PÁGINAS RECOMENDADAS

Mostrando entradas con la etiqueta rescoldo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta rescoldo. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de abril de 2015

El tonto que echó la harina a volar

Otro cuento de tradición oral, un poco asquerosito en ciertos momentos, pero así era como nos lo contaban y no he querido alterarlo.



EL TONTO QUE ECHÓ LA HARINA A VOLAR


Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie


Había una vez una madre viuda y muy pobre que tenía un hijo más tonto que Pichote. Un día le dijo al hijo 
- Toma este saco de trigo, lo llevas al molino que lo muela y me traes la harina, pero no te entretengas por el camino, me la traes volando. Y no dejes que te engañe el molinero, que salga mucha.  
El hijo va hacia el molino  repitiendo la cantilena 
- Que salga mucha, que salga mucha
En esto que por el camino encuentra a unos arrieros con las caballerías cargadas de tinajas de aceite y una de ellas estaba agujereada y perdía la carga; el tonto iba diciendo
- Que salga mucha, que salga mucha
Los arrieros se enfadaron mucho y le dieron unos latigazos, diciéndole que dejara de decir aquello
- Y entonces ¿qué debo decir?
- Que no salga ninguno
Siguió el camino repitiendo
- Que no salga ninguno, que no salga ninguno
Al pasar el vado del río se encuentra con otros arrieros a los que se les habían atascado los mulos en el fango y no podían salir. Mientras que los arrieros golpeaban a los animales, enmedio de una sarta de reniegos, consiguiendo que saliera uno de ellos pero no el otro, él pasó al lado repitiendo aquello de
- Que no salga ninguno, que no salga ninguno
Los arrieros le atizaron unos buenos garrotazos
- ¿Cómo que no salga ninguno? ¡toma! ¡toma!
- ¡Ay! ¡ay! entonces ¿qué debo decir?
- Que por donde salió el uno, que salga el otro
Llega al molino repitiendo aquello de
- Que por donde salió el uno, que salga el otro 
Y resulta que el molinero, que era tuerto, al oír aquello la emprendió a bofetadas con él diciendo
-¿Cómo que por donde salió uno que salga el otro? ¡toma! ¡toma!
- ¡Ay! ¡ay! entonces ¿qué debo decir?
- ¡Nada! ¡no digas nada y estate quietecito mientras muelo!
El molinero echó el trigo en la tolva puso en marcha la piedra y después de recoger la harina ya molida y quedarse con su parte y el salvado en concepto de maquila le entregó el saco al tonto.
Con el saco a cuestas va éste y subiéndose al cerro más alto, la echa a volar.
Al  llegar a casa pregunta:
- Madre, ¿ha llegao la harina? , hace rato que la he echao a volar 
y la madre desesperada le dice 
- Inútil, más que inútil, no te puedo encargar nada, ahora tendremos que ir a buscar otro saco de trigo; ¡anda! echa la puerta y ven conmigo.   
El tonto, en lugar de echar el cierre de la puerta se la echó al hombro y se fue detrás. 
Por el camino se les hizo de noche y para evitar los lobos y otras alimañas se subieron para dormir a un árbol frondoso que había, y el tonto con la puerta a cuestas.
Cuando estaban arriba oyeron pasos y voces y escuchando se dan cuenta de que eran unos ladrones que últimamente estaban saqueando toda la comarca, que habían acampado al pie del árbol y se disponían a hacer la cena.
Ponen la sartén al fuego y se dan cuenta de que no tienen aceite 
- ¿Y ahora, sin aceite,  qué vamos a hacer?, dice el cocinero, 
- Pues freímos unos huevos, dice el jefe.
En esto que al tonto le entran ganas de orinar y se lo dice a su madre, y ésta le dice 
Bueno, pero hazlo muy despacico que nos pueden oír.
Se pone a mear despacio, despacico y comienza a caer en la sartén vacía. 
Dice el ladrón que tenía la sartén  
- ¡Qué buen aceitico nos manda Dios ¿y si echamos a guisar unos choricicos?     
- Si no tenemos, dice el jefe
En eso que el tonto dice a su madre
- Madre, que tengo ganas de cagar
- Pero hazlo despacico, despacico, que no nos sientan
Se baja los pantalones y se pone a cagar y cae en la sartén, y el ladrón dice
- ¡Qué buenos choricicos nos manda Dios!
Los ladrones, mientras se hacía la cena, estaban tan contentos contando y repartiendo lo robado,
- Esto pa ti, esto pa mi, esto pa ti, esto pa mi…
Pero al intentar atarse los pantalones, con tanto ajetreo, al tonto se le escapó la puerta que cayó al suelo con tal estruendo que los ladrones salieron huyendo despavoridos.
Así que la madre y el tonto bajaron del árbol a recoger las joyas y los dineros que los ladrones con las prisas se habían dejado.
Los ladrones, después de un rato, pararon en su huida  y dijo el jefe:
- Nos hemos dejado todo el botín por el suelo y alguien nos lo puede coger, hay que asegurarse de que no hay peligro y volver a por él
Y dirigiéndose a uno de los de la cuadrilla le ordena:
- Irás tú a ver qué pasa; si están los guardias o hay algún peligro haz ruido para que podamos salir huyendo.
Cuando llegó el ladrón, la madre y el hijo se habían escondido detrás del tronco del árbol y el ladrón, que tenía mucha hambre, le dio un tiento a la cena que se había quedado en la sartén.  
En esto sale la madre y le dice:
- Tienes algo en la lengua, deja que te la limpie
el ladrón sacó la lengua y ella de un tajo de navaja se la cortó, él salió corriendo y gritando mientras sangraba abundantemente 
- ¡Blu blu blu blu!
y los compañeros al oír los gritos salieron huyendo despavoridos y ya no volvieron nunca más.
 La madre y el tonto regresaron a su casa con el botín, pusieron una puerta nueva y, desde entonces,  vivieron felices y sin apuros económicos para siempre. 




miércoles, 22 de abril de 2015

El hombre que se tragó la Luna


  

 
Y éste es el segundo cuento cortito por hoy. Mucho cuidado con lo que se pide, porque se puede cumplir


Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie



EL HOMBRE QUE SE TRAGÓ LA LUNA

Érase una vez un hombre muy pobre que malvivía solo en una casita en el monte. Cada día tenía que salir a buscar leña y ramas para calentarse y vender en el pueblo para poder comprar comida.
Un anochecer en que, como de costumbre, regresaba a su casa acarreando trabajosamente un pesado haz de leña y maldiciendo su mala fortuna, alzó la vista y vio la Luna brillando en el cielo; se encaró hacia ella y alzando el puño dijo:
Luna, baja y trágame.
Pero la Luna no bajó.
Al día siguiente, de nuevo volvió a pronunciar las mismas palabras
Luna, baja y trágame
mientras volvía cargado con un enorme saco de piñas para la lumbre.
Así pasaron varios días, siempre cargado, siempre maldiciendo su mala estrella y diciéndole a la Luna
Luna, baja y trágame
 Llegó la noche en que la Luna brillaba más que nunca, era Luna Llena y  su claridad iluminaba el sendero por el que renqueando bajo el peso de un gran haz de troncos y maldiciendo, como cada día, nuevamente se encaró con la luna y alzando el puño le dijo
Luna, baja y trágame
Y así lo hizo; bajó la luna y se lo tragó y desde entonces, cada vez que hay luna llena, si os fijáis bien, podréis ver su silueta acarreando eternamente su haz de leña. 



No lo conviertas en era

Como estos cuentos son cortitos, hoy pondré dos.
Éste podría muy bien ser una fábula y tiene su 
enseñanza. Recuerdo habérselo oído contar  
mi padre y, por ahora, no he convertido en era 
nada de lo que me dejó



NO LO CONVIERTAS EN 
ERA

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final


Érase un padre que, paseando con su hijo, le iba enseñando sus propiedades y le decía:
- Este olivar, el día que yo muera será tuyo, pero no lo conviertas en era.
- Si, padre (para sus adentros pensaba "¿creerá que soy tonto? ¿cómo voy a convertir esto en una era?, está ya muy mayor y chochea").
- Esta suerte es la mejor y produce las mejores verduras de la comarca, también será para ti, pero no la conviertas en era.
- Si, padre ("y dale con lo de la era, ¿cuanto piensa que tendré que trillar?")
- Este pinar en pocos años ya estará de corta y también será para ti, pero te pido que no lo conviertas en era.
- Si, padre ("pues si que ha cogido perra con el tema, cada día está más ido")

Pasó el tiempo y, habiendo muerto el padre, heredó todas las propiedades pero, como era un derrochador, dilapidó toda su fortuna.

Cierto día paseando por aquellos campos recordaba:
- Esta suerte, era mía, este pinar  era mío, este olivar era mío...  

Y entonces comprendió, por fin, lo que su padre le había querido decir.




domingo, 19 de abril de 2015

Mesa, componte





 Otro cuento que me contaban de chico y del que no recordaba gran cosa hasta que me puse a reconstruirlo. En el momento en que comencé a escribir me fueron llegando los recuerdos de aquellas frías noches de nevada, al calor de la lumbre y viendo como "Perico Montés hacía caer una nuez por la chimenea"

MESA, COMPONTE

Puede escucharse mientras 
 se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie

Érase una familia muy pobre que tenía tres hijos. El mayor, viendo las privaciones que pasaban sus padres para poder alimentarlos, le dijo a su padre
- Padre; me voy por el mundo a buscar trabajo 
Y, aunque sus padres insistieron en que se quedara, preparó un hatillo con sus menguadas pertenencias y se puso en camino.
Al cabo de unos días de caminar sin encontrar trabajo se encontró un hombre que le preguntó.
- Tú no eres de por aquí ¿qué haces por estas tierras?
- No; soy de muy lejos y vengo en busca de trabajo.
- Pues, ven, trabajarás para mi – dijo el hombre.
Y así fue como, haciendo labores agrícolas y de otro tipo estuvo allí durante un año entero.
Cuando llegó el año le dijo al amo:
- Ya llevo un año trabajando aquí y ya es hora de que vuelva con mi familia a aliviarles algo las privaciones por las que están pasando; págueme mi salario y me marcharé 
Le dice el amo:
- Dinero no tengo para darte pero te voy a dar algo mejor. Toma esta mesita y sólo tienes que decir “mesa, componte” y ya no pasaréis más hambre.
Al decir aquellas palabras, la mesa se cubrió con un mantel y se llenó de platos y más platos de los más variados manjares.
Muy contento se cargó la mesa al hombro y marchó en dirección a casa.
Como el camino era muy largo tuvo que parar en una posada a hacer noche y le dijo al posadero:
- Guárdeme bien hasta mañana esa mesita que he dejado en el zaguan, pero no se le ocurra decir “mesa, componte”
- No te preocupes, muchacho, que así se hará
Pero tan pronto el joven se fue a dormir, el posadero le dijo a la mesa:
- Mesa, componte
Y en vista de lo que sucedió, buscó una mesa parecida y a la mañana siguiente se la entregó al muchacho.
El joven siguió su camino con la mesa a cuestas y llegó a casa
- Padre; ya verá usted lo que he traído, pero voy a avisar a todo el pueblo para que se reúnan en la plaza y así podrán ver qué maravilla.
Cuando todos estaban reunidos en la plaza, puso la mesa en medio y dijo
- Mesa, componte
Pero no pasó nada. 
Repitió las palabras una y otra vez sin resultado y, entre las burlas de todos sus paisanos, la familia se retiró avergonzada.
El hijo segundo dijo:
- Voy a probar yo a ver si tengo más suerte que mi hermano
Al cabo de unos días de caminar sin encontrar trabajo, igual que su hermano, se encontró un hombre que le preguntó.
- Tú no eres de por aquí ¿qué haces por estas tierras?
- No; soy de muy lejos y vengo en busca de trabajo.
- Pues, ven, trabajarás para mi – dijo el hombre.
Y así fue como, lo mismo que su hermano, estuvo trabajando durante un año entero.
Cuando llegó el año le dijo al amo:
- Ya es hora de marchar; págueme mi trabajo y me marcharé 
Le dice el amo:
- Dinero no tengo para darte pero te voy a dar algo mejor. Toma esta burra y sólo tienes que decir “burrita, estírate” y os podréis olvidar de la pobreza
Al oír aquellas palabras, la burra comenzó a cagar pero no hacía boñigas, sino que cagaba monedas de oro y billetes.
Muy contento tomó a la burra del ramal y marchó en dirección a su casa.
También, como su hermano, tuvo que parar en una posada a hacer noche y le dijo al posadero:
- Guárdeme bien esa burra que he dejado en la cuadra hasta mañana, pero no se le ocurra decir “burrita, estírate”
- No te preocupes, muchacho, que así se hará
Pero tan pronto el joven se fue a dormir, el posadero le dijo a la burra:
- Burrita, estírate
Y en vista de lo que sucedió, buscó una burra parecida y a la mañana siguiente se la entregó al muchacho.
El joven siguió su camino muy contento con la burra y llegó a su casa
- Padre; ya verá usted lo que he traído, pero voy a avisar a todo el pueblo para que se reúnan en la plaza y esta vez si que van a quedarse con la boca abierta.
¿Estás seguro de lo que dices?, mira que la otra vez bien se rieron de nosotros
Pero el chico insistió y reunió a todo el pueblo.
Cuando todos estaban reunidos en la plaza, puso la burra en medio y dijo
 - Burrita, estírate
Pero no pasó nada. 
Repitió las palabras una y otra vez y lo único que consiguió es que la burra se cagara pero no fue ni oro ni billetes sino unas buenas boñigas y, entre las burlas de todos sus paisanos, la familia se retiró avergonzada.
El hijo menor que, según decían, era un poco tontico porque era un poco apocado dijo:
- Ya verá como a mi no me engañan; ahora me toca a mi probar fortuna
Y, pese a los ruegos de su familia para que desistiera de su intento, se puso en camino.
Al cabo de unos días, al igual que sus hermanos, sin encontrar trabajo, se encontró un hombre por el camino y le preguntó.
- ¿No podría usted darme trabajo?, ya he recorrido varios cortijos y pueblos y no encuentro quien me quiera emplear.
- Pues, ven, trabajarás para mi – dijo el hombre.
Y así fue como, lo mismo que sus hermanos, estuvo trabajando durante un año entero.
Cuando llegó el año le dijo al amo:
- Ya es tiempo de  volver a casa; págueme lo que me corresponda y me marcharé 
Le dice el amo:
- Dinero no tengo para darte pero te voy a dar otra cosa. Toma este saco que tiene dentro una porra  y - le dijo muy flojito y al oído - sólo tienes que decir “porra, a pegar” y seguro que no vas a tener quejas del servicio que te va a hacer.
El muchacho se cargó el saco al hombro y emprendió el camino a su casa.
Al igual que sus hermanos, tuvo que parar en una posada a hacer noche y le dijo al posadero, en voz baja casi como en secreto:
- Guárdeme bien ese saco que he dejado en el zaguán pero no se le ocurra decir  “porra, a pegar”
- No te preocupes, muchacho, que te lo guardaré bien
Pero tan pronto el joven se retiró, el posadero tomó el saco y dijo:
- porra, a pegar 
La porra salió del saco y como la única persona que había cerca era el posadero se lió a darle golpes y el posadero a gritar pidiendo auxilio.
Con los gritos acudió el muchacho y viendo la paliza que le estaba dando la porra al posadero le dijo:
- ¿Así que usted es el que engañó a mis hermanos?, pues ya puede sacar la mesa y la burra si no quiere acabar molido a palos.
- Ay, ay, si, si, enseguida te lo doy pero, por favor, quítame esta porra de encima que me va a matar, ay, ay.
El muchacho agarró la porra y la guardó en el saco. El posadero le entregó la mesita y la burra y así siguió su camino hasta llegar a su casa donde fue recibido con mucha alegría por su familia.
 - Padre; hay que avisar a todo el pueblo para que se reúnan en la plaza.
¿Avisar a los del pueblo?, ¡de ninguna manera! Si todavía se ríen de nosotros desde el año pasado.
 Pero insistió tanto que se reunió a todo el pueblo en la plaza.
La gente decía:
- A ver ahora con qué nos sale el tontico, vamos a tener algo con lo que reír una buena temporada, ja, ja
Cuando todos estaban reunidos en la plaza, puso la mesa en medio y dijo
- Esto es lo que se ganó mi hermano mayor trabajando un año entero; ¡Mesa, componte!
Y al punto, la mesa se cubrió con un mantel y se llenó de platos de los más suculentos manjares, entre los gritos de asombro de los paisanos
- Ahhhhhhh,  Ahhhhhh, Ahhhhhh
A continuación sacó la burra y dijo
- Esto es lo se ganó trabajando duramente mi hermano mediano; ¡burrita, estírate!
Y la burra comenzó a cagar billetes y monedas de oro, entre los gritos de admiración de los paisanos
- Ohhhhhhh,  Ohhhhhh, Ohhhhhh
Entonces, abriendo la boca del saco dijo:
- Pero eso no es nada, ahora os voy a enseñar lo que he ganado yo, así que;  ¡porra, a pegar!
Salió la porra y comenzó a repartir leña a los vecinos que tuvieron que salir por piernas entre gritos de 
- Ayyyyyyyyyyy,  Ayyyyyyyyyyy, Ayyyyyyyyyy

Y toda la familia se quedó allí riendo, porque siempre: Ríe mejor quien ríe el último”.



>

sábado, 11 de abril de 2015

El medio pollico


Otro cuento de tradición oral que, de niño, me contaban al amor de la lumbre y que he podido reconstruir (espero que con buena fortuna)
 La verdad es que de niño no te planteas cómo es posible que quepan tantas cosas en el culico de un medio pollico, ni que siga vivo. Y de mayor es mejor dejarlo estar como está y no planteárselo. Aunque la duda te asalta, especialmente cuando intentas rellenar un pollo para hacerlo al horno y te sobra relleno. 

Puede escucharse mientras  
 se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie

Y, para esta grabación, cuento con la 
valiosa participación de mi nieto Eric 
como El Medio Pollico

EL MEDIO POLLICO


Había una vez en un pueblo muy pequeño unas vecinas que decidieron echar una llueca a medias y repartirse luego los pollitos. Una puso la gallina y la otra los huevos; pero con tan mala fortuna que todos los huevos, menos uno, resultaron hueros y el problema era cómo hacer el reparto.  Acudiendo a una solución salomónica decidieron partir el pollico en dos, medio para cada una, y así lo hicieron.
Una de ellas dio buena cuenta de sus ganancias, invirtiendo sus menguados beneficios en cocinar un arroz con pollo, pero la otra lo dejó suelto por el corral y así fue creciendo.
Un buen día, el medio pollico se encontraba en el basurero escarbando como de costumbre y, de pronto, se encontró una moneda de oro; la miró, le sacó brillo y se la quedó mirando entusiasmado por su hallazgo. 
Pasaba por aquel lugar el Príncipe de aquel reino y, viendo al medio pollico con la moneda de oro, le dijo 
–Si me das esa moneda te invito a merendar pan con queso en palacio.
El medio pollico le entregó la moneda y se dispuso a hacer el largo camino que llevaba desde la granja al palacio.
Iba caminando, caminando, cuando se encontró con una zorra que le dijo:  
-¿dónde vas medio pollico?  
-voy a palacio que el Príncipe me ha invitado a merendar pan con queso 
-¿me dejas que vaya contigo? 
-Si; da media vuelta y métete en mi culico
 y así lo hizo la zorra.
Más adelante se encontró un arriero con una recua de caballerías cargadas con tinajas y le preguntó; 
 -¿dónde vas medio pollico?  
-voy a palacio que el Príncipe me ha invitado a merendar pan con queso 
-¿me dejas que vaya contigo? 
 -Si; da media vuelta y métete en mi culico  
y así lo hicieron arriero y reata.
Cuando llegó al río que había de cruzar para llegar a palacio, éste le preguntó;  
-¿dónde vas medio pollico?
-voy a palacio que el Príncipe me ha invitado a merendar pan con queso 
-¿me dejas que vaya contigo? 
 -Si; da media vuelta y métete en mi culico,
 el río hizo lo que le había dicho y así el medio pollico pudo atravesar a pie enjuto y llegar a palacio.
Cuando llegó a palacio preguntó por el Príncipe y expuso el motivo de su visita. Los guardias fueron a informar al Príncipe y éste dijo 
–Éste se cree que lo voy a invitar a merendar, llevadlo al gallinero y dejadlo allí,  
y así lo hicieron.
En el gallinero los gallos se acercaron amenazantes con intención de atacarlo y el medio pollico dijo 
–zorra sal, que hay que matar
y la zorra, saliendo de su culico dio buena cuenta de gallos y gallinas, se dio un buen festín y se marchó tan campante.
Al día siguiente cuando vieron al medio pollico picoteando en el gallinero y todo el gallinero arrasado fueron a informar al Príncipe y éste dijo; 
-metedlo en una tinaja de aceite y que se ahogue 
y así lo hicieron bajándolo a la bodega y en una de las muchas tinajas de aceite que tenían almacenadas lo zambulleron y poniendo la tapa lo dejaron.
El medio pollico, al ver que se hundía, gritó 
–arriero sal, que hay que cargar, 
salió el arriero y con sus caballerías fue vaciando todas las tinajas de aceite dejó al palacio sin una gota, y se marchó tan satisfecho con su carga.
Al día siguiente cuando bajaron a la bodega y vieron lo que había pasado y que el medio pollico estaba tan telendo fueron corriendo a decírselo al Príncipe, éste dijo  
–ya estoy harto de ese medio pollico, metedlo al horno y me lo comeré asado.  
Encendieron el horno, metieron al medio pollico y cerraron la puerta. En menos que canta un gallo el medio pollico dijo 
–río sal, que hay que apagar
el río salió, apagó el horno y además, de paso en su camino a su cauce natural, se llevó medio palacio. 
El Príncipe tuvo que admitir que las promesas deben cumplirse si no quieres tener problemas y no tuvo más remedio que dar su pan con queso al medio pollico que disfrutó mucho con aquella merienda.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Corre sillas, corre coches, buenos días y buenas noches.




domingo, 5 de abril de 2015

La camisa del hombre feliz

 



Este cuento, fábula o como queráis etiquetarlo,  se lo oía contar a mi padre hace ya más de setenta años. Yo he intentar darle forma a partir de los pocos detalles que recordaba, (como he hecho con todos los cuentos de tradición oral que me contaban de pequeño) por eso mi versión puede diferir mucho de la conocida por otros. Posteriormente supe que era original de León Tolstoi. 

LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ

Puede escucharse mientras se sigue el 
texto en el vídeo que aparece al pie


Había una vez, en un reino muy lejano, un rey que enfermó de una rara enfermedad. Tan rara era que los médicos más eminentes del reino no eran capaces de diagnosticarla y, además, lo sometían a toda clase de molestos tratamientos: emplastos, cataplasmas, sahumerios, sangrías, infusiones...., sin ningún efecto.
El rey mandó llamar a todos los médicos de los reinos vecinos, con idénticos resultados y el enfermo seguía agravándose.
Cierto día llegó a palacio un anciano que decía conocer la enfermedad y el tratamiento y le hicieron llegar a la cámara real.  Tras someterlo a un breve interrogatorio y examen físico el anciano dijo:
- Su Majestad padece de infelicidad crónica(1) y sólo podrá curarse poniéndose la camisa del hombre feliz.
Reunidos los sabios de la corte, llegaron a la conclusión de que el hombre más feliz del reino debía ser el más rico y mandaron llamar al hombre económicamente más poderoso, pero éste respondió:
- ¡Qué más quisiera yo que ser feliz! pero no descanso, no duermo, siempre estoy preocupado pensando en los ladrones y en lo que me cuestan los guardas que vigilan mis propiedades.
Los sabios propusieron al hombre más sabio de entre ellos que diera su camisa, por cuanto al ser tan sabio debería ser feliz, a lo que este contestó:
- Precisamente, por ser el más sabio, no puedo ser feliz. Cuanto más amplios son mis conocimientos soy más consciente de lo mucho que desconozco y eso me llena de insatisfacción.
Mandaron llamar al hombre más fuerte y saludable del reino creyendo que la salud y vigor físico implicaban la felicidad del poseedor de estos dones, pero les respondió:
-¿Cómo piensan que puedo ser feliz? Para mantenerme sano y fuerte me he de privar de los manjares que más me apetecen, hacer ejercicios extenuantes no pudiendo disfrutar del reposo. Además, sé que esta situación es pasajera, que ya hay jóvenes que pronto serán más fuertes que yo, mientras los años van debilitando el vigor de mi juventud.
Decidieron, entonces, enviar mensajeros a todos los rincones del reino en busca del hombre feliz.
La búsqueda fue infructuosa y, cuando ya estaban de regreso, al pasar cerca de la montaña más solitaria del reino, pararon a descansar descubriendo a un ermitaño que vivía en una cueva en la ladera. Le pidieron agua y el hombre les ofreció compartir los escasos comestibles que tenía. 
Le preguntaron:
-¿Cómo es posible que viva usted en estas condiciones tan miserables y tan solitario?
A lo que el hombre contestó:
- Yo aquí vivo feliz, me conformo con lo que tengo y no necesito nada más.
Los emisarios vieron los cielos abiertos y le dijeron:
- Por favor, nuestro rey está muy enfermo y sólo usted lo puede curar. ¡déjenos su camisa!
Pero ¡Oh sorpresa!  ¡EL HOMBRE FELIZ NO TENÍA CAMISA!.

 (1) lo que hoy día los psicólogos llaman depresión.

Pero no hay que preocuparse por el pobre rey. Como hemos podido leer en el "trascuento" "El pastor y su flauta", al final quedó curado.



miércoles, 25 de marzo de 2015

El pastor de Riópar

Alberto López 
de pequeño y que me envió para publicar en la web. Muchas gracias a él y espero que os guste.
Posiblemente este mismo cuento, con variantes se cuente en otros muchos sitios y el pastor será de cada lugar en que se cuenta.



EL PASTOR DE RIÓPAR

 Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie



Una noche de tormenta en los montes de Sierra Morena un pastor, al que no se tenía por especialmente listo, llegó a un cortijo y pidió que le dejasen pasar la noche allí ya que llovía mucho y hacía mucho frío. 
El dueño del cortijo asintió, y viendo al pastor, decidió reírse de él un poco y empezó a preguntarle:
- ¿De donde eres?.
- Pues soy de Riópar.
- Ese pueblo está muy lejos y allí la gente habla de una manera extraña que poca gente entiende.
- Pues yo siempre he estado allí y lo entiendo todo.
- ¿Sabes como me llamo?
- No señor.
- Soy "Dominus Deus".
- Ah, y ¿ésta es su casa?
- Esto no se llama casa, se llama "estoque",
 ¿Sabes como se llama este animal? (señalando al gato).
- Gato, señor.
- Eso es en tu pueblo, aquí se llama "La Res que mata la Rata".
- Ah.
- ¿Sabes como se llama eso que da luz? (señalando al fuego).
- Fuego.
- No hombre no, eso es la "Paciencia".
- Ah.
- ¿Sabes que es eso donde estoy sentado? (estaba sobre la cama).
- La cama.
- Eso será en donde eres, esto es el "potestate".
- Ah.
- ¿Como se dice en tu tierra lo que llevas en los pies?
- Zapatos.
- Aquí se dice " chirlos mirlos".
- Ah.
- ¿Y lo que llevamos en las piernas?
- Pantalones o calzones, respondió el pastor.
- Esto son los "garabitates".
- Pues si que se habla diferente aquí, estando tan cerca de Riópar.
- Éste es el idioma que tendrás que aprender para poder moverte por estas tierras.
- Entonces ¿cómo se llama ésto, Señor? - (señalando a las morcillas que colgaban del techo)
- Esto son las " cien mil vírgenes"
- ¿Y aquello tan grande de allí? (señalando al jamón).
- Eso es el "angelote".
- ¿Tiene un poco de agua para lavarme antes de dormir?
- ¿Agua? ...........
- Si eso que cae del cielo cuando llueve.
- Eso es la  "clarencia" hombre, toma aquí tienes lávate y vamos a dormir.
Después de despacharse a gusto con el pastor se fueron a dormir, y por supuesto no le ofreció de cenar. El pastor que tenia mucha hambre no paraba de mirar al techo viendo la matanza. A media noche y sin poder conciliar el sueño por el hambre se le ocurrió una idea:
Sacó del fuego uno de los leños y lo apagó para que hiciese mucho humo, cuando el cortijo estaba lleno de humo despertó al dueño diciéndole a voces.
- Levanta "Dominus Deus" que estas en el "potestate", ponte los "chirlos mirlos" y también los "garabitates", que "la res que mata la rata", se ha llenado de "paciencia", y como no acudas con "clarencia" se te quemará el "estoque", que yo salvaré a las "cien mil vírgenes" y también al "angelote".
Diciendo esto cogió las morcillas y el jamón y salió corriendo, y nunca más volvió el dueño del cortijo a saber de él.