PÁGINAS RECOMENDADAS

Mostrando entradas con la etiqueta busca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta busca. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de diciembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 2 (En busca de Hénder) parte 2

 
En esta segunda parte Fan, tras pasar por la 
montaña de pizarra y los pájaros-martillo,  
llega hasta el pie del Muro del Fin del Mundo 
¿Logrará salvarlo? ¿Qué encontrará arriba?

En busca de Hénder parte 2






Por fin llegó al pie del Muro, era una pared de roca tan alta que no alcanzaba la vista y que se perdía a derecha e izquierda.
Durante lo que quedaba de aquel día y otros dos más que le siguieron, trató de encontrar un punto en donde el muro fuera vulnerable, alguna cornisa, alguna senda, aunque tuviera que dar mucho rodeo. Lo recorrió a derecha e izquierda con resultados infructuosos; pero, siempre animoso y confiando en su buena estrella, no desesperó.
Al tercer día de su estancia al pie del Muro, decidió tomarse un respiro para, en días sucesivos, extender sus exploraciones aún más lejos en ambas direcciones. Si no conseguía salvar aquel obstáculo, y aunque lo consiguiera, no lo tenia muy seguro porque se estaba quedando sin provisiones y tendría que regresar. Sólo le quedaba la posibilidad de sobrevivir capturando unos cuantos pájaros martillo, pero no desfallecía aunque el pan ya era casi una roca y el queso también. Se fijó un límite para abandonar, no pasaría del día siguiente si no quería morir por inanición.
Se dispuso a cenar y dormir aquella última noche, buscó en su zurrón un poco de pan y queso, no le apetecía nada más aunque tampoco tenía mucho más, y se fue a dormir; pero cuando buscaba en el zurrón las últimas migajas, sin darse cuenta, se le cayó al suelo una de aquellas semillas que le habían regalado en Alandia.
Al despertar, una enredadera gruesa como un brazo y tan alta que se perdía de vista trepaba por la pared de roca. Fan se encaramó a la enredadera y, de hoja en hoja, de nudo en nudo, comenzó a subir; la altura era tanta que tuvo que parar dos veces a hacer noche tapándose con unas hojas y atándose a una rama para no caer, pero finalmente llegó a lo más alto. Durante su escalada había corrido el riesgo de probar, a falta de otra cosa, las hojas de aquella enredadera y por fortuna no eran de mal comer y tampoco le sentaron mal, por lo que hizo una provisión de hojas en su zurrón vacío. Al llegar arriba esperaba encontrarse con el Fin del Mundo, un agujero inmenso, la nada, algo inconcebible, pero llegó a un hermoso prado como la palma de la mano. A lo lejos se podían divisar bosques, montañas y un horizonte, tan lejano que parecía no acabarse nunca; aquello parecía otro continente, más grande que el único conocido por él.
A sus pies, un manantial daba lugar a un arroyuelo que se perdía en la distancia; bebió un sorbo de aquella fuente, el agua era límpida y fresca, y se disponía a seguir el cauce, confiando en llegar a alguna población, pero como ya oscurecía hizo noche junto a la fuente.
El agua ya no era problema; el problema eran las provisiones. Ya no le quedaba nada más que las hojas que había recolectado de la trepadora, pero aquello no era una dieta adecuada y no sabía cuantos días tardaría en encontrar otros comestibles. Aquel manantial y el arroyo a que daba origen estaban poblados por una especie de ranas que se alimentaban de los muchos insectos que pululaban cerca de las aguas. Fan conocía las ranas de Aste y aquellas no parecían muy diferentes, el problema era encontrar material para hacer una fogata y asarlas.
A lo lejos había un bosque, y la falta de alimentos le obligó a hacer una buena caminata para acarrear unas cuantas ramas secas, pero encontró también unos arbustos cargados de bayas y se arriesgó a probarlas. Estaban buenas y, aunque no sabía si eran tóxicas o no, recolectó todas las que pudo y arrastró unas cuantas ramas con las que hizo una fogata en las que pudo asar unas ranas y cenar hasta saciarse. Aprovechó para ahumar otras ranas más para los próximos días si no encontraba otra cosa, las envolvió en hojas de trepadora, y durmió como hacía días que no había dormido.
Se despertó sin ninguna molestia digestiva, las ranas y las bayas eran buenas y, bien temprano, se puso en camino siguiendo el arroyo a falta de senderos, parecía un lugar virgen, no hollado nunca por nadie.
Ya comenzaba a declinar el sol cuando, a lo lejos, un bulto se movía lentamente de aquí para allá. Como medida de precaución se cubrió con la capa de seda, desapareciendo de la vista, y se acercó. El que por allí vagaba era un anciano de largas barbas que, encorvado, iba cortando plantas medicinales con una hoz de plata en forma de luna creciente, pero de la segunda luna.
Fan, confiado por el aspecto inofensivo del anciano, se quitó la capa y le dijo:
– Buenos días, señor.

El anciano se volvió sorprendido y respondió:
– ¿Quién eres tú y qué haces por aquí?
– Me llamo Fan, vengo de muy lejos, estoy buscando un mago pero no conozco el país y no sé donde podría encontrarlo.
 

– Pues si me acompañas seguro que das con el que buscas.
Hicieron noche allí mismo y compartieron las menguadas provisiones que cada cual llevaba en su zurrón, descansando luego sobre el blando pasto.
Y así siguieron su camino, el anciano cortando plantas, algunas de las cuales Fan conocía muy bien, mientras tanto, le iba contando sus aventuras con la princesa y las piedras encantadas, así como el modo en que había llegado allí.
– ¿Se puede saber qué es lo que esperas de ese mago? 

– Le traigo la Corona de Hénder y sólo deseo que me devuelva mis compañeros de viaje; la oveja, el lobo, la col y el gusano.
El anciano perdió totalmente su aspecto inofensivo, se irguió de tal manera que era mucho más alto que Fan, que se asustó mucho, y le dijo.
– Yo soy Gontar ese mago autor de aquel encantamiento
– Perdón, señor, no quise molestarle y la princesa Saturia me enredó con su historia.
 

– No te preocupes, ya se merecía una lección esa engreída y cargante princesa y tú me has dado una alegría porque ahora ya sé cómo la pusiste en su lugar. Ahora me alegro mucho de que me hayas traído la Corona porque la necesito para deshacer otro encantamiento. Eso es lo que esperaba cuando formulé el conjuro.
– ¿De qué se trata? ¿Qué encantamiento? 
– Artifax mi maestro, que fue un malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto, convirtió en piedra a todo el reino de Hénder y dejó la corona de tal manera que yo la pudiera encontrar. Pienso que su deseo era que fuera yo, su alumno más aventajado, el que algún día rompiera el hechizo. La corona estaba en la cabaña que teníamos junto a las montañas, pero yo no podía traerla directamente, tenía que traerla a Hénder alguien ajeno a la magia, así que hice los encantamientos necesarios para que algún valiente encontrara las pistas y fuera tan atrevido e ingenioso que consiguiera hacerme llegar la corona. Y resulta que el valiente has sido tú, bienvenido.
– Y ¿Cómo es que siempre estaba yo allí en el momento oportuno? No me explico que llegara cuando iban a matar al lobo, hervir a la col o capturar al gusano.
– Porque fuiste el primero en salvar de peligro a una piedra, tu oveja, y porque la magia tiene esas cosas raras que hasta a mí, un mago profesional, no dejan de sorprender.

Con la mayor camaradería, contádose sus experiencias, sus aventuras y algunos de sus secretos en los días que siguieron, continuaron su camino hasta llegar a la capital del Reino de Hénder. Se encontraba ésta en la parte más meridional del Continente Norte. Una población de calles estrechas, con casa de piedra cubiertas de hiedra y de hierbas de años y coronado todo por un imponente castillo de recias torres almenadas también cubiertas de verde.
Las calles estaban quietas pero no desiertas. Había por doquier personas y animales; a Fan le sorprendió el color de la piel de los habitantes de Hénder ya que nunca había visto a nadie de un color tan negro como el carbón, pero más le sorprendió verlas en las más variadas posturas y actitudes, ya que todas estaban petrificadas, como si de una ciudad de juguete se tratara.
Llegaron al Castillo donde, tanto los alabarderos que custodiaban las portadas, como la servidumbre, permanecían inmóviles y pétreos.
Al entrar al polvoriento Salón del Trono descubrieron a los reyes en su sitial, la Reina con una mirada de asombro en su rostro de piedra y el Rey con la mano alzada como queriendo proteger su corona, corona de la que estaba desprovisto.
El mago le pidió la corona a Fan y, acercándose al trono, la colocó sobre la regia testa.
En aquel momento el Rey movió su mano, rompiendo las telas de araña que la unían al respaldo del trono, rápidamente agarrando el brazo del mago, como si el tiempo no hubiera pasado desde el momento en que Artifax el maestro del mago le arrebatara la corona y se cumpliera el hechizo.
El mago le dijo:
– Majestad, yo soy Gontar, no soy Artifax, aquel malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni Vos ni yo tenemos nada que hacer al respecto. Él os encantó, así como a todo vuestro reino, convirtiéndoos en piedra pero, con la ayuda de este joven, acabo de romper el hechizo. Este joven me trajo la corona que os arrebató Artifax y ahora ya la volvéis a tener nuevamente.
– Os estamos muy agradecidos –
dijo el Rey – y como recompensa tú serás a partir de ahora el mago real y mi principal consejero; en cuanto a este joven, que pida lo que quiera y, si es razonable, le será concedido.
– Gracias Majestad – dijo el mago – me siento muy honrado por vuestra confianza 

– Gracias Majestad – dijo Fan – os voy a pedir lo mismo que al Rey Nasiano V del reino No Tan Lejano, me conformo con vuestra corona y que el mago me devuelva mis compañeros de aventuras.
El Rey se envaró al oír aquella petición. No podía prescindir de la corona porque podría volver el hechizo.
– No temáis Majestad – dijo el mago – esa corona para Vos es igual que cualquier otra; el hechizo no puede volver y aún menos si Vos entregáis la corona voluntariamente y no os es arrebatada.
El Rey ordenó a los lacayos que, le rodeaban 
sorprendidos, que le trajeran del Tesoro Real otra corona aún más suntuosa, se la cambió y entregó a Fan aquella de las cuatro piedras.
Fan se la pasó al mago y éste, formulando unas palabras ininteligibles, separó fácilmente las piedras, las depositó en el suelo y, a un gesto suyo, se transformaron: El aro de la corona volvió a ser un aro de hierro oxidado, y las piedras volvieron a ser la oveja, el lobo, la col y el gusano.
La actividad, tanto en la Ciudad como en el Castillo fue muy intensa: limpiando el polvo, las telarañas y las plantas invasoras, pero nada impidió unas grandes celebraciones. Una semana duraron las fiestas en el reino de Hénder, que el rey Melanio XXII dispuso fueran de lo más fastuoso, para celebrar el fin del hechizo.
La oveja se atiborró de aquel raro té de roca que, en Hénder, crecía por todas partes, el lobo quedó ahíto de pan con queso, al que se había habituado en su primer viaje con Fan, pero no de un queso cualquiera sino de los quesos más variados, desde los más tiernos a los más curados, durante tanto tiempo petrificados en las bodegas del castillo. La col enchufó sus raíces en el jardín de Palacio chupando de aquel suelo espléndidamente abonado con estiércol natural y sazonado con nitratos variados, y el gusano, a falta de moreras, resultó el mejor cortacésped, dejando los jardines del Castillo como un jardín de los del Reino de Alandia, donde la más mínima tierna brizna que asomaba era devorada de inmediato.
Durante esa semana el mago le enseñó a Fan los secretos de las plantas; muchas que él ya conocía y unas cuantas para él desconocidas y de las que también le explicó su preparación y efectos.
Un día Fan reunió a sus compañeros y les dijo:
– Ya creo que es tiempo de llamaros a cada uno por vuestro nombre; eso de lobo, oveja, col y gusano no me parece que esté bien entre amigos, Lunar ya lo tiene pero los demás no, hasta los perros y las ovejas de mi rebaño tienen nombre. Cuando os conocí no se me hubiera ocurrido qué nombre poner a cada cual, pero desde la escena de la cabaña del mago lo tengo bien claro. Os llamaré por el nombre de las piedras preciosas que realmente sois. Así que, a partir de ahora; Lobo se llamará Rubí, Oveja será Diamante en lugar de Lunar, Col se llamará Esmeralda y Gusano será Zafiro.Aunque ninguno dijo nada, pareció que lo aceptaron de buen grado. Sólo Diamante dijo:
– Beeee

Y  Fan interpretó que había querido decir
– Bien
Pero llegó el momento de la despedida y el mago Gontar le entregó a Fan un regalo que le podría ser muy útil; se trataba de la mochila TodocabeNadapesa, que Fan se encargó de cargar con abundantes provisiones y agua. El rey también le entregó algo desconocido. Se trataba de una larga cadena formada con anillas de distinto color, oro, plata y latón. Se trataba de la moneda habitual en los cuatro reinos y cada anilla tenía un valor. Fan le dio las gracias y la guardó en la mochila pensando en que podría quedar decorativa en su casa ya que no pensaba volver nuevamente y necesitarlas. Se despidieron del rey y del mago y, no sin pena, con sus cuatro compañeros, regresó por donde había llegado a Hénder.
Hasta llegar al Muro del Fin del Mundo todo el camino fue cómodo y casi aburrido, aunque a Fan se le antojó mucho más corto que a la ida; tal vez el reencuentro y la expectativa de nuevas aventuras le daban al viaje una alegría especial.
Cuando llegaron al borde del Muro, Fan se asomó buscando por todas partes la trepadora, pero no aparecía por ningún lado, tal vez se había secado, o había caído, o bien se habían desviado del lugar por donde había subido. El fondo no se distinguía y se retiró porque ya comenzaba a sentir vértigo. Tampoco pudo encontrar por los alrededores aquella fuente, el riachuelo que formaba, ni se escuchaba el croar de las ranas.
- Y ahora ¿cómo bajamos? - pensó
Dejó caer otra semilla Muro abajo para ver si brotaba otra enredadera y podían descender por ella, pero al día siguiente no había ni rastro de la planta, tal vez había caído sobre una roca o bien se la había comido algún pájaro. Lo intentó varios días y en lugares distintos sin resultado.
– Podríamos explorar a los dos lados por si encontramos la trepadora ¿qué os parece?, pero no os alejéis demasiado.

Y los envió por parejas a derecha e izquierda siguiendo el borde del Muro. Rubí y Esmeralda marcharon hacia la derecha, Diamante y Zafiro hacia la izquierda. Inconscientemente se habían emparejado así, tal vez porque temían que después de tanto tiempo afloraran los viejos instintos. A la caída de la tarde regresaron con signos visibles de no haber tenido éxito.
Estaba ya desesperado de poder regresar a su tierra cuando, una mañana, vio que Zafiro hacía una resistente hebra de seda y le daba vueltas a una gruesa roca, dejándola fuertemente amarrada; a continuación se dirigió al borde del Muro y, con gran susto de Fan, se dejó caer.
Al verlo desaparecer, corrió al borde del muro y se asomó, viendo aliviado como bajaba lentamente hacia el invisible fondo, dejando tras si una fuerte hebra de seda.
Abriendo la mochila TodocabeNadapesa hizo entrar a Rubí, Diamante y Esmeralda y, colgándosela a la espalda, se agarró a la seda y se dejó deslizar. Tenía que parar de vez en cuando porque de la fricción le quemaban las manos y los pies que hacía servir de freno pero, antes de la noche, ya tocaba tierra al fondo del Muro, donde encontró a Zafiro esperando y comiendo hierba para reponer energías.
Hizo salir a todos de la mochila y aquella noche durmieron tranquilamente al pie del Muro.
Con las primeras luces del alba, Fan se despertó, asomó la cabeza por entre los pliegues de la capa en que estaba arrebujado y echó un vistazo en derredor.
Rubí y Diamante, estaban profundamente dormidos, uno contra el otro, como si Rubí buscara el calorcillo de la lana, puesto que la noche había sido fría.
Esmeralda estaba en pie, con las raíces más finas clavadas en tierra y Fan supuso que estaba alimentándose.
Mirando hacia donde había quedado Zafiro, quedó desagradablemente sorprendido, porque no estaba allí,
– ¿Dónde puede estar? 

Un bulto ovoide de color blanquecino, a la tenue luz del amanecer, colgaba de la rama más baja de un roble, se aproximó y aún pudo ver a través de las hebras a Zafiro afanado en tejer un capullo, aunque todavía no lo había terminado.
– ¡Así que era eso!, ¿te ha llegado el momento de la metamorfosis? 

Recordaba muy bien todo lo que había visto en los Telares de Cipán, se armó de paciencia y se dispuso a esperar a que acabara el proceso.
Durante los dieciséis días que tardó en eclosionar; Fan se dedicó, acompañado por Rubí, a cazar conejos y algún que otro cinguo y, sobre todo, a descansar.
– Ya vendrán peores momentos y, por lo menos, que nos pillen descansados y bien comidos.
Una vez desecada la carne al humo de roble y plantas aromáticas, lo guardaba en la mochila con las otras provisiones traídas del Reino de Énder y el saco de té de roca que había guardado para Diamante por si no encontraban a lo largo del camino.
Con algunas pieles de conejo, de las que había cazado Rubí y que procuró sacar enteras, consiguió curtir con las agallas de los robles que allí abundaban y preparar unos odres que llenó de agua del manantial más cercano y los echó en la mochila.
Mucha paciencia hizo falta, hasta al cabo de dieciséis días en que se rasgó el capullo y apareció una mariposa del tamaño de Fan y con tres varas de envergadura de alas. Extendió las alas a secar y para endurecerlas y al rato se alzó en un majestuoso vuelo.
El equipo, por fin volvía a estar completo, aunque un poco cambiado.
Fan guardó cuidadosamente el capullo vacío.
– Nunca se sabe para lo que podrá ser útil 

Y, echándose la mochila al hombro, se puso en camino seguido por Rubí, Diamante y Esmeralda, ya que la mariposa que ahora era Zafiro planeaba por encima de ellos.
Se orientó al Sur, buscando llegar a Alandia. Esperaba pasar por el bosque de los pájaros–martillo y cazar alguno más para comer. No es que fueran un manjar apetitoso pero podía calmar el hambre complementado con algo fresco.
Al siguiente día, pensó que no tardarían en ver el bosque, con la montaña de pizarras al fondo; pero la vegetación comenzó a escasear y el suelo se fue volviendo arenoso, el calor comenzaba a ser agobiante y no tardaron en tener que salvar algunas dunas que anunciaban la proximidad de un desierto.
– Efectivamente, ya me lo temía yo, nos hemos desviado del punto por donde escalé el Muro y por eso no encontramos la trepadora ni la fuente, ¡a saber dónde vamos a ir a parar!

Pero la cosa ya no tenía remedio, había que seguir hacia el Sur porque confiaba en que, más tarde o más temprano, acabarían llegando a algún lugar conocido o habitado.
La travesía del desierto fue muy penosa; no siempre podían seguir en línea recta hacia el sur porque debían dar rodeos, a fin de sortear algunas altas dunas, y eso hacía que el viaje se prolongara mucho más de lo necesario.
– Afortunadamente tenemos provisiones y agua suficiente, espero que se acabe pronto este desierto.
Procuraban viajar de noche, para evitar las horas más fuertes de sol. Durante el día, Esmeralda clavaba sus raíces lo más profundo que podía, extendía sus hojas y a su sombra se refugiaban todos hasta que el sol flojeaba, mientras tanto ella debía encontrar agua en las profundidades puesto que nunca se la vio mustia en todo el camino.
Zafiro, tan pronto bajaba algo el sol, alzaba el vuelo, miraba a todos los puntos cardinales y se lanzaba rápidamente, unas veces en dirección Este y otras Oeste, regresaba al cabo de unas horas, cuando ya oscurecía, con aspecto de haberse saciado libando copiosamente.
Fan y Rubí iban dando cuenta de las galletas, el queso y la carne que habían ahumado, mientras que Diamante tenía bastante con unos tallos de aquel té de roca.
Ya llevaban muchas jornadas caminando y las reservas de agua comenzaban a escasear.
El día en que se agotó toda el agua Zafiro alzó el vuelo, como de costumbre, y en lugar de volar hacia Este o hacia Oeste, se lanzó en dirección al Sur y eso consoló a Fan por la falta de agua
– Si la comida más cercana para ella está hacia el Sur, es señal de que este maldito desierto se está acabando

Pero no se acabó al día siguiente y la sed apretaba, tampoco al segundo día había señales de encontrar alguna fuente o riachuelo; cierto es que el desierto había cambiado, era más pedregoso y menos arenoso, y se comenzaban a ver algunos matorrales resecos, pero ni rastro de agua.
Súbitamente Esmeralda interrumpió su marcha y se clavó en la arena, todos tuvieron un sobresalto y se la quedaron mirando, extrañados por su actitud.
Parecía estar haciendo un esfuerzo sobrevegetal y alargaba sus más gruesas raíces hacia lo más profundo. De pronto dio un salto retirando las raíces, y del hoyo que quedó comenzó a fluir mansamente un hilo de agua, aunque volvía a ser reabsorbida por el terreno.
Todos, salvo Esmeralda y Zafiro, se tendieron por turnos en el suelo y bebieron afanosamente, sin importarles para nada si tragaban arena, hasta que quedaron saciados, luego rellenaron los odres y, aquella noche, renunciaron a seguir caminando. Tendidos en la arena se recuperaron de las penurias pasadas.
A la noche siguiente reanudaron el camino y ya amanecía cuando avistaron el Camino Real que unía Alandia con el Gran Lago. Ahora podrían marchar hacia Alandia y luego seguir hacia la aldea atravesando el Páramo Gris pero decidieron seguir hacia el Sur, campo a través, hasta llegar al Puente del Río Far, y ya desde allí hasta la aldea sólo tardaron una semana, pero ya en terreno conocido el viaje fue coser y cantar.
Su entrada en Aste fue todo un acontecimiento. Merto y todos los vecinos se admiraron con los compañeros de viaje y aún más con el relato de las aventuras, que Fan procuró adornar todo lo que pudo, y aquella noche todos durmieron tranquilos: Fan en el mullido colchón de lana de sus ovejas, Diamante en el redil con sus compañeras, Rubí hizo buenas migas con Rayo y los otros perros pastores, Esmeralda se clavó en el bancal de las verduras, intentando relacionarse infructuosamente con las otras coles, y Zafiro se posó en una gruesa rama de la morera que sombreaba el patio, porque otras ramas no la hubieran aguantado.




RETORNO A HÉNDER parte 1 

el próximo jueves

jueves, 24 de noviembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 2 (En busca de Hénder) parte 1


 Segunda parte de los Relatos de Hénder. Ahora Fan
emprende la búsqueda del mago para que le devuelva
 a sus cuatro mágicos compañeros de aventuras. En 
esta primera parte vuelve a visitar Los Telares de Cipán



En busca de Hénder




Habíamos dejado a Fan empeñado en una difícil misión, encontrar al mago y conseguir que convirtiera las piedras de la corona que llevaba en el morral en sus cuatro compañeros de aventuras.
Desde su presurosa y afortunada partida del reino No Tan Lejano, Fan llevaba muchos días por un sendero que discurría entre las Montañas Brumosas y el Gran Lago y venía a morir en el Cruce del Río Far, en cuyas inmediaciones se encontraba la senda que conducía a la cabaña del mago.
Estaba preocupado pensando en cómo enfrentarse a él y cómo éste se tomaría el hecho de que hubiera desbaratado su hechizo; pero parecía como si la corona ejerciera una influencia positiva, ya que su ánimo no decaía ni un ápice, pese a lo azaroso del viaje y lo incierto de su destino.
A lo largo de su camino se iba alimentando con las plantas, hongos, y bayas comestibles que todos en Aste conocían muy bien; y alguna que otra trucha pescada a mano en los varios arroyos que, procedentes de las Montañas Brumosas a su derecha, acababan desembocando en el Gran Lago, dando origen al caudal de los ríos Far y Calmo que nacían en aquel lago y desembocaban, el primero en el Océano del Éste o Mar del Amanecer, como también era conocido, y el segundo en el Estrecho de la Seda junto a los Telares de Cipán .
Por suerte el tiempo era bonancible y las temperaturas suaves, sólo en alguna ocasión se hubo de refugiar en alguna cueva o abrigo rocoso para protegerse de una tormenta pero, en general, el viaje transcurrió sin peligros ni privaciones y llegó, por fin, cerca de la cabaña del mago.
Se aseguró de que nadie pudiera sorprenderle; si el mago estaba allí prefería sorprenderlo él a ser sorprendido, y por eso se acercó cautelosamente, asomándose a una ventana. Aquello estaba tal como lo había visto la vez anterior y daba la impresión de que allí no había habitado nadie recientemente.
Sacó la corona del zurrón, la tomó en la mano y, decidido, atravesó el umbral esperando que esta vez se produjera el fenómeno inverso, pero la corona seguía siendo corona. Se sintió abatido por aquella contrariedad, pues había confiado en encontrar pronto al mago o que la magia que había obrado antes lo volviera a hacer y recuperar inmediatamente a sus compañeros de aventuras pero, siempre animoso, decidió hacer noche bajo techado en la cabaña y reemprender la búsqueda a la mañana siguiente, tras haber descansado del viaje.
Se levantó temprano y se puso en camino, después de desayunarse un pedazo de queso con galletas. Aquella noche había decidido recorrer los lugares por los que había pasado en sus anteriores aventuras, por si en algún lugar podía encontrar alguna pista del mago, por pequeña que esta fuera.
Al llegar al Puente del Río Far, aprovechó para hacer provisión de pescado que secó al humo, y luego se encaminó al Gran Lago, porque tenía la idea de visitar los Telares de Cipán. La vez anterior no había pasado de la Ruta de la Seda y ya que estaba cerca tenía intención de visitar las instalaciones y ver cómo elaboraban los tejidos.
En tres días se encontró a la orilla del lago, hizo noche allí al abrigo bajo una barca porque la noche refrescaba y al día siguiente tomó la canoa más pequeña que había y cruzó a la orilla opuesta. En esta ocasión el uso de la barca no implicaba condición alguna.
Había llegado en la época del engorde de los gusanos porque equipos de trabajadores recolectaban las hojas de las moreras y llenaban grandes sacos, que luego eran transportados con carretas a los almacenes de cría.
Entre los obreros que estaban cosechando las hojas, se encontró, casualmente, con unos que le reconocieron y, acercándose a él le preguntaron: 
¡Hola, amigo! ¿ya se ha deshecho del gusano gigante? 
Si; no tenéis que preocuparos por él, ahora ya no come morera ni come nada. 
¿Y los otros acompañantes? 
Esos tampoco comen ni beben nada ya. 
Y les contó a grandes rasgos sus aventuras y el destino de sus compañeros de viaje. 
En agradecimiento por haberles librado de aquel problema le invitaron a visitar las instalaciones de los Telares; y Fan, que sentía curiosidad por verlo todo, no se hizo de rogar.
Durmió aquella noche a medio camino, compartiendo cena y fogata, así como cantos y danzas populares con los recolectores de hojas que estaban acampados y al siguiente día, bien temprano, hizo el resto del camino hasta las instalaciones de Los Telares.
Gracias a las recomendaciones de los dos obreros de la escalera que se llamaban Saburo y Kaito, le enseñaron unos inmensos ponederos, donde las mariposas hacían la puesta de huevos, luego le mostraron las salas de incubación en las que por medio de calor eclosionaban los huevos y nacían los gusanos que, luego, eran trasladados a los comederos para ser cebados con las hojas de morera que llevaban en aquellos grandes sacos.
Lo que más le llamó la atención fue el bosque artificial a base de ramas que servía para las larvas que, tras hacer varias mudas, eran llevadas allí a fin de que se fijaran a los tallos y comenzaban a hilar sus capullos.
La nave siguiente le desagradó especialmente por el olor; le contaron que allí llevaban los capullos ya terminados y se ahogaban, puesto que si se les dejaba desarrollarse y romper el capullo, se destrozaban las hebras y no se podían aprovechar.
Lo más espectacular era una gran nave con filas de telares de distintos tamaños y que eran movidos por poleas, mediante unos ejes motrices accionados por la fuerza de las ruedas de paletas que había en el Río Calmo, antes de su desembocadura. Allí se llevaban las grandes bobinas de seda, tras devanar el hilo de los capullos y torcer varios juntos hasta formar una hebra continua y uniforme, se tintaban de distintos colores, se colocaban en los telares y cada uno hacía un tejido de tamaños y características diferentes. El ruido era ensordecedor porque en aquel momento estaban funcionando todos los telares a la vez. Otros tejidos eran de un blanco de base y se pasaban a otra sala en donde se dibujaban a mano preciosos, complicados y fantásticos motivos.
Más tarde le mostraron el puerto, desde donde partían las naves a la isla de Cipán, llevando al Emperador las sedas que producían, regresando con toda clase de productos y comestibles. Allí no tenían ni agricultura ni ganadería, puesto que se dedicaban exclusivamente a la seda.
Era la primera vez que Fan veía el mar, pese a no tenerlo muy lejos en su tierra, y también era la primera vez que veía a la gente de la isla, tenían unos rasgos algo diferentes y se veía incapaz de distinguir unos de otros, todos le parecían igual. Al ver allí la isla tan cercana, tras haber cruzado el Gran Lago, aquello no le impresionó demasiado.
Todos fueron muy amables y corteses y, aunque no pudieron decirle nada sobre el mago, quedó muy satisfecho con la visita. Le invitaron a comer y le dieron unos platos extraños que nunca antes había probado, pero que le resultaron muy agradables. Nunca había comido pescado crudo, tampoco algas. Eran unos sabores nuevos para él, pero le gustaron tanto que se propuso regresar algún día con su amigo Merto y enseñarle aquello.
Cuando ya se iba a despedir para seguir su viaje le insistieron en que se quedara o que, al menos, hiciera noche allí, pero Fan tenía mucha prisa en seguir con su búsqueda. Entonces le regalaron una curiosa y finísima capa de seda que, según le dijeron, estaba tejida de tal manera que por sus irisaciones hacía invisible todo aquello que cubría. También le dieron algunas provisiones en forma de galletitas y rollos de arroz con verduras que guardó cuidadosamente en su zurrón envueltas en grandes hojas de morera.
Dándoles las gracias se despidió de todos y especialmente de Kaito y Saburo y marchó tomando el camino que, siguiendo la línea de la costa, pasaba cerca de No Tan Lejano, para finalmente bordear las Montañas Brumosas y llegar a Mutts, el pueblo de la Cueva de los Silencios. 
Desde este camino sí que pudo admirar la grandiosidad del mar en toda su amplitud y magnificencia y, aunque aquella ruta le obligó a dar un gran rodeo, pensó que valía la pena. 
¡Es extraordinario! – exclamó como si estuviera acompañado, y es que en el viaje anterior se había acostumbrado a hablar a sus compañeros, y ahora lo necesitaba para no sentirse tan solo.
Cuando pasaba por las cercanías de No Tan Lejano procuró apresurar el paso, puesto que ignoraba si el rey Nasiano V seguía resentido con él y, además, aún menos quería toparse por casualidad con la pesada de Saturia, la princesa.
En un punto de la senda se encontró con un camino amplio que se veía muy transitado aunque ahora estaba desierto. Descendía desde la capital de No Tan Lejano y acababa en una pequeña ensenada con una especie de embarcadero allá muy abajo. En su apresurada huida no había reparado en ello la otra vez que pasó.
Tras otros cinco aburridos días más de camino, llegó a Mutts en las Montañas Brumosas y se alojó en la posada, donde pudo recuperarse del viaje, comer hasta saciarse con un rico guiso de cordero y dormir en un lecho mullido.
Al día siguiente preguntó al posadero: 
- Estoy buscando a un mago que vivía al pie de las Montañas y muy cerca del Río Far, ¿hay aquí alguien que pudiera darme alguna pista para poder encontrarlo? 
A usted le conozco – dijo el posadero – usted fue el que se llevó al lobo ¿verdad?. Yo estaba allí; bueno, estábamos todos. Pues yo sé quién le puede informar, vaya a la Cueva, ya sabe usted el camino. 
Y allá que se fue. En la boca de la cueva había una larga cola esperando entrar, cosa que le extrañó mucho. ¿Sería acaso que la gente entraba para hacer una cura de silencio?.
Y preguntó al último de la fila: 
¿Qué pasa aquí?,¿por qué hay tanta gente? 
¿Es usted el que se llevó al lobo?, pues desde entonces, bueno no, tiempo más tarde, esta cueva dejó de ser la Cueva de los Silencios; comenzó a hablar por los codos, tanto que para los vecinos es ahora un Oráculo que responde a todas las preguntas y ahora le llamamos la Cueva de las Respuestas, es por eso que venimos aquí a consultar sobre nuestros problemas, nuestras inquietudes, nuestros proyectos… y la cueva nos ayuda. 
Pues yo tengo que hacerle una pregunta, pero si me tengo que esperar a todos los que están aquí… 
No se preocupe, nosotros vivimos aquí y podemos venir cuando y cuanto queramos y, como usted fue el que se llevó el lobo, seguro que nadie protestará porque entre el primero. 
Y le acompañó a la boca de la cueva.
Así fue como entró sin tener que esperar y, a diferencia de la primera vez, podía oír sus pisadas, su respiración y hasta las gotas de agua que caían de una estalactita. 
¿Dónde puedo encontrar al mago que busco? 
En Hénder – respondió la cueva
Fan ignoraba donde podía estar ese sitio, conocía ese nombre pero sólo era por el nombre que la princesa daba a la corona, así que preguntó: 
¿Y cómo puedo llegar a Hénder? 
Tienes que ir hacia el Norte, salvar el Muro del Fin del Mundo y allí hallarás la respuesta. 
Por más que porfió no consiguió que la cueva le diera más detalles y marchó a la posada a recoger sus cosas para reanudar el camino. Decidió regresar a su aldea, descansar, recuperar fuerzas y acopiar provisiones para, después, continuar su viaje a Hénder.
Fue un largo y pesado viaje y por más de siete días anduvo sin descanso por el antiguo sendero que, tras bordear parte de las Montañas Brumosas se bifurcaba en dirección a Pascia, llegando a su pueblo agotado y hambriento y es que, por no perder tiempo, ni siquiera se había detenido a cazar ni recolectar alimentos y se mantuvo con lo poco que le quedaba en el zurrón.
Pasó en Aste unos días felices con Merto, su rebaño, sus perros y sus paisanos, reposando de las pasadas fatigas, recuperando energías y contando sus aventuras en las tertulias vespertinas que tenían lugar a diario en la calle, pero no tardó mucho en ponerse en camino, no sin llevarse una buena bolsa de provisiones.
Merto, su amigo, insistió en acompañarle para que no hiciera solo aquel viaje tan peligroso, pero alguien se tenía que quedar con el rebaño, y como no encontraron quien se hiciera cargo, se resignó otra vez a quedarse, aunque a regañadientes, no sin arrancarle la promesa solemne de que en el próximo viaje le acompañaría.
Tomó el camino que conducía hacia la frontera de Alandia y, en unos días sin incidentes y, tras pasar el Puente sobre el Far y el Páramo Gris acabó llegando a los famosos Jardines que ya conocía; donde los jardineros, agradecidos por haberles librado de la col, le entregaron unas semillas desconocidas y se las guardó en el fondo del zurrón pensando en sembrarlas cuando regresara y ver qué salía. Le habían contado que allí no talaban árboles para la cocina o calentarse, que aquellas semillas resolvían el problema, pero no le aclararon nada más.
Preguntó a los jardineros:
¿Alguien podría indicarme los caminos que conducen al Norte? 
Y le respondieron: 
¿Al Norte? Allí nadie ha ido nunca, es peligroso y se cuentan extrañas historias. Caminos no hay ninguno, ni siquiera se atreven los pastores a llevar sus rebaños y eso que por allí debe haber buenos pastos, pero todo el mundo tiene miedo y nadie se ha aventurado por aquel territorio. 
Pues cuando regrese tendré el gusto de informar a Su Majestad el Rey sobre los territorios que voy a explorar y qué hay de verdad o de mentira en todas esas historias que se cuentan. 
El Jefe de Jardineros, como la más alta representación del Reino allí, le prometió que; tan pronto regresara de su expedición, le conseguiría una audiencia real.
Entonces reinaba Mirto II esposo de Rosa XXIII, hijo de Roble X y de Begonia III, ya que los reyes de Alandia siempre ostentaban nombres de flores y plantas y hacían gala de su afición a la jardinería como lo demostraban sus famosos jardines y a veces hasta en su manera de hablar.
Finalmente salió hacia el Norte, campo a través. El terreno no era difícil, el pasto tierno y abundante porque era tiempo de ello, pero pensó que cuando todo aquello creciera y se secara sería un peligro por el riesgo de incendios, aunque minimizado por la falta de presencia humana que era el peor peligro. Había numerosas fuentes, por lo que no le faltó agua y tampoco caza. No le faltaban provisiones, pero no estaba de más llevar algo de carne de reserva y cazó unos conejos y alguna paloma de agua. 
¡Ah, lobo! Qué bien me vendrías ahora para ayudarme a cazar – dijo para si mismo pero en voz alta.
Las palomas de agua gustaban de dormir en las fuentes y las charcas, flotando como si fueran patos, eran fáciles de capturar cuando dormían, pero resultaban algo correosas.
A los dos días de caminar por aquellos llanos, divisó a lo lejos la línea de unas montañas y pensó que, aquello podría ser lo que dijo la Cueva, el Muro del Fin del Mundo; pero, cuando se acercó más, comprendió que no podía ser. Era una cadena montañosa, no muy alta, pero complicada de escalar puesto que, a media altura, el suelo estaba formado por lascas sueltas de pizarra con mucho peligro ya que era fácil resbalar y caer ladera abajo. 
Col, si tú estuvieras aquí seguro que extenderías tus raíces sobre las piedras y las meterías entre las grietas para no resbalar, así podríamos subir sin peligro, pero ¡qué le vamos a hacer!, habrá que ingeniárselas. 
Afortunadamente llevaba una destraleja que le había regalado Merto, y Merto entendía mucho del tema, era la persona más experta en el afilado de toda clase de herramientas cortantes. Con ella taló dos fuertes ramas de los pinos que había en lo más bajo de la falda de aquella montaña, haciendo unos bastones afilados por un extremo.
Cuando llegó a los últimos metros, los más peligrosos, con la parte puntiaguda de los dos bastones hurgaba entre las lascas de pizarra hasta que encontraba algo firme y así, poco a poco, asegurándose bien con los palos, consiguió escalar hasta la cumbre. Desde allí sí que pudo ver en la lejanía una franja en el horizonte, entre cielo y tierra, que se perdía a derecha e izquierda y pensó que podría ser, por fin, el dichoso Muro. Tuvo que descansar un rato en la cima, tras el fatigoso ascenso que le reportaría unas buenas agujetas en los bíceps.
El descenso fue más complicado aunque menos duro que la subida pero, poco a poco y ayudado con la cuerda y los escasos árboles que había en la ladera, llegó finalmente a terreno llano poblado de un espeso pinar, donde pensó hacer noche. 
Pues descansaremos aquí esta noche, que nos lo hemos ganado. 
Ya había dejando en el suelo el zurrón para prepararse algo de cena cuando oyó un leve aleteo y algo que se acercó volando, tan veloz que no lo pudo distinguir, le propinó un fuerte golpe en la cabeza. Sorprendido por el golpe se refugió junto a un tronco, a falta de otro tipo de resguardo, para protegerse las espaldas y vigilando a un lado y a otro. Nuevamente oyó un aleteo, sintió una ráfaga de viento y no pudo evitar recibir un nuevo golpe en la cabeza. Esta vez había venido de la derecha.
Recogió una rama del suelo y se preparó un buen garrote quedando tenso a la espera de un nuevo ataque.
Tan pronto escuchó un nuevo aleteo, hizo un molinete de izquierda a derecha con aquella arma improvisada, con tan buena fortuna que su atacante golpeó en el palo y éste se partió por la mitad, pero el pájaro, pues pájaro era, yacía inmóvil en el suelo.
Era un ave de complexión robusta aunque no muy grande, del tamaño de un halcón, pero presentaba una rara peculiaridad y es que tenía por pico una protuberancia parecida a un martillo, ligera pero muy dura, que apenas pudo rayar con la punta de la navaja. Supuso que así cazaba, golpeaba a sus víctimas y después se las llevaba a trozos a la boca con sus fuertes garras, boca que consistía en una estrecha abertura bajo el martillo.
Le cortó la cabeza y se la guardó en el zurrón, nunca se sabe qué utilidad pudiera tener. Luego lo desplumó y, encendiendo un fuego, lo asó resultando de buen comer, aunque algo fibroso, algo más que las palomas de agua.
Ya mas tranquilo; pensando que aquel debía ser el único ejemplar, se disponía a dormir, cuando comenzó a oír aleteos y pudo ver a varias de aquella aves posadas en las copas de los pinos circundantes, mirándolo apreciativamente, en espera de lanzarse en un ataque combinado que no hubiera podido repeler. No sabía cómo salir del atolladero y no tenía donde refugiarse. Si le golpeaban todos podrían acabar con él y ya se veía desgarrado y devorado por aquellos pájaros martillo.
Una idea le rondó por la cabeza y enseguida la puso en práctica. Sacando la capa que le habían regalado en los Telares de Cipán, se la echó por encima y se estuvo quieto, aunque tenía bien empuñada la destraleja para, si todo fallaba, vender cara su vida. Descubrió, además, que la capa tenía otra peculiaridad y es que podía ver desde dentro todo lo que sucedía a su alrededor.
Al cabo de un buen rato de estar inmóvil, cubierto con la capa, pudo ver que sus enemigos iban abandonando las copas de los pinos y volaban lejos de allí.
La prueba de la capa había resultado un éxito y le había salvado la vida, tenía que contárselo a sus amigos de Los Telares. Los pájaros martillo no le habían podido ver debajo de la capa y, a falta de presa, habían abandonado la caza.
Pensó que aquellos eran unos pájaros diurnos y que no debía preocuparse por la noche pero, desde aquella ocasión, todas las noches durmió envuelto en su capa. Esa noche pudo dormir tranquilo, aunque le dolía algo la cabeza por los golpes; además le habían salido dos chichones como huevos de codorniz, lo que no es mucho, pensó.
Al día siguiente continuó la caminata, pero vigilando y estando muy alerta por si volvía a escuchar otro aleteo. La franja del Muro ya se perfilaba más nítida en el horizonte y calculó que no faltarían más allá de dos días de camino hasta el pie del farallón. Los días que siguieron fueron tranquilos y sin sorpresas desagradables, salvo una noche en que hubo de cambiar el lugar elegido para dormir, a causa de una legión de hormigas gigantes y guerreras, que habrían podido llevárselo a cuestas a su hormiguero, tantas y tan grandes eran.


EN BUSCA DE HÉNDER parte 2 

el próximo jueves

miércoles, 2 de noviembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 1 (Las piedras de Hénder) parte 1

NOTA:_  Hoy vuelvo a publicar aquella primera parte que ya publiqué en su día. Más que nada para que no queden partes desperdigadas y el relato continúe seguido desde el principio.

Comenzamos aquí un nuevo libro titulado RELATOS DE HÉNDER. Se trata de un largo cuento en forma de trilogía de momento, porque tiene vida propia y sigue creciendo; con aventuras, exploraciones y mucha magia. Un "malvado y poderoso mago - tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto -" es autor de un encantamiento que Fan, nuestro protagonista, deberá neutralizar. Contará para ello con unos extraños compañeros de viaje y descubrirá nuevas tierras inexploradas.




Y comienza así...


dedicado a Elia y Llanos
que algo de frikismo me deben


LIBRO 1.- Las piedras de Hénder (parte 1)


Pascia era un pequeño y tranquilo país, situado al sureste del Continente Único. Limitaba al Norte con el Reino de Alandia y al Oeste con las Montañas Brumosas. Era un país de pescadores y campesinos que nunca habían ido más allá de sus fronteras y que, salvo algún caso excepcional, no tenían ningún interés en aventuras ni viajes.
En Aste, una pequeña aldea que se dedicaba a la agricultura y la ganadería, situado al Norte de la Capital, vivía un pastor llamado Fantasik, al que todos llamaban Fan. Cuidaba su rebaño con gran dedicación, ordeñaba sus ovejas y elaboraba los mejores quesos del pueblo y de los mejores de toda Pascia. También esquilaba, aunque las labores de hilado y tejido se las dejaba a otros.
Era un espíritu inquieto y curioso, pero tampoco en su vida había tenido ocasión de salir de los límites de su aldea, ni tan siquiera conocía el Mar del Alba que bañaba las costas del Sur y el Este de su país, nunca se había aventurado por los caminos que conducían al pueblo de pescadores conocido como Puerto Fin y aún menos a la Capital, de hecho ellos no viajaban para vender sus productos sino que los comerciantes de la capital viajaban a Aste y los recogían con sus carretas.
Fan conocía muy bien a cada una de sus ovejas y sus preferencias a la hora de comer, y a cada uno de sus perros, de los que Rayo era el mayor y macho dominante de los otros tres. Entre sus ovejas había unas que preferían el trébol silvestre, otras la avena borde de los ribazos, otras la correhuela,… pero otra tenía aficiones caprinas, ya que sólo le gustaba un raro té de roca que crecía en los riscos más inaccesibles; por lo que se engarabitaba por los roquedales, como si fuera una cabra, en busca de tan aromático forraje. Por encima de las otras, a Fan le resultaba simpática esta oveja porque; además de sus curiosos hábitos alimentarios y de que había aparecido no hacía mucho entre el rebaño sin que nadie supiera de dónde había salido, tenía una mancha negra en la cabeza que le daba un aire cómico. Como a todas sus ovejas y a sus perros le había puesto nombre, la llamaba Lunar por aquella mancha y porque había aparecido con la Primera Luna llena
Cierto día en que buscaba su golosina, se encaramó en unas crestas pero, una vez allí, fue incapaz de bajar por más que lo intentó, ya que el paraje era de lo más escarpado. Asustada comenzó a balar y balar hasta que el pastor pudo localizarla y, con muchas dificultades, trepar por las rocas hasta alcanzarla. Una vez arriba se la cargó a cuestas y emprendió el peligroso descenso, con riesgo de caer y estrellarse contra las rocas.
Logró descender hasta el prado y, dejándola en el suelo, muy enfadado, comenzó a decirle, como si ella pudiera entenderlo.
– ¿Estás loca?, tú no eres una cabra. Que sea la última vez que me haces esto, porque no me molestaré en subir a ayudarte
Como si lo hubiera entendido, Lunar agachó las orejas y se tendió mansamente en el pasto y, al mismo tiempo, como una aparición, se materializó junto a ella una bella joven ataviada con una vaporosa túnica de seda y le dijo al pastor.
– Gracias por rescatarla; es muy importante porque sin ella no podría librarme del encantamiento que pesa sobre mí.
Fan casi se cae al suelo del sobresalto y se la quedó mirando embobado, no se sabe si por la sorpresa o por la contemplación de aquella rara belleza
– ¿Quién eres y qué quieres decir?– dijo Fan, al que casi no le salía la voz sorprendido por la súbita aparición
– Yo soy Saturia la hija del rey Nasiano V que reina en un país muy lejano, pero no tanto como suelen serlo los países de los cuentos y por eso se llama así, No Tan Lejano. Un malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto, me condenó a vagar como un espíritu por esos mundos, sin poder regresar a mi país ni a mi forma corpórea, hasta que alguien logre reunir las cuatro piedras perdidas de la Corona de Hénder.
– ¿Y tú que tienes que ver conmigo y con Lunar?
– Si me puedes ver ahora es gracias a haberla salvado del peligro y sólo me puedes ver tú. El malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto, convirtió una de las piedras perdidas en oveja, de ahí su extraño comportamiento; pero hasta que no se encuentren juntas todas ellas no se romperán los encantamientos, tanto el mío, como los de las cuatro piedras. Por favor, ¡ayúdame!, tienes que encontrar las otras tres y te estaré eternamente agradecida. La próxima se encuentra cerca del pueblo de Mutts, en la Cueva de los Silencios, al borde de las Montañas Brumosas, pero no puedo decirte en qué la transformó el malvado y poderoso mago, eso lo tienes que descubrir tú.
Y dicho esto la princesa desapareció del mismo modo en que había aparecido.
Fan se quedó boquiabierto, contemplando el lugar que segundos antes ocupaba aquella bella y sorprendente aparición, pero reaccionó enseguida y tomó una decisión.
Animado por la expectativa de aventuras y encandilado por la belleza de la princesa, decidió emprender la búsqueda, así que se dirigió a la aldea y le contó la historia a su mejor amigo, Merto. Éste, que también era dado a la fantasía, quiso acompañarlo en su búsqueda pero, a regañadientes, tuvo que quedarse al cuidado del rebaño, aunque Fan tuvo que prometerle llevarle con él en sus próximos viajes.
Merto era un diestro artesano de la forja y fabricaba muy buenos instrumentos y herramientas de corte de excelente filo, tan excelente que podían cortar un cabello al aire y, como prueba de su habilidad, lucía una cicatriz en una mejilla fruto de un accidente con una de sus navajas.
Ambos amigos pasaban largas horas de charla y se ayudaban mutuamente en sus respectivas tareas, aunque a Fan no se le daba tan bien el afilado ni a Merto el pastoreo.
Acompañado por la oveja encantada, se puso en camino hacia las Montañas Brumosas. Llevaba en su zurrón, además de su navaja y una pequeña hacha obra de su amigo, yesca y pedernal en un bruñido estuche de acero que también era obra de Merto, una fuerte pero fina cuerda, un pañuelo de hatillo, una fina manta de la lana de sus ovejas, una hermosa hogaza de pan, uno de sus quesos más curados, chorizo y tocino suficientes para unos días, pero como era buen conocedor de las plantas y hongos comestibles, así como de algunas plantas medicinales apenas tendría que echar mano de sus reservas.
A los cinco días de caminar ya se distinguía a lo lejos la silueta de las montañas aunque debían caminar aún otros tres o cuatro días más, ya que el sendero bordeaba la falda oriental, hasta llegar a aquel pueblecito a la orilla de las Montañas y ya muy cerca de la costa.
El sol apretaba fuerte, de modo que a las horas de más calor comía y reposaba a la sombra y se dedicaba a tallar con su navaja complicados dibujos en su cayado.
Una vez llegado a Mutts quiso preguntar dónde se hallaba la Cueva, pero el pueblo bullía de actividad; la gente iba de aquí para allá con guadañas, horcas, palos y todo tipo de armas imaginables.
Preguntó al primero que se encontró, que a qué se debía aquel revuelo y le respondió.
– Vamos a matar a un maldito lobo que se esconde en la Cueva de los Silencios, ya estamos hartos de que nos mate las ovejas. Y tú no sé por qué te atreves a venir aquí con esa precisamente.
– ¿Por qué? ¿Qué tiene de particular esta oveja?
– Porque este lobo tiene la manía de matar a todas las ovejas blancas con una mancha negra en la cabeza, suerte que de esas hay pocas. A las blancas del todo y a las completamente negras no las ataca, sólo las espanta, pero luego cuesta reunirlas, y más de una se despeña huyendo.
Enseguida intuyó que el lobo era su objetivo y les dijo a los habitantes del pueblo.
– No os preocupéis que yo os voy a librar de él.
Y se encaminó a la Cueva. La boca era oscura, no digo que como boca de lobo, pero oscura con ganas. Precediendo a Lunar se internó en la abertura, anduvo unos pasos y descubrió al fondo el brillo de unos ojos fosforescentes y atemorizadores. El miedo recorrió su espinazo como un calambre, pero no se arredró, otras veces ya se las había tenido que ver con lobos y sabía como tratarlos, aunque en esta ocasión no contaba con la ayuda de Rayo y sus compañeros. Siguió avanzando hasta que se le acomodó la vista y descubrió, agazapado al fondo de la cueva, tras unas estalagmitas, a un lobo grande y gris con aire amenazador.
Dirigiéndose a él, le dijo:
– ………………………………………
Pero, haciendo honor a su nombre, las paredes de la Cueva absorbían todos los sonidos, incluso sus pisadas y los latidos de su corazón, y no se escuchó nada.
Repitió de nuevo el intento, alzando la voz, con el mismo resultado.
– ………………………………………
El lobo, enseñando los afilados colmillos y alzando el cuello aulló
– ………………………………………
Tampoco su aullido llegó a materializarse, el espeso silencio, casi sólido, era dueño de la cueva.
Dio la vuelta y se dirigió al exterior seguido por Lunar. El lobo salió tras ellos, mirándolos con ojos famélicos.
Encarándose a él, le dijo:
– ¿Así es como me agradeces que te salve la vida?, Los campesinos estaban dispuestos a matarte, pero yo les he pedido que te dejaran en paz y les he prometido que te llevaría muy lejos. De desagradecidos está el mundo lleno, pero si lo prefieres te doy a elegir: te dejo con ellos o me haces caso y te vienes con nosotros.
Una multitud armada con los enseres más variopintos, si puede llamarse multitud a toda la población de una pequeña aldea, contemplaba al lobo con miradas airadas.
Como si lo hubiera entendido, el lobo agachó las orejas y se tendió mansamente en el pasto y, al mismo tiempo, como una aparición, se materializó junto a ellos Saturia, aquella bella joven de la primera vez.
– Gracias por rescatar al lobo de las iras de los campesinos; es muy importante porque, sin él, no podría librarme del encantamiento que echó sobre mí aquel malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto. No debes preocuparte por lo que pueda decir toda esa gente, no me pueden ver. Ahora que has encontrado la segunda piedra encantada deberás seguir la búsqueda llevando contigo a la oveja y el lobo. Pero debes tener mucho cuidado de que éste no la dañe, porque entonces todos nuestros esfuerzos habrían sido en vano. De la tercera piedra encantada sólo puedo decirte que se encuentra en los Jardines Reales de Alandia y no puedo decirte bajo qué forma la escondió el mago.
Dicho esto la princesa desapareció tal como había aparecido.
Fan no quedó tan embelesado con la princesa como la otra vez, es más le molestó mucho tener que ir ahora a Alandia, ya que la distancia era mucha y debía desandar buena parte del camino, para finalmente atravesar el puente sobre el río Far y el páramo gris.
– Ya podía haberme enviado primero allí y ahora no tendría que dar tanto rodeo
Pero, resignado, emprendió el viaje llevando delante al lobo, para mantenerlo vigilado, y seguido por Lunar.
Los aldeanos, que habían contemplado sorprendidos aquella rara escena, y que aunque no vieron a la princesa habían visto a Fan hablar al aire, se quedaron boquiabiertos mirando cómo se perdía en la distancia aquel extraño trío y luego regresaron todos a sus casas y a sus tareas cotidianas.




miércoles, 25 de mayo de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 1 (Las piedras de Hénder) parte 1

Comenzamos aquí un nuevo libro titulado RELATOS DE HÉNDER. Se trata de un largo cuento en forma de trilogía de momento, porque tiene vida propia y sigue creciendo; con aventuras, exploraciones y mucha magia. Un "malvado y poderoso mago - tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto -" es autor de un encantamiento que Fan, nuestro protagonista, deberá neutralizar. Contará para ello con unos extraños compañeros de viaje y descubrirá nuevas tierras inexploradas.



Y comienza así...

dedicado a Elia y Llanos
que algo de frikismo me deben


LIBRO 1.- Las piedras de Hénder (parte 1)


Pascia era un pequeño y tranquilo país, situado al sureste del Continente Único. Limitaba al Norte con el Reino de Alandia y al Oeste con las Montañas Brumosas. Era un país de pescadores y campesinos que nunca habían ido más allá de sus fronteras y que, salvo algún caso excepcional, no tenían ningún interés en aventuras ni viajes.
En Aste, una pequeña aldea que se dedicaba a la agricultura y la ganadería, situado al Norte de la Capital, vivía un pastor llamado Fantasik, al que todos llamaban Fan. Cuidaba su rebaño con gran dedicación, ordeñaba sus ovejas y elaboraba los mejores quesos del pueblo y de los mejores de toda Pascia. También esquilaba, aunque las labores de hilado y tejido se las dejaba a otros.
Era un espíritu inquieto y curioso, pero tampoco en su vida había tenido ocasión de salir de los límites de su aldea, ni tan siquiera conocía el Mar del Alba que bañaba las costas del Sur y el Este de su país, nunca se había aventurado por los caminos que conducían al pueblo de pescadores conocido como Puerto Fin y aún menos a la Capital, de hecho ellos no viajaban para vender sus productos sino que los comerciantes los recogían con sus carretas.
Fan conocía muy bien a cada una de sus ovejas y sus preferencias a la hora de comer y a cada uno de sus perros, de los que Rayo era el mayor y macho dominante de los otros tres. Entre sus ovejas había unas que preferían el trébol silvestre, otras la avena borde de los ribazos, otras la correhuela,… pero otra tenía aficiones caprinas, ya que sólo le gustaba un raro té de roca que crecía en los riscos más inaccesibles; por lo que se engarabitaba por los roquedales, como si fuera una cabra, en busca de tan aromático forraje. Por encima de las otras, a Fan le resultaba simpática esta oveja porque; además de sus curiosos hábitos alimentarios y de que había aparecido no hacía mucho entre el rebaño sin que nadie supiera de dónde había salido, tenía una mancha negra en la cabeza que le daba un aire cómico. Como a todas sus ovejas y a sus perros le había puesto nombre, la llamaba Lunar por aquella mancha y porque había aparecido con la Primera Luna Llena
Cierto día en que buscaba su golosina, se encaramó en unas crestas pero, una vez allí, fue incapaz de bajar por más que lo intentó, ya que el paraje era de lo más escarpado. Asustada comenzó a balar y balar hasta que el pastor pudo localizarla y, con muchas dificultades, trepar por las rocas hasta alcanzarla. Una vez arriba se la cargó a cuestas y emprendió el peligroso descenso, con riesgo de caer y estrellarse contra las rocas.
Logró descender hasta el prado y, dejándola en el suelo, muy enfadado, comenzó a decirle, como si ella pudiera entenderlo.
¿Estás loca?, tú no eres una cabra. Que sea la última vez que me haces esto, porque no me molestaré en subir a ayudarte
Como si lo hubiera entendido, Lunar agachó las orejas y se tendió mansamente en el pasto y, al mismo tiempo, como una aparición, se materializó junto a ella una bella joven ataviada con una vaporosa túnica de seda y le dijo al pastor.
Gracias por rescatarla; es muy importante porque sin ella no podría librarme del encantamiento que pesa sobre mi.
Fan casi se cae del sobresalto y se la quedó mirando embobado, no se sabe si por la sorpresa o por la contemplación de aquella rara belleza
¿Quién eres y qué quieres decir?– dijo Fan, al que casi no le salía la voz sorprendido por la súbita aparición
Yo soy Saturia la hija del rey Nasiano V que reina en un país muy lejano, pero no tanto como suelen serlo los países de los cuentos y por eso se llama así, No Tan Lejano. Un malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto, me condenó a vagar como un espíritu por esos mundos, sin poder regresar a mi país ni a mi forma corpórea, hasta que alguien logre reunir las cuatro piedras perdidas de la Corona de Hénder.
¿Y tú que tienes que ver conmigo y con Lunar?
Si me puedes ver ahora es gracias a haberla salvado del peligro y sólo me puedes ver tú. El malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto, convirtió una de las piedras perdidas en oveja, de ahí su extraño comportamiento; pero hasta que no se encuentren juntas todas ellas no se romperán los encantamientos, tanto el mío, como los de las cuatro piedras. Por favor, ¡ayúdame!, tienes que encontrar las otras tres y te estaré eternamente agradecida. La próxima se encuentra cerca del pueblo de Mutts, en la Cueva de los Silencios, al borde de las Montañas Brumosas, pero no puedo decirte en qué la transformó el malvado y poderoso mago, eso lo tienes que descubrir tú.
Y dicho esto la princesa desapareció del mismo modo en que había aparecido.
Fan se quedó boquiabierto, contemplando el lugar que segundos antes ocupaba aquella bella y sorprendente aparición, pero reaccionó enseguida y tomó una decisión.
Animado por la expectativa de aventuras y encandilado por la belleza de la princesa, decidió emprender la búsqueda, así que se dirigió a la aldea y le contó la historia a su mejor amigo, Merto. Éste, que también era dado a la fantasía, quiso acompañarlo en su búsqueda pero, a regañadientes, tuvo que quedarse al cuidado del rebaño, aunque Fan tuvo que prometerle llevarle con él en sus próximos viajes.
Merto era un diestro artesano de la forja y fabricaba muy buenos instrumentos y herramientas de corte de excelente filo, tan excelente que podían cortar un cabello al aire y, como prueba de su habilidad, lucía una cicatriz en una mejilla fruto de un accidente con una de sus navajas.
Ambos amigos pasaban largas horas de charla y se ayudaban mutuamente en sus respectivas tareas, aunque a Fan no se le daba tan bien el afilado ni a Merto el pastoreo.
Acompañado por la oveja encantada, se puso en camino hacia las Montañas Brumosas. Llevaba en su zurrón, además de su navaja y una pequeña hacha obra de su amigo, yesca y pedernal en un bruñido estuche de acero que también era obra de Merto, una fuerte pero fina cuerda, un pañuelo de hatillo, una fina manta de la lana de sus ovejas, una hermosa hogaza de pan, uno de sus quesos más curados, chorizo y tocino suficientes para unos días, pero como era buen conocedor de las plantas y hongos comestibles, así como de algunas plantas medicinales apenas tendría que echar mano de sus reservas.
A los cinco días de caminar ya se distinguía a lo lejos la silueta de las montañas aunque debían caminar aún otros tres o cuatro días más, ya que el sendero bordeaba la falda oriental, hasta llegar a aquel pueblecito a la orilla de las Montañas y ya muy cerca de la costa.
El sol apretaba fuerte, de modo que a las horas de más calor comía y reposaba a la sombra y se dedicaba a tallar con su navaja complicados dibujos en su cayado.
Una vez llegado a Mutts quiso preguntar dónde se hallaba la Cueva, pero el pueblo bullía de actividad; la gente iba de aquí para allá con guadañas, horcas, palos y todo tipo de armas imaginables.
Preguntó al primero que se encontró, que a qué se debía aquel revuelo y le respondió.
Vamos a matar a un maldito lobo que se esconde en la Cueva de los Silencios, ya estamos hartos de que nos mate las ovejas. Y tú no sé por qué te atreves a venir aquí con esa precisamente.
¿Por qué? ¿Qué tiene de particular esta oveja?
Porque este lobo tiene la manía de matar a todas las ovejas blancas con una mancha negra en la cabeza, suerte que de esas hay pocas, pero a las blancas del todo y a las completamente negras no las ataca, sólo las espanta, pero luego cuesta reunirlas, y más de una se despeña huyendo.
Enseguida intuyó que el lobo era su objetivo y les dijo a los habitantes del pueblo.
No os preocupéis que yo os voy a librar de él.
Y se encaminó a la Cueva. La boca era oscura, no digo que como boca de lobo, pero oscura con ganas. Precediendo a Lunar se internó en la abertura, anduvo unos pasos y descubrió al fondo el brillo de unos ojos fosforescentes y atemorizadores. El miedo recorrió su espinazo como un calambre, pero no se arredró, otras veces ya se las había tenido que ver con lobos y sabía como tratarlos, aunque en esta ocasión no contaba con la ayuda de Rayo y sus compañeros. Siguió avanzando hasta que se le acomodó la vista y descubrió, agazapado al fondo de la cueva, tras unas estalagmitas, a un lobo grande y gris con aire amenazador.
Dirigiéndose a él, le dijo:
– ………………………………………
Pero, haciendo honor a su nombre, las paredes de la Cueva absorbían todos los sonidos, incluso sus pisadas y los latidos de su corazón, y no se escuchó nada.
Repitió de nuevo el intento, alzando la voz, con el mismo resultado.
– ………………………………………
El lobo, enseñando los afilados colmillos y alzando el cuello aulló
– ………………………………………
Tampoco su aullido llegó a materializarse, el espeso silencio era dueño de la cueva.
Dio la vuelta y se dirigió al exterior seguido por Lunar. El lobo salió tras ellos, mirándolos con ojos famélicos.
Encarándose a él, le dijo:
¿Así es como me agradeces que te salve la vida?, Los campesinos estaban dispuestos a matarte, pero yo les he pedido que te dejaran en paz y les he prometido que te llevaría muy lejos. De desagradecidos está el mundo lleno, pero si lo prefieres te doy a elegir: te dejo con ellos o me haces caso y te vienes con nosotros.
Una multitud armada con los enseres más variopintos, si puede llamarse multitud a toda la población de una pequeña aldea, contemplaban al lobo con miradas airadas.
Como si lo hubiera entendido, el lobo agachó las orejas y se tendió mansamente en el pasto y, al mismo tiempo, como una aparición, se materializó junto a ellos Saturia, aquella bella joven de la primera vez.
Gracias por rescatar al lobo de las iras de los campesinos; es muy importante porque, sin él, no podría librarme del encantamiento que echó sobre mí aquel malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto. No debes preocuparte por lo que pueda decir toda esa gente, no me pueden ver. Ahora que has encontrado la segunda piedra encantada deberás seguir la búsqueda llevando contigo a la oveja y el lobo. Pero debes tener mucho cuidado de que éste no la dañe, porque entonces todos nuestros esfuerzos habrían sido en vano. De la tercera piedra encantada sólo puedo decirte que se encuentra en los Jardines Reales de Alandia y no puedo decirte bajo qué forma la escondió el mago.
Dicho esto la princesa desapareció tal como había aparecido.
Fan no quedó tan embelesado con la princesa como la otra vez, es más le molestó mucho tener que ir ahora a Alandia, ya que la distancia era mucha y debía desandar buena parte del camino, para finalmente atravesar el puente sobre el río Far y el páramo gris.
Ya podía haberme enviado primero allí y ahora no tendría que dar tanto rodeo
Pero, resignado, emprendió el viaje llevando delante al lobo, para mantenerlo vigilado, y seguido por Lunar.
Los aldeanos, que habían contemplado sorprendidos aquella rara escena, aunque no vieron a la princesa habían visto a Fan hablar al aire, se quedaron boquiabiertos mirando cómo se perdía en la distancia aquel extraño trío y luego regresaron todos a sus casas y a sus tareas cotidianas.


(Publicación interrumpida
vuelto a publicar completo desde )
AQUÍ