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miércoles, 16 de octubre de 2019

La caja de las respuestas (1)


Comienza hoy un cuento algo largo y lo he fraccionado en cuatro partes que se irán 
publicando en cuatro jueves consecutivos.





LA CAJA DE LAS RESPUESTAS
(parte 1)
Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final



No tenía más posesión que una caja, un pequeño estuche de madera roja tallado con figuras indescifrables y algunos agujeros de carcoma. Era su menguada herencia. ¡Si al menos le hubiera quedado un gato y unas botas viejas...! pero sólo le había quedado aquella misteriosa caja y, además, vacía. Estuvo a punto de aventarla lejos, tal era su enfado y su frustración.
A sus hermanos mayores les había correspondido de herencia: La granja, el olivar con su almazara, los hortales de regadío que tan buenas cosechas habían dado siempre; pero a él, que además era tenido por el favorito de su padre, sólo le había dejado aquella vieja y extraña cajita. Se lo pensó mejor y, considerando que era lo único que le quedaba de su padre, en lugar de deshacerse de ella, la depositó al fondo de su petate con sus menguadas pertenencias: Algo de ropa, una alpargatas viejas, una bota se vino, una fiambrera con algo de pan, una cantimplora de agua y un trozo de queso.
Emprendió el camino sin rumbo fijo. La cuestión era alejarse de aquellas tierras que habían sido su hogar y en las que ya no le quedaba nada que pudiera llamar suyo, ni tan siquiera los buenos recuerdos ni el cariño de sus hermanos, pensaba.
Siempre se había llevado bien con ellos; pero, tras la muerte de su padre y el reparto de la herencia, sus relaciones se habían enfriado totalmente. Ellos pensaban que, siendo el más pequeño de todos, siendo el ojito derecho de su padre y su hijo predilecto, haberle dejado sin nada, salvo aquella caja sin valor, debía obedecer a alguna razón, que su hermano debía haberle contrariado mucho o haber hecho algo tan reprobable como para que su padre, siempre generoso, le hubiera tratado de aquella manera, de modo que se distanciaron de él y procuraron evitarlo.
Es por eso que emprendió el camino, un camino a Nosesabedonde, que es ese lugar tan frecuentado por los sin rumbo y sin expectativas concretas.
En su mente se agolpaban los recuerdos, pero acabó silenciándolos porque, a fuer de buenos, alegres y gratos, resultaban dolorosos en su situación actual.
Y caminó. Caminó sin norte ni rumbo, sin un horizonte al que perseguir inútilmente, como sucede con todos los horizontes pues es inútil perseguirlos ya que son inalcanzables. Tampoco sus cortas metas calmaban su dolor y, aún menos, su sed y su hambre. Había agotado sus escasas provisiones y no hallaba nada que llevarse a la boca. Ni un huerto, ni un frutal, ni tan siquiera unas bayas silvestres había en aquella estepa estéril, ondulada por secas colinas salpicadas por secos matojos.
Ya desfallecía cuando, a lo lejos, empingorotado sobre un cerro de abruptas laderas rocosas, descubrió una edificación. Parecía un castillo ruinoso y, cuanto más se acercaba, más ruinoso se veía. Sus almenas desmochadas, la barbacana derruida, por las troneras asomaban reptantes y gruesas ramas de zarzas, aunque desprovistas de fruto.
Aquella ruina silente y solitaria no le iba a proporcionar refugio ni alimento. Un dolor intenso le retorcía las tripas, el hambre.
Rebuscó por el petate intentando encontrar alguna migaja de pan con que engañar a su alborotado estómago, pero no encontró nada salvo aquella extraña caja en lo más profundo. Se la quedó mirando, como intentando desentrañar aquellos misteriosos e inextricables grabados, pero sin ningún resultado, salvo hacerle olvidar por un momento la revolución que le removía el vientre.
Jugueteando con la caja entre las manos, se dijo:
- ¿Cómo podría entrar?
Inconscientemente, casi mecánicamente, abrió la caja, aquella que tantas veces había estudiado e inspeccionado sin resultado alguno pero, esta vez, su sorpresa resultó mayúscula y se olvidó del todo del hambre y la sed. En el fondo de la caja reposaba un papelito arrollado.
Aquella caja siempre había estado vacía, las veces que la había abierto no había hallado en su interior más que unas pelusas, y ahora había algo allí que antes no estaba.
Con más miedo que vergüenza, tomó con el índice y el pulgar, como si quemara, el papel aquél y, viendo que nada pasaba, lo desenrolló.
LLAMA A LA PUERTA
Fue lo único que aparecía escrito en él.
¿Qué querría decir? ¿Cómo había aparecido allí? ¿Quién lo había escrito?
Volvió a arrollarlo y lo depositó en la caja, cerrando la tapa.
El hambre volvió a despertar con mayor virulencia que nunca y pensó, aunque no muy convencido:
- Si este castillo estuvo habitado tiempo atrás, puede que quede algo en las bodegas o las despensas.
Rodeó el muro, buscando algún portillo o lugar practicable que le permitiera acceder al interior, y acabó descubriendo una vieja puerta de madera carcomida, cubierta de polvo y telarañas, pero aún fuerte como pudo comprobar al intentar, en vano, abrirla.
Entonces recordó aquello de:
LLAMA A LA PUERTA
Y así lo hizo.
Tras un tiempo, que le pareció una eternidad, el silencio se vio roto por un leve, lento y rítmico deslizar de algo por el suelo, un sonido de pasos pausados. Un chirrido agudo de hierro contra hierro sonó entonces, y Aziel no las tenía todas consigo. No sabía si quedarse a esperar qué pasaba o salir corriendo despavorido. Pero decidió quedarse.
Una estrecha rendija se abría entre la puerta y el marco, mientras los viejos goznes protestaban estentóreamente. Una cara plagada de arrugas y una luenga y amarillenta barba asomaron por aquella rendija.
- ¿Qué buscas? - preguntó una voz cascada y chillona.
- Ayuda - respondió – comida y agua.
-¿Y quién te ha dicho que llames?
- Esta caja – dijo Aziel, enseñándola a aquel extraño.
La puerta se abrió de par en par y pudo ver a un anciano encorvado que le apremiaba a entrar.
- ¡Pasad! ¡Pasad! Señor, estáis en vuestra casa.
El interior no parecía tan ruinoso como el exterior, pero estaba todo cubierto de polvo y telarañas. Allí no se había limpiado en años. Eso visto a la escasa luz que se filtraba por las sucias vidrieras y unos estrechos tragaluces, más mugrientos aún.
El anciano cerró la puerta tras ellos y la oscuridad se hizo casi absoluta al dejar de entrar el sol que se había colado por ella. Le costó tiempo acomodar la vista y darse cuenta de que se encontraba en un suntuoso salón con tapices, alfombras y regiamente amueblado. Al fondo se distinguía, entre cortinas de telas de araña, un alto estrado en el que se alzaba un trono ricamente tallado y policromado, flanqueado por dos sitiales más bajos.
- Señor, venid y podréis saciar vuestra hambre y vuestra sed. Seguidme – le urgió el anciano emprendiendo el camino de un largo y oscuro pasillo.
Aziel le siguió a tientas, apartando las telarañas que colgaban desde el techo, las paredes y los soportes de las antorchas que, en tiempos, debieron resplandecer y disipar aquella negrura.
Una pequeña puerta ovalada cerraba el paso al final de aquel pasillo, y el anciano la abrió con una gran llave de hierro que debía pesar al menos un quilo. Un haz de luz brotó de aquella abertura y penetraron en una amplia y limpia estancia, profusamente iluminada y totalmente diferente a lo que, hasta entonces, había visto allí. Los mueble eran sencillos, pero se les adivinaba cómodos, la limpieza era exquisita, el olor a húmedo y mazmorra del gran salón y el pasadizo, dio paso a un perfume de incienso y flores... pero el hambre apretaba.
El anciano le hizo sentar a una mesa bien provista de vajilla y manjares humeantes que estaban diciendo ¡Cómeme! y también una jarra de vino que no tardó mucho en tener que reponer. Entonces Aziel perdió todos los buenos modales y la compostura que le habían inculcado desde pequeño y se puso a comer, aunque más bien a devorar, aquella caldereta de cordero, aquel queso curado, el jamón, la ensalada,... así como los postres más deliciosos.
Entre la comida, el vino y el cansancio, se quedó profundamente dormido.
Transcurrido un tiempo que no se puede precisar, despertó sobre un mullido colchón, en una pequeña alcoba pero dotada de todo lo necesario. No sabía, en un principio, qué hacía allí ni cómo había llegado, pero pronto recordó. Era imposible que el anciano le hubiera llevado allí, tenía que haber más gente o alguien más fuerte capaz de cargar con él. Tampoco le creía capaz de mantener todo tan limpio ni de cocinar todo aquello que había comido. Y tampoco podía comprender cómo es que la comida ya estuviera dispuesta, como si supieran que iba a llegar.
Las preguntas se agolpaban atropelladamente en su cerebro y, hasta acabó pellizcándose por si aquello era un sueño o las alucinaciones propias de la desnutrición y la fatiga de aquel penoso viaje. Pero no. Estaba bien despierto y notaba su estómago saciado, casi a reventar, y ni la menor sensación de hambre o de sed, a lo sumo un ligero dolor de cabeza y una molesta reacción en los ojos ante la luz del día que penetraba por un amplio ventanal. La verdad es que no recordaba cuantas copas había bebido de aquel vino, pero seguro que fueron demasiadas.
Su vista recorrió aquel lugar. Sobre una pequeña mesita lacada, situada junto a la ventana, reposaba aquella misteriosa caja, su única herencia y posesión. A su lado unas cuartillas de papel, tintero y pluma. Junto a ella una cómoda butaca que invitaba a sentarse y abandonarse en un "dolce far niente". Vestía un camisón de seda azul claro y en parte alguna pudo ver rastro de aquellas ajadas y polvorientas ropas con las que había llegado allí.
Miró por el ventanal y pudo contemplar aquel enorme páramo que había atravesado y algún lienzo de las murallas del castillo. Dedujo, por la altura, que debía encontrarse en una torre, pero no vio movimiento alguno, parecía que allí no estaban más que él y aquel misterioso anciano.
Una puerta daba a un cuarto con una enorme bañera de mármol completamente llena de un agua tibia y perfumada, que estaba invitando a zambullirse en ella y chapotear como un pato. El suelo también era de mármol, con una ligera inclinación hacia un rincón y, en él, un sumidero con una rejilla. Colgando de una de las varias perchas que había en una pared, se veía una enorme y suave toalla de algodón.
No se lo pensó mucho, colgó el camisón en una de las perchas libres y se sumergió en la bañera suspirando de alivio al notar la ingravidez. El agua rebosaba y corría en juguetones riachuelos en dirección a aquella rejilla, y él se dejó flotar, sintiendo que el dolor de cabeza remitía poco a poco. Se abandonó totalmente a aquella lasitud y perdió la noción del tiempo; pero, finalmente, salió del agua, se secó a conciencia y, descalzo como iba, regresó al dormitorio. Sobre la cama, que estaba perfectamente arreglada como si no hubiera dormido allí, reposaban varias prendas de ropa: unas calzas, un jubón, unas botas, unas zapatillas,....
Se preguntaba quién y cómo había hecho la cama y dejado la ropa sin que él lo advirtiera; pero, sin pensarlo más, se vistió y se asomó a otra puerta. Daba a un pasillo y, al fondo, a una escalera que descendía hacia un lugar profundo y oscuro que no podía percibir.
Antes de decidirse a salir de allí y seguir explorando para saber en dónde estaba y qué significaba todo aquello, regresó al dormitorio y se guardó la cajita en un bolsillo, no sin antes mirar lo que había dentro. Estaba vacía, ni tan siquiera estaba aquel papelito que había aparecido misteriosamente y que había vuelto a guardar dentro.


El próximo jueves LA CAJA DE LAS RESPUESTAS (2)


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