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jueves, 11 de febrero de 2016

El hombre que no sabía freír un huevo



Esta es la entrada ciento cincuenta de
este blog y lo quiero celebrar con un
nuevo cuento, espero que os guste y que
os sirva de enseñanza











EL HOMBRE QUE NO SABÍA FREÍR UN HUEVO



Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final




Había una vez un hombre tan ignorante, tan ignorante que se decía de él:
- Ése no sabe ni freír un huevo.
Y era cierto.
Él permanecía en la ignorancia; pero un día, sabedor – cosa impropia en él – de lo que de él se decía, se propuso:

- Tengo que aprender a freír un huevo.
Tan ignorante era que desconocía el significado de las palabras “huevo” y “freír”, y se puso a indagar, consultando a unos y a otros.
Era ignorante, pero no analfabeto. Adolecía de “déficit de comprensión lectora”, no obstante se decidió a consultar la enciclopedia. Le costaba mucho enterarse de lo que leía, dada su deficiencia intelectual, pero con paciencia y constancia acabó enterándose de lo que significaba “freír” y se empapó, no de aceite, sino de lo que era el aceite, sus variedades, el proceso de extracción… y también se enteró de la temperatura adecuada para el proceso de la fritura, así como los distintos tipos de fuegos o fuentes caloríficas, de lo que era la temperatura y su medición y las distintas fuentes de energía: leña, carbón, gas, electricidad, petróleo, solar, biomasa... llegando a dominar todos estos conocimientos, pero seguía sin saber freír un huevo.
Aprendió todo lo referente a la fritura, incluso qué utensilios eran necesarios y su proceso de fabricación, pero aún ignoraba lo que era un huevo.
De modo que se puso a leer sobre biología y, con mucha dificultad, dada su escasa comprensión lectora, acabó conociendo lo que era una célula, con todas sus partes: desde la membrana y el citoplasma, al núcleo, y cómo se dividía para acabar dando lugar a un animal completo, en este caso el pollo, o la gallina, que no hay que hacer discriminaciones.
Ya conocía los elementos necesarios; el huevo, el aceite, la sartén, la rasera o espátula aunque, como era de la Sierra del Segura y más concretamente de Riópar, le llamaba fridera, y el fuego, pero le faltaba la técnica, lo mismo que le pasa a un programa de ordenador, el software, que es un cúmulo de datos e instrucciones; pero que, si no tiene un equipo o hardware para hacerlo correr, no sirve de nada.
Pues así estaba nuestro hombre; sabía más de lo necesario sobre biología, agricultura y oleícultura, industria y energías, pero seguía sin ser capaz de poner en práctica estos conocimientos.
De modo que continuaban diciendo de él:

- Ése no sabe ni freír un huevo.
Intentó poner en práctica todos aquellos conocimientos recién adquiridos y conseguir acabar friendo un huevo.
No tenía necesidad de recolectar las olivas y prensarlas, ni sintetizar un huevo en el laboratorio, tampoco de fabricarse los utensilios, ni frotar dos palos para hacer fuego. Contaba con todo lo necesario: un cartón de huevos del supermercado, una botella de aceite de oliva virgen (aunque no sabía por qué se llamaba así puesto que las aceitunas no tenían ocasión ni tentación de ser otra cosa), sartén, fridera, un fogón de gas butano y cerillas.
Acertó en lo de abrir la botella, pese a la natural resistencia del abrefácil, y echar el aceite en la sartén. Le costó algo más encender una cerilla pero; tras partírsele tres, apagársele dos y quemarse el pulgar, lo consiguió y encendió el fogón.
Lo que ya no fue capaz de hacer fue freír el huevo. Lo había puesto en la sartén, con el aceite bien caliente porque lo había medido antes y marcaba ciento sesenta grados centígrados, pero lo había hecho con su cáscara y todo, y allí se estuvo, dándole vueltas con la fridera en el aceite humeante, como si fuera una fritura de carne o pescado.
El susto que se llevó fue morrocotudo, porque el huevo acabó estallando y poniendo todo perdido de clara, yema, cáscaras y aceite hirviendo, además tuvo que ser atendido de múltiples, aunque pequeñas, quemaduras, y la gente decía:
- Si es que no sabe ni freír un huevo.
Renunció, finalmente a sus intenciones de aprender a freír un huevo pero, gracias a ellas, había aprendido muchas cosas y ya no era un ignorante. Aunque nunca se libró de la maledicencia ajena:
- Ése no sabe ni freír un huevo.


lunes, 4 de mayo de 2015

El león fiero

Otro cuento de transmisión oral, 
de los que he ido recordando 
y reconstruyendo 

EL LEÓN FIERO


Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final



Había una vez un león que estaba muy orgulloso de su fiereza e iba siempre presumiendo y retando a quien quisiera enfrentarse a él.
Llegó a la selva un viejo chimpancé. Había trabajado en un circo pero, como al hacerse ya muy mayor no servía para la pista, nadie se preocupaba de él y andaba suelto por entre los carros y las jaulas, hasta que se decidió a abandonarlo y regresar a su lugar de origen.
Cierto día el león, que andaba pavoneándose de su fiereza como de costumbre, se encontró con el chimpancé y le dijo.
- Tú eres nuevo por aquí y posiblemente no estás enterado, por eso te he de advertir que ¡Cuidadito conmigo!, porque soy el ser más fiero que existe.
A lo que le respondió el chimpancé
 - Permíteme que te diga que eso no es cierto
 - ¿Cómo que no? – repuso el león ahuecando la melena, encorvando el lomo y mirando con fiereza al chimpancé mientras lanzaba un fuerte rugido – Retira lo que acabas de decir o te devoro.
El chimpancé repuso
- Lo más fiero que existe es el hombre, te lo digo yo porque he trabajado muchos años en un circo y los leones, los tigres y los elefantes temían al hombre y le obedecían.
- ¿Ah siiii? – dijo el león – Pues ahora mismo me voy a buscar al hombre y a enfrentarme con él. Ya verás como estás equivocado.
El león se encaminó al borde de la selva para llegar a donde el hombre habitaba y darle una buena lección.
Caminó varios días hasta que, por fin, jugando a la orilla de un río se encontró a un niño.
Como el león no sabía qué aspecto tenía el hombre, le preguntó
- ¿Eres tú el hombre?
El niño le respondió
- No lo soy, pero lo seré
Así que el león siguió su camino sin encontrar al hombre, tan solo se encontraba con otros animales conocidos de la selva que, al verle tan resuelto y fiero, ponían tierra por medio para evitar que les atacara.
Pasados unos días más se encontró, tumbado a la sombra de un manzano, a un anciano, y pensó
- Éste si que debe ser el hombre
Así que le preguntó
- ¿Eres tú el hombre?
A lo que el anciano le respondió
- Lo fui pero ya no lo soy 
El león siguió su camino en su búsqueda, y ya estaba a punto de abandonar y regresar a la selva, cuando llegó a un poblado y se encontró con un herrero en su fragua forjando la reja de un arado, martilleando una barra de hierro al rojo.
El león le preguntó
- ¿Eres tú el hombre?
El herrero le respondió
- Si, yo soy el hombre, ¿Qué quieres?
- Que reconozcas que yo soy el más fiero de los dos o te devoraré
El herrero le pilló los morros con las pinzas de sujetar los hierros candentes y le atizó tal martillazo en la cabeza que el león no tuvo más remedio que reconocer, desde entonces, que el hombre era mucho más fiero que él.


A este cuento le sigue un trascuento titulado:

miércoles, 22 de abril de 2015

El hombre que se tragó la Luna


  

 
Y éste es el segundo cuento cortito por hoy. Mucho cuidado con lo que se pide, porque se puede cumplir


Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie



EL HOMBRE QUE SE TRAGÓ LA LUNA

Érase una vez un hombre muy pobre que malvivía solo en una casita en el monte. Cada día tenía que salir a buscar leña y ramas para calentarse y vender en el pueblo para poder comprar comida.
Un anochecer en que, como de costumbre, regresaba a su casa acarreando trabajosamente un pesado haz de leña y maldiciendo su mala fortuna, alzó la vista y vio la Luna brillando en el cielo; se encaró hacia ella y alzando el puño dijo:
Luna, baja y trágame.
Pero la Luna no bajó.
Al día siguiente, de nuevo volvió a pronunciar las mismas palabras
Luna, baja y trágame
mientras volvía cargado con un enorme saco de piñas para la lumbre.
Así pasaron varios días, siempre cargado, siempre maldiciendo su mala estrella y diciéndole a la Luna
Luna, baja y trágame
 Llegó la noche en que la Luna brillaba más que nunca, era Luna Llena y  su claridad iluminaba el sendero por el que renqueando bajo el peso de un gran haz de troncos y maldiciendo, como cada día, nuevamente se encaró con la luna y alzando el puño le dijo
Luna, baja y trágame
Y así lo hizo; bajó la luna y se lo tragó y desde entonces, cada vez que hay luna llena, si os fijáis bien, podréis ver su silueta acarreando eternamente su haz de leña. 



domingo, 5 de abril de 2015

La camisa del hombre feliz

 



Este cuento, fábula o como queráis etiquetarlo,  se lo oía contar a mi padre hace ya más de setenta años. Yo he intentar darle forma a partir de los pocos detalles que recordaba, (como he hecho con todos los cuentos de tradición oral que me contaban de pequeño) por eso mi versión puede diferir mucho de la conocida por otros. Posteriormente supe que era original de León Tolstoi. 

LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ

Puede escucharse mientras se sigue el 
texto en el vídeo que aparece al pie


Había una vez, en un reino muy lejano, un rey que enfermó de una rara enfermedad. Tan rara era que los médicos más eminentes del reino no eran capaces de diagnosticarla y, además, lo sometían a toda clase de molestos tratamientos: emplastos, cataplasmas, sahumerios, sangrías, infusiones...., sin ningún efecto.
El rey mandó llamar a todos los médicos de los reinos vecinos, con idénticos resultados y el enfermo seguía agravándose.
Cierto día llegó a palacio un anciano que decía conocer la enfermedad y el tratamiento y le hicieron llegar a la cámara real.  Tras someterlo a un breve interrogatorio y examen físico el anciano dijo:
- Su Majestad padece de infelicidad crónica(1) y sólo podrá curarse poniéndose la camisa del hombre feliz.
Reunidos los sabios de la corte, llegaron a la conclusión de que el hombre más feliz del reino debía ser el más rico y mandaron llamar al hombre económicamente más poderoso, pero éste respondió:
- ¡Qué más quisiera yo que ser feliz! pero no descanso, no duermo, siempre estoy preocupado pensando en los ladrones y en lo que me cuestan los guardas que vigilan mis propiedades.
Los sabios propusieron al hombre más sabio de entre ellos que diera su camisa, por cuanto al ser tan sabio debería ser feliz, a lo que este contestó:
- Precisamente, por ser el más sabio, no puedo ser feliz. Cuanto más amplios son mis conocimientos soy más consciente de lo mucho que desconozco y eso me llena de insatisfacción.
Mandaron llamar al hombre más fuerte y saludable del reino creyendo que la salud y vigor físico implicaban la felicidad del poseedor de estos dones, pero les respondió:
-¿Cómo piensan que puedo ser feliz? Para mantenerme sano y fuerte me he de privar de los manjares que más me apetecen, hacer ejercicios extenuantes no pudiendo disfrutar del reposo. Además, sé que esta situación es pasajera, que ya hay jóvenes que pronto serán más fuertes que yo, mientras los años van debilitando el vigor de mi juventud.
Decidieron, entonces, enviar mensajeros a todos los rincones del reino en busca del hombre feliz.
La búsqueda fue infructuosa y, cuando ya estaban de regreso, al pasar cerca de la montaña más solitaria del reino, pararon a descansar descubriendo a un ermitaño que vivía en una cueva en la ladera. Le pidieron agua y el hombre les ofreció compartir los escasos comestibles que tenía. 
Le preguntaron:
-¿Cómo es posible que viva usted en estas condiciones tan miserables y tan solitario?
A lo que el hombre contestó:
- Yo aquí vivo feliz, me conformo con lo que tengo y no necesito nada más.
Los emisarios vieron los cielos abiertos y le dijeron:
- Por favor, nuestro rey está muy enfermo y sólo usted lo puede curar. ¡déjenos su camisa!
Pero ¡Oh sorpresa!  ¡EL HOMBRE FELIZ NO TENÍA CAMISA!.

 (1) lo que hoy día los psicólogos llaman depresión.

Pero no hay que preocuparse por el pobre rey. Como hemos podido leer en el "trascuento" "El pastor y su flauta", al final quedó curado.



jueves, 26 de febrero de 2015

El Hombre y la Piedra

Y acabamos, por hoy, con un cuento de talla XL de "Dos docenas de cuentos frescos"

 El Hombre y la Piedra



Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie


Cierto día en que no teníamos otra cosa que hacer que ver cómo cambiaban de nariz las nubes, Pétrix Lapiaces de la Cantera me contaba esta historia:


 “En una ocasión se convocó en Petra, capital de Mineralia situada en la actual Jordania, el Primer Cónclave Litológico para dilucidar la importancia de la piedra en la historia y la vida del ser humano. Allí se reunió una enorme variedad de piedras, desde las magmáticas a las metamórficas pasando por las sedimentarias .
No bien hubo dado comienzo el debate y sin dar tiempo a nadie para intervenir, tomó la palabra Diamante como portavoz de las gemas.
-   Permitidme que hable yo primero y en representación de todas las piedras preciosas, creo que es de justicia por cuanto somos las piedras más valiosas y, para el hombre, más apreciadas.
-   ¡Alto ahí! –saltó el sílex – podréis presumir de precio, pero no de valor. No hay que olvidar que yo fui la que inició al hombre en la construcción de herramientas y, de no ser por mí, hoy no estarías aquí hablando tan bien tallado como lo estás. Por otra parte vosotras habéis sido algo negativo para el hombre, porque despertáis sus más bajas pasiones, especialmente la ambición, y conseguís que hasta roben o maten por vosotras.
-   ¡Claro! – respondió Diamante - y desde los albores de la humanidad se vienen matando los unos a los otros gracias a vosotros y al subsiguiente progreso armamentístico.
-   ¡Dejad la discusión – terció Mármol – porque, gracias a vosotros dos, tengo que acompañarlos prematuramente, en forma de lápida, en su última morada. Yo sólo he servido al hombre para transmitirles la belleza y el arte gracias a los escultores.
-   Sí, claro, y también tendrán que darte las gracias todos los esclavos y oprimidos que perecieron embelleciendo con vosotras sus palacios y templos – dijeron al unísono las piedras de Sillares y Mampostería – ocultando con pomposos decorados lo básico que nosotros representamos y que es: la vivienda que les ha dado cobijo, los puentes, los acueductos, las fortalezas, los palacios, las catedrales,... que les han dado servicios, hasta la llegada de esos advenedizos que son los ladrillos y el hormigón. Vosotros sois sólo la apariencia, lo suntuario y nosotros lo útil.
-   Pero todo se inició gracias a nosotros – intervino un Mehir – de no ser por las Piedras Megalíticas que le procuraron al hombre la vivienda, el culto a sus deidades y la tumba, a buen seguro que hoy seguirían en sus viviendas troglodíticas.
-   Y sin mí, ninguna de vuestras construcciones de mampostería se sostendrían – dijo la Piedra Angular
-   Todo eso son historias muy lejanas que creo no vienen al caso – dijo el Guijarro – de lo que se trata es de dilucidar quién le ha aportado al hombre más felicidad y placer; y yo, la más humilde de las piedras, he hecho más por el hombre y su felicidad que todos vosotros. Inspirado en mi nació un nuevo estilo de música y baile que, por algo, llamaron “Rock and Roll” así como el nombre del más importante de los grupos musicales del Siglo XX.
Un escarabajo que pasaba por allí sentenció
-    Ya será menos, el mejor Grupo fue inspiración mía
Y se marchó pasito a pasito dejando atrás al Concilio que, como es natural, permaneció allí inmóvil. El guijarro no tuvo más remedio que callarse
-   Pues fijaos si seré importante yo para el hombre que soy la única en la que puede llegar a tropezar hasta tres veces – argumentó una vulgar piedra sin pedigrí.
-   Lo que han dicho Sílex y Mármol sobre la transmisión de cultura, arte  y conocimientos, se debe mucho a mi existencia y, sin mí, se habrían perdido grandes saberes – intervino la Piedra de Rosetta.
-   Pues de todas yo soy la que más íntimamente está en contacto con el hombre, yo soy la Piedra Renal y, aunque le hago sufrir porque no vengo como pedrada en ojo de boticario, también le reporto cariño, cuidados y atención médica además de un gran alivio cuando logra librarse de mí.
Esas palabras dieron lugar a un gran barullo. A las voces indignadas de todas las piedras que antes habían hablado, se sumaron las voces de: las Piedras de Molino, de Afilar, Filosofal, de Toque, Pómez, Imán y otras muchas más, incluso las de Mechero, recriminando a la Piedra Renal su falta de seriedad en algo tan importante. Fue tal el alboroto que se organizó y tal la mala experiencia que había resultado aquel encuentro que, desde entonces, las piedras no han vuelto a decir esta boca es mía y dudo que vuelvan a convocar otro Cónclave”

Esta es la historia que Pétrix Lapiaces de la Cantera me contó, y yo os la transcribo tal cual.
Si esta historia os ha parecido un peñazo y os han entrado ganas de lapidarme, os ruego me perdonéis, os lo suplico por la Piedra del Santo Sepulcro.