Tras
la marcha del flautista y la desaparición de los niños, en Hamelín
había duelos y llantos, pero también indignación. Duelos y llantos
por los niños perdidos e indignación con el Concejo Municipal
al que acusaban de ser culpable de aquella desgracia por no haber cumplido con el pago prometido
al flautista, tras llevarse los ratones. Esto no podía quedar así y
los ánimos comenzaron a exaltarse. Se formaron comités y asambleas
y decidieron pasar a la acción.
Se
iniciaron las protestas frente al Concejo, con pancartas y
consignas. Pero los ánimos se fueron caldeando y se lanzó pintura a
la fachada y huevos a quien se atreviera a asomar por la puerta. Un
piquete intentó forzar la verja del patio que daba acceso al
edificio y el Alcalde tuvo que recurrir a la fuerza pública para
defender las dependencias municipales y la propia integridad del
Concejo.
La
quema de contenedores y las escaramuzas fueron extendiéndose por el
centro, alrededor del Concejo, y el Alcalde, finalmente, tuvo
que llamar al orden y se ofreció para dialogar con una comisión
vecinal.
En
aquellos momentos ejercía de Alcalde un antiguo picapedrero llamado
Paul Kirchen. Un picapedrero que, gracias al apoyo de sus compañeros
de cantera y muchos más profesionales, había ascendido al cargo
tras sus encendidos mitines y diatribas contra la casta dominante y
con promesas de hacer limpieza de aprovechados y acomodados en el
Concejo. Pero cuando llegó al cargo pasó a ser parte de aquella
denostada casta dominante, ser uno más de los aprovechados y
acomodados y aumentar el número de ellos considerablemente.
En
la entrevista escuchó las acusaciones de los vecinos y acabó
argumentando que ellos habían hecho lo mejor que creían en bien de la ciudad al no
dilapidar los fondos destinados a servicios a la sociedad, sólo para pagar
a alguien que lo único que había hecho era tocar una flauta. Que,
de haberle pagado lo prometido, tendrían que subir tasas y gabelas o recortar servicios públicos necesarios. Habían hecho todo lo imposible pero era imprevisible la reacción de aquel flautista, culpable único
de lo ocurrido, y cualquiera habría actuado de la misma manera ante
una situación que nadie hubiera podido adivinar por inédita e imprevisible como una epidemia infecciosa desconocida.
Tras
horas de discusión y, tras alguna promesa de mejoras en los
servicios públicos o privados y algún sobre bajo mano, acabó convenciendo a
la comisión de la rectitud de actuación por parte del Concejo y
la única y absoluta culpabilidad del flautista.
En
Hamelín se calmaron los ánimos y la normalidad regresó a sus
calles, salvo a las casas de los vecinos que lloraban la pérdida de
sus hijos. Total, a los demás no les afectaba directamente.
El
flautista se había llevado a todos los niños y aquella ciudad no
tenía un futuro muy halagüeño. ¿Todos?. Todos no, porque, al
acabar el curso regresaron a Hamelín los niños del Alcalde y de los
demás aprovechados y acomodados del Concejo, que se hallaban
internos en caras residencias privadas de Ahmelón y Amehlán. Y con
su llegada se reabrieron las viejas heridas y la indignación volvió
a correr por las calles como la pólvora. Pero eso ya es otra historia.
El día estaba nublado y gris, pero nunca las nubes habían adoptado formas tan extrañas. Poco a poco se fueron oscureciendo y se abrieron, dejando caer su carga. Alguien gritó:
- ¡Están lloviendo ratones!
Y, en efecto, de las nubes caían miles y miles de ratones que, curiosamente, no sufrían daño alguno; como mucho, rodaban por el suelo, pero se levantaban y salían corriendo alocadamente.
Se sabe que, en ocasiones, hubo lluvias de ranas; pero no se tenían noticias de que, en ocasión alguna, llovieran roedores.
Por fin dejó de llover y todo parecía invadido por una plaga de langosta, pero no eran langostas sino ratones; más grandes y más pequeños, algunos tan pequeños que podían esconderse debajo de un botón. Comenzaron a colarse por todas partes: en las tiendas y en las alacenas, roían todo lo comestible, incluso agujereaban los odres, y el vino o el aceite corría a raudales por el suelo, aunque se salvaron los toneles y las tinajas de barro.
Se las tuvieron que ingeniar para guardarlo todo en recipientes metálicos o de barro, que no pudieran roer, pero entonces se cebaron en los graneros, no dejando grano ni siquiera para simiente.
Los gatos de Ahmelón, que así se llamaba el pueblo aquél, estaban de enhorabuena con tanta caza, pero no eran suficientes para controlar la invasión y, además, acabaron con indigestión y ahítos de tanto comer.
Se convocó una reunión de emergencia en el Ayuntamiento y dijo el Alcalde:
- Tendremos que hacer algo, porque; ni los cepos, ni nuestros gatos, son suficientes para controlar esta plaga. Además, se reproducen más rápido de lo que somos capaces de cazar.
- Tendríamos que pedir ayuda a Hamelín, porque ellos tienen experiencia con los ratones – dijo un concejal.
- Pues te encargo de que te acerques al pueblo de al lado a pedir consejo y auxilio.
Y así sucedió. En pocas horas hizo el trayecto de Ahmelón a Hamelín y pidió audiencia con el Alcalde de aquella villa. Una vez expuesta la situación, el Alcalde le respondió:
- No os recomiendo el flautista, porque es muy caro y a nosotros nos salió aún más caro. Porque, como ya sabéis, se llevó a nuestros niños. Desde entonces, no se le ha visto por la comarca y dudo que se acerque. Ya sabe lo que le espera si aparece por aquí. Lo que sí podemos facilitaros es gatos; tenemos muchos, demasiados. Los trajimos antes de que llegara el flautista, y ahora están sin caza, están hambrientos y creo que darán buena cuenta de vuestros ratones.
Mientras tanto en Ahmelón el Alcalde había llegado a un acuerdo con el Sindigato para que hicieran horas extraordinarias en la caza del ratón y, a cambio de no comérselos, recibirían una sardina por cada hora que pasara del horario laboral gatuno, pero aún así la situación no mejoraba.
En Hamelín le prestaron un enorme carretón cerrado, lo llenaron de cientos y cientos de gatos y se puso en camino. El Alcalde de Hamelín respiró aliviado por haberse librado de aquella legión de molestos felinos hambrientos, sin costo alguno.
Cuando llegaron a Ahmelón y los soltó, se reunieron con el jefe del Sindigato y acordaron cazar sin comer y hacer extensivo el pago de horas extras a los recién llegados, que se pusieron enseguida a la faena.
Entre toda aquella legión de gatos, algún que otro perro ratonero y algunas rapaces nocturnas, consiguieron controlar la población roedora, dejándola reducida a los pocos ejemplares que se refugiaban en los agujeros más recónditos. Y, con los ratones, se acabaron las horas extra y las sardinas y comenzaron a pasar hambre.
Todos respiraron aliviados; a partir de aquel momento la calma había vuelto a Ahmelón. ¿La calma?. Muchos echaron de menos el tiempo de los ratones, porque podían dormir a pierna suelta, salvo que alguno de los más pequeños se les colara por la nariz. Pero ahora no podían pegar ojo; porque una legión de gatos se pasaba la noche maullando por los tejados, buscando novia, o por hambre, ya que eran demasiados gatos para tan poca caza.
Este trascuento relata lo sucedido mucho después de
En Hamelín había tristeza y luto por la pérdida de los niños, pero en ningún momento se plantearon dar su brazo a torcer, abrir la bolsa y pagar al flautista lo pactado. No sólo el Alcalde se negó a pagar sino que, en una colecta entre todos los vecinos no llegaron a recaudar apenas unas veinte monedas.
Le culpaban de todo sin considerar su propia responsabilidad por su egoísmo y avaricia.
Hamelín no era muy grande y, afortunadamente para las autoridades, había pocos niños, tan solo seis; por lo que la pérdida de seis niños no la consideraron una gran desgracia si a cambio de ello mantenían intactas sus riquezas. Ya nacerían más.
Los niños nunca regresaron a aquel pueblo de gente oronda y satisfecha con sus riquezas y seguían alegres al flautista por colinas y veredas.
Ángelo, aquel joven alto y flaco, con una pluma en el sombrero y una flauta bajo el brazo, nunca hubiera hecho daño a los niños. Siempre había procurado ayudar a quien tuviera problemas, alegrar al triste y hacer bailar con su flauta al alegre.
Al llevarse a los niños de Hamelín, lo único que pretendía era darles una lección a sus ricos habitantes, lección de la que ellos no sacaron enseñanza alguna. Así que siguió con los niños por pueblos y villas al son de una alegre tonada en La Mayor y con lo que iba ganando con su flauta nunca les faltó qué comer, qué vestir ni qué calzar.
Llevaban muchos días de camino cuando divisaron a lo lejos unas altas, luminosas y extrañas torres que, al principio, les pareció pertenecían a un castillo fabuloso; sólo que al acercarse no se parecía a ninguno de los muchos castillos que Ángelo había visto en sus años de aventuras.
Llegando a las enormes puertas que se abrían ante ellos vieron un enorme rótulo que ponía:
“BIENVENIDO A FANTASÍA, DONDE TUS SUEÑOS
SE HARÁN REALIDAD”.
Ya dentro de aquella gran ciudad pudieron ver de cerca que, aquello que les habían parecido torreones y columnas; en realidad eran montañas rusas, norias y todo tipo de atracciones que los niños contemplaban boquiabiertos.
Por las calles desfilaban bufones, saltimbanquis, malabaristas, tragafuegos y una caterva de máscaras representando los personajes de los cuentos más conocidos: lobos feroces, enanos, ogros, dragones, duendes, trasgos y brujas, caperucitas, hadas, cerditos, soldaditos de plomo y príncipes… aquello era Jauja para los niños.
Ángelo temió en un primer momento que aquello fuera una encerrona, como la de Pinocho, al ver que todo era gratis y ya imaginaba a sus niños convertidos en asnos; pero todas las atracciones eran de lo más inocente y no incitaban a vicios ni a malos hábitos, así que les dejó subir a las atracciones y jugar a todos los juegos hasta cansarse.
Mientras ellos se divertían de lo lindo; él, para no aburrirse, se dedicó a animar el ambiente interpretando en su flauta alegres y sencillas melodías en Do Mayor.
Así pasaron muchos e intensos días y, como suele suceder con todo, los niños acabaron cansándose de la diversión y aburriéndose con los juegos. Cuando ya pasaban más horas sentados en corro en torno a Ángelo y escuchando su música que subidos a las atracciones o en los juegos, éste creyó llegada la hora de partir y, desgranando una tonada en Sol Mayor, se puso en camino seguido por los niños, que no vacilaron en dejar atrás aquel paraíso de diversiones.
Fantasía quedó lejos y a buen seguro, que de haberlo intentado, no hubieran sido capaces de reencontrar el camino que allí llevaba.
Anda que te andarás y toca que tocarás recorrieron sendas, bosques y valles hasta que un día llegaron a una ciudad gris y semiderruída que les recibió gélidamente. Al pasar por sus puertas todos notaron como un escalofrío y una sensación opresiva.
Ángelo tomó su flauta y comenzó a tocar un tema muy alegre en Si bemol Mayor esperando animar a la gente como solía suceder por donde iba, pero lo único que consiguió es que los pocos que pasaban por allí huyeran y se cerraran a cal y canto. Todos los que vieron pasar iban mal vestidos, sucios o harapientos; solamente uno de ellos reaccionó positivamente, esbozó una gran sonrisa y al poco regresó con una mesita, montó un tenderete y comenzó a vender tapones para los oídos.
El negocio iba viento en popa, no había vendido ni una docena de tapones cuando ya había traspasado el negocio a otro, y éste a otro, y éste a otro y otro más.
Cuando Ángelo dejó de tocar, el último comprador le suplicó.
- Siga tocando, por favor, si cesa la música antes de que pueda deshacerme del negocio será mi ruina.
- Oiga ¿qué país es éste? –preguntó Ángelo.
- Estáis en el País de Más y Más, el país más rico de todos los contornos. y esta es la capital: Fraudatia.
- Pues nadie lo diría a la vista de la ciudad y los edificios; no veo ninguna gran mansión ni ningún palacio y todo parece en ruinas, además la gente no es que vista muy elegantemente.
- Pues mire; esta casa de aquí, esa del tejado hundido, no puede usted imaginarse en cuánto la colocó el último propietario, no hay cifras lo bastante grandes para describirlo. Y la ropa que llevo – dijo señalándose el traje sucio y de tres tallas mayor que él – es de última moda, por algo me ha costado tan caro, aunque ahora seguro que podría venderlo por el doble de lo que me costó.
- ¿A qué se dedican?
- A la EDA, es decir Economía Dinámica Especulativa.
- ¿Y eso qué es?
- Aquí cualquier cosa es susceptible de negocio; hay que comprar lo que sea y venderlo con el máximo beneficio posible en el menor tiempo, así se va añadiendo dinamismo y valor a la riqueza del país
- ¿Y cuál es esa riqueza del país?, ¿la agricultura, la ganadería, la minería, la industria, la pesca,…?
- Nada de eso, aquí todo tiene un alto precio; desde una piedra (si se sabe vender bien), hasta un título de propiedad falso (si cuela, aunque siempre suele colar), y cuantas más transacciones hay, más se revaloriza todo, hay mayores beneficios, y el país crece constantemente sin que nadie tenga que esforzarse en aportar valor a lo que vende. Lo verdaderamente importante no es el valor de las cosas sino su precio, y aquí hemos conseguido las más altas cotas de riqueza.
- Pues la música, la alegría, la felicidad, el optimismo, la solidaridad y muchas otras cosas así no deben ser aquí un buen negocio, porque veo que no andáis sobrados de todo eso.
- La música no, pero si me vendiera la flauta…
- ¿Para qué?; además de no estar en venta, aquí dudo que alguien sepa tocarla.
- Eso no importa, nadie lo va a preguntar, pero la puedo vender muy bien conjuntamente con el negocio de tapones para los oídos, ya que con una sinergia así se convierte en una industria autosuficiente que se retroalimenta.
- Pues me parece que ni mi flauta ni mi música está en venta y menos para quien no la sabe apreciar. ¡Vámonos de aquí!, este país hace honor al nombre de su capital porque es un puro fraude, se parece algo a Hamelín vuestro pueblo y no es país para niños.
Ninguno de ellos estaba por ser rico, y menos con aquella clase de riqueza tan peregrina, así que partieron, poniendo tierra por medio y dejando atrás aquella negrura y aquella sensación opresiva.
Vagando a la ventura durante días y días llegaron a un camino que se internaba en un espeso bosque. Ángelo no dudó mucho y se aventuró en la espesura seguido por los niños. La variedad de la flora y la frescura de la sombra invitaban a seguir adentrándose en la maleza sin darse cuenta de que el sendero se iba esfumando y pronto cualquier rastro de él fue imperceptible. Estaban en medio de un espeso bosque, sin ningún sendero y sin idea de hacia donde seguir, estaban perdidos.
Llevaban horas caminando sin rumbo y cansados, así que se sentaron a reposar en el pasto, a la sombra de los altos pinos.
Antes de reanudar su camino al azar, Ángelo comenzó a tocar, esperando que la música le inspirara para encontrar la salida. Tocaba un tema melancólico en Si menor que reflejaba su estado de ánimo cuando, atraídos por la melodía, comenzaron a aparecer toda clase de bestezuelas del bosque y se quedaban inmóviles escuchando. Tan pronto dejó de tocar, todos los animalillos desaparecieron del mismo modo que habían aparecido.
A lo lejos, plantado inmóvil entre los pinos, vieron a un bello ciervo de alta cuerna e imponente aspecto que les miraba fijamente; se acercaron a él y éste retrocedió unos pasos entre la espesura, volviéndose a parar para mirarlos fijamente. Cada vez que se aproximaban volvía a proceder del mismo modo, como si quisiera que le siguieran, y eso es lo que hicieron durante dos largas horas, al cabo de las que desembocaron en un amplio claro y el ciervo desapareció definitivamente.
Se encontraban en un amplio valle tapizado de verde pasto y salpicado de margaritas y manzanilla silvestres, al fondo una estrecha playa de fina arena delimitaba una pequeña cala rematada por un saliente rocoso, como un puerto, en la parte más cercana a ellos.
Los niños, que en su vida habían visto el mar, se entusiasmaron a la vista de la playa, corrieron hacia el agua y chapotearon alegremente.
- El problema – pensó Ángelo en voz alta – es que no contamos con agua ni con provisiones, así que tendremos que seguir la línea de la costa hasta encontrar alguna población, en caso contrario acabaríamos desfalleciendo de hambre y de sed.
Tan pronto los niños se cansaron de zambullirse y chapotear en el agua, los agrupó y se encaminaron al otro extremo de la cala, buscando la manera de llegar a algún lugar habitado.
Al pie de las primeras rocas que cerraban la playa descubrieron un riachuelo que, procedente del bosque, desembocaba perezosamente en el mar. Bebieron hasta saciarse y se tendieron en el pasto a descansar aquella noche. Entonces es cuando lo vieron allá en lo alto, refulgiendo a las últimas luces del ocaso. Era un grupo de casitas que flotaban al nivel de las más altas ramas y, revoloteando entre ellas, diminutas figuras aladas vestidas con ropajes multicolores iban y venían de un lugar para otro.
Aquello era extraordinario y maravilloso, y se quedaron extasiados con la mirada perdida en lo alto durante mucho rato.
Una de aquellas figuras volanderas descendía hacia ellos y acabó flotando a poca distancia de sus cabezas; curiosamente no la veían de mayor tamaño que cuando estaba en lo más alto, conservaba la apariencia visual a cualquier distancia. Hizo un gesto con la mano y los arbustos más próximos se cubrieron de bayas a las que los niños se lanzaron hambrientos. Mientras tanto Ángelo, que se había quedado mirándola, vio como ascendía hacia las casitas sin que por un momento variara de tamaño; después se acercó a los matorrales y comió con apetito. Aquellas bayas le sabían igual que su plato favorito, aquel guiso de trigo que le hacía su madre y que llevaba tantos años sin probar.
Los niños se hartaron de comer y aún sobraron bayas, y todos comentaban que les sabían a cada cual igual que su comida favorita.
Esa noche durmieron profundamente sobre el fresco pasto y a la mañana siguiente los niños volvieron a sus juegos y chapoteos en la playa mientras que Ángelo se distraía con su flauta, sin darse cuenta de que las casitas habían descendido casi hasta su altura y las hadas, ¿Qué otra cosa podrían ser?, escuchaban su música embelesadas.
Tanto las casitas como ellas, tampoco habían variado de tamaño pese a estar mucho más cerca
Así pasaron los días entre juegos y comiendo de aquellas bayas tan ricas. El hada menuda que cada día hacía fructificar los arbustos, siempre tintineaba cuando se acercaba agitando sus tenues alitas y todos los niños comenzaron a llamarla Campanilla. También descubrieron que las bayas podían tener el sabor que cada cual imaginara; a chocolate, a helado de vainilla, a jamón,….
Una mañana, al despertar, vieron anclado en aquel puerto natural que había en el otro extremo de la cala un velero que se balanceaba majestuosamente con el vaivén de las olas.
Ángelo pensó que ya era tiempo de partir y así se lo dijo a los niños, que estuvieron conformes. Se acercaron al bajel para ver si querían llevarles, pero en ese momento no había nadie allí.
Esperaron en las rocas sin perder de vista el barco. Al cabo de unas horas vieron llegar a la tripulación; por lo visto venían de enterrar algo, puesto que llevaban picos y palas, pero a Ángelo le pareció que mejor sería no meterse en lo que no le importaba. Se acercó al que parecía capitanearlos y le dijo:
- Mi nombre es Ángelo y nos hemos perdido, ¿es usted el capitán del barco?
- Si, soy el comandante y me llamo Garfield Hook, ¿Qué quiere?
- Pues quisiera que nos admitieran como pasajeros y nos llevaran a algún puerto.
- Si, pero tendrán que pagarse el pasaje.
Ángelo, que había juntado un capitalito en sus actuaciones por los pueblos, sacó una bolsa y se la entregó al comandante, que miró el contenido, contó las monedas, mordió alguna para comprobar su autenticidad y se dio por satisfecho.
- Mañana con la marea levaremos anclas, así que si quieren pueden dormir a bordo esta noche.
Ángelo, que desconfiaba algo del comandante y del aspecto de la tripulación, le respondió
- No es preciso, tenemos cosas que hacer antes de partir y al punto del alba estaremos aquí.
Y marcharon al otro extremo de la cala donde, bajo las casitas de las hadas, habían acampado durante tantos días.
Para agradecerles las provisiones de bayas y como despedida les interpretó un melancólico tema en Si menor, con todo el sentimiento de pérdida y separación, hicieron su última y deliciosa cena en los arbustos y se echaron a dormir.
Bien temprano se pusieron en marcha hacia el barco; esta vez si que sentían pena por abandonar aquel rincón de las hadas y eso que su relación con ellas había sido prácticamente nula, pero les empujaba el ansia de seguir con nuevas aventuras.
Subieron a la nao cuando ya comenzaban a levar el ancla y a izar velas, poco a poco fueron saliendo de la cala, la suave brisa matinal les empujaba mar adentro y todos ellos se quedaron mirando con tristeza hacia los altos pinos entre cuyas ramas se ocultaban las casitas flotantes.
Cuando ya enfilaban hacia alta mar y abandonaban el refugio de la cala, vieron aproximarse a Campanilla que, como siempre, mantenía su tamaño pese a irse acercando, por eso la tripulación que estaba ocupada en las maniobras no advirtió su llegada.
Todos pensaron que se acercaba para despedirse o que se había encariñado con los niños y no quería dejarles partir, pero quedaron asombrados cuando la vieron elevarse sobre el palo mayor y comenzó a dejar caer sobre la nave como una nevada de refulgentes copos.
La nave se elevaba sobre la espuma y ascendiendo hacia las nubes en pos de Campanilla, voló rauda hacia un lejano horizonte.
Los marineros vieron aterrados como, allá abajo, dejaban atrás mares y tierras y como aquel enloquecido vuelo les llevaba hacia algún lugar ignoto.
Nunca se supo el tiempo que duró la travesía, para unos fue interminable y para otros sólo duró un instante, pero finalmente la nave se posó en un mar desconocido junto a una costa extraña.
Ángelo, previa entrega de otra bolsa de monedas, consiguió una lancha y con los niños remaron hacia tierra firme.
Campanilla había desaparecido y se encontraban perdidos, sin agua ni comida, así que se alejaron de la costa en busca de algún lugar en donde hallar algo que comer y beber. ¡Y vaya si lo encontraron!
Se dieron de manos a boca con un poblado indio donde fueron capturados y atados a los postes de tormento sin darles tiempo a explicaciones.
Toda la tribu estaba reunida en torno a la hoguera cuando se acercó el Gran Jefe y dijo a los cautivos:
- Au, cara pálida ¿Qué hacer en nuestro territorio?
- No sabemos en donde estamos – respondió Ángelo – estamos perdidos y buscábamos comida y agua.
- Vosotros, perdidos, estar en territorio de mi tribu en el País de Nunca Jamás y no convencerme tus palabras de lengua partida, pero nunca podrán decir que nosotros ser salvajes, los niños perdidos podrán marchar donde querer pero hombre perdido ser sometido a tormento
Y acto seguido ordenó soltar a los niños, pero éstos no abandonaron a su suerte a Ángelo y se quedaron junto a él protegiéndolo. El mayor de ellos se encaró con el Gran Jefe y le dijo:
- Jefe, nosotros no vamos a dejar a nuestro amigo y si quiere quedarse más tranquilo, permítale que se explique; pero él como mejor lo hace es con su flauta, suéltele las manos y permítale que se defienda.
- Au, soltar las manos pero no los pies y atar por la cintura al poste.
Una vez liberado de sus ataduras tomó su flauta y comenzó a tocar una danza alegre y amistosa en La Mayor y al poco rato toda la tribu, incluido el Jefe, estaba bailando y riendo en torno a la hoguera.
El Jefe ordenó que lo soltaran, le impuso un penacho de plumas y luego fumaron todos la pipa de la paz. A los Niños Perdidos les hizo toser pero también dieron una calada en prueba de amistad.
Luego fueron obsequiados con un gran banquete a base de asado de bisonte, acompañado con un rico guiso de maíz y calabaza.
Aquella noche durmieron calentitos junto al rescoldo de la hoguera y a la mañana les dijo el Gran Jefe:
- Au, Niños Perdidos y Hombre Perdido, ahora ser amigos. En segunda luna volver a fumar calumet y ahora vosotros buscar donde ir. Donde el sol sale haber buenos terrenos de caza con agua, árboles y cuevas. Esos terrenos no ser de tribu ni de nadie y poder vivir bien los perdidos.
Le dieron las gracias y se pusieron en marcha hacia levante. Ciertamente el lugar que les había indicado el Gran Jefe era perfecto; tenía un manantial, árboles en abundancia y un escarpado rocoso con algunas cuevas que les sirvieron de refugio los primeros días hasta que lograron construir unas cabañas de ramas con techos de palma.
La comida no faltaba porque, de momento, los arbustos de la zona y algunos frutales estaban en plena producción, pero echaron de menos los sabores de aquellas bayas tan ricas de que les proveía Campanilla.
Y Campanilla, ¿qué había sido de ella? Desde el apresurado viaje aéreo no la habían vuelto a ver y pensaron que debían resignarse a vivir allí para siempre.
Los días pasaron, los niños se adaptaron muy bien a aquella nueva vida y se volvieron autosuficientes.
Aparte de una visita que hicieron a la tribu india en la segunda luna, en la que volvieron a fumar el calumet, Ángelo estaba aburrido, se veía aislado en aquel país, sin otra expectativa que vegetar. Lo único que le quedaba por hacer era tumbarse bajo un árbol y tocar su flauta, pero no le salían más que tristes y depresivas melodías en tonalidades menores y eso, en lugar de darle ánimos, le hacía hundirse en un pozo sin fondo de desesperanza.
Cuando más hundido estaba acabó apareciendo a lo lejos Campanilla y, acercándose a él, comprendió lo que le pasaba; porque las hadas adivinan más de lo que creemos sobre los sentimientos humanos.
Se puso a revolotear sobre su cabeza y le espolvoreó con aquella nevada luminosa con la que hizo volar el barco.
Los Niños Perdidos se quedaron mirando y comprendieron lo que pasaba, porque los niños entienden más de lo que creemos sobre los sentimientos humanos.
Ángelo comenzó a elevarse, los niños le dijeron adiós con la mano y se quedaron allí plantados viendo como se perdía en la distancia, tanto que él y Campanilla llegaron a verse del mismo tamaño mientras se alejaban hacia un destino desconocido.
No sabemos a donde pudo llegar Ángelo ni lo que hizo, aunque quizá algún día nos enteraremos. De lo que si sabemos es de las aventuras de los Niños Perdidos en aquel País de Nunca Jamás, pero eso ya es otro cuento.
Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus gordos y satisfechos habitantes salieron de sus casas, encontraron las calles invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas partes, devorando, insaciables, el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas. Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar con tan inquietante plaga.
Por más que pretendían exterminarlos o, al menos, ahuyentarlos, tal parecía que cada vez acudían más y más ratones a la ciudad. Tal era la cantidad de ratones que, día tras día, se enseñoreaban de las calles y de las casas, que hasta los mismos gatos huían asustados.
Ante la gravedad de la situación, los prohombres de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la voracidad de los ratones, convocaron al Consejo y dijeron:
- "Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los ratones".
Al poco se presentó ante ellos un flautista taciturno, alto y desgarbado, a quien nadie había visto antes, y les dijo:
- "La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en Hamelín".
Dicho esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su flauta una maravillosa melodía que encantaba a los ratones, quienes saliendo de sus escondrijos seguían embelesados los pasos del flautista que tocaba incansable su flauta.
Y así, caminando y tocando, los llevó a un lugar muy lejano, tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas de la ciudad. Por aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar cruzarlo para seguir al flautista, todos los ratones perecieron ahogados.
Los hamelineses, al verse al fin libres de las voraces tropas de ratones, respiraron aliviados. Ya tranquilos y satisfechos, volvieron a sus prósperos negocios, y tan contentos estaban que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy entrada la noche. A la mañana siguiente, el flautista se presentó ante el Consejo y reclamó a los prohombres de la ciudad las cien monedas de oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron:
- "¡Vete de nuestra ciudad!, ¿O acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca cosa como tocar la flauta?".
Y dicho esto, los orondos prohombres del Consejo de Hamelín le volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.
Furioso por la avaricia y la ingratitud de los hamelineses, el flautista, al igual que hiciera el día anterior, tocó una dulcísima melodía una y otra vez, insistentemente.
Pero esta vez no eran los ratones quienes le seguían, sino los niños de la ciudad quienes, arrebatados por aquel sonido maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico.
Cogidos de la mano y sonrientes, formaban una gran hilera, sorda a los ruegos y gritos de sus padres que en vano, entre sollozos de desesperación, intentaban impedir que siguieran al flautista.
Nada lograron y el flautista se los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adónde, y los niños, al igual que los ratones, nunca jamás volvieron. En la ciudad sólo quedaron sus opulentos habitantes y sus bien repletos graneros y bien provistas despensas, protegidas por sus sólidas murallas y un inmenso manto de silencio y tristeza.
Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía ciudad de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un ratón ni un niño.