Periquillo salió por esos mundos de Dios en busca de trabajo y lo acabó encontrando como cabrero en un cortijo. Cerca de allí había una sierra en la que vivía un gigante y a la que nadie se atrevía a ir. El amo siempre le advertía:
- No vayas a la sierra porque el gigante te pude matar y comerse las cabras.
Pero él no tenía miedo de nada. Un buen día subió a la sierra para que sus cabras comieran, porque allí la hierba era más jugosa y más abundante.
El gigante que lo había visto llegar con las cabras, se acerca y le pregunta:
-¿ A qué has venido aquí ? ¿No me tienes miedo? ¡Te voy a matar y me comeré tus cabras!
Y Periquillo le dice:
- Si quieres probamos quién es más fuerte. ¡Espera un momento!
Se fue corriendo al cortijo y cogió la perdiz que tenían en una jaula como reclamo de caza. Cuando volvió le dijo al gigante:
- Vamos a tirar una piedra y a ver quién aleja más.
El gigante agarró una piedra grande y la tiró muy lejos. Después, Periquillo sacó el perdigón, y lo lanzó hasta que se perdió de vista volando. El gigante quedó sorprendido de cuan lejos había lanzado Periquillo. Entonces, no queriéndose dar por vencido, agarró un piedra y la apretó con la mano hasta triturarla. Periquillo, que llevaba en el zurrón un queso fresco, lo sacó, lo apretó con la mano y le dijo al gigante:
- Yo soy capaz de hacer lo mismo que tú con la piedra, pero yo la hago hasta sacar caldo.
El gigante creyó entonces que Periquillo era más fuerte que él y casi se hizo su amigo. Pero Periquillo debía seguir haciéndole creer que era el más fuerte de los dos.
Se pusieron a hacer la comida y el gigante mandó a Periquillo a por leña para el fuego. Cogió una cuerda y se fue hacia la arboleda. Pasó el tiempo y el gigante se cansó de esperar, se fue al bosque y se encontró a Periquillo con la cuerda atando varios árboles. Le preguntó:
- ¿Qué estás haciendo?
Periquillo le respondió:
- Llevándome todos los árboles. ¿Crees que voy a venir por leña cada vez que la necesitemos?
El gigante le dijo:
- Vamos, no te preocupes, con esta rama habrá.
El gigante tronchó una grandísima rama y se la echó al hombro.
Después de comer, el gigante tenía sed y lo mandó a por agua. Periquillo cogió una espuerta y un azadón, y se fue. Al ver que tardaba demasiado, el gigante quiso saber qué estaba haciendo y fue a buscarlo. Lo encontró cavando alrededor de un pozo, entonces le preguntó:
-¿Qué haces ahora?
Le contestó:
- Amarrando el pozo para llevármelo entero. ¿Crees que cada vez que tenga sed voy a venir por agua?
El gigante, viendo de lo que era capaz Periquillo, estaba asustado. Ya se hacía de noche y tocaba regresar al cortijo. Las cabras estaban a reventar con aquel pasto tierno y abundante. Aquel día se había hecho amigo del gigante y a partir de ahí podría ir a la sierra cuando quisiera sin miedo alguno.
Se advierte también que va dirigido a personas adultas, aunque sean espectadores de Gran Hermano, y no a niños menores de edad aunque tengan mayor cociente intelectual. Tampoco se hace apología del Gigante ni utilizamos carteles de ningún tipo. Se hace constar esto por la propia seguridad y en prevención de posibles cagadas judiciales
EL
GIGANTE IRRITADO
Puede escucharse mientras se sigue el texto en el vídeo que figura al pie
En el Reino de Europia estaban pasando una importante crisis de crecimiento. Unas malas cosechas habían provocado graves carencias en la alimentación y, por falta de los oligoelementos necesarios, la producción de la hormona de crecimiento se había visto afectada y los niños no ganaban en estatura, no porque padecieran el Síndrome de Peter Pan, sino por deficiencias en la dieta y en la calidad de los alimentos. Todos aquellos comestibles, que eran muy necesarios, tampoco se podían importar de otros reinos, puesto que la balanza de pagos estaba cada vez más escorada y la moneda se estaba depreciando respecto a la moneda más fuerte de referencia. Aquella grave situación estaba dando lugar a una mayor desigualdad, desequilibrios sociales, paro y hambre, cosa esta última que limitaba aún mucho más el crecimiento de los niños que la propia carencia de la hormona, puesto que había muchos de ellos con graves déficits alimentarios. Pero todos aquellos problemas, y muchos más que no comento, no eran nada comparado con el insomnio y con las noches en blanco que padecían los habitantes de aquel Reino. El Gigante oficial del Reino, llamado Germantúa, estaba muy irritado. Ésto no habría sido problema, ya se sabía que a veces tenía mal genio, pero era pasajero y últimamente no daba lugar a guerras cruentas ni exterminios, pero esta vez se pasaba horas y horas rezongando en voz baja, cosa que para todos los súbditos sonaba como si el vecino lo hiciera a voz en grito. Y, por si ésto fuera poco, se la pasaba deambulando para aquí y para allá con sus enormes zapatones, haciendo tal estruendo como si una violenta tormenta se abatiera sobre el Reino. Los ciudadanos, los villanos y los campesinos estaban ya más que hartos al no poder conciliar el sueño. Ya les daba lo mismo si los niños no crecían o lo hacían poco, tampoco el hambre, ni muchas otras cosas, lo único que importaba era silenciar a aquel ruidoso gigante y poder dormir, aunque fuera un ratito. De modo que se apretaron el cinturón y, en un intento de que se estuviera quietecito mientras comía, le llevaban parte de sus magras provisiones. Momentáneamente aquello supuso un ligero alivio, pero el Gigante volvió a las andadas y cada vez exigía más y más sacrificios a los sufridos habitantes del reino, hasta que llegó un momento en que los cinturones ya no daban para más agujeros. Se llegó a tal estado de desesperación que acudieron a la Corte para que tomaran las medidas. Una delegación de los afectados, aunque afectados lo eran todos, fue recibida por el Chambelán de Bruselwille y les prometió que haría lo posible para resolver el problema. Y se montó una Comisión, y otra, y otra, y otra,… y pasaron años de debates mientras el Gigante gruñía y gruñía y la gente sufría y sufría de hambre y de falta de reposo. Hasta que, un día, en una de aquellas habituales inútiles comisiones, alguien dijo: - ¿Y por qué no vamos al Gigante y le preguntamos qué le pasa? Y, tras arduos debates, considerandos, síes, noes, dimes, diretes, pros, contras, comilonas, chupitos y cubatas… una embajada se acercó a la cueva del Gigante y le hizo la pregunta que, tras laboriosas discusiones, habían acabado acordando, a la que el Gigante contestó: - Estoy enfadado porque sólo he crecido un centímetro y eso en un gigante es muy poco. Consiguieron, algo inhabitual en aquellas habitualmente inútiles Comisiones; convencerle de que él era, con mucho, el más grande del Reino y que seguiría siéndolo porque los demás no estaban creciendo nada. Durante un tiempo se hizo el silencio y todos pudieron dormir muy a gusto, como hacía mucho que no lo habían hecho. Las cosas comenzaron a ir mejor, las cosechas fueron buenas, los niños volvieron a crecer algo, y el hambre comenzó a desaparecer de aquel reino. Pero un día volvieron a sonar los rezongos del gigante, así como los pasos erráticos de sus enormes zapatones, como truenos en aquel reino, hasta entonces tranquilo. Otra vez volvieron a entrevistarse con el Chambelán y otra vez éste les prometió hacer algo. Y se montó una comisión, y otra, y otra, y una Cumbre, y una Conferencia, y otra comisión… hasta que alguien dijo: - ¿Y por qué no vamos al Gigante y le preguntamos qué le pasa? Y así, tras meses de arduos debates, considerandos, síes, noes, dimes, diretes, pros, contras, comilonas, chupitos y cubatas… se llegó a un precario, pero suficiente, acuerdo. Nuevamente llegó una Comisión a la cueva y el portavoz de la misma le dijo, alzando la voz cuanto pudo, al Gigante: - Sabemos que esta vez has crecido dos centímetros y no vemos motivo para tu irritación. - ¿Que no hay motivo?- replicó a voz en grito el gigante. Todos los de la Comisión se tuvieron que tapar los oídos ante aquel vozarrón atronador, y el Gigante siguió: - Pues entonces haced callar al puñetero enano conejero que ya me tiene de los nervios, porque no hace más que presumir de haber crecido más que nadie en todo el Reino. Total porque ahora mide un ridículo metro y medio, tras haber crecido ¡CINCO MÍSEROS CENTÍMETROS! Y colorín, colorado, este análisis socioeconómico de Europia, las andanzas de su Gigante Germantúa y del puñetero Enano que gobernaba en la Comunidad Autónoma de Spania, también llamado país de conejos, se ha acabado.
Un nuevo cuento acumulativo (entre otras cosas, de cargos ocupaciones o pluriempleos) sobre un Reino muy peculiar, en donde se aprecia también lo relativo de las cosas. Lo publiqué en "En el Mundo de los Cuentos"
EL REY
QUE QUERÍA UN GIGANTE
Puede escucharse mientras
se sigue el texto enel vídeo que figura al pie
Había una vez un reino muy lejano, muy lejano, y
muy pequeño, muy pequeño. No es que se viera pequeño debido a la gran distancia
sino que era pequeño de verdad, con abundancia de pequeñez o, si lo preferís,
con escasez de dimensiones. Tan pequeño era que no tenía ni castillo ni palacio,
y el Rey tenía que vivir en una escalera de vecinos; en el Principal Primera
por ser el Rey, pero en una escalera de vecinos. En la Planta Baja vivían los
súbditos y no había más pisos por encima del Principal porque nadie debía estar
más alto que el Rey.
Un día el Rey llamó al Chambelán que vivía en el
Principal Segunda y le dijo:
-Ya
estoy harto de ser la burla de los otros Reyes; cada vez que asisto a la boda
de la princesa de un país vecino se ríen de que en este reino no tengamos un
gigante, como es tradicional, y tan sólo tengamos duendes, brujas y trasgos
porque ocupan poco espacio. Esto no lo
puedo tolerar, o sea que ya te puedes ir espabilando para conseguir un gigante,
por lo menos de dos metros.
Dijo el Chambelán
-Majestad:
como Ministro de la Vivienda
que soy no encuentro que podamos alojar a un gigante, no hay vivienda alguna
vacía y menos de las dimensiones adecuadas.
-Eso
son excusas, todo el mundo sabe que los gigantes viven en los bosques o en una
cueva de la montaña.
Respondió el Ministro de la Vivienda, que también era
el Chambelán
-Permitidme
deciros Majestad,como Ministro de Medio Ambiente que soy, que
en el reino no contamos con bosques y tampoco con montañas.
-Pues
entonces ordeno que se plante un bosque inmediatamente
Dijo el Ministro de Medio Ambiente, que era el
Ministro de la Vivienda,
que era el Chambelán
-Como
no sea en el aparcamiento de la real carroza… porque
como Ministro de Obras Públicas que soy le informo que no queda un palmo
cuadrado disponible en todo el reino. Además no sé qué opinaría el Tesorero
Real, que soy yo, del costo de la obra.
-Pues
que hable el Tesorero Real
-Majestad –
dijo el Tesorero Real, que era el Ministro de Obras Públicas, que era el
Ministro de Medio Ambiente, que era el Ministro de la Vivienda, que era el
Chambelán – El Tesoro Real podría
soportar la plantación de media docena de pinos, que es lo que cabría en el
aparcamiento, pero también se ha de considerar el costo de adquirir un gigante
con sus aranceles aduaneros y su licencia de importación. Claro que al suprimir
la carroza real se compensaría con el
ahorro de sueldo de cochero y lacayos.
-Pues
no se hable más, plantemos el bosque y comencemos a buscar un gigante en paro
en los reinos vecinos.
-Majestad
-terció ahora el Ministro de Agricultura, que era el Tesorero Real, que
era el Ministro de Obras Públicas, que era el Ministro de Medio Ambiente, que
era el Ministro de la
Vivienda, que era el Chambelán – ¿habéis
pensado en lo que debe costar alimentar a un gigante?; porque ni toda la producción de nuestras explotaciones
agrícolas con sus cuatrocientos metros cuadrados de huerta, ni las granjas
avícolas a pleno rendimiento con sus cien gallinas, ni toda la ganadería ovina
con sus diez ovejas censadas y menos aún la vaca lechera que compone nuestra
cabaña bovina, serían suficientes para ello y entonces, tanto vuestra Majestad
como todo el reino se verían obligados a pasar hambre.
-Decís
bien señor Ministro, - concluyó el Rey - pero es mi voluntad y debemos encontrar una solución para, sin
prescindir de nuestras comodidades ni de nuestras provisiones, contar como todo
reino que se precie con un gigante. Estudiad todos los problemas, sometedlo a los
Sabios y Consejeros del reino y mañana me traéis la solución.
El Ministro de Agricultura, el Tesorero Real, el
Ministro de Obras Públicas, el Ministro de Medio Ambiente, el Ministro de la Vivienda y el Chambelán
se recogieron a debatir consigo mismos, puesto que eran también los
Consejeros del reino y los hombres más sabios.
La reunión, frente a una taza de café y una
magdalena, fue tensa e intensa y se prolongó hasta altas horas de la noche.
Cada cual planteó sus puntos de vista, los pros y los contras, estando incluso,
en algún momento, a punto de llegar a las manos, pero finalmente llegaron a una
solución y se retiraron todos juntos a descansar como un solo hombre.
Al día siguiente se presentó el vecino del
Principal Segunda, en calidad de Chambelán, ante la butaca del Rey y, haciendo
una reverencia, dijo:
-Majestad;
hemos debatido el tema y, finalmente, el Guardián de las Pesas y Medidas nos ha
hecho comprender que las dimensiones y las proporciones son relativas y que a
tal reino corresponde tal gigante, por lo tanto ya hemos resuelto el problema
sin costo alguno e, incluso podría reportarnos ingresos extra por turismo.
-Decid,
mi buen Chambelán, explicaos
-Hechos
los oportunos cálculos, en función del tamaño de vuestro reino y de las
dimensiones medias de los gigantes que habitan los otros reinos, da como
resultado que para vuestro reino bastaría con un gigante de un metro sesenta y
cinco centímetros, con lo que, además, sería el gigante más pequeño del mundo
y, por tanto, una atracción turística de primera magnitud.
-¿Y
dónde podríamos encontrar un gigante así de pequeño?
-
Majestad, - dijo el Chambelán - yo estoy acostumbrado a asumir todos los cargos y papeles en vuestra
Corte y, como además mido precisamente ese metro sesenta y cinco centímetros,
podría asumir también el trabajo de gigante, siempre que no se me exhiba más de
dos veces por semana y no se me haga vocear más de una vez al día, puesto que
mis otras obligaciones me lo impiden.
El Rey quedó más que satisfecho con la sabia
decisión de los ministros y sabios de su Corte y mandó celebrar la llegada del
Gigante Más Pequeño del Mundo haciendo colgar banderitas de la barandilla de la
escalera y tirando un par de cohetes; de lo que, lógicamente, se encargó el
Ministro de Festejos y Cultura que era el Ministro de Agricultura, que era el
Tesorero Real, que era el Ministro de Obras Públicas, que era el Ministro de
Medio Ambiente, que era el Ministro de la Vivienda, que era el Chambelán y muchas otras
cosas más y que, además, a partir de ese momento pasó a ser también el Gigante
del Reino.
Como ya ha acabado el cuento.... puedes darte por contento.