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miércoles, 8 de febrero de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 7 (Visión cumplida) parte 2


La persecución de los secuestradores por Merto  y 
los guardias acorta distancias, pero es la  magia, 
o más bien la superstición  y un eclipse de sol  
providencial en un oasis, lo que da lugar 
al desenlace de esta aventura.



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VISIÓN CUMPLIDA parte 2
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El carro se había detenido y Fan no se movió. Ya habían parado otras veces, pero en esta ocasión notó como descorrían el toldo y el sol poniente le daba de lleno, aunque no le deslumbró gracias al saco. Le golpearon con un bastón como indicándole que se incorporara, y así lo hizo. Le retiraron el saco y pudo respirar mejor, aunque el sol le dañaba la vista y tuvo que cerrar los ojos, pero acabó adaptándose. Le dolía todo, estaba entumecido por las ligaduras y la postura forzada en el fondo del carro durante tanto tiempo. Entonces la sensación de sed se hizo más acuciante y, con un hilo de voz, dijo:
- Agua, agua, por favor
Uno de los captores le acercó una cantimplora a los labios resecos y polvorientos. Bebió unos sorbos, aunque buena parte le cayó por encima y notó el frío chorro descender por el pecho. Entonces reparó en aquellos que le rodeaban; eran como en aquella visión, todos ellos con sus túnicas de cabeza a pies y se adivinaban unos ojos crueles tras las aberturas. Uno, que parecía ser el jefe, sus ademanes así lo daban a entender y además era el más alto, se acercó y le preguntó:
- ¿Dónde joyas? 
- ¿Qué joyas? - respondió Fan con un hilo de voz
-¿Y esto qué? - dijo, dando un tirón de la Flor de Lis y rompiendo el cordón de tal modo que casi le parte el cuello
- Esto es una condecoración del rey de Alandia y como se entere del trato que me habéis dado lo pasaréis mal.
El otro, mirando y sopesando la Flor de Lis, soltó el cordón, lo tiró al suelo y se guardó la medalla en un bolsillo repitiendo la pregunta:
- ¿Dónde joyas?
- No tengo más que eso y ya lo tienes ¿Qué más podéis querer?
- ¿No joyas? En Alandia decir todos llevar joyas tú

Fan no sabía cómo explicarle que aquellas Joyas no eran ningún tesoro, sino un lobo, una oveja, una col y una mariposa, porque… ¿cómo se lo tomarían?.
Pero no tuvo que decir nada. A una indicación de aquel que parecía el jefe, uno de ellos se adelantó y comenzó a registrarlo concienzudamente. Entonces Fan recordó que el estuche de Esmeralda estaba en la mochila y suspiró aliviado, pero un amago de sonrisa en su rostro hizo enfurecer al jefe.
- ¿Gracia? Tú esconde joyas, tú dice dónde
- No hay joyas, son unos amigos que llamamos así
- No amigos llaman joyas, tú habla.

No sabía que hacer, si les decía la verdad no le creerían, de modo que optó por no decir nada.
Como ya estaba oscureciendo, los captores se dispusieron a hacer noche allí mismo y él pudo echar un vistazo en derredor.
Aquello, como en su visión, era un minúsculo oasis con un pozo, unas ruinas dispersas de lo que en tiempos pudo ser una aldea o una posada, y dos palmeras raquíticas. En donde se encontraban permanecía, seco y en pie, el tronco de otra palmera muerta hacía tiempo. Le hicieron sentar en la arena de espaldas a aquel tronco seco y lo ataron a él. Se pusieron a arreglar a los búfalos, preparar la cena y las mantas con las que pasarían la noche. Al verlos cenar, Fan se dio cuenta de que llevaba tiempo sin comer nada, no sabía cuánto, había perdido el sentido del tiempo allá en la carreta, y pidió:
- Por favor, comida, agua.
Pero no le hicieron caso, de modo que se dejó abandonado a su destino, y la debilidad hizo el resto. Se quedó dormido tan profundamente que esa noche no oyó los ronquidos de ellos ni las ventosidades de los búfalos. Tampoco fue consciente de la enorme bajada de temperatura ni de que casi se le congelan los dedos de manos y pies.

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Merto calculó, en el último vuelo de Zafiro, que a lo sumo estaban a una hora de distancia y, sacando fuerzas de flaqueza, recorrió los metros que le separaban de una alta duna. La mochila con Rubí y Diamante dentro no le pesaba nada afortunadamente y llegó cuando se estaba ocultando el sol. Al bordear la duna pudo ver, a no más de cincuenta metros, unas ruinas con dos palmeras. También vio a dos búfalos de la estepa comiendo las escasas hierbas que brotaban al pie de las mismas y una carreta. De modo que hizo salir a Rubí y Diamante, se quedó oculto tras la duna estudiando el terreno e imaginando cómo aproximarse sin ser vistos. Cuando ya era noche cerrada y antes de que saliera alguna luna, confió en el olfato de Rubí y todos, en fila tras él, se acercaron hasta un derruido muro de adobe y esperaron a ver que pasaba, ocultos tras él. Pero en aquella especie de oasis no había movimiento, los que estaban allí debían estar durmiendo y no sabía si Fan estaba con ellos. Había que esperar hasta el amanecer para ver el terreno y si se encontraba allí.

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Amanecía y, en el oasis, los raptores comenzaron a moverse. No prepararon el carro ni uncieron los búfalos. Parecía que su intención no era la de seguir el camino, sino acabar allí mismo lo que habían comenzado. Desayunaron tranquilamente y Fan seguía adormilado o privado, pero reaccionó cuando le hicieron ponerse en pie, le desnudaron de cintura para arriba y le ataron nuevamente al tronco de la palmera, pero esta vez abrazado a ella.
Se le acercó el jefe y le repitió:
- ¿Dónde joyas?
- No tengo ninguna joya, tú lo has comprobado.
- ¡Mentira! Tú esconde joyas, pero tú dice.

A una señal suya, uno de ellos, con un látigo en mano se acercó a él y se preparó para aplicar el primer latigazo de una serie que sólo el jefe sabía cuánto podía durar.
A Fan le dolía todo, especialmente los dedos, y aún tiritaba, pero en un doloroso esfuerzo logró decir:
- No hay joyas, todo es cosa de magia, una magia tan poderosa que ni tú ni yo tenemos nada que hacer. Una magia que puede convertir el día en noche, volver lo blanco en negro y lo soñado en real. Si me das el primer latigazo podrás comprobar el poder de esa magia.
En ese momento comenzó a oscurecerse el sol, tal y como él sabía que iba a pasar, y recalcó con voz teatral:
- ¡Invoco a los poderes de la oscuridad, invoco a los genios de la noche y de la nada! ¡Huid insensatos! Vuestro fin está próximo.
Todos se retiraron atemorizados, la oscuridad era cada vez mayor y la superstición se sumaba a aquella extraña situación, pero el jefe cortó en seco la huida de sus secuaces:
- ¿Por quién tomas tú? ¿Por tontos? ¿Piensas no conocer eclipse nosotros? ¡Muchos vistos! ¡Quieto ahí! ¡El látigo!
Ya estaba a punto de descargar el primer golpe cuando un terrorífico aullido sonó entre las ruinas y una sombra, aún más misteriosa, descendía desde el sol apagado y se posaba con unas enormes alas abiertas en medio de la negrura creciente sobre el tronco seco de la palmera.
Todos, incluido el jefe, salieron huyendo atropelladamente, hasta venir a caer en los brazos de los guardias que llegaban en aquel preciso momento. Los maniataron y los echaron de cualquier manera dentro del carro y ellos hasta lo agradecieron, tal era el pánico que habían experimentado, cualquier cosa antes que aquella magia tan terrorífica.
Una franja de sol volvió a lucir y Merto corrió en auxilio de Fan, al que había podido ver, antes del eclipse, atado al tronco. Había seguido los acontecimientos sin saber qué hacer, eran muchos para ellos y esperaba el mejor momento para intervenir. Y ese momento llegó, le había escuchado desde su escondrijo aprovechar las supersticiones de aquella gente. Y el plan le vino como una inspiración al ver que lo que había invocado Fan comenzaba a cumplirse, él se dio cuenta de que se estaba produciendo un eclipse y preparó la escenografía a fin de aterrorizar a los secuestradores. Merto sabía que sus Joyas eran capaces de entender lo que se les decía y dio instrucciones a Rubí y Zafiro para que representaran su papel, y lo hicieron de maravilla. Pero después reconoció que la suerte había jugado a su favor, la oportuna llegada de los guardias fue providencial porque: .¿Qué hubiera pasado al acabar el eclipse? ¿Qué hubiera pasado cuando descubrieran que lo que les había provocado el pánico eran simplemente un lobo y una mariposa?
Merto liberó a Fan de sus ataduras y le dio de beber y comer de lo que llevaba en la mochila y éste le dio instrucciones para que le preparara una infusión reanimante, como aquella que había usado en Serah para los Hurin, y muy pronto se recuperó.
Reunido con todo su grupo, Esmeralda también, aunque en su estuche, se acercó al carro en donde permanecían atados los secuestradores.
- Aquí tenéis a mis joyas, como ya os dije y no me hicísteis caso. Ahora os toca cumplir la condena que os corresponda por vuestros delitos.
Y esta nueva caravana, compuesta por un carro, un pelotón de guardias y una mariposa gigante sobrevolándolos, salió camino de Alandia. Fan y Merto, esta vez iban cómodamente en el pescante, mientras que Rubí y Diamante compartieron el fondo del carro con los secuestradores, allí apiñados, que no se atrevían a moverse viendo la dentadura de uno y la testuz de la otra.
El viaje de regreso fue muy aburrido, monótono, muy diferente del de la ida, especialmente para Merto, aunque mucho más cómodo y tranquilo. Pero sirvió para que Fan se recuperara de todas las penurias pasadas y para que los dos se contaran las peripecias del secuestro y el rescate, aunque Fan tenía muy poco que contar.
- ¿Cómo sabías que habría un eclipse de sol?
No sabía qué responderle y menos que lo había visto gracias al sicuor.
- Debe ser un sexto sentido. Son muchos años de pastor, contemplando las estrellas, el sol y las lunas, digamos que ha sido una intuición, una afortunada y acertada intuición.
Merto quedó aparentemente convencido y no volvió a preguntarle sobre aquel tema.
Dos de los guardias se adelantaron para informar al rey del éxito de la misión y el resto de la comitiva completó el viaje al lento paso del carro tirado por los dos búfalos.
El recibimiento fue clamoroso, el rey lo había organizado bien y no se recuerda en los anales de Alandia una celebración semejante, ni siquiera cuando el propio rey regresó de un viaje, su único viaje, al Embarcadero del Far. Fan y Merto, en pie sobre el pescante recibían la admiración y los vítores del pueblo, Rubí y Diamante desfilaban orgullosamente tras los guardias y delante de los búfalos, Zafiro se posó sobre el toldo del carro con las alas abiertas de par en par, tenía un gran sentido del espectáculo. Los que no iban tan contentos eran los secuestradores, que los guardias hacían caminar maniatados entre sus filas y a los que todos dedicaban improperios y que, si no les tiraban huevos y tomates pochos, era por no darle a los guardias que los custodiaban. Pero no podían tener queja alguna, al contrario de lo que ellos habían hecho con Fan, a ellos no les faltó en todo el viaje alimento ni agua. Nuestros amigos se encargaron de darles de comer y de beber con el contenido de la mochila y, no solo estaban agradecidos, sino muy arrepentidos de lo que habían hecho. De todos modos pasaron a las mazmorras de Palacio, si es que se puede llamar mazmorras a unas acogedoras y luminosas estancias, limpias y provistas de todo lo necesario, unas habitaciones que habría envidiado la posada más lujosa del Continente.
Nuestros amigos, acompañados por sus Joyas, tuvieron una larga conversación con el rey que, como es natural, quería saber todas las peripecias con pelos y señales o con estambres y pistilos como diría él.
Fan no tenía mucho para contar, pero Merto estaba en la gloria relatando todas y cada una de sus jornadas por el desierto, así como el épico y mágico rescate. Los guardias habían recuperado la Flor de Lis que permanecía en poder del jefe de los raptores, le habían puesto un cordón nuevo y Fan la lucía en su pecho, como habitualmente.
Pocos días pasaron allí. El rey no les quería dejar marchar, pero tenían prisa por llegar a Hénder y recuperar a Esmeralda.
En aquellos días alguien pidió audiencia con el rey y con ellos. Se trataba de un componente de la caravana, un rico comerciante que tenía por costumbre viajar a veces a donde fueran sus mercancías. Decía siempre:
- El negocio se encuentra donde está el cliente, no vale esperar sentado en casa a que otros te lleven el fruto de la venta de tus productos. Al cliente hay que frecuentarlo, negociar y regatear con él, incluso a veces puede tener algo que te interese comprar o intercambiar, y eso unos intermediarios no lo pueden captar, ellos no defenderán tus intereses como tú mismo.
Reunidos con él en el Salón del Trono, dijo:
- Vengo a pedir disculpas en nombre de mi pueblo. En todas partes surgen gentes indeseables, pero eso no debe generalizarse a todos los honrados ciudadanos de Sirtis.
- Aquí no hay indeseables – cortó el rey
- Bien lo sé. Debe ser el efecto del amor a las plantas y los animales, el amor a la Naturaleza que impide esos comportamientos también hacia el prójimo; pero, aunque en Sirtis también amamos las plantas y las flores, hay oficios menos pacíficos o bucólicos que acaban endureciendo el corazón de algunos y es lo que ha pasado con estos delincuentes. No vengo a pedir clemencia para ellos, aunque sí pediros perdón a vosotros y especialmente a ti por el mal trato que has recibido, te pido disculpas en mi nombre y en nombre de todas las personas decentes y hospitalarias de mi tierra y a ofrecerme a acompañaros allí para agasajaros, no tan fastuosamente como aquí, pero seríais muy bien venidos.
 - Acepto las disculpas en nombre de todos – dijo Fan – y tomo esa invitación para otra ocasión, ahora estamos preparando otro viaje más urgente, pero prometo tomaros la palabra e ir a visitaros.
- Alkalá es una persona de toda confianza – terció el rey – os lo puedo garantizar. A su lado no puede pasaros nada malo. En cuanto a esos delincuentes ya nos encargaremos de hacerles lamentar lo que han hecho.
- Lo dudo mucho, Majestad – dijo Merto – ellos están encantados en su reclusión. Ni en sus mejores sueños estarían tan cómodamente alojados y tan bien servidos. Decidme Alkalá: ¿En vuestro país son tan cómodas las mazmorras y tan delicado el trato?
- No, de ningún modo. No es que las autoridades los traten de forma inhumana, pero nuestro sistema pretende que no se encuentren mejor que en su propia casa ni más que cualquier otro ciudadano honrado en la suya, que se les quiten las ganas de reincidir para vivir a cuerpo de rey, perdón Majestad, como pasaría con éstos si se quedaran aquí.
- Pues si te los llevas me vas a quitar un peso de encima. Yo no sabría qué hacer con ellos y tampoco me servirían para trabajar en los campos y en los jardines, ya que los que lo hacen aman su trabajo y de nada sirve alguien que no lo haga por amor puesto que seguramente lo hará mal. No quisiera que se acostumbraran al trato benévolo y le tomaran gusto a reincidir para volver a las mazmorras. Nuestro sistema penal, prácticamente innecesario, soy yo, y yo tengo la mano y el corazón muy blandos. De modo que si, cuando partas, te los llevas y tratáis de enderezar esos tallos torcidos, me haréis un favor y a ellos mismos, porque bien orientados pueden florecer y dar buenos frutos.

Y así acabó aquella audiencia; con otro viaje en perspectiva, un nuevo amigo y unos secuestradores que dejarían la vida muelle y holgada y que emprenderían la senda de la rehabilitación.
Nuestros amigos prepararon meticulosamente el viaje. Merto llenó el agua, aunque poca necesitarían si los pastores habían seguido las órdenes del rey y habían cuidado los manantiales, también preparó los comestibles y, entre ellos, unas cuantas variedades de dulces y frutas en almíbar para obsequiar a Melanio y a Gontar. Fan le sugirió añadir más, total no pesaba nada, porque pensaba acercarse a Sirtis a parar el crecimiento descontrolado de las plantas que llevó y, de paso, entregar a Halmir unos productos de lo que hoy era aquella Alandis la Bella de la que eran originarios los hurim.
- Tendríamos que pasar por Aste - dijo Fan
- ¿Por qué?
- Me dejé colgada allí la cadena de monedas de los reinos y es posible que las necesitemos allá arriba.
- Si es así no creo que Góntar o el rey no nos puedan hacer un préstamo. Mejor no perdamos tiempo.
Fan, asintió y se ocupó personalmente en guardar cuidadosamente el estuche de Esmeralda y aquella pequeña cantimplora.

CAMINO A HÉNDER parte 1

el próximo jueves

miércoles, 1 de febrero de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 7 (Visión cumplida) parte 1

 La marcha hacia Hénder para 
desencantar o reencantar a 
Esmeralda les dará algunas 
sorpresas y una aventura 
esperada pero imprevista


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VISIÓN CUMPLIDA parte 1
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Tras su apresurada huída de la Cabaña del Mago, acabaron parando a descansar y además porque ya atardecía. Cuando hubieron recobrado el aliento, dijo Fan:
- Pues sí que quedaba algo de magia. Tenía razón en desconfiar. Ahora ya no hay duda sobre qué camino emprender. Hay que ir lo más pronto posible a Hénder y que Gontar anule el hechizo.
- No me disgusta la idea y no hay mal que por bien no venga. Así cumpliremos con el Rey Mirto y ahora sí que le podremos contar cosas nuevas y nuevas aventuras, aparte de hacerle el guiso prometido.

Esa noche durmieron al pie de aquella roca en forma de monolito y, a media mañana, ya se encontraban en el Puente. En dirección a Alandia pudieron hacer noche en la posada, en las habitaciones de las cuadras y pudieron dormir a gusto en una cama en lugar de en el duro suelo.
El grupo era menos numeroso y podían avanzar a mayor ritmo. Normalmente Esmeralda les obligaba a ir más despacio, pero no en esta ocasión. De modo que no tardaron demasiado en llegar a Alandia, y allí ya los esperaban. Les habían llegado noticias desde la Posada, como antes les habían estado llegando desde el Embarcadero del Far y del nombre que el Capitán Rumboincierto les había puesto a sus compañeros, de modo que una gran comitiva de bienvenida esperaba a sus héroes y a sus Joyas.
Su Majestad Mirto II salió a recibirles a la puerta de Palacio y les guió al interior. A ellos aquel recibimiento les parecía excesivo. Terminada la recepción oficial, y ya en privado, les dijo:
- Ahora os doy la bienvenida, no como rey sino como amigo. Hacía tiempo que esperaba vuestra visita para disfrutar con vuestros relatos, porque la vida aquí acaba resultando carente de emociones, salvo con la eclosión de una floración o el brote de una nueva planta, y vuestras visitas siempre me aportan ese componente de misterio y aventura que en este lugar paradisíaco brilla por su ausencia. Porque la vida de un rey no es tan interesante en realidad como lo que pudiera creerse en un reino pacífico y bucólico como éste. Algunas referencias tengo, por los arrieros que llegan del embarcadero del Far y por las cosas que cuentan allí los marineros de El Hipocampo. Es por ello por lo que todos en Alandia conocen algo de vuestras aventuras por las costas y por Occidente. También conocen el nombre de vuestros compañeros, Las Joyas. Y, por cierto… ¿No falta una?
 - Sí, majestad. Un suceso lamentable nos obliga a partir hacia Hénder para que el mago Gontar nos dé una solución – dijo Fan
Y le enseñó aquella esmeralda que guardaba en el bolsillo.
- Ésta, si recordáis, es aquella col que brotó en vuestros jardines y que ha vuelto a convertirse en lo que era, una piedra de la Corona de Hénder. 
- Espera un momento – dijo el rey.
Y de un cajón del escritorio sacó un precioso estuche forrado interiormente de terciopelo verde y se lo alargó.
- Toma, creo que aquí se encontrará más cómoda que en un bolsillo.
Fan tomó el estuche, colocó cuidadosamente la piedra y la Flor de Lis, lo cerró y se lo guardó nuevamente en el bolsillo mientras decía:
- Majestad: permitidnos partir para desencantar nuevamente, o encantar, ya no sé lo que me digo, a nuestra amiga, y luego cocinaremos y relataremos todo lo que vuestra majestad quiera.
- No os apresuréis. A vuestra amiga no le corre prisa alguna y no se entera de nada. Una mayor o menor tardanza no le va a dañar ni afectar en nada; y vosotros…, veo que seguís luciendo vuestros cordones de la Orden y, como Caballeros de la Flor de Lis, os debéis a vuestro rey y cumplir vuestras promesas, amén de sus menores deseos. Pero estad tranquilos que no abusaré de vuestra buena voluntad. Sólo se tratará de cumplir lo tratado en vuestra última visita y una pequeña fiesta. Luego podréis partir.

Las “pequeñas fiestas” en Alandia, como en Hénder, eran de al menos una semana, pero ¿Qué le iban a hacer?. El rey tenía razón, a Esmeralda no le pasaría nada por pasar una semana más en forma de piedra, ni lo sentiría.
En aquella semana de fiestas y celebraciones, cumplieron lo prometido. El rey disfrutó con sus aventuras y disfrutó del guiso. Fan y Merto, auxiliados por la cocinera, habían preparado un buen caldero para todo el palacio y sobró para repartir al Cuerpo de Guardia. Mientras preparaban el guiso, Fan reparó en que llevaba aún en el bolsillo el estuche con la piedra y decidió dejarlo en la mochila para que no le estorbara. Al rey le gustó mucho el guiso aquel y encargó que, en el próximo suministro de El Hipocampo, cargaran una buena provisión en Puerto Fin. 
Fan y Merto le habían facilitado la receta a la cocinera, y patatas era algo que en Alandia se cultivaba habitualmente.
Durante aquellos días, por la capital y alrededores, no se hablaba de otra cosa que de los forasteros y sus Joyas. Se formaban corrillos alrededor de ellos para que contaran qué se sentía en altamar y en una tempestad, porque allí a lo sumo llegaban los coletazos de alguna de arena procedente del desierto.
Y, hablando de desierto, Fan se enteró de que había llegado una de aquellas caravanas y sintió curiosidad, más que miedo o prudencia. Dejó a Merto en una de aquellas charlas, de las que disfrutaba siendo el protagonista, diciéndole:
- Me voy a asomar a ver esa caravana del desierto, si no vuelvo pronto reúnete conmigo allí.
Salió del recinto y los jardines y se encaminó a la explanada en la que acababa la ruta del desierto, en la que los arrieros montaban sus campamentos y algún que otro tenderete para la venta o intercambio de mercancías.
Había allí una docena de carretas con toldo y unas anchas ruedas que les impedían hundirse en las arenas. Por los alrededores pastaba un rebaño de búfalos de la estepa, que eran los que tiraban de los carros.
Pudo ver, entre aquellas gentes, a algunos vestidos como en aquella visión, todos de blanco de cabeza a los pies y con una abertura rectangular a la altura de los ojos y tuvo miedo a lo desconocido, pero venciendo esta prevención, total allí no podía pasarle nada, se acercó a curiosear por aquellos tenderetes.
Ya iba a regresar con Merto, cuando una mano tiró de él entre dos carros y ya no vio más. El golpe no había sido tan fuerte como el de el pájaro-martillo y no le hizo perder el conocimiento del todo. Lo que le impedía ver era un saco burdo y maloliente que, tras maniatarlo y amordazarlo, le pusieron en la cabeza y le ataron al cuello; no le impedía respirar, pero se sentía sofocado, por el saco y por el calor.
Quiso gritar pero no pudo, y lo único que consiguió fue acalorarse más y que le faltara el aliento. Luego notó como cargaban con él y lo echaban, sin muchos miramientos, en lo que debía ser el fondo de un carro, notó también cómo trajinaban con los búfalos y cómo el carro se ponía en marcha.
- ¿Notarán mi ausencia? ¿Sabrán dónde buscarme? ¿Qué pasará con Merto y los amigos?¿Qué querrán estos extraños?
Todas estas preguntas y muchas más se arremolinaban en su turbulento cerebro, pero era incapaz de pronunciar sonido alguno. Recordó aliviado que había dejado el estuche de Esmeralda en la mochila, pero no podía hacer otra cosa que resignarse a su suerte, atado, traqueteado, acalorado, sin poder ver nada y tragando polvo a través de aquel mugriento y hediondo saco. De modo que se resignó a su suerte, de momento no podía hacer nada, y procuró dormir.
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Merto había terminado su última perorata y, recordando lo que le había dicho Fan, marchó a la explanada de las caravanas. Allí había: carros, búfalos, tenderetes y gente pululando, pero Fan no aparecía por parte alguna. Preguntó si le habían visto, pero nadie le pudo dar razón de él. Regresó a Palacio, por si había vuelto sin recordar en lo que había quedado. Allí estaban Rubí, Diamante y Zafiro, cada uno en sus ocupaciones favoritas, pero no había señales de Fan. Preguntó por los jardines, también a los guardias, que se pusieron a buscarlo sin resultado alguno. Como Merto les había contado que su intención había sido visitar la caravana, también buscaron por allí, pero tampoco lo encontraron, no obstante alguien comentó que una carreta había partido de improviso hacía unas horas
- Pues si se ha marchado en ese carro, y no veo otra posibilidad, no creo que sea por su propia voluntad. Se hubiera despedido de mí y no hubiera abandonado a los demás del grupo, ni tampoco hubiera partido sin la mochila con agua y provisiones.
Llevaban muchas horas de ventaja, pero la marcha de un carro por el desierto era lenta, de modo que tenía la esperanza de alcanzarlos. Tras revisar las provisiones y el agua, se cargó la mochila y se puso en camino sin pérdida de tiempo, acompañado por Rubí y Diamante.
Zafiro alzó el vuelo y siguió la ruta del desierto en pos de aquel carro sospechoso. Regresó a las dos horas y, por la velocidad del vuelo entre ida y vuelta, Merto calculó que les debía llevar no menos de medio día de ventaja. Pensó que los del carro tendrían que parar a comer, dormir, dar pienso y agua a los búfalos y, si ellos no se detenían, podrían acortar aquella ventaja. Pero ellos también necesitarían comer, beber y descansar algo, aunque intentaría que fuera lo menos posible.
Pensó también que, si se atreviera, podrían alcanzarlos en muy poco tiempo. Bastaría con meterse todos en la mochila y que Zafiro la llevara cerca del carro, pero era superior a sus fuerzas, no podía hacerse a la idea de meterse allá adentro, de modo que siguió caminando sin desfallecer.
Era ya noche cerrada cuando pararon a comer algo y descansar. Suerte que Munie,  la segunda luna estaba llena y Merto no encendió fuego para evitar ser descubiertos en la distancia. En el desierto bajó mucho la temperatura y tuvo que envolverse en la manta y la capa. Rubí y Diamante ya estaban dotados de abrigo de piel natural y soportaban bien el frío, aún así se acurrucaron uno al lado de la otra para darse calor, en cuanto a Zafiro no se sabe que mecanismos de regulación térmica tenía, lo que era evidente es que parecía no afectarle aquel frío pelón.
Dieron una buena cabezada y, mucho antes de que despuntara el sol, ya estaban en marcha a la luz de Munie y del creciente de Sattel, la primera luna. Tan pronto el alba comenzó a apuntar por Alandia, Zafiro alzó el vuelo y se avanzó al grupo. Tardó una hora en regresar, y Merto calculó que habían avanzado mucho, acortando la ventaja a sólo seis horas. Eso les infundió nuevos ánimos y apresuraron el paso. Durante las horas de calor más sofocante no dejaron de caminar gracias a que Zafiro alzaba el vuelo y, además de hacerles algo de sombra tal y como solía hacer Esmeralda, les refrescaba con el viento de sus alas haciendo más soportable aquel ambiente tórrido. Hicieron breves paradas para comer algo, reponer líquidos y descansar un poco, pero continuaron su persecución todo el día. Había momentos en que Diamante se cansaba y retrasaba la marcha, de modo que Merto la hacía entrar en la mochila, otras veces era Rubí y otras los dos, pero Merto no quería bajar el ritmo y ambos iban de cabeza a la mochila. Cuando al cabo de un rato salían se encontraban descansados y con nuevas energías. Él sí que estaba haciendo un esfuerzo casi sobrehumano.
En la ruta se apreciaba el rastro dejado por todas las caravanas que lo utilizaban, pero en el  fino polvo superficial se podían distinguir las huellas recientes de unas ruedas y unas pezuñas.
Cuando el calor comenzaba a atenuarse un poco, Zafiro, con evidentes signos de agotamiento, se alejó volando. No lo hizo hacia occidente, en dirección a sus perseguidos, sino hacia el sur. Regresó cuando comenzaba a anochecer volando con enérgicos aleteos. Era evidente que se había recuperado de la fatiga del día y que había encontrado un buen campo florido.
Munie acababa de salir y continuaron caminando un rato aprovechando la bajada de la temperatura a valores confortables, pero el esfuerzo había sido excesivo y tuvieron que parar pronto para cenar y dormir.
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Mientras tanto, en la carreta, Fan estaba pasando de todo: hambre, sed, frío y calor insoportables. Sus captores no se habían molestado en darle ni tan siquiera agua y ya comenzaba a sentir síntomas de deshidratación. Tampoco le cubrieron con nada por la noche y allí en las noches descendían mucho las temperaturas. Procuraba dormir todo lo posible y no hacer esfuerzos inútiles para no gastar energías ni líquidos aunque lo que no podía evitar era sudar en las horas de más calor y tiritar en la noche. Mientras tanto escuchaba el rumor de las ruedas y los búfalos y, por la noche, además del propio castañetero de sus dientes, sólo les escuchaba roncar ruidosamente. Le venía a la memoria aquella visión y temía verse atado en espera de ser azotado. Tenía que pensar algo si quería librarse del látigo y de sus captores. Se esforzaba en recordar todos los detalles de aquella escena, pero había cosas inexplicables, no obstante tenía que intentar confundir a aquellos hombres que le tenían retenido. ¿Serían lo suficientemente ignorantes para desconocer lo que era un eclipse de sol?, ¿Serían lo suficientemente supersticiosos e impresionables como para poder atemorizarlos? ¿Qué pretendían de él? ¿Qué buscaban? ¿Un rescate?. No acababa de entenderlo, debería esperar a ver cómo se desarrollaban los hechos, mientras tanto, tenía que ahorrar los esfuerzos, debía dejar de intentar zafarse de las ligaduras que le aprisionaban y arañaban, del mismo modo que aquel burdo saco le arañaba la cara. De todos modos, un pensamiento vino a mitigar su tribulación: si en sus visiones había visto también escenas que aún no había vivido era señal de que sus días no acabarían allí, aunque no significaba que no acabara sufriendo el látigo u otras torturas.
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Mirto II, informado por los guardias de la desaparición de Fan, y de que Merto y las Joyas iban en persecución de aquel carro, ordenó formar un pelotón y les envió, bien provistos y armados, al desierto para que colaborasen en la búsqueda. Se pusieron en camino y fueron siguiendo las huellas en el polvo de la ruta. Éstas a veces eran contradictorias porque, a veces veían las de Merto Rubí y Diamante, otras veces sólo las de Merto y otras las de Merto y Rubí o Merto y Diamante. Las huellas de Zafiro no se apreciaban, pero era normal, aquellas finas patas no podían dejar señal alguna apreciable las escasas veces en que se posaba. Todo aquello les desorientaba, pero era evidente que no se habían salido de la ruta y siguieron avanzando lo mejor que pudieron, aunque no con tanta obstinación como Merto. Pero eran guardias bien entrenados y avanzaban a buena marcha.






VISIÓN CUMPLIDA parte 2

el próximo jueves