PÁGINAS RECOMENDADAS

Mostrando entradas con la etiqueta clásico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta clásico. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de mayo de 2015

Caperucita roja

Y para acabar esta serie sobre lobos no pensaba poner este cuento, porque es más que conocido en múltiples versiones, y porque el lobo aparece como el malo de la película. Pretendía poner sólo un soneto sobre este cuento, pero al final me he decidido y aquí lo tenéis. El soneto va al final del cuento.




CAPERUCITA ROJA

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final



Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperucita o gorrito de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja. Un día su madre le dijo:
- "Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente el día, y en el camino, camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte y se quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle, "Buenos días," ah, y no andes curioseando por todo el aposento."
- "No te preocupes, haré bien todo," - dijo Caperucita Roja
Y tomó las cosas y se despidió cariñosamente. La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita 3
en el bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él. 
- "Buenos días, Caperucita Roja,"- dijo el lobo. 
- "Buenos días, amable lobo." 
- "¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja?" 
- "A casa de mi abuelita." 
- "¿Y qué llevas en esa canasta?" 
- "Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse." 
- "¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?" 
- "Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos. Seguramente ya los habrás visto," - contestó inocentemente Caperucita Roja. 
El lobo se dijo en silencio a sí mismo: 
- "¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito - y será más sabroso que esa viejita. Así que debo actuar con delicadeza para obtener a ambas fácilmente." 
Entonces acompañó a Caperucita Roja un pequeño tramo del camino y luego le dijo: 
- "Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿Por qué no vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que vas tan apurada en el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de maravillas."
Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas flores y el canto de los pájaros, pensó:
 - "Supongo que podría llevarle unas de estas flores frescas a mi abuelita y que le encantarán. Además, aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena hora." 
Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin darse cuenta se fue adentrando en el bosque. 
Mientras tanto el lobo aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta. 
- "¿Quién es?"- preguntó la abuelita. 
- "Caperucita Roja,"- contestó el lobo - "Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor."
- "Mueve la cerradura y abre tú,"- gritó la abuelita - "estoy muy débil y no me puedo levantar." 
El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y de un bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas.
Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no podía llevar más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Cuando llegó, se sorprendió al encontrar la puerta abierta, y al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento que se dijo para sí misma: 
- "¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, y otras veces que me ha gustado tanto estar con abuelita." 
Entonces gritó: 
- "¡Buenos días!," pero no hubo respuesta.
Así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí parecía estar la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña. 
- "¡!Oh, abuelita!" - dijo -  "qué orejas tan grandes que tienes." 
- "Es para oírte mejor, mi niña,"- fue la respuesta. 
- "Pero abuelita, qué ojos tan grandes que tienes." 
- "Son para verte mejor, querida." 
- "Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes." 
- "Para abrazarte mejor." 
- "Y qué boca tan grande que tienes." 
- "Para comerte mejor." 
Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y se tragó también a Caperucita Roja.
Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y una vez dormido empezó a roncar fuertemente. Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó, ¡Cómo ronca esa viejita! Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y cuando se acercó a la cama vio al lobo tirado allí. 
- "¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador!" - dijo él - "¡Hacía tiempo que te buscaba!" 
Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó que el lobo podría haber devorado a la viejita y que aún podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar tomó unas tijeras y empezó a cortar el vientre del lobo durmiente. En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces hizo dos cortes más y la pequeña Caperucita Roja salió rapidísimo, gritando: 
- "¡Qué asustada que estuve, qué oscuro que está ahí dentro del lobo!," 
Y enseguida salió también la abuelita, vivita, pero que casi no podía respirar. Rápidamente, Caperucita Roja trajo muchas piedras con las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó, quiso correr e irse lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que no soportó el esfuerzo y cayó muerto.
Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió el pastel y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó: 
- "Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre me había ya prohibido hacer."


CAPERUCITA


El bosque oscuro confiada cruza
olvidando advertencias de su madre,
no teme al lobo ni a que un perro ladre,
ni a la espesura que el temor azuza.

Caperucita, por su caperuza,
no hay otro nombre que mejor le cuadre,
y le gusta la juerga y el desmadre
y en líos incontables se capuza.

Tras departir, incauta, con el lobo;
llegó, por fin, a casa de Abuelita
con miel, pastel, costillas en adobo...

Y acabó devorada, pobrecita,
por hacerle preguntas, en plan bobo,
sobre dientes a un lobo que dormita.

miércoles, 15 de abril de 2015

El Enano Saltarín

Un cuento clásico de los Hermanos Grimm que me ha inspirado para un nuevo y fresco "trascuento" inédito, que no está entre los publicados en mi libro "En el Mundo de los Cuentos", y que pondré AQUÍ mañana.



El Enano Saltarín 


Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie


Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una pequeña aldea en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse importancia: 
- Además de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hilándola con una rueca.
El rey, francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dudó un instante y la llevó con él a palacio.
Una vez en el castillo, el rey ordenó que condujesen a la hija del molinero a una habitación repleta de paja, donde había también una rueca: 
- Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre decía la verdad y convertir esta paja en oro. De lo contrario, serás desterrada.
La pobre niña lloró desconsolada, pero he aquí que apareció un estrafalario enano que le ofreció hilar la paja en oro a cambio de su collar. La hija del molinero le entregó la joya y... zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en oro en las canillas, hasta que no quedó ni una brizna de paja y la habitación refulgía por el oro.
Cuando el rey vio la proeza, guiado por la avaricia, espetó: 
- Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitación.
Y le señaló una estancia más grande y más repleta de paja que la del día anterior.
La muchacha estaba desesperada, pues creía imposible cumplir la tarea pero, como el día anterior, apareció el enano saltarín: 
- ¿Qué me das si hilo la paja para convertirla en oro? - preguntó al hacerse visible. 
- Sólo tengo esta sortija. - dijo la doncella tendiéndole el anillo. 
- Empecemos pues, - respondió el enano.
Y zis-zas, zis-zas, toda la paja se convirtió en oro hilado. Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando comprobó que se habían cumplido sus órdenes, anunció: 
- Repetirás la hazaña una vez más, si lo consigues, te haré mi esposa.
Pues pensaba que, a pesar de ser hija de un molinero, nunca encontraría mujer con dote mejor. Una noche más lloró la muchacha, y de nuevo apareció el grotesco enano: 
- ¿Qué me darás a cambio de solucionar tu problema? - preguntó, saltando, a la chica. 
- No tengo más joyas que ofrecerte, - y pensando que esta vez estaba perdida, gimió desconsolada. 
- Bien, en ese caso, me darás tu primer hijo, - demandó el enanillo. Aceptó la muchacha:
- Quién sabe cómo irán las cosas en el futuro. - dijo para sus adentros.
 Y como ya había ocurrido antes, la paja se iba convirtiendo en oro a medida que el extraño ser la hilaba. Cuando el rey entró en la habitación, sus ojos brillaron más aún que el oro que estaba contemplando, y convocó a sus súbditos para la celebración de los esponsales.
Vivieron ambos felices y al cabo de una año, tuvieron un precioso retoño. La ahora reina había olvidado el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se asustó enormemente cuando una noche apareció el duende saltarín reclamando su recompensa.
- Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te daré todo lo que quieras.
- ¿Cómo puedes comparar el valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo, - exigió el desaliñado enano. Pero tanto rogó y suplicó la mujer, que conmovió al enano:
- Tienes tres días para averiguar cuál es mi nombre, si lo aciertas, dejaré que te quedes con el niño.
Por más que pensó y se devanó los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la respuesta correcta. Al tercer día, envió a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo. De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un duende al que había visto saltar a la puerta de una pequeña cabaña cantando:
Hoy tomo vino,
y mañana cerveza,
después al niño sin falta traerán.
Nunca, se rompan o no la cabeza,
el nombre Rumpelstiltskin adivinarán!
Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, ésta le contestó:
- ¡Te llamas Rumpelstiltskin!
- ¡No puede ser! - gritó él, -
Y tanto y tan grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada hasta la mitad, y cuando intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.






domingo, 29 de marzo de 2015

El flautista de Hamelín

Un cuento clásico que da origen a tres "trascuentos"
 (de momento, porque yo no he tirado la toalla): Uno 
como precuela o previo a lo que todos sabemos, 
otro simultáneo al cuento conocido y otro como 
secuelas o hechos posteriores al mismo. Y ya 
veréis que no hay que tener pena por 
los niños que se llevó el flautista.




EL FLAUTISTA DE HAMELÍN

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus gordos y satisfechos habitantes salieron de sus casas, encontraron las calles invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas partes, devorando, insaciables, el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas. Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar con tan inquietante plaga.
Por más que pretendían exterminarlos o, al menos, ahuyentarlos, tal parecía que cada vez acudían más y más ratones a la ciudad. Tal era la cantidad de ratones que, día tras día, se enseñoreaban de las calles y de las casas, que hasta los mismos gatos huían asustados.
Ante la gravedad de la situación, los prohombres de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la voracidad de los ratones, convocaron al Consejo y dijeron:
- "Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los ratones".
Al poco se presentó ante ellos un flautista taciturno, alto y desgarbado, a quien nadie había visto antes, y les dijo: 
- "La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en Hamelín".
Dicho esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su flauta una maravillosa melodía que encantaba a los ratones, quienes saliendo de sus escondrijos seguían embelesados los pasos del flautista que tocaba incansable su flauta.
Y así, caminando y tocando, los llevó a un lugar muy lejano, tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas de la ciudad. Por aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar cruzarlo para seguir al flautista, todos los ratones perecieron ahogados.
Los hamelineses, al verse al fin libres de las voraces tropas de ratones, respiraron aliviados. Ya tranquilos y satisfechos, volvieron a sus prósperos negocios, y tan contentos estaban que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy entrada la noche. A la mañana siguiente, el flautista se presentó ante el Consejo y reclamó a los prohombres de la ciudad las cien monedas de oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron: 
- "¡Vete de nuestra ciudad!, ¿O acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca cosa como tocar la flauta?".
Y dicho esto, los orondos prohombres del Consejo de Hamelín le volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.
Furioso por la avaricia y la ingratitud de los hamelineses, el flautista, al igual que hiciera el día anterior, tocó una dulcísima melodía una y otra vez, insistentemente.
Pero esta vez no eran los ratones quienes le seguían, sino los niños de la ciudad quienes, arrebatados por aquel sonido maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico.
Cogidos de la mano y sonrientes, formaban una gran hilera, sorda a los ruegos y gritos de sus padres que en vano, entre sollozos de desesperación, intentaban impedir que siguieran al flautista.
Nada lograron y el flautista se los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adónde, y los niños, al igual que los ratones, nunca jamás volvieron. En la ciudad sólo quedaron sus opulentos habitantes y sus bien repletos graneros y bien provistas despensas, protegidas por sus sólidas murallas y un inmenso manto de silencio y tristeza.
Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía ciudad de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un ratón ni un niño. 


Sobre este cuento tenemos aquí otros trascuentos 
que explican cosas no conocidas.


viernes, 20 de marzo de 2015

La Cenicienta



Este cuento es muy conocido pero esta 
versión de Perrault tiene muchas diferencias 
respecto a la que hizo Walt Disney. Da lugar a dos 
"trascuentos" que pondré aquí en días sucesivos



 
LA CENICIENTA
(versión de Perrault)

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final


Hace muchos años, hubo un caballero que después de enviudar, tuvo como segunda esposa a una mujer también viuda que era de lo más orgullosa y altanera que podría imaginarse. Ella tenía dos hijas propias, que eran, sin ninguna duda, exactamente igual a su madre en todos sus defectos. El caballero también tenía una joven hija, con un temperamento tan bondadoso y tan dulce, que ella heredó de su madre, que hacía que no hubiera otra creatura mejor en el mundo.
No habían pasado muchos días desde la boda, cuando el mal temperamento de la madrastra la empezó a delatar tal como era. Ella no soportaba la bondad de la joven hijastra, porque eso hacía aparecer a sus hijas como odiosas. La madrastra le daba a ella los trabajos más duros de realizar en la casa, lavar los platos, preparar las mesas, pulir los pisos y limpiar las habitaciones completamente. La pobre muchacha tenía que dormir en el desván, sobre una miserable cama de paja, mientras que las hermanastras ocupaban finas habitaciones con pisos adoquinados, sus camas eran de la última moda, y tenían amplios espejos para mirarse de cuerpo entero. La pobre muchacha lo soportaba todo pacientemente, y no se atrevía a contárselo a su padre, quien la habría regañado por ello, ya que la nueva esposa lo dominaba completamente.
Cuando ella terminaba su labor, acostumbraba ir a la esquina de la chimenea, y sentarse entre las cenizas, de ahí que la llamaran "Escarba cenizas". La más joven de las hermanastras, que no era tan ruda y grosera como la mayor, la llamó "Cenicienta". Sin embargo, Cenicienta, a pesar de sus vestidos humildes, estaba siempre mucho más hermosa que las otras, a pesar de que ellas usaban lujosa ropa.
Sucedió que el hijo del rey preparó un festival, e invitó a todas las personas de la alta sociedad. Nuestras muchachitas fueron invitadas también, pues ellas mostraban gran prestancia entre la gente del pueblo. Ellas se emocionaron con la invitación, y estuvieron maravillosamente ocupadas escogiendo vestidos, enaguas, sombreros y todo lo que pudiera venirles mejor. Eso le aumentó la carga de trabajo a Cenicienta, pues tenía que plancharles toda aquella vestimenta y plegarle los  paletones. Durante todo el día sólo hablaron de cómo irían vestidas.
-"Por mi parte"- dijo la mayor, -"me pondré mi traje de terciopelo rojo con las guarniciones francesas"-
-"Y yo"- dijo la menor, -"usaré mi falda de costumbre, pero para que haga juego con ella, me  pondré mi capa de flores doradas, y mi prendedor de diamante, que está muy lejos de ser el más ordinario del mundo."-
Ellas enviaron por las mejores peinadoras que pudieron encontrar para que las peinaran con un estilo maravilloso, y compraron cosméticos para sus mejillas. Cenicienta era consultada en todos estos asuntos, ya que tenía buen gusto. Ella, que no era rencorosa, siempre les indicaba lo mejor, y también les ofrecía sus servicios para arreglar sus cabellos, que ellas aceptaban que lo hiciera.
Y mientras ella les ayudaba con eso, las hermanas preguntaron:
-"Cenicienta, ¿No te gustaría ir al festival?"-
-"Jóvenes damas"- dijo ella, -"Sé que solamente se están burlando de mí. Bien saben que no estoy presentable como para ir allí."-
-"Tienes razón"- respondieron, -"La gente se reiría de ver a una Escarba cenizas en el festival."-
Todas, menos Cenicienta, habían arreglado sus cabellos retorcidos, pero ella lo tenía bonito por naturaleza, y le lucía perfectamente bien. Las dos hermanastras pasaron dos días de ayuno, pero los pasaron a gusto. Rompieron como una docena de lazos tratando de ponérselos ajustados, para aparentar una fina y delgada figura, y continuamente se veían al espejo. 
Por fin, llegó el dichoso día y ellas fueron al palacio, y Cenicienta las siguió con sus ojos tan lejos como pudo, y cuando se perdieron de vista, se puso a llorar.
Su madrina, al verla en lágrimas, le preguntó qué le sucedía.
-"Yo quisiera poder, yo quisiera poder..."- pero no podía terminar la frase por el llanto.
Y la madrina, que era un hada, le dijo:
-"Tú deseas poder ir al festival, ¿No es así?"-
-"¡Sí, claro!"- dijo Cenicienta suspirando.
-"Bien "- dijo la madrina, -"Sé una buena chica y yo haré que vayas."- 
Entonces ella la llevó a su cámara, y le dijo:
-"Corre al jardín y tráeme una calabaza."-
Cenicienta salió a coger la mejor que podía, y se la trajo, y no se imaginaba como esa calabaza la ayudaría a ir al festival. Su madrina le sacó todo el interior a la calabaza, quedando sólo la cáscara intacta. Entonces la golpeó con su varita, y la calabaza se convirtió al instante en un fino y dorado carruaje. Y fueron entonces a ver la trampa de ratones, donde encontraron a seis, todos vivos. Ella le ordenó a Cenicienta levantar la tapa de la trampa, y a medida que salía cada ratón, le daba un toquecito con su varita, y se convertía en el acto en un fino caballo, y los seis hicieron un fino conjunto, con un bello color gris vareteado. 
Como faltaba un cochero, Cenicienta dijo:
-"Voy a ver si no hay una rata en la trampa para ratas, que pudiera hacer de cochero."-
-"Tienes razón"- replicó la madrina, -"Ve y mira."-
Cenicienta le trajo la trampa para ratas, en la que había tres grandes ratas. El hada escogió a la que tenía la barba más larga, y tocándola con su varita, se tornó en un gordito cochero con el más  fino bigote y patillas nunca antes vistos. Tras eso, ella le dijo a Cenicienta:
-"Ve al jardín, y encontrarás a seis lagartijas detrás de la vasija de agua, y me las traes."-
No más las llevó, y la madrina las transformó en seis pajes, que se colocaron inmediatamente junto al coche, con sus uniformes todos bordados con oro y plata, y allí se estuvieron a la orden, como si nunca en su vida hubieran hecho otra cosa.
Entonces el hada dijo a Cenicienta:
-"Bueno, ya ves aquí un carruaje apto para ir al festival. ¿No te gusta?"-
-"¡Oh, sí!"- gritó ella, -"Pero ¿Debo ir en estos harapos?"-
Su madrina simplemente la tocó con su varita, y, en ese instante, su vestidos se tornaron de oro y plata, y decorados con joyas. Hecho eso, ella le dio un par de las más preciosas zapatillas de cristal que pudiera haber en el mundo entero. Estando ya así arreglada, montó en el carruaje, y su madrina le ordenó, que sobre todas las cosas, no se quedara pasada la media noche, y le advirtió, que si se quedaba un minuto más, el coche volvería a ser calabaza, sus caballos ratones, su cochero rata, sus pajes lagartijas, y sus vestidos harapos."-
Ella le prometió a su madrina que no le fallaría en dejar el festival antes de media noche. Ella salió, apenas pudiendo contenerse de la felicidad. Cuando llegó, le notificaron al hijo del rey que una gran princesa, que nadie conocía, había llegado, y corrió a recibirla. Le dio su mano para salir ella del coche, y la llevó al salón donde estaba reunida el resto de la gente. Se hizo un profundo silencio, todos dejaron de bailar, los violines cesaron de tocar, tan atraídos estaban todos por la singular belleza de la recién llegada. No se oía nada, excepto un susurro de voces diciendo:
-"¡Oh!, ¡Qué bella que es!, ¡Qué linda!"-
El mismo rey, que ya era viejo, no podía apartar sus ojos de ella y le dijo a la reina en su oído que hacía muchísimo tiempo que no veía a una tan bella y adorable creatura.
Todas las damas tomaban nota de su vestido y su sombrero, así el próximo día podrían ellas hacer el mismo patrón, proveyendo encontrar tan finos materiales y unas manos capaces de hacerlos.
El hijo del rey la condujo a la silla de honor, y luego la sacó a bailar con él. Ella bailó tan graciosamente, que cada vez era más y más admirada. Un refrigerio fue servido, pero el joven príncipe estaba tan ocupado con ella, que no probó un bocado.
Cenicienta fue y se sentó junto a sus hermanastras, mostrándoles a ellas gran cortesía, y dándoles entre otras cosas parte de las naranjas y limones que el príncipe le había regalado. Esto las sorprendió mucho, pues no había sido presentada a ellas.
En eso escuchó que el reloj daba un cuarto para las doce. Entonces se despidió de los asistentes y salió lo más rápido que pudo.
 Tan pronto llegó a la casa, corrió donde la madrina, y dándole las gracias, le contó lo mucho que desearía poder ir al festival al día siguiente, ya que el hijo del rey se lo había pedido.  Estaba ella emocionadamente contando a su madrina lo sucedido esa noche, cuando llegaron las dos hermanas y tocaron a la puerta. Cenicienta les abrió.
-"¡Tanto que tardaron!"- dijo ella, bostezando, frotándose los ojos, y estirándose como si acabara de despertar.
Ella no tuvo, en realidad, ningún motivo para dormir desde que ellas salieron de la casa.
-"Si hubieras estado en el festival"- dijo una de las dos hermanas, -"No te hubieras aburrido ahí. Llegó allá la más fina princesa, la más bella que haya visto mortal alguno. Ella nos mostró miles de cortesías, y nos regaló naranjas y limones."- 
Cenicienta no mostró ninguna reacción con ello. Y más bien, les preguntó el nombre de la princesa; pero le dijeron que no lo sabían, y que el hijo del rey quedó muy interesado, y que daría todo el mundo por saber quien era. Y Cenicienta, sonriendo, respondió:
-"¿Entonces era ella tan bella? ¡Qué afortunadas que han sido!¿No podría verla yo? ¡Ah! querida Carlota, préstame tus trajes amarillos que usas cada día."-
-"¡Ah sí, cómo no!"- gritó Carlota, -"¡Prestar mis vestidos a una tan sucia Escarba cenizas como eres tú! ¡Ni loca que estuviera!"-
Cenicienta, por su parte, esperaba una respuesta semejante y se alegró del rechazo; pues se hubiera visto en gran aprieto si hubiera aceptado prestarle el vestido que ella burlonamente le pidió. Al día siguiente las dos hermanas fueron al festival, y también lo hizo Cenicienta, pero vestida aún más exuberante que la vez anterior. El hijo del rey siempre permaneció a su lado, y sus bellas palabras para ella nunca cesaban. Estas de ninguna manera incomodaron a la joven dama. Y de seguro, ella olvidó las órdenes de su madrina, de manera que oyó al reloj empezar a dar las doce, y que sólo le quedaban once campanadas. Ella se levantó súbito y huyó, tan rápida como un venado. El príncipe la siguió, pero no la alcanzó. A ella se le cayó una de las zapatillas de cristal, que el príncipe guardó muy cuidadosamente. Y llegó a casa, casi sin aliento, sin carruaje, y en sus viejos vestidos, sin ninguno de sus adornos, excepto una de sus pequeñas zapatillas, la compañera de la que se le había perdido. Los guardias del palacio fueron interrogados si no habían visto salir a una princesa, y ellos contestaron que no habían visto a nadie más que a una joven, muy sencillamente vestida, que tenía más el aire de una campesina pobre que el de una joven dama.
Cuando las dos hermanas volvieron del festival, Cenicienta les preguntó si lo habían pasado bien, y que si la fina dama estuvo allí también. Ellas le dijeron que sí, pero que  se retiró velozmente cuando daban las doce, y con tanto apresuramiento que perdió una de sus pequeñas zapatillas de cristal, la más bella del mundo, y que el hijo del rey la había guardado. Le dijeron, además, que no había hecho más que mirarla todo el tiempo, y que lo más seguro es que estaba perdidamente enamorado de la bella dueña de la zapatilla.
Lo que ellas decían era cierto. Algunos días después, el hijo del rey mandó proclamar, con sonido de trompetas, que él se casaría con la joven a quien la zapatilla le calzara exactamente. Entonces probaron con las princesas, luego con las duquesas, y con las cortesanas, pero todo en vano. Llegó el turno de probarlo a los dos hermanas, que hicieron lo imposible para que el pie le entrara en la zapatilla, pero no sucedió. Cenicienta, que vio eso, y conocía su zapatilla, dijo:
-"Permítanme ver si no me calza a mí."-
Sus hermanastras soltaron una breve risa y comenzaron a burlarse de ella. El caballero que fue enviado a probar la zapatilla miró atentamente a Cenicienta, y viéndola muy hermosa, dijo que era justo que ella la probara, y que tenía órdenes de dejar que toda dama la probara.
Él obligó a Cenicienta a sentarse, y, poniendo la zapatilla en su pequeño pie, encontró que entró muy fácilmente, y que le calzaba tan bien como si hubiera sido hecha de cera. El asombro de las dos hermanas fue inmenso, pero lo fue aún más cuando Cenicienta sacó de su bolso la otra zapatilla y la colocó en su otro pie. Ahí mismo, llegó su madrina, quien, tocando los vestidos de Cenicienta con su varita, los hizo más maravillosos que todos los que había usado antes.
Y ahora las dos hermanastras acataron que la bella dama que ellas vieron en el festival era Cenicienta. Ellas se tiraron a sus pies para pedirle perdón por sus maltratos a ella. Cenicienta las levantó, y abrazándolas les dijo que las perdonaba de todo corazón, y les pidió que la quisieran siempre.
Cenicienta fue llevada al joven príncipe, vestida como estaba. Él la encontró más esplendorosa que nunca, y a los pocos días, la desposó. Cenicienta, que era tan buena como bella, dio a sus dos hermanastras un hogar en el palacio, y ese mismo día ellas también se casaron con importantes señores de la corte.


Hay un trascuento que explica por qué siguieron
 siendo de cristal los zapatitos de Cenicienta.
Y otro trascuento explica qué pasó después con los ratones, 
el caballo, el perro y la calabaza, en:




martes, 10 de marzo de 2015

Blancanieves y los siete enanitos


Un cuento clásico al que le doy un toque de modernidad con la imagen que lo ilustra. Parece ser que Blancanieves mordió la manzana de la tecnología y quedó enganchada para siempre. Ahora en serio, este es el cuento conocido y mañana pondré un "trascuento" inspirado en él que viene a explicar alguna cosa que no queda clara.


Blancanieves y los siete enanitos
Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 

vídeo que figura al final



En un país muy lejano vivía una bella princesita llamada Blancanieves, que tenía una madrastra, la reina, muy vanidosa.
La madrastra preguntaba a su espejo mágico y éste respondía:
- Tú eres, oh reina, la más hermosa de todas las mujeres.
Y fueron pasando los años. Un día la reina preguntó como siempre a su espejo mágico:
- ¿Quién es la más bella?
Pero esta vez el espejo contestó:
- La más bella es Blancanieves.
Entonces la reina, llena de ira y de envidia, ordenó a un cazador:
- Llévate a Blancanieves al bosque, mátala y como prueba de haber realizado mi encargo, tráeme en este cofre su corazón.
Pero cuando llegaron al bosque el cazador sintió lástima de la inocente joven y dejó que huyera, sustituyendo su corazón por el de un jabalí.
Blancanieves, al verse sola, sintió miedo y lloró. Llorando y andando pasó la noche, hasta que, al amanecer llegó a un claro en el bosque y descubrió allí una preciosa casita. Entró sin dudarlo. Los muebles eran pequeñísimos y, sobre la mesa, había siete platitos y siete cubiertos diminutos. Subió a la alcoba, que estaba ocupada por siete camitas. La pobre Blancanieves, agotada tras caminar toda la noche por el bosque, juntó todas las camitas y al momento se quedó dormida.
Por la tarde llegaron los dueños de la casa: siete enanitos que trabajaban en unas minas y se admiraron al descubrir a Blancanieves. Entonces ella les contó su triste historia. Los enanitos suplicaron a la niña que se quedase con ellos y Blancanieves aceptó, se quedó a vivir con ellos y todos estaban felices.
Mientras tanto, en el palacio, la reina volvió a preguntar al espejo:
- ¿Quién es ahora la más bella?
- Sigue siendo Blancanieves, que ahora vive en el bosque en la casa de los enanitos...
Furiosa y vengativa como era, la cruel madrastra se disfrazó de inocente viejecita y partió hacia la casita del bosque. Blancanieves estaba sola, pues los enanitos estaban trabajando en la mina. La malvada reina ofreció a la niña una manzana envenenada y cuando Blancanieves dio el primer bocado, cayó desmayada.
Al volver, ya de noche, los enanitos a la casa, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, pálida y quieta, creyeron que había muerto y le construyeron una urna de cristal para que todos los animalitos del bosque pudieran despedirse de ella.
En ese momento apareció un príncipe a lomos de un brioso corcel y nada más contemplar a Blancanieves quedó prendado de ella. Quiso despedirse besándola y de repente, Blancanieves volvió a la vida, pues el beso de amor que le había dado el príncipe rompió el hechizo de la malvada reina.
Blancanieves se casó con el príncipe y expulsaron a la cruel reina y desde entonces todos vivieron felices.


Hay un trascuento que explica de dónde llegaron los siete enanos:

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Y para rematar un soneto sobre el cuento que tengo recopilado en
"Cantos y cuentos para un infante culto"

BLANCANIEVES
  
La madrastra envidiaba a la princesa,
envidiaba su gracia y su hermosura;
la envidia es mal que vuelve el alma dura,
rechaza el bien y su maldad no cesa

Consultando al espejo más se estresa,
deshacerse de Blanca ella procura
y la entrega al verdugo en noche oscura,
pero en el bosque la abandona ilesa.

Hay enanos que buscan oro y plata,
y aunque refugio encuentra en su casita.
el espejo la encuentra y la delata.

La madrastra tan pérfida y maldita
por poco me la deja turulata
con la starking letal, pero exquisita,

mas luego resucita,
que un príncipe la encuentra y la desposa,
la bruja... se fastidia por liosa.

jueves, 5 de marzo de 2015

La ratita presumida



Otro cuento clásico como excusa para colocaros luego uno de mis "trascuentos"
La ratita presumida

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie


Hubo una vez una ratita muy hacendosa que barriendo el portal de su casa encontró una moneda en la escalera. 

- ¿Qué haré con ella? - Se preguntaba. - Compraré una bonita tela para hacerme un vestido, ¿O quizá un sombrero? Ya sé me compraré cintas de seda y luciré bonitos lazos. 
Compró cintas de muchos colores, y delante del espejo se las probaba: 
- ¿Dónde me pondré los lazos? Llevaré uno en el rabito, que queda muy distinguido. Colocaré más en las coletas, para que digan que soy coqueta, y también usaré lazos en los zapatos: parecerán muy caros. 
Así adornada se sentó en la puerta de su casa, por donde no tardó en pasar un pato: 
- Ratita, ratita - le dijo - estás preciosa: ¿Quieres ser mi esposa? 
- ¿Y por la noche qué harás? - Preguntó ella. 
- ¡Cua, cua, cua! - dijo el pato. 
- ¡Ay! ¡Me espantan tus graznidos! ¡No te quiero por marido! 
Más tarde pasó un cerdo muy elegante, que al ver a la ratita preguntó: 
- Ratita hacendosa, ¿Quieres ser mi esposa? 
- ¿Y por la noche qué harás? 
- ¡Oink, oink, oink! - gruñó el cerdo. 
- ¡No! ¡No podría dormir con tal ruido! ¡No te quiero por marido! 
Un noble perro pasó por allí y viendo a la ratita le propuso: 
- Ratita, ratita hermosa, ¿Quieres ser mi esposa? 
- ¿Y por la noche qué harás? 
- ¡Guau, guau, guau! - ladró el perro. 
- ¡No! ¡No quiero escuchar tus ladridos! ¡No te quiero por marido! 
Igual respuesta recibieron todos los pretendientes que lo intentaron: el gallo, el asno, el carnero, el grillo... todos quedaron enamorados de la ratita, todos intentaron pedirla en matrimonio, y todos fueron rechazados por la ratita presumida y regresaron a sus casas con gran pena. 
Al final apareció un gato, que al ver a la ratita le preguntó: 
- Ratita, rata primorosa ¿Quieres ser mi esposa? 
- ¿Y por las noches qué harás? 
- Por la noche, dormir y callar. 
- Tu si me gustas, ¡contigo me he de casar! 
Se celebró la boda y volvieron a casa, marido y mujer. Mas cuando la ratita se disponía a preparar la cena ¡Oh, cielos! ¡Que la cena del gato era ella! Gritó y gritó y acudieron el pato, el cerdo, el perro, el gallo, el asno, el carnero y el grillo, que la salvaron del terrible desenlace.




Aunque si lo queréis escuchar por el cuadro de actores de Radio Madrid y no en la voz de un servidor, podéis hacerlo en:
https://cuentosytrascuentos.blogspot.com/2016/02/la-ratita-presumida-cuentos-de-la-radio.html

Y este cuento, como muchos tiene algunas variantes, especialmente en el desenlace, pero si queréis saber qué pasó en realidad podéis entrar en:
https://cuentosytrascuentos.blogspot.com/2015/03/la-moneda-perdida.html