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domingo, 7 de mayo de 2023

La Felicidad


Hoy me ha dado por releer algo
de lo escrito y publicado aquí,
Se trata de un fragmento de
mis Relatos de Hénder.
Y, tratándose de un cuento,
creo que este es su lugar.

Pertenece a éste CAPÍTULO
De éste LIBRO
Capítulo que recomiendo leer (si no todo el libro) para situar el cuento en su contexto.




LA FELICIDAD

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

En la antigua y esplendorosa ciudad de Sarfán, corte del poderoso Sultán Agrigerio Tercero, hijo de Andris y de Emfelia, de los que ya os relaté ayer sus desgraciados amores, vivía un poderoso y rico comerciante de alfombras, que nadaba en la abundancia, pero no era feliz. Había comprobado que la riqueza, las posesiones, todo aquello exterior a uno no la daba; y no sabía por qué, puesto que vivía en una posición desahogada y sin problemas pero, cuanto más desahogado vivía y menos problemas tenía más infelicidad sentía. Lo que no sabía es que la felicidad reside dentro de uno mismo y que se materializa en la medida que la dejas aflorar en forma de amor, entrega, generosidad, altruismo, hospitalidad, optimismo,… todas aquellas actitudes positivas que tantas veces os he resaltado en mis relatos y que no me cansaré de hacerlo. Pero hoy no vamos a contar cosas de él, sino de un simple perro abandonado y de lo que le aconteció. Se llamaba Sultán, aunque sin ánimo de ofender a la egregia persona. Se llamaba así porque así le puso su amo cuando lo compró para su hijo pequeño, como un regalo, como si un ser vivo fuera un objeto. Y de hecho así le trataban, salvo el niño, que pronto intimó con Sultán y jugaba con él. El padre, aquel rico mercader, pronto sintió que Sultán comenzaba a ser un estorbo. Tenía, porque se lo podía permitir, un sirviente que se ocupaba de sacarlo a pasear y a hacer sus necesidades, aunque no ejercicio, también quien se encargaba de su agua y su alimento, de modo que no se comprende cómo podía considerarlo un estorbo si él no se ocupaba en absoluto de nada. Pero, aparte de corretear por todas partes, para ejercitarse, jugar con el niño, romper entre los dos alguna cosa durante los juegos, escarbar en su alfombra favorita, restarle protagonismo en el cariño de su hijo, cruzarse entre los pies cuando llegaba a casa y saltar alegre y atropelladamente a su alrededor, todas actividades molestas para él, no le veía ningún beneficio inmediato por su presencia y decidió abandonarlo bien lejos.Encargó a uno de sus sirvientes que se lo llevara lo más lejos que pudiera y lo perdiera. No sabía que los perros tienen un gran sentido de la orientación y acabó regresando en poco tiempo, aunque hambriento, sediento, sucio y agotado, pero era recibido con grandes muestras de cariño por el niño. Y eso al padre aún le molestaba más y, tras castigar severamente al criado por no haberlo dejado lo bastante lejos, le enviaba de nuevo al destierro. Y regresaba nuevamente repitiéndose la escena una y otra vez.
Los perros no son tontos, saben donde hay cariño y donde no, y si regresaba era por el pequeño, pero no por su padre, ni por el pienso, ni por nada ni nadie más en aquella casa.
Pero cierta vez, cuando ya regresaba del último abandono, una vez en que más parecía la sombra de un perro, cuando ya era sólo piel y huesos, al borde del camino, en pleno desierto en el que le habían dejado, le recogió un arriero que se dirigía a Alandia en una destartalada carreta tirada por un viejo búfalo, casi tan comatoso como Sultán.
Le tomó en brazos y le subió a la carreta, le puso una escudilla con agua que vació ávidamente, así como un cuenco con algo de pan duro y parte de su menguada comida, que Sultán apreció más que los manjares que le servían en casa de su amo.
Así pasaron los días de travesía por el desierto y se fue recuperando de tal modo que, cuando llegaron a Alandia, a la explanada de las caravanas, ya parecía un perro normal, sin rastro de las penurias que había pasado.
Sultán hubiera regresado a Sarfán, los perros tienen esa poderosa fidelidad, pero ahora aún era más difícil. El desierto suponía una barrera infranqueable, tenía una deuda de gratitud con el arriero que le había salvado la vida y además, sabía perfectamente que en aquella casa, salvo el niño, no se le quería ni sería bien recibido. De modo que decidió servir a su nuevo amo, Rashid, puesto que como amo él ya le había adoptado.
De todos es sabido que en Alandia no hay delincuentes, salvo en una ocasión que ya os conté no hace mucho, por lo que no era necesario vigilar las carretas ni las mercancías. No serviría de nada hacer de perro guardián, pero sí serviría de algo ejercitar los pequeños trucos que le había enseñado su pequeño amo cuando aún vivía en Sarfán. De modo que, aprovechando la aglomeración de gentes en el mercadillo que tenía lugar en la explanada, tomó un cuenco de la carreta, lo depositó en el suelo y comenzó a hacer volteretas, andar en dos patas, tanto las traseras como las delanteras, a hacerse el muerto, a dar la mano, sostener algo en equilibrio sobre el morro,… y la gente, admirada por las habilidades de aquel chucho, echaba unas monedas en el cuenco. Además corrió la voz y en los días sucesivos aquello era un espectáculo al que acudía toda la ciudad, un espectáculo que Sultán adornaba con nuevos trucos que se iba inventando sobre la marcha.
Rashid juntó una buena cantidad de dinero, gracias a Sultán, que le permitió vender la vieja carreta y el decrépito búfalo y comprar otros mejores, aparte de cargar más provisiones, conservas y esencias de Alandia para vender en Sarfán. Y acabaron regresando a la capital del poderoso Sultán Agrigerio Tercero, hijo de Andris y de Emfelia.
Allí Rashid y Sultán fueron felices juntos, con algún que otro pequeño viaje comercial a Alandia y alguna actuación aquí y allá que les permitieron vivir desahogadamente, aunque sin lujos, y vivir felices el resto de sus días. Porque la felicidad reside dentro de uno mismo y se materializa en la medida que la dejas aflorar en forma de amor, entrega, generosidad, altruismo, hospitalidad, optimismo… todas aquellas actitudes positivas, que a ambos les sobraban, que tantas veces os he resaltado en mis relatos y que no me cansaré de hacerlo.

miércoles, 21 de junio de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 15 (En Dwonder) parte 2

Tras su paso por aquella granja, su estancia 
en Dwonder fue breve y pronto acabaron 
marchando hacia Quater, pero con 
unas cuantas preparaciones
gastronómicas en proyecto




EN DWONDER 2



Ella siguió hablando y hablando, parecía que nada podía detener aquel torrente verbal, salvo la entrada de su marido. En ese momento dejó de hablar y comenzó a ordenar.
- ¿Ya has terminado? ¿Has echado los hierbajos al estercolero? ¡Ve a cambiarte! ¡Y lávate, que vas hecho un guarro! Pero primero sácales a estos amigos unas copas de licor de drufas. ¡No! ¡De ese no! Del que yo hago, del bueno. ¡Pero no te lleves la botella! Déjala aquí y vete reparando la cena, que yo estoy muy ocupada con esto. Pero no hagas como siempre, que luego no hay quien lo coma. No sé si has fregado lo de mediodía, si no lo has hecho ya puedes ir haciéndolo. ¡Ah! Y de paso barre la cocina, que está llena de migas, y…..
Fan levantó la mano, como pidiendo la palabra, ella se dio cuenta, calló y le hizo un gesto de aquiescencia.
- Permítame, señora, que nos presentemos. Yo me llamo Halder y él Halgor. Vamos camino de la Capital y hemos comido con Redmind. Ahora quería ofrecerles para la cena un pescado, que aquí llaman carpión, recién pescado en el Río Claro. 
- ¿Recién pescado en el Río Claro?. Está muy lejos y ya debe estar pocho – dijo ella, con un gesto de asco.
- Discúlpeme si la contradigo, señora, pero está en perfectas condiciones – dijo Fan, sacándolo de la mochila.
- A ver, a ver, que lo vea y lo huela
Un gesto de asombro se pintó en la cara de Reedhal, al tiempo que olisqueaba con deleite el pescado.
- Pues sí. Tienes razón. Está muy fresco. No he visto nunca un pescado tan fresco. Muchas gracias. ¡Tú! ¡Toma! Llévalo a la cocina y prepáralo, pero no lo estropees, que tú o quemas todo o lo dejas crudo.
El pobre granjero agachó las orejas, tomó el pescado con aquellas manos que aún conservaban restos de tierra, porque no había tenido ocasión de lavarse ni de hacer aquella lista interminable de órdenes, y se perdió por una puerta.
Ante la atenta mirada de ella se bebieron de un trago las copitas de licor de drufas y el caldo había sido algo tibio comparado con el abrasador brebaje. Les saltaros las lágrimas y las pocas papilas gustativas que habían sobrevivido al tazón de caldo acabaron totalmente insensibles e inservibles durante un largo rato.
Ella, tras echarse dos vasos de la botella y tragarlos sin inmutarse, se estuvo oliendo las manos con fruicción hasta que, pensó Fan, no debió quedar en ellas el más mínimo olor a pescado.
- Aquí no tenemos habitaciones para invitados, no somos pudientes y no podemos permitirnos esos lujos, pero creo que en el granero, sobre la paja, podréis dormir bien.
 - No se preocupe señora, en sitios mucho peores hemos dormido. Nuestros huesos ya están acostumbrados a las duras rocas o al duro suelo – dijo Merto.
- Sois unos hurim muy raros. Bueno, todos lo sois, al menos eso se dice, si se debe hacer caso a lo que se dice, porque para mi sois los primeros que veo en persona.
Pasaron mucho rato contándole las cosas que habían sucedido en Heria con las palmas reales y aquellos extraños venidos de lejanas tierras, explicando todo como si hubieran sido testigos y no protagonistas, y ella se admiró de todo lo que contaban.
Llegó ya el momento de cenar. Hasta allí les llegaba el aroma del pescado asado y el ruido del trajín que se llevaba el granjero en la cocina. Finalmente apareció en la puerta, limpio y con nueva ropa, se acercó a la mesa y comenzó a prepararla. Mientras, ella seguía trenzando soga y diciendo:
- No, ese mantel no, es pequeño, el de color verde. ¿Pero no ves que esas servilletas no pegan? ¡En qué estarás pensando…! Los platos llanos debajo. El tenedor se pone al otro lado ¿Cuándo aprenderás? No tienes remedio. Aún tendré que levantarme y hacerlo yo…
Pero, finalmente, quedó todo dispuesto. Ella se levantó y se acomodó en una silla que ya se veía adecuada a su constitución. Hizo una seña a Fan y Merto y éstos también tomaron asiento donde su dedo imperativo les indicó.
El granjero, que había regresado a la cocina, salió con una bandeja de verduras hervidas y luego salteadas con sebo de cordero, un tanto picantes pero no demasiado. Cuando la terminaron sacó otra bandeja con el pescado asado. Fan comentó:
- Nosotros comeremos sólo un poquito para catarlo, porque ya hemos comido otro a mediodía con Redmind; de modo que, si os parece, lo podéis acabar vosotros.
- Pues entonces ya estás marchando a la cocina y les traes dos platos del pollo escabechado que preparamos ayer.

Marchó el granjero, se le oyó trastear, y apareció con dos platos con un cuarto de pollo cada uno. Al probarlo estaba muy tierno y con un agradable saborcillo ácido y a hierbas. Se lo comieron muy a gusto, mientras los otros, especialmente Reedhal, daban buena cuenta del pescado.
Acabada la cena, el granjero, a una seña de su esposa, les acompañó al granero. Le había ordenado:
- Llévales una manta, porque allí va a hacer frío por la noche.
Ellos no dijeron nada, salvo “buenas noches”, por no contrariarla; puesto que, con la capa, no precisaban manta alguna, aunque luego la usaron para ponerla debajo, sobre la paja.
Esa mañana sí les despertó el gallo, casi a la oreja con su cantar matutino. Luego se despidieron de sus anfitriones, antes de que él tuviera que marchar a poner pienso a los animales y seguir arrancando malas hierbas.
- Les estamos muy agradecidos por su hospitalidad y hemos dormido muy cómodos en su granero. La manta la hemos dejado sobre la baranda, sacudida de pajas y doblada. Cuando vean a Redmind le dan recuerdos y las gracias por habernos encaminado aquí.
- Supongo que en la capital tenéis donde alojaros ¿o no?, porque yo les aconsej…
- Tú te callas! Aún les aconsejarás la posada de tu primo. Pero si necesitáis un lugar donde dormir y comer bien… id a la Posada Nueva de mi hermana Reethel y decidle que vais de mi parte.

Y se pusieron en camino. Por un momento habían visto, en el agrio rostro de Reedhal, una sonrisa amistosa.
Conforme se iban acercando a la Capital, iban proliferando las granjas, cada vez más cerca unas de otras y cada vez se apreciaban caminos que se entrecruzaban; caminos que, hasta bastante después de abandonar aquella granja, no existían.
El que tomaron en dirección a la Capital, acabó desembocando en otro más amplio que seguía en la misma dirección y que ya se veía más transitado. Una carreta, tirada por saltarenas adiestrados, se les acercaba en sentido contrario, la conducían en el pescante dos hurim, pero Fan y Merto procuraron volverse de espaldas para no ser reconocidos y descubiertos. La carreta pasó de largo y ellos siguieron el camino.
Era ya mediodía cuando algo diferente se veía a lo lejos, debía ser la ciudad, pero no les daba tiempo para llegar y ya comenzaban a tener hambre. Así que buscaron un lugar apropiado para hacer una parada, comer algo y descansar un rato. Cerca de una granja vieron un grupo de umbros que podrían brindarles una buena sombra y decidieron parar allí, salieron del camino y se internaron entre los árboles.
Sentados en tierra, en un poco de hierba seca, sacaron algunas de las provisiones: unos trozos de pan y queso que les había dado Redmind, porque no se trataba de hacer una comida complicada, sino un tentempié. Con aquello y con un frasco de frutas de Alandia quedaron satisfechos.
Dieron una corta cabezada y continuaron la marcha.
Era media tarde cuando se internaban por los arrabales de la ciudad. Fan preguntó a alguien por la Posada Nueva y les indicaron por donde llegar. Allí parecía que la gente ya no se extrañaba por ver hurims, porque nadie se les quedaba mirando ni veían gestos de extrañeza.
Llegaron a la posada, preguntaron por Reethel y le dieron recuerdos de su hermana. Les condujo a una habitación con dos camas, según ella la mejor de la posada y de la ciudad. No es que fuera gran cosa, pero era cómoda, acogedora, luminosa, limpia y… bastante mejor que las posadas de camino de Quater.
Se cambiaron de ropa, tras flotar un rato en las bañeras del baño colectivo de la planta baja y se tendieron un rato para descansar de la última caminata. Luego bajaron a cenar.
Allí no era como en Heria. No había cinco menús. Sólo había uno y todo eran platos de Dwonder, pero se podía elegir. Decidieron pedir dos platos diferentes de primero para poder compartir, pero nada de verduras ni ensaladas, pidieron uno de quesos y otro de fiambres. Y les trajeron un plato de quesos varios y otro plato de algo que parecía pata de cinguo, pero allá arriba no había cinguos, además de otras rodajas extrañas de algo que, al pronto, ni tampoco luego, pudieron identificar.
Los quesos no eran tan buenos como el de Fan, ni siquiera como el de Redmind, pero no estaban mal. Unos tenían cubierta la corteza de plantas aromáticas picadas, otros de especias de diferentes colores y otros de algo muy picante, aunque no lo descubrieron hasta que ya no hubo remedio.
Los fiambres eran todos muy extraños para ellos. Parece que aún no los llevaban a los reinos porque no los producían en cantidad suficiente y por eso allí no los habían visto. Unas lonchas parecían a la pata curada de cinguo y tenían la misma textura y sabor aunque les faltaba el aroma especial de las plantas aromáticas de las que el cinguo se alimentaba. Fan tenía curiosidad y preguntó, resultando que todo aquello eran diferentes preparaciones de cordero: la pierna curada en sal, lo mismo que ellos hacían con el cinguo, otras partes del cordero picadas, mezcladas con diferentes especias que se introducían en los intestinos del propio cordero, unas secadas al oreo y otras cocidas. Cortadas en rodajas estaba todo muy bueno.
Fan intentó identificar las diferentes especias y tomó nota mental para probar de hacerlo cuando regresaran a Aste.
De segundo Fan había pedido cordero, aunque no asado ni frito sino de una receta especial de Dwonder. Y era especial, muy tierno y muy sabroso. Según le contaron se hacía con grasa del mismo cordero pero a baja temperatura con hierbas y especias pero durante largo tiempo, y también tomó nota mental. Merto había pedido pollo confitado y resultó ser lo mismo que lo de Fan, pero con pollo en lugar de cordero. De postre ya no había que hablar, estaban hartos de drufas, se conformaron con una infusión y se fueron a dormir.
Al día siguiente salieron a ver la ciudad y era un tanto caótica. Las calles no es que tuvieran una simetría ni un poco de orden. Parecía que cada constructor lo hacía a su manera y nada se parecía a nada, la incoherencia era lo más coherente. Una cosa sí tenían en común; los materiales no lo eran precisamente porque todos tenían que venir de fuera y había casas de madera, de ladrillo y de piedra, de todo un poco y un poco de todo. Lo que sí tenían en común era que las plantas bajas eran todo comercios, pero comercios monográficos. Quien habitaba en la planta superior, abajo vendía lo que producía: si tejía, tejidos, si bordaba, bordados, si hacía tapiz, tapices, si hacía embutidos, colgaban largas tripas o piernas de cordero en salazón, de una barra, si quesos, quesos… de modo que cada casa exponía y vendía lo que sus moradores producían. Fan compró fiambres varios para llevarse a Aste e intentar reproducirlos.
Comieron algo en aquel comercio de fiambres porque tenía unas mesitas para catar los productos y, entre cata y cata, mataron el apetito.
Aparte del color de sus habitantes, el rojo, las calles eran de lo más abigarrado en cuanto a colorido y formas; todas las casas, con sus respectivas tiendas, se habían construido al aire del profesional de turno o el capricho del propietario y cada uno de ellos hacía lo que le venía en gana. Formas cuadradas, redondas, irregulares,… cada casa era una idea plantada en la calle de cualquier manera. Era difícil imaginar cómo podían acomodar los muebles allí dentro o cómo podían vivir con paredes torcidas, ángulos imposibles y suelos inclinados.
La única cosa que se salvaba del caos general era el Palacio de la reina Reedha III; aunque ella, personalmente, lo habría hecho de otra manera. Pero como lo había construido su antepasada Reddis VI que, por ser guerrera, tenía la mente cuadriculada, así salió el Palacio, sin una pared torcida ni un suelo inclinado. Lo habían construido en un tiempo en que no se podían conseguir materiales de los otros reinos con los que estaban en guerra, de modo que se tuvo que edificar con los escasos materiales con los que contaba el reino. De hecho habían tenido que acarrear las piedras desde aquella montaña, también caótica, que Fan había encontrado al salir del desierto, pero la reina no permitió que ningún constructor se desmandara y que hiciera lo que le diera la gana, como solían hacer. Ella dibujó los planos y supervisó las obras desde el principio, de modo que tuvieron que hacerlo como ella quería.
Constaba de dos altas torres de planta cuadrada a ambos lados de una gran puerta. En el puente que unía las torres, sobre la puerta, había una enorme barbacana con aberturas para arrojar desde arriba: piedras, flechas, sebo de cordero encendido,… a cualquiera que pretendiera forzar la puerta. Tras la puerta, un amplio patio de armas capaz para un regimiento de saltarenas ligeros, al fondo la Torre del Homenaje que se alzaba sobre los aposentos reales. Todo ello de un gris uniforme y sin el más mínimo árbol o planta que viniera a atenuar la sobriedad castrense de aquellos pétreos muros.
No quisieron darse a conocer ni entrevistarse con la reina, porque ya conocían cómo se las gastaban las matriarcas de aquel reino y prefirieron seguir de incógnito hasta marchar. La verdad es que ya habían visto las calles, el Palacio, pernoctado en una granja, comido con un pastor sibilante, … y pensaban que no había nada más que ver, hasta que vieron un cartel pegado en las fachadas, que decía:

COMPAÑÍA LIBRE DE TEATRO DE DWONDER
DWONDE CADA CUAL HACE LO QUE
LE APETECE Y SE INVENTA TODO
Próximo estreno en el
AUDITORIO

-¿Un auditorio? - dijo Merto – podríamos ir a ver qué es.
- Será una sala de espectáculos como aquella de Sirtis. Aunque no puedo imaginarme lo que puede salir de todo esto.
- Pues vayamos a verlo. Tampoco tenemos otra cosa que hacer.
- Esta noche es el estreno ¿sacamos las entradas
- Sacamos

Cenaron en el centro, en un local que tenía más aspecto de almacén que de otra cosa. Pese a que la fachada resultaba llamativa y les invitaba a entrar, el interior era oscuro y lleno de estanterías con cajas hasta el techo, pero tenía mesas y sillas, aunque la cena no estuvo mal.
Luego se acercaron al Auditorio, sacaron dos entradas y penetraron en aquel local, amplio, con filas de asientos dispuestas en forma semicircular sobre una superficie inclinada. Al fondo, allá abajo, se apreciaba una plataforma cuadrada semioculta por una gran cortina bordada con motivos irregulares e irreconocibles. Lo del suelo inclinado les intrigó al pronto, no sabían si era un capricho del constructor o era necesario para una mejor visibilidad. Se sentaron a media altura y más o menos en el centro y esperaron a ver qué pasaba. La gente seguía afluyendo y se iba acomodando, hasta que alguien salió con una larga pértiga y fue apagando las velas de los grandes candelabros de bronce que colgaban en los dos laterales y la sala quedó a oscuras.
Tras la gran cortina se adivinaban movimientos agitados de gente que se movía de un lado a otro y comenzó a traslucirse algo de claridad. Parecía que estaban encendiendo allí otros candelabros.
Poco a poco se fue desplazando hacia arriba aquella cortina dejando descubierta en su totalidad aquella plataforma sobre la que se veía algún mueble y con un fondo decorado imitando un bosque de tupida vegetación. Por el título de la obra que vieron al entrar aquello no parecía muy acorde con “LAS MARGARITAS NUNCA MUEREN SOLAS” ; pero, dado el carácter de aquellas gentes, tanto el decorado como el título podían ser el capricho de alguien y no tenía necesariamente que formar un todo coherente, como no lo hacían sus calles y sus casas. Se trataba de esperar y ver qué sucedía allí.
Y algo sucedió. Comenzaron a sonar unos instrumentos que, más que musicales, parecían de tortura. Cada uno de ellos sonaba individualmente formando una algarabía sonora casi insoportable, pero el público a su alrededor parecía extasiado.
Salió a escena una joven pizpireta con vestidos vaporosos, tan vaporosos que al público de las primeras filas les dio tos, les empañó la vista y las velas que iluminaban la escena chisporrotearon. Se puso a bailar dando giros y más giros sobre las puntas de los pies al descompás de la música. Se veía que intentaba seguir el ritmo de una música sin música y sin ritmo.
Al poco entró una señora corpulenta, vestida de negros ropajes y comenzó a aullar algo ininteligible y poco musical que ni tan siquiera Rubí habría entendido, mientras la otra seguía danzando y danzando. Al poco sonó un silbido, pero no entre el público, que hubiera sido para ellos comprensible, sino tras el decorado. Salió a escena alguien vestido de pastor con una oveja al hombro. Soltó a la oveja, que se fue al fondo del verde decorado e intentó comérselo. El pastor se acercó a la joven danzarina y la tomó de la mano. La otra seguía aullando pero ni siquiera al inexistente ritmo de la música.
Fan y Merto no entendían nada, aquello no tenía sentido, les hacía daño a los oídos, era totalmente absurdo, y decidieron levantarse y marchar, pero todo el público se volvió iracundo hacia ellos, hasta los tres `personajes del escenario, y les increparon gritando como una sola voz:
- ¡Qué falta de respeto por el arte! ¡No se muevan de ahí!
Por una vez los habitantes de Dwonder habían reaccionado colectivamente y no individualmente. Ellos tuvieron que permanecer sentados sin mover un músculo en todo lo que duró el espectáculo, con escenas aún mas absurdas que aquellas, a lo largo de más de tres largas horas, también largas.
Aquella experiencia les proporcionó un dolor de cabeza, les quitó las ganas de conocer algo más de aquel reino loco, loco, loco, y decidieron marchar camino de Hénder al día siguiente.


DE NUEVO EN HÉNDER

el próximo jueves
 





miércoles, 14 de junio de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 15 (En Dwonder) parte 1

Ya en Dwonder encuentran a un pastor 
con un extraño lenguaje de silbidos 
y comienzan a descubrir una  muy
peculiar organización social.






EN DWONDER 1




La despedida, como suelen serlo todas, resultó difícil, aún más tras aquella estancia más prolongada que las anteriores y después del viaje a Alandia. Pero, tras promesas de regresar algún día, acabaron poniéndose en camino siguiendo la dirección de los carros deslizantes hacia Dwonder. Y digo siguiendo la dirección, porque no había ruta alguna marcada. Las huellas que dejaban los carros se encargaba el viento de hacerlas desaparecer.
Halmir se extrañó de que no hicieran el viaje volando; pero Fan le aclaró que, aparte de que Merto se mareaba, las mariposas no podían cargar con los demás, además aquel viaje o similar ya lo habían hecho otras veces a pie desde Hénder. Halmir no cayó en que las tres joyas podrían viajar en la mochila. Su secreto estaba a salvo, excepto con Marcel, pero éste no sería tan imprudente de contarlo.
Como de costumbre, al perderse de vista, Merto se recluyó en la mochila junto con los otros tres, aunque eso de juntos es más una expresión que una realidad. Y Fan, llevado en volandas por las dos mariposas, veía el desierto interminable deslizarse a sus pies rápidamente.
Hubo un momento en que Fan perdió la noción del tiempo y de la realidad. Aquel paisaje, por decir algo, tan inmutable, le estaba provocando sueño y él se resistía. Anteriormente había sobrevolado las arenas, pero entonces algo le mantuvo desvelado y con los sentidos alerta. Fue aquel tiburón de arena y luego la manada de saltarenas, pero en esta ocasión nada venía a turbar aquella vista invariable e inacabable.
Zafiro y Zaf volaban sin desfallecer hacia occidente. Daba la impresión de que presentían el fin de aquella etapa y la proximidad de una fuente de néctar, y es que siempre habían mostrado un fuerte sentido de la orientación y del olfato u otro sentido lepidóptero capaz de detectar flores a largas distancias. Pero Fan no pudo resistir la somnolencia y, mecido por los aires, se quedó profundamente dormido. Fue cuando sus pies tocaron el suelo, cuando despertó sobresaltado. Acababan de dejarle en tierra y ya volaban, decididas, hacia el oeste.
Se desprendió del arnés bostezando y desperezándose escandalosamente, pero allí no había nadie que lo viera. Se hallaba en una escarpada montaña, pelada. Ni un mísero matojo brotaba sobre aquel rimero informe de rocas caldeadas por el sol. Lo notó a través de las suelas de su calzado y buscó algún lugar resguardado, porque ya comenzaba a sudar copiosamente y notar el calor irradiado por aquellas rocas que le rodeaban. No pensó en sacar a los demás de la mochila puesto que aquel lugar podía ser cualquier cosa menos acogedor.
Frente a él se perdía en lontanaza el desierto, de modo que pensó que ya habrían llegado a su límite, pero aquel lugar no era mucho mejor que aquella inmensidad arenosa. Miró en dirección hacia donde había creído ver volar a Zafiro y Zaf pero aún tenía frente a él un obstáculo, un rimero informe de rocas de formas irregulares formaban una especie de colina caótica abrasada por el sol.
Trepó por la ladera, si es que se la podía llamar ladera, pero no le resultó demasiado difícil porque las rocas parecían formar una especie de escalera aunque un tanto zigzagueante e irregular. Saltando de una roca a otra iba coronando aquella eminencia, aunque no le abandonaba el temor de que aquello no fuera más que un accidente orográfico en medio del desierto.
Pero al llegar a la cúspide pudo divisar algo muy diferente; una enorme llanura, aunque no de arena pelada ni un páramo árido, sino un terreno llano cubierto de pasto hasta donde se perdía la vista. Un riachuelo atravesaba aquella verde llanura y, al pie de la colina de rocas, un bosquecillo de umbros se extendía hasta la ribera del arroyo.
Aquello parecía ser un lugar apropiado para dejar salir a los demás de la mochila, pero antes debía descender, y eso le resultó más difícil. Siempre es más difícil bajar que subir, aunque menos cansado, pero lo consiguió. Se internó, con una sensación de alivio, en la acogedora sombra del bosque. En las inmediaciones de la colina pedregosa, como acabó llamándola, se veían dispersas por el bosque algunas rocas que posiblemente habían caído de la cima y que habían rodado, pese a ser de formas más o menos cúbicas, a buena distancia en el interior del bosque, y en una de ellas se acabó sentando, depositó la mochila y respiró profundamente para recuperarse del esfuerzo de haber llegado hasta allí.
Aquella roca parecía una mesa puesta allí expresamente para su uso como tal, y había señales muy cerca de que así había sido usada y restos de fogatas apagadas desde hacía tiempo.
Era presumible que aquellos terrenos fueran usados como zona de pastos, aunque en aquel momento Fan no había visto rastros de rebaños ni de reciente presencia humana desde lo alto del roquedo.
Ya recuperado, ayudó a salir a Merto y le contó en donde se hallaban. Fan tenía hambre, ya era la hora de comer, pero para Merto sólo había pasado un instante desde el desayuno y su entrada en la mochila y no tenía ganas, de modo que Fan comió algo mientras Merto exploraba los alrededores y esperaban a que regresaran las mariposas.
- ¿Qué crees que podemos hacer ahora, Merto? ¿Volamos más allá o caminamos?
- Yo sería partidario de caminar tal como hicimos en Quater. Total todo este tiempo que hemos pasado en Serah me ha hecho perder forma física, demasiadas comodidades, vida muelle y ricas comidas, pero que sea como tú quieras.
- Pues hagamos como en Quater, aunque espero no hallar a un niño extraviado de color rojo, me dolería mucho luego la separación.
- Y a mí también, pero dejemos las cosas tristes. Cuando quieras nos ponemos en camino porque veo llegar a Zafiro y Zaf.

Atravesaron el arroyuelo que se desviaba algo más hacia el sur y luego los pastos hacia el oeste sin descubrir camino alguno ni señal de presencia reciente, sólo pequeñas trochas o senderos perdidos tiempo ha, aunque en direcciones no coincidentes con lo que ellos deseaban. Zafiro y Zaf, como hicieran en Quater, les sobrevolaban a gran altura, aunque bajaban de vez en cuando dándoles a entender que nadie más se hallaba por los alrededores que les pudiera ver.
Mucho más al norte se apreciaba una mancha oscura que rompía la uniformidad del terreno, algo que resaltaba ondulando la línea del horizonte, una cadena montañosa dibujaba un perfil inconfundible con cualquier otro accidente orográfico, pero quedaba más al norte de lo que ellos deseaban y siguieron su rumbo campo a través hasta dar con un río. No era muy caudaloso y no tardaron mucho en hallar un lugar apto para vadearlo. Su cauce iba de norte a sur y parecía tener su origen en aquella lejana montaña.
Como ya era tarde y, a la orilla del río, el bosque de ribera ofrecía algunos lugares aptos para pernoctar, decidieron acampar y dejar salir al resto de los habitantes de la mochila.
El terreno era bueno para Esmeralda, que no tardó en hallar un lugar en donde hundir sus raíces, la hierba era fresca y jugosa y, aunque no era el té de roca que tanto le gustaba, Diamante no dudó ni tardó un minuto en hincarle el diente.
El sol ya estaba trasponiendo y pronto se haría de noche; así que, mientras Merto encendía una fogata con ramas caídas por los alrededores, Fan tendió la red y pescó tres hermosos peces, guardó dos de ellos en la mochila y el otro lo asaron y pudieron cenar los tres.
Y, como en tantas otras ocasiones, con la manta y la capa durmieron hasta que clareaba el día. Dejaron atrás el río y avanzaron, con el sol a su espalda, por aquel mar de verdor. Bosquecillos dispersos ponían una nota de un color verde más oscuro y, cuando se acercaban a uno de ellos, bajaron las mariposas con signos de alerta, parecía que alguien se hallaba en aquel grupo de umbros, de modo que consideraron prudente enviar a su escondite a Rubí, Diamante y Esmeralda. Zafiro y Zaf se alejaron y se perdieron en las alturas.
Al llegar a los primeros árboles vieron un rebaño comiendo apaciblemente a la sombra, pero no vieron a nadie por allí. Eran unas ovejas muy blancas, parecían bien cuidadas porque se las veía saludables y orondas, tanto como el rebaño de Fan, pero allí no se veían perros pastores. Debían estar muy seguros de que allí no corrían ningún peligro como para dejarlas allí sin ningún cuidado, pero lo que pasa es que allí arriba no había perros pastores ni de otra clase.
No vieron a nadie pero sí oyeron a alguien; unos silbos agudos, largos y modulados sonaban muy cerca y otros les respondían de muy lejos. Aquel diálogo de silbidos se prolongó un buen rato; lo suficiente para que, orientados por ellos, pudieran dar con quien los emitía.
Alguien se hallaba subido en una rama y, desde allí, silbaba y silbaba poniendo las manos haciendo de bocina, y aquellos silbidos eran correspondidos. Al verlos llegar lanzó un silbido largo y descendente y se bajó de la rama.
- Buenos días forasteros. ¡Qué extraño! Nunca se habían visto hurim por aquí. ¿Qué les trae por estas tierras perdidas?
- Buenos días – dijo Fan – vamos camino de la capital y no sé si nos hemos perdido o no. ¿Sería tan amable de indicarnos el mejor camino?
- En los pastos no hay caminos, las ovejas hacen camino al andar, aunque no duran mucho, y nosotros las seguimos, la hierba vuelve a crecer y les hace desaparecer, de modo que el camino se lo hace cada cual. Hasta las carretas que traen el fruto van campo a través. Aquí no tenemos rutas ni vías como en otros reinos.
- ¿Es usted el que cuida ese rebaño que hemos visto al llegar? - dijo Merto.
- Sí: soy el pastor y el dueño. Aquí todos lo somos, pastores y dueños a un tiempo.
Fan estuvo a punto de decirle que él también lo era, pero se dio cuenta de que si lo hacía, descubriría que no eran hurim, porque estos no tenían rebaños. De modo que le dijo:
- Es interesante. Yo tenía entendido que los pastores eran asalariados o condenados, pero parece que estaba equivocado.
- No está equivocado, pero eso pasa en Quater, aquí no. Por eso es que nuestro cordero está mejor cuidado, mejor alimentado, porque es el dueño el que los cría. No hay grandes rebaños, son de unas dimensiones que puede cuidar una sola persona. Podríamos decir que en Dwonder somos más individualistas y no solemos trabajar en colectividad, cada uno va a lo suyo sin meterse en lo ajeno, pero todos con unos mismos objetivos: el progreso propio y el del país.

Fan estuvo a punto de preguntarle por qué no tenían perros pastores, pero recapacitó y preguntó otra cosa.
- Pero no creo que también tratáis la lana, el hilado, el tejido, el bordado, los tapices, alfombras,…
- Bueno, eso lo hacen otros, aunque también individual y artesanalmente. Por eso son tan apreciados sus trabajos en los otros reinos. Nosotros, una vez que esquilamos, intercambiamos la lana por otros productos que necesitamos. Aquí todo funciona mediante trueque, pero también se usan esas anillas de metal que usan en todos los reinos.

- Sí, también las usamos, ¿Y el gobierno? ¿Qué tal se comporta el rey? - preguntó Merto
- ¿El rey? Aquí tenemos una reina, la reina Reedha III, aunque sí, tenemos un rey, su marido, pero ese no pinta nada. Tenemos un matriarcado y siempre hemos tenido reinas gobernando, incluso en  tiempos de las guerras con los otros reinos fue famosa por su bravura la reina Reddis VI.
- Es muy interesante todo eso que cuentas, pero alguna clase de jerarquía o gobierno debe de haber para coordinar todo ese mundo de individualismos, algún orden se precisa para alcanzar el bien común, para evitar conflictos y no llegar a la anarquía – dijo Fan.
- Tenemos el Tribunal de las Ancianas, pero nunca tiene que intervenir, los conflictos se resuelven civilizadamente porque todos tenemos claro el objetivo común y final de todo. El bien de la colectividad, que sólo se construye a través de el bien individual de todos y cada uno de los miembros de ella. Cada cual hace lo que quiere mientras no afecte a otro y todos somos muy tolerantes.
- Eso es una utopía – dijo Merto
- Pero aquí está hecha realidad. Y a todo esto… ¿No es vuestra hora de comer? Porque la mía ya es. Podemos compartir lo que traigo.
- ¿Aquí está permitido pescar? - preguntó Fan
- No sé a qué viene eso. El río queda lejos para ir a pescar y yo ya traigo algo para comer que puede ser suficiente para los tres. Pero, respondiendo a tu pregunta; sí, aquí puede pescar cada cual lo que quiera para propio uso, aunque no para comerciar, para eso están los pescadores que se dedican exclusivamente a ello. Pero, de todos modos, sólo hay un lugar en donde hacerlo y es el Río Claro.
- Pues si te apetece podemos comer un pescado que he atrapado hace un poco al vadear el río – dijo Fan sacando uno de los peces que había en la mochila.
Estaba fresco y húmedo, como recién pescado. El pastor se le quedó mirando y se le hacía la boca agua.
- Nunca había visto un carpión tan grande y tan fresco. Es incluso más apreciado que el cordero lechal por lo raro y escaso.
Merto se encargó del fuego, el pastor sacó de su zurrón una hogaza, un recipiente con un guiso de cordero con verduras y un buen pedazo de queso.
- Este queso es de mis ovejas y lo hago yo. No tiene nada que ver con ese que llevan a los reinos y que seguro habréis probado en Serah. Aquí cada cual se queda con los suyos, los mejores, y los otros son los que se envían a cambio de otros productos. 
Comieron el pescado, el guiso y el queso, que Fan encontró casi tan bueno como el suyo ,aunque a éste aún le faltaba un poco de curación
Durante el tiempo en que estuvieron allí se enteraron de más cosas como que se llamaba Redmind, y Fan sorprendió a Merto, aunque Redmind no lo notó, diciendo que se llamaban Halder y Halgor.
- Esta noche podéis dormir en una granja que hay en esa dirección – les dijo señalando a poniente – Os acogerán bien, aquí en estas soledades tan lejos de la ciudad todos somos muy hospitalarios. Decidles que vais de mi parte. Mañana, si salís temprano ya podríais dormir en la Capital.
Se despidieron muy amigablemente y partieron con el sol de frente. Mientras se alejaban volvieron a escuchar silbidos en una animada conversación.
Algo más lejos ya, vieron otro rebaño cerca de otro grupo de umbros. Parecía que usaban aquellos pequeños bosquecillos, dispersos pero frecuentes, como sesteros para el ganado y no necesitaban redilar porque no se alejaban de la querencia de aquellas sombras protectoras, tampoco había lobos u otros depredadores, salvo algún bigre, pero estos raramente se llevaban un cordero porque los pastores siempre estaban atentos.
Al pasar cerca de aquel rebaño aún se escuchaban los silbidos de Redmind, aunque algo débiles, y más fuertes los de aquel otro intersilbador.
No hubo más cosas dignas de interés el resto de la tarde hasta que avistaron una construcción, unos terrenos cultivados y unos vallados. Una vez allí se encontraron con un campesino que estaba arrancando malas hierbas en un bancal de cucullas en flor.
- Buenas tardes tenga usted – dijo Fan – Redmind nos ha recomendado que pasáramos por aquí y les envía recuerdos
- Buenas tardes – dijo, incorporándose del surco en el que se hallaba encorvado - ¿Qué hacen unos hurim por estos andurriales tan lejos de su tierra y de la Capital?
- Precisamente vamos camino de ella ¿Podríamos hacer noche aquí?.
- Por mí encantado, pero habrá que consultarlo con Redhal, seguidme.

Se puso en marcha hacia la casa y ellos le siguieron. Franqueó la puerta y ellos se quedaron fuera esperando, lo que no les impidió escuchar algo de la conversación que se desarrollaba en el interior.
- ……………….
- …….  Y no has terminado el trabajo?

A él no se le oía nada. Parecía hablar con cierto temor. A Fan aquello casi le recordaba algo a la Cueva de los Silencios de Mutts
- ………………...
- Si los manda Redmid, vale, pero a ver si acabas…….
- ………………..
- ¿Hurim has dicho?
- …………………..
- …… ya los atenderé yo, como siempre, pero tú a tu trab……..
Se abrió la puerta y el granjero pasó por su lado y marchó al bancal en donde lo hallaron, sin casi atreverse a mirarlos a la cara.
Acto seguido salió un personaje impresionante. Una mujer robusta y alta, hacía el doble que su marido pero, pese a su aspecto casi intimidatorio, lucía una deslumbrante sonrisa.
- Pasad, pasad, amigos de Redmind. Pasad y poneos cómodos, seguro que venís cansados de tanto caminar y os veo un tanto endebles. Seguro que para los hurim no debe ser costumbre caminar mucho porque el oasis es pequeño, supongo que os falta costumbre y entrenamiento. Ahora os sirvo un caldo de pollo calentito y veréis cómo os recuperáis en un periquete.
Entraron un tanto cohibidos. Era abrumadora, tanto de aspecto como de actitud. Se dejaron caer en dos sillones, tal como el dedo imperativo de ella les indicó, y allí se quedaron sin atreverse a decir esta boca es mía. Al poco salió con dos enormes cuencos humeantes y se los entregó. Casi les quemaban las manos y no comprendían como ella los había podido llevar desde la cocina. Los dejaron en una mesita baja que tenían delante y se soplaron los dedos.
- ¿Está demasiado caliente? Pues así es cómo hace más efecto y así es cómo me lo tomo yo. Pero podéis dejar que se enfríe algo y perdonad porque no he considerado que sois una raza algo delicada, no digo inferior, pero sí algo endeble.
Ella se sentó en una gran butaca, apta para su tamaño, y continuó con lo que debía estar ocupada cuando la interrumpieron. Se trataba de una gruesa cuerda que trenzaba con hebras vegetales a una velocidad de vértigo. Mientras tanto, no dejó de hablar.
- Pues sí; podéis cenar aquí y pasar la noche ya que, según me ha dicho mi marido, os envía un amigo que me trae muy buenos quesos. Claro que él también se lleva verduras, huevos y pollos, pero bueno, eso no viene al caso, el caso es que es amigo y los recomendados por mis amigos son mis recomendados. ¡Habráse visto! Mira que dejar de arrancar las malas hierbas, luego esperará buenas cosechas. No, si una debe estar en todo, si no ésto no funcionaría. Claro que él os podría haber enviado aquí y seguir trabajando, pero no, cualquier excusa es buena. ¡Ay hombres, hombres! ¡dichosos hombres! Y no lo digo por vosotros, pero… ¡vamos! Ya debe estar helado, tomadlo de un trago.
Y se vieron obligados a hacerlo porque no se se atrevían a imaginar lo que podría pasar si no lo hacían. Y se quemaron las manos, la boca, el esófago y todo aquello por lo que pasaba aquella especie de lava ardiente, pero apuraron los dos cuencos y resollaron estentórea y espasmódicamente para librarse de la quemazón.
Pero, aparte de todo, estaba rico. Las pocas papilas gustativas que sobrevivieron al hervido pudieron apreciar el aroma de aquel caldo de pollo y verduras y lo consideraron el mejor caldo que habían tomado nunca. Pese a ello, se les quitaron las ganas de repetir.









EN DWONDER parte 2

el próximo jueves

miércoles, 7 de junio de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 14 (De nuevo en Serah) parte 2

Fan y Halmir vuelan hasta Alandia, la Alandis la Bella, 
la de los ricos frutos y las bellas flores de la 
que se hablaba en las leyendas de los 
hurim y tienen un fugaz encuentro 
con un viejo amigo


DE NUEVO EN SERAH 2




Cuando regresaron ambos volando con sus arneses, aparentando haber hecho así todo el viaje, Halmir se les quedó mirando con envidia y dijo:
- Me gustaría probar yo también el vuelo, aunque no estoy seguro.
- Pues vas a tener que probar y ya me dirás. A ver si voy a ser sólo yo el que lo pasa mal.
- ¿Qué te parece si damos una vuelta y ves desde arriba tus dominios?. Anda Merto, pásale tu arnés y enseñale a ponérselo.

Y se elevaron por los aires. Halmir sintió un vértigo repentino, pero se le fue pasando y pudo disfrutar de la vista de los campos de palmas, la población, con sus tejados rojos casi como la hierba y que quedaban mimetizados desde la altura, los pequeños huertos y, rodeando aquella pequeña mancha bicolor, la inmensidad del desierto que, mirase hacia donde mirase, acababa fundiéndose con el cielo en una curva interminable.
Fue un vuelo corto, pero intenso. Halmir disfrutó de él y tomó buena nota
de ciertos lugares para adoptar medidas,  puesto que pudo apreciar pequeños fallos en la barrera de sal por los que se proyectaban unas ramificaciones rojizas hacia las arenas.
Una vez en tierra se les acercó Merto.
- Parece que soy el único que se marea, te veo muy entero
- Pues sí, y me ha gustado mucho. No me importaría repetirlo y por más tiempo.
- Pues de eso os quería hablar a los dos. Eso que andaba pensando ya lo tengo claro, siempre que Halmir esté dispuesto, que me parece que sí. ¿Qué te parecería volar hasta Alandia y traernos frutales y semillas?
- ¡Eso! Y yo me voy a quedar aquí. ¿No?. Gracias hombre, gracias por contar conmigo.
- No te lo tomes mal. Sólo tenemos dos mariposas ¿O quieres ser tú el que le acompañe volando?
- ¡No! ¡no! De ningún modo, no he dicho nada, me parece muy buena idea. Además… alguien tiene que quedarse aquí al frente de todo y a cuidar del resto de las Joyas.
- Ahora sí veo que has entrado en razón, pero… ¿tú qué dices Halmir?
- Que estaré encantado de acompañarte, de ser tu compañero de aventuras, tu Merto por un tiempo. Y conocer la tierra de mis antepasados. Aunque por otra parte yo no soy un valiente aventurero como vosotros y me da algo de reparo.
- No te preocupes que no correremos ningún riesgo innecesario y ya verás cómo disfrutas del viaje y de las vistas. Aunque nuestra cadena de anillas ya está en las últimas tras tantas posadas y casas de comidas por las que hemos pasado, de modo que no sé si me va a alcanzar para las compras.

- No te preocupes - dijo Halmir - eso corre de mi cuenta y además, toma esta otra cadena. No vayas a ir por ahí sin dinero.De modo que hicieron los preparativos para el día siguiente. Tendrían que hacer, al menos, tres etapas y otras tres al regreso; por lo que, contando con el tiempo que permanecieran en Alandia, pasaría más de una semana en estar de vuelta. Renovaron las provisiones, rellenaron los odres de agua y se retiraron temprano para salir bien de mañana a fin de poder atravesar el desierto de un vuelo.
El primer salto les llevó hasta el borde del desierto con Hénder, pero a media distancia entre Hénder y la fuente de las ranas. Hasta allí habían tenido que parar un momento muy breve, porque el sol apretaba de firme y la arena quemaba, para comer algo, pero finalmente habían dejado atrás las arenas y llegaron a unas rocas en donde hallaron abrigo, cerca de los bosques existentes entre Hénder y Quater. Las mariposas habían llegado exhaustas por el esfuerzo, pero habían logrado llegar. Encontraron algo de leña e hicieron una buena fogata. La noche se anunciaba fría en aquel terreno semidesértico. Halmir preparó algo caliente de cena, un guiso de carne con verduras que a Fan le gustó. Las mariposas, que habían volado en busca de néctar que libar,
no tardaron mucho en regresar, por lo que no debían haber ido muy lejos.
Se tendieron sobre la manta y se cubrieron con la capa. Para Halmir aquello era una novedad, algo incómoda comparada con su mullido colchón de lana de Dwonder, pero disfrutó tendido cara a las estrellas y escuchando el chisporroteo del fuego y el ulular de algún ave nocturna.
El vuelo siguiente les llevó a la fuente de las ranas. Halmir se quedó extasiado viendo el agua correr y pensando que si tuvieran algo así en Serah ya no podría pedir nada más para ser un verdadero paraíso.
Aún quedaban dos horas de luz y habrían podido dar el salto hasta las tierras bajas, al pie del Abismo Insondable, pero Fan prefirió dejarlo para la mañana  y enseñar a Halmir la enredadera por la que había trepado la primera vez que llegó allí. Halmir casi se marea mirando el fondo sin fondo de aquel abismo, se aferraba fuertemente a una rama de la enredadera mientras miraba. Para él, allí se acababa el mundo, del mismo modo que, para cualquiera de allá abajo, en aquella pared se acababa todo. Aquel muro separaba lo conocido de lo desconocido y temido.
Esa noche cenaron ranas asadas a la brasa, pero no por eso disminuyó el escandaloso croar, a la luz de Flamia en creciente y Renia en menguante. Pero eso no les impidió dormir, y casi les servía de arrullo.
El descenso desde allí hasta el fondo del Abismo sí que fue algo vertiginoso para Halmir. Le dolían los oídos por el brusco cambio de presión atmosférica, pero hicieron una parada al fondo, al pie del Muro y junto al tronco de la enredadera, un tronco que superaba en mucho el grueso de la mayor de las palmas reales.
Una vez que Halmir se recuperó de la impresión del descenso y superado el dolor de oídos, reemprendieron el vuelo salvando los Montes de Pizarra, luego las tierras de pastos y pararon a comer en una de las fuentes. Una bandada de palomas de agua salió volando, cosa que sobresaltó a Halmir, no acostumbrado a aquellas aves, pero Fan le tranquilizó explicándole de lo que se trataba. También se habría sorprendido al ver la fuente, de no haber visto antes la de encima del Muro.
No faltaba ya mucho para llegar a la Capital de Alandia y Fan calculó que no les llevaría muchas horas, aunque a buen paso, haciendo el resto del camino a pie llegarían antes del anochecer y podrían encontrar un alojamiento en la ciudad. Ahora de lo que se trataba era de pasar inadvertidos, que Halmir conociera Alandia y comprar provisiones, semillas y plantones de frutales. Para ello Fan ocultó entre su ropa la medalla de Caballero de la Flor de Lis y ordenó a Zafiro y Zaf perderse de vista, pero estar atentas a todo, y ellas habían demostrado muchas veces que lo sabían hacer muy bien.
Se pusieron en marcha por uno de los senderos de los pastores hacia el sur, hacia la Ciudad. Vieron rebaños pastando por los alrededores, algunas ovejas abrevaban en los troncos preparados al efecto para no contaminar los manantiales o lamiendo la sal depositada sobre unas piedras planas.
- Estas ovejas son iguales a las que tienen en los reinos, no veo diferencia.
- Es que las de los reinos descienden de aquellas ovejas que llevaron tus antepasados desde aquí antes del Gran Cataclismo, ese del que hablan vuestras leyendas y también relatan en los reinos.

A media tarde ya comenzaron a ver alguna edificación aislada y campos de cultivo. Alandia se estaba expandiendo hacia el norte, hacia aquellas nuevas tierras que Fan había abierto a todos, rompiendo viejos tabúes. No sólo la ganadería, sino también las granjas agrícolas, iban ocupando aquella tierra fértil.
El sendero, conforme avanzaban, era cada vez más amplio y se veía más transitado, era un camino al cual confluían otros más y éste a otros.
A lo lejos se veían ya las torres, especialmente la Torre Norte, desde la que escaparan volando la última vez que estuvieron allí. Unas torres que se recortaban y rompían la línea recta del horizonte. Conforme se acercaban eran más frecuentes los cultivos y granjas y ya se iban cruzando con gentes por los caminos de aquí para allá.
Llegaron finalmente a uno de los barrios periféricos que Fan conocía bien; un barrio que había paseado, como todos los demás, en aquellos días que permanecieron allí tras su secuestro. Era un barrio sencillo, pero con muy buenos servicios para los alandianos y para los forasteros, con comercios diversos, posadas y casas de comidas. Fan conocía una de aquellas posadas; la había visitado con Merto porque se la habían recomendado en una de aquellas muchas charlas callejeras sobre sus aventuras en las que gustaba de presumir de sus andanzas. No solo era lugar de alojamiento sino que también tenía una cocina muy valorada en la ciudad, más que otras casas de comidas más caras y pretenciosas del centro. Y allí que se fueron, pudieron conseguir dos habitaciones y, una vez acomodados, bajaron a cenar.
Fan conocía los platos típicos de Alandia, pidió algo que sorprendiese a Halmir, y lo consiguió. Halmir no se imaginaba que pudieran comerse ensaladas con lonchas de la fruta de un árbol que no conocía y que Fan le explicó que se llamaban aplos. Tampoco se imaginaba que tuvieran, además, pétalos multicolores de unas flores con unos aromas sorprendentes. Tampoco que el cordero asado, tan común también en los reinos, pudiera llevar una guarnición de flores rebozadas y fritas, todas crujientes por fuera, pero suaves y delicadas por dentro
unas y otras consistentes. También Fan le tuvo que aclarar que las primeras eran la flor de una planta rastrera parecida a las cucullas que él ya conocía, y la otra era la flor de una planta espinosa, un cardo parecido a los que abundaban por los eriales de la Tetrápolis. Pero lo que más le sorprendió fue el postre. Nunca había visto nada igual.
En un cuenco hondo, en un almíbar dulce como miel de abejano, aunque más ligero, una variedad de frutas troceadas, un espectáculo multicolor a la vista y multisabor al gusto.
- Quiero llevarme plantas de todo esto – dijo entusiasmado, mientras apuraba hasta la última gota del cuenco.
- Mañana iremos de compras, pero primero quiero que conozcas lo que ahora es Alandia y que pudo ser “Alandis la Bella, la de los ricos frutos y las bellas flores”, de tus Leyendas.
Al día siguiente le condujo al centro de la ciudad, una ciudad limpia y ordenada. Ni una sola hoja, pese a que cada calle estaba profusamente arbolada, se veía por el suelo. Los ciudadanos cuidaban muy bien, especialmente en el otoño, de recoger hasta la más pequeña y depositarlas en unos recipientes distribuidos por todas partes. Aquellas hojas volvían a la tierra en forma de abono natural para los Jardines Reales, de los que todos estaban orgullosos.
Y esos jardines fue lo primero que visitaron. Flores, árboles, setos, formando un variado laberinto, les acogieron en su fresca sombra. Halmir no salía de su asombro, acostumbrado a una sola clase de árbol, por tan exuberante variedad en formas, tamaños, colores,… El jardín tropical fue el lugar más sorprendente para él, si cabe, al verse en aquella penumbra verdosa en donde el sol no llegaba al suelo, pero en el que una enorme variedad de orquídeas competían en belleza, pintando una paleta de colores indescriptible. Cuando llegaron a la rosaleda, Fan le enseñó el lugar en el que había hallado la col gigante que era una piedra encantada de la Corona de Hénder y a la que él luego llamó Esmeralda..
- Justo ahí la encontré y, créeme, nos costó arrancarla del suelo entre los tres porque se resistía.
Después pasaron al espacio reservado a los árboles frutales: unos sin nada, otros en flor y otros cargados de frutas de diversas formas y colores pero predominando las redondeadas.
- Ésto es lo que quisiera tener allí.
- Pues será difícil, tendrás que armarte de paciencia porque tardan tiempo en dar fruto. Aunque procuraremos llevarnos unos cuantos algo crecidos para que en un año puedas tener una primera cosecha.

Tras la comida del mediodía en el centro de la ciudad, Fan le condujo a la explanada de las caravanas. No había muchos carros porque acababa de partir una, pero había lo suficiente para una decena de tenderetes en los que se exponían los productos de occidente, tenderetes que se veían concurridos con muchos compradores y curiosos.
Halmir quedó más entusiasmado por todo aquello, no salía de su asombro y admiración desde que llegaron, pero especialmente con las sedas de Los Telares, los trabajos de cuero y metal repujados y dorados y, sobre todo, con las especias. Hubiera comprado de todo, pero se contuvo. Se limitó a llevarse una pieza de seda para Heria y un cinturón para él, aparte de una buena bolsa de cada una de las especias y ya estaba imaginando cómo usarlas en la cocina.
Al día siguiente, bien de mañana, marcharon a una tienda de productos agrícolas próxima a los jardines, y allí cargaron semillas variadas de frutales y verduras, además de unos cuantos plantones de buen tamaño de árboles frutales variados, dos de cada clase. Al ver todo aquello preguntó Halmir:
- ¿Cómo lo vamos a llevar?
- Tendremos que pedir prestado un carro hasta la posada
- Pero bueno… ¿Y luego?
- No te preocupes, todo está dispuesto.

Halmir se quedó con la duda pero, confiando en Fan,  ya no preguntó más; y tampoco cuando Fan, después de conseguir cargar todo en una carretilla y que les prestaran un mozo que la llevara, volvió a la tienda y salió con un gran saco que parecía pesado.
Al ver la cara de asombro de Halmir, le dijo escuetamente:
- Son patatas de siembra
 Subieron todo al dormitorio de Fan, el mozo regresó a la tienda con la carretilla, y Fan se dispuso a guardar todo en la mochila ante la mirada atónita de Halmir.
- No te quedes ahí mirando con esa cara, ayúdame. Pásame el saco y lo demás.
Y por la boca de la mochila iban desapareciendo: el saco de patatas, los arbolillos, uno tras otro, las semillas, las especias,.. en fin, todo. Y Halmir, que boquiabierto había colaborado mecánicamente a todo ello, acertó a decir:
- ¿Y no se secarán estos días hasta que lleguemos?
- No te preocupes, saldrán tal como han entrado.

Al día siguiente regresaron al centro y cargaron con frascos y frascos de conservas de frutas, mermeladas y zumos concentrados. Halmir encontró un frasco de perfume de rosas para Heria.
- Hemos tenido suerte, no me ha reconocido nadie. Nos habríamos visto obligados a ir a palacio y nos harían perder, por lo menos, una semana en celebraciones, los alandeses son así. Ahora ya tenemos todos los encargos hechos y podemos regresar, pero primero tendrás que ver el palacio, aunque sea por fuera.
- Pero te pueden reconocer. Yo no es que tenga mucho interés en verlo más de cerca, ya he visto algo al pasar y también las torres, pero ardo de impaciencia por llegar, llevarle los regalos a Heria y plantar todo.
- Yo también echo de menos a mis compañeros de aventuras y me gustaría no perder más tiempo, podemos partir ya si así lo quieres.
- Me parece muy bien, cargamos esto último y marchamos, aunque tendremos que salir caminando como vinimos.
- No hay problema; conozco un lugar discreto en el bosque de los pinos, cerca de los jardines, desde el que podemos volar sin ser vistos.
- Pues ¿a qué esperamos?

Y así lo hicieron. Guardaron todo lo que acababan de comprar, Fan se echo a la espalda la mochila, una mochila que Halmir aún miraba con sorpresa. Parecía no recordar cuando, en la primera visita de Fan y Merto, uno de los suyos en un saltarenas, había llevado en ella provisiones de Hénder como para llenar las despensas.
Desde un claro, en el bosquecillo de pinos, hizo una seña y bajaron volando Zafiro y Zaf. Ellos ya se habían ajustado los arneses, sujetaron los cables y tomaron altura hasta perderse de vista. Luego, a una seña de Fan, volaron al este, cosa que extrañó a Halmir, pero se limitó a mirar todo desde su atalaya volante. A sus pies se dibujaba una ruta que atravesaba campos y granjas. No pasó mucho tiempo en que el vuelo se desviara ligeramente al norte y dejó de lado aquella ruta que partía de Alandia hacia algún lugar desconocido para él.
No tardaron en ver una mancha azul que se fundía con el cielo a lo lejos y comenzaron a perder altura. A sus pies se veía algo que parecía un camino pero que brillaba a los rayos del sol y comenzaron a seguirlo descendiendo aún más. Se fueron acercando al borde de aquella inmensidad azul. Las mariposas les dejaron en un terreno arenoso y partieron, pero no era un desierto, era una franja de arena entre la tierra y aquella enorme extensión de agua que se agitaba inquieta.
Fan se soltó el arnés y él hizo lo mismo.
- Esto también es algo que no has visto nunca, ni nadie de la Tetrápolis. Es una playa, el mar y un río que desemboca en él. Bueno, ríos sí hay arriba, al menos creo que en Hénder, pero el mar queda muy hondo y las playas no existen.
- ¿Es de arena como el desierto? Y eso de ahí es agua ¡cuanta! ¿puedo beber?
- Bañarte puedes, pero beber no, es salada. Si tienes sed puedes beber en el río. Éste viene de aquellas montañas de pizarra que sobrevolamos al venir.
- Ya me asombré al ver el manantial de las ranas, pero esto es impresionante.
- Ven, vamos a ver si hay suerte
- ¿De qué?
- Tú sígueme

Y Fan se encaminó a la derecha, hacia unas rocas que se elevaban sobre aquella playa arenosa, trepó por ella pero se agachó al llegar arriba. Halmir le imitó sin saber por qué.
- Hemos tenido suerte, ahí está.
- ¿Qué?
- El Hipocampo del Capitán John. ¿Recuerdas lo que te conté?
- Sí, y…. ¿qué hacen?
- Están descargando y cargando las mercancías para Alandia. Un barco es como una gran casa que flota en el agua y se desplaza por el mar gracias al viento.
- ¡Qué maravilla!
-¿Te gustaría verlo y conocer al Capitán?
- No sé… si no es peligroso...
- No hay peligro, salvo que alguien me reconozca y me ponga en un compromiso, pero lo dudo. Yendo sin las Joyas y con la medalla de Caballero escondida, soy un vagabundo más. Y espero que el Capitán no se vaya de la lengua y me descubra.
- Yo haré lo que tú digas
- Pues vamos, no vaya a ser que zarpen antes de que lleguemos.

Descendió de las rocas por el otro lado y caminó decidido, seguido por Halmir, hasta aquel embarcadero.
Los marineros y carreteros estaban lo suficientemente ocupados en las faenas de carga y descarga como para reparar en ellos, de modo que pudieron acercarse al barco, subir por la pasarela y llegarse al puente. Allí estaba el Capitán Rumboincierto, en su mesa cubierta de cartas marinas, pero no marcando rutas ni rumbos, sino sentado en una silla, con los pies encima de la mesa y con los ojos cerrados, dando una cabezada mientra se acababan las tareas.
Fan se le acercó y le tocó el hombro mientras le decía:
- Mi capitán. Ya hemos terminado. ¿Ordena alguna cosa más?
Dio un respingo que casi le hizo caer de la silla. Al principio estaba desorientado, aunque pronto reconoció a Fan y estuvo a punto de gritar su nombre, pero éste le hizo una seña y sólo acabó diciendo por lo bajo:
- ¡Cuánto bueno por aquí! ¡Bienvenidos! ¿Y los demás?
Fan le llevó al fondo, más lejos de oídos indiscretos, y le dijo:
- Estoy yo solo. Bueno con este amigo de allá arriba. Es Halmir y no hace falta que te diga más porque ya lo sabes todo. Halmir, este es mi amigo el Capitán John.
- Me alegro de conocerte. Ahora que te veo, es cierto, tienes mucho de alandiano, pero ¿Qué hacéis por aquí?
- Hemos estado en Alandia, pero de incógnito. Regresábamos para allá, a lo alto, cuando he pensado: ¿Por qué no nos acercamos al embarcadero a ver si hay suerte y está El Hipocampo? Y hemos tenido suerte.
- ¿Queréis venir conmigo a Puerto Fin? Porque pronto zarparemos.
- Gracias, pero ya íbamos de regreso y los demás nos esperan. Pero no podía desperdiciar la ocasión de poder saludarte.

Aún les dio tiempo para charlar un rato. Las carretas de los alandianos ya habían partido y sólo faltaba acomodar la carga que habían dejado. Cuando ya estuvo todo a punto, se despidieron, Fan le dio recuerdos para Andrea, bajaron la pasarela y, desde las tablas del embarcadero vieron partir la nave y perderse hacia el sur.
Regresaron a la playa y allí estaban Zafiro y Zaf posadas en una palmera. Comenzaba a caer el sol tierra adentro y, sobre el mar, comenzaba a apuntar la salida de Sattel, o bien de Flamia como la llamaban arriba.
Abandonaron la arena y exploraron los terrenos que la rodeaban, buscando algún refugio apropiado para pasar la noche, y hallaron unas rocas que bien podían brindarles un resguardo contra la brisa marina que ya comenzaba a soplar. Rodearon aquellas rocas y, de espaldas al mar, no soplaba viento, aquellas rocas hacían de parapeto y allí decidieron dormir, tras cenar algo de lo que habían comprado en Alandia.
A la luz de Sattel y el arrullo de las olas, que hasta allí llegaba atenuado, durmieron arropados por la capa.
El viaje de vuelta a Serah resultó igual que el de ida, pararon a comer al pie del Muro, junto al tronco de la enredadera. Halmir, para hacerse una idea de lo que era subir, según le habían contado Fan y Merto, comenzó a trepar de rama en rama. Hubo un momento en que, a más de cien largos de altura, miró hacia abajo y sintió vértigo, por lo que decidió regresar abajo.
- ¿Y pudiste subir hasta lo alto sin marearte?
- Sí, y Merto también, hasta se puede dormir a mitad de ascensión. El truco es no mirar hacia abajo. Pasa como con todo en la vida. De nada sirve mirar atrás, a lo sumo sirve para sentirse mal o marearse, hay que mirar siempre hacia adelante y hacia arriba. Y piensa que la primera vez que subí, el tronco era como el de una de las palmas más pequeñas y no había mucho espacio para dormir. esa vez me tuve que atar al tronco.

Volaron hasta la fuente y, tras una parada para echar un trago y cazar unas ranas, siguieron volando hasta el borde del desierto y pararon a dormir en donde lo habían hecho a la ida.
La siguiente etapa les llevaría directamente a Serah, pero Fan les indicó a Zafiro y Zaf que se desviaran ligeramente hacia el oasis de los saltarenas, y lo vieron. Había cambiado de color, la hierba ocupaba todo, pero no parecía haberse extendido hacia el desierto circundante. Los saltarenas controlaban su crecimiento y seguramente ya no tendrían que saquear los huertos de Serah para sobrevivir ni correr riesgos con los tiburones de arena.
Y siguieron su vuelo hasta el oasis, llegando cuando ya comenzaba a anochecer.
Esa noche se fueron a dormir tarde: Entre preparar la cena en casa de Halmir con productos de los que traían de Alandia, cenar aquello que él había cocinado, recuperarse del exceso de especias que había pedido a Fan que sacara de la mochila y que había usado generosamente y relatar todo el viaje, se les hizo muy tarde; cosa que no impidió que, a primera hora de la mañana, ya estuvieran todos levantados, en el comedor de la casa de invitados, sacando todo lo que llevaban en la mochila.
Fan separó el saco de patatas y unas bolsas de semillas para hacérselas llegar a Berth.
Se amontonaban los frutales en un rincón, puestos en pie con sus macetas de barro, sobre la mesa del comedor se apilaban las bolsas de semillas, las bolsas de conservas y aquellos regalos que Halmir había comprado. Los frutales estaban tan lozanos como en la tienda y la tierra de las macetas se mantenía húmeda, pero Halmir tenía prisa en plantarlos y había llevado un carro de ruedas.
Entre los tres cargaron el carro y marcharon al último huerto que habían preparado y en el que aún no habían sembrado nada. Trabajaron duro a base de pala, haciendo hoyos y plantando los frutales. Luego hicieron varios viajes hasta el pozo para regarlos y que sus raíces crecieran lo suficiente para llegar al nivel freático, tal como hacían las palmas, a las que no hacía falta regar tras el primer riego.
Habían vuelto a la mochila el saco de patatas y las semillas, a fin de mantenerlas inalterables, y Fan pasó unos días redactando notas explicativas sobre su cultivo y uso, y lo hizo por duplicado. Luego dividieron las semillas a partes iguales en dos bolsas cada una de ellas y, finalmente, dijo a Halmir:
- He preparado semillas para ti y para Berth. Las patatas se las enviaremos todas porque aquí no creo que tengas espacio para cultivar tantas cosas, a no ser que te expandas más por el desierto, pero si quieres algunas las sacamos.
- Podría quedarme con unas pocas para sembrar. Ahora ya me traen pescado en salazón de Quater y quisiera poder hacer aquel guiso que nos salvó la vida. Sería el plato fundamental de Serah. Lo que pasa es que no me sé la receta.
- No te preocupes, porque Merto te puede contar todo lo necesario sobre el cultivo y los usos. Ahora sacamos unas cuantas, te ayudará a plantarlas y te anotará la receta. Pero ahora te dejo estas instrucciones que he redactado sobre las semillas que hemos traído, cómo cultivarlas y cómo cocinarlas.

- Parece que te has tomado mucho trabajo para darme trabajo.
- Si no quieres no me hagas caso

Los tres rieron de buena gana y se tomaron unos vasitos de licor de sicuo.
- Ahora te voy a pedir un favor
- Sabes que puedes pedir lo que quieras
- Sólo quiero que la próxima carreta que vaya a Quater con fruto, se acerque a casa de Berth para llevarle las semillas, las patatas y otra copia de las instrucciones de cultivo.
- ¿A dónde tendría que llevarlo?
- No te sabría decir ahora si ya han cambiado de lugar, pero pueden estar en la Granja de los Abejanos, que allí cualquiera conoce, o aún siguen en el alfar, pero tampoco tiene pérdida porque es el primero que se encuentra en la ruta desde el Poblado al norte.
- Mañana saldrá una carreta y cumplirá tu encargo.
- Gracias, no esperaba menos.

En los siguientes día fueron controlando el arraigo y el crecimiento de los frutales y todo iba bien. El carretero había regresado y les contó que Berth ya había vendido el alfar y se estaban trasladando a la Granja, que estaban muy bien, que Marcel con el Jefe de la Guardia Real estaban haciendo las funciones del Administrador, que les estaban muy agradecidos por todo lo que les habían enviado y que les enviaban muchos recuerdos. 
En aquellos días Fan hizo algún viaje y hasta descendió en el oasis de los saltarenas. La planta se había adaptado perfectamente y no parecía que se extendiera fuera del perímetro. Estaba claro que les servía de pasto aunque estaba algo mustia. Aquel charco se hallaba casi seco y ahora lo que les faltaba era agua. Por eso había llevado consigo a Esmeralda que, clavando sus raíces, hizo aflorar un hilo de agua desde las profundidades que acabó llenando el charco  y que rebosaba luego siendo absorbido por la arena del desierto, sirviendo además de barrera para los tiburones.
Ya no tenían más que hacer allí. Estaban bien, como lo hubieran estado en Aste; pero allí, como en su pueblo, comenzaban a aburrirse y a necesitar algo de actividad y cosas nuevas.
Y sintieron que había llegado el momento de marchar.  



 



EN DWONDER parte 1

el próximo jueves