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jueves, 25 de agosto de 2016

El Enano Soplacuentos



Acabadas la peripecias de la gallina “Cloe” y las locas 
aventuras de los “Piratas de Barbados”, comienzo ahora 
una nueva serie de cuentos que espero os gusten y me 
de tiempo, entre tanto,  a revisar y teclear los “Relatos de 
Hénder” que intenté publicar antes y que han seguido sus 
andanzas por su cuenta, duplicando lo que ya tenía escrito.

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie



Me encontraba muy mal, tan mal como para no tener ganas de nada; de salir, de ver a nadie y ni tan siquiera de mirarme al espejo. Y, de haberlo hecho, me habría llevado un buen susto porque tampoco tenía ganas de afeitarme.
Hacía mucho tiempo que era incapaz de enhebrar cuatro líneas medianamente coherentes. Me había quedado sin inspiración, sin esa chispa que enciende las ideas, destapa los sueños y hace brotar las historias. Tampoco las musas, si es que existen, se habían dignado visitarme.
Pues, como he dicho, me encontraba muy mal, en las horas más bajas que había pasado en mi vida, y deseaba fervientemente recibir algún tipo de ayuda, cualquiera que ésta fuera.
La papelera rebosaba de folios arrugados, en los que había intentado infructuosamente hilvanar unas cuantas frases; pero, sin ideas, era como pedir a alguna persona normal que intentara interpretar y describir un cuadro abstracto.
Sabía que era capaz de desarrollar una narración; con su planteamiento, nudo y desenlace, lo había hecho muchas veces, pero en ese momento me faltaba lo más importante: la historia y, sin la historia, todo lo que escribía resultaba inconexo, ininteligible y carente de interés.
Dando vueltas mecánicamente al bolígrafo entre los dedos, miraba fijamente el blanco papel sobre mi escritorio, como si su desnudez pudiera hacerme concebir ideas con que vestirlo de frases y más frases.
No sé si fue el blanco del papel que me deslumbraba, o que mi vista o mi cerebro me estaban jugando una mala pasada. Sobre la impoluta superficie del folio, se materializó un diminuto y extraño personaje. Podría describirlo como uno de aquellos muñecos de Famobil, los Clicks, de ese tamaño, pero con más aspecto humano. Me pareció uno de aquellos duendes o gnomos, de los que, siendo pequeño, había leído y había visto dibujados. También vestía de forma llamativa, con unas vestiduras de color verde y un gorro en forma de seta.
Se me quedó mirando descaradamente y me soltó a bocajarro:
- ¿Por qué me has invocado?
Yo estaba tan sorprendido que casi era incapaz de pensar y de articular palabra, pero conseguí decir:
- Yo no te he invocado, ni sabía que existieras, si es que existes y no estoy soñando; porque...¿quién eres y de dónde sales?
- Soy Plin, así tal cual suena, y vengo a satisfacer tus peticiones porque, aunque no lo sepas, me has llamado. Vengo a inspirarte, porque mi misión es soplarle ideas al oído a aquellos escritores que se encuentran en un período de sequía, cosa que sucede a menudo. Nunca había tenido que visitarte. Hasta ahora te las habías apañado bien; aunque permite que te recomiende no ser tan rebuscado y tan difícil, porque los niños no entienden muchas de las palabras que usas, así como frases y giros.
- Pues de eso se trata, de que vayan enriqueciendo sus conocimientos y su vocabulario. A fin de cuentas hoy en día no tienen que ir con una enciclopedia de veinte tomos a cuestas, les basta con consultar en el móvil.
Sin dejarme acabar la última palabra, se encaramó de un salto en mi hombro y me pegó un susto tal que estuve a punto de sacudírmelo de un manotazo, como si fuera un bicho; pero esperé, intrigado, a ver que pasaba.
Se acercó a mi oído derecho, no comprendo cómo es que sabía que soy un poco duro de oído del izquierdo, y me susurró unas palabras que yo, al pronto, no entendí. Y desapareció tal como había aparecido.
Más tarde, ya recuperado de la sorpresa, fui capaz de entender su mensaje y escribir un cuento. El cuento más raro que había escrito en mi vida, pero tenía sentido, no como lo que últimamente había estado intentando escribir sin éxito.
No es que aquel personaje fantástico fuera un enano, era mucho más pequeño, pero yo acabé llamándolo “el enano soplacuentos” porque, aparte de su nombre, no sabía gran cosa de él.
Desde entonces me ha vuelto la inspiración y no lo he necesitado apenas; pero, cuando me falla la imaginación, no me preocupo ni me desespero, simplemente digo:
- A mí Plin
y regresa a mi hombro, para soplarme al oído un nuevo argumento.




DE ESTA SERIE YA PUBLIQUÉ DOS DE LOS CUENTOS:
 

miércoles, 15 de abril de 2015

Rumpelstiltskin



Nuevo "trascuento" sobre "El Enano Saltarín" de los Hermanos Grimm. La verdad es que los hechos que se narran aquí son previos a ese cuento tan conocido, pero ¿qué fue primero, el huevo o la gallina?
RUMPELSTILTSKIN


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Había una vez un puñetero enano, y no es que yo tenga nada contra los enanos, no soy racista y los hay muy majos; pero este enano era muy feo, y no es que yo tenga algo en contra de los feos, porque los hay que en su interior son muy buenas personas. Lo malo de aquel enano feo es que era muy gamberro y siempre andaba haciendo trastadas, algunas de muy mal gusto.
De entre todas sus gamberradas, en algunas acabó saliéndole el tiro por la culata; pero otras eran tan pesadas que se había ganado, merecidamente, la animadversión de todos los habitantes del bosque, mágicos o no mágicos.
Uno de sus mayores fracasos, que le hizo volverse aún más agresivo, fue cuando a un pastor le estropeó la leche de sus ovejas al echarle al cántaro unas flores de cardo, que la hicieron cuajarse. Pero el pastor supo sacar provecho de la situación y descubrió el queso, cosa que a Rumpel (para abreviar su nombre completo que era Rumpelstiltskin) le sentó muy mal, y aún más cuando probó el queso y le supo muy bien.
Otra ocasión en que le salió rana la broma fue cuando al carnicero le echó a perder los mejores bistecs dejándolos totalmente triturados en la máquina picadora, aunque el carnicero se las ingenió para sacar provecho a aquella carne picada y descubrió la hamburguesa.
Pero lo normal es que sus bromas fueran muy pesadas y carentes de secuelas positivas.
A las ninfas y náyades, les enturbiaba el agua de fuentes, arroyos y ríos, cosa que les molestaba mucho. Rumpel procuraba no bañarse en sus aguas y permanecer fuera de su alcance, porque eran muy peligrosas y vengativas pero, como no le podían perseguir fuera del agua, estaba muy tranquilo y seguía contaminando sus límpidas aguas.
Al ogro le ató entre sí los cordones de sus botas de siete leguas mientras dormía y, cuando quiso salir corriendo, se dio un buen batacazo cayendo cuan largo era. Desde entonces, el ogro procuraba quitarse las botas cuando se echaba a dormir, lo que aprovechó Pulgarcito para robárselas, y eso hizo que aún se irritara más, pero no sólo con Pulgarcito, sino con Rumpel.
La Bruja Un Diente le debía a Rumpel, más que a los años, la falta del resto de su dentadura, porque un día le serró el palo de la escoba, pero sin llegar a cortarlo del todo y, cuando salió volando, se le acabó de romper y se dio de bruces con una roca.
Así andaba Rumpel; molestando a todo bicho viviente: echándole pimienta en la trompa de Dumbo, escondiendo la varita de Hada Madrina de Cenicienta, robándole las judías mágicas al gigante Fi Fai Fo Fum, que luego se encontró Juanito de las Habichuelas… etc.
Hasta que un día tuvo la mala ocurrencia de gastarle una de sus bromas a un mago llamado Artifax; un malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto.
Se atrevió a esconderle el cayado. De la casita del mago, cuando se dio cuenta de la desaparición. brotaron rayos, humos y sonidos espantosos
Así estuvo días buscando por todas partes, haciendo conjuros de localización y lanzando maldiciones a diestro y siniestro, más siniestro que diestro, porque aquello era terrorífico. Finalmente encontró su báculo en lo más hondo del pozo, lo sacó y, aquel cayado no se estuvo callado, habló por los codos, es decir por los nudos, y le contó quién había sido el culpable a su dueño Artifax, aquel malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto.
Artifax le echó una maldición a Rumpel, diciendo:
- Si para ti las bromas son tan divertidas, te voy a dar diversión para rato; vas a saltar y saltar indefinidamente, sin poder parar, hasta que tengas un recién nacido de sangre real, en cuyo momento quedarás libre de este hechizo.
Y a continuación:
- Abracadabra majalandruki y mucho cuenticuqui.
Rumpel rompió a saltar espontáneamente y no paraba, salvo unas pocas horas para dormir, lo que demuestra que Artifax no era tan malvado, aunque sí poderoso, pero ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto.
A partir de entonces buscó y buscó hasta la desesperación a una princesa que quisiera casarse con él. Pasaron muchos años, su nombre acabó olvidándose y sólo se le conocía como El Enano Saltarín.
Su búsqueda fue infructuosa, porque todas las princesas le rechazaban; aunque no por ser enano, porque las princesas no eran racistas, ni tampoco por ser feo, porque algunas de ellas no eran una belleza precisamente. El rechazo era porque:
¿Quién querría casarse con alguien que no paraba de saltar como una rana todo el santo día y, lo que es peor, que se quedaba inmóvil como una estatua por las noches en la cama?
Hasta que un día tuvo la suerte de tropezarse con la hija de un molinero, de la que su padre presumía que era capaz de hilar paja y convertirla en oro. Pero eso ya es otra historia que todos ya sabemos.




Este trascuento habla de la historia de EL ENANO SALTARÍN que ya conocemos, pero de tiempo antes de ser conocido por ese cuento clásico, también hace referencia a otros cuentos como: Pulgarcito y La Gallina de los Huevos de Oro y otros. Así como a otras aventuras publicadas aquí en "Relatos de Hénder" y a su malvado y poderoso mago.

El Enano Saltarín

Un cuento clásico de los Hermanos Grimm que me ha inspirado para un nuevo y fresco "trascuento" inédito, que no está entre los publicados en mi libro "En el Mundo de los Cuentos", y que pondré AQUÍ mañana.



El Enano Saltarín 


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Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una pequeña aldea en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse importancia: 
- Además de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hilándola con una rueca.
El rey, francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dudó un instante y la llevó con él a palacio.
Una vez en el castillo, el rey ordenó que condujesen a la hija del molinero a una habitación repleta de paja, donde había también una rueca: 
- Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre decía la verdad y convertir esta paja en oro. De lo contrario, serás desterrada.
La pobre niña lloró desconsolada, pero he aquí que apareció un estrafalario enano que le ofreció hilar la paja en oro a cambio de su collar. La hija del molinero le entregó la joya y... zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en oro en las canillas, hasta que no quedó ni una brizna de paja y la habitación refulgía por el oro.
Cuando el rey vio la proeza, guiado por la avaricia, espetó: 
- Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitación.
Y le señaló una estancia más grande y más repleta de paja que la del día anterior.
La muchacha estaba desesperada, pues creía imposible cumplir la tarea pero, como el día anterior, apareció el enano saltarín: 
- ¿Qué me das si hilo la paja para convertirla en oro? - preguntó al hacerse visible. 
- Sólo tengo esta sortija. - dijo la doncella tendiéndole el anillo. 
- Empecemos pues, - respondió el enano.
Y zis-zas, zis-zas, toda la paja se convirtió en oro hilado. Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando comprobó que se habían cumplido sus órdenes, anunció: 
- Repetirás la hazaña una vez más, si lo consigues, te haré mi esposa.
Pues pensaba que, a pesar de ser hija de un molinero, nunca encontraría mujer con dote mejor. Una noche más lloró la muchacha, y de nuevo apareció el grotesco enano: 
- ¿Qué me darás a cambio de solucionar tu problema? - preguntó, saltando, a la chica. 
- No tengo más joyas que ofrecerte, - y pensando que esta vez estaba perdida, gimió desconsolada. 
- Bien, en ese caso, me darás tu primer hijo, - demandó el enanillo. Aceptó la muchacha:
- Quién sabe cómo irán las cosas en el futuro. - dijo para sus adentros.
 Y como ya había ocurrido antes, la paja se iba convirtiendo en oro a medida que el extraño ser la hilaba. Cuando el rey entró en la habitación, sus ojos brillaron más aún que el oro que estaba contemplando, y convocó a sus súbditos para la celebración de los esponsales.
Vivieron ambos felices y al cabo de una año, tuvieron un precioso retoño. La ahora reina había olvidado el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se asustó enormemente cuando una noche apareció el duende saltarín reclamando su recompensa.
- Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te daré todo lo que quieras.
- ¿Cómo puedes comparar el valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo, - exigió el desaliñado enano. Pero tanto rogó y suplicó la mujer, que conmovió al enano:
- Tienes tres días para averiguar cuál es mi nombre, si lo aciertas, dejaré que te quedes con el niño.
Por más que pensó y se devanó los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la respuesta correcta. Al tercer día, envió a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo. De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un duende al que había visto saltar a la puerta de una pequeña cabaña cantando:
Hoy tomo vino,
y mañana cerveza,
después al niño sin falta traerán.
Nunca, se rompan o no la cabeza,
el nombre Rumpelstiltskin adivinarán!
Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, ésta le contestó:
- ¡Te llamas Rumpelstiltskin!
- ¡No puede ser! - gritó él, -
Y tanto y tan grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada hasta la mitad, y cuando intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.