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miércoles, 8 de abril de 2015

Viaje al Sol

Viaje al Sol






¿Le apetece a alguien una patata asada con energía solar o una bolsa de pipas?. Este cuento es el penúltimo de "Dos docenas de cuentos frescos" y el último de tamaño "L"

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El Capitán Intrépid estaba aburrido tras permanecer un tiempo en dique seco, y se empeñó en una nueva y arriesgada misión.
Pretendía comprobar si era posible llegar al Sol y que en su cara nocturna, ya que consideraba que tenía otra cara oscura y fría que mostraba por la noche, podían cultivarse las solanáceas. Así que preparó su nave, cargó unos sacos de patatas para siembra, unas bolsitas de semillas de berenjena y pimiento y, por tener forma de sol y una gran atracción por el astro rey, llevaba también una gran bolsa de pipas de girasol.
Izó la velas y, mano al timón, emprendió el vuelo hacia el espacio abierto. La nave comenzó a elevarse y dejar atrás el puerto. La gente se agitaba a sus pies y se veía diminuta hasta que un grupo de nubes ocultó la tierra. El viento solar, de momento, era favorable hasta entrar en órbita, así que largó todo el velamen y esperó a llegar a la altura apropiada para fijar el rumbo al Sol.
Una vez en órbita estacionaria preparó todo para navegar a barlovento, contra la dirección del viento solar que debía inflar las velas, recogió el ancla orbital y emprendió la larga travesía que le esperaba.
Fueron días aburridos en los que se dedicó a prepararlo todo para cuando se aproximaran al Sol, porque el viento sería mucho más potente y el calor abrasador.
Al pasar por las proximidades de la Luna una nave de Piratas Lunares se acercaba con intenciones de abordar su bajel, y el Capitán les largó un cañonazo de ADVERTENCIA, por lo que al estallar la bala del cañón, ametralló a los piratas con fragmentos de A, D, V, E, R, T, E, N, C, I y A, con lo que los piratas tuvieron que regresar a la Luna con las manos vacías y su nave acribillada por la metralla.
La distancia que faltaba por recorrer era enorme y el vacío del espacio helado. El Capitán puso en marcha los acumuladores de frío recogiendo todo el que podía para usarlo luego cuando estuvieran más cerca al abrasador calor solar.
Durante ese trayecto, aparte de un encuentro con una Bruja del Vacío que pasó muy veloz montada en su cometa, como las brujas de tierra lo hacen sobre sus escobas, no hubo muchas cosas que resaltar. 
En el Puente, el Libro de Bitácora y el Sextante tuvieron la siguiente conversación.
- ¿El capitán está loco o qué? –dijo el sextante - ¿a quién se le ocurre ir hacia el Sol?, nos abrasaremos.
 - No lo creo, el Capitán ha escrito en mí que piensa llegar por la noche, para atracar en la cara fría y oscura, en el lado que no se ve desde la Tierra. Así que no te preocupes que él ya sabe lo que tiene que hacer.
Ya estaban muy cerca de su destino pero tenían enfrente la cara ardiente y el calor en el puente de mando era ya casi insoportable. El Capitán puso en marcha la refrigeración con todo el frío acumulado durante el largo viaje por el vacío y, durante unos días la temperatura fue más soportable, pero las reservas de frío se iban agotando y la cara oscura del Sol no aparecía, siempre estaba enfrente la cara ardiente y comenzó a subir la temperatura hasta niveles tan alarmantes que el Capitán pensó en regresar, pero aún tenía la esperanza de poder sembrar la cara oculta con todo lo que llevaba. Revisó el saco de patatas y las bolsas de semillas y descubrió que con aquel calor se habían vuelto inútiles para la siembra.
Las patatas estaban asadas y, aunque deliciosas como pudo comprobar, no servían ya para otra cosa que para comérselas, las pipas de girasol estaban tostadas y, aunque sin sal, estaban en su punto, y las demás semillas debían haber seguido el mismo camino. Así que era inútil empeñarse en llegar a su destino y, rápidamente, tomó el timón y puso el barco en dirección a sotavento y el fuerte impulso del viento solar le envió a una enorme distancia en pocos minutos. Mientras tanto, el Capitán almacenó todo el calor del Sol que pudo para la calefacción durante el viaje por el vacío.
Sin más incidentes que resaltar, salvo una invasión de los Monos de los Meteoritos, que tuvo que dispersar a guantazos, y un nuevo intento de asalto de los Piratas de la Luna, a los que repelió nuevamente con un cañonazo de ADVERTENCIA, llegó a puerto en donde fue recibido multitudinariamente, como un héroe.
En la recepción que le concedió la Reina, le hizo obsequio de una bolsa de patatas asadas y un cucurucho de pipas que fueron muy del agrado de la soberana, que le condecoró con la medalla del Sol y las Estrellas.
Y allí quedó en el puerto, en dique seco, soñando con nuevas expediciones como: ordeñar a la Vía Láctea o pescar Piscis en Acuario.






jueves, 26 de marzo de 2015

Tim y los alienígenas

De "Dos docenas de cuentos frescos" uno de talla L



Tim y los alienígenas

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Sobre la granja en que vivía Timoteo, al que llamaban Tim y nosotros también le llamaremos así, cada noche había un espectáculo de luces. Tim, que era un niño muy curioso, se apostaba en la terraza con un catalejo para ver a qué se debía aquel despliegue de objetos luminosos, y cada noche se iba a dormir decepcionado porque, aunque veía las luces y sus erráticos movimientos, no podía distinguir qué se ocultaba tras aquellas exhibiciones aéreas.
Cierta noche, una de aquellas luces descendió al prado que había frente a la granja, donde los caballos solían pastar. Una figura de una fosforescencia verde se acercaba, y Tim se quedó paralizado, no se podía mover y se quedó allí muy quieto viendo acercarse a aquella figura que tenía aspecto de lagartija, y escuchó:
- XRPTLÑ LXÑPTZÑY 
Tim, paralizado como estaba, no pudo más que pensar:
- ¡Dios mío!, ¿qué bicho es éste?
Aquel ser se acercó y le puso algo como dos tapones en los oídos, entonces pudo oír:
- Yo no soy ningún bicho como estás pensando, Soy Juan Gómez y vengo de un universo paralelo
- No puede ser – pensó Tim – Estoy soñando
- Pues sí puede ser y no estás soñando. Acabo de llegar desde las mismas coordenadas en mi universo, y veo que aquí sois diferentes, pero esto también debe ser España, ¿No? 
- ¿Como que somos diferentes?, ¡El que eres diferente eres tú!
- Ya veo que vosotros habéis evolucionado a partir de los primates, pero nosotros lo hemos hecho a partir de los saurios. ¿No te lo crees?, pues te invito a un viaje en mi disco y veras en donde vivo.
Lo tomó de la mano y Tim no se resistió. Lo llevó a su nave, que era como esos platillos volantes que salen en las películas y los cómics, treparon por una rampa y se encontraron en una sala brillantemente iluminada. Por allí no se veía a nadie más y Tim pensó que debía ser una nave privada de uso individual, aunque había dos butacas extrañas con un agujero en la parte de atrás del asiento. Juan le hizo sentar en una de ellas y le abrochó un cinturón. Él también se sentó en la otra butaca, acomodando su cola, y Tim comprendió la utilidad del agujero. Un panel con botones luminosos en varios colores extraños se extendió desde la pared y manipuló unos cuantos de ellos. Hubo como una sensación de vértigo y como un apagón que duró escasos segundos.
El panel de los botones se replegó y desapareció en la pared frontal, Juan se levantó, le soltó el cinturón y le invitó a seguirle. Cuando estuvieron fuera, al aire libre, Tim inspiró y todo le olía como en su granja. 
Allí era de día, bien de mañana, mientras que acababan de partir en la nave cuando era recién anochecido.
Enfrente había una casa parecida a la suya, tirando de un arado vio algo así como una especie de gorilas, aunque también vio un carro tirado por caballos.
Tim no tuvo que decir nada, sólo lo pensó, pero Juan supo lo que pensaba y le dijo:
- No te preocupes por tus antepasados, los tratamos bien y no les falta el alimento, el descanso y la diversión.
Quien conducía el carro era una especie de lagarto verde, igual que el que manejaba el arado y que Juan, aunque presentaban algunas diferencias en cuanto al tamaño y las extremidades; los dos se le quedaron mirando sorprendidos. Tim pudo oír lo que dijeron:
- ¡Vaya! ¿Qué bicho es ese que te traes?, ¡Ah! Perdona que te llamemos bicho, no te ofendas, pero es que no sabemos ni tu nombre ni lo que eres.
 Juan les aclaró todo y se lo llevó a casa. Todo parecía igual que en la suya, salvo pequeños detalles; como las sillas, que eran parecidas a las de la nave y también los sillones y camas. La televisión la veía borrosa y de unos colores que le dañaban la vista, hasta que Juan le puso unas gafas especiales y pudo ver un programa en que unos lagartos debatían sobre si los circos deberían llevar monos o no, y si se permitían las corridas de rinocerontes.
Se acercaba la hora de comer y, puesta la mesa, Juan sacó de la cocina unos cuencos con una sopa de verduras que estaba muy buena. Lo que Tim no quiso ni probar, aunque le dijo que eran muy frescas y crujientes  fueron unos rollitos de pasta rellenos de verduras y empanados con caviar de hormiga enana.
Después de comer fueron a los corrales y ensillaron un Pterix que estaba comiendo en un pesebre, Juan dijo:
- No te debes preocupar, es un transporte muy seguro y el único que se usa para los desplazamientos a la ciudad. Y tengo que aclararte algo que veo que pica tu curiosidad. Las naves de disco sólo se usan en viajes espaciales o en desplazamientos a los planos paralelos a través de las puertas dimensionales.
Se subieron a la silla y el Pterix emprendió el vuelo agitando sus enormes alas membranosas y, tras sobrevolar campos de cultivo y algún bosquecillo, llegaron a una gran ciudad de altas torres rematadas con algo parecido a cebollas multicolores. Sobre la ciudad aleteaban muchos Pterix que iban ocupados con sus pasajeros y demostraban una gran habilidad para no chocar en vuelo.
Dijo Juan
- No podemos bajar porque, aunque no está tajantemente prohibido, no se ve bien traer nada de las otras dimensiones, salvo muestras para analizar, pero quería enseñarte mi ciudad y, como ésta, hay muchas más y mucho mayores. Ahora será mejor que regresemos a casa, porque muy pronto va a anochecer.
- Entonces me tendrás que llevar a casa, porque me estarán echando de menos - dijo Tim
- No es posible, la puerta dimensional sólo se abre por una interferencia espacio-temporal, que únicamente se produce cuando en tu casa es de noche y aquí de día, así que te tendrás que quedar a dormir y en cuanto amanezca te llamo y nos vamos. 
Llegaron a casa y Tim no quiso cenar una hamburguesa de carne a la plancha, porque no sabía de qué podía ser y sólo tomó un poco de pan con tomate, que eso si era identificable. Pensó en lo bien que le iría para dormir una buena taza de leche calentita, pero se quedaría con las ganas
Al poco entró Juan con una jarra de leche recién ordeñada.
- Disculpa que no haya pensado en eso; nosotros, como no somos mamíferos, no la gastamos. Pero como tenemos vacas amamantando a sus terneros te he podido traer esta jarra, aunque me ha costado mucho sacarla y es que yo no sé cómo hacerlo.
Tim le dio las gracias, se tomó un buen vaso y se fue a dormir. La cama era cómoda, pero se le colaba un pie por el agujero que tenía en el centro, aun así se quedó como un leño.
A la mañana siguiente se despertó sobresaltado, los gallos cantaban en el corral y se dijo que ya era hora de que Juan le llevara de vuelta, pero no aparecía por allí aunque esperó un buen rato. En su casa ya debía estar anocheciendo, pensó, y sería mejor no perder tiempo.
No reparó en que la cama no tenía ningún agujero, al igual que la silla que tenía a su lado. Se vistió a toda prisa y salió al exterior. Allí vio a su padre dando de comer a las gallinas, y se quedó muy sorprendido.
- ¿Cuándo he regresado? - pensó
- ¿Ha sido todo un sueño?
- ¿Sólo ha pasado esta noche?
Se quedó con la duda, pero siempre recordará aquel fantástico viaje, especialmente cuando se para en el porche con su catalejo mirando las evoluciones de los objetos luminosos que cada noche aparecen por allí.
Una cosa que cambió en su comportamiento es que, cuando ve una lagartija, ya no intenta cazarla como hacía siempre, para ver cómo se desprende de su cola, cómo ésta se mueve convulsivamente y cómo le vuelve a crecer como si tal cosa.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Por qué son ovalados los huevos

Otro más de tamaño L

Por qué son ovalados los huevos

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Hace mucho tiempo las gallinas eran capaces de poner los huevos de la forma que se les antojase; y había una especie de competición a ver cuál era la forma más rara, original o artística de ponerlos.
Hasta tal extremo llegó, que se ponían huevos cilíndricos, piramidales, cúbicos, prismáticos y todas las formas poliédricas posibles.
Llegó a causar mucha admiración una gallina que consiguió poner uno en forma de huso esférico, pero la pobre no pudo resistir la expulsión de aquella cosa tan aguzada y, desde entonces dejó de poner.
La verdad es que poner aquellas cosas, con aristas y vértices que cortaban, pinchaban o se clavaban por el trayecto, era un suplicio para las pobres gallinas pero; como se suele decir “para presumir hay que sufrir” y, pese a los dolores y las hemorroides, se sentían muy orgullosas de sus creaciones, cuanto más raras mejor.
Un día apareció una gallina mostrando su última producción; ¡un huevo esférico! que, por la carencia de aristas y vértices causó admiración, además de por la perfección y suavidad de su lisa superficie
Desde entonces se impuso la moda del huevo esférico y las gallinas respiraron aliviadas al no tener que sufrir tanto durante la puesta, aunque lo grueso de la esfera aún seguía suponiendo una molestia.
Con el tiempo, una gallina que había estudiado física y especialmente hidrodinámica, diseñó el huevo actual porque permitía una más fácil evacuación al tener una forma más alargada que presenta una mayor facilidad de desplazamiento y, desde entonces, todos los huevos de gallina son así.

Cada vez que comas un huevo recuerda esta historia y agradece a las gallinas su avance tecnológico.





jueves, 26 de febrero de 2015

La cabra que tiraba al llano

Un cuentecico de calibre L

La cabra que tiraba al llano


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Se dice que “la cabra tira al monte”, pero Chivi era todo lo contrario. Aborrecía trepar las montañas y subir a los roquedos o a los árboles. Cuando sus hermanas lo hacían como si tal cosa, subiendo a cualquier elevación, a ella se le iba la cabeza y se mareaba.
Lo pasaba tan mal que decidió no volver a acercarse a la montaña y buscar un llano, un lugar en donde no hubiera nada que alzase dos palmos del suelo.
Confiando en su sentido de la orientación, se dirigió al Sur, pero acabó encontrando al frente otra montaña que le cortaba el paso y que no estaba dispuesta a escalar para seguir su camino, así que se tuvo que desviar hacia el Este durante mucho tiempo para dar un rodeo.
El estrecho valle por el que caminaba, cada vez lo era más, y las montañas de ambos lados estaban cada día más cerca.
- Ten cuidado – le dijo un ciervo que pasaba por allí – si sigues recto te vas a encontrar con una tribu salvaje, los chupacabras. Yo procuro no acercarme por allí, no sea cosa que me confundan.
Chivi sólo podía regresar por donde había llegado o escalar la montaña del Sur. Eligió el sitio menos elevado que pudo y, con todo el miedo y el vértigo del mundo, consiguió llegar  a la cima. Desde allí se podía ver el campamento de la tribu en el que calentaban al fuego un gran caldero en donde esperaban hacerse con ella una rica sopa de cabra. Muy cerca, en el desfiladero, se les podía ver apostados para tenderle una emboscada. ¡De buena se había librado!.
Apartó la vista porque ya comenzaba a marearse y se dispuso a descender por el otro lado de la montaña. La bajada suele ser lo más difícil, pero llegó ilesa.
Llegó a un valle de verde y jugoso pasto pero, como a todas las cabras, le gustaba más las hojas de los álamos, los frutales y todos los árboles que había por allí y se dio un buen atracón. ¡Se lo había ganado! Y se lo merecía por el esfuerzo, casi heroico en ella, que había tenido que hacer.
Siguió caminando hacia el Sur y se iba parando a menudo a saborear los tiernos rebrotes de vides silvestres.
No llevaba ni dos días de camino cuando se encontró con un río que le cortaba el paso. Como no sabía nadar, no había más medio para atravesarlo que saltar a la otra orilla desde un alto saliente rocoso que se encontraba pocos metros río abajo. Se estaba pensando si seguir río arriba o río abajo para encontrar un vado que le permitiera atravesarlo, cuando vio que un enorme y gris lobo se le iba acercando y no parecía con buenas intenciones, porque iba con las fauces abiertas y babeantes.
No se lo tuvo que pensar dos veces, el instinto de supervivencia superó cualquier miedo y, ágil como un muelle, se encaramó en aquella alta roca y, de allí, saltó a la otra orilla, sana y salva y libre de la amenaza del lobo.
Cuando ya, más tranquila, pensaba en lo que acababa de hacer, no se explicaba que hubiera sido capaz de actuar así con el miedo que tenía a las alturas.
Siguió su camino y llegó a unos campos cultivados en donde se atiborró de espinacas, acelgas y toda clase de verduras que había sembradas allí. El granjero que la vio le azuzó los perros y tuvo que salir pies en polvorosa. Casi la estaban alcanzando, no había escapatoria y además se tropezó con un cobertizo que le cortaba el paso. No se lo pensó ni un segundo. De un salto se encaramó en el tejado, a salvo de sus perseguidores.
Cuando los canes se aburrieron de la vigilancia y de no poder alcanzarla, marcharon a enroscarse a dormir a la sombra de unos frutales. Chivi pasó un mal trago, no se atrevía a bajar del tejado, el miedo la volvía a atenazar, pero pensó que si había sido capaz de subir, debía ser también capaz de bajar. Así que, venciendo su temor, descendió de un salto, no sin romper algunas tejas, y se alejó de allí.
Cuando ya estaba muy lejos, lo suficiente de los cultivos y de los perros, se detuvo para comer algo y pensar en lo que había sucedido. No podía concebir que hubiera sido capaz de subirse al tejado. El instinto de supervivencia había logrado lo que años de lecciones, reprimendas y burlas no habían logrado. De todos modos, las alturas aún le seguían produciendo mucho miedo y vértigo, pero ese miedo lo había logrado superar gracias a un miedo aún mayor.
Siguiendo con su viaje, un día se encontró con un carromato de toldo multicolor y, curiosa como todas las cabras, se acercó a ver qué era aquello. Cuando pudo darse cuenta tenía una lazada atada al cuello y no podía escapar. Un hombre, vestido de forma estrafalaria, se le acercó, le ató una cuerda a la mano derecha y le soltó el lazo que le aprisionaba el cuello.
Los días siguientes, aquel hombre intentó hacerla subirse a una tabla puesta sobre un rodillo y a una alta torre de cubos de madera, ancha por abajo y muy estrecha por arriba. Tras muchos intentos infructuosos, el hombre pensó que si no servía como artista, por lo menos podría servir de alimento y su piel de alfombrilla, y se acercó a ella, cuchillo en mano y con cara de pocos amigos.
Chivi, cuando lo vio acercarse tan amenazante, comenzó a dar saltos, esquivando al hombre y a su cuchillo. Tanto y tanto saltó que acabó balanceándose en la tabla sobre el rodillo, en lo alto de la torre de madera y en lo más alto de la lona del carro.
El hombre, soltando el cuchillo, dijo:
-          ¿Ves como sí puedes?
y se le acercó para acariciarla.
Chivi estaba sorprendida, a la vez que orgullosa de lo que acababa de hacer. Si lo había logrado es porque era capaz de ello y, además, no le había pasado nada malo.
-          ¿Quién dijo miedo? – pensó
Desde entonces; aquella cabra que tiraba al llano, aquella cabra que tenía miedo a las alturas, acabó haciendo los equilibrios más arriesgados, incluso llegó a caminar sobre una cuerda a dos metros de altura, y fue muy feliz y la sensación en todos los lugares por los que pasaba aquel pequeño circo.

domingo, 22 de febrero de 2015

El reloj que no marcaba la hora exacta



De "Dos docenas de cuentos frescos"  
Otro cuento de calibre L 
donde se ve que lo más caro no es siempre lo más útil 
y que la soberbia acaba teniendo su castigo



El reloj que no marcaba la hora exacta

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Había llegado de Suiza, del taller de uno de los más importantes relojeros artesanos. Era de oro y brillantes y su valor era muy elevado. Es posible que, por ello, el reloj se negara a marcar la hora exacta, pues probablemente pensaba que eso le haría parecerse a los relojes baratos de los bazares chinos. Tampoco quería ir por detrás de los demás relojes vulgares, así que siempre llevaba un minuto por lo menos de adelanto.
Su dueño lo hizo llevar varias veces al relojero pero el diagnóstico siempre era que no tenía nada malo y aquel comportamiento era inexplicable.
Como el reloj era automático y se cargaba con el movimiento, se llegó a pensar que podría ser por falta de cuerda, pero se descartó esa idea porque nunca atrasaba, ni siquiera cuando se quedaba olvidado en la mesita de noche.
Procuraron ajustar la hora y retrasarlo unos minutos manualmente, pero él tardaba muy poco en ponerse en hora y, además, adelantar algún minuto.
Esto era un problema, no podía permitirse que un reloj tan caro no fuera exacto, aunque a veces a su dueño no le iba nada mal porque nunca llegaba tarde a las citas ni al trabajo.
De nada sirvió que su dueño lo llevara puesto al jugar al tenis en un intento de que las sacudidas en smashes y drives acabaran removiendo sus entrañas mecánicas y corrigieran su comportamiento anormal.
Así que, como su dueño era muy exigente en cuanto a la puntualidad y la exactitud, - creía que ser puntual era llegar en el momento justo ni un minuto tarde, ni un minuto antes - acabó comprándose otro reloj más sencillo de cuarzo y pila.
Nuestro caro reloj acabó en un estuche dentro de una vitrina como un objeto de adorno, carente de calor y contacto humano y, al permanecer en la quietud de su escaparate, se acabó parando por falta de cuerda.
Finalmente comprendió que el tiempo es oro pero el oro, para él, dejó de ser tiempo.



martes, 17 de febrero de 2015

El gato que amaba a los ratones

(calibre L  de 5 a 7 años)
El gato que amaba a los ratones


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Michus era un gato que amaba a los ratones, les tenía un cariño especial, pero se sentía muy desgraciado. Le encantaban los ratones desde que era pequeño, casi tan pequeño como ellos, ¡eran tan suaves! ¡y tan adorables!, con aquellos bigotillos que se parecían a los suyos y sus orejitas redondas...
Nunca había comido ratón, sólo comía queso, raspas de sardina y algún trozo de pescado, pero nunca ratón, y se horrorizaba cada vez que veía a uno de los suyos devorando un roedor.
No entendía que todos los gatos los persiguieran a muerte, ni que los humanos les tuvieran tanto odio, cuando no miedo. Pero se sentía muy mal cada vez que se acercaba a un ratón, extendía la zarpa como saludo, y éste salía huyendo como alma que lleva el diablo.
Les hacía saltar los cepos para que pudieran comerse el cebo de queso sin peligro, les llevaba queso a la puerta de sus agujeros, pero ellos no agradecían sus regalos, se apropiaban del queso a la carrera, y huían sin mirarle a la cara ni darle las gracias, pero él seguía intentando hacerse amigo de ellos.
Así pasó mucho tiempo hasta que los ratones comenzaron a darse cuenta de que no quería cazarlos, que sólo pretendía ser su amigo, y esta sensación se fue extendiendo por toda la ciudad de los ratones.
Mientras tanto, Michus estaba pasando un bajón de ánimo ante la actitud de los ratones, y también por las críticas de los otros gatos para que abandonara aquel extraño comportamiento tan impropio de su raza. Estaba tan nervioso que tuvo que mordisquear flores de tilo en lugar de hierba gatera, pero eso no lograba calmar la angustia que le atormentaba.
¿Debía de dejar de seguir intentando acercarse a los ratones?, ¿debía cazarlos como hacían sus familiares y amigos?
En vista de que la tila no le daba solución a su problema se dio un buen atracón de hierba gatera y, bajo sus efectos, comenzó a rodar sobre sí mismo como si estuviera loco, también a cazar ratones imaginarios, etc. hasta que se le pasaron algo los efectos y se encontró con una enorme soledad.
Decidió acercarse nuevamente a los ratones para saber si sus sentimientos hacia ellos seguían siendo los mismos de siempre.
En esto, la colonia ratonil había llegado a comprender que no debían temer a Michus, que era amistoso y que debían agradecerle todos los detalles que había tenido para con ellos.
Sabiendo que aquel día era el cumpleaños de Michus decidieron regalarle un pastel de pescado con salmón y lubina que habían robado de la cocina, le pusieron cinco velitas que encontraron en un cajón del comedor, porque cinco eran los años que cumplía, y todos juntos esperaron la llegada de su bienhechor.
Michus ya estaba cansado de lo desagradecidos que habían resultado los ratones a lo largo de tanto tiempo, se sentía también muy mal porque su comportamiento, hasta entonces, no había sido propio de un gato.
Cuando se acercaba al lugar en que siempre encontraba ratones, se iba acalorando cada vez más y su enojo con los roedores era cada vez mayor. Habían sido cinco años de desprecios e ingratitud y eso ya había afectado a su amor propio, superando con mucho el amor que hubiera podido tener hacia ellos.
Llegó al lugar y allí estaba, como retándolo, una multitud de roedores, tantos que nadie había visto algo igual en su vida. El rencor acumulado y reprimido, los instintos felinos y los efectos de la hierba gatera estallaron de golpe, como una oleada de furia ciega, y lo que antes era amor se transformó en un odio violento, ni siquiera vio el pastel de pescado ni tampoco las velas, sólo veía una masa enorme de presas a las que cazar. 
Se lanzó hacia ellos con toda la fiereza reprimida, pero ellos se dieron cuenta a tiempo de lo que pasaba y lograron escapar sanos y salvos en todas direcciones.
Allí cayó Michus, sobre el pastel de pescado, y las llamas de las velitas le chamuscaron los bigotes, por lo que durante un largo tiempo le fue imposible ventear ninguna presa hasta que volvieron a crecerle las vibrisas.
Y así fue como Michus se transformó en un gato normal, con los mismos instintos de caza de cualquier gato, con la misma falta de compasión y el mismo orgullo de cualquier otro felino y todo volvió al estado natural de las cosas, tal como debe ser.