PÁGINAS RECOMENDADAS

Mostrando entradas con la etiqueta retorno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta retorno. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de diciembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 3 (Retorno a Hénder) parte 2

Nuestros amigos reciben un encargo y deben atravesar
el desierto para desvelar un misterio vital para el Reino 
de Hénder que sólo ellos podían resolver, pero cuentan 
con sus cuatro compañeros mágicos, su intrepidez
 y su inteligencia.




Retorno a Hénder. Parte 2


Tras los saludos de rigor, en los que Su Majestad Melanio XXII supo disculpar ciertos comportamientos animales y vegetales poco protocolarios, tomó la palabra Gontar y dijo
– Te hemos hecho venir porque nosotros nos vemos incapacitados para emprender ninguna acción, pero será mejor que primero os pongamos al corriente de los sucesos históricos que dieron lugar a la situación actual y explican nuestras limitaciones para actuar.- dijo el Rey - Nuestro reino se extiende desde lo que vosotros llamáis el Muro del Fin del Mundo y para nosotros es El Abismo Insondable hasta pocas leguas adentro de un desierto al que llamamos Desierto de Tetrápolis. A derecha e izquierda limitamos con otras dos ciudades–reinos de las cuatro que forman dicha Tetrápolis, a saber:
Hénder, que ya conocéis y cuyos habitantes somos de color negro.
Dwonder, cuyos habitantes son de color rojo.
Trifer, cuyos habitantes son de color amarillo
y muy al norte existe otro reino llamado Quater, con el cual no lindamos y cuyos habitantes son de color azul.
Hace muchos años, las cuatro ciudades–reino competíamos por la posesión del Oasis de Serah, situado en el centro del desierto y equidistante de todos.
 

– En Serah – siguió Gontar – viven los Hurim, que son blancos como vosotros y que cuidan las llamadas Palmas Reales, una especie de palmera cuyo fruto llamado “sicuo”, que es parecido al higo, siempre ha sido la causa de todas nuestras desavenencias, ya que es muy apreciado por su sabor y es muy adictivo.
– De modo que – terció el Rey – durante muchos años hubo guerra entre los reinos por la posesión del Oasis y sus frutos, pero el desierto y las distancias complicaban las cosas y no había ganador claro
– Hasta que
– añadió Gontar – Trifer inició una nueva fase de la guerra por medio de la magia y los otros reinos se sumaron a ella, en lo que llegarían a llamarse las Guerras Mágicas.
– Aquí también se llegó a un equilibrio de fuerzas –
dijo el Rey – pero nos vimos obligados por los Hurim a firmar un Tratado de Paz en el que ellos impusieron las condiciones.
– ¿Cómo es posible que pudieran obligar a firmar e imponer condiciones a los cuatro reinos? –
preguntó Merto
– Porque ya estaban hartos de ser víctimas ocasionales de nuestras pugnas y rencillas, e hicieron – dijo el Rey – lo único que estaba en su mano para hacernos claudicar; amenazaron con que, en caso contrario, talarían todas las Palmas Reales. Alegaron que ellos no consumían su fruto y, hasta entonces, sólo les habían traído problemas. Así que todos tuvimos que aceptar sus condiciones si queríamos asegurarnos el suministro de los preciados sicuos.
– Las condiciones – dijo Gontar – consistían en que sólo ellos administrarían la producción del fruto y su reparto equitativo entre las cuatro ciudades–reino, a cambio de alimentos y otros productos. Se declaró el Oasis como Zona Libre de Magia y a los habitantes de la Tetrápolis como personas non gratas. Desde entonces reinó la paz y los frutos llegaron puntualmente, hasta la desafortunada intervención de mi maestro Artifax; aquel mago tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto y que, descontento con el pago por sus servicios en las Guerras Mágicas, decidió hechizar Hénder, como bien sabes.
– Tras tu providencial llegada –
dijo el Rey – el suministro a Hénder del fruto se reanudó con normalidad, pero, desde hace un mes, dejaron de llegar caravanas sin ninguna explicación. Al principio pensamos que, como mientras Hénder estuvo encantado el fruto se repartía entre tres, al tener que repartir de nuevo entre cuatro se había producido algún pacto contra nosotros, dejándonos fuera del Tratado. Enviamos exploradores a los límites del Oasis y durante una semana no salieron caravanas hacia ninguno de los otros reinos y ellos, que también tenían exploradores, afirmaban que también les habían dejado de llegar caravanas.
– Los exploradores – dijo Gontar – no pueden, según el Tratado, pasar los límites de Serah; puesto que allí no se admiten negros, rojos, amarillos ni azules, y es por eso por lo que necesitamos de vosotros; yo como mago aunque sea blanco tampoco puedo ir y vosotros que sois también blancos podríais enteraros de lo que pasa 

– Bien – dijo Fan – pues ¿a qué esperamos? Vamos amigos, pongámonos en camino.
– Podríais ir en saltarenas
– dijo Gontar – pero tendrían que quedarse aquí Rubí, Diamante y Esmeralda, porque no vuelan y no pueden cabalgar.
– No importa, iremos a pie e iremos todos
– dijo Fan, pero no le dijo a Gontar que podrían ir en la mochila porque pensó que él ya debía saberlo, ¿o no?, y si no había dicho nada sus razones tendría.
No se hicieron esperar, revisaron las provisiones necesarias para el Desierto de Tetrápolis, cargaron agua y un saco de aquel té de roca que tanto gustaba a Diamante y se pusieron en marcha sin más dilaciones.
Les advirtieron que debían guardarse de los tiburones de arena que, aunque no abundaban, podrían darles algún disgusto; y por eso la comitiva estaba formada por Rubí como explorador avanzado, seguido de Fan y Merto, y cerrando la expedición Esmeralda la col y Diamante la oveja. Sobrevolando a media altura iba Zafiro.
Afortunadamente no tuvieron ningún encuentro desagradable y, como hicieran en el Desierto de Oms, caminaban de noche y en las horas más fuertes de sol se refugiaban bajo las hojas extendidas de Esmeralda que, clavando sus raíces, se proveía de agua suficiente y a ellos de fresca sombra.
Al cabo de cuatro días agotadores, que resultaron monótonos y calurosos, a lo lejos divisaron ya la silueta de las Palmas Reales y Merto le dijo a Fan
– ¿Estás seguro de que eso es el Oasis?, mira que he oído decir que en los desiertos se dan los espejismos que engañan a los viajeros.
– No te preocupes, los exploradores que tenemos ahí tan cerca refugiados en sus sombrajos no son ningún espejismo, y si ellos están aquí, aquello sin duda es Serah.Y allá puedes ver sus saltarenas.

Llegaron hasta la altura de los exploradores de Hénder y les saludaron.
– Buenos días, venimos de la ciudad enviados por el Rey y Gontar. ¿Hay alguna novedad?

– Saludos, ya nos había anunciado un mensajero que vendríais y os esperábamos. No hemos podido apreciar movimientos en Serah, ni caravanas, ni nadie que se aventure por los alrededores, parece un pueblo muerto ¡Con lo aburrido que es esperar y esperar y que nunca pase nada!.
Se despidieron y siguieron camino hacia el oasis. Esperaban que alguien saliera a su encuentro en cuanto vieran que se acercaban extraños, pero no lo hizo nadie y cuando salieron de la arena y entraron en la zona de vegetación, tampoco vieron alma humana por los alrededores. Finalmente, junto a un pozo, encontraron a un Hurim apoyado en el brocal intentando sacar un cubo de agua, pero no tenía fuerzas para tirar de la cuerda de la polea.
Fan se acercó y le ayudó a subir el cubo, mientras le decía.
– Somos habitantes de Pascia, y venimos en son de paz, ¿Nos podríamos entrevistar con las autoridades?
El hombre no tuvo fuerzas para contestar y sufrió un desmayo allí mismo, las puertas de las casas estaban cerradas y no asomó nadie.
– Pues bueno – dijo Merto – ¿Ahora qué hacemos? Parece como si aquí no viviera nadie y éste está en las últimas.
Fan señaló a Merto unas ramas secas que había cerca del pozo.
– Ve encendiendo algo de fuego

Dijo Fan revolviendo en la mochila y sacando un paquetito de hojas secas y un pucherete al que vertió un poco de agua del pozo, le añadió unas cuantas hojas del paquetito y, tan pronto Merto lo tuvo encendido con su yesca y pedernal, lo puso al fuego a calentar.
Al poco rato le dio a beber aquella infusión al Hurim, que reaccionó enseguida. Fan, sin darle tiempo a decir nada le dio unas galletas y un trozo de queso que devoró como si nunca hubiera comido. Ya repuesto dijo
– Gracias, gracias, llevaba ya tres días sin comer nada y todos aquí estamos igual.
– Bueno
, – dijo Fan – ya me contarás luego cómo es que estáis así, pero ahora dime dónde podemos encontrar algún caldero lo suficientemente grande para toda tu gente.
– En la Cocina Comunal, allí se guisa para todo el pueblo todo lo que traemos de los reinos, pero ya no nos queda nada más que los calderos, pero ¿Para qué servirían?
– No importa ¡vamos allá.

Cuando llegaron a la Cocina Comunal encontraron toda clase de recipientes, tomó uno bastante grande y le dijo a Merto
– Enciende fuego y pon esta olla con agua a templar.

Sacó una buena cantidad de lomos de pescado en salazón que había sobrado del último banquete en Aste y un gran saco de patatas, le entregó a Merto el saco y le dijo
– Como tú tienes buenas herramientas y bien afiladas, te ha tocado pelar patatas, yo voy a ir desalando el pescado. Normalmente hacen falta horas pero vamos a tener que acelerar el proceso, si lo desmenuzo y lo pongo con agua templada y la voy cambiando a menudo algo conseguiremos. De todos modos si el guiso sale algo salado no creo que le hagan ascos. Y ahora – le dijo al Hurim, que ya estaba más espabilado – mientras se hace el guiso ya puedes irme contando lo que ha pasado.
- En primer lugar me presentaré, soy Halmir, Conductor de los Hurim. No sé si estás enterado de que aquí en Serah está proscrita la magia y sospecho que, al menos la col y la mariposa son algo mágico pero, como te debo tanto, voy a hacer la vista gorda. Pues bien; hace dos meses que las Palmas Reales dejaron de dar fruto sin que nadie sepa la causa. Mientras quedaron reservas en nuestros almacenes las caravanas siguieron haciendo las cuatro rutas, como siempre, pero cuando se acabaron las reservas sin que las Palmas volvieran a florecer, ya no pudimos hacer más envíos. Aún confiábamos en que volvieran a producir antes de que se nos acabaran los comestibles, pero no sucedió así. Tuvimos que racionar lo que quedaba a ver si aún florecían, hasta hace tres días en que ya no quedaba ni un mendrugo. 

– Bien – respondió Fan – luego, a su debido tiempo, nos encargaremos de eso, ahora lo que hace falta es reanimar a tu gente y resolver el problema de los comestibles. 
Preparó además una buena cantidad de tisana reanimante con aquellas plantas que Gontar le había enseñado y, cuando el guiso estuvo en su punto, que por cierto no estaba muy salado, se organizaron para ir repartiéndolo casa por casa; un vaso de infusión y un plato de guiso por persona y, en poco tiempo, se les vio reanimarse.
Aún quedó bastante guiso del que comieron Fan, Merto, Rubí, y Halmir, encontrándolo delicioso, y aún sobró.
– Ahora Halmir – dijo Merto – debemos preocuparnos en primer lugar de conseguir comestibles rápidamente; puesto que, si no lo hacemos, todo esto no habrá servido de nada.
– ¿Tienes algún jinete rápido que pudiera llegar a Hénder y regresar en poco tiempo?,
– dijo Fan – porque con mi mochila podría traer los víveres de primera necesidad para un mes sin problema, le envías en mi nombre y no le negarán nada.
– Eso es fácil, –
respondió Halmir – con un saltarenas podría regresar en dos días, pero creo que deberíamos enviar también mensajeros a los otros reinos ya que se podrían tomar a mal si lo enviamos sólo a Hénder. No querría ser el causante de una nueva guerra.
– Me parece bien
– dijo Merto – si les cuentan cual es la situación ninguno se negará a entregarles comestibles aunque no lleven fruto, así que los enviados carguen todo lo que puedan y no se den prisa, porque con lo que llegue de Hénder será suficiente.

Así lo hicieron; Fan vació la mochila en donde quedaban bastantes galletas, queso y carne ahumada, les entregó a cada uno unas galletas con queso para el viaje de ida, puesto que ya comerían en su destino, y guardó el resto, además del guiso que había sobrado, para distribuirlo entre la población hasta su regreso. Entregó la mochila al jinete que había de ir a Hénder y le recomendó que en cuanto llegara fuera a buscar al mago y él sabría lo que se tenía que hacer.
Montaron los cuatro en sus saltarenas, que eran una especie de grandes gacelas, capaces de avanzar en cada salto más de seis varas y salieron disparados hacia los cuatro puntos cardinales con sus grandes saltos, perdiéndose enseguida en la distancia.
Se acercaron a las Palmas Reales para ver si descubrían la causa de que no dieran fruto.  Estaban mustias, con aspecto de estar secándose.
Esmeralda clavó sus raíces al pie de una palma, bajo tierra, y al cabo la sacó arrastrando consigo una maraña de extrañas raíces fuertemente abrazadas a trozos de raíz de palma.
Fan conocía muy bien aquellas hierbas que tapizaban el oasis, era trébol común, pero nunca había visto un trébol con aquellas raíces que estrangulaban todas las de las plantas vecinas.
Aquella anomalía vegetal debía ser consecuencia de las Guerras Mágicas y haría falta algún mago para conjurar aquella aberración, pero los magos allí no eran bien recibidos, los reyes eran muy suspicaces y la presencia de algún mago rival podría desembocar en una nueva guerra. Así que tenían que resolver el problema por si mismos.
Diamante, que hasta entonces se había alimentado con el té de roca que Fan llevaba en la mochila, comenzó a mordisquear aquel trébol.
– No comas de eso, no sabemos que efectos puede tener, creo que está hechizado.

Diamante debió pensar...
– Poca cosa puede hacerme, a fin de cuentas yo soy una piedra hechizada en forma de oveja.

De todos modos ya no volvió a comer más que té de roca.
Con hoces y toda clase de herramientas cortantes que encontraron y que Merto afiló a conciencia, comenzaron a segar las hierbas, pero las raíces sobrevivían y las hojas volvían a rebrotar rápidamente.
Era inútil, tendrían que resignarse a la pérdida de las Palmas Reales.
Fan recordó aquellas semillas que le habían dado en Alandia. Aquella planta que, según le dijeron, era capaz de crecer en el desierto más árido y por tanto bien podría crecer allí.
Nunca es recomendable llevar a ningún lugar plantas invasoras extrañas, pero la situación era tan grave y como ya no había nada que perder, se arriesgó a provocar un desequilibrio en la flora del oasis y enterró, junto a un tronco, algunas de ellas.
Los mensajeros regresaron, el de Hénder con la mochila a los dos días y los demás al sexto día. Todos iban cargados a más no poder, salvo el que venía de Hénder que parecía no llevar nada. Pero al abrir la mochila comenzaron a sacar de allí tal cantidad de harina, frutas, verduras, carnes, quesos y qué sé yo más, con lo que acabaron llenando las despensas.
A los pocos días, al pie de aquella palma en que se habían enterrado las semillas comenzaron a aparecer unos tallos con hojas rojizas que, poco a poco se fueron extendiendo como una mancha de aceite ahogando al trébol hechizado.
Fan enterró dos o tres semillas al pie de cada palma y en poco tiempo fue tapizándose todo el oasis de aquella planta rojiza y la primera palma comenzó a verse más lozana.
La vida en Serah se había normalizado y, siguiendo el consejo de Merto, Halmir hizo partir cuatro caravanas; en primer lugar para llevar noticias de la enfermedad de las palmas y de su pronta recuperación y en segundo lugar para llevar más provisiones hasta que las palmas volvieran a dar fruto.
La nueva planta ya se había extendido por todo el oasis y no se detuvo allí, comenzó a avanzar por el desierto colonizando alguna de las dunas más cercanas, fijando el terreno, que pronto se vio poblado por los insectos y reptiles del oasis.
– Al paso que van estas plantas – pensó Fan – no pasarán muchos años hasta que desaparezca el desierto. Tengo que preguntar en Alandia cómo controlarlas.
Las Palmas Reales comenzaron a florecer, al tiempo que nuevos brotes asomaban al pie de cada una, brotes que Fan hizo trasplantar a los nuevos terrenos conquistados al desierto, ampliando la plantación en tantas palmas como las que ya existían. Fan les enseñó cómo se debía hacer el trasplante y les recomendó que procuraran mantener el cultivo de las Palmas Reales dentro de su territorio para no perder el control del fruto, puesto que del intercambio dependía su supervivencia.
Merto estaba intrigado por algo en lo que Fan no había reparado, lo consideraba normal.
– Halmir: ¿Cómo te explicas que, con matices, diferencias de acento y algunas palabras, todos, hasta en Hénder hablemos muy parecido?

– Hay leyendas que hablan de tiempos en que no existía el Abismo Insondable, tiempos en que el Continente iba más allá y se extendía hasta el horizonte.
Tomó un pergamino de una estantería de su despacho y leyó:
– “ En aquellos tiempos, los hijos de Alandis la Bella, la de los ricos frutos y las bellas flores, partieron hacia tierras del Norte buscando nuevos horizontes. Llevaban semillas, ganados y el espíritu de sus gloriosos antepasados. Y llegados a un país de aguas y pastos, lo hallaron propicio y establecieron su colonia a imagen y semejanza de su añorada Alandis la Bella, con permiso de oscuros habitantes. Un territorio entre rojos y azules, pero éstos les rechazaron y les acosaron. Se encomendaron a la tierra y a los vientos, a la luz y a las tinieblas, a lo húmedo y a lo seco, a lo cálido y a lo frío, y sobrevino la catástrofe. Sobrecogidos, llenos de temor contemplaron como la tierra se estremecía, el viento se arremolinaba, la luz brotaba del fondo de los abismos y la oscuridad ocultó el sol y las dos lunas. Las olas competían con montañas áridas de arena, el fuego brotaba de las cimas fundiendo las nieves eternas… Sus enemigos huyeron despavoridos, pero también vieron abrirse la tierra y tragarse en un abismo insondable su país y sus gentes. Donde antes había pastos verdes y frutales, donde antes se hallaba Alandis la Bella y mucho más allá, no quedaba nada, ni tierra, a sus pies se abría un vacío del que no se veía el fondo.
Rojos y azules, recuperados de la catástrofe, del castigo por sus maldades, volvieron a acosarlos. Y los hijos perdidos de Alandis la Bella huyeron de sus enemigos con sus semillas y ganados hacia el Norte, porque al Sur ya no quedaba donde ir y no sabían si aquellos de color negro que les habían acogido en su territorio habían sobrevivido.

La dura travesía del desierto se cobró muchas vidas, pero siguieron buscando una tierra en la que establecerse en paz. Unos pocos acabaron llegando a un oasis. Los Huérfanos de la Ruina Imborrable que desde entonces se llamaron Hurim, se establecieron allí y se multiplicaron”

Halmir continuó:

– Plantaron sus semillas y cuidaron sus rebaños, ajenos a las guerras de los reinos vecinos aunque no a las consecuencias. Nuestros antepasados no comían el fruto de las Palmas Reales por motivos de creencias y tuvieron que acabar amenazando con talarlas, y así hasta nuestros días. Me imagino que vosotros sois descendientes de nuestros comunes antepasados de Alandis.
– Alandis no existe, pero existe Alandia, tierra de flores y frutos, en la que consideran un tabú las tierras contiguas al Muro, o Abismo como decís vosotros. Seguro que te gustaría visitarla.
Llegó el día de la despedida, cuando el primer cargamento de Sicuos partía en las caravanas a las ciudades–reino de Tetrápolis.
Halmir les ofreció unos saltarenas o unos caballos y unirse a la caravana de Hénder pero Fan le respondió
– Preferimos hacer el viaje de vuelta caminando y sin prisas, pero nos han dicho que en el desierto debemos cuidarnos de los tiburones de arena, ¿Realmente son tan peligrosos?
– No es que sean abundantes, y la posibilidad de toparse con alguno es remota aunque no imposible, y si no vais preparados pueden ser peligrosos. Son muy fieros y no hay nada que les detenga, salvo el agua. No pueden soportarla porque, por su constitución salina, se disuelven en ella, es por eso por lo que nadan en la arena y no salen nunca del desierto

Todos los Hurim salieron al desierto a despedirlos, estaban muy agradecidos puesto que sabían que les debían, no solo la vida, sino también los medios de su supervivencia futura.
No tenían más cosas que ofrecerles, el fruto era su única riqueza. Aunque en el momento de partir Halmir le entregó a Fan dos pequeños odres llenos de una bebida ritual de los Hurim, que no era conocida en los reinos, y le dijo.
– Esto es lo más valioso que tenemos y nunca será suficiente para lo que os debemos. Le llamamos Sicuor y lo destilamos del fruto de las palmas. Es algo que mantenemos en secreto porque tiene unos efectos excepcionales que ya tendrás ocasión de ir descubriendo.
Fan los guardó en la mochila mecánicamente, le dio las gracias y Merto, ocupado en organizar a sus compañeros, no supo de su existencia.
La comitiva se puso en marcha tal como habían hecho a la ida; Rubí iba en vanguardia seguido por Fan y Merto, cerrando la marcha Diamante y Esmeralda, mientras Zafiro les sobrevolaba.
Al pasar por el campamento donde habían encontrado a los exploradores de Hénder comprobaron que hacía días se habían retirado a la ciudad y, seguramente, lo mismo habían hecho los de los otros reinos.
Durante las horas de más sol se refugiaban bajo las hojas extendidas de Esmeralda, que aprovechaba para buscar agua enterrando sus raíces lo más profundo que podía.
Había pasado sólo un día de viaje cuando estaban reposando a la sombra de la col y Merto advirtió un extraño comportamiento en Diamante, no parecía aquella pacífica oveja de siempre, su mirada se había enturbiado y se la veía mirar a Esmeralda con apetito. Le acercó un manojo del té de roca y ella lo rechazó, lanzándole un bocado a la hoja más próxima de la col, suerte que Merto pudo sujetarla pero se necesitó la ayuda de Fan para inmovilizarla e impedir que mordiera a Esmeralda.
Fan le hizo tomar una infusión de varias hierbas tranquilizantes sin resultado, luego probó con una tisana somnífera y tampoco sirvió de nada, por lo que no tuvieron más remedio que maniatarla, amordazarla y meterla dentro de la mochila para poder seguir el viaje.
Al tercer día Zafiro bajó alarmada mientras que, con la mirada, señalaba a lo lejos en dirección al Este. Todos se quedaron quietos y con la vista fija en la lejanía. Finalmente Fan creyó percibir una ondulación de la arena que se iba desplazando hacia ellos.
Recordando las indicaciones de Halmir, buscó en la mochila uno de los odres de agua; pero pensó que, si la gastaban para protegerse del tiburón, podría faltar para el resto del viaje. Entonces sacó la bobina de hilo de seda y la capa de los Telares de Cipán.
Preparó una lazada corrediza con dos cabos que sujetaron él y Merto, dejaron como cebo al resto de los compañeros, tendieron el lazo y se taparon con la capa.
Al poco vieron llegar la horrible cabeza del tiburón, semejante a un perro pero con el morro largo y ahusado.
El cuerpo era fusiforme muy estilizado, podríamos decir “arenodinámico”, y con cuatro filas de aletas ondulantes como las patas del ciempiés, lo que le permitía nadar en la arena como si fuera agua. Cuando se acercaba al grupo que formaban Rubí, Esmeralda y Zafiro, Fan y Merto sujetaron fuertemente los cabos de la seda y cuando el tiburón llegó al lazo tiraron con fuerza y quedó sujeto por el afilado morro. A una seña de Fan subieron todos al lomo del tiburón que se resistió, pero la seda era más fuerte que él y se le clavaba dolorosamente. A partir de aquí el viaje terminó en un santiamén; tirando de un lado o de otro de la hebra de seda, Fan y Merto iban guiando a la fiera que les transportaba a sus lomos hacia los límites del desierto y tirando hacia arriba le impedían sumergirse y así librarse de ellos. Tan pronto vieron las torres de Hénder, Fan abrió el odre de agua y lo vertió sobre el tiburón que se disolvió inmediatamente y todos cayeron en la arena. Tan sólo quedaba como recuerdo de su existencia una doble fila de aguzados dientes de vidrio que Fan guardó con cuidado de no herir a Diamante.
Caminaron la media legua que les faltaba hasta las puertas del castillo, donde fueron recibidos con grandes muestras de alegría. La caravana ya había llegado y se les estaba esperando.
Encontraron a Gontar, y Fan le contó lo que le había pasado a la oveja. Le explicó las hierbas que le había hecho tomar sin resultado y Gontar le dijo.
– Está claro que le ha afectado aquel trébol y, tal como dices, seguro que guardaba residuos de los hechizos que se derrocharon irresponsablemente en las Guerras Mágicas. Como no sé cuál fue el hechizo causante del problema voy a intentar un contrahechizo de amplio espectro a ver si da resultado. 

Sacaron a Diamante de la mochila y le dieron un bebedizo que había preparado Gontar. Cuando la soltaron se encaramó de un salto en la roca más cercana y comenzó a devorar con ganas una gran mata de aquel té que tanto le gustaba.
Una semana duraron las fiestas en el reino de Hénder para celebrar la vuelta del fruto; Diamante la oveja se atiborró de aquel raro té de roca, Rubí el lobo quedó ahíto de pan con queso, pero no de un queso cualquiera sino de los quesos más variados, desde los más tiernos a los más curados, Esmeralda la col enchufó sus raíces en el jardín de Palacio chupando de aquel suelo, espléndidamente abonado con estiércol natural y sazonado con nitratos variados, y Zafiro la mariposa, se dedicó a polinizar los jardines libando aquí y allá, dejándolos casi tan lucidos como los de Alandia.


REGRESO Y PARTIDA parte 1

el próximo jueves

miércoles, 7 de diciembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 3 (Retorno a Hénder) parte 1

 Los relatos de sus aventuras ya se los saben de memoria, 
desde su amigo Merto hasta el último habitante de la aldea. 
Su amigo Merto quiere participar de sus aventuras y acaban 
emprendiendo un corto viaje, pero más tarde una visita 
inesperada les embarca en una nueva aventura


Relatos de Hénder Libro 3
 Retorno a Hénder parte 1




En los primeros días después de su regreso de Hénder, Fan y sus compañeros descansaron de las penurias pasadas en aquel desierto. Mientras tanto Merto anduvo ocupado con la cabeza del pájaro–martillo. Era de tal dureza que ni las más afiladas herramientas hicieron mella en aquella especie de pico, lo único que pudo hacer fue vaciar las cavidades por las que se unía a la cabeza y fijar allí un mango de madera, dando por resultado un martillo de lo más extraño, pero no le encontró otra utilidad y tampoco es que sirviera mucho como martillo dado su escaso peso.
Como estaban en tiempos de esquileo, Fan separó la lana de Diamante de la del resto del rebaño y encargó que la hilaran y que tejieran luego una manta para sus próximos viajes, puesto que ya contaba con no permanecer demasiado tiempo parado.
En aquellas veladas de verano, tomando el fresco a la puerta de su casa, como todos los vecinos, Merto escuchaba embelesado a Fan contar una y otra vez sus aventuras y lo que más le entusiasmaba era la descripción que hacía del mar.
– ¡Háblame del mar otra vez! Y de lo grande que es
Fan que ya estaba un poco cansado de repetirle lo mismo, le dijo
– ¿Quieres saber cómo es el mar?, pues lo vas a ver por ti mismo. Ve preparando todo lo necesario que mañana temprano salimos para Puerto Fin
Al día siguiente, bien provistos de comestibles y agua por si no encontraban por el camino – total en la mochila ni ocupaban sitio ni pesaban – se pusieron en marcha.
Diamante la oveja, Rubí el lobo, Esmeralda la col y Zafiro la mariposa se habrían sumado a la expedición, pero Fan les convenció de que era mejor que se quedaran allí puesto que pretendían no llamar demasiado la atención entre la gente de Puerto Fin.
Aquel pueblo costero se encontraba al sudeste de Pascia, pero como el país era tan pequeño y ellos iban enfrascados en la contemplación del paisaje y en el enésimo relato de lo grande que era el mar, no advirtieron el paso de los días y cuando quisieron darse cuenta ya estaban allí.
Era un bonito pueblo pesquero, con una pequeña playa y un embarcadero de madera donde estaban amarradas dos barcas, puesto que el resto se encontraba faenando en alta mar. Su economía se basaba básicamente en la pesca siendo el principal proveedor de la capital, Pascia.
En el embarcadero, dos mujeres estaban ocupadas en remendar unas redes de pesca.
Fan, al contemplar aquel inmenso mar que se perdía en el horizonte, sin tener una isla como la de Cipán para romper la infinitud, quedó sorprendido, aunque no tanto como la vez que pudo verlo desde la senda de No Tan Lejano a su regreso del primer viaje. El Gran Lago, comparado con aquello, era una charca
Merto llegó hasta el extremo del embarcadero y se quedó extasiado contemplando cómo el mar se perdía a lo lejos y se confundía con la raya del horizonte. Le costó mucho a Fan arrancarlo de allí y llevarlo a la Posada para descansar, pero al fin lo consiguió.
Aquella noche cenaron en la posada un guiso de pescado con patatas que les entusiasmó.
– Lástima que no podamos llevar de este pescado a nuestra aldea, porque nos gustaría saber cómo se cocina y poder invitar a nuestros paisanos.
– No se preocupen porque este pescado está en salazón y se conserva muy bien. Pueden llevarse cuanto quieran y ahora mismo les explico la receta.
Así lo hizo el posadero y les vendió unos cuantos lomos gruesos que Fan guardó en la mochila. En ese momento descubrió el capullo de seda de Zafiro que había olvidado allá adentro y pensó que habría que intentar hacer algo con él.
A la mañana siguiente llevó el capullo al puerto y dirigiéndose a una de aquellas mujeres que reparaban las redes le dijo, alargándole el capullo de seda.
– Buenos días, mi nombre es Fan, vengo de la aldea de Aste y quisiera saber si se puede hacer algo con esto
– Buenos días, yo me llamo Andrea. Déjeme que le eche un vistazo
Se estuvo un rato mirándolo y sopesándolo con detenimiento, se detuvo en el orificio por donde la mariposa había salido y finalmente le dijo.
– Nunca había visto nada igual, este capullo de seda es algo extraordinario. Siempre he sido aficionada a la cría casera de los gusanos y me las apaño muy bien hilando y tejiendo, pero debe saber que cuando se deja crecer la mariposa y abre el capullo, el hilo se rompe y no se puede aprovechar. De todos modos, el tamaño de éste es tan grande que, aunque los hilos estén rotos puede que su longitud permita poder torcerlos para formar hebras, tal como sucede con la lana de las ovejas. Si me lo deja probar, mañana le podría decir si se puede hacer algo.
– Muchas gracias, mañana volveré.
Aprovechando que estaban en el puerto y tenían todo el día por delante, tomaron una barca de remos y Fan, que ya había practicado en el Gran Lago, llevó a Merto en un largo paseo aprovechando que el mar estaba en calma.
Al día siguiente volvieron al puerto y allí les esperaba Andrea que, tan pronto se acercaron, les dijo.
– Después de retirar la borra que todos los capullos tienen en su interior, la seda aprovechable que queda viene a ser de un par de libras, lo que es mucho. He sacado unos cuantos hilos, y aunque rotos son lo bastante largos para poder torcerlos e hilar y sacar una hebra fina, ligera y muy resistente. Mire, aquí tengo una muestra de lo que se puede hacer.
Y le entregó una larga hebra de seda del grueso de una de lana de un solo cabo. Fan y Merto tiraron de los extremos y fueron incapaces de romperla.
– Andrea ¿podía hilarse una hebra como esta pero de unas cien varas de largo?
– De esa medida, no una sino muchas más, tenga en cuenta que el hilo es muy fino y cunde mucho
– Entonces ¿podría prepararme un ovillo de esa medida?
– ¿Y qué hago con lo que sobra?
– Pues pienso que podría anudarme una red como las de pesca.
– ¿De qué tamaño?
– Lo más grande que salga con la seda que hay.

– Por mi parte estoy a tu disposición, aunque eso puede tardar unos meses.
– No importa, ya volveremos por aquí.
Regresaron a su aldea y con el pescado en salazón y abundantes patatas prepararon aquella receta que les contó el posadero e invitaron a todos los vecinos. Fue una fiesta que recordarían muchos años.
Durante unos meses la vida transcurría en Aste tranquila pero aburrida, tanto Fan como Merto estaban impacientes por regresar a Puerto Fin .
Al fin llegó el momento de ir a buscar la red y el hilo, y cuando llegaron todo estaba a punto. Andrea le entregó un pequeño paquete con la red, que extendida medía unas seis varas por lado, y una bobina con la hebra que había encargado.
En la Posada cargaron con una buena provisión de pescado salado y marcharon tan contentos a casa.
Ya, en Aste volvieron a reunir a los vecinos en un banquete aún mayor que la primera vez y todavía les quedó mucho pescado sin desalar.
Entretanto Rubí había reunido a Rayo y a los demás perros de Fan y les había enseñado a cuidar del rebaño y a hacerse obedecer por las ovejas, para lo que contó con la valiosa colaboración de Diamante, que logró convencer a sus compañeras de no ser tan obtusas y que fueran obedientes, haciendo todo lo que les ordenasen los perros pastores. Con todo esto Fan se liberó de cuidar el rebaño y se pudo dedicar al estudio, recolección y preparación de las plantas que el mago Gontar le había enseñado.
Esmeralda era la única del grupo que no hizo gran cosa, se clavó en el huerto bien abonado y allí se estuvo a sol y sereno todo aquel tiempo sin que apenas se notara su presencia, salvo cuando perdía alguna de sus hojas exteriores por el crecimiento de las interiores, ya que se formaban unas enormes comitivas de hormigas y otros insectos que troceaban las hojas y las retiraban a sus galerías, dejando la zona libre de residuos.
Zafiro solía hacer vuelos de exploración y se conocía ya todos los alrededores en unas cuantas leguas a la redonda.
Merto, que era un experto en cuchillería, hacía unas hojas tan afiladas que podían cortar la niebla.
Y así transcurrían los días en Aste, hasta que un día llegó volando un cuervo negro como la noche más negra, se acercó a casa de Fan y se coló por la ventana, como hiciera aquella vez en la Casita del Mago. Fan le miró sorprendido pero el cuervo dejó caer en la mesa un papel que portaba en el pico y echó a volar.
En el papel se podía leer una misiva del Mago Gontar que decía:

“Necesitamos tu presencia en Hénder. Un grave problema amenaza al reino y a mi mismo, un problema al que la magia no puede hacer frente y sólo el valor, la imaginación y la inteligencia pueden vencer. Ven pronto”


Fan y Merto no remolonearon lo más mínimo, cargaron en la mochila unas pocas provisiones y agua para el viaje y, como aún les quedaba pescado salado, añadieron un buen saco de patatas y emprendiendo el camino acompañados por Diamante, Rubí, Esmeralda y Zafiro.
Los perros pastores, bien adiestrados, se quedaron con el rebaño.
Con Zafiro sobrevolando al grupo, llegaron al Río Far y atravesaron el puente, cruzaron el Páramo Gris y sin nada digno de resaltar, al cabo de cinco días desde la partida, llegaron a Alandia.
Tal como le había prometido el Jefe de los Jardineros, les consiguió una audiencia con el Rey Mirto II.
– Bienvenido, hace mucho tiempo que esperaba tu visita – dijo el Rey.
– Majestad; pensaba pasar por aquí cuando regresé del Norte, pero nos desviamos de la ruta y tuvimos que atravesar un gran desierto
– ¡Ah!, debe ser el Desierto de Oms. Sí que es duro, sí; al menos eso es lo que cuentan los de las caravanas que a veces llegan aquí desde Sirtis.
– Mi intención era informarle sobre la ruta hacia el Norte y puedo decirle que las leyendas sobre aquellos territorios no tienen fundamento. Hasta llegar a unas montañas algo difíciles de salvar hay amplias extensiones de buen terreno llano con ricos pastos y abundante agua.
– Pues te lo agradezco mucho, vamos a ver si intentamos aprovechar esa parte ignorada del reino, seguro que los pastores podrán llevar allí sus rebaños. El norte del país siempre ha sido algo temido, desde tiempo inmemorial ha sido considerado como una zona prohibida y peligrosa.
Así estuvieron departiendo durante unas horas en las que Fan le puso al corriente de sus andanzas por las tierras del Norte y en Hénder.
También tuvieron tiempo de hablar de las aventuras pasadas en Las Montañas Brumosas, los Telares de Cipán y el reino No Tan Lejano, en cuyo momento dijo el rey Mirto.
– ¡Caramba!, ¿Conoces a Nasiano?, yo le conocí en una de esas bodas reales que suelen tener lugar a veces y, guárdame el secreto, ¿Sabes cómo le llamábamos?
– No, majestad

– Pues como sabes tiene una nariz bien prominente; cosa de familia, un signo propio de su estirpe, y todos le llamamos “su real probóscis”. Y hablado de ese muro infranqueable, esa trepadora de la que hablas es algo imprescindible para nuestra supervivencia. Sin ella no tendríamos fuego en nuestras cocinas ni podríamos combatir el frío.
– Pero veo que tenéis cantidad de árboles, madera no os falta.
– Para nosotros los árboles son casi sagrados, especialmente los frutales que son la mayoría de los que tenemos. Por eso no se tala nada, nos basta con plantar una de esas semillas y con la poda de una de esas trepadoras tenemos leña para tiempo.

Finalmente, cuando marcharon, el Rey puso a su disposición una escolta que les acompañaría hasta las montañas y regresarían, para hacer luego de guías a todos los que fueran poblando aquellos territorios.
Fan les pidió a los jardineros unas semillas de la trepadora, por si se veían en la necesidad de usarlas para escalar el Muro del Fin del Mundo, y ellos le dieron además unas semillas de otra planta que dijeron era capaz de arraigar hasta en el desierto más árido.
Al cabo de tres días de camaradería, comiendo de las provisiones que el Rey había hecho preparar y bebiendo en las fuentes y arroyos llegaron sin contratiempos al pie de las montañas y la escolta regresó, dejándolos solos.
Fan sacó de la mochila el ovillo de seda y le entregó el cabo a Zafiro, le dijo que volara hasta la cima y que le diera unas vueltas alrededor de un viejo tejo solitario que allí había, Zafiro pareció entenderlo pues siguió al pie de la letra las instrucciones y así, agarrándose a la hebra, pudieron subir sin peligro de resbalones en el último tramo de lascas de pizarra sueltas.
Fan pretendía que todos, salvo Zafiro que lo hizo volando, se metieran en la mochila. Pero Merto se empeñó en subir por si solo; además de que le daba cierto reparo meterse en la mochila a revueltas con una col, un lobo, una oveja, pescado salado, patatas y muchas cosas más. Al llegar a la cima, Fan señaló a Merto cómo se recortaba en el horizonte la línea del Muro. Estuvieron un rato contemplando el paisaje y descansando de la ascensión, emprendieron luego el descenso del mismo modo como habían subido, agarrados a la resistente hebra de seda salvadora y allí les esperaba Zafiro.
Una vez abajo, Fan abrió la mochila para que salieran los demás y le dijo a Zafiro que soltara del tejo la hebra que había enganchado, lo hizo sin dificultades y así pudo enrollarlo de nuevo y guardarlo en la mochila.
Se internaron en el pinar de los pájaros–martillo y al llegar a aquel claro se dispusieron a pasar la noche, pero como Fan sabía ya lo que podía pasar y no le tomaba por sorpresa, extendió la red de seda que le hicieran en Puerto Fin; era de una malla no muy tupida y tan fina que casi pasaba desapercibida. Entre él y Merto anudaron los extremos a los pinos más cercanos y todos se refugiaron bajo aquel techo que formaba la red.
No se hizo esperar mucho el revoloteo de los pájaros–martillo que, como las polillas a la luz, se lanzaban contra los viajeros, pero con el resultado de que todos los ataques los detenía la red y muchos pájaros quedaron atrapados en la malla como las moscas en la tela de araña. La red resistió los embates y los desesperados aleteos, así Fan y Merto pudieron capturar un buen número de ellos, se guardaron las cabezas y aquella noche ellos y Rubí el lobo cenaron asado y, aunque no eran muy tiernos, se podían comer a falta de otra carne fresca. También les sobró para el día siguiente.
Desde el pinar de los pájaros llegaron al pie del Muro, esquivando las hormigas guerreras, al cabo de dos días y Fan pudo comprobar que habían llegado al mismo lugar del viaje anterior; ya que allí, destacando sobre la pared, se veía el tronco de la enredadera mucho más grueso que un pino, el ramaje que se extendía varias varas de distancia y el verde follaje.
Como ya era tarde decidieron dormir al pie del Muro y comenzar la ascensión bien temprano; Fan ya sabía que en una jornada no llegarían a la cima y que deberían hacer vivac a medio camino, pero al menos no tendrían que hacer más que una noche en lugar de dos si hubieran salido entonces.
Antes de dormirse, Merto le reiteró a Fan su intención de subir por sus propios medios en lugar de zambullirse en aquel sitio oscuro y superpoblado que era la mochila.
Así, bien temprano, se metieron todos en la mochila, salvo Merto que pensaba trepar igual que Fan, y Zafiro subiría volando y ya les esperaría arriba.
Comenzaron la ascensión de tallo en tallo, de rama en rama y, como la trepadora y sus ramificaciones habían crecido mucho desde que Fan subiera por primera vez por ella, esta vez les resultaba más fácil, así como más cómodo les resultó dormir aquella noche, puesto que el mayor grosor de las ramas daba lugar a un lecho más amplio.
A última hora del segundo día acabaron por coronar la alta pared y llegaron agotados al prado donde Zafiro les esperaba.
Después de hacer salir de la mochila a Diamante, Rubí y Esmeralda y cenar frugalmente, se tendieron en el prado y durmieron profundamente, pese al continuo croar de las ranas, hasta el día siguiente. La ascensión había sido dura, ya no les quedaban muchos ánimos para seguir en camino y el cansancio era mucho para que unas ranas les perturbaran el sueño.
Bien de mañana siguieron aquella senda que Fan había recorrido junto al Mago. Esta vez el viaje hasta Hénder se le hizo a Fan más largo que la vez anterior, tal vez por la impaciencia por descubrir la causa de aquella petición de ayuda de Gontar. Y cuando, al cabo de siete monótonos días, llegaron al puente levadizo del castillo, ya estaba el mago esperándoles. Los centinelas les había avisado tan pronto les vieron aparecer a lo lejos, y es que formaban el grupo más pintoresco e inconfundible que jamás se había visto.
Se saludaron con alegría, si es que se puede asociar a la alegría el movimiento de cola de un lobo, los suaves topetazos de una oveja, las hojas abiertas de una col o los revoloteos alocados de una mariposa gigante. Fan presentó a Gontar y Merto y acto seguido marcharon al salón del trono en el que el Rey les estaba esperando.



RETORNO A HÉNDER parte 2 

el próximo jueves

jueves, 9 de abril de 2015

El retorno del Rex

Con este cuento de calibre "XL", se acaba la serie de cuentos agrupados en "Dos docenas de cuentos frescos" y dirigidos, según su calibre a distintos tramos de edad. Espero que hayan sido de vuestro agrado.



El retorno del Rex

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final


Grande fue la sorpresa al ver aparecer un dinosaurio en medio de Central Park, aunque más grande fue la sorpresa del dinosaurio por todo lo que pudo ver en este planeta que habitamos.
Una mañana temprano, serían las 8 AM, entre Cedar Hill y Burns Lawn, muy cerca del Museo de Historia Natural, apareció de la nada un Tiranosaurio Rex. El pánico hizo huir a los pocos ciudadanos que, haciendo sus ejercicios matinales, corrían por el Parque. 
La alarma se extendió rápidamente, llegando hasta el Presidente. Se decidió montar un cerco de seguridad con carros de combate y lanzamisiles, que mantuviera además alejada a la prensa, la TV y los curiosos pero, en la distancia, sin ser vistos. Se estableció también un control de vigilancia que controlara todos los movimientos del dinosaurio.
Mientras tanto el Rex estaba muy tranquilo observando los alrededores y las enormes y densas edificaciones que rodeaban el parque. Había elegido este lugar, aunque había mayores zonas forestales o selvas en el planeta, por su proximidad a aquella macrociudad y al Museo de Historia Natural.
Sus cortos brazos manipularon un objeto que colgaba de su cuello y, de la nada, se materializó un gran cilindro metálico, parecido a un tonel, extrajo de él un recipiente y comenzó a comer lo que contenía.
Mientras tanto, desde un ojo orbital, hacía una exploración del planeta comprobando la destrucción del medio natural y la extensión de la construcción, así como el derroche de alimentos y energía en las grandes ciudades frente a la miseria de aldeas y ghettos.
Rex controlaba el ojo orbital así como los micrópteros que se colaban por todos los edificios importantes y, especialmente, en el museo.
Y así se mantuvo la tensa situación durante horas y horas, en las que Rex hizo aparecer y desaparecer un cubículo en el que entró durante unos minutos, comió otras dos veces y se estiró sobre el césped durmiendo profundamente. En el cinturón de seguridad nadie se atrevió a acercarse y mantuvieron la discreta vigilancia.
-------------------------------------------
Pero vayamos a otro tiempo más lejano y entenderemos lo que pasó y el porqué de la presencia del dinosaurio en nuestro planeta.  
Hace setenta y cinco millones de años, los sistemas de vigilancia de los planetas exteriores, Sol7 y Sol8, detectaron la presencia de un gran meteorito que se aproximaba al centro del sistema. Los observatorios de Sol3 calcularon que en seis meses el bólido alcanzaría el planeta y se decidió evacuar a toda la población y llevarla a un nuevo planeta no habitado, Sirio4. Así que se aprestaron naves suficientes para transportarlos a su nuevo destino. No obstante muchos de los habitantes del planeta, dispuestos a no abandonar su tierra y esperando que las previsiones catastróficas fueran exageradas, decidieron permanecer en Sol3.
Las previsiones se cumplieron y el planeta quedó totalmente inhabitable durante millones de años.
Mientras tanto, los colonos de Sirio4 habían montado una nueva civilización adaptada a los recursos del planeta y pasaron millones de años más hasta nuestros días en que, a instancias de los historiadores y científicos, decidieron enviar un explorador a su planeta natal, para que comprobara si habían sobrevivido algunos de los que se quedaron y la habitabilidad del mismo; por si podían regresar o, al menos, montar una colonia. Para esa misión se eligió a Rex y ahora estaba descansando plácidamente en el césped de Central Park.
--------------------------------------------------------
Los observadores quedaron muy sorprendidos al ver que el dinosaurio volvía a manipular el colgante que llevaba al cuello y, tal como había aparecido, desapareció sin dejar rastro alguno de su presencia. Posteriormente se difundió la teoría de que había sido una alucinación colectiva, un montaje con un robot gigante o una holografía y ya no se volvió a hablar del tema.
Mientras tanto Rex, en su nave espacial, manipulando con sus cortos brazos el colgante puso rumbo a Sirio4 mientras redactaba el informe que presentaría al Consejo y que, entre  otros muchos datos, decía:
“..... El planeta es estable geológicamente y no se detectan amenazas externas al menos en unos siglos, por lo que podría volver a ser habitado.....”
“.....En este momento Sol3 se encuentra plagada por unos parásitos que destruyen el medio natural y a ellos mismos. Parece que no les importa destruir su ecosistema.... “
“.... la idea que tienen de nosotros, por los restos mortales hallados de aquellos que no quisieron evacuar el planeta durante el éxodo, y que conservan irrespetuosamente expuestos al público, es que éramos una especie primaria y agresiva, sin una pizca de inteligencia.... “
“....por todo ello considero que es totalmente desaconsejable su colonización si antes no se fumiga su superficie, aunque yo propondría dejarlos seguir con su evolución natural y en no más de un siglo se habrán autoexterminado y podríamos ocupar nuevamente nuestro antiguo planeta sin problemas.....”

viernes, 20 de marzo de 2015

Regreso sin retorno


Como soy algo friki, amante de la Ciencia Ficcion 

y de la Fantasía; es decir: De Asimov a Herbert 
pasando por Lem y de Tolkien a Pratchett pasando 
por Ende, no es extraño que escriba alguna cosa 
de este tipo. Esto puede ser un cuento o un relato, 
como se quiera, porque: ¿Dónde está la frontera?



REGRESO SIN RETORNO
Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

Desde que se descubrió y popularizó el viaje transtemporal los viajes al pasado por parte de estudiosos y Universalidades proliferaron.
La falta de profesionalidad y responsabilidad de algunos viajeros dieron lugar a imperdonables descuidos, olvidando en épocas muy remotas muchos objetos. La mayoría de ellos el tiempo y la erosión se encargaron de hacerlos desaparecer y no quedó ni rastro, pero otros permanecieron, si no intactos, en bastante buen estado, produciendo el consiguiente revuelo al hallarse en épocas a las que no correspondían.
De estos objetos fuera de tiempo destacan entre otros muchos: El martillo de Kingroode, el planeador de Saqqara y las esferas metálicas de Klerksdorp.
Cierto es que, tras estos descuidos y otras traumáticas experiencias en las que se constataron las adversas consecuencias en el futuro de una interacción incontrolada con el pasado, se adoptaron medidas tendentes a evitar las paradojas temporales y se prohibió tajantemente el contacto.
Sin embargo mucha gente afirmó haber sido contactada, y los numerosos avistamientos en la segunda mitad del S XX y principios del XXI, dieron lugar a la aparición de muchos iluminados, así como la eclosión de miles de sociedades ufológicas que perseguían toda noticia, testimonio o imagen de lo que ellos consideraban naves extraterrestres, también llamados OVNIS, UFOS o platillos volantes.
Frente a los ufólogos; aparecieron los escépticos, que negaban la veracidad de toda prueba, testimonio o imagen de avistamientos, alegando que: dadas las distancias a cualquier otro planeta hipotéticamente habitado y, aunque dispusieran de un nivel tecnológico más avanzado, eso era estadísticamente imposible y menos en las cantidades que los ufólogos aducían.
En vista de las repercusiones y temiendo el efecto que aquello pudiera suponer sobre el futuro, se limitó el número de viajes a lo estrictamente necesario; como máximo de diez al año por década de destino, de modo que el número de avistamientos pasó a ser prácticamente nulo. No obstante los grupos enfrentados en la interpretación extraterrena o no, siguieron por más tiempo a la greña, sin saber que ambos grupos tenían parte de razón.
Los avistamientos eran reales, y la imposibilidad de su procedencia extraterrestre también, puesto que los objetos procedían de nuestro propio planeta, sólo que del futuro.
Una de las expediciones a un pasado lejano, aún más lejano que a la época que acabamos de comentar, transcurrió tal como se cuenta a continuación.




Antes de que las leyes limitativas de los contactos fueran tan estrictas, el Profesor Roger Meredith Lindbergh, familiarmente conocido como Mer, Docto en Cronística Avanzada por la Universalidad de Noratlántico, quiso encontrar las raíces de su ilustre antecesor, el famosísimo pionero de la aviación de principios del Siglo XX, y decidió retroceder a finales de la década de los años treinta en que Charles había vivido temporalmente en la Gran Bretaña, y pensaba trasladarse después a Suecia de donde procedían sus ancestros. Para ello tenía que retroceder hasta finales del Siglo VI, siguiendo el hilo del apellido más allá de lo que ya recogían los antiguos registros.
Para retroceder al siglo VI debía extremar las precauciones y documentarse lo más posible, para lo que preparó un visócrono camuflado en una bola de cristal, como las que se suponía usaban los adivinos en aquella época. En ella se podría ver toda la información transferida de las bases de datos de su Universalidad, almacenados en su memoria de seiscientos exabites, pudiendo ver además, por medio de una nanocámara acoplada a una mosca drónica, todo aquello que sucediera a su alrededor e incluso a largas distancias.
Aparte de su estuche de supervivencia y reanimación, con el que podía hacer frente a cualquier enfermedad o herida, llevaba también un softoner camuflado en un anillo, que era capaz de fundir metales o hacer maleables las rocas más duras y paredes hasta el punto de poder atravesarlas.
Finalmente, como medida última de seguridad, acoplado a un sencillo cayado, llevaba un potente neolaser polivalente que podía actuar como una fuente de luz, un generador de efectos pirotécnicos de luces inocuas, o convertirse en el rayo más potente y mortífero que se pudiera pensar.
Había hecho copiar fielmente, de un museo de Göteborg, unas vestiduras que podrían pasar desapercibidas en aquella época tan remota, así como también un traje, gabán y bombín puesto que pensaba hacer una breve escala en el Londres de la primera mitad del S XX.
Antes de partir tomó una nanocápsula de Traslátor Cómplex que permitía, en forma bidireccional, traducir cualquier idioma de cualquier época, incluyendo los códigos no verbales de toda la Fauna posible, aunque en la época de su partida el número de especies animales supervivientes era escaso.
Ya en su laboratorio, tras vestirse apropiadamente para la primera etapa, subió a la nave; era un monoplaza discoidal de última tecnología porque, ya que el viaje era de riesgo, quería asegurarse la fiabilidad del vehículo.
Primero fijó las coordenadas de Londres y el año 1938; quería hacer ese primer salto más corto como prueba y, de paso, dar un paseo por el Londres que había conocido su antepasado, todo eso antes de saltar definitivamente a Suecia para hacer la investigación propiamente dicha.
Terminado el ciclo del salto, descendió de la nave que quedó oculta con un campo de difracción y se dispuso a dar un paseo por la ciudad que, desde el parque o pequeño bosquecillo en donde se había materializado, no estaba muy lejos, y la Torre se veía a menos de un kilómetro hacia la derecha.
Durante el breve paseo por las calles de los suburbios estuvo intranquilo, temía encontrarse con Charles o hacer algo que provocara una paradoja temporal que le influyera negativamente en el futuro, y también temía verse abordado o atacado por aquellas gentes miserables que se veían entre las chabolas, o sea que desistió de llegar hasta el centro de la ciudad, no habló con nadie y procuró rehuir cualquier encuentro.
Regresó muy pronto a su vehículo y, una vez dentro, respiró con alivio. El rastro que perseguía situaba su destino en la parte más meridional de Suecia, en algún pequeño poblado sito en un radio de cincuenta quilómetros en torno al actual municipio de Ystad, en la provincia de Escania. Fijó las coordenadas de Ystad y en el cronograma el año 570, activó el inicio y a los pocos segundos sonó la indicación de proceso finalizado.
El desplazamiento espaciotemporal parecía que había trascurrido sin incidentes, así que vistió las ropas que llevaba preparadas, tomó su cayado, cargó en un zurrón de piel de conejo la bola de cristal y el estuche de supervivencia y descendió de la nave.
El paisaje había cambiado; en lugar del bosquecillo se encontraba en el borde de un tupido bosque, junto a un camino y campos de cultivo.
Salió del bosque al camino carretero que estaba bordeado de verdes prados. Por el camino circulaba un carro y varios jinetes en ambas direcciones, y justo a la orilla, en uno de los prados, segando pasto con una enorme guadaña estaba un campesino y Mer le preguntó.
-Buenos días, ¿sería tan amable de indicarme si queda muy lejos algún poblado?
- Buenos, forastero, sólo unas pocas millas
- ¿En qué dirección?
- Siga usted a esa carreta que acaba de pasar, va hacia allá
Y Mer se puso en camino en pos de la carreta, esperando que aquellas pocas millas que le había

 dicho, fueran efectivamente pocas.
Más adelante llegó a una bifurcación del camino y no supo en qué dirección seguir.
A un jinete que pasaba por allí le preguntó
- Por favor, caballero, ¿Sería tan amable de decirme a dónde conducen estos caminos?
- Con mucho gusto, señor; por el de la izquierda llegará a la colina sagrada de Tor y el de la derecha conduce a Camelot.
Aquellas palabras fueron como un mazazo para Mer.
- ¡He fallado la traslación espacial! Sí que he saltado de Londres pero a muy corta distancia, ¡Pero si las coordenadas las había fijado correctamente, debía de estar en Ystad! Y ahora me encuentro en la tierra de las Leyendas Artúricas y justo en el origen de las mismas.
No había podido detectar el error por el idioma del campesino, puesto que para él cualquier lenguaje, gracias al efecto del Traslátor, resultaba transparente en ambos sentidos; él lo percibía todo en Universal, del mismo modo que todo lo que él hablaba en Universal al oyente le sonaba en su propia lengua.
O el campesino le había engañado o se había producido un malentendido porque, al regreso, pudo divisar a lo lejos una ciudad bastante grande junto al río, pero en sentido contrario al que había ido tras la carreta. Cayó en la cuenta de que había preguntado por un poblado y no por una ciudad. Con aquellos britanos antiguos había que hilar muy fino al hablar.
Regresó apresuradamente a la nave para reintentar el desplazamiento a Suecia; sólo se requería el salto espacial ya que la época sí era correcta y si eso no era posible tendría que regresar a su laboratorio para mandar reparar el vehículo.
Introdujo nuevamente las coordenadas en el sistema, inició el proceso y cuando recibió la señal de ciclo terminado se asomó al exterior, pero se encontraba en el mismo bosque, con el mismo camino y el mismo campesino segando pasto, el salto espacial estaba definitivamente averiado y sólo quedaba regresar a su época y, si no era posible a su laboratorio, siempre podría hacerse llevar el vehículo desde Londres.
Puso en reinicio los sensores de tiempo, y arrancó la secuencia regresiva que le devolvería, por lo menos, al momento del inicio de su viaje, esperó la señal y se asomó, confiando encontrarse, si no en su laboratorio de la Universalidad, por lo menos en el día mismo de su partida, pero volvió a ver los mismos árboles, los mismos campos y un campesino segando. Con la esperanza de que no fuera el mismo campesino aguardó un rato a ver si pasaba por la carretera algún vehículo o, surcando las nubes, una aeronave, pero sólo vio una carreta, y otra, y dos jinetes, y otra carreta...
No tenía solución, era un náufrago en la marea del tiempo, sin esperanzas de rescate y debía sobrevivir en aquel mundo primitivo.
Resignado a su destino, puso en marcha el visócrono y se pasó días asimilando todos los conocimientos de la época, tanto datos históricos contrastados, como las leyendas Artúricas por más descabelladas que fueran.
Sabía perfectamente que su paso por aquella época ya había sido fijado por la historia y que él debía pasar a ser algún personaje totalmente anodino en el devenir de los acontecimientos, o bien un personaje cualquiera de la leyenda; lo que de ningún modo podía hacer era asumir la personalidad de alguien preexistente, debía encontrar su lugar en aquella sociedad, un personaje que formara parte de la historia o la leyenda pero del que no se tuvieran antecedentes antes de su llegada, un personaje que hubiera aparecido de la nada, sin referencia alguna a su infancia, juventud, familia, amigos, ... Debía reunir ciertos requisitos que ya estaban escritos y habían dejado su señal a través de los siglos.
Se enfrascó en un análisis exhaustivo de todos los personajes, tanto históricos como de ficción y, finalmente, encontró uno que daba el perfil, que cumplía los requisitos y si no asumía él el papel todo aquello que se había dicho de ese personaje dejaría de cumplirse y daría lugar a una paradoja, puesto que su historia ya estaba escrita antes aún de decidir asumirla.
¿Quién si no podría ser aquel personaje misterioso, sin historia, que hacía cosas consideradas en aquel tiempo de prodigios, que posibilitó la extracción de una espada clavada en una roca, que hablaba con los animales y que, curiosamente, era conocido por un nombre que derivaba de sus propios apellidos?
Tomó su cayado y su zurrón y, tras licuar su vehículo con el softoner y hacer que se hundiera en las profundidades de la tierra para no dejar rastro, emprendió pesadamente el camino hasta llegar a la bifurcación, en donde siguió por el de la derecha y se perdió a lo lejos.

No se sabe más que lo que cuentan las leyendas, pero, si algún día Roger Meredith Lindbergh lograse regresar a su laboratorio de la Universalidad, seguro que nos podría contar muchas cosas de aquella época oscura y romántica.