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martes, 9 de junio de 2015

La sombra en el torreón

Un relato terrorífico sobre algunos hechos y lugares reales. Lo pueden confirmar quienes conozcan a ese joven abogado madrileño y hayan conocido al anfitrión de nuestro protagonista.



LA SOMBRA EN EL TORREÓN




Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final


Permitidme que me presente:  Mi nombre es Antón Segura y, aunque nacido en Toledo, resido habitualmente en Madrid.
En relación a lo que a continuación os voy a narrar, debéis saber de mi que soy un gran aficionado a la literatura fantástica; léase: Poe, Lovecraft, Machen, Hope Hodgson, etc. y siempre me han inquietado las antiguas ruinas de castillos, iglesias y monasterios con usos funerarios y su relación con los Dioses Primigenios de la literatura Lovecraftiana.
Todo empezó el día en que, en un congreso profesional, establecí contacto con un joven abogado madrileño y, tras intercambiar impresiones sobre la temática del congreso, la conversación nos llevó por otros derroteros en los que, al comentarle mis aficiones, me relató sus experiencias en las ruinas de un antiguo castillo en la sierra albaceteña del Segura. 
Me contó que ocasionalmente se divertía embromando a los amigos, llevándolos de noche a las ruinas del castillo que, además, era lugar de ritos funerarios  en su uso ancestral como cementerio.  Todo esto hasta que, habiendo revelado un carrete de fotos disparadas de noche en las ruinas, descubrió una materialización corpórea de una neblina como si de un ectoplasma se tratara. Desde aquel día, impresionado por el descubrimiento, ya no volvió a sus divertimentos nocturnos.
Este relato, añadido a mi curiosidad, al hecho de tratarse de unas ruinas con usos funerarios y al nombre de la sierra donde se ubicaban - del Segura -  como mi apellido;  me llevó a considerar hacer una escapada a aquel castillo para confirmar mis teorías sobre dichos lugares.
Al cabo de unos meses conseguí agenciarme unos días de asueto y emprendí la marcha al lugar en cuestión. Por las indicaciones de mi informante madrileño pude establecer contacto con  Teatino; extraordinario personaje, acogedor, dicharachero, tajante en sus convicciones y con una socarronería serrana digna de admiración. Lo primero que me dijo fue:
- ¡Pero pijo! ¡Eso son gilipolleces!
Pero me acogió en su casita de Riópar Viejo como si nos hubiéramos conocido de toda la vida y compartimos mesa y mantel, así como un sinnúmero de chistes durante los días en que se prolongó mi aventura.
Dediqué los primeros días a recorrer el lugar y conocer cada piedra, cada grieta, cada mata, cada tumba…  eso durante el día y, durante las largas veladas invernales, departiendo con Teatino y con varios viejos habitantes de la zona que me contaban historias de cuevas, moros y tesoros pero ningún detalle que apuntara en la dirección que yo andaba buscando.
Las condiciones no eran adecuadas para mi experiencia porque, aunque no había nieve como solía hacer por aquellas fechas, la luna estaba aún menguando y su claridad era aún excesiva gracias al claro cielo riopense. Es más, incluso con luna nueva, la luminosidad del cielo estrellado y de la Vía Láctea que se recortaba impresionante en el firmamento permitía caminar de noche sin peligro de tropezar.
Pero tenía que esperar a la Luna Nueva para hacer mi incursión nocturna al castillo con un mínimo de luminosidad. Entre tanto las agradables veladas al amor del rescoldo de la chimenea y con unos buenos vasos de cencibel  me hacían temer la fecha del retorno a eso llamado civilización.
Llegó la noche esperada; preparado mental y físicamente y bien provisto de ropas de abrigo, me encaminé a las ruinas por la estrecha y empinada senda. La oscuridad no era absoluta pues el cielo estaba despejado de nubes, pero la luz de la vela, cuya llamita danzaba con el viento, no estorbaba.
Yo iba provisto también de una linterna, pero para estos menesteres lo adecuado es la vela y nada de parafina, de cera pura de abejas y si ha servido antes en un velatorio mejor.
Llegado al castillo me adentré por entre las primeras tumbas siguiendo el contrafuerte derecho de la fortaleza buscando un rincón resguardado donde refugiarme algo de la ligera brisa helada.
El silencio era absoluto, sólo se escuchaba a lo lejos el ulular de un cárabo en espera de respuesta.
Estuve así un largo rato con todos los sentidos alerta, conteniendo la respiración, esperando alguna manifestación de otras realidades y hasta los ojos, posiblemente del frío, me hacían ver destellos pero en ningún momento los asocié a presencia alguna o a la emanación ionizante o fosforescente de un fuego fatuo. 
Seguía resguardado en una esquina, casi entumecido por la postura, cuando comenzó a oscurecerse todo a mi alrededor y ya no podía distinguir los contornos de las rocas próximas; sólo el bailoteo de la llama de la vela era visible y la oscuridad se iba haciendo más y más espesa, casi sólida.
A lo lejos, a la altura de las primeras tumbas que había dejado atrás, una fosforescencia verdosa se iba materializando en la profunda negrura de la noche y algo informe, evanescente, como un jirón de niebla comenzaba a tomar forma y una ráfaga, algo así como un tentáculo, se iba alargando en la dirección en que yo me encontraba.
Lo peor fue cuando el viento o ¡qué sé yo!, comenzó a ulular a mi alrededor y en su aullido me pareció escuchar una salmodia como las que tantas veces había leído en Lovecraft de las ceremonias paganas a los Dioses Primigenios y al Gran Cthulhu y sonaban así:

AAAAAHN THOOON, 
AAAAAHN THOOON
NOOP  IHER  DAAAS 
ELS HOOON

Aún no sé cómo pude llegar a la puerta de la casa de Teatino sin matarme en mi loca bajada por la senda como alma que lleva ¡vete a saber quién!, sólo sé que caí de bruces, con todos los cabellos erizados, sin conocimiento y estuve dos días inconsciente y delirando.  Me han contado alguna de las cosas que creían entender de lo que balbuceaba y gritaba, entre ellas:

AAAS UUUNNNN ZIHONNN, AAAS UUUNNNN ZIHONNN
ASTHUUU  RIAAAS PATH RIAKER IIIIDAAAA
DEESH DEEESHAN THURCE HAABIL BAAAAO

Lo cierto es que ya lo he decidido; desde aquella aciaga noche no pienso volver por esos andurriales, ni emprender aventuras parecidas; aunque hay quien dice – malas lenguas por cierto - que la causa de todo fue el cencibel que, en copiosas cantidades, trasegamos Teatino y yo aquella noche para darme valor antes de emprender la aventura.

viernes, 24 de abril de 2015

Cartas desde el cortijo


He recordado que tenía este relato por ahí perdido, que obtuvo un segundo premio en el certamen Literario de Riópar en 2002, y me he decidido a ponerlo aquí, ya que no he recibido ninguna nueva colaboración.





CARTAS DESDE EL CORTIJO

Eustaquio coronó dificultosamente la empinada cuesta. No era fácil caminar con aquella ventisca y la nieve casi a la rodilla, pero ya estaba en casa.
Los carámbanos colgaban de las canaleras como imitando la Cueva del Farallón y la superficie de la balsa estaba totalmente arreguillada.
Antes de entrar, sacudióse las botas para librarlas de la nieve y hacer entrar en calor los ateridos pies. Se quitó pelliza y boina y las sacudió a conciencia antes de abrir la puerta. 
Levantando la aldaba penetró en la casa, dejó en el rincón más fresco de la alacena la lechera llena de tibia leche de cabra recién ordeñada y acercándose al atroje tomó dos piñas,  unas astillas y algunos cándalos que se dispuso a encender en la fría chimenea. Cuando las llamas comenzaron a danzar iluminando la estancia, acercó el pucherete del café y se tendió en el tarimón, tapándose con una retalera, esperando entrar en calor y que se calentara la infusión. 
Había sido un día muy duro pero sus ovejas estaban ya en los corrales y podía olvidarse, por fin, del lobo que merodeaba por aquellos cerros.
Una vez hubo reposado un tanto, encendió la radio y se dispuso a enterarse de lo que pasaba por el mundo, mientras saboreaba su recuelo. Otra vez  estaban a vueltas los judíos con los palestinos y las cosas no iban a mejor en los asuntos de la política nacional. Prestó especial atención al parte meteorológico que repasaba los problemas que la ola de frío había producido en Barcelona y se quedó más tranquilo al enterarse de que para los próximos días se esperaba un tiempo más bonancible.
Tomó papel y bolígrafo y se dispuso a escribir...

                                                             +    Riópar a 29 de Diciembre de 1962
Querido hijo:

Me alegraré que al recibo de estas cuatro letras te encuentres bien, yo bien g.a.D.
Como sabrás por la Ugenia, que anduvo echándome una mano, se acabó el mataero y estoy muy contento por lo buenos que han salido los embutidos. Lástima que no pudieras estar presente para disfrutar de la ocasión y del chusmarro. Fueron dos hermosos gorrinos y espero que te gustaran los chorizos y morcillas que te llevó. Tus hermanicos ya los han recibido porque el practicante hizo un viaje a Madrid y aproveché para encargarle el recado. No le hizo mucha gracia porque dice que le ha quedado el coche con un olor a chorizo que no se puede aguantar. 
En la radio acabo de enterarme que en esos Barcelonas hace mucho frío y que el nevazo os dejó a oscuras  - aún recuerdo aquellos tiempos de la luz de Valeriano, de cómo hacía amaguces  a la más mínima y de cómo teníamos que ir subiendo el elevador para poder sentir el parte.  
Son otros tiempos, pero hay cosas que se repiten.  Sabrás que han vuelto los lobos y entre degolladas y despeñadas por esos cibantos ya van muertas un montón de ovejas. El Baldomero, como es tan narro, mientras echamos la partida del truque nos repite una y otra vez la historia de aquellos nevazos en que los lobos bajaban de esas cuerdas a buscar comida y no dejaban en paz los gallinos, los ovejos ni los cabros. Las cabras de la leche no podían salir como cada día, hasta que el somatén dio una batida y se volvieron para Sierra Morena y desde entonces no se habían vuelto a ver por aquí.
¡Que jodío el Baldomero!, y ¡cómo lo escuchaban los zagaluchos con la boca abierta!, otros lo miraban con incredulidad, pero los que vivimos aquellos tiempos sabemos que es cierto pero le echa más teatro que el Cabo Noguero.
El Luis dice que son perros asilvestrados y que con gritarles "¡picho! ¿y la horca?" salen corriendo como alma que lleva el diablo. Pero yo, por si acaso, no pienso hacer la prueba. Voy prevenido con una garrota que me ferié el año pasado y que luce una hermosa garibola y, además, procuro no andar por esos cerros desde que el sol traspone.
La verdad es que tus hermanicos no hacen más que insistir en que deje ya el cortijo y me baje a vivir al pueblo; que ya no estoy para estos trotes, pero yo me encuentro muy bien y ¡qué pijo! no soy ningún viejo inútil.  Ya sé que tanto tú como ellos preferiríais que me fuera a vivir con vosotros pero a mi no me se ha perdío ná por esas capitales, ya tuve bastante con las veces que fui a visitaros, a mí que me dejen tranquilo en mi pueblo; además me se hace muy difícil dejar los animales, la chirra estará pronto a punto para criar y además ¿qué hago yo en la residencia de pensionistas?, aún me apaño solo; aunque desde la muerte de tu pobre madre q.e.p.d., las cosas ya no son como eran.
Espero que te dejes caer por aquí, al menos en Semana Santa, si el trabajo te lo permite.
Sin nada más por hoy, recibe un abrazo de tu padre que te quiere.

Eustaquio 


Mientras pone la carta en el sobre y pega el sello con un enérgico lengüetazo recuerda cómo fueron marchando los chicos a la capital; unos a Madrid, otro a Barcelona... Eran buenos operarios y enseguida se establecieron por su cuenta. Los talleres que les había ayudado a montar con grandes sacrificios, todos sus ahorros y algún bancal que había vendido, iban viento en popa. Se habían ganado, como tantos otros obreros salidos de Riópar, un merecido prestigio profesional en el ramo de la industria metalúrgica y estaba orgulloso de ellos.
 Él siempre había sido agricultor, nunca trabajó en las Fábricas; por eso, cuando llegó el tiempo del éxodo era demasiado joven para retirarse y demasiado mayor para comenzar un nuevo oficio y se quedaron solos en el cortijo.
Veían a los hijos cuando venían en los veraneos, para las Fiestas de Riópar y poco más, además de alguna vez que ellos se acercaron a verlos, pero por poco tiempo porque los animales y los sembrados no se podían dejar solos.
Pero pronto iba a ser el aniversario de la muerte de su esposa, un año de soledad interrumpido a duras penas por alguna corta visita de los chicos. Las tareas del cortijo le habían mantenido durante este tiempo con la mente ocupada y no tuvo apenas ocasión de pensar en su situación; pero ahora se encontraba sólo, sin nada que hacer, en la penumbra de la cocina, a la tenue luz del rescoldo de la chimenea. 
El viento soplaba con insistencia y se oía por la chimenea su largo ulular. Con aquel tiempo tan desapacible se veía en la necesidad de quedarse recluido en la casa sin poder salir y ¡qué largas se hacían así las horas!.
Era tan diferente cuando hacía buen tiempo y pasaba el día cuidando sus animales y su huerto, pero ahora le pesaba la soledad, la falta de alguien con quien poder charlar o echar una partida de cartas y, además, la distancia al pueblo le disuadía de bajar al bar con el tiempo que hacía.
¿Tendrían razón sus hijos? ¿debería abandonar el cortijo y bajarse al pueblo?. Éstos y otros muchos pensamientos le rondaban por la cabeza hasta que decidió tomar algo e irse a la cama. Sin muchas ganas de ponerse a hacer de cenar, se preparó un tazón humeante de leche, tomó una hogaza de pan y cortó una buena rebanada que troceó para hacerse unas sopas como cuando era chico. Tras tan frugal refrigerio se dirigió a la lumbre, tomó con la badila unas paladas de ascuas y cargó el calentador de cama. Siempre había dicho que frente a la comodidad de la calefacción estaba el placer incomparable de unas sábanas calientes; le parecía que era  como retornar al claustro materno, tibio y acogedor.
Arrebujado entre las sábanas que olían al calor de las brasas, sus pensamientos se perdieron en los vericuetos del recuerdo, de los años felices de recién casados y de los años duros y difíciles de la posguerra; de la dicha de ver crecer a los hijos y el vacío de la ausencia de su amada esposa y, como tantas veces hicieran al caer la noche; en la soledad de la alcoba, comenzó a contarle los sucesos del día, sus preocupaciones y proyectos, sus dudas...

"... tú sabes, María, que los chiquillos quieren que me vaya con ellos o que me baje al pueblo, insisten mucho pero yo les digo; que si los animales... que si el huerto...  Te confieso que son excusas, nada de esto me ataría aquí.
Esta casa eres tú, y tú estás en cada rincón, en cada mueble, en cada tapete, en cada luz, en cada sombra.  Cuando me siento en mi silla de siempre me parece tenerte delante de mí, mirándome, mientras vas tejiendo tu labor de ganchillo.  Han sido muchos años convividos y hemos compartido tantos ratos buenos y malos. No puedo marcharme, necesito ver y tocar, respirar cada una de las partículas que, de tu espíritu, quedan impregnadas en todo aquello que rodeó nuestra vida en común..."

Arrullado por el ulular del viento, Eustaquio se fue quedando dormido dulcemente y le pareció volver a escuchar la voz de su esposa diciéndole:

"Buenas noches...  que descanses..."

Se quedó sumido en un sueño profundo y reparador mientras que el viento seguía cantándole su inacabable canción de cuna...





viernes, 3 de abril de 2015

La mayor mentira jamás contada

Hace tiempo que se me acabaron los relatos de colaboradores, pero ahora Mercedes me ha hecho llegar éste que publico.

LA MAYOR MENTIRA JAMÁS CONTADA

por: MERCEDES G PUERTA


Buzzz… buzzz… buzzzzzz… La alarma del teléfono sonaba insistente. Laura despertó sobresaltada, acabó con el ruido y sólo entonces recordó que no tenía que levantarse: era el primer día laborable de su vida en el que no debía ir a trabajar. Era un hecho; estaba jubilada. “Jubilada”, se dijo interiormente. No sabía si estaba alegre o triste, pero era una realidad que tenía que afrontar. 
Se volvió a meter entre las sabanas tibias. Había dormido mal durante la noche. Había soñado (o pensado, no estaba segura), pero se sentía cansada, muy cansada. 
Se había visto a sí misma con tres o cuatro años:
-Mamá, ¿por qué sale el Sol? Mamá, ¿por qué se hace de noche? No me gusta, está oscuro. Mamá,¿por qué, por qué, por qué…?
-Laura, déjame en paz y juega con tus cosas. Ya lo sabrás cuando seas mayor. 
Pero sus dudas nunca se quedaban resueltas. Más tarde, con ocho años, la gran desilusión cuando, al llevar su carta a los Reyes Magos e ir a dar un beso a Melchor le tiró sin querer de la barba y, sorpresa ¡se quedó con ella en la mano! ¡¡Qué susto!! A partir de entonces las cosas no fueron iguales, los juguetes ya no se movían por la noche y acabaron perdiendo todo su interés. 
Pasó a leer, primero cuentos y después libros, y entre príncipes y ranas por fin llegó su príncipe. ¡Qué guapo era! Lo vio al salir de clase. La verdad es que no le hizo ni caso, pero no le importó: ya caería, lo importante es lo que ella sentía por él. Y vaya si cayó, sí. Pero fue con otra chica de un curso mayor que el suyo, más mujercita. Odiaba la vida y tenía el corazón roto. Pero aquello también pasó. 
Por fin, terminó la carrera de Derecho, con muy buena nota. Nunca le faltó trabajo, y se esforzaba por hacerlo lo mejor posible. Pero siempre tuvo aquella duda: “¿Habré acusado a un inocente? ¿Quizás he defendido a algún culpable?”. Se daban casos tan complicados… Pero eso había terminado, ya no tendría que responsabilizarse de ningún caso, su conciencia estaba tranquila.
Se casó a los treinta años con un compañero de trabajo, no sabía si enamorada o no. Tuvieron dos hijos, Paula y Luis, que estudiaron cada uno lo que les gustó y un día dijeron “adiós, mamá, nos independizamos”. Otra vez con el corazón roto. “Es ley de vida”, le decían, pero ella sufría. Creía que sus hijos eran suyos, pero tampoco lo eran, y salieron de su vida para vivir las suyas propias. 
Fernando, su marido, y ella no tenían nada en común. Él hacía su vida y ella la suya. Se les terminó el amor, si alguna vez lo tuvieron, y así un buen día decidieron separarse de mutuo acuerdo y santas pascuas. Hola y adiós, nada más quedó después de veinticinco años de matrimonio.
Laura se estiró en la cama. Tenía que levantarse, era jueves, el día en que visitaba a su madre, quien se encontraba en una residencia desde que, con ochenta y cinco años, dejó de valerse por sí misma. Entonces, su hermano Antonio y ella decidieron internarla. Sería lo mejor para ella. O no, no lo sabía. 
Siguió dándole vueltas a esa duda mientras se duchaba y desayunaba. Se asomó al balcón y el aire fresco le sopló en la cara. Pero era un día soleado, así que decidió que iría paseando. Necesitaba respirar, y caminar. Hacía tanto tiempo que no lo hacía… a ver si se le aclaraban un poco las ideas. 
El edificio del geriátrico era grande, con muchas ventanas y un gran jardín trasero donde paseaban algunos residentes con paso cansino. En la recepción, como siempre, se encontraba Julia, la encargada de recibir a las visitas. 
-“Hola Julia”, dijo. “¿Cómo está mi madre, qué tal ha pasado la semana?”. 
-Buenos días, Laura. Está muy bien, un poco despistada, a veces, se confunde con sus recuerdos. Pero está bien de salud. Está en la terraza, como hace buen día ha pedido a la cuidadora que la sacara para tomar el sol.
-Gracias Julia –repuso-. Después nos vemos.
Salió a la terraza. Su madre se encontraba, sentada en su silla de ruedas. No la había oído llegar, y Laura aprovechó para mirarla despacio. Qué pelo tan blanco, la cabeza enterrada entre los hombros, las piernas delgadísimas tapadas con una manta, y las manos… Se fijó en las manos, llenas de manchas y arrugas, sin brillo. 
Le vino a la memoria el día que murió su padre. Ella tenía catorce años; Antonio, dieciocho.Y su madre fue el sostén de la familia, tan fuerte y resuelta…”Yo me encargaré de todo, vosotros a estudiar que es vuestro deber. Hay que seguir adelante. Es ley de vida”. Fue la primera vez que oyó la dichosa expresión. 
-Mamá, ¿te he asustado? 
-No, hija –Se le alegraron los ojos-. Estaba pensando en ti y en tu hermano. ¿Cómo estáis? –le preguntó mientras la abrazaba y besaba con todo el cariño de una madre. 
-¿Cómo estás tú, mamá? 
-Bien, hija, bien. Los dolores, los dichosos dolores. Pero no es nada. 
-Mamá, te voy a llevar a un médico que me han dicho que es muy bueno. Verás cómo te 
mejoras… 
-No, hija. Estoy harta de médicos y de tantas medicinas. No te preocupes, que estoy bien. Sólo es la edad. Es ley de vida. (Otra vez la misma expresión). Te tienes que ocupar de ti, después de toda la vida trabajando. Sal de viaje y pásatelo bien, que la vida se pasa pronto con sus luces y sus sombras. Quédate con la luz y aparta las sombras. Diviértete. 
-Mamá, ahora tendré más tiempo. Vendré más veces a visitarte. 
-Adiós, hija. Siempre te esperaré con los brazos abiertos. Besos para todos. 
Se separó de su madre y despidió a la recepcionista al salir. Volvió a casa deprisa, como si tuviese urgencia por hacer algo que antes no había podido hacer. 
Se colocó delante del ordenador. “Siempre quise escribir un libro”, pensó. “Un libro sobre la vida. Me faltaba el título, pero ya lo tengo: se llamará “La Vida es la Mayor Mentira Jamás Contada”. 
La vivas como la vivas, siempre termina mal, con la muerte. La única verdad es que nacemos y morimos, lo demás son esperanzas e ilusiones”.


viernes, 20 de marzo de 2015

Regreso sin retorno


Como soy algo friki, amante de la Ciencia Ficcion 

y de la Fantasía; es decir: De Asimov a Herbert 
pasando por Lem y de Tolkien a Pratchett pasando 
por Ende, no es extraño que escriba alguna cosa 
de este tipo. Esto puede ser un cuento o un relato, 
como se quiera, porque: ¿Dónde está la frontera?



REGRESO SIN RETORNO
Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

Desde que se descubrió y popularizó el viaje transtemporal los viajes al pasado por parte de estudiosos y Universalidades proliferaron.
La falta de profesionalidad y responsabilidad de algunos viajeros dieron lugar a imperdonables descuidos, olvidando en épocas muy remotas muchos objetos. La mayoría de ellos el tiempo y la erosión se encargaron de hacerlos desaparecer y no quedó ni rastro, pero otros permanecieron, si no intactos, en bastante buen estado, produciendo el consiguiente revuelo al hallarse en épocas a las que no correspondían.
De estos objetos fuera de tiempo destacan entre otros muchos: El martillo de Kingroode, el planeador de Saqqara y las esferas metálicas de Klerksdorp.
Cierto es que, tras estos descuidos y otras traumáticas experiencias en las que se constataron las adversas consecuencias en el futuro de una interacción incontrolada con el pasado, se adoptaron medidas tendentes a evitar las paradojas temporales y se prohibió tajantemente el contacto.
Sin embargo mucha gente afirmó haber sido contactada, y los numerosos avistamientos en la segunda mitad del S XX y principios del XXI, dieron lugar a la aparición de muchos iluminados, así como la eclosión de miles de sociedades ufológicas que perseguían toda noticia, testimonio o imagen de lo que ellos consideraban naves extraterrestres, también llamados OVNIS, UFOS o platillos volantes.
Frente a los ufólogos; aparecieron los escépticos, que negaban la veracidad de toda prueba, testimonio o imagen de avistamientos, alegando que: dadas las distancias a cualquier otro planeta hipotéticamente habitado y, aunque dispusieran de un nivel tecnológico más avanzado, eso era estadísticamente imposible y menos en las cantidades que los ufólogos aducían.
En vista de las repercusiones y temiendo el efecto que aquello pudiera suponer sobre el futuro, se limitó el número de viajes a lo estrictamente necesario; como máximo de diez al año por década de destino, de modo que el número de avistamientos pasó a ser prácticamente nulo. No obstante los grupos enfrentados en la interpretación extraterrena o no, siguieron por más tiempo a la greña, sin saber que ambos grupos tenían parte de razón.
Los avistamientos eran reales, y la imposibilidad de su procedencia extraterrestre también, puesto que los objetos procedían de nuestro propio planeta, sólo que del futuro.
Una de las expediciones a un pasado lejano, aún más lejano que a la época que acabamos de comentar, transcurrió tal como se cuenta a continuación.




Antes de que las leyes limitativas de los contactos fueran tan estrictas, el Profesor Roger Meredith Lindbergh, familiarmente conocido como Mer, Docto en Cronística Avanzada por la Universalidad de Noratlántico, quiso encontrar las raíces de su ilustre antecesor, el famosísimo pionero de la aviación de principios del Siglo XX, y decidió retroceder a finales de la década de los años treinta en que Charles había vivido temporalmente en la Gran Bretaña, y pensaba trasladarse después a Suecia de donde procedían sus ancestros. Para ello tenía que retroceder hasta finales del Siglo VI, siguiendo el hilo del apellido más allá de lo que ya recogían los antiguos registros.
Para retroceder al siglo VI debía extremar las precauciones y documentarse lo más posible, para lo que preparó un visócrono camuflado en una bola de cristal, como las que se suponía usaban los adivinos en aquella época. En ella se podría ver toda la información transferida de las bases de datos de su Universalidad, almacenados en su memoria de seiscientos exabites, pudiendo ver además, por medio de una nanocámara acoplada a una mosca drónica, todo aquello que sucediera a su alrededor e incluso a largas distancias.
Aparte de su estuche de supervivencia y reanimación, con el que podía hacer frente a cualquier enfermedad o herida, llevaba también un softoner camuflado en un anillo, que era capaz de fundir metales o hacer maleables las rocas más duras y paredes hasta el punto de poder atravesarlas.
Finalmente, como medida última de seguridad, acoplado a un sencillo cayado, llevaba un potente neolaser polivalente que podía actuar como una fuente de luz, un generador de efectos pirotécnicos de luces inocuas, o convertirse en el rayo más potente y mortífero que se pudiera pensar.
Había hecho copiar fielmente, de un museo de Göteborg, unas vestiduras que podrían pasar desapercibidas en aquella época tan remota, así como también un traje, gabán y bombín puesto que pensaba hacer una breve escala en el Londres de la primera mitad del S XX.
Antes de partir tomó una nanocápsula de Traslátor Cómplex que permitía, en forma bidireccional, traducir cualquier idioma de cualquier época, incluyendo los códigos no verbales de toda la Fauna posible, aunque en la época de su partida el número de especies animales supervivientes era escaso.
Ya en su laboratorio, tras vestirse apropiadamente para la primera etapa, subió a la nave; era un monoplaza discoidal de última tecnología porque, ya que el viaje era de riesgo, quería asegurarse la fiabilidad del vehículo.
Primero fijó las coordenadas de Londres y el año 1938; quería hacer ese primer salto más corto como prueba y, de paso, dar un paseo por el Londres que había conocido su antepasado, todo eso antes de saltar definitivamente a Suecia para hacer la investigación propiamente dicha.
Terminado el ciclo del salto, descendió de la nave que quedó oculta con un campo de difracción y se dispuso a dar un paseo por la ciudad que, desde el parque o pequeño bosquecillo en donde se había materializado, no estaba muy lejos, y la Torre se veía a menos de un kilómetro hacia la derecha.
Durante el breve paseo por las calles de los suburbios estuvo intranquilo, temía encontrarse con Charles o hacer algo que provocara una paradoja temporal que le influyera negativamente en el futuro, y también temía verse abordado o atacado por aquellas gentes miserables que se veían entre las chabolas, o sea que desistió de llegar hasta el centro de la ciudad, no habló con nadie y procuró rehuir cualquier encuentro.
Regresó muy pronto a su vehículo y, una vez dentro, respiró con alivio. El rastro que perseguía situaba su destino en la parte más meridional de Suecia, en algún pequeño poblado sito en un radio de cincuenta quilómetros en torno al actual municipio de Ystad, en la provincia de Escania. Fijó las coordenadas de Ystad y en el cronograma el año 570, activó el inicio y a los pocos segundos sonó la indicación de proceso finalizado.
El desplazamiento espaciotemporal parecía que había trascurrido sin incidentes, así que vistió las ropas que llevaba preparadas, tomó su cayado, cargó en un zurrón de piel de conejo la bola de cristal y el estuche de supervivencia y descendió de la nave.
El paisaje había cambiado; en lugar del bosquecillo se encontraba en el borde de un tupido bosque, junto a un camino y campos de cultivo.
Salió del bosque al camino carretero que estaba bordeado de verdes prados. Por el camino circulaba un carro y varios jinetes en ambas direcciones, y justo a la orilla, en uno de los prados, segando pasto con una enorme guadaña estaba un campesino y Mer le preguntó.
-Buenos días, ¿sería tan amable de indicarme si queda muy lejos algún poblado?
- Buenos, forastero, sólo unas pocas millas
- ¿En qué dirección?
- Siga usted a esa carreta que acaba de pasar, va hacia allá
Y Mer se puso en camino en pos de la carreta, esperando que aquellas pocas millas que le había

 dicho, fueran efectivamente pocas.
Más adelante llegó a una bifurcación del camino y no supo en qué dirección seguir.
A un jinete que pasaba por allí le preguntó
- Por favor, caballero, ¿Sería tan amable de decirme a dónde conducen estos caminos?
- Con mucho gusto, señor; por el de la izquierda llegará a la colina sagrada de Tor y el de la derecha conduce a Camelot.
Aquellas palabras fueron como un mazazo para Mer.
- ¡He fallado la traslación espacial! Sí que he saltado de Londres pero a muy corta distancia, ¡Pero si las coordenadas las había fijado correctamente, debía de estar en Ystad! Y ahora me encuentro en la tierra de las Leyendas Artúricas y justo en el origen de las mismas.
No había podido detectar el error por el idioma del campesino, puesto que para él cualquier lenguaje, gracias al efecto del Traslátor, resultaba transparente en ambos sentidos; él lo percibía todo en Universal, del mismo modo que todo lo que él hablaba en Universal al oyente le sonaba en su propia lengua.
O el campesino le había engañado o se había producido un malentendido porque, al regreso, pudo divisar a lo lejos una ciudad bastante grande junto al río, pero en sentido contrario al que había ido tras la carreta. Cayó en la cuenta de que había preguntado por un poblado y no por una ciudad. Con aquellos britanos antiguos había que hilar muy fino al hablar.
Regresó apresuradamente a la nave para reintentar el desplazamiento a Suecia; sólo se requería el salto espacial ya que la época sí era correcta y si eso no era posible tendría que regresar a su laboratorio para mandar reparar el vehículo.
Introdujo nuevamente las coordenadas en el sistema, inició el proceso y cuando recibió la señal de ciclo terminado se asomó al exterior, pero se encontraba en el mismo bosque, con el mismo camino y el mismo campesino segando pasto, el salto espacial estaba definitivamente averiado y sólo quedaba regresar a su época y, si no era posible a su laboratorio, siempre podría hacerse llevar el vehículo desde Londres.
Puso en reinicio los sensores de tiempo, y arrancó la secuencia regresiva que le devolvería, por lo menos, al momento del inicio de su viaje, esperó la señal y se asomó, confiando encontrarse, si no en su laboratorio de la Universalidad, por lo menos en el día mismo de su partida, pero volvió a ver los mismos árboles, los mismos campos y un campesino segando. Con la esperanza de que no fuera el mismo campesino aguardó un rato a ver si pasaba por la carretera algún vehículo o, surcando las nubes, una aeronave, pero sólo vio una carreta, y otra, y dos jinetes, y otra carreta...
No tenía solución, era un náufrago en la marea del tiempo, sin esperanzas de rescate y debía sobrevivir en aquel mundo primitivo.
Resignado a su destino, puso en marcha el visócrono y se pasó días asimilando todos los conocimientos de la época, tanto datos históricos contrastados, como las leyendas Artúricas por más descabelladas que fueran.
Sabía perfectamente que su paso por aquella época ya había sido fijado por la historia y que él debía pasar a ser algún personaje totalmente anodino en el devenir de los acontecimientos, o bien un personaje cualquiera de la leyenda; lo que de ningún modo podía hacer era asumir la personalidad de alguien preexistente, debía encontrar su lugar en aquella sociedad, un personaje que formara parte de la historia o la leyenda pero del que no se tuvieran antecedentes antes de su llegada, un personaje que hubiera aparecido de la nada, sin referencia alguna a su infancia, juventud, familia, amigos, ... Debía reunir ciertos requisitos que ya estaban escritos y habían dejado su señal a través de los siglos.
Se enfrascó en un análisis exhaustivo de todos los personajes, tanto históricos como de ficción y, finalmente, encontró uno que daba el perfil, que cumplía los requisitos y si no asumía él el papel todo aquello que se había dicho de ese personaje dejaría de cumplirse y daría lugar a una paradoja, puesto que su historia ya estaba escrita antes aún de decidir asumirla.
¿Quién si no podría ser aquel personaje misterioso, sin historia, que hacía cosas consideradas en aquel tiempo de prodigios, que posibilitó la extracción de una espada clavada en una roca, que hablaba con los animales y que, curiosamente, era conocido por un nombre que derivaba de sus propios apellidos?
Tomó su cayado y su zurrón y, tras licuar su vehículo con el softoner y hacer que se hundiera en las profundidades de la tierra para no dejar rastro, emprendió pesadamente el camino hasta llegar a la bifurcación, en donde siguió por el de la derecha y se perdió a lo lejos.

No se sabe más que lo que cuentan las leyendas, pero, si algún día Roger Meredith Lindbergh lograse regresar a su laboratorio de la Universalidad, seguro que nos podría contar muchas cosas de aquella época oscura y romántica.

sábado, 7 de marzo de 2015

EL DÍA EN QUE YO MUERA un relato de Belén Villalba



Con este relato de Belén Villalba doy remate a los que tenía en la web. Éste será el último que publique - no tengo más - a no ser que alguien me envíe alguno nuevo.





EL DÍA EN QUE YO MUERA


" El día en que yo muera no quiero flores ni sepelio, que nadie llore por mí".
Era su mejor frase, quizá por el misterioso sinsentido que Él tenía de la vida.
A decir verdad, todo Él era un misterio; su extremada delgadez permitía reconocer uno a uno todos los huesos de su cuerpo siempre cubierto con peculiares ropajes negros propios del siglo anterior. Su pelo, negro como el azabache y largo como la crin de un caballo al viento.
No obstante, lo que más llamaba la atención eran esos ojos negros tan profundos y penetrantes con los que analizaba hasta el más mínimo detalle de todo cuanto observaba; y cómo no, su inexplicable trascendentalismo. Hablaba como un auténtico orador. Sus palabras estaban cargadas de un colosal magnetismo nada terrenal, algo que escapaba a la comprensión humana sin su ayuda.

Para Él la vida era como un tren que parte de una estación, y sigue vagando por tortuosos caminos hasta llegar a su destino: la muerte, y a partir de ahí volver a empezar, tomar otro tren y otro; estaba totalmente convencido de la inmortalidad del alma.
Recuerdo como si fuera ayer mismo una de las últimas noches que pasó con nosotros.

Estábamos todos reunidos en el legendario "Cortijo de la Basilisa", un tremendo caserón incomunicado. Qué mejor sitio para tratar temas escabrosos que una antigua casa deshabitada.
Nos juntábamos allí todos los sábados por la noche para dialogar sobre el sentido de nuestras vidas, siempre guiados por Él, nuestro maestro.
El lugar elegido, el salón. Este habitáculo estaba inundado de un tremendo misticismo. El mobiliario, prácticamente inexistente, consistía en un carcomido y chirriante juego de sillas, y una barra decorada con extraños dibujos que rozaban lo absurdo. Las paredes, decoradas con jeroglíficas pinturas carentes de significado, estaban cubiertas de ancestrales telarañas.
Aún cuando cierro los ojos puedo sentir aquél momento, todos sentados en los rancios aposentos. Sobre la barra, tres botellas semivacías de Jack Daniela, la luz de las velas proyectando extrañas sombras por toda la habitación, como si de pequeños duendes se tratasen, y la excepcional banda sonora que para nosotros había preparado la naturaleza con el terrible silbido del viento azotando la mansión. Dedicábamos parte del tiempo a escuchar sus susurros, intentando captar el mensaje que nos estaba recitando.

El recién llegado se introdujo en nuestra conversación, quizá olvidó que sólo hay que hablar cuando las palabras valgan más que el silencio; su peculiar sentido de la vida no tenía cabida en esa reunión en la que lo que menos importaba era el materialismo del que tanto alardeaba.
Todos abuchearon sus palabras menos Él; permaneció impasible con la mirada fija en la luz de las velas; bebió un trago, encendió un cigarrillo, y sin inmutarse ante las sandeces del recién llegado, como si de un profeta se tratase, le contestó:

" Nunca se acertará a entender el verdadero sentido de la vida si no conseguimos  entender primero a cuantos nos rodean. Verdaderamente nunca se llegará a entender por completo, porque nuestra vida es un sueño, y como tal no tiene principio ni fin, no posee trabas porque es irreal.
Es un juego que no hay que tomarse en serio, porque nunca saldremos, y cuando lo hagamos…
El día en que yo muera no quiero flores ni sepelio, que nade llore por mí, porque yo estaré con vosotros esperando a que os reunáis conmigo para jugar una nueva partida."
Bebió otro trago y siguió fumando. Ninguno habló y ninguno entendió lo que nos estaba diciendo.
Era un día cualquiera, de no sé qué mes, hace ya más de un año. Esa mañana una espesa capa de niebla cubría el valle del pueblo sobre el que volaba una tremenda bandada de cuervos como nunca antes ví; no era normal. Algo estaba sucediendo, algo que cambiaría mi vida para siempre.
Desayuné y salí camino del trabajo como solía hacer todos los días. Un extraño e indescriptible sentimiento me sobrecogió, hasta que una de esas tenebrosas aves se posó sobre mi hombro. Entonces todo cambió, sentí una extrema paz interior. No dejaba de escuchar una y otra vez la frase que Él tantas veces repitió: " El día en que yo muera no quiero flores ni sepelio, que nadie llore por mí".

Guiada por una fuerza sobrenatural comencé a caminar hacia la que fue su morada, trémula de lo que había sucedido.
La casa, levantada con multiformes piedras de grandes dimensiones constaba de tan sólo tres departamentos, suficientes para una persona que nunca recibiría a nadie a quien hospedar. En la cocina mugrienta colgaban arcaicos cazos de madera que Él mismo talló; había cientos de ellos, la mayoría carcomidos por el paso del tiempo y la falta de uso.
Un viejo hornillo hacía las veces de cocina y de brasero en los fríos días de invierno. Separada por una cortina roída por las ratas se encontraba la habitación, donde había un ancestral catre cubierto con una no menos ancestral colcha tejida con harapos. El mobiliario estaba tan desgastado como su cuerpo; únicamente había dos mesitas y un viejo armario del que no colgaba absolutamente nada. Al llegar a la puerta me detuve un instante, lo justo para que el animal, que en ningún momento se había separado de mí, desapareciese por los entresijos de la vivienda.

Atravesé el umbral y detecté un penetrante olor a azufre que se hacía más y más fuerte según me acercaba a su habitación. Allí estaba Él, postrado en el arcaico tarimón con los ojos hundidos, esos ojos que siempre me atravesaban hasta el pensamiento, ahora me miraban con tristeza y desesperación.
Caí de rodillas ante Él, suplicando que no me abandonara; tardé demasiado tiempo en darme cuenta de lo que realmente sentía; no era únicamente admiración, era amor, un amor infinito que nunca se manifestó en mí hasta ese momento. Mis ojos se humedecieron, y antes de caer la primera lágrima empezó a citarme su frase, una y otra vez, una y otra vez…

Esa pequeña porción de agua salina comenzó a resbalar por mi pálida mejilla, y justo cuando iba a hacer contacto con el suelo, una luz cegadora inundó toda la habitación, como si de un impresionante juego de fuegos artificiales se tratase. Me resultaba prácticamente imposible vislumbrar lo que estaba sucediendo, hasta que poco a poco la luz se fue disipando; realmente estaba siendo absorbida por algo que permanecía oculto al lado de Él.
Entonces surgió, de la nada, el cuervo que antes me había guiado hasta allí.

En una fracción de segundo, sin apenas darme tiempo a reaccionar, se lanzó en picado hacia Él y comenzó a devorarle las entrañas. Yo permanecí inmóvil ante el macabro espectáculo, estaba horrorizada, no pude gritar, pero sí Él; en una exhalación emitió un agudo y penetrante quejido que finalizó cuando la bestia, con todo el plumaje teñido de sangre desapareció llevando su corazón aún palpitante en el mortífero pico.
Allí estaba yo, en medio de esa terrible escena. La habitación se quedó en silencio, un silencio sepulcral, bañado de muerte.
Salí corriendo de ese infierno, estuve horas y horas dando vueltas como una loca.

Era incapaz de asimilar lo sucedido; era imposible, fuese donde fuese seguía oyendo sus agónicos alaridos.
Cuando recuperé la lucidez, regresé a mi casa; al llegar ví al animal esperándome en la puerta, no podía dar crédito a mis ojos, era como una pesadilla que no tenía final. Grité y grité pero nadie me oyó. No recuerdo el tiempo que duró esa agonía, pero sé que paró cuando pude mirarle a los ojos, ¡Dios!, era Él.

Sería imposible tratar de describir ese instante, ese sentimiento estremecedor. Levantó el vuelo y se dirigió hacia mí, pero a pesar de lo que le había visto hacer antes no tenía miedo, sabía que nada me podía suceder, Él nunca me haría daño; y así fue, se limitó a volar a mi alrededor para terminar posándose sobre mi hombro, como antes ya había hecho.
Volví a mirarle, consciente de que lo que me estaba sucediendo se escapaba de los límites de la naturaleza; era la innegable afirmación de que lo que nos había enseñado todas esas noches de tertulia no eran meras cavilaciones de un paranoico.
Cuando encontraron el cuerpo, nadie pudo dar jamás una explicación lógica de lo que había sucedido.
Siguiendo las instrucciones que Él tantas veces nos había dado en vida, le enterramos sin flores ni sepelio; nadie lloró por Él, al menos exteriormente.

Mientras el enterrador terminaba de colocar el último ladrillo, la lluvia no cesaba de azotar mi rostro descompuesto por el cansancio, el sufrimiento y, porqué negarlo, la impresión.
Tratar de buscar una explicación a lo que había sucedido sería difícil, pero tratar de buscar un sentimiento concreto sería imposible.
Podría ser tristeza, lo era; podría ser dolor, lo era; podría ser terror, sin duda también lo era.
Lo que allí sucedió ese día es algo que cambió mi vida para siempre, tanto que en mi corazón nunca dejará de llover, pero aunque sé que permanecerá a mi lado, será una lluvia de tristeza y dolor, una lluvia constante e interminable de lágrimas.

Yo era la única que sabía la verdad, su verdad.

lunes, 2 de marzo de 2015

El mejor relato jamás escrito, original de Ernesto Tubía Landeras



El amigo Ernesto me envió este relato para la web "todocuentos.net" y ahora lo pongo aquí. GRACIAS




EL MEJOR RELATO JAMÁS ESCRITO

 Fin.
      Concluyó su relato y comenzó a examinarlo minuciosamente a la busca de algún error ortográfico que pudiera haber cometido en alguno de los descuidos que propiciaban sus trances narrativos en los que se abstraía completamente de todo cuanto le rodeaba, y se sumergía en un mundo en el que las palabras le alcanzaban sin compasión, hasta que eran trasladadas a la pantalla de su ordenador portátil en un tecleo continuo y acelerado.
No creía en las musas. Para el no existía mayor inspiración que dejarse empapar por las palabras que formaban frases por si mismas en el interior de su cabeza, para acabar componiendo frases que finalmente se transformaban en historias cuya trama se resolvía sin la premeditación propia de una elaboración anterior, sorprendiéndose del cariz que tomaban los hechos a medida que sus dedos pulsaban el teclado y las palabras aparecían como por arte de magia sobre el fondo blanco del documento de Word.
      Tras una hora de exhaustivo análisis descubrió asombrado como en la totalidad del texto no existía ni un solo error. Cada acento, cada coma, todo era simplemente perfecto. Ni siquiera una palabra en la que hubiera olvidado teclear una letra. Nada.
      Decidió imprimir el documento y sentarse sobre su viejo sillón a deleitarse con la nueva obra que su extraña inspiración le había regalado.
La impresora comenzó a escupir folios, y el los iba recogiendo uno a uno colocándolos en un escrupuloso orden en el que ninguna esquina de los folios debía sobresalir del resto. Era un ritual que practicaba cada vez que pasaba a papel alguno de sus relatos, y que con el tiempo se había convertido en una superstición de la que no podía desprenderse.
Con los folios perfectamente alineados y grapados por su margen superior izquierdo, se tumbó sobre el sillón y con la novena de Beethoven de fondo pasó el resto de la tarde leyendo una y otra vez su nueva obra. Cada vez que concluía su lectura volvía a comenzar, regresando a la primera página donde un enorme espacio en blanco en la parte superior esperaba impaciente a que decidiera el título con el que le bautizaría una vez lo tuviese completamente decidido, y que era otra de sus más añejas costumbres. Jamás daba título a una obra sin antes haberla leído un par de veces, tras hacerlo decidía el título, y con su inseparable pluma y una esmerada caligrafía escribía su elección en el espacio en blanco que dejaba al comienzo del primer folio a tal efecto.
 Una  amplia sonrisa iluminó su rostro. Había escrito con anterioridad historias que a su humilde opinión eran merecedoras de elogios, pero ahora estaba seguro de haberlo conseguido, por fin había escrito una historia que a él se le antojaba como el mejor relato que nunca hubiera conseguido escribir. Ni siquiera en los momentos de mayor inspiración anteriores había logrado conjugar tan fluidamente los verbos, había logrado determinar cuales debían ser las palabras exactas para determinar las acciones precisas, un desarrollo milimétrico sin un solo cabo suelto, y un final deslumbrante que convertía los finales de sus relatos anteriores en vulgaridades completamente triviales.
      Regresó a la impresora e imprimió tres copias más de su obra, no deseaba que por algún error informático como los que sufría con frecuencia dada su inexperiencia su gran obra se perdiera con la salvedad de la única copia impresa con anterioridad.
Cumpliendo con su ritual a la hora de ordenar los folios, guardó las tres copias realizadas en tres ubicaciones diferentes de su casa, a fin de que si algún día no lograba recordar alguno de los lugares donde guardaba uno de ellos,  si que pudiera recordar donde se encontraban los demás.
Se tiró de nuevo sobre el sillón y leyó una vez el reciente relato sintiendo como a cada palabra que sus pupilas analizaban su excitación era mayor. Se estaba enamorando de sus palabras, de las frases que ellas formaban, de la historia que finalmente se detallaba.
      Quería acostarse con esas palabras, hacerle el amor a todas y cada una de las sílabas que se unían de forma graciosa y atractiva sobre el temido folio en blanco. Sus suspiros se fueron tornando en jadeos a medida que sus dedos acariciaban las esquinas de los folios, o se deslizaban sobre la tinta impresa con la misma delicadeza que si lo hicieran sobre los sonrosados pezones del pecho de la mujer que más hubiera deseado durante toda su vida.
Creía que quería hacerle el amor a esa historia pero descubrió que en realidad no se trataba de eso, no es que quisiera, necesitaba follarse ese relato. Sentir sobre su excitada piel el contacto del papel y como la tinta se levantaba a merced del sudor y empapaba su piel tiñéndola de negro, para después introducirse dentro de él a través de los poros de su piel, y entonces aquel maravilloso relato, el mejor que jamás hubiera escrito, formaría parte de su interior.
      El ruido de la ciudad atravesó la ventana abierta de su salón y comprendió que ahí fuera existía un mundo que aun no era consciente de la creación de esa obra, y que se arrodillaría ante él cuando dejara que sus ojos contemplaran las mejores líneas nunca escritas.
Pero entonces una sensación que nunca había experimentado le invadió. Siempre creyó que el mayor deseo de un escritor es ser leído por la mayor cantidad de lectores posibles. Que sus obras se tradujeran a miles de idiomas que permitieran su comprensión más allá de cualquier frontera que el hombre hubiera levantado para impedir un paso que solo la cultura podía derribar. Pero ahora no estaba seguro de querer que eso fuera así.
Acababa de concluir la escritura del mejor relato jamás escrito en la historia de la humanidad y creyó que era demasiado bello, demasiado perfecto, con demasiado talento encerrado entre sus líneas como para que cualquier estúpido ávido de lectura pudiera apoderarse de su contenido por el simple hecho de pasear su mirada sobre aquellos folios que casi se le antojaban celestiales, divinos, oníricos, como si todo lo que en ellos se relataba no hubiera podido ser creado por unas manos y un cerebro de este mundo.
      Determinó que su obra maestra nunca sería contemplada por otros ojos que no fueran los suyos, no quería que mentes menores pasearan su mirada por aquellas páginas sin ser capaces de comprender todo el arte que encerraban, y llegaran al final del relato creyendo que simplemente acababan de leer una historia como tantas otras.
Entonces un gran temor le atrapó. Tal vez alguien pudiera colarse en su ordenador a través de la red y robar su obra. Se oían casos a millones todos los días, se vivía en la era de la globalización, y un niñato del otro extremo del planeta podía introducirse en la memoria de su portátil saltándose cuantas contraseñas se encontrara a su paso con una facilidad asombrosa.
Salió corriendo del salón tropezando con la mesita donde descansaba una de las copias, y se colocó delante de su ordenador donde en cuestión de segundos borró el relato impidiendo así que nadie lo extrajera sin su aprobación. Aprobación que ya había decidido nunca otorgaría a nadie.
      Pero eso no era todo, aun quedaban cuatro copias impresas en papel. La inicial, y las tres restantes que había escondido por su casa y que podían ser presa de algún ladrón que decidiera entrar a robar en su casa, y tras observar que carecía de objetos de valor, se llevara alguna de las copias a fin de tener algo de botín y no caer en la frustración de un golpe fallido.
Que peor suerte para la mayor obra de la humanidad que acabar en manos de un delincuente común sin más beneficio que el de asolar vivienda tras vivienda, y que posiblemente nunca hubiera pasado de leer algún cómic en su niñez, o prensa deportiva en su edad adulta. Finalmente su relato caería en el olvido en el cajón más remoto y descuidado del hogar del ladrón, o sería pasto del contenedor de papel reciclado cuando se cansara de albergar en su casa unos folios para los que ni siquiera había tenido tiempo de leer, privándose de la lectura que con la mentalización adecuada podía cambiar su vida.
Uno a uno fue destruyendo todas las copias que anteriormente distribuía por los diferentes habitáculos de su austero hogar. Los redujo a ínfimos trozos de papel, y luego los tiró en diferentes lugares. Algunos de ellos los arrojó sobre la papelera que reservaba al papel y que luego destinaba a la recogida ecológica, otros los desechó junto a la basura orgánica, y el resto los arrojó al retrete para ver como eran alimento de las cañerías cuando accionó la bomba del baño consciente de su triunfo.
Así dispersos, aunque alguien consiguiera aunar algunos de los trozos le sería del todo imposible unir las piezas que conformaran de nuevo su historia, su mejor relato, la mayor obra maestra de la historia de la humanidad, estaba seguro de que así era.
Regresó al salón y cogió entre sus sudorosas manos la última y única copia que aun quedaba. La última muestra de que alguna vez esa historia había sido escrita, y contemplando el espacio en blanco que reservaba para el título decidió que por primera vez desde que comenzó a escribir, dejaría sin titular uno de sus relatos.
Algo sin nombre es como si no existiera, y eso era lo que deseaba. Que un mundo estúpido no lograra ensuciar su arte con sus ojos estúpidos, con sus manos estúpidas, que no babearan estúpidamente mientras lo leían.
Pero aun quedaba esa última copia, y era consciente de que no podría protegerla infinitamente. Cualquier mínimo descuido podía hacer que acabara en unas manos indeseables, o el día en que él falleciera esos hijos que ya nunca llamaban ni tuvieron tiempo así como paciencia para deleitarse con una de sus anteriores creaciones, lucharían entre ellos a brazo partido por hacerse con ese reducido número de folios que podía cambiar la forma de entender el arte en el mundo.
      Tres días sin dormir ni un solo minuto fueron suficientes para que como si fuera un autómata grabara en su mente el relato por completo. Cada párrafo, cada palabra, donde estaba situado cada punto y cada coma. Lo recordaba como si hubiera impreso una copia más y la hubiese grapado sobre su cerebro.
Ya estaba preparado para la destrucción final, y en trozos pequeños y perfectamente recortados, engulló uno a uno los folios que formaban su relato dejando que su paladear saboreara la amarga tinta con la satisfacción de alimentarse de cultura, única ambición que había anhelado durante toda su existencia.
      Ahora todo había acabado. El era el mejor escritor del mundo, pues había escrito el mejor relato jamás creado, y era solo suyo. Nunca vería la luz para que otros muchos intentaran adueñarse de sus enseñanzas, o basaran en él futuras obras de dudosa calidad lingüística.
Pero la humanidad es cruel e instintiva como animales salvajes, y seguramente alguna de esas bestias que rondaban en las calles bajo apariencia humana pudieran leer en su mirada lo que su cerebro albergaba como el mayor tesoro que cualquier cerebro pudiese esconder. Y su última decisión fue que en lo que le quedaba de vida, fuera mucha o poca no volvería a enfrentar su mirada con la de nadie, y desde ese preciso instante nunca volvió a salir de las cuatro paredes que delimitaban su vivienda, su fortaleza. Su tumba.
      Pasado un mes desde la creación del mejor relato jamás escrito, su creador fue encontrado muerto sentado sobre su viejo sillón después de que los vecinos alertaran a las autoridades del desproporcionado hedor que se desprendía de su interior.
Fue enterrado en el mayor de los olvidos sin más presencia que la del sacerdote que se encargó del oficio, y los empleados municipales que se ocuparon de colocar la losa sobre el féretro.
      En la lápida no había fecha de nacimiento ni de defunción, tampoco fotos que eternizaran su rostro, ni tan siquiera un nombre o apellidos que identificaran a quien descansaba eternamente bajo aquella pesada losa.
Sobre el sencillo granito que formaba su lápida tan solo se leía una leyenda que resumía su existencia.
  
Enfermó de vanidad,
y murió de egoísmo.
Pudo ser cualquier cosa,
pero decidió consumirse en la nada.