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domingo, 7 de mayo de 2023

La Felicidad


Hoy me ha dado por releer algo
de lo escrito y publicado aquí,
Se trata de un fragmento de
mis Relatos de Hénder.
Y, tratándose de un cuento,
creo que este es su lugar.

Pertenece a éste CAPÍTULO
De éste LIBRO
Capítulo que recomiendo leer (si no todo el libro) para situar el cuento en su contexto.




LA FELICIDAD

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

En la antigua y esplendorosa ciudad de Sarfán, corte del poderoso Sultán Agrigerio Tercero, hijo de Andris y de Emfelia, de los que ya os relaté ayer sus desgraciados amores, vivía un poderoso y rico comerciante de alfombras, que nadaba en la abundancia, pero no era feliz. Había comprobado que la riqueza, las posesiones, todo aquello exterior a uno no la daba; y no sabía por qué, puesto que vivía en una posición desahogada y sin problemas pero, cuanto más desahogado vivía y menos problemas tenía más infelicidad sentía. Lo que no sabía es que la felicidad reside dentro de uno mismo y que se materializa en la medida que la dejas aflorar en forma de amor, entrega, generosidad, altruismo, hospitalidad, optimismo,… todas aquellas actitudes positivas que tantas veces os he resaltado en mis relatos y que no me cansaré de hacerlo. Pero hoy no vamos a contar cosas de él, sino de un simple perro abandonado y de lo que le aconteció. Se llamaba Sultán, aunque sin ánimo de ofender a la egregia persona. Se llamaba así porque así le puso su amo cuando lo compró para su hijo pequeño, como un regalo, como si un ser vivo fuera un objeto. Y de hecho así le trataban, salvo el niño, que pronto intimó con Sultán y jugaba con él. El padre, aquel rico mercader, pronto sintió que Sultán comenzaba a ser un estorbo. Tenía, porque se lo podía permitir, un sirviente que se ocupaba de sacarlo a pasear y a hacer sus necesidades, aunque no ejercicio, también quien se encargaba de su agua y su alimento, de modo que no se comprende cómo podía considerarlo un estorbo si él no se ocupaba en absoluto de nada. Pero, aparte de corretear por todas partes, para ejercitarse, jugar con el niño, romper entre los dos alguna cosa durante los juegos, escarbar en su alfombra favorita, restarle protagonismo en el cariño de su hijo, cruzarse entre los pies cuando llegaba a casa y saltar alegre y atropelladamente a su alrededor, todas actividades molestas para él, no le veía ningún beneficio inmediato por su presencia y decidió abandonarlo bien lejos.Encargó a uno de sus sirvientes que se lo llevara lo más lejos que pudiera y lo perdiera. No sabía que los perros tienen un gran sentido de la orientación y acabó regresando en poco tiempo, aunque hambriento, sediento, sucio y agotado, pero era recibido con grandes muestras de cariño por el niño. Y eso al padre aún le molestaba más y, tras castigar severamente al criado por no haberlo dejado lo bastante lejos, le enviaba de nuevo al destierro. Y regresaba nuevamente repitiéndose la escena una y otra vez.
Los perros no son tontos, saben donde hay cariño y donde no, y si regresaba era por el pequeño, pero no por su padre, ni por el pienso, ni por nada ni nadie más en aquella casa.
Pero cierta vez, cuando ya regresaba del último abandono, una vez en que más parecía la sombra de un perro, cuando ya era sólo piel y huesos, al borde del camino, en pleno desierto en el que le habían dejado, le recogió un arriero que se dirigía a Alandia en una destartalada carreta tirada por un viejo búfalo, casi tan comatoso como Sultán.
Le tomó en brazos y le subió a la carreta, le puso una escudilla con agua que vació ávidamente, así como un cuenco con algo de pan duro y parte de su menguada comida, que Sultán apreció más que los manjares que le servían en casa de su amo.
Así pasaron los días de travesía por el desierto y se fue recuperando de tal modo que, cuando llegaron a Alandia, a la explanada de las caravanas, ya parecía un perro normal, sin rastro de las penurias que había pasado.
Sultán hubiera regresado a Sarfán, los perros tienen esa poderosa fidelidad, pero ahora aún era más difícil. El desierto suponía una barrera infranqueable, tenía una deuda de gratitud con el arriero que le había salvado la vida y además, sabía perfectamente que en aquella casa, salvo el niño, no se le quería ni sería bien recibido. De modo que decidió servir a su nuevo amo, Rashid, puesto que como amo él ya le había adoptado.
De todos es sabido que en Alandia no hay delincuentes, salvo en una ocasión que ya os conté no hace mucho, por lo que no era necesario vigilar las carretas ni las mercancías. No serviría de nada hacer de perro guardián, pero sí serviría de algo ejercitar los pequeños trucos que le había enseñado su pequeño amo cuando aún vivía en Sarfán. De modo que, aprovechando la aglomeración de gentes en el mercadillo que tenía lugar en la explanada, tomó un cuenco de la carreta, lo depositó en el suelo y comenzó a hacer volteretas, andar en dos patas, tanto las traseras como las delanteras, a hacerse el muerto, a dar la mano, sostener algo en equilibrio sobre el morro,… y la gente, admirada por las habilidades de aquel chucho, echaba unas monedas en el cuenco. Además corrió la voz y en los días sucesivos aquello era un espectáculo al que acudía toda la ciudad, un espectáculo que Sultán adornaba con nuevos trucos que se iba inventando sobre la marcha.
Rashid juntó una buena cantidad de dinero, gracias a Sultán, que le permitió vender la vieja carreta y el decrépito búfalo y comprar otros mejores, aparte de cargar más provisiones, conservas y esencias de Alandia para vender en Sarfán. Y acabaron regresando a la capital del poderoso Sultán Agrigerio Tercero, hijo de Andris y de Emfelia.
Allí Rashid y Sultán fueron felices juntos, con algún que otro pequeño viaje comercial a Alandia y alguna actuación aquí y allá que les permitieron vivir desahogadamente, aunque sin lujos, y vivir felices el resto de sus días. Porque la felicidad reside dentro de uno mismo y se materializa en la medida que la dejas aflorar en forma de amor, entrega, generosidad, altruismo, hospitalidad, optimismo… todas aquellas actitudes positivas, que a ambos les sobraban, que tantas veces os he resaltado en mis relatos y que no me cansaré de hacerlo.

miércoles, 22 de marzo de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 10 (A Sirtis) parte 2

Y acaba esta visita a Sirtis, tras conocer 
el templo de los cuatro elementos, 
una cuenta cuentos y un poeta





 


A SIRTIS parte 2



Y, guiados por él, penetraron en el edificio. Allí las columnas y los arcos eran mucho más altos que en el Palacio y se perdían en la altura. En los cuatro brazos que formaban el templo se mostraba una representación de esos elementos que había mencionado Alkalá. 
Estaban orientados de tal manera que el brazo o nave primera, que encontraron al frente, miraba al Norte y, en él, una esfera de mármol pulido y brillante, flotaba ingrávida. Alkalá les explicó:
- El aire, ese elemento tan sutil y tan potente a un tiempo, es el que mantiene en equilibrio esa esfera. Si pudiéramos acercarnos más, ni tan siquiera podríamos ver, aunque existen, los torbellinos que forma esa columna invisible que la sostiene, como nos sostiene a todos los que precisamos de él para sobrevivir, aunque también puede destruirnos si actúa violentamente. Hay huracanes, tifones, tornados,… que no es la misma cosa que la suave brisa marina que empuja las velas o el aire que ahora mismo estamos respirando.
En el brazo Este, una esfera de hierro flotaba también ingrávida pero, en este caso, sí que se podía ver un potente chorro de agua que luego caía pulverizada como una leve cortina.
- El agua también presenta esa dualidad extrema y, tanto puede darnos y conservarnos la vida, como nos puede destruir. Me imagino que tú, Fan, debiste padecer la privación de agua en el desierto cuando te encontrabas secuestrado. También habéis podido ver el poder del agua, junto con el viento, en aquella ocasión en que ibais navegando y también al pie de aquella cascada del Muro que da lugar a nuestro río y nuestras fuentes.
En el brazo Oeste se podía ver una esfera de un producto desconocido flotando ingrávida, pero ahí también era evidente que una llama fulgurante y chisporroteante la mantenía en alto.
- Eso que veis flotar es una esfera de una porcelana grafítica especial, de la que se fabrican los crisoles. El fuego es eso que nos calienta cuando hace frío, cocina nuestros alimentos, alegra una velada, tanto contemplando las llamas del hogar como en una buena fogata en la montaña, es el reflejo en la tierra de ese Sol que nos ilumina y nos calienta, pero también presenta esa dualidad, te da vida o te mata. Creo que no hace falta explicaros las consecuencias de un incendio doméstico o forestal. 
En el brazo o nave Sur no había esfera alguna. La calma era absoluta. Sólo se veía una acumulación cónica de tierra, parecida a aquella montaña que vieran en Cipán y además estaba cubierta de plantas verdes. De momento no pasaba nada pero, conforme observaban, la tierra se comenzó a agitar, se agrietaba y se producían profundos surcos, mientras el vértice del cono se abría y comenzaba a arrojar una masa fluida y ardiente que calcinaba todo a su paso y descendía a lo largo del perímetro de aquel cono. Finalmente se apagaba todo, las grietas quedaban obturadas y volvía a verse aquella montaña cónica que se volvía a cubrir, poco a poco, de plantas verdes.
- La tierra, esa cosa inerte que nos soporta, a la que pisamos sin el menor respeto, que da vida a las plantas como vuestra amiga Esmeralda y que nos acaba dando vida a todos, presenta también esa misma cualidad, te acoge y te soporta vivo y te acoge también cuando ya no alientas; pero, también, cuando se estremece, acaba con todo aquello a lo que servía de soporte y de sustento.
Salieron abrumados de aquel lugar que era templo, escuela de sabiduría u objeto de reflexión. El sol del mediodía les devolvió a una realidad cotidiana y rutinaria. No se preocuparon por pisar el suelo o respirar el aire, pero se sintieron más respetuosos con la Naturaleza y con todas las gentes con las que se cruzaban. Por otra parte, antes de que Alkalá dijera nada, sintieron que ya era hora de comer algo.
- Venid que os llevaré a un sitio que cocinan como lo hacía mi santa madre – dijo.
Y les condujo a un local con una sala enorme, llena de mesas redondas y bajos taburetes en los que una muchedumbre charlaba animadamente, mientras degustaban las especialidades de la casa. No parecía que hubiera mesas libres, pero a Alkalá le consiguieron una en un reservado.
Sin duda era un cliente importante y asíduo.
Y les sirvieron verduras y carnes, cocinadas de tal manera que se podían apreciar  todos y cada uno de los sabores, cada uno de los matices. Sabiamente condimentadas, con tal delicadeza que las especias no enmascaraban los sabores, sino que los realzaban sutilmente hasta límites inimaginables. Ellos; que habían probado las delicias frutales de Alandia, las exóticas de Cipán y Los Telares, los pescados y mariscos de Puerto Fin,… acabaron reconociendo que allí habían sabido extraer las esencias de las materias primas y las habían realzado magistralmente.
Era media tarde cuando salieron, tras tomar un té abrasador, pero que les hizo sentir el fresco de una mañana primaveral.
Alkalá les llevó hacia el puerto. Un puerto como el de Los Telares, pero sin el agobio de allá. Los trabajos se desarrollaban con parsimonia, pero con gran precisión. El puerto era muchas veces mayor que el de Puerto Fin; y, tras ver el de Los Telares, el de Cipán y el de Sirtis, aquél no dejaba de ser un insignificante embarcadero. En este lugar predominaban las barcas de pesca, como en Puerto Fin, pero muchas más, y también atracaban barcos procedentes de Los Telares y de Cipán. Era un puerto con buena actividad comercial con los occidentales, pero preferentemente pesquero, aunque sus pescadores no se alejaban demasiado de allí, lo justo para encontrar los bancos de peces que les servían de sustento, para la población de Sirtis y para exportar a los occidentales.
- Nuestros pescadores no se aventuran más allá de la vista de la costa – dijo Alkalá
- ¿Y no han explorado hacia el norte? - preguntó Fan.
- No. Algunos lo han intentado, pero han regresado diciendo que no hay más que altísimos acantilados infranqueables, arrecifes y rompientes y ninguna cala donde poder refugiarse, de modo que nadie ha vuelto a perder el tiempo intentándolo.
 - Veo que vienen barcos de los occidentales. Bueno vosotros también lo sois, pero me refiero a Cipán y Los Telares. ¿Qué es lo que vienen buscando? - preguntó Merto.
- Aquí podemos intercambiar verduras, corderos, pescado y, sobre todo artesanía de cuero, calzado y otros, oro y plata repujados,… más o menos lo que nuestras caravanas llevan a Alandia, aunque allí no llevamos productos perecederos, pero también llevamos productos de Cipán y Los Telares, porque por mar no suelen llegarles con frecuencia suficiente y nuestras caravanas lo suplen. A cambio traemos de Alandia, para la Isla Imperial, conservas frutales y esencias, muy apreciadas allí aún siendo una isla de frutos y flores.
A Fan le parecía como si las artes, al contrario que en Cipán, no fueran allí especialmente cultivadas, pero no era totalmente cierto. Algo era apreciado por las clases populares, aunque más entre gentes pudientes. Solían disfrutar con las danzas y las músicas y tenían instrumentos originales que él nunca había visto ni escuchado, no tan raros como aquellos del parque de Cipán, pero a él le sonaban igual de extraños.
Otras artes como el teatro, la pintura y la escultura no tenían público, aunque siempre había espíritus inquietos que las practicaban.
- He oído decir – comentó Fan – que sois dados a los cuentos y relatos de magia y fantasía y que aquí cultiváis especialmente ese género literario. Además en Aste tengo libros que relatan aventuras fantásticas, aunque a veces me cuesta convencer a Merto de que son puramente imaginarias y, por lo que veo, en sus ambientes retratan bastante esta ciudad.
- Así es, y esta noche os llevaré a un lugar en el que podréis comprobarlo.

Y esa noche les condujo a un local amplio, cubierto de alfombras sobre las que se acomodaba un público, callado y quieto, esperando que comenzara su relato la persona que ocupaba el centro, reposando sobre mullidos almohadones. Se trataba de una joven que, oculta, parcialmente irreconocible, bajo unos velos de colorida seda, comenzó a contar con voz queda, aunque claramente audible:
- En la antigua y esplendorosa ciudad de Sarfán, corte del poderoso Sultán Agrigerio Tercero, hijo de Andris y de Emfelia, de los que ya os relaté ayer sus desgraciados amores, vivía un poderoso y rico comerciante de alfombras, que nadaba en la abundancia, pero no era feliz. Había comprobado que la riqueza, las posesiones, todo aquello exterior a uno no la daba; y no sabía por qué, puesto que vivía en una posición desahogada y sin problemas pero, cuanto más desahogado vivía y menos problemas tenía más infelicidad sentía. Lo que no sabía es que la felicidad reside dentro de uno mismo y que se materializa en la medida que la dejas aflorar en forma de amor, entrega, generosidad, altruismo, hospitalidad, optimismo,… todas aquellas actitudes positivas que tantas veces os he resaltado en mis relatos y que no me cansaré de hacerlo. Pero hoy no vamos a contar cosas de él, sino de un simple perro abandonado y de lo que le aconteció. Se llamaba Sultán, aunque sin ánimo de ofender a la egregia persona. Se llamaba así porque así le puso su amo cuando lo compró para su hijo pequeño, como un regalo, como si un ser vivo fuera un objeto. Y de hecho así le trataban, salvo el niño, que pronto intimó con Sultán y jugaba con él. El padre, aquel rico mercader, pronto sintió que Sultán comenzaba a ser un estorbo. Tenía, porque se lo podía permitir, un sirviente que se ocupaba de sacarlo a pasear y a hacer sus necesidades, aunque no ejercicio, también quien se encargaba de su agua y su alimento, de modo que no se comprende cómo podía considerarlo un estorbo si él no se ocupaba en absoluto de nada. Pero, aparte de corretear por todas partes, para ejercitarse, jugar con el niño, romper entre los dos alguna cosa durante los juegos, escarbar en su alfombra favorita, restarle protagonismo en el cariño de su hijo, cruzarse entre los pies cuando llegaba a casa y saltar alegre y atropelladamente a su alrededor, todas actividades molestas para él, no le veía ningún beneficio inmediato por su presencia y decidió abandonarlo bien lejos.
Encargó a uno de sus sirvientes que se lo llevara lo más lejos que pudiera y lo perdiera. No sabía que los perros tienen un gran sentido de la orientación y acabó regresando en poco tiempo, aunque hambriento, sediento, sucio y agotado, pero era recibido con grandes muestras de cariño por el niño. Y eso al padre aún le molestaba más y, tras castigar severamente al criado por no haberlo dejado lo bastante lejos, le enviaba de nuevo al destierro. Y regresaba nuevamente repitiéndose la escena una y otra vez.
Los perros no son tontos, saben donde hay cariño y donde no, y si regresaba era por el pequeño, pero no por su padre, ni por el pienso, ni por nada ni nadie más en aquella casa.
Pero cierta vez, cuando ya regresaba del último abandono, una vez en que más parecía la sombra de un perro, cuando ya era sólo piel y huesos, al borde del camino, en pleno desierto en el que le habían dejado, le recogió un arriero que se dirigía a Alandia en una destartalada carreta tirada por un viejo búfalo, casi tan comatoso como Sultán.

Le tomó en brazos y le subió a la carreta, le puso una escudilla con agua que vació ávidamente, así como un cuenco con algo de pan duro y parte de su menguada comida, que Sultán apreció más que los manjares que le servían en casa de su amo.
Así pasaron los días de travesía por el desierto y se fue recuperando de tal modo que, cuando llegaron a Alandia, a la explanada de las caravanas, ya parecía un perro normal, sin rastro de las penurias que había pasado.
Sultán hubiera regresado a Sarfán, los perros tienen esa poderosa fidelidad, pero ahora aún era más difícil. El desierto suponía una barrera infranqueable, tenía una deuda de gratitud con el arriero que le había salvado la vida y además, sabía perfectamente que en aquella casa, salvo el niño, no se le quería ni sería bien recibido. De modo que decidió servir a su nuevo amo, Rashid, puesto que como amo él ya le había adoptado.

De todos es sabido que en Alandia no hay delincuentes, salvo en una ocasión que ya os conté no hace mucho, por lo que no era necesario vigilar las carretas ni las mercancías. No serviría de nada hacer de perro guardián, pero sí serviría de algo ejercitar los pequeños trucos que le había enseñado su pequeño amo cuando aún vivía en Sarfán. De modo que, aprovechando la aglomeración de gentes en el mercadillo que tenía lugar en la explanada, tomó un cuenco de la carreta, lo depositó en el suelo y comenzó a hacer volteretas, andar en dos patas, tanto las traseras como las delanteras, a hacerse el muerto, a dar la mano, sostener algo en equilibrio sobre el morro,… y la gente, admirada por las habilidades de aquel chucho, echaba unas monedas en el cuenco. Además corrió la voz y en los días sucesivos aquello era un espectáculo al que acudía toda la ciudad, un espectáculo que Sultán adornaba con nuevos trucos que se iba inventando sobre la marcha.
Rashid juntó una buena cantidad de dinero, gracias a Sultán, que le permitió vender la vieja carreta y el decrépito búfalo y comprar otros mejores, aparte de cargar más provisiones, conservas y esencias de Alandia para vender en Sarfán. Y acabaron regresando a la capital del poderoso Sultán Agrigerio Tercero, hijo de Andris y de Emfelia.

Allí Rashid y Sultán fueron felices juntos, con algún que otro pequeño viaje comercial a Alandia y alguna actuación aquí y allá que les permitieron vivir desahogadamente, aunque sin lujos, y vivir felices el resto de sus días. Porque la felicidad reside dentro de uno mismo y se materializa en la medida que la dejas aflorar en forma de amor, entrega, generosidad, altruismo, hospitalidad, optimismo… todas aquellas actitudes positivas, que a ambos les sobraban, que tantas veces os he resaltado en mis relatos y que no me cansaré de hacerlo.
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Alkalá les llevó en los siguientes días a los espectáculos musicales privados y de danzas occidentales, aunque no tenían mucho que ver con lo que representaban en aquel parque de la Ciudad Imperial de Cipán, pero también les acompañó a una mísera calle en las afueras.
- Este es el mayor poeta de Sirtis, pero Gibraín no quiere abandonar su casa y vivir en condiciones más adecuadas. Yo lo he intentado varias veces, incluso llevarlo a mi casa, pero él se niega.
Y allí estaba, sentado sobre una estera en el frío suelo, les saludó y se encerró nuevamente en su mutismo reflexivo.
Los tres se sentaron frente a él y se quedaron mirándolo en un silencio reverencial. Era un hombre enjuto, de facciones afiladas y mirada penetrante, tan penetrante que parecía atravesar el infinito, pero sentían como si él estuviera contemplando aquel infinito a través de todos y cada uno de ellos y, al mismo tiempo, escrutara sus pensamientos más íntimos.
Y dijo con una voz suave aunque penetrante:
Hay realidades en un breve sorbo,
sorbe la vida, pero con cuidado.
No hay que dejar que el sorbo sea tu estorbo,
sólo ha de ser tu guía y tu cayado.
La magia no es más viva que la vida,
el sentimiento ha de acabar con su misterio.
Deja a las alas mostrarte una salida
en alas de Aventura y de su imperio.

Y el silencio descendió sobre todos ellos, un silencio lleno de voces, de preguntas sin respuesta y de respuestas sin pregunta, un silencio a gritos en aquella mirada clavada en el infinito
Todos quedaron muy intrigados con aquel mensaje misterioso e indescifrable, sólo Fan creyó captar algo en aquellos versos y procuró memorizarlos.
Aquella noche Fan y Merto cambiaron impresiones antes de retirarse a dormir.
- Creo que aquí ya no hay nada nuevo que ver – dijo Merto.
- Ya estamos siendo una carga para nuestro amigo. Está abandonando sus asuntos y, para él, eso es algo muy importante.
- Pues habrá que marcharse, pero a ver cómo se lo decimos.
-Mañana lo haré. Le diré que nuestras Joyas necesitan algo de actividad y aquí no pueden hacerlo. La verdad es que esta especie de reclusión no creo que les vaya bien.

De modo que, a la mañana siguiente, a la hora del desayuno, dijo Fan.
- Amigo: te estamos muy agradecidos por tus atenciones y encantados por todo lo que nos has mostrado en tu ciudad, pero creo que se acerca la hora de partir. Podría decirte que ya estamos deseosos de nuevas aventuras, y no te mentiría aunque aquí estamos muy bien, tratados a cuerpo de rey, y esta vez uso esa expresión con razón; pero nuestros amigos, las Joyas, necesitan espacios más amplios que tu huerto, por grande que sea, y poder correr y volar sin tener que ocultarse a miradas indiscretas. Te agradecemos mucho, repito, tus atenciones y tu hospitalidad, pero creemos que ya ha llegado el momento y hemos de marchar.
   - Y lo sentiré mucho, pero no seré un estorbo en vuestro camino ni en vuestras futuras aventuras. Estos días han sido los mejores que he pasado en muchos años y, si no fuera por mi edad y las obligaciones, no dudaría en acompañaros. Debe ser apasionante vivir las cosas que habéis vivido y las que aún os quedan por vivir. Marchad, pues, cuando creáis oportuno, pero no olvidéis que aquí tenéis vuestra casa.
    Y prepararon la marcha. ¿A dónde irían? ¿Regresarían a Aste? Fan estaba preocupado por lo que pudiera pasar allá en su ausencia, pero pensaba que ya habrían aprendido la lección la vez anterior y que no haría falta dejar que, lo que pudiera ver con el sicuor, fuera un estorbo en sus próximos pasos, aunque podría usarlo como apoyo o cayado, tal como dijo el poeta. Así que esa noche, en la soledad de su alcoba, se dio una vuelta por Aste y comprobó que todo estaba bien. No quería indagar más, ni tan siquiera sobre lo que les podría esperar en el futuro, aunque algo ya había visto antes.
   A la mañana siguiente decidieron explorar la costa, desde donde los pescadores de Sirtis habían abandonado.






EN ROCA VIVA parte 1

el próximo jueves

jueves, 16 de marzo de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 10 (A Sirtis) parte 1

Un viaje a una ciudad exótica,
hospitalaria y comercial, con
un guía especial que les 
mostrará todo lo de 
mayor interés. 
 
A SIRTIS parte 1

Cuando reanudaron el vuelo, Fan podía ver, desde la altura, a su derecha la línea lejana que marcaba el Muro del Fin del Mundo y a la izquierda creyó percibir los reflejos del sol naciente en las aguas del Gran Lago, pero a sus pies seguía el árido desierto, dunas y planicies onduladas suavemente que no parecían tener fin. Mientras tanto, Zafiro y Zaf aleteaban sin descanso.
Al cabo de dos horas de vuelo el suelo fue cambiando paulatinamente. Al desierto le sucedía un terreno parecido al Páramo Gris y podía distinguir matorrales secos, no verdes y rocas sueltas. Poco a poco comenzó a apreciar formaciones rocosas dispersas de mayor envergadura y algún bosquecillo, pero fue cuando el sol comenzaba a ser más agobiante cuando la ruta les acercó al punto más próximo a la imponente barrera del Muro del Fin del Mundo. Fue al dejar atrás unas colinas peladas cuando vio una corriente de agua que venía a parar a una pequeña laguna. Siguiendo la línea que trazaba aquel arroyo pudo ver que una blanca cascada se dibujaba sobre la pelada pared del Muro, e hizo una señal para que se dirigieran hacia allí.
Llegaron al pie del Muro, a un terreno poblado de todo tipo de árboles y arbustos gracias a la cortina de agua que, pulverizada, caía de las alturas. Podrían haberse elevado hacia lo más alto y hubieran descubierto uno de los ríos de la parte occidental de Hénder, pero Fan les hizo descender al pie de aquella catarata. Era impresionante, pero allí, tan cerca, no se podían quedar ya que el ruido era insoportable y hubieran quedado empapados por la fina neblina de agua pulverizada que flotaba en las proximidades como una nube, de modo que les indicó que se alejaran y, al hallar un lugar seco y alejado de la cascada, decidió descender. El sol estaba en todo lo alto pero allí el ambiente era fresco por la humedad ambiente y la vegetación.
Fan y Merto prepararon la red y la colocaron en el cauce de aquel arroyo. No sabían si allí podría haber pesca, pero lo intentaron. Recorrieron los alrededores y encontraron unos aplos silvestres cargados de frutos, algunos de ellos maduros, e hicieron un buen acopio. En la mochila se conservarían bien. Al regresar a la red no encontraron pez alguno, pero sí unos cuantos tenácidos enredados en ella. Su tamaño no era tan grande como para que los retuviera, pero sus grandes manos en forma de pinzas dentadas se enganchaban fácilmente en la malla.
Encendieron una buena fogata y pusieron un cazo con agua a calentar, luego hirvieron su captura y degustaron la deliciosa carne de sus colas y pinzas. A Rubí le tuvieron que dar carne que llevaban en la mochila porque aquello no era capaz de comerlo sin tragarse el duro caparazón.
Ya estaban cerca y allí se estaba bien, por lo que decidieron pasar la noche junto al arroyo y hacer la última etapa al día siguiente, bien de mañana. Descansaron después de comer y, por la tarde, exploraron los alrededores. La humedad debida a la cercana cascada y el arroyo daban lugar a un microclima especial e inesperado en aquel rincón del páramo, además de discreto y solitario al hallarse muy lejos de la ruta de las caravanas y de cualquier lugar habitado. La vegetación era muy variada y Fan aprovechó para recoger algunas plantas medicinales que conocía.
Pero llegó el atardecer y, antes de que se ocultara el sol, Sattel ya estaba asomando en un creciente muy avanzado, no tendrían problema para ver pero recogieron ramas secas para alimentar la hoguera, más que nada porque, con aquella humedad, seguro que refrescaría bastante, además habían capturado unas cuantas ranas gigantes de cola larga y las asaron a la brasa para cenar.
Al amor de la lumbre, sobre la manta y arropados con la capa de seda, durmieron aquella noche, arrullados por el rumor de la lejana cascada, el ulular de algún ave nocturna y el croar de ranas gigantes en un cercano remanso.
Ya sólo les quedaba un vuelo para llegar a Sirtis y despertaron con las claras del día. El fuego estaba extinguido, aunque quedaban suficientes brasas en las que se prepararon el desayuno.
- Supongo que no montaremos el espectáculo en Sirtis – dijo Merto.
- Bastante espectáculo sería aparecer por allí con las Joyas, como para descender en medio de la Plaza Mayor y que os vean salir de la mochila. Ya veré en donde podremos bajar discretamente y el último tramo lo haremos a pie.
- Y habrá que hacerlo como en Puerto Fin, ocultar a Esmeralda y que Zafiro y Zaf nos sigan desde lo alto hasta que puedan reunirse con nosotros sin llamar demasiado la atención.

Y así lo hicieron. El vuelo fue más breve que los anteriores. Fan, desde su atalaya volante, descubrió primero la línea del Océano, hacia el sur y muy lejana creyó percibir la silueta de la Isla de Cipán, y al frente las señales que anunciaban la proximidad de una ciudad: casas aisladas, campos cultivados, senderos y carros circulando por ellos,… Más adelante ya se podía distinguir una abigarrada población, muy cerca del mar y muy cerca del Muro que le debía servir de parapeto para los vientos del Norte. Los caminos se veían muy frecuentados y en los campos se veían viviendas y no era aconsejable descender allí. Hacia el norte, al pie del Muro se veía una masa boscosa que les podría ocultar, les hizo señales para dirigirse allí, y así lo hicieron.
Acabaron en un claro con señales de haber sido objeto de talas, pero que ya se estaba regenerando y, desde allí, se encaminaron hacia la ciudad de Sirtis. Esmeralda iba cubierta con la capa y las mariposas volaban altas, aunque no les perdían de vista.
No llamaron la atención de las gentes con las que se cruzaban, la mayoría vestían más o menos como ellos. Posiblemente aquellas vestiduras de los secuestradores las usaban preferentemente aquellos  cuyo oficio era cruzar el desierto.
Y se fueron adentrando por las calles de los arrabales, hacia el centro. Ahora sólo consistía en encontrar a Alkalá.
- ¿Y si no está? ¿Y si está de viaje? - preguntó Merto.
- Pues visitaremos Sirtis y nos marcharemos, como unos forasteros cualquiera.
Lo que no les cabía duda es que debía vivir o tener su comercio en el centro, y hacia allí dirigieron sus pasos. Era una ciudad de casas muy blancas, de tejados planos y amplios y de floridos patios interiores que algunos eran visibles desde la calle. Calles estrechas y limpias en las que las casas estaban apiñadas de tal manera que predominaba la sombra y el frescor, aún en lo más caluroso del día. Desembocaron, finalmente, en una amplia plaza poblada de toldos y tenderetes, de gentes pausadas que se paraban comprobando las mercancías y regateando los precios en alta voz. Allí se podía encontrar de todo: desde los tejidos de seda de Los Telares, hasta las aromáticas y especias de Alandia, pasando por los juguetes y trabajos en madera de Cipán y en metal de No Tan Lejano. Pero lo más abundante eran los productos de producción local: Trabajos en cuero como calzados, cinturones, correajes, bolsas y otros, repujados en oro y plata, cuchillos grabados, alfombras, tapices, aparte de ropajes con bordados abigarrados y multicolores...
La plaza era un hervidero. Pensaron que habían coincidido con el día de mercado semanal, pero luego supieron que aquello era el pan nuestro de cada día.
Preguntaron a alguien y les indicó una casa, allí, en la misma plaza, con un gran toldo de color verde en la fachada y cantidad de objetos a ambos lados de la puerta. Esas mercancías estaban expuestas en el exterior, sin vigilancia y, aparentemente, sin miedo a que alguien se apropiara de nada.
Penetraron en aquella tienda, abarrotada de toda clase de productos de todas partes: comestibles, toda clase de plantas secas, especias, ropas, muebles,…. Y varias personas, también de verde, atendiendo y regateando los precios con la cantidad de clientes que se apiñaban en el establecimiento.
- ¿Donde puedo encontrar a Alkalá? - preguntó Fan a uno de aquellos de túnica verde, que creyó sería un empleado de la tienda.
No le respondió, pero le señaló hacia una puerta que se veía al fondo, una puerta cubierta con una cortina de cuerdas trenzadas formando una malla intrincada, representando motivos geométricos.
Atravesaron la cortina y penetraron en una sala, también abarrotada de todo tipo de objetos, cajas y sacos; y allá al fondo, un escritorio en el que Alkalá removía papeles que cubrían, en buena parte, toda la superficie, amén de unos gruesos libros que, supuestamente, serían de cuentas. Se le veía enfrascado en sus cosas, pero pareció advertir la presencia de alguien y alzó la vista. Merto, entre tanto, retiraba la capa que ocultaba a Esmeralda.
- ¡Amigos míos! ¡Bienvenidos a esta mi humilde casa!
Dejó todo tal y como estaba, algunos papeles cayeron al suelo por el apresuramiento, y se abatió sobre ellos agitando su amplia túnica verde, como se abate una tempestad sobre el mar.
Les abrazó efusivamente, saludó a Rubí y Diamante, se quedó mirando a Esmeralda y luego a ellos con gesto inquisitivo. Fan que, hasta ese momento no había sido capaz de pronunciar palabra, pasmado por la reacción de Alkalá, acertó a decir:
- Saludos. Aceptamos tu oferta y aquí estamos.
Viendo el gesto de sorpresa de su anfitrión, añadió:
- Sí, esta es Esmeralda, la que no pudiste conocer en Alandia porque era una piedra. Y si me vas a preguntar por Zafiro, la mariposa, de eso quería hablarte. Necesitamos un lugar discreto para que pueda descender sin provocar un alboroto. Además te vas a llevar una sorpresa.
- Las sorpresas, si son buenas, siempre son agradables. ¡Vamos! ¡Seguidme!

Dijo con gesto imperativo y, agitando su túnica con tanta energía que hizo caer algunos productos almacenados, se dirigió a la salida y luego a la plaza. Apenas les dio tiempo para volver a ocultar a Esmeralda y darle alcance.
Tras él, se alejaron del bullicioso centro de la ciudad, hacia unas calles tranquilas que parecían del barrio residencial para las gentes pudientes de Sirtis y penetraron, tras él, en un caserón de puertas talladas, yendo a dar en un jardín, más que patio interior.
- Parece que te has traído aquí, media Alandia – dijo Merto
Por encima de ellos, allá en lo alto, evolucionaban Zafiro y Zaf, pero Alkalá no reparó en ello.
- Esto es sólo el patio interior, muy refrescante en los días de verano, lo más importante es la huerta y allí creo que podrá descender vuestra amiga.
Atravesó una puerta, continuó por un largo pasillo al que daban numerosas puertas, y acabaron llegando a un terreno arbolado de frutales variados y verduras.
Fan miró a lo alto e hizo una señal. Al poco, dos sombras descendieron y se posaron sobre las copas de un manzano y un viejo peral.
- ¡Pero si son dos! - dijo Alkalá lleno de asombro.
- Ya te lo dije, eso era la sorpresa.
Esmeralda, sin esperar a Merto, se había sacudido la capa y se había buscado un buen rincón para conectarse al suelo; ya llevaba rato, desde su llegada a Sirtis, sin poder hacerlo, aunque los demás tampoco habían probado bocado y ya comenzaba a ser hora. Merto recogió la capa, la sacudió, la dobló y la guardó en la mochila.
- Bien; decidme cómo se pueden acomodar las Joyas y luego os acompaño a vuestras habitaciones. Además tengo que decir algo al cocinero, porque se acerca la hora de comer. ¿Ellos qué comen?
- A las mariposas les bastaría con que las dejes un rato en ese patio interior por el que hemos entrado, además te polinizarán todo lo polinizable. Esmeralda ya está servida. Diamante creo que podría segarte el césped que tienes ahí cerca de los cerezos. Y Rubí comerá lo mismo que nosotros o también algo de carne o pescado: crudo, asado, frito, guisado,… - respondió Merto.
- Pues seguidme.
Y regresaron por el mismo pasillo. Diamante y Esmeralda se quedaron en la huerta, Zaf y Zafiro casi volaron a lo largo del pasillo, atraídos por el aroma del florido jardín que era aquel patio. Los tres, seguidos por Rubí, llegaron casi al final de aquella serie de puertas. Alkalá les señaló dos. Fan y Merto entraron a asearse un poco y dejar la mochila, mientras su anfitrión, seguido por Rubí, llegó a la cocina y le dijo al cocinero que tendrían tres invitados más y que se esmerara. Yambién tomó de la despensa un hermoso filete de ternera y Rubí pudo hacer un aperitivo antes de la comida.
Ya reunidos todos, se acomodaron en el salón, en espera de que estuviera dispuesta la mesa y…
- Tenemos muchas cosas que contar – rompió el silencio Alkalá
- Sí, y nosotros también – respondió Fan
- ¿Que pasó con los secuestradores? - preguntó Merto.
- Los traje, fueron juzgados, pasaron un tiempo entre tanto en nuestra cárcel, que no fue tan cómoda como su estancia en Alandia y, cuando se decretó la condena tuvieron que hacer trabajos en bien de la comunidad. Ahora tengo a dos de ellos trabajando en mi almacén y lo que ganan se usa, aparte de su subsistencia básica, para atender necesidades de viudas, huérfanos y enfermos. Así esperamos que queden rehabilitados y no vuelvan a las andadas. Éste es nuestro sistema y funciona.
- Me parece muy buena medida y me doy por satisfecho por el trato dado a los que me hicieron pasar aquellos días tan desagradables. Aunque el tiempo lo mitiga todo y, además, con ello saqué una enseñanza y algo más positivo: el buen hacer de Merto, las Joyas y los guardias, y tener otra jugosa aventura que poder contar.

En ese momento sonó una campanilla que anunciaba el momento de pasar al comedor, y así lo hicieron.
En una larga mesa, cubierta de finos manteles de seda bordados, que Alkalá luego les comentó procedían de Los Telares, con cubiertos de plata relucientes y vajilla de porcelana que procedía de Cipán, comenzaron a servir algo así como una sémola con verduras, cordero con salsa y también asado a la brasa, acompañados con puré de dátiles, y otra serie de platos, todos muy especiados, que hacían trabajar las glándulas salivales a toda marcha.
Rubí, en un rincón del comedor, daba buena cuenta de un gran cuenco de cordero asado, del que no dejó ni los huesos, tan tierno era.
Como postre había fruta variada del propio huerto, recién cogida en su punto de maduración, y unas bandejas de pastelillos dulces a base de almendra y azúcar unos, y de frutas en gelatina otros. Y, luego de un aromático café, pasaron otra vez al salón y allí comenzó Merto el relato de sus aventuras desde que dejaran Alandia. Aunque, ante la insaciable curiosidad de Alkalá, Fan tuvo que relatar el comienzo de sus aventuras, desde que rescatara a Diamante, entonces llamada Lunar, hasta su encuentro en el Palacio de Alandia.
De este modo pasó la tarde y cayó la noche. Fan le dijo:
- No tendrías que haber estado en tu negocio? Creo que te estamos resultando un obstáculo en tus obligaciones.
- ¡De ningún modo! No lo había pasado tan bien en mucho tiempo, y allí tengo gente de confianza que podrán hacerse cargo sin mi. Pueden hacerse la idea de que estoy en uno de mis viajes y encargarse de todo, como suelen hacerlo entonces. Te habrán contado que yo prefiero estar al frente en persona, pero para mí es prioritaria la hospitalidad al negocio, y más aún si encima le sumas la amistad. ¡Faltaría más! Sobre todo en tan buena y extraordinaria compañía. Y ahora será cuestión de cenar y retirarse a dormir, porque imagino que necesitáis descansar.
- Sí – dijo Merto – ya echo de menos una cama mullida.
De modo que, tras cenar y ocuparse de que las mariposas y el resto de las Joyas se encontraban bien acomodadas, se retiraron y durmieron profundamente hasta que comenzaron a cantar los gallos, un canto que echaban en falta desde que salieran de Aste.
Aquella mañana, guiados por su anfitrión, visitaron lo más interesante de Sirtis. Las Joyas se habían quedado en la huerta y ellos podían ir tranquilos sin preocuparse por llamar la atención. Les enseñó el palacio del Sumer, gobernante de la ciudad y de todos sus territorios. Una impresionante construcción con columnatas y arcos policromados con intrincados dibujos de figuras geométricas y formas vegetales. También visitaron el Templo de los Cien Surtidores, una edificación parecida al Palacio pero con unos jardines que no tenían nada que envidiar a los de Alandia, y en cada arriate corrían regueros de agua procedentes de las cien figuras de animales, reales o fabulosos, que conformaban los mencionados cien surtidores. El agua fluía de las bocas, corría al pie de las plantas y acababa desapareciendo en unas rejillas al pie de cada macizo de flores.
- Toda el agua que usamos en la ciudad procede de un río que nace al norte, en esa catarata que, según vuestro relato, visitasteis ayer. Es suficiente para todos los usos, los baños públicos, y aún sobra para que fluyan estos cien manantiales. Este edificio está dedicado a nuestros dioses, como dirían otros; aunque realmente son, como vais a poder comprobar, a los cuatro elementos básicos de la vida y el Universo.


 



A SIRTIS parte 2

el próximo jueves