.


El próximo jueves LA CAJA DE LAS RESPUESTAS (2)


miércoles, 9 de octubre de 2019

Muu y... el chicle



Seguro que, si sois amigos de este blog, conoceréis a los personajes de este cuentecillo; que hoy vuelven, con Muuriel como protagonista en lugar de Cloe. Aquellos que no los conozcan pueden comenzar a hacerlo: AQUÍ





MUU Y… EL CHICLE

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Se hallaba la vaca Muuriel, como de costumbre, rumiando con la mirada lánguidamente perdida en la distancia, como esperando el paso del tren de las cinco. Woffe, que acababa de regresar con su amo desde el pueblo, se acercó a ella y le dijo.
- ¿Sabes, Muu, que te pareces a los humanos?
- ¿En qué?
- En que ellos también se pasan las horas masticando
- En todo caso será que ellos se parecen a mí, porque yo lo hago por mi naturaleza, soy rumiante y eso es necesario por mi sistema digestivo, pero ellos no lo son. ¿Por qué lo hacen?
- No lo sé, pero mascan una cosa pegajosa que llaman chicle.
- ¿Y se lo tragan?
- No. Luego lo tiran, y en el pueblo he visto pegotes por los suelos. Yo, como camino a ras de suelo, los veo muy bien y los hay de varios colores.
Un gorrión, que los estaba escuchando desde una rama, intervino.
- El otro día se me quedaron pegadas las patas en una de esas cosas y me costó soltarme. Y un primo mío murió porque se tragó uno y le taponó el galillo.
- Esos seres humanos – replicó Muu – tienen unos comportamientos poco racionales. Si sus desechos sirvieran al menos de abono como los nuestros… pero eso parece que lo único que hace es ensuciar y poner en peligro a los pequeños animales.
Cloe, que andaba a la caza de saltamontes, acababa de llegar junto a ellos y preguntó, curiosa como siempre.
- ¿De qué habláis?
- De los chicles que tiran los humanos – dijo Woffe.
- ¡Qué cosa más horrible! Una vez intenté picotear uno, pensando que era algo comestible, y se me pegó al pico. Me costó mucho despegármelo. La verdad es que, donde estén los insectos, las lombrices, el grano… Habría que hacer algo porque hay por todo. Alguna otra gallina ha tenido problemas de molleja por tragar uno.
- Dices bien, algo habría que hacer – dijo Muu – pero ¿Qué?
- Pues si no lo sabes tú, que eres la más inteligente de la granja – dijo Cloe – no sé quién lo va a saber.
Wof se rascó la oreja derecha con la pata trasera y dijo.
- ¿Por qué no les devolvemos esa porquería para que sepan que no pueden andar tirándolos por ahí?
Muu repuso.
- No se me ocurre cómo. Aunque sí… Cloe ¿Podrías conseguir que el gallinero colabore para hacer limpieza?
- Sí. Podríamos escarbar esos pegotes y hacer un buen montón.
Cloe, que tenía ascendiente sobre todas las gallinas desde aquella ocasión en que lideró el gallinero a raíz de las trifulcas raciales (1), consiguió convencerlas para ir reuniendo todos los pegotes que encontraran. Los fueron amontonando en un rincón del corral de Muu y ésta veía cómo crecía y crecía aquel montón. Pero no se le ocurría qué hacer luego con todo aquello.
Y allí se estaba parada rumiando y también rumiando, es decir, en los dos sentidos de la palabra, cuando llegó la hora del ordeño y acabó por idear algo.
Llamó a Cloe y le dio instrucciones.
Los problemas en la granja comenzaron cuando al vaciar el cubo de la leche, el amo encontró un chicle en el fondo. Y, cuando el hecho se repitió, el amo entró en cólera y prohibió terminantemente el uso del chicle a todos los trabajadores.
Es por eso que, gracias a la complicidad de las gallinas y su habilidad para no ser vistas al acercarse al cubo de la leche, la granja quedó limpia de aquellos asquerosos pegotes y ningún gorrión volvió a correr peligro.

(1) Ver Cloe quiere... liderar



Y el próximo jueves:
LA CAJA DE LAS RESPUESTAS
(un cuento largo en cuatro partes)

jueves, 22 de marzo de 2018

El Fantasma y Doña Pepita

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Llevaba tiempo en secano. No se me ocurría nada para plasmar en el papel o publicar en el blog. Vivía de rentas, publicando largos relatos que ya tenía escritos tiempo ha, pero de cuentos nada.
Me encontraba en esa duermevela que precede al amanecer, abriendo de vez en cuando un ojo para ver en el techo la hora fosforescente que proyectaba el despertador, y volvía a intentar conciliar el sueño. Volvía a abrirlo y, a lo sumo, habían transcurrido cuatro minutos.
Estaba ya decidido a apagar el CPAP, quitarme la mascarilla e incorporarme, cuando una presencia me hizo abrir los ojos de par en par y sacudirme la modorra. Se trataba de El Enano Soplacuentos, acomodado en lo que quedaba libre de mi almohada.
- Hola – dijo lacónicamente.
- Hola igualmente – le respondí, tras darle al botón y quitarme la mascarilla - ¡Cuanto tiempo sin verte! Me tienes demasiado tiempo seco de ideas y ya comenzaba a dudar de tu existencia.
- Pues hablando de eso creo que es muy oportuno el cuento que te voy a soplar. Se trata de una historia sobre creer o no creer, la historia de El Fantasma y Doña Pepita.
Algo se dibujó en mi imaginación como por arte de birlibirloque, me levanté y, sin esperar a que aquella idea impresa en mi mente se perdiera por los vericuetos de la rutina diaria, fui a la cocina, encendí la cafetera, tomé papel y boli y, frente a una taza de humeante café, me puse a escribir lo siguiente.

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EL FANTASMA Y DOÑA PEPITA

Doña Pepita era una solterona, madura y adinerada que vivía en una gran mansión, grande y algo tétrica, heredada de sus antepasados tras muchas generaciones.
Doña Pepita padecía de miedo crónico y extremaba las precauciones porque decía que todo era peligroso. Tuvo que contratar a una cocinera porque temía al fuego, también a los cuchillos que la podían cortar o pinchar, y temía a los tenedores porque pinchaban. De modo que habían de servirle todo previamente troceado para que pudiera comer con la mano o con la cuchara, a la que consideraba inofensiva.
Temía también a las escalera porque podía caer. Y es por ello por lo que nunca subía a los pisos de arriba, aún menos al desván, y vivía únicamente en la planta baja de aquel inmenso caserón.
Tampoco viajaba en coche al considerarlo peligroso y se desplazaba a pie o, a lo sumo, en tren; pero en los vagones del centro, al considerarlos más seguros en caso de choque o descarrilamiento.
Y así era Doña Pepita. Una mujer timorata y poco sociable, recluida en la planta baja de aquella mansión, lo que no impedía que ocasionalmente recibiera visitas de familiares o amistades.
En una de aquellas ocasiones alguien le preguntó:
- Esta casa es muy antigua y es posible que tenga fantasmas ¿No temes nada de ellos?
- ¿Fantasmas? Yo no creo en ellos y, por tanto, no temo que puedan hacerme nada.
Pero; al igual que las meigas, los fantasmas, aunque no creas en ellos, haberlos haylos, y en el desván de aquel antiguo caserón residía, desde tiempo inmemorial, el de un antepasado que no supo hallar el camino de luz que indicaba la salida en el día de su muerte y se quedó allí para toda la eternidad.
El pobre estaba muy aburrido porque nadie, salvo él, se aparecía por allí a contemplar sus apariciones y no tenía a quien asustar. En vano recorría el desván y los oscuros y solitarios pisos altos, agitando airosamente su sábana y arrastrando sus cadenas, hasta desvan_ecerse de nuevo en el desván, como cada noche durante siglos. Nadie se enteraba de sus andanzas nocturnas y menos Doña Pepita.
Una noche, cuando más deprimido estaba por no hallar a quién atemorizar, decidió descender a la planta baja. No le gustaba nada aquella planta, porque en ella siempre había muchas luces encendidas y prefería la semipenumbra, aparte de que su propia fosforescencia podía no ser lo bastante visible. Pero se esperó a que fueran apagando luces y se decidió a explorar aquel terreno desconocido, un tanto asustado. Descendió flotando sobre aquella polvorienta escalera, una escalera no hollada en años y que siguió sin ser hollada porque el fantasma se deslizaba ingrávido a un palmo de los polvorientos peldaños.
Y allí, en el Gran Salón, arrellanada en un muelle butacón, leyendo un libro a la luz de una pequeña lámpara de flexo se hallaba Doña Pepita.
El fantasma se sintió feliz; por fin, después de cientos de monótonos y largos años, ¡al fin tenía a quien asustar!
Y se aprestó a hacer una puesta en escena terrorífica, una aparición escalofriante. Preparó sus cadenas, alisó su sábana y flotó a dos palmos de la gran alfombra persa. Doña Pepita no había reparado en su presencia, abstraída en su lectura.
Acto seguido comenzó a agitar espasmódicamente las cadenas, emitiendo un sonoro
- Uuuuuuuuuuuuuu,
se deslizó flotando suavemente hacia el lugar en donde se hallaba su víctima.
Doña Pepita alzó la vista de su lectura y quedó impasible. Miraba aquel espectáculo sin dar crédito a lo que estaba viendo, pero volvió a su lectura diciendo:
- ¡Bah! No creo en los fantasmas.
El pobre fantasma no sé si rompió a llorar, porque tampoco sé si los fantasmas lloran, pero quedó allí plantado como un pasmarote, de sábana y cadenas caídas y sin saber cómo reaccionar.
Finalmente se retiró a su desván y se desvan_eció en él, y es posible que nunca más vuelva a aventurarse por la planta baja.
En cuanto a Doña Pepita; hay que decir que, tras aquella escena, tuvo ocasión de pensar en lo sucedido, y se dijo:
- ¿Eso era un fantasma? Pues no me ha asustado nada. ¡Claro! Como no creo en ellos no me asustan. Sólo me asusta aquello en lo que creo que existe.
Y desde aquella noche… Doña Pepita dejó de creer en el fuego, en los cuchillos, los tenedores, las escaleras, los coches y mil cosas más. Y dejó de tener miedo.


EL JUEVES PRÓXIMO: ????? (ni yo lo sé)

miércoles, 14 de marzo de 2018

Una momia especial



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El Doctor Arqueolio no daba crédito a lo que estaba viendo cuando, tras hallar la cámara mortuoria de aquella antigua pirámide inacabada, abrió la tapa del sarcófago. Era algo inaudito, un hallazgo sorprendente.
Había dedicado muchos años de estudios, exploración y excavaciones más o menos afortunadas, hasta que acabó dando con aquella tumba de un faraón poco conocido. Se trataba de Neferefre de la V dinastía, que acabó localizando en el extremo sur del yacimiento de Abusir. Y allí se hallaba, ante él, tal como lo depositaron en su tiempo. Alrededor; toda aquella cámara, estaba decorada con escenas de su reinado y numerosos jeroglíficos.
Tenía que estudiar a fondo todo aquello a ver si encontraba una explicación de lo que acababa de ver y que le había resultado de lo más sorprendente.
"Divino el poder de Neferefre" 
Rezaba uno de los jeroglíficos que adornaban la piedra que formaba el dintel de la puerta secreta.
Afanosamente se puso a descifrar todos los jeroglíficos en un intento de descubrir aquel hallazgo insólito
Acabó descubriendo que fue un faraón de corta vida, de muy poca salud, que había pasado su vida entre bronquitis y constipados, que en el palacio habían tenido que poner grandes pebeteros a fin de mantener una alta temperatura en sus dependencias, puesto que no soportaba el frío y sólo se encontraba a gusto en el cálido desierto. Padecía de fuertes episodios de tiritonas, sinusitis y estornudos. Y fue en uno de esos episodios de estornudos en el que, al darse violentamente con la frente en un friso, se partió la cabeza y falleció.
El Doctor Arqueolio comprendió entonces la razón por la cual aquella momia, en lugar de estar envuelta en finas vendas de lino, lo estaba en gruesas tiras de manta de lana para mantenerlo calentito en la otra vida.
Y es que la vida de un faraón, aunque alguien pueda creer que era una vida muelle, de boato y goces, también estaba sujeta a las enfermedades y debilidades propias de cualquier ser humano. En pocas palabras, que el ser faraón no era un momio, aunque se acabara siendo una momia.





EL JUEVES PRÓXIMO: El fantasma y Doña Pepita 
(si no se me ocurre otra cosa)

miércoles, 7 de marzo de 2018

El virus despistado


EL VIRUS DESPISTADO


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Había una vez un virus incapaz de contagiar nada a nadie. Y no era capaz porque no sabía encontrar a sus víctimas. Cuando buscaba a una persona a la que infectar y provocar una epidemia, siempre acababa dando con un mueble, un árbol, un semáforo o cualquier otra cosa incapaz de ser afectada por su virusidad o virulencia.
Estaba desesperado, además de avergonzado, porque los otros virus se burlaban de él. Ellos sí que sabían encontrar su objetivo y hasta le hicieron ir a comprarse unas gafas, pero de nada le sirvieron, seguía igual de despistado y no lograba contagiar ni unas simples paperas.
El día en que más desesperado andaba, el día en que pensaba ya desistir de intentarlo, decidió hacer una última prueba, y también falló. En lugar de dar con una persona humana de cualquier edad o tamaño, acabó dando con un ordenador pensando que, como tenía un cerebro y memoria, sería una persona.
Pero, dentro de su desgracia, aún tuvo suerte.
Sentado sobre la placa base, al calorcillo de la CPU, se estaba lamentando de su desgracia cuando se le apareció un personaje desconocido y casi invisible. No es que él mismo fuera muy visible porque era de un tamaño ínfimo, pero es que éste otro ser carecía de materia.
- Hola ¿Qué te pasa? - le preguntó
- ¿Quién eres tú? -  respondió sorprendido
- Yo soy un virus informático
- Pues yo soy un virus biológico
Y así, de virus a virus, cada cual relató sus problemas.
- Y soy incapaz de encontrar mi objetivo, aún no he podido infectar a nadie.
- Pues yo tampoco puedo entrar en la memoria del ordenador porque hay un antivirus vigilando, pero lo tuyo es fácil de arreglar.
- ¿Y cómo?
- Ahora mismo te facilito un buscador de GPS (Gente, Personas, Sujetos) y con él podrás contagiar lo que quieras.
Así lo hizo y nuestro virus despistado pudo hacer el trabajo para el que había nacido, provocando una epidemia de estornudos como nunca antes se había visto.
No desesperes si no consigues alcanzar tus objetivos, busca ayuda y la podrás encontrar donde menos lo pienses, hasta en un ordenador.



EL JUEVES PRÓXIMO: Una momia especial

jueves, 22 de febrero de 2018

El Rey de los caracoles



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Había una vez un caracol que debía ser el Rey de los caracoles puesto que se alojaba, no en una concha en espiral como todos los demás caracoles que conocemos; sino que, sobre sus hombros, cargaba un castillo con sus torres y sus almenas. Al menos ésa fue la impresión que me dio cuando lo encontré en una tarde lluviosa, tras una clara, cuando es el momento más apropiado para la caza del caracol y ya llevaba media cesta.
Estaba muy atareado, haciendo regresar dentro de la cesta a aquellos que trepaban por el borde tratando de escapar, y recogiendo nuevos ejemplares.
Pero le vi, entre el verde pasto, alzando su almenada concha y deslizándose majestuosamente sobre una refulgente alfombra de baba que brillaba al sol.
No sabía qué hacer. No daba crédito a mis ojos. Me agaché para verlo más de cerca y, no sólo no se replegó al acercarle la mano, sino que siguió avanzando orgulloso, con el cuello erguido y los cuernos rectos, como señalando el camino.
Era, además, de buen tamaño y yo estaba tan sorprendido e indeciso que no hacía más que mirarlo avanzar tan decidido e impasible sobre la hierba. Desde luego aquel caracol era un fenómeno digno de estudio y un ejemplar de interés científico evidente.
En éstas estaba cuando noté que algo frío y húmedo me caía en un pie. Al volverme pude comprobar que todos los que llevaba en la cesta se estaban escapando, algunos ya se alejaban de ella por la hierba.
De modo que me dediqué a hacerlos regresar al fondo, soltando los que ya se hallaban en el borde y volviendo a cazar a los fugitivos que, pasito a pasito, babita a babita, se iban marchando. Pasó un largo rato hasta que logré capturar al último de los huidos.
Cuando me volví hacia el lugar en que había dejado a aquel extraordinario caracol, ya no estaba allí. Había desaparecido y no podía seguir su rastro porque se había mezclado con el de los otros escapados. Busqué por todos lados y fui incapaz de encontrarlo.
Recapacitando luego comprendí que, cuando tienes algo importante entre manos, no debes distraerte con cosas de menor importancia, por muchas que éstas sean.
Pero, finalmente, me consolé con una buena bandeja de caracoles a la parrilla. Porque el que no se consuela es porque no quiere.




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