Había una vez una niña muy pesada, muy pesada, que no hacía más que presumir de sus propiedades. Siempre que se encontraba con alguien le decía:
- Tengo, tengo, tengo
Y comenzaba a relatar, que si esto, que si aquello, que si mío, que si bla bla bla.
Los que lo escuchaban se lo creían o no pero, por educación, no le discutían nada, no fuera el caso de que se enfadara.
Ella se quedaba tan satisfecha por despertar la admiración o la envidia por sus pertenencias y no hacía más que alardear de la bondad de sus posesiones.
Cierto día se encontró con un pastor; de esos de cayado, zurrón y mastín, y le dijo:
- Tengo, tengo, tengo
- ¿Qué es lo que tienes?
- Tengo tres ovejas en una cabaña
- Pues yo tengo doscientas en el campo, que es donde las ovejas deben estar, y no ando presumiendo por ahí.
- Una me da leche
- ¿Y las otras dos no?, porque las mías me dan todas y hago ricos quesos
- Otra me da lana
- ¿Y las otras dos no?, porque las mías me dan todas y hago blandos colchones o jerséis
-Y otra mantequilla para la semana
- ¡Ahí si que no paso!, vale que dos de tus ovejas no den leche, puede que estén enfermas o que estén en su tiempo de descanso, vale que dos de tus ovejas no den lana, porque pueden estar alopécicas, aunque yo no he visto nunca ovejas calvas. Pero lo que no puedo admitir es que una oveja dé mantequilla, ni sé cómo podría hacerlo. ¿Tengo, tengo, tengo?, tú no tienes nada, lo que sí tienes es mucho cuento pero a mí no me enredas, búscate a otro que te crea
El pastor se marchó por donde había venido
Y allí se quedó aquella niña, muy disgustada con el pastor y esperando al próximo incauto al que decirle
Puede escucharse mientras se sigue el texto en el vídeo que figura al pie
Había una vez un barquito chiquitito, tan chiquitito que no tenía más de dos metros de eslora. Tenía su palo mayor, que era su único palo, su vela latina, y en la popa su caña con su timón y una bonita bandera ondeando. Estaba pintado de azul con el nombre pintado a proa, tanto a babor como a estribor, Estaba varado en la playa, pero aquel barquito no sabía navegar porque nunca lo había hecho antes, y nunca lo había hecho antes porque no podía navegar.
No es que no pudiera navegar porque no estuviera en condiciones de hacerlo, puesto que era un barquito reglamentario, hecho con los mejores planos, con las mejores maderas en sus cuadernas y con la quilla perfectamente calafateada. No podía navegar, sencillamente, porque no tenía la licencia de la Comandancia de Marina y por eso no se podía hacer a la mar, y allí seguía tendido indolentemente en la arena con su vela arriada y amarrada.
Iban pasando las semanas, una tras otra, con instancias y certificados por triplicado, con fotocopias y fotografías, con esquemas, planos y bosquejos, con descripciones e instrucciones y con informes de astillero. Así de cola en cola y de ventanilla en ventanilla pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco y seis semanas. Sí, nada más y nada menos que un, dos, tres, cuatro, cinco y seis semanas de trámites y burocracia, pero al fin aquel barquito chiquitito tenía ya su permiso de navegación y, tras pintarle su matrícula en la amura de babor y la amura de estribor, aquel barquito navegó.
Y si esta historia parece corta, volveremos, volveremos a empezar.
El patio de mi casa, como todos los demás patios, se moja siempre que llueve. Eso no es ninguna novedad, pero este patio sí que es particular porque, aunque los otros se secan a poco que salga el sol y sople viento, éste sigue húmedo por mucho tiempo.
El suelo es muy poroso y recoge y conserva mucho la humedad. Es por eso por lo que en los parterres y las jardineras se crían unos hermosos caracoles. Cuando, después de una lluvia, sale el sol y los caracoles sacan sus cuernos a pasear, yo me dedico a cogerlos hasta que lleno la cesta, agáchate y vuélvete a agachar.
Pepita, la vecina de enfrente, no los coge porque no le gustan los caracoles y porque le gusta mucho bailar, y siempre dice que las agachaditas no saben bailar.
En este patio se está divinamente en las tardes del verano en ésas en que no se puede aguantar de calor en los demás patios, y es por la frescura que le da la humedad del suelo.
A mí me gusta estar sentado en un banco y escuchar cómo cantan los niños en el colegio de al lado “Hache, i jota, ka, ele, elle, eme, a...” o “dos por una es dos, dos por dos cuatro...”, también el sonido del molinillo de café de la vecina y oler el rico chocolate que preparan en casa para merendar.
Pero lo que más me gusta del patio de mi casa es que, como se está fresquito, jugamos al corro de la patata, a corre que te pillo, a estirar y estirar de la cuerda y saltar a la comba mientras cantamos:
Había una vez una niña que tenía un nombre muy cortito, sólo tenía cinco letras: la M, la A, la R, la I y otra vez la A.
María iba cada tarde a casa de su abuelita y regresaba cuando ya estaba anocheciendo; pero no tenía miedo, sabía cuidarse, y su madre ya le había advertido y se lo recordaba a menudo:
- No hables con extraños y menos te vayas con ellos a ningún sitio, aunque te inviten a llevarte en coche.
María hacía habitualmente el mismo recorrido y, cada día, se paraba a ver los mismos escaparates. Los que más le gustaban y se demoraba más rato mirándolos, eran los de: juguetes, dulces y pasteles. Pero siempre llegaba a casa antes de que fuera noche oscura.
Cierto día se había entretenido más de la cuenta en casa de su abuelita y ya era oscuro cuando regresaba a casa, pero no dejó de pararse a ver las nuevas muñecas que habían salido ese año y que había pedido a Los Reyes, y los roscones que ya estaban en venta en la pastelería.
Cuando aún faltaba un poco para llegar a casa, se le acercó un coche
El cochero era inofensivo aunque un poco pesado, se llamaba Leré y era hijo de Lará y Loró, pero María no lo conocía de nada.
Leré le dijo:
- María ¿quieres montar en coche?
María se sorprendió de que supiera su nombre, lo había dicho con todas sus letras, con las cinco, y no se atrevía a rechazar claramente el ofrecimiento, por si era algún conocido de la familia o algún familiar que ella no conociera y se pudiera molestar, así que le dijo:
- No, gracias, ya falta poco
- Mira que es de noche
- No – repitió María
- Mira yo soy el cocherito Leré y te llevaré gratis a donde vayas
- Pues no te conozco y, además, no puedo montar en coche porque me mareo y, además, voy cerca
Y siguió su camino.
Leré siguió su camino también y María, finalmente, llegó a su casa sana y salva.
María pensó que había obrado mal, que había mentido porque nunca se mareaba; ni en coche ni siquiera en barca, pero se había quitado de en medio con esa excusa al pesado de Leré.
Así que una mentirijilla no era una falta muy grave; y más si, con ella, había evitado montar en el coche de un desconocido por la noche, cosa que las niñas no deben hacer nunca jamás.
Y para acabar esta serie sobre lobos no pensaba poner este cuento, porque es más que conocido en múltiples versiones, y porque el lobo aparece como el malo de la película. Pretendía poner sólo un soneto sobre este cuento, pero al final me he decidido y aquí lo tenéis. El soneto va al final del cuento.
Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperucita o gorrito de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja. Un día su madre le dijo:
- "Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente el día, y en el camino, camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte y se quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle, "Buenos días," ah, y no andes curioseando por todo el aposento."
- "No te preocupes, haré bien todo," - dijo Caperucita Roja Y tomó las cosas y se despidió cariñosamente. La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita 3
en el bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él.
- "Buenos días, Caperucita Roja,"- dijo el lobo.
- "Buenos días, amable lobo."
- "¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja?"
- "A casa de mi abuelita."
- "¿Y qué llevas en esa canasta?"
- "Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse."
- "¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?"
- "Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos. Seguramente ya los habrás visto," - contestó inocentemente Caperucita Roja. El lobo se dijo en silencio a sí mismo:
- "¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito - y será más sabroso que esa viejita. Así que debo actuar con delicadeza para obtener a ambas fácilmente." Entonces acompañó a Caperucita Roja un pequeño tramo del camino y luego le dijo:
- "Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿Por qué no vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que vas tan apurada en el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de maravillas."
Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas flores y el canto de los pájaros, pensó:
- "Supongo que podría llevarle unas de estas flores frescas a mi abuelita y que le encantarán. Además, aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena hora." Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin darse cuenta se fue adentrando en el bosque. Mientras tanto el lobo aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta.
- "¿Quién es?"- preguntó la abuelita.
- "Caperucita Roja,"- contestó el lobo - "Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor."
- "Mueve la cerradura y abre tú,"- gritó la abuelita - "estoy muy débil y no me puedo levantar." El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y de un bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas.
Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no podía llevar más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Cuando llegó, se sorprendió al encontrar la puerta abierta, y al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento que se dijo para sí misma:
- "¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, y otras veces que me ha gustado tanto estar con abuelita."
Entonces gritó:
- "¡Buenos días!," pero no hubo respuesta. Así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí parecía estar la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña.
- "¡!Oh, abuelita!" - dijo - "qué orejas tan grandes que tienes."
- "Es para oírte mejor, mi niña,"- fue la respuesta.
- "Pero abuelita, qué ojos tan grandes que tienes."
- "Son para verte mejor, querida."
- "Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes."
- "Para abrazarte mejor."
- "Y qué boca tan grande que tienes."
- "Para comerte mejor." Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y se tragó también a Caperucita Roja.
Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y una vez dormido empezó a roncar fuertemente. Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó, ¡Cómo ronca esa viejita! Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y cuando se acercó a la cama vio al lobo tirado allí.
- "¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador!" - dijo él - "¡Hacía tiempo que te buscaba!"
Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó que el lobo podría haber devorado a la viejita y que aún podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar tomó unas tijeras y empezó a cortar el vientre del lobo durmiente. En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces hizo dos cortes más y la pequeña Caperucita Roja salió rapidísimo, gritando:
- "¡Qué asustada que estuve, qué oscuro que está ahí dentro del lobo!,"
Y enseguida salió también la abuelita, vivita, pero que casi no podía respirar. Rápidamente, Caperucita Roja trajo muchas piedras con las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó, quiso correr e irse lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que no soportó el esfuerzo y cayó muerto.
Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió el pastel y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó:
- "Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre me había ya prohibido hacer."
Mamá loba estaba más que harta. Aquella camada le había salido muy revolucionada y no se conformaban con corretear por el bosque, alrededor de la madriguera, y mordisquearse las orejas unos a otros. No dejaban un mueble quieto, volcaban los floreros, y lo peor es que no la dejaban en paz cuando hacía limpieza.
Había puesto en práctica diversas artimañas para librarse de ellos cuando barría el suelo, porque era una locura la que tenían con el barrido. Tan pronto comenzaba a barrer ya tenía a los cinco correteando entre sus patas y persiguiendo a la escoba, mordían las barbas del plumero y, a veces llegaban a arrancarlas, por lo que tenía que buscarse una escoba nueva. De paso esparcían los montoncitos de tierra, hojas y pelusas que no había tenido tiempo de recoger y ¡de nuevo a barrer todo!
Aquello era insoportable. Ya hemos dicho que mamá loba había intentado diversos trucos: barrer cuando estaban durmiendo, hacerlo cuando estaban jugando lejos del cubil, también cuando estaban viendo en la tele el programa “humania” de “Canis Felinez del Venero”, encerrarlos en el baño o la cocina,… pero todo era inútil; parecía como si tuvieran un sexto sentido y se despertaban de inmediato, apagaban la tele, regresaban de súbito de sus juegos o se escapaban de cualquier encierro, para volver a perseguir a la escoba de turno y no dejar parar a su madre que no hacía más que gruñir y gruñir.
Aquella situación no podía seguir, la madriguera estaba hecha una casa de humanos, sin limpiar durante tantos días, así que se decidió a encargar algo que había visto en la tele en un anuncio de “De compras desde su cubil” y a los dos días del pedido llegó un gran paquete.
Los cinco la rodearon cuando abría el paquete, pensando que eran nuevas escobas a las que perseguir, pero quedaron defraudados al ver una cosa cuadrada con una manguera y un cable y se fueron a jugar.
Mamá loba enchufó el aparato aquél, que comenzó a hacer un sonido parecido al aullido de papá lobo, por lo que los lobitos no se acercaron temiendo recibir una reprimenda. Se puso a pasar el aspirador, porque eso era lo que había comprado, y todo quedó tan limpio como nunca había estado.
Desde entonces mamá loba fue feliz con su aspirador y ya no tuvo que preocuparse por los lobitos cuando se ponía a limpiar.
¿Y qué pasó con la escoba?. Pues que mamá loba se la dejó a los lobitos para que jugaran y, si querían, que la destrozaran; pero como no se movía dejó de atraerles y la dejaron en paz, sana y salva. Los lobitos se dedicaron a los juegos de entretenimiento para la caza, tal como debe hacer cualquier lobito bien educado, para llegar a ser un lobo adulto de provecho.
Yo no es que sea muy agraciada, tampoco me maquillo ni voy de peluquería. Mi manera de vestir es informal tirando a holgada, por eso me indigné tanto cuando quise pasar el río y el barquero me dijo.
- Las niñas bonitas no pagan dinero
Yo le respondí
- ¿Eres corto de vista o estás de broma? ¡De mí no se ríe nadie!
Pagué mi billete y fui hasta Santa Isabel a hacer unos recados que me había encargado mi madre..
Lo peor fue por la noche, al regresar, porque el gracioso del barquero me volvió a decir:
- Las niñas bonitas no pagan aquí
No le di un paraguazo porque no llevaba paraguas, pero, mirándolo desafiante, le dije:
- ¿Por qué no vas al oculista?, ¿o te estás burlando me mí? Las niñas bonitas se acabarán volviendo feas y también viejas igual que lo seré yo, pero ya estoy acostumbrada a verme en el espejo y no me deprimiré como ellas lo harán. Así que vete cobrando, porque yo seré fea pero pobre no.
Cuando llegué a casa me puse frente al espejo y me pregunté si estaría equivocada; si, tras mi apariencia, el barquero había descubierto algún encanto que a mí se me ocultaba. Porque las personas somos mejores de lo que creemos y todos tenemos algún atractivo especial oculto, sólo hay que saber descubrirlo.
Soy muy bajito; tanto que la gente no tiene consideración conmigo. Cuando voy al cine, las cabezas de la fila de delante no me dejan ver la pantalla. Y así me pasa con todo, si quiero ver algo, siempre se me pone alguien más alto delante y me tapa la vista.
Por eso quisiera ser más alto. Ni tan alto como la Luna ni siquiera como los hermanos Gasol, pero más alto que ahora.
Ni siquiera puedo ver, en los desfiles que cada año hacen, a los soldados de Madrid, Andalucía, Cataluña.... así como a los legionarios con su paso tan peculiar y su cabra. Por eso decidí alistarme para desfilar yo, de modo que nadie me tapara la vista y poder servir al rey, pero el coronel me dijo que era corto de talla y me dijo también que me daba la licencia absoluta hasta no creciera lo suficiente.
Alguien me dijo que en Santa Clara se podía hacer el milagro y crecería, por eso me puse en camino a ese santuario, pero al pasar el puente, se me cayó el anillo. Me sabía muy mal porque el anillo me lo habían regalado cuando la comunión, y por eso intenté recuperarlo.
Al meterme en el agua, como sabía nadar muy bien, comencé a bucear rastreando el fondo del río. Pero no conseguí encontrar el anillo.
Pero, en cambio, encontré un tesoro y pensé que con él podría hacer posible el prodigio que estaba esperando, puesto que se trataba de una Virgen de plata y un Cristo de oro, y creía que algún poder deberían tener, pero resultó que no.
Por más que lo intenté no crecí ni un dedo y tuve que resignarme, tener paciencia y dejar pasar el tiempo. Que la naturaleza siguiera su curso y ya llegaría el momento, porque tenía mucho tiempo por delante y porque en aquel momento sólo tenía siete años.
Una canción que relataba hechos históricos más o menos fabulados y que yo acabo de enredar más aún. Pero, como digo abajo, hay algunas cosas ciertas.
MAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA
Puede escucharse mientras se sigue el texto en el vídeo que figura al pie
Durante la Guerra de Sucesión española, los ejércitos ingleses y franceses combatían entre si, y el Duque de Marlborough, al que sus enemigos llamaban Mambrú, se fue a la guerra al mando del ejército inglés, camino de los campos de Flandes, a una gran batalla.
-Qué dolor, qué dolor y qué pena - decían sus allegados cuando lo vieron partir al son de una marcha militar con el: Do-re-mi, do-re-fa.
Preguntaban todos por su regreso pero sólo obtenían una respuesta:
- No sé cuándo vendrá, si vendrá por la Pascua, o por la Trinidad.
Esperaron a la Pascua y no llegó, esperaron hasta la Trinidad, la Trinidad se pasa y, al no verlo volver, decían:
- Mambrú no viene ya.
Pasó el tiempo y, un día, gritó alguien:
-¡Por allí viene un paje!
-¿Qué noticias traerá – dijeron todos.
- Las noticias que traigo son tristes de contar. Que Mambrú ya se ha muerto y lo llevan a enterrar
-Qué dolor, qué dolor y qué pena – dijeron todos
Así que se preparó el sepelio y lo pensaban enterrar en caja de terciopelo y tapa de cristal.
Pero, con gran sorpresa, apareció Mambrú vivito y coleando porque lo de su muerte había sido una invención de sus enemigos.
Así que se celebró una gran fiesta a su regreso y todos bailaron al son del Do-re-mi, do-re-fa.
NOTA HISTÓRICA.- Ciertas partes de esta canción son verídicas, como lo de que no estaba muerto. Lo que no se sabe es si estaba tomando cañas leréleré.
MAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA
A la guerra marchaba decidido
Mambrú con su escopeta y su morrión
también llevaba mucha munición,
era osado, valiente y atrevido.
No es probable que le echen en olvido
aunque no tienen fecha ni noción;
de si por Pascua o por la Concepción,
ni si está bien o se halla malherido.
Pero un paje les lleva la noticia,
de que cayó en batalla y ya es finado.
A Mambrú la ocasión no fue propicia,
que es la fatalidad, el sino, el hado,
de aquél que va y se enrola en la milicia
acabar fenecido y enterrado.
Con La Concepción en lugar de La Trinidad le doy más tiempo a regresar, porque entre La Pascua y La Trinidad media muy poco tiempo y ni siquiera habría podido llegar a Flandes