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jueves, 25 de noviembre de 2021

25/11/2021.- Piratas de Barbados en papel

A
caba de salir mi nuevo libro. Aventuras y humor van de la mano. Se puede conseguir 
y yo dispongo de algunos ejemplares para dedicar. Si alguien quiere me lo puede pedir por privado en facebook o por messenger.





INCLUYO A CONTINUACIÓN LA VALORACIÓN PREVIA DE LA OBRA POR PARTE DE LA EDITORIAL



PIRATAS DE BARBADOS
EMILIANO PÉREZ GARCÍA
TEMÁTICA: CUENTO NOVELADO


- Ingeniosa presentación de la obra y de sus personajes y tramas. Muy probablemente
nunca antes se haya escrito un libro sobre piratas “tan educados” como este. Resulta
positivo, al respecto, que se hagan continuas y sutiles alusiones a esa educación de los
piratas a lo largo de toda la obra.
- Grandes dosis de humor que harán las delicias de los lectores. Hay humor desde el
nombre de los piratas (Cuatrorumbos, el timonel; Barbacana, como un pirata de los de toda
la vida; Patacorta, por razones obvias; Bigeye, por su buena puntería...), hasta las acciones
que estos acometen, pasando directamente por las tramas en las que se ven envueltos.
Una de las frases que han resultado más cómicas se encuentra en el capítulo noveno, al
comentar que las bodegas estaban tan vacías que no tenían ni ratas; esta frase además
es, por así decirlo, "muy de piratas", así que ha sido todo un acierto.
- La obra también incluye momentos de acción y de misterio, como en la expedición
relatada en el capítulo séptimo.
- Positiva inclusión de los diálogos. Su extensión resulta ser muy adecuada, ya que se
basa en lo más esencial y también aporta toques de comedia y naturalidad a la obra. El
hecho de que se usen tantos signos de exclamación o interrogación refuerza aún más el
apartado expresivo de la misma y de sus personajes.
- El lenguaje de la obra en general es muy correcto y fácilmente entendible por todo tipo
de públicos.
- Buenas descripciones de los entornos en los que convergen las historias de los piratas.
- Frases muy ingeniosas y con potenciales dobles sentidos como al comienzo del capítulo
tercero, en lo alusivo a provisiones “espirituosas”. La comida y la bebida parecen tener
gran importancia en la vida de los piratas, este hecho refuerza y aporta realismo a esos
personajes y su historia.
- Resulta muy positiva la inclusión de la jerga de los piratas; la obra en general está bien
ambientada y a pesar de ello no recae en tópicos de forma exagerada. Además, se aportan
curiosidades muy específicas sobre Barbanada y su tripulación, como el interés del
primero por tener sus ropas relucientes y los cañones de su barco lustrosos.
- Interesantes y necesarias explicaciones de algunos términos como lontananza en el
capítulo tres.

miércoles, 17 de agosto de 2016

PIRATAS DE BARBADOS. Cap 12.- La Bergantina


Y en este capítulo acaban, o no, 
las aventuras de nuestros amigos.
Lo que sí es seguro es que las
de El Bergante sí acaban y ya no
volverá a surcar los mares con 
sus veinte cañones y su Banda.


 12.- LA BERGANTINA

La Gaviota puso rumbo a Jamaica, a reunirse con El Bergante en Sandy Bay. El Comodoro no había abierto la boca, sólo lo hizo para comer y beber, y no le faltó la comida ni la bebida, porque ellos no eran igual que él y no le iban a hacer pasar hambre y sed.
Ya en Sandy Bay se redistribuyeron las tripulaciones y ambas naves se hicieron a la mar. Hans W Henze les contó que cada vez se hacía más inhabitable aquel refugio de piratas y que ya se había producido algún ataque por corsarios, a las órdenes del nuevo Comodoro. Aunque habían sido repelidos, no había duda de que acabaría llegando la Flota Inglesa y no dejaría piedra sobre piedra, de modo que no era recomendable volver por allí.
Navegaban rumbo a la isla de Barbacana, o de Barbapapá y encontraron algún corsario pero no se atrevió a enfrentarse a dos barcos armados. Big y otros muchos sí que se hubieran acercado a ellos para mandarlos al fondo, pero ahora otra cosa corría más prisa, deshacerse de Patacorta, pero no deshacerse en el último sentido, en el sentido más drástico y dramático. Había que deshacerse, es decir librarse de él, pero no como verdugos o asesinos que nunca habían sido, sino apartándolo de sus vidas y, de paso, de la humanidad.
El Capitán creía, muy acertadamente, que Patacorta no se atrevía a hablar para no agravar su condena, o para mover a compasión. Temía que ellos actuarían como lo hubiera hecho él, pero nada más lejos de eso. No le condenaban a los tiburones ni a encierro, le condenaban a la libertad absoluta y a hacer algo de provecho para ganarse su supervivencia, y no a costa de otros. Realmente, aquello no era más que un justo, aunque más benévolo, destierro; lo mismo que lo que él les había hecho cuando servían a sus órdenes y les abandonó en una isla árida. Al menos en ésta tendría comida y bebida suficiente y, si sabía encontrarlo, un refugio en la gruta de Bennie el Goonie.
Llegaron cerca de la isla y fondearon lejos El Bergante; pero, al contrario de la vez anterior, pudieron adentrarse hasta muy cerca de la playa con La Gaviota sin tener que arriar la chalupa ni mover a Patacorta de su, hasta entonces, segura, limpia y confortable bodega.
Sacaron al prisionero en un bote, lo llevaron a la playa, y allá lo dejaron con sólo las vestiduras que se reducían a su camisón, su gorro y nada más. Cuando se dio cuenta de que La Gaviota levaba el ancla, abandonó su mudez y comenzó a soltar tal sarta de insultos, improperios, blasfemias, palabrotas, tacos, maldiciones, reniegos, juramentos, groserías…. que no se reproducen aquí por respeto a los tripulantes, que tuvieron que taparse los oídos como cuando tocaba la Banda de principiantes.
Ya habían consumado su justicia pirata y ahora quedaba un vacío, una sensación de ¿y ahora qué hacemos?. Algunos sugerían regresar a la Isla de Barbapapá y liberar a Patacorta y así poder perseguirlo nuevamente, volver a jugar al ratón y al gato, pero la propuesta fue rechazada por mayoría.
Los tiempos de los piratas, bucaneros y filibusteros estaba llegando a su fin. Dentro de poco tiempo, la única violencia que controlaría el Mar Caribe sería la violencia legal, la institucional, la de los imperios español e inglés, esa violencia que parecía menos violencia aún siendo la misma cosa.
Ya hacía tiempo que eran conscientes de que aquello se acababa; desde que recibieron las primeras clases del Jefe de Protocolo, comprendieron que ellos eran diferentes, que no encajaban, que no estaban hechos para aquella vida de ignorancia, violencia y grosería.
Ya no volverían aquellas fiestas en Sandy Bay, ya no volverían a la isla de La Tortuga, a Barbados, a Belice… Tal vez no pudieran hacerlo como piratas, aunque sí podrían hacerlo como: piloto, cordelero, armero, afilador, músico, artillero, herrero, calafate, curandero…
- ¿Y abandonar al Capitán ? ¿Y abandonar a los compañeros? ¿Y abandonar el Bloody Mary? ¿Y la sanguinariedad? ¡De ningún modo!
El histórico motín del Batavia no había sido nada comparado con la que se armó a bordo del Bergante y La Gaviota; y digo que no había sido nada comparable, porque ahora no se trataba de apoderarse del barco, masacrar a los pasajeros y hacer pasar al Capitán por la plancha, sino todo lo contrario.
Fue tal el barullo que se armó, que el Capitán Barbanada, al que ya comenzaban a salirle pelillos en el mentón y bajo la nariz, tuvo que poner orden.
- ¡Por favor! ¡por favor! No se alboroten. Yo tampoco voy a poder pasar sin vosotros y sin vuestra amistad, y más ahora que los felices tiempos de la piratería y la aventura se acaban. Todos podríamos desempeñar nuestro oficio o aplicar nuestros conocimientos, sin dejar de ser lo que somos en el fondo, hasta yo podría seguir siendo un pirata pero honorable y respetado tras una ventanilla, un escritorio, un púlpito, un estrado o una tribuna, pero no me apetece. Tenemos aún lo que queda del tesoro de El Olonés y cada cual puede marchar con un buen botín para no preocuparse el resto de sus días pero, los que prefieran seguir a mi lado podrán hacerlo. Ahora sólo falta elegir el lugar en donde vamos a instalarnos, prepararlo para poder habitarlo y decidir a qué nos vamos a dedicar a partir de este momento.
- ¡Hurraaaaaaaa! - se oyó hasta en La Habana.
Lo más difícil ahora era elegir el lugar.
Unos proponían buscar cualquier población, pero a la mayoría no les gustaba; y a los que sí, no llegaban a ponerse de acuerdo sobre si: en dominio español, inglés, francés u holandés.
Otros proponían regresar a la isla en la Laguna de las Perlas; la mansión, las casas y el embarcadero ya estaban construidos, pero el problema estribaba en que era bien sabido por el Almirantazgo a quién pertenecía tal isla y tal mansión y pronto tendrían encima a las autoridades inglesas y a su Flota.
Alguien propuso la isla de El Olonés, puede que fuera Spider, así ni tan siquiera habría que molestarse en mover el tesoro, pero a los demás no les apetecía tener que andar trepando por los acantilados, tampoco tenían buenos recuerdos de su estancia en la bodega y aquella isla rocosa no podría producir nada, aparte de no tener suficiente agua.
Otro más propuso la Isla de los Cocos, en recuerdo de aquel viaje de coco y ron, pero era una isla demasiado pequeña para tantos y, sólo con cocos no se vive, aparte de que el que lo había propuesto no era uno de los ocho que habían tenido que sobrevivir en aquella puñetera isla, eso sin tener en cuenta que los pocos cocos que pudieran quedar se los habrían comido todos aquellos marinos de Patacorta que dejaron allí. Tampoco sabían si los habían ido a rescatar, o si Patacorta había abandonado a sus hombres y tan solo encontrarían su esqueletos, pero eso era una cosa que no le preocupaba a nadie, porque ellos habían avisado dentro del tiempo acordado.
Finalmente, El Capitán propuso la isla que habían encontrado en su último viaje al norte. Tenía frutas, agua, una buena cala apropiada para La Gaviota, era bastante grande y el suelo parecía fértil.
- Lo que si se precisa es mucho esfuerzo y mucha paciencia. Habrá que construir todo: un embarcadero, viviendas suficientes y campos para cultivar, porque… ¿queréis tomates?
- ¡Sííííííí! - esta vez se oyó hasta en Barlovento.
- Pues iremos con el Bergante a la Isla de El Olonés y traeremos el tesoro. Mientras tanto, La Gaviota se puede acercar a comprar provisiones, herramientas, clavos… y ¿cómo no? vodka, ron y tomates, también semillas de tomatera y otras. Pero será mejor no acercarse a Jamaica ni a La Tortuga. El puerto más seguro y más tranquilo, parece que por ahora sólo está en Santo Domingo. Luego nos reuniremos en la isla para trabajar y, el que quiera marchar, se podrá llevar su parte del tesoro.
El Bergante partió al mando de Barbanada, también lo hizo La Gaviota al mando del capitán Peel, que ya estaba curado del corte en la mejilla, aunque le había quedado una hermosa cicatriz. Ambos partieron a sus respectivas misiones y quedaron en encontrarse en su nueva isla.
El Capitán había elegido el mismo grupo de la última vez; lógicamente no podía faltar Spider porque tenía que volver a trepar por el acantilado y atar el cabo al árbol de siempre. Como de costumbre, tras trepar por la pared como una araña, izar un cabo de tres cordones y atarlo al tronco se echó una siesta y durmió como un tronco, mientras que los demás trepaban hasta lo alto del acantilado con las provisiones y el resto de la impedimenta. Luego, todo lo demás fue coser y cantar. Ya se conocían el camino y llegaron hasta el montón de piedras, localizaron los cofres restantes y los cargaron hasta el borde del acantilado.
Suerte que iba Big, que cargó él solo con uno de los cofres, otro lo llevaron entre Porfavor Johnson y Joao “Cañones” y el otro entre Spider y Will el Cabezota . El Capitán cargó con las mochilas de las provisiones, los rollos de los cabos y las cantimploras.
Al llegar al borde del acantilado, sobre la chalupa, descendieron El Capitán y El Cabezota. Big y los otros fueron atando los cofres y los bajaban poco a poco hasta que El Capitán y Will los desataban y acomodaban en cubierta. Luego descendieron todos, salvo Spider que hizo lo mismo de la expedición anterior: dejó caer el cabo y se dejó caer al agua en un limpio clavado.
La Gaviota llegó a su nueva isla tan cargada que casi hacía aguas y rozaba fondo, pero penetró en la bahía y se comenzó a descargar. Días más tarde llegó el Bergante, pero se tuvo que quedar mar adentro y, salvo un retén para cuidarlo, todos desembarcaron con la chalupa, llevando el tesoro. 
El Capitán reunió a todos y les volvió a decir:
- El que quiera marchar puede llevarse su parte del tesoro, aquí no espera más que trabajo y poca diversión.
Sólo unos pocos optaron por marcharse. Lo hicieron tan pronto estuvo descargada La Gaviota y aprovechando un nuevo viaje a Santo Domingo para cargar muebles, menaje de cocina, herramientas y otros utensilios. Desde allí podrían marchar a donde quisieran.
Mientras tanto, en la isla la actividad era febril. Hasta el regreso de La Gaviota, habían construido un embarcadero aprovechando los palos y las tablas de cubierta de El Bergante. Sí, es cierto, ya no navegaría más. Aquel barco que, durante tanto tiempo, había sido su hogar y su refugio, ahora continuaría siéndolo, aunque de una manera muy diferente.
Poco a poco lo fueron desguazando, tabla a tabla, hasta que sólo quedó el casco, que ya podía ser remolcado sin peligro de encallar hasta el embarcadero y a tierra. Aquella madera era excelente para construir las casas necesarias para alojar a todos los nuevos habitantes de aquella isla, y en caso de faltar madera, allí había árboles suficientes..
Con las velas y parte de los palos se habían habilitado unas amplias tiendas, como alojamiento provisional, hasta que se acabaran de construir los definitivos con las maderas y cuadernas del casco de El Bergante.
El día en que cubrieron aguas en la primera vivienda, fue un gran día y se celebró por todo lo alto, como en otros tiempos. Y no faltó el espíritu sanguinario mientras duraron los tomates y el vodka.
La Gaviota iba a seguir navegando, bajo pabellón holandés, por todo el Caribe; llevando mercancías y pasaje y haciendo de correo y aprovisionamiento para aquella extraña colonia de hombres solos, educados y corteses. Una colonia como nunca había existido, una colonia en aquella isla, en el archipiélago de las Bahamas, a la que ellos bautizaron con el nombre de Bergantina.

miércoles, 10 de agosto de 2016

PIRATAS DE BARBADOS. Cap 11.- El asalto a la isla

¿Estaría su objetivo en la isla?
¿Conseguirán capturar a Patacorta?
¿Lograrían llegar sin ser vistos? 
y ¿Qué harían con su odiado enemigo? 
Leed y lo sabréis.
  

11.- EL ASALTO A LA ISLA

Y una mañana partieron rumbo suroeste, hacia la costa continental, al norte de la Costa de los Mosquitos, que ya antes habían visitado. Acabaron, sin novedad, frente al delta del San Juan, que ya habían explorado con La Gaviota; y, costeando hacia el norte, iban dejando atrás: desembocaduras de otros ríos y riachuelos, islotes, cayos con manglares… Suerte de navegar con la carabela, porque en algún punto de la costa podrían haber embarrancado yendo con El Bergante. Hasta que dieron con la embocadura a la Laguna de las Perlas.
Al entrar por aquella especie de amplio canal, vieron a proa una isla y a babor unos islotes. Decidieron recalar en uno de ellos, para ocultarse desde la embocadura y desde la isla, hasta la caída de la noche. Tendrían luz suficiente para acercarse a ella y desembarcar sin ser vistos.
Habían visto en el embarcadero a una nave de gran calado que partió enseguida, por lo que La Gaviota podría atracar sin problemas, pero también habían visto mucho movimiento de gente, aunque a aquella distancia no se podían apreciar más detalles, ni siquiera con el catalejo.
Tampoco sabían si Patacorta estaba en la mansión, una edificación que se veía imponente junto a otros edificios anejos, más pequeños, que deberían servir para la servidumbre y para los guardianes.
- Ha aprovechado bien el tesoro de Barbalarga que requisó en El Bergante – pensó el Capitán.
Se reunieron los dos comandantes y Big, para planear el ataque. Y Big dijo:
- Necesitamos más datos, una visión más cercana de las defensas, del embarcadero, los accesos, y si se puede confirmar la presencia del Comodoro, pero sin llamar la atención. Yo tengo una idea, a ver qué os parece.
Los capitanes le invitaron a exponer su plan, y comenzó:
- Si pudiéramos pasar cerca de la isla, sabríamos cuál es la seguridad de la mansión, por dónde se puede atacar y toda la información recogida puede ser vital a la hora de hacerlo. No podemos acercarnos con La Gaviota sin llamar la atención, pero podemos contar con un medio para pasar inadvertidos. Como hemos podido ver pasan por aquí, desde y hacia el mar, indígenas en sus barcas de pesca; sólo tenemos que camuflar con unas redes, que ya tenemos, a un bote de los de salvamento y ya tendríamos la tapadera perfecta.
- ¿Y qué me dices de la tripulación? - dijo Peel
- Es sencillo, tenemos dos tripulantes perfectos, que no levantarían ninguna sospecha.
- No sé a quién te refieres.
- Pues ¿quién va a ser?; tenemos dos caribeños, si no de pura raza, mestizos, y pueden dar el pego a cualquiera ¿O no contamos con El Antillanito y Caimán Caribeño?
- Está bien, pero no se podrían acercar lo suficiente
- Sí – terció Barbanada – si son pescadores pueden acercarse a intentar vender su pesca; y aunque les rechacen, ya se habrán acercado lo suficiente para no perderse detalle. Además creo que el Caimán es natural de Belice y habla el misquito, al menos puede emplear el acento. La misión no está exenta de riesgos, ciertamente, pero son dos buenos y valientes marineros y no se echarán atrás. Me parece muy bien, Buena idea Big.
- Pues pongámonos en marcha y, cuando regresen con la información, podremos planificar mejor el ataque – dijo Peel
Prepararon el bote de remos con una red de las que había tejido Spider en el viaje por las islas del norte, les vistieron lo más parecido a cómo vestían los pescadores indígenas, aunque no podían ir tan limpios y planchados y tuvieron que arrugar las ropas y ensuciar barca, ropas, cara y pelo, cosa que no les hizo mucha gracia. Tampoco les hizo gracia tener que hacer como un pescador cualquiera: Tirar las redes y pescar lo que pudieran. Suerte que aquellas aguas eran ricas y pronto tuvieron un capazo lleno.
Y aún menos gracia les hizo el tener que ir desarmados, sólo provistos de los cuchillos lo más parecidos a los que pudieran usar los pescadores. Había que ponerse en lo peor y es que, si los capturaban, sería muy comprometedor encontrar una pistola en manos de unos pescadores indígenas.
Y luego remaron, y remaron, hasta la isla. Estaban ya muy cerca cuando, en el embarcadero, aparecieron cuatro hombres armados. No llevaban uniformes, pero se notaba que eran o habían sido marinos. Les conminaron a que se alejaran de allí apuntándoles con los mosquetes y Caimán les dijo, con acento y como chapurreando el ingles:
- Compra, pescado, barato, fresco, bueno
- Marchaos de aquí, no compramos pescado
El Antillanito permanecía en silencio, y mejor que lo hiciera porque no hubiera dado el pego, se le hubiera notado mucho el acento sevillano de su padre.
- Llama jefe, llama jefe, pescado bueno y barato
- Márchate si no quieres que te pegue un tiro – dijo uno apuntándole a la cabeza.
Con aquel revuelo, se acercó por allí alguien que, por su porte y sus maneras, parecía el jefe de los guardianes.
- Nada de tiros, nada de tiros, no queremos tener problemas con los indígenas. Su Señoría no quiere llamar la atención ni enemistarse con ellos.
Y dirigiéndose a ellos, les dijo:
- Si el pescado es bueno y barato ¿por qué vamos a rechazar vuestra oferta? ¿Cuánto?
- Caimán quiere seis todo
- ¿Te vale con cinco?
- ¿Cinco y medio?
- Cinco o nada
- Bueno
- Bien, pues acércate al muelle, deja el pescado ahí y recoge estos cinco – y dejó una moneda sobre las tablas del muelle - Pero ya os estáis marchando y no se os ocurra volver.
Dejaron la canasta del pescado sobre la pasarela de tablas, recogieron la moneda y, cuando ya se marchaban remando sin muchas prisas, le oyeron comentar con los guardias:
- Esta noche Su Señoría nos dirá si el pescado es bueno, porque barato sí que ha resultado.
Y les oyeron reír a carcajadas a los cinco. Caimán no le vio ninguna gracia. Se alejaron remando vigorosamente y dando un suspiro de alivio.
Una vez en la Gaviota, se reportaron con los capitanes y Big
- El embarcadero es más que suficiente para La Gaviota y puede llegar sin problemas de calado ni de amarre – dijo El Antillanito
- Sólo hemos visto a cuatro guardias y al que debe ser su jefe, pero no quiere decir que no haya más; aunque, si los hay, deben estar en un edificio cuadrado que hay a la derecha de la mansión, tocando a la selva. He visto a otro hombre armado entrar allí – dijo Caimán.
- Por lo que hemos oído al jefe de los guardias, el Comodoro está en la casa y esta noche cenará allí
- En el embarcadero he visto dos culebrinas preparadas, un ataque abierto con La Gaviota podría ser peligroso.
- Y la puerta principal parece muy resistente, pero hay una puerta lateral que imagino da a las cocinas, porque he visto cómo entraban por allí la cesta del pescado, tú no porque estabas de espaldas.
- Pues tú no has dicho una palabra ¿estabas asustado?
- ¿Yo asustado? ¡retíralo de inmediato!
- Bien, perdona, no era mi intención, ruego disculpas.
- Esta bíen, pero esos cinco son para repartir porque no pretenderás quedarte con la moneda entera.
- Podríamos atacar desde el interior – dijo Peel cortando la discusión
- Sí, pero desconocemos el terreno – dijo el Capitán
- Pues no estaría mal hacer una exploración por tierra
Big se dirigió a los dos “pescadores” aún sucios y harapientos
- ¡Muy bien muchachos! ¿Qué os parecería daros otro paseíto? ¡total, ya le habéis cogido gusto al remo!
Ambos protestaron, pero al mismo tiempo dijeron al unísono:
- ¿Qué hay que hacer?
- Hay que bordear la isla, aunque no es preciso pasar cerca del embarcadero y que os puedan reconocer. Una vez que se pierda de vista la mansión, buscad un lugar apropiado para desembarcar, y un sendero seguro y discreto para llegar a la mansión desde la retaguardia y, especialmente a ese edificio que habéis comentado.
De modo que, sin lavarse ni cambiarse de ropa, volvieron al bote; pero esta vez lo hicieron bien armados con machetes y pistolas. Y volvieron a remar, y remar, y volvieron a acercarse a la isla; aunque desde una prudencial distancia, viraron a estribor y doblaron una especie de cabo, perdiendo de vista la mansión.
Con las máximas precauciones se acercaron a la orilla. Cabía la posibilidad de que tuvieran vigilancia destacada por los alrededores. Encontraron una pequeña playa pedregosa, que les permitió desembarcar y amarraron el bote al tronco de un mangle. Hacia la derecha se veía un manglar, en un terreno pantanoso, pero un sendero se internaba en la espesura, en dirección a la mansión, aunque estaba invadido por la maleza. Parecía un sendero indígena de uso ritual o de caza ya abandonado tiempo ha. Los machetes salieron a relucir; no hace falta decir que estaban afilados por Georg Berg, y cortaban ramas y lianas con la misma facilidad con la que un cuchillo caliente la mantequilla. Avanzaron abriéndose camino en silencio. Por allí no se notaba una rama tronchada, una huella, nada que pusiera en evidencia la presencia humana, al menos en mucho tiempo, parece que a los nuevos ocupantes de la isla no les preocupaba mucho un ataque desde la selva y la marisma.
Entre la espesura se podía ver ya la imponente mole de la mansión y, más cerca, aquel edificio sospechoso.
Tras una meticulosa observación retrocedieron por donde habían llegado, soltaron el bote y regresaron a La Gaviota. Tras dar su informe, marcharon rápido a darse un buen baño y ponerse ropa limpia
Los capitanes, junto con Big, ya disponían de toda la información y se pusieron a estudiar el plan de ataque.
Concluyó el Capitán:
- Está claro que primero hay que sorprender a los centinelas y luego neutralizar al resto de la guardia personal del Comodoro. Luego, el “abordaje” a la isla y el asalto a la mansión es pan comido para la tripulación; aunque no se puede descartar que, dentro de la mansión, haya más guardias armados. De modo que la toma de la misma debe ser lo más prudente posible para evitar bajas por ambos bandos; no venimos a ejecutar a nadie, ni tan siquiera a Patacorta, venimos a darle una lección que no olvide y que nos quite la espina que todos llevamos clavada, y algunos de nosotros desde hace años.
- Yo me pido el ataque por tierra – dijo Big – y quisiera elegir los compañeros del comando.
- Pues yo también quiero ir – dijo Peel
- Me parece bien, tú te encargas de la casa de los guardias y yo me ocuparé de los centinelas del exterior.
- ¿De modo que me dejáis a mí al margen de la diversión?. Bien, ya me quedo yo con La Gaviota y el ataque frontal. No vamos a discutir, pero os ruego que inutilicéis las culebrinas – dijo el Capitán
- Así se hará
- Ahora se trata de elegir a mis acompañantes – dijo Big – y seguro que va a haber problemas, porque todos querrán ir, pero los quiero elegir yo. Con tres tengo bastante, ¿y tú?
- Pues yo, con otros tres ya me arreglaría
- Así que necesitamos la chalupa para los ocho.
- Ahora no os vayáis a pelear a la hora de elegir vuestro equipo
- Espero que no ¿Verdad Peel? Y si no nos ponemos de acuerdo, a los dados
No hubo que recurrir a los dados.
Peel eligió a dos de sus antiguos compañeros de La Gaviota: Franz Skaner y Louis Hay; y, aunque tuvo que regatear con Big, se quedó también con Porfavor Johnson.
Big se quedó con Berg y su machete, Spider y también con Caimán, porque conocía el desembarcadero para la chalupa y el camino.
La entrada en acción de La Gaviota respondería a una señal desde el embarcadero, encendiendo una luz cuando se hubiera eliminado toda la resistencia exterior. La Gaviota atracaría y destacaría un grupo para atacar la puerta lateral; aunque, por orden expresa del Capitán, había que intentar evitar el derramamiento de sangre. Así que todos irían provistos de cabillas; de modo que, como mucho, se podría romper alguna cabeza. Para conjurar ese riesgo, Big no la usaría, le bastaría con sus puños demoledores.
Al caer la noche, la chalupa ya estaba preparada y con todos sus tripulantes a bordo, impacientes por entrar en acción. La Gaviota salió de su refugio tras el islote y tomaron rumbo a la isla. A las pocas millas el Capitán ordenó echar el ancla, y la chalupa siguió su rumbo hasta llegar a aquella playa pedregosa. La amarraron al mismo mangle de antes y se internaron por el sendero que Caimán y Antillanito habían descubierto. En cabeza iba Berg, repasando la poda con su machete, seguido por Caimán y los demás.
Llegaron al lugar y Caimán les advirtió que, a partir de allí, el terreno era despejado y los podrían descubrir. Berg abrió un boquete en la vegetación, suficiente para pasar.
Esperaron un rato para observar los movimientos en el exterior de la mansión y el embarcadero.
Un centinela paseaba por las tablas del muelle, arriba y abajo. Otro estaba sentado en la esquina, dominando las puertas principal y lateral aunque prestaba muy poca atención a la de la cocina. Y dos más charlaban animadamente sentados en el suelo frente a una fogata y de cara hacia el mar, al que de vez en cuando miraban, pero sin prestar demasiada atención.
En el edificio de los guardias no se apreciaba movimiento alguno.
Ya se habían repartido sus presas: Big se encargaría del vigilante de la puerta, Berg y Caimán de los de la fogata y Spider del que paseaba por el embarcadero que, en sus idas y venidas, pasaba bajo las ramas de un enorme cedro.
El otro grupo avanzaría sobre la casa y tratarían de entrar sin hacerse notar. Había unas ventanas y pensaban que podían estar abiertas, ya que era una noche calurosa.
La Luna Llena ayudaría a avanzar sin tropezar ni errar el camino, pero tenía el inconveniente de que podrían descubrir su presencia.
Ya estaban saliendo de su escondite, cuando Big les hizo retroceder a las sombras del matorral, una puerta se había abierto y cuatro hombres, armados con mosquetes, salieron, se acercaron a los centinelas y les hicieron el relevo. Afortunadamente, el siguiente relevo no sería, previsiblemente, antes de pasadas cuatro horas. De modo que no podrían sorprenderlos, como casi había estado a punto de ocurrir.
Los centinelas salientes se retiraron a la casa. Lo que no pudieron apreciar desde su escondrijo, es si habían cerrado bien la puerta o no, pero lo que sí podía deducirse es que dentro, al menos habría ocho guardias.
Uno de los recién llegados marchó al embarcadero y comenzó sus paseos arriba y abajo, otro fue a la esquina de la fachada principal y se sentó en el suelo de tablas del porche, y los otros dos, alimentaron con sendos palos el fuego y se sentaron a charlar, como los anteriores.
Esperaron un rato por si había cambios en la rutina, pero todo seguía igual. Salieron sigilosamente y cada cual se dirigió a su objetivo:
Los tres y Peel, se acercaron al lateral de la casa de los guardas, protegidos entre las sombras.
Spider se deslizó por las hierbas camino del cedro y corrió a ocultarse tras el tronco en el momento en que el centinela estaba al extremo del embarcadero, trepó por el tronco y hasta una gruesa rama, bajo la cual pasaría en sus idas y venidas. Se preocupó mucho porque una pequeña ramita se había tronchado y había caído, pero el centinela pasó sobre ella y no le debió dar importancia. Esperó a que todos estuvieran en posición para actuar.
Berg y Caimán, se deslizaban reptando silenciosamente por la hierba a espaldas de los centinelas de la fogata, que charlaban sin darse cuenta de nada.
Big se deslizó hasta la pared lateral de la mansión, la luna iluminaba todos los alrededores, pero la mansión proyectaba una oscura sombra por allí cerca, y Big buscó refugio en la oscuridad.
Spider comprobó que todos estaban en sus puestos y ellos le vigilaban esperando actuar coordinadamente. El momento sería cuando el centinela pasara por debajo de la rama y, entonces, todos se lanzarían sobre sus presas. Todos, menos Big, empuñaban firmemente su cabillas.
Llegó el centinela bajo Spider y éste se dejó caer cabilla en mano sobre él. En ese momento otras dos cabillas y un puño produjeron un sonido sordo y el silencio fue total, junto al fuego sólo se oía el chisporroteo de los troncos.
Peel y los suyos comprobaron la puerta y sólo estaba entornada, penetraron a tientas, pero por las ventanas penetraba luz suficiente para ver una docena de camastros, ocupados ocho de ellos por otros tantos bultos que roncaban sonoramente, tanto que apagaron el sonido de cuatro cabillas abatiéndose sobre cuatro cráneos y luego sobre otros cuatro, y cesaron drásticamente los ronquidos. Los cuatro siguieron revisando minuciosamente todas las dependencias sin encontrar nada.
Mientras tanto Big había encendido una antorcha, Berg y Caimán arrastraron a un lado a los cuatro durmientes y Spider se puso a rellenar las bocas de las culebrinas de gruesos guijarros y agua. Si estaban cargadas, la pólvora ya no sería capaz de prender y disparar y, si aún así deflagraba, como mucho reventarían.
La Gaviota aún tardaría un rato en atracar. Mientras tanto los cuatro revisaron puertas y ventanas. El silencio era absoluto y, de pronto, escucharon unas pisadas que les pusieron en guardia, pero eran los compañeros. Habían acabado de revisar la casa de los vigilantes y los alrededores sin encontrar nada, y habían arrastrado a los ocho a un cuarto, cerrándolos con llave, luego se cargaron al hombro a los otros cuatro y los llevaron a la casa a dormir con sus compañeros.
Los ocho, ya libres de guardias, podrían haber entrado en la mansión y acabar con cualquier resistencia, pero decidieron que no debían arrebatarle al Capitán, al menos la satisfacción de entrar en acción y capturar a Patacorta, porque ellos ya habían tenido su ración.
Comprobaron la puerta lateral, la de la cocina. Estaba cerrada pero con una endeble aldaba. Berg insertó un fino estilete entre marco y puerta y se abrió silenciosamente, sin el mínimo chirrido. Y esperaron.
La Gaviota aún no había sido amarrada, cuando el Capitán saltó por la borda y corrió hacia el grupo que le esperaba al final del embarcadero.
- Todo controlado y en orden mi capitán – dijo Peel – el paso está franco, sólo falta saber si puede haber resistencia dentro de la mansión, pero estábamos esperando órdenes.
- Habéis hecho bien y os lo agradezco; no me gustaría perderme la cara de Patacorta cuando nos vea, y aún más habiéndome perdido la diversión previa.
Respondió Big:
- No hay de qué mi capitán. Sé que toda la tripulación estaría dispuesta a entrar, pero no se puede. Mientras entramos, podrían encargarse de revisar los alrededores y hacer guardia en todas las puertas y ventanas por si alguien intenta escapar, así como vigilar la casa en donde tenemos encerrados a los guardias, no sea que alguno se despierte.
- Si llevamos adentro a alguno de la tripulación, el resto se pueden sentir molestos y no quiero ofender a nadie; entraremos únicamente los tres, creo que nos bastaremos para la faena.
Se dieron las órdenes y unos fueron a revisar los alrededores, otros de guardia en puertas y ventanas y a la casa de los guardias. Caimán, con otros tres, regresó por el camino a recoger la chalupa y llevarla al embarcadero.
Los tres penetraron con todas las precauciones en la oscura cocina, sólo iluminada por la luz de luna que entraba por la puerta. Había dos puertas y Big abrió con cuidado la de la derecha, pero era la despensa. Suerte que la construcción era nueva y las puertas no chirriaban. La otra puerta daba a un pasillo desierto que desembocaba en un vestíbulo. Sólo un candelero, en el piso superior, arrojaba un poco de luz muy tenue, pero lo suficiente para no tropezar.
Había que revisar toda aquella planta para tener las espaldas cubiertas, pero sólo encontraron un baño, la puerta principal, otro cuarto con cosas de limpieza y un gran salón, suerte que el servicio debía vivir en otra de las casas anexas. También había dos dormitorios vacíos y otro cuarto que parecía utilizarse por un servicio de guardia, con un armero, una mesa y una silla.
En la planta baja no había nada, pero recordaron lo que les habían dicho El Antillanito y Caimán; los guardias tenían un jefe, y no era probable que estuviera entre los doce de allá afuera.
Debían ir con mucho cuidado. Subieron las escaleras y se encontraron con ocho puertas ¿cuál sería?. Fueron abriendo una tras otra. Salvo la tercera, no estaban cerradas y daban a baños y alcobas vacías. Sólo faltaba comprobar esa puerta cerrada, que no podía ser otra cosa que el dormitorio de Patacorta. No había posibilidad de abrirla sin ruido, así que se pusieron de guardia a ambos lados de la puerta y Big la embistió como una tromba. La puerta, arrancada de los goznes, cayó y Big con ella hasta el fondo de un dormitorio iluminado por una vela. Los capitanes comenzaban a entrar; cuando una figura en camisón, esgrimiendo furiosamente un sable, acometió a Peel hiriéndole en la cara, Big le golpeó con el puño cerrado sobre la cabeza, de arriba a abajo, y cayó como un guiñapo.
Peel sangraba mucho por la mejilla y Big le aplicó su pañuelo de cabeza ¡qué gran invento y qué útil el pañuelo de cabeza!, y se detuvo la hemorragia.
Miraron al durmiente y estaba claro que no era Patacorta.
Ya no quedaban habitaciones por revisar y no lo habían encontrado. ¿Acaso no estaba? ¿Se habrían equivocado?
El silencio era total, era extraño que aquel escándalo del derribo de la puerta y el ataque del desconocido no hubiera movilizado a cualquier otro habitante; pero ya habían visto que, en todo el edificio, no había nadie más
Ya iba Big a cargar con aquel extraño para llevarlo a encerrar, cuando el Capitán se fijó en una puerta al fondo de la habitación, ¿Adónde podría dar? ¿a un armario? ¿al exterior?
Se acercó y comprobó que no estaba cerrada, tiró de ella y encontró un reducido espacio cerrado con una estrecha escalera a la izquierda. A la luz de la vela comenzó a subir, seguido por Big, y por Peel que se apretaba el pañuelo sobre la mejilla.
Llegaron a un piso superior, que nunca hubieran pensado que existiera. Estaban en una especie de rellano. La luz de la luna penetraba por un tragaluz en el techo abuhardillado y a esa tenue claridad más la de una vela, que llevaban desde el piso inferior, pudieron ver dos puertas cerradas. La primera daba a un gran cuarto de baño con una enorme bañera de cinc, y la otra puerta…
En un enorme lecho, con dosel, reposaba una figura que roncaba estrepitosamente. Estaba destapado y sólo vestía camisón y gorro. No había duda, su pierna izquierda acababa en un muñón. Con la vela, el Capitán encendió los candelabros que flanqueaban el cabezal y se sentó en la cama.
El durmiente abrió los ojos como platos y dio un respingo, pero el Capitán le hizo chisssst con el dedo y se quedó inmóvil, como paralizado.
- ¡Vístase y síganos!- ordenó
Y el otro no dijo una sola palabra, hizo lo que le había ordenado, se vistió, se ató las hebillas del pie de madera y bajaron a la otra planta por aquella escalera secreta, bajaron a la planta baja y Big entregó el jefe de la guardia, que se había echado al hombro, a los hombres que esperaban.
Pronto amanecería y era mejor dejar aquellas aguas antes de que pudiera llegar algún otro barco con provisiones o refuerzos. A Patacorta lo alojaron cómodamente en la bodega. Los guardias y su jefe seguían dormidos, aunque vivos, y los dejaron sobre las tablas del embarcadero. Lástima no poder estar presentes cuando se despertaran y comenzaran a preguntarse qué había pasado.
La chalupa ya estaba izada, subieron todos a bordo, desamarraron y partieron hacia mar abierto cuando ya clareaba.

Y LA SEMANA PRÓXIMA


miércoles, 3 de agosto de 2016

PIRATAS DE BARBADOS. Cap 10.- A por Patacorta


Y ya, sabiendo de donde viene la animadversión 

hacia el Comodoro Harris, entenderemos por 

qué nuestros amigos se imponen ahora la misión 

de capturarlo y darle una buena lección que no olvidara nunca



10.- A POR PATACORTA

Volvemos a encontrar al Capitán Barbanada y sus hombres a bordo de El Bergante, con rumbo a Barbados, tras haber dejado a los marinos de Patacorta en la Isla de los Cocos. Aquella isla en la que ellos mismos habían sido abandonados por el Comodoro hacía años, antes de serlo (antes de ser Comodoro, se entiende, porque isla ya lo era desde ni se sabe cuando).
Al llegar a puerto cargaron lo imprescindible con el poco dinero que habían podido reunir, tampoco es que hubiera existencias de todo lo que necesitaban ni había nadie de confianza a quien poder venderle los diamantes, por eso compraron lo justo para llegar a otro lugar en que pudieran hacerlo.
Tampoco sabían qué podía haber pasado con La Gaviota, ni tampoco si había llegado indemne, ni si les estaban esperando, aunque el Capitán confiaba plenamente en Peel.
Por eso se decidió por poner rumbo a La Tortuga a fin de encontrarse con La Gaviota antes de emprender cualquier otra acción, vender los diamantes a su comprador habitual, reaprovisionar de todo lo necesario a las dos naves, e informarse de los movimientos de la flota inglesa y de Patacorta.
Una vez refugiados en La Tortuga y reunido con Big y Peel, hicieron planes para enfrentarse al Comodoro.
Era impensable hacer frente abiertamente a la flota, ni siquiera a uno solo de aquellos galeones tan bien armados. La ventaja de El Bergante era su velocidad y capacidad de maniobra, que le permitía escapar fácilmente; pero no su capacidad ofensiva, no había comparación. Pero no descansarían hasta ver cumplida aquella empresa colectiva porque, todos a una, estaban dispuestos a llevarla a cabo, costase lo que costase.
Aunque primero debían ir a recuperar el tesoro de El Olonés. La venta de los diamantes no había sido suficiente para todo y, además, había que pagar a la Confederación, así como a los espías, chivatos y confidentes a los que tenían que recurrir para conseguir noticias de su odiado enemigo.
Dejaron El Bergante en el puerto de La Tortuga, allí estaría seguro gracias a los cañones que defendían la isla. Navegar con él en aquellos tiempos era peligroso porque ya era demasiado conocido y estaba muy buscado.
Gracias a la venta de los diamantes, La Gaviota había sido reformada, mejorada y artillada por Joao ”Cañones”, con diez cañones nuevecitos, cinco por banda. No era conocida y; como las escaramuzas entre españoles e ingleses no cesaban, navegaría bajo bandera holandesa.
El Capitán no quería prescindir de Big en aquella expedición, pero alguien tenía que quedarse al mando y cuidado de El Bergante y el resto de la tripulación, aparte de encargarse de interrogar a todo barco que atracara sobre el paradero del Comodoro y su flotilla.
Barbanada debía decidir entre dejar atrás a Big o a Peel y en ambos tenía suficiente confianza. De modo que lo echó a cara o cruz, quedando decidido por el azar que, quien le acompañaría a la Isla de El Olonés, sería Big.
Durante la travesía procuraron evitar cualquier encuentro, de modo que Spider y Zurdo Johnson, que tenía una vista privilegiada, se turnaron en el puesto de vigía. A la menor señal de avistamiento se cambiaba el rumbo o se izaban velas para rehuir cualquier encuentro. Esta vez no iban a la caza ni querían ser cazados, simplemente iban a recoger el tesoro.
Llegaron a la isla y volvieron a revisar todo el perímetro, como ya lo hicieron la primera vez, por si podían encontrar otro acceso más fácil, pero toda ella era tan escarpada como en la ensenada por la que habían trepado, no había otro lugar más favorable. De modo que acercaron La Gaviota al pie del acantilado. Esta vez no tuvieron que fondear lejos y llegar con la chalupa porque el calado era suficiente.
No fue necesario que Spider volviera a trepar, como la otra vez, por aquella pared de piedra a fin de echar un cabo, ya que allí estaba colgando el que habían usado la vez anterior. Sólo que Spider trepó en primer lugar para asegurarse de que estaba firmemente atado y, como la otra vez, se echó a dormir bajo el árbol mientras los otros trepaban e izaban el material.
En esta ocasión, la expedición la formaban; además del Capitán: Big, Will El Cabezota, y Porfavor Johnson. Y de la expedición anterior: Spider, naturalmente, y Joao “Cañones”.
Bordearon aquel acantilado interminable, siguiendo la ruta de la vez anterior al regresar, y llegaron sin problemas hasta la señal de piedras que habían dejado. Cien pasos más allá, en dirección a la vertical de la cueva, se pusieron a remover las piedras sueltas que ocultaban los cofres. Allí estaban los cuatro.
Los sacaron y comprobaron su contenido, estaba todo tal y como lo habían dejado:
Uno de ellos contenía joyas variadas.
El otro piedras preciosas de todos los colores. Era aquel del que Spider había distraído “una pequeña muestra”, que tan útil había resultado.
Otro estaba lleno collares de perlas y diversos objetos, entre ellos raros trabajos en marfil y ébano.
Y el último lo estaba de monedas de oro y plata: españolas, inglesas, francesas, holandesas y otras muy raras.
El contenido de este último cofre era de utilidad inmediata; en cambio para los otros tres habría que encontrar un comprador a fin de poder convertirlos en moneda contante y sonante.
Decidieron llevarse el cofre de las monedas y enterrar los otros allí nuevamente. ¿Qué mejor lugar? ¿Dónde estarían más seguros?. La experiencia de lo ocurrido con el tesoro de Barbalarga así lo aconsejaba. No era prudente tenerlos en el barco ni llevarlos a La Tortuga, que cada vez estaba resultando un lugar más inseguro.
Volvieron a ocultar los otros cofres en el mismo lugar y regresaron por donde habían llegado. Para facilitar el trasporte hasta el barco, repartieron el contenido en bolsas que habían llevado en previsión y Big cargaba con el pesado cofre como si fuera una pluma.
El descenso y la partida transcurrieron sin novedad; salvo que en esta ocasión, no se dejaron colgando el cabo, sino que Spider, después de haberlo desatado y dejarlo caer sobre la cubierta de La Gaviota; no descendió por la pared, sino que hizo un clavado, cayendo limpiamente al agua y emergiendo de inmediato por la banda de babor.
Al regreso, como a la ida, pero esta vez aún más, se extremaron las precauciones, debido a la carga que llevaban. No querían tener ningún encuentro inesperado, por inofensivo que fuera.
Así atracaron en La Tortuga y guardaron su preciosa carga a buen recaudo en El Bergante. Luego todos lo celebraron, como solían hacerlo, y la Banda animó la fiesta con jotas y fandangos.
Durante su ausencia habían llegado noticias de que el Comodoro Patacorta se estaba construyendo una mansión a la que retirarse. Lo estaba haciendo en el Continente y lejos de la costa, a fin de evitar los ataques piratas, pero aún no se sabía el lugar exacto.
Peel estaba esperando el regreso de un confidente, bien pagado naturalmente, tripulante de una carabela cuyo cargamento consistía en muebles de calidad, llegados de Europa, pero aún tardaría un tiempo.
Los hombres de Barbanada siempre estaban ocupados: lavando, planchando, sacando brillo… y también reparando, limpiando y pintando las naves; pero todo acababa y llegaría un momento en que estarían sin trabajo, y la inactividad llevaba a la dejadez y la molicie, cuando no al conflicto. De modo que el Capitán dispuso hacerse a la mar y explorar unas islas situadas más allá de la Isla de Barba… cana. Más al noroeste de aquellas islas pasaba una ruta comercial que frecuentaban los barcos españoles, cargados hasta los topes, rumbo a Sevilla y otros puertos de la península, de modo que podían hacer alguna buena captura.
La Gaviota permanecería en el puerto de La Tortuga a cargo de Peel y una reducida dotación, porque el grueso de ambas tripulaciones embarcarían en El Bergante en aquel viaje de exploración.
Antes de partir enviaron un mensaje anónimo para informar del paradero de aquellos marinos que habían dejado en la Isla de los Cocos, esperando que Patacorta enviara a alguien al rescate.
Y se hicieron a la mar rumbo norte, hacia unas islas próximas, para luego virar a noroeste y, tras dejar atrás la isla de Barbacana, o Barbapapá, internarse en un archipiélago poco frecuentado por los piratas. Los vientos eran favorables y pronto llegaron a unas islas y una amplia extensión de cayos con abundantes manglares. Pensando en la posibilidad de bajíos y el riesgo de encallar, se mantuvieron alejados de aquellos cayos.
A babor iban dejando atrás muchas islas, algunas de ellas muy estrechas y alargadas.
- ¡Barco a la vista! - sonó la voz del vigía, rompiendo el silencio de la hora de la siesta.
- ¡Y otro! - repitió
- ¡Y otro! - volvió a repetir
El Capitán se echó en cara el catalejo. Temía que pudieran ser naves de guerra y estaba pensando en maniobras evasivas, pero se trataba simplemente de un convoy formado por dos carabelas y una nao rumbo a nordeste. Iban cargadas y sin ninguna escolta.
Seguramente llevaban mercancías de las colonias hacia Sevilla, Cádiz, Bilbao, Barcelona… o a Londres. A aquella distancia no se podía apreciar el pabellón. Podían ser una buena presa y además fácil; pero eran tres y, aunque no supusieran un peligro, siempre era preferible dedicarse a un solo navío aislado. De modo que se retiró, dejando seguir su ruta al convoy. Tampoco había garantías de que no estuvieran artilladas y, entre las tres, les pudieran dar un disgusto.
Una ocasión perdida y otro día de aburrimiento y monotonía. Todo estaba en estado de revista y el trabajo a bordo era el mínimo para aquella tripulación ampliada, por eso el Capitán tuvo el buen criterio de organizar unos cursos.
El Jefe de Protocolo se ocupaba de poner al día a aquellos tripulantes procedentes de La Gaviota en los conocimientos necesarios y comunes en aquel barco: Protocolo, etiqueta, modales...
Doug Adams tomó a otro grupo y les enseñaba las nociones básicas de cocina, preparación de salazones y conservas, así como el conocimiento de las materias primas comestibles.
Albert Boades daba lecciones de trenzado, nudos y redes.
Georg Berg, enseñaba a un perfecto afilado de armas e instrumentos.
Joao “Cañones”, enseñaba el mantenimiento de las armas de fuego y la preparación de armas y explosivos.
Otras muchas actividades se desarrollaron a bordo aquellos aburridos días; la cuestión era evitar el ocio y, su alternativa y consecuencia, las peleas.
La actividad más divertida para los que la practicaban y más molesta para los demás, era la que desarrollaba Hans Werner Henze, el director de la Banda. Quería que todos los tripulantes aprendieran a tocar los instrumentos y se armaba una tremenda algarabía cada vez que ensayaban con las cornetas y los timbales. En esos momentos, toda la tripulación, salvo los que tocaban y Hans, se tenían que tapar los oídos y refugiarse en lo más profundo de la bodega.
A Spider le había gustado tanto el cursillo de Berty, que estaba muy entusiasmado; hilando hebras, torciendo cordones, haciendo nudos y tejiendo redes, como una araña. Por eso no tenía tiempo ni ganas de subir a la cofa para hacer de vigía. ¡Con lo aburrido que es! decía, pero tampoco había otro marinero voluntario, de modo que se llevaba arriba hebras y se entretenía preparando cordeles y anudando una red de abordaje.
Como aún no habían comenzado las trifulcas que el aburrimiento acaba provocando, no había ningún marinero castigado para mandarlo al carajo, así que el Capitán no tuvo más remedio que elegir un relevo para Spider, ya que no se podía estar las veinticuatro horas allá arriba por mucho que fuera un hombre amante de las alturas.
Podía hacerlo por orden alfabético, por edad, por antigüedad, por narices, por…, pero decidió que se lo jugaran a los dados; así, de paso, les daba otro motivo para mantenerse entretenidos. Pero lo debían hacer lo más pronto posible, porque Spider estaba necesitando relevo y si no bajaba pronto podría hacérselo desde allí arriba y, al que le toque, le toque.
Pronto hicieron las primeras eliminatorias y los cuartos de final, de modo que en las semifinales se enfrentaban los perdedores de las fases anteriores:
Georg Berg, con Andrew Brea y Will El Cabezota con Alfred Smith llamado “Cuatrorrumbos”, el timonel.
Berg eliminó a Brea, de modo que Brea tenía que jugar la final.
La expectación era grande y corrían las apuestas, como corría el ron.
Cuatrorrumbos eliminó a El Cabezota
De modo que se enfrentarían finalmente:
Brea y El Cabezota.
La emoción crecía y crecía, del mismo modo que las apuestas y el consumo de ron.
Tiraron un dado cada uno para ver quién hacía la primera tirada.
Brea sacó un cinco y El Cabezota un tres.
De modo que tiraba primero Brea, tomó los dos dados y los lanzó. Sacó un seis y un cuatro y, como era un punto muy bajo, volvió a tirar. Esta vez sacó un cuatro y un dos, en total dieciséis puntos y, o se plantaba con ellos, muy lejos del veintiuno, o volvía a tirar, aunque sabía que si sacaba un seis ya habría perdido, pero esta vez tenía que ser con un solo dado. De modo que se arriesgó porque eran cinco posibilidades a favor y una en contra. Volvió a tirar, sacando un tres y se plantó con los diecinueve. Era muy buena puntuación.
La apuestas echaban humo, y ahora le tocaba tirar a El Cabezota.
En la primera tirada sacó seis y seis, total doce puntos, y la siguiente tirada se ponía difícil, volvió a tirar y esta vez sacó un dos y un tres, dos puntos por debajo de su rival. De modo que se vio obligado a tirar otra vez, con un solo dado y entre la expectación de todos. Corría el riesgo de pasarse con un seis o ganar con un cinco, pero plantarse era perder.
Agitó el dado en la mano y lo dejó caer desde lo alto, lo dejó caer a la cubierta y rodó, y rodó, hasta que ¡se paró! y… había salido un seis, se había pasado de veintiuno y había perdido.
Resignado trepó por las jarcias hasta la cofa, mientras que Spider descendía a toda prisa y se ponía cara a la borda, mirando al horizonte con un gesto y un suspiro de alivio. Entretanto, los apostantes pagaban y cobraban sus apuestas.
Lo que no sabían todos es que, en la mente del Capitán, en unas reglas no escritas ni explícitas, al Cabezota tendría que relevarle Brea, a éste Berg y Cuatrorrumbos, en el orden que quisieran, o se lo podían volver a jugar a los dados, y a éstos les seguirían los demás que se habían librado en los cuartos o en los octavos de final.
Pero El Cabezota, que había tenido la desgracia de perder, tuvo la suerte de avistar una presa, y eso valía una propina en el suministro de Bloody Mary.
- ¡Patache a babor!
El patache era una embarcación de dos palos, muy ligera y de poco calado, que empleaban las flotas para protección de costas, y algunos corsarios para atacar los mercantes enemigos.
- ¿Un patache? ¡Estamos de suerte! Si no se nos escapa, tanto si es español, inglés o corsario, vamos a hundirlo.
Los pataches eran unos barcos más usados por los españoles que por los ingleses, pero los corsarios que los usaban no dudaban en ponerse al servicio de Su Graciosa Majestad.
- ¡Hurraaaaaa! - gritaron todos
- A sus puestos, os lo ruego
Pero no se hicieron de rogar, todos se pusieron a realizar las tareas para las que estaban preparados y que tanto tiempo habían esperando. La Banda comenzó con el toque de Alarma, aunque no se sabe a qué sonaba aquello porque, en aquel momento, estaban ensayando los aprendices.
El patache, que los había divisado, largó todo el trapo y cambió de rumbo dirigiéndose a aguas poco profundas en las que podían navegar sin problemas pero no así El Bergante.
En El Bergante, la actividad era febril, izando velas, preparando los cañones, y preparando los materiales de abordaje, por si no lo enviaban pronto al fondo y tenían que abordarlo.
El patache corría, era una embarcación ligera, pero no tenía nada que hacer con su enemigo con todo su velamen al viento, poco a poco se iban acortando las distancias.
El capitán observaba al barco, no estaba muy artillado, no pasaría de doce cañones, pero podían hacer mucho daño.
En El Bergante se habían hecho reformas durante su última estancia en La Tortuga y se habían equipado dos culebrinas a proa, además de los diez de veinticuatro libras montados a babor y los diez de estribor.
El Capitán puso a Bigeye en las culebrinas, auxiliado por dos ayudantes por pieza, para que no dejara escapar a su presa. Cuando estaban a unas dos millas, ya estaba preparado, a tiro y a punto para disparar, y a aquella distancia los cañones del patache, más pesados, poco podrían hacerle al Bergante, pero quería asegurar el disparo y aguardó hasta una milla. Disparó la de estribor y los ayudantes comenzaron a recargarla.
El disparo había fallado por muy poco, así que rectificó y disparó el de babor. La otra pieza ya estaba a punto, pero con su último disparo había conseguido su objetivo, cargarse el timón, de modo que el patache no podría maniobrar fácilmente. En ese momento viró El Bergante y los diez cañones de babor arrojaron su carga de hierro y fuego. El patache estaba acabado y los botes salvavidas caían y ponían a salvo a la tripulación.
Cuando se alejaban de aquella latitud, todos se quedaron mirando como su presa se iba yendo a pique lentamente y los botes salvavidas ya estaba lejos rumbo a una isla próxima.
Llevaban tiempo navegando, habían visto nuevas islas, habían tenido suficiente diversión y acción, y dolores de cabeza con la Banda, pero no tenían noticias. Todos deseaban regresar a La Tortuga para saber algo de lo que más les interesaba: el paradero de Patacorta y la posibilidad de atraparlo. Y entonces el Capitán fijó el rumbo de regreso.
Tenían que recalar en alguna isla para abastecerse de agua y, como ya sabemos, no era para que la bebieran. De todas aquellas por cuyas cercanías navegaban, sólo unas pocas figuraban en las cartas del Capitán, y no porque aquellas cartas marinas fueran atrasadas, eran las últimas que había comprado y estaban actualizadas muy recientemente.
Prefería no abastecerse en una de las islas habitadas, cuanto menos se hicieran ver mejor. Así que, cuando pasaban cerca de una que parecía desierta, con una bahía estrecha y honda, ordenó al timonel penetrar en la misma, ordenó también ir comprobando el calado con una sonda y pudieron penetrar bien adentro, sin problemas.
Al fondo de aquella especie de fiordo, desembocaba un riachuelo. Echaron dos botes y cargaron toda el agua necesaria; después, el Capitán con un pequeño pelotón hizo una somera exploración y regresaron con unas ananás, bananas y cocos. Marcó las coordenadas de aquella isla y partieron.
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En La Tortuga había problemas; la autoridad francesa, residente en la parte occidental de La Española, llevaba tiempo intentando imponer algo de autoridad y orden en aquel refugio. Tenían su representante, pero la libertad de que gozaban los piratas, bucaneros y filibusteros apenas había sufrido limitaciones, salvo en los últimos tiempos y, en el momento de que hablamos, el fuerte brazo del dominio francés se estaba haciendo notar aún más. Esa presión se notaba especialmente cuando las escuadras inglesa y española se habían vuelto más represoras contra las actividades delictivas.
Peel y su gente procuraban no meterse en líos y esperaban el regreso del Capitán para abandonar aquel refugio, que ya no lo era tanto.
El confidente había regresado y, a cambio de otra bolsa de monedas, le contó:
- En la costa continental hay una laguna alargada a la que llaman Laguna de las Perlas, más al norte del delta del Río San Juan. Allí hemos llevado el cargamento. Entrando por una amplia embocadura desde el mar se encuentra una isla, y en ella se está construyendo una mansión. A Patacorta no lo he visto, porque allí sólo había trabajadores y marineros, pero he oído que es para el Comodoro y que quiere trasladarse pronto. Por eso se quejaban, porque les estaban haciendo trabajar en la casa sin descanso.
Peel también había oído, en su retiro de La Tortuga, ciertos rumores sobre el relevo del Comodoro. Nunca había caído bien al Almirantazgo, y lo iban a sustituir por un marino de carrera.
- Ya me imagino de dónde ha sacado lo necesario para construirse la mansión – pensó.
Dispuso todo para que, cuando regresara el Capitán, salir a mar abierto sin demora. Para eso tenía siempre a la tripulación y al barco a punto, y había cargado provisiones, pólvora y munición para las dos naves, de modo que no se perdiera tiempo en abandonar la isla.
Todos estaban impacientes y preocupados por el regreso del Capitán y sus compañeros.
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El Bergante atracó en el muelle junto a La Gaviota, pero Peel no les dio tiempo a preparar las amarras y saltó a cubierta. Se llevó a Barbanada al camarote y le puso al corriente de la situación. No tardó mucho el Capitán en dar la orden de partir, y La Gaviota lo siguió.
No iban a perder tiempo, todos estaban impacientes por cazar a Patacorta, pero había que ser prudentes. Como quiera que, para llegar a la costa del Continente, tenían que pasar cerca de Jamaica, decidieron atracar en Sandy Bay, trasbordar las provisiones y enterarse de las últimas novedades.
No hubo ningún encuentro en el trayecto y su llegada a Sandy Bay fue una fiesta donde todos celebraron el regreso de El Bergante y su gente.
Un día tardaron entre acarrear las provisiones y la fiesta subsiguiente, a la que se invitó, como siempre, a la población. La banda tocó peor que nunca, con sus nuevos componentes; pero eso, tras los primeros tragos de ron, ya no le importó a nadie en absoluto.
Pudieron enterarse de que el relevo del Comodoro ya se había producido por un militar de carrera, llegado de Londres. Decían que, estudios tendría muchos, pero experiencia en batalla, ninguna. Había partido, con toda su Flota, hacia Dominica, en Barlovento, por una falsa información sobre un ataque pirata. Con una sola nave hubiera tenido suficiente para defender aquella isla, sin tener que desguarnecer todas las posesiones del Caribe.
Los tiempos estaban revueltos y, aunque la Flota Inglesa estaba lejos, si es que la información era cierta; quedaban los corsarios, y no entraba en los planes del Capitán entrar en batalla, porque podría comprometer su misión primordial que era encontrar y capturar a Patacorta.
El Bergante era bastante conocido y La Gaviota podía navegar con más libertad, sobre todo bajo pabellón holandés. Tendrían que dejar una pequeña dotación a cargo del barco, y se propuso hacer otra competición a los dados, porque todos querían participar en la aventura. Pero, al final, fue el Capitán el que tomó la decisión: Se quedaría la Banda, al mando de su director Hans W Henze porque, aparte de que en aquella misión no necesitarían música, tendrían ocasión de ensayar más a ver si mejoraban, y además animarían las noches de los habitantes de Sandy Bay; que siempre tendrían la oportunidad de huir a sus casas para escapar de la música, cosa que no podrían hacer los demás tripulantes, si los hubiera.

Y LA PRÓXIMA SEMANA