Soy
un león. Pero no creáis que soy valiente y fiero como debe ser un
león. Al contrario; soy tímido y apocado,
por no decir miedica o cobarde. Mi hermano sí que es valiente desde cachorro y, pese
a muchos problemas, llegó a ser rey. Siempre lo fue, y atrevido, y travieso, tanto como para atreverse a desobedecer a nuestro padre y
visitar el cementerio de elefantes, corriendo un grave peligro con las
hienas y obligando a nuestro padre y rey a intervenir para salvarlo.
Tras la muerte de nuestro padre y su exilio, mi
hermano regresó
enfrentándose a nuestro usurpador tío y acabó reinando, creo
que esa historia ya la sabéis porque todo el mundo se hizo eco de
ella,
pero nadie sabe de mi existencia.
Yo
siempre fui el más flojo de la camada. Cuando jugaban a pelear para
entrenarse en la lucha, yo me mantenía al margen y prefería
contemplar el paisaje desde una roca elevada.
Desde una vez en
que, jugando a atrapar, me lastimé una mano, tenía miedo a esos
juegos tan naturales entre los cachorros de león y de cualquier otro
depredador. Así crecí contemplando como mis hermanos se hacía
fuertes y hábiles en la lucha, mientras que yo permanecía debilucho y
timorato. Era una presa perfecta para las hienas pero, aunque miedoso,
no era tonto y sabía que, si yo no era capaz de defenderme, debía
permanecer bien cerca de mis hermanos y de la familia que me servía
de protección y me facilitaba alimento.
Pero las cosas se complicaron cuando a
mi hermano se le acusó de la muerte de nuestro padre y tuvo que
huir. Mi tío se quedó como rey de la selva y yo seguí en la
manada, intentando no hacerme notar mucho.
Así pasó el tiempo y, como es
natural, crecí y me convertí en un león adulto. En ese momento
debía marchar o competir con los otros leones para ser
un macho dominante pero, como eso era incapaz de hacerlo, no tuve más
remedio que dejar el territorio y convertirme en un macho solitario teniendo que buscarme la vida.
Lo de comer fue duro porque carecía
de habilidades para la caza, habilidades que debía haber adquirido
desde cachorro, por eso tuve que comportarme como un carroñero
cualquiera si quería sobrevivir, aprovechando los restos abandonados
de alguna presa, pero procurando esperar a que terminaran las hienas
y que los buitres se alejaran.
Afortunadamente nadie se metía
conmigo al creer que yo era un león, como los demás, fuerte y
fiero. No imaginaban que hasta un suricato me habría hecho huir, de
haberse atrevido a atacarme.
En estas andaba por la sabana, ya muy
lejos de la tierra que me vio nacer, cuando me tropecé con un
espantapájaros que me dio un susto tremendo, pero pensé que yo no
era un pájaro y no tenía por qué espantarme su presencia, de modo
que entablamos amistad y seguimos vagando en animada conversación
por la sabana, cada uno quejándose de sus problemas. Su compañía
me tranquilizaba y, aunque él no tenía cerebro, era decidido y
animoso, cosa que yo no era.
Undía
en que nos hallábamos reposando al pie de un baobab, comenzó a
sonar un escandaloso ruido metálico, y se aproximaba. Muerto de
miedo me escondí tras el tronco del árbol y, de haber podido,
habría trepado a lo más alto, cosa que los leones no somos capaces de hacer, y menos
yo.
Pero el espantapájaros me tranquilizó y me hizo ver que sólo se
trataba de un inofensivo hombre de hojalata.
Así seguimos los tres el camino.
Ahora eramos un trío de compañeros de viaje hacia ningún lugar,
cada uno buscando la solución a sus problemas: Un cerebro en lugar
de paja, un corazón en lugar de metal y valor en lugar de cobardía.
El espantapájaros nos comentó que buscaba a un mago capaz de resolver su problema, pero no sabía
dónde podría hallarse, de modo que decidimos separarnos para buscar
cada uno por nuestro lado y quedamos en volvernos a encontrar bajo
aquel baobab para contarnos lo que habíamos visto y si habíamos
encontrado al mago. Así, cada cual tomó un camino y yo me quedé
muy triste puesto que su compañía me había dado seguridad y ahora
estaba nuevamente solo.
Busqué y busqué días y días pero
no hallé nada. Cuando ya estaba en camino de regreso hacia el baobab
para encontrarme con mis amigos, mi suerte acabó cambiando. Nos
acabó encontrando uno a uno y nos volvió a reunir en la búsqueda
una jovencita, pero eso es seguro que ya os lo han contado.
Este trascuento algo tiene que ver con: El Rey León y El Mago de Oz
No tenía más posesión que una caja,
un pequeño estuche de madera roja tallado con figuras indescifrables y
algunos agujeros de carcoma. Era su menguada herencia. ¡Si al menos
le hubiera quedado un gato y unas botas viejas...! pero sólo le
había quedado aquella misteriosa caja y, además, vacía. Estuvo a
punto de aventarla lejos, tal era su enfado y su frustración.
A sus hermanos mayores les había
correspondido de herencia: La granja, el olivar con su almazara, los
hortales de regadío que tan buenas cosechas habían dado siempre;
pero a él, que además era tenido por el favorito de su padre, sólo
le había dejado aquella vieja y extraña cajita. Se lo pensó mejor
y, considerando que era lo único que le quedaba de su padre, en lugar
de deshacerse de ella, la depositó al fondo de su petate con sus
menguadas pertenencias: Algo de ropa, una alpargatas viejas, una bota
se vino, una fiambrera con algo de pan, una cantimplora de agua y un trozo de queso.
Emprendió el camino sin rumbo fijo.
La cuestión era alejarse de aquellas tierras que habían sido su
hogar y en las que ya no le quedaba nada que pudiera llamar suyo, ni
tan siquiera los buenos recuerdos ni el cariño de sus hermanos, pensaba.
Siempre se había llevado bien con
ellos; pero, tras la muerte de su padre y el reparto de la herencia,
sus relaciones se habían enfriado totalmente. Ellos pensaban que,
siendo el más pequeño de todos, siendo el ojito derecho de su padre
y su hijo predilecto, haberle dejado sin nada, salvo aquella caja sin
valor, debía obedecer a alguna razón, que su hermano debía haberle
contrariado mucho o haber hecho algo tan reprobable como para que su
padre, siempre generoso, le hubiera tratado de aquella manera, de
modo que se distanciaron de él y procuraron evitarlo.
Es por eso que emprendió el camino,
un camino a Nosesabedonde, que es ese lugar tan frecuentado por los
sin rumbo y sin expectativas concretas.
En su mente se agolpaban los
recuerdos, pero acabó silenciándolos porque, a fuer de buenos,
alegres y gratos, resultaban dolorosos en su situación actual.
Y caminó. Caminó sin norte ni rumbo,
sin un horizonte al que perseguir inútilmente, como sucede con todos
los horizontes pues es inútil perseguirlos ya que son inalcanzables. Tampoco sus cortas metas
calmaban su dolor y, aún menos, su sed y su hambre. Había agotado
sus escasas provisiones y no hallaba nada que llevarse a la boca. Ni
un huerto, ni un frutal, ni tan siquiera unas bayas silvestres había
en aquella estepa estéril, ondulada por secas colinas salpicadas por secos
matojos.
Ya desfallecía cuando, a lo lejos,
empingorotado sobre un cerro de abruptas laderas rocosas, descubrió
una edificación. Parecía un castillo ruinoso y, cuanto más se
acercaba, más ruinoso se veía. Sus almenas desmochadas, la
barbacana derruida, por las troneras asomaban reptantes y gruesas
ramas de zarzas, aunque desprovistas de fruto.
Aquella ruina silente y solitaria no
le iba a proporcionar refugio ni alimento. Un dolor intenso le
retorcía las tripas, el hambre.
Rebuscó por el petate intentando
encontrar alguna migaja de pan con que engañar a su alborotado
estómago, pero no encontró nada salvo aquella extraña caja en lo
más profundo. Se la quedó mirando, como intentando desentrañar
aquellos misteriosos e inextricables grabados, pero sin ningún
resultado, salvo hacerle olvidar por un momento la revolución que le
removía el vientre.
Jugueteando con la caja entre las
manos, se dijo:
- ¿Cómo podría entrar?
Inconscientemente, casi mecánicamente, abrió la caja,
aquella que tantas veces había estudiado e inspeccionado sin
resultado alguno pero, esta vez, su sorpresa resultó mayúscula y se
olvidó del todo del hambre y la sed. En el fondo de la caja reposaba
un papelito arrollado.
Aquella caja siempre había estado
vacía, las veces que la había abierto no había hallado en su
interior más que unas pelusas, y ahora había algo allí que antes
no estaba.
Con más miedo que vergüenza, tomó
con el índice y el pulgar, como si quemara, el papel aquél y,
viendo que nada pasaba, lo desenrolló.
LLAMA A LA PUERTA
Fue lo único que aparecía escrito en
él.
¿Qué querría decir? ¿Cómo había
aparecido allí? ¿Quién lo había escrito?
Volvió a arrollarlo y lo depositó en
la caja, cerrando la tapa.
El hambre volvió a despertar con
mayor virulencia que nunca y pensó, aunque no muy convencido:
- Si este castillo estuvo habitado
tiempo atrás, puede que quede algo en las bodegas o las despensas.
Rodeó el muro, buscando algún
portillo o lugar practicable que le permitiera acceder al interior, y
acabó descubriendo una vieja puerta de madera carcomida, cubierta de
polvo y telarañas, pero aún fuerte como pudo comprobar al intentar, en vano, abrirla.
Entonces recordó aquello de:
LLAMA A LA PUERTA
Y así lo hizo.
Tras un tiempo, que le pareció una
eternidad, el silencio se vio roto por un leve, lento y rítmico
deslizar de algo por el suelo, un sonido de pasos pausados. Un chirrido agudo de hierro contra
hierro sonó entonces, y Aziel no las tenía todas consigo. No sabía
si quedarse a esperar qué pasaba o salir corriendo despavorido. Pero
decidió quedarse.
Una estrecha rendija se abría entre
la puerta y el marco, mientras los viejos goznes protestaban
estentóreamente. Una cara plagada de arrugas y una luenga y
amarillenta barba asomaron por aquella rendija.
- ¿Qué buscas? - preguntó
una voz cascada y chillona.
- Ayuda - respondió –
comida y agua.
-¿Y quién te ha dicho que llames?
- Esta caja – dijo Aziel,
enseñándola a aquel extraño.
La puerta se abrió de par en par y
pudo ver a un anciano encorvado que le apremiaba a entrar.
- ¡Pasad! ¡Pasad! Señor, estáis
en vuestra casa.
El interior no parecía tan ruinoso
como el exterior, pero estaba todo cubierto de polvo y telarañas.
Allí no se había limpiado en años. Eso visto a la escasa luz que
se filtraba por las sucias vidrieras y unos estrechos tragaluces,
más mugrientos aún.
El anciano cerró la puerta tras ellos
y la oscuridad se hizo casi absoluta al dejar de entrar el sol que se
había colado por ella. Le costó tiempo acomodar la vista y darse
cuenta de que se encontraba en un suntuoso salón con tapices,
alfombras y regiamente amueblado. Al fondo se distinguía, entre
cortinas de telas de araña, un alto estrado en el que se alzaba un trono ricamente tallado y policromado, flanqueado por dos sitiales más bajos.
- Señor, venid y podréis
saciar vuestra hambre y vuestra sed. Seguidme – le urgió el anciano
emprendiendo el camino de un largo y oscuro pasillo.
Aziel le siguió a tientas, apartando
las telarañas que colgaban desde el techo, las paredes y los
soportes de las antorchas que, en tiempos, debieron resplandecer y
disipar aquella negrura.
Una pequeña puerta ovalada cerraba el
paso al final de aquel pasillo, y el anciano la abrió con una gran
llave de hierro que debía pesar al menos un quilo. Un haz de luz
brotó de aquella abertura y penetraron en una amplia y limpia
estancia, profusamente iluminada y totalmente diferente a lo que,
hasta entonces, había visto allí. Los mueble eran sencillos, pero se les
adivinaba cómodos, la limpieza era exquisita, el olor a húmedo y
mazmorra del gran salón y el pasadizo, dio paso a un perfume de
incienso y flores... pero el hambre apretaba.
El anciano le hizo sentar a una mesa
bien provista de vajilla y manjares humeantes que estaban diciendo
¡Cómeme! y también una jarra de vino que no tardó mucho en tener que reponer. Entonces Aziel perdió todos los
buenos modales y la compostura que le habían inculcado desde pequeño
y se puso a comer, aunque más bien a devorar, aquella caldereta de
cordero, aquel queso curado, el jamón, la ensalada,... así como los postres más
deliciosos.
Entre la comida, el vino y el
cansancio, se quedó profundamente dormido.
Transcurrido un tiempo que no se puede
precisar, despertó sobre un mullido colchón, en una pequeña alcoba
pero dotada de todo lo necesario. No sabía, en un principio, qué hacía
allí ni cómo había llegado, pero pronto recordó. Era imposible
que el anciano le hubiera llevado allí, tenía que haber más gente o
alguien más fuerte capaz de cargar con él. Tampoco le creía capaz
de mantener todo tan limpio ni de cocinar todo aquello que había
comido. Y tampoco podía comprender cómo es que la comida ya estuviera dispuesta, como si supieran que iba a llegar.
Las preguntas se agolpaban
atropelladamente en su cerebro y, hasta acabó pellizcándose por si
aquello era un sueño o las alucinaciones propias de la desnutrición
y la fatiga de aquel penoso viaje. Pero no. Estaba bien despierto y
notaba su estómago saciado, casi a reventar, y ni la menor sensación
de hambre o de sed, a lo sumo un ligero dolor de cabeza y una molesta
reacción en los ojos ante la luz del día que penetraba por un
amplio ventanal. La verdad es que no recordaba cuantas copas había
bebido de aquel vino, pero seguro que fueron demasiadas.
Su vista recorrió aquel lugar. Sobre
una pequeña mesita lacada, situada junto a la ventana, reposaba
aquella misteriosa caja, su única herencia y posesión. A su lado
unas cuartillas de papel, tintero y pluma. Junto a ella una cómoda
butaca que invitaba a sentarse y abandonarse en un "dolce far niente". Vestía un camisón de seda azul
claro y en parte alguna pudo ver rastro de aquellas ajadas y
polvorientas ropas con las que había llegado allí.
Miró por el ventanal y pudo
contemplar aquel enorme páramo que había atravesado y algún lienzo de las
murallas del castillo. Dedujo, por la altura, que debía encontrarse
en una torre, pero no vio movimiento alguno, parecía que allí no
estaban más que él y aquel misterioso anciano.
Una puerta daba a un cuarto con una
enorme bañera de mármol completamente llena de un agua tibia y
perfumada, que estaba invitando a zambullirse en ella y chapotear
como un pato. El suelo también era de mármol, con una ligera
inclinación hacia un rincón y, en él, un sumidero con una rejilla.
Colgando de una de las varias perchas que había en una pared, se
veía una enorme y suave toalla de algodón.
No se lo pensó mucho, colgó el
camisón en una de las perchas libres y se sumergió en la bañera suspirando de
alivio al notar la ingravidez. El agua rebosaba y corría en
juguetones riachuelos en dirección a aquella rejilla, y él se dejó
flotar, sintiendo que el dolor de cabeza remitía poco a poco. Se
abandonó totalmente a aquella lasitud y perdió la noción del
tiempo; pero, finalmente, salió del agua, se secó a conciencia y,
descalzo como iba, regresó al dormitorio. Sobre la cama, que estaba
perfectamente arreglada como si no hubiera dormido allí, reposaban
varias prendas de ropa: unas calzas, un jubón, unas botas, unas
zapatillas,....
Se preguntaba quién y cómo había
hecho la cama y dejado la ropa sin que él lo advirtiera; pero, sin
pensarlo más, se vistió y se asomó a otra puerta. Daba a un
pasillo y, al fondo, a una escalera que descendía hacia un lugar
profundo y oscuro que no podía percibir.
Antes de decidirse a salir de allí
y seguir explorando para saber en dónde estaba y qué significaba
todo aquello, regresó al dormitorio y se guardó la cajita en un
bolsillo, no sin antes mirar lo que había dentro. Estaba vacía, ni
tan siquiera estaba aquel papelito que había aparecido misteriosamente y que había
vuelto a guardar dentro.
Seguro que, si sois amigos de este blog, conoceréis a los personajes de este cuentecillo; que hoy vuelven, con Muuriel como protagonista en lugar de Cloe. Aquellos que no los conozcan pueden comenzar a hacerlo: AQUÍ
Se hallaba la vaca Muuriel, como de
costumbre, rumiando con la mirada lánguidamente perdida en la
distancia, como esperando el paso del tren de las cinco. Woffe, que
acababa de regresar con su amo desde el pueblo, se acercó a ella y
le dijo.
- ¿Sabes, Muu, que te pareces a
los humanos?
- ¿En qué?
- En que ellos también se pasan
las horas masticando
- En todo caso será que ellos se parecen a mí, porque yo lo hago por mi naturaleza, soy
rumiante y eso es necesario por mi sistema digestivo, pero ellos no
lo son. ¿Por qué lo hacen?
- No lo sé, pero mascan una cosa
pegajosa que llaman chicle.
- ¿Y se lo tragan?
- No. Luego lo tiran, y en el
pueblo he visto pegotes por los suelos. Yo, como camino a ras de
suelo, los veo muy bien y los hay de varios colores.
Un gorrión, que los estaba escuchando
desde una rama, intervino.
- El otro día se me quedaron
pegadas las patas en una de esas cosas y me costó soltarme. Y un
primo mío murió porque se tragó uno y le taponó el galillo.
- Esos seres humanos – replicó Muu – tienen unos comportamientos poco racionales. Si sus
desechos sirvieran al menos de abono como los nuestros… pero eso
parece que lo único que hace es ensuciar y poner en peligro a los
pequeños animales.
Cloe, que andaba a la caza de
saltamontes, acababa de llegar junto a ellos y preguntó, curiosa
como siempre.
- ¿De qué habláis?
- De los chicles que tiran los
humanos – dijo Woffe.
- ¡Qué cosa más horrible! Una
vez intenté picotear uno, pensando que era algo comestible, y se me
pegó al pico. Me costó mucho despegármelo. La verdad es
que, donde estén los insectos, las lombrices, el grano… Habría
que hacer algo porque hay por todo. Alguna otra gallina ha tenido
problemas de molleja por tragar uno.
- Dices bien, algo habría que hacer –
dijo Muu – pero ¿Qué?
- Pues si no lo sabes tú, que eres
la más inteligente de la granja – dijo Cloe – no sé
quién lo va a saber.
Wof se rascó la oreja derecha con la
pata trasera y dijo.
- ¿Por qué no les devolvemos esa
porquería para que sepan que no pueden andar tirándolos por ahí?
Muu repuso.
- No se me ocurre cómo. Aunque sí…
Cloe ¿Podrías conseguir que el gallinero colabore para hacer
limpieza?
- Sí. Podríamos escarbar esos
pegotes y hacer un buen montón.
Cloe, que tenía ascendiente sobre
todas las gallinas desde aquella ocasión en que lideró el gallinero
a raíz de las trifulcas raciales (1), consiguió convencerlas para ir
reuniendo todos los pegotes que encontraran. Los fueron amontonando
en un rincón del corral de Muu y ésta veía cómo crecía y crecía
aquel montón. Pero no se le ocurría qué hacer luego con todo
aquello.
Y allí se estaba parada rumiando y
también rumiando, es decir, en los dos sentidos de la palabra,
cuando llegó la hora del ordeño y acabó por idear algo.
Llamó a Cloe y le dio instrucciones.
Los problemas en la granja comenzaron
cuando al vaciar el cubo de la leche, el amo encontró un chicle en
el fondo. Y, cuando el hecho se repitió, el amo entró en cólera y
prohibió terminantemente el uso del chicle a todos los trabajadores.
Es por eso que, gracias a la
complicidad de las gallinas y su habilidad para no ser vistas al
acercarse al cubo de la leche, la granja quedó limpia de aquellos asquerosos
pegotes y ningún gorrión volvió a correr peligro.
Llevaba
tiempo en secano. No se me ocurría nada para plasmar en el papel o
publicar en el blog. Vivía de rentas, publicando largos relatos que
ya tenía escritos tiempo ha, pero de cuentos nada.
Me
encontraba en esa duermevela que precede al amanecer, abriendo de vez
en cuando un ojo para ver en el techo la hora fosforescente que
proyectaba el despertador, y volvía a intentar conciliar el sueño.
Volvía a abrirlo y, a lo sumo, habían transcurrido cuatro minutos.
Estaba
ya decidido a apagar el CPAP, quitarme la mascarilla e incorporarme,
cuando una presencia me hizo abrir los ojos de par en par y sacudirme
la modorra. Se trataba de El Enano Soplacuentos, acomodado en lo que
quedaba libre de mi almohada.
-
Hola – dijo lacónicamente.
-Hola igualmente – le respondí, tras darle al botón y
quitarme la mascarilla - ¡Cuanto tiempo sin verte! Me tienes
demasiado tiempo seco de ideas y ya comenzaba a dudar de tu
existencia.
-
Pues hablando de eso creo que es muy oportuno el cuento que te
voy a soplar. Se trata de una historia sobre
creer o no creer, la historia de El Fantasma y Doña Pepita.
Algo
se dibujó en mi imaginación como por arte de birlibirloque, me
levanté y, sin esperar a que aquella idea impresa en mi mente se
perdiera por los vericuetos de la rutina diaria, fui a la cocina,
encendí la cafetera, tomé papel y boli y, frente a una taza de
humeante café, me puse a escribir lo siguiente.
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EL
FANTASMA Y DOÑA PEPITA
Doña Pepita era una solterona, madura y adinerada que vivía en una gran
mansión, grande y algo tétrica, heredada de sus antepasados tras
muchas generaciones.
Doña
Pepita padecía de miedo crónico y extremaba las precauciones porque
decía que todo era peligroso. Tuvo que contratar a una cocinera
porque temía al fuego, también a los cuchillos que la podían
cortar o pinchar, y temía a los tenedores porque pinchaban. De modo
que habían de servirle todo previamente troceado para que pudiera
comer con la mano o con la cuchara, a la que consideraba inofensiva.
Temía
también a las escalera porque podía caer. Y es por ello por lo que
nunca subía a los pisos de arriba, aún menos al desván, y vivía
únicamente en la planta baja de aquel inmenso caserón.
Tampoco
viajaba en coche al considerarlo peligroso y se desplazaba a pie o, a
lo sumo, en tren; pero en los vagones del centro, al considerarlos
más seguros en caso de choque o descarrilamiento.
Y
así era Doña Pepita. Una mujer timorata y poco sociable, recluida
en la planta baja de aquella mansión, lo que no impedía que
ocasionalmente recibiera visitas de familiares o amistades.
En
una de aquellas ocasiones alguien le preguntó:
-
Esta casa es muy antigua y es posible que tenga fantasmas ¿No temes
nada de ellos?
-
¿Fantasmas? Yo no creo en ellos y, por tanto, no temo que puedan
hacerme nada.
Pero;
al igual que las meigas, los fantasmas, aunque no creas en ellos,
haberlos haylos, y en el desván de aquel antiguo caserón residía,
desde tiempo inmemorial, el de un antepasado que no supo hallar el
camino de luz que indicaba la salida en el día de su muerte y se
quedó allí para toda la eternidad.
El
pobre estaba muy aburrido porque nadie, salvo él, se aparecía por
allí a contemplar sus apariciones y no tenía a quien asustar. En
vano recorría el desván y los oscuros y solitarios pisos altos,
agitando airosamente su sábana y arrastrando sus cadenas, hasta
desvan_ecerse de nuevo en el desván, como cada noche durante siglos.
Nadie se enteraba de sus andanzas nocturnas y menos Doña Pepita.
Una
noche, cuando más deprimido estaba por no hallar a quién
atemorizar, decidió descender a la planta baja. No le gustaba nada
aquella planta, porque en ella siempre había muchas luces encendidas
y prefería la semipenumbra, aparte de que su propia fosforescencia
podía no ser lo bastante visible. Pero se esperó a que fueran
apagando luces y se decidió a explorar aquel terreno desconocido, un
tanto asustado. Descendió flotando sobre aquella polvorienta
escalera, una escalera no hollada en años y que siguió sin ser
hollada porque el fantasma se deslizaba ingrávido a un palmo de los
polvorientos peldaños.
Y
allí, en el Gran Salón, arrellanada en un muelle butacón, leyendo
un libro a la luz de una pequeña lámpara de flexo se hallaba Doña
Pepita.
El
fantasma se sintió feliz; por fin, después de cientos de monótonos
y largos años, ¡al fin tenía a quien asustar!
Y
se aprestó a hacer una puesta en escena terrorífica, una aparición
escalofriante. Preparó sus cadenas, alisó su sábana y flotó a dos
palmos de la gran alfombra persa. Doña Pepita no había reparado en
su presencia, abstraída en su lectura.
Acto
seguido comenzó a agitar espasmódicamente las cadenas, emitiendo
un sonoro
-
Uuuuuuuuuuuuuu,
se
deslizó flotando suavemente hacia el lugar en donde se hallaba su
víctima.
Doña
Pepita alzó la vista de su lectura y quedó impasible. Miraba aquel
espectáculo sin dar crédito a lo que estaba viendo, pero volvió a
su lectura diciendo:
-
¡Bah! No creo en los fantasmas.
El
pobre fantasma no sé si rompió a llorar, porque tampoco sé si los
fantasmas lloran, pero quedó allí plantado como un pasmarote, de
sábana y cadenas caídas y sin saber cómo reaccionar.
Finalmente
se retiró a su desván y se desvan_eció en él, y es posible que
nunca más vuelva a aventurarse por la planta baja.
En
cuanto a Doña Pepita; hay que decir que, tras aquella escena, tuvo
ocasión de pensar en lo sucedido, y se dijo:
-
¿Eso era un fantasma? Pues no me ha asustado nada. ¡Claro! Como no
creo en ellos no me asustan. Sólo me asusta aquello en lo que creo
que existe.
Y
desde aquella noche… Doña
Pepita dejó de creer en el
fuego, en los cuchillos, los tenedores, las escaleras, los coches y
mil cosas más. Y dejó de tener miedo.
El
Doctor Arqueolio no daba crédito a lo que estaba viendo cuando, tras
hallar la cámara mortuoria de aquella antigua pirámide inacabada,
abrió la tapa del sarcófago. Era algo inaudito, un hallazgo sorprendente.
Había
dedicado muchos años de estudios, exploración y excavaciones más o
menos afortunadas, hasta que acabó dando con aquella tumba de un
faraón poco conocido. Se trataba de Neferefre de la V dinastía, que
acabó localizando en el extremo sur del yacimiento de Abusir. Y
allí se hallaba, ante él, tal como lo depositaron en su tiempo.
Alrededor; toda aquella cámara, estaba decorada con escenas de su
reinado y numerosos jeroglíficos.
Tenía
que estudiar a fondo todo aquello a ver si encontraba una explicación
de lo que acababa de ver y que le había resultado de lo más
sorprendente.
"Divino
el poder de Neferefre"
Rezaba uno de los jeroglíficos que
adornaban la piedra que formaba el dintel de la puerta secreta.
Afanosamente
se puso a descifrar todos los jeroglíficos en un intento de
descubrir aquel hallazgo insólito
Acabó
descubriendo que fue un faraón de corta vida, de muy poca salud, que
había pasado su vida entre bronquitis y constipados, que en el
palacio habían tenido que poner grandes pebeteros a fin de mantener
una alta temperatura en sus dependencias, puesto que no soportaba el frío y sólo se encontraba a gusto en el cálido desierto. Padecía de
fuertes episodios de tiritonas, sinusitis y estornudos. Y fue en uno
de esos episodios de estornudos en el que, al darse violentamente con
la frente en un friso, se partió la cabeza y falleció.
El
Doctor Arqueolio comprendió entonces la razón por la cual aquella
momia, en lugar de estar envuelta en finas vendas de lino, lo estaba
en gruesas tiras de manta de lana para mantenerlo calentito en la
otra vida.
Y
es que la vida de un faraón, aunque alguien pueda creer que era una
vida muelle, de boato y goces, también estaba sujeta a las
enfermedades y debilidades propias de cualquier ser humano. En pocas
palabras, que el ser faraón no era un momio, aunque se acabara
siendo una momia.
Había
una vez un virus incapaz de contagiar nada a nadie. Y no era capaz
porque no sabía encontrar a sus víctimas. Cuando buscaba a una
persona a la que infectar y provocar una epidemia, siempre acababa
dando con un mueble, un árbol, un semáforo o cualquier otra cosa
incapaz de ser afectada por su virusidad o virulencia.
Estaba
desesperado, además de avergonzado, porque los otros virus se
burlaban de él. Ellos sí que sabían encontrar su objetivo y hasta
le hicieron ir a comprarse unas gafas, pero de nada le sirvieron,
seguía igual de despistado y no lograba contagiar ni unas simples
paperas.
El
día en que más desesperado andaba, el día en que pensaba ya
desistir de intentarlo, decidió hacer una última prueba, y también
falló. En lugar de dar con una persona humana de cualquier edad o
tamaño, acabó dando con un ordenador pensando que, como tenía un
cerebro y memoria, sería una persona.
Pero,
dentro de su desgracia, aún tuvo suerte.
Sentado
sobre la placa base, al calorcillo de la CPU, se estaba lamentando de su desgracia cuando se le apareció un personaje desconocido y
casi invisible. No es que él mismo fuera muy visible porque era de un
tamaño ínfimo, pero es que éste otro ser carecía de materia.
-
Hola ¿Qué te pasa? - le preguntó
-
¿Quién eres tú? - respondió sorprendido
-
Yo soy un virus informático
-
Pues yo soy un virus biológico
Y
así, de virus a virus, cada cual relató sus problemas.
-
Y soy incapaz de encontrar mi objetivo, aún no he podido infectar a
nadie.
-
Pues yo tampoco puedo entrar en la memoria del ordenador porque hay
un antivirus vigilando, pero lo tuyo es fácil de arreglar.
-
¿Y cómo?
-
Ahora mismo te facilito un buscador de GPS (Gente,
Personas, Sujetos) y con él podrás contagiar lo que quieras.
Así
lo hizo y nuestro virus despistado pudo hacer el trabajo para el que
había nacido, provocando una epidemia de estornudos como nunca
antes se había visto.
No
desesperes si no consigues alcanzar tus objetivos, busca ayuda y la
podrás encontrar donde menos lo pienses, hasta en un ordenador.
Había
una vez un caracol que debía ser el Rey de los caracoles puesto que
se alojaba, no en una concha en espiral como todos los demás
caracoles que conocemos; sino que, sobre sus hombros, cargaba un
castillo con sus torres y sus almenas. Al menos ésa fue la impresión
que me dio cuando lo encontré en una tarde lluviosa, tras una clara,
cuando es el momento más apropiado para la caza del caracol y ya
llevaba media cesta.
Estaba
muy atareado, haciendo regresar dentro de la cesta a aquellos que
trepaban por el borde tratando de escapar, y recogiendo nuevos
ejemplares.
Pero
le vi, entre el verde pasto, alzando su almenada concha y
deslizándose majestuosamente sobre una refulgente alfombra de baba
que brillaba al sol.
No
sabía qué hacer. No daba crédito a mis ojos. Me agaché para verlo
más de cerca y, no sólo no se replegó al acercarle la mano, sino
que siguió avanzando orgulloso, con el cuello erguido y los cuernos rectos,
como señalando el camino.
Era,
además, de buen tamaño y yo estaba tan sorprendido e indeciso que
no hacía más que mirarlo avanzar tan decidido e impasible sobre la hierba. Desde
luego aquel caracol era un fenómeno digno de estudio y un ejemplar
de interés científico evidente.
En
éstas estaba cuando noté que algo frío y húmedo me caía en un pie. Al volverme
pude comprobar que todos los que llevaba en la cesta se estaban
escapando, algunos ya se alejaban de ella por la hierba.
De
modo que me dediqué a hacerlos regresar al fondo, soltando los que
ya se hallaban en el borde y volviendo a cazar a los fugitivos que,
pasito a pasito, babita a babita, se iban marchando. Pasó un largo
rato hasta que logré capturar al último de los huidos.
Cuando
me volví hacia el lugar en que había dejado a aquel extraordinario
caracol, ya no estaba allí. Había desaparecido y no podía seguir
su rastro porque se había mezclado con el de los otros escapados.
Busqué por todos lados y fui incapaz de encontrarlo.
Recapacitando
luego comprendí que, cuando tienes algo importante entre manos, no
debes distraerte con cosas de menor importancia, por muchas que éstas
sean.
Pero,
finalmente, me consolé con una buena bandeja de caracoles a la
parrilla. Porque el que no se consuela es porque no quiere.