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miércoles, 5 de abril de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 11 (En Roca Viva) parte 2

 
 Se produce el encuentro entre dos pueblos
 muy diferentes, encuentro 
que puede ser positivo
 o catastrófico






EN ROCA VIVA 2


El castillo fronterizo de Trifer estaba movilizado como para un conflicto armado. Los centinelas habían descubierto a dos enormes aves con aspecto de mariposas sobrevolándolo, y el Rey había decretado estado de alarma. En el Palacio de la Capital se encontraban, en un salón privado, el Rey y sus consejeros. 
- ¿Habrán vuelto los demás a las andadas? - dijo – Porque esto me huele a magia y unas nuevas Guerra Mágicas serían un desastre ahora que tan bien van nuestras relaciones diplomáticas y el comercio con Serah y los otros reinos.
- Majestad – dijo su Consejero Mayor y antiguo mago – Aquello ya acabó y no creo que Melanio ni cualquier otro pretenda volver a tiempos y decisiones que casi nos hicieron perder el fruto de las Palmas. Más bien creo que han sido unas aves desconocidas, procedentes de la Selva Impenetrable, puesto que de allí procedían y allí regresaron. Tras ese muro vegetal no sabemos qué puede esconderse, nunca ha sido explorado y se desconoce hasta donde abarca. La decisión es buena; nunca se sabe lo que puede venir de allá y ésto puede ser sólo un aviso, de modo que creo que se ha de mantener el estado de emergencia, al menos durante un tiempo.
- Está bien, pero ahora mismo voy a marchar a la fortaleza de la Selva a comprobar qué hay de cierto

Y Fan estaba presente, pero invisible, aunque reposando en su cama de Roca Viva.
- ¿Cómo podre evitar un choque con los Termens? - pensó
Pero no acababa de imaginar qué cosa podría hacer en aquel su estado de presencia no presente. No era cuestión de hacer el fantasma derribando armaduras, cuadros y panoplias. Quizá el desarrollo de los hechos acabaría resolviendo todas sus dudas, porque ahora era un mar de ellas.
Sí que aprovechó para desplazarse a aquella fortaleza y revisar todos los medios defensivos y ofensivos con que contaba dicho castillo fronterizo. Y no es que fueran muchos. Tantos años sin conflictos relajaban bastante la disciplina, y los últimos tiempos de buenas relaciones y buen comercio, aún más. Se precisaban buenos profesionales, más que guardias y soldados; y éstos, además, estaban relajados, desentrenados y desmotivados, ya que un buen ebanista ganaba mucho más que ellos.
Tras eso acabó concretando el punto por el que acabarían saliendo de la Selva, aunque no sabía aún de qué modo lo pensaba hacer Axen, pero Fan no era conocedor de todos los secretos, y aún menos aquellos que les permitían manejar la Roca Viva.
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El siguiente vuelo de exploración de Zafiro y Zaf les llevó hasta el límite de la Selva, frente al Castillo Fronterizo de Trifer y, como ya sabía Fan, no pudieron evitar ser avistadas por los centinelas, con el consiguiente revuelo y alarma en el reino, pero aquello no le preocupó demasiado, ya lo había vivido.
Fan decidió, ya que él mismo había identificado el lugar en donde desembocarían en Trifer, hacer un vuelo con las mariposas para fijarlo definitivamente y marcar el lugar a los técnicos. Éstos le habían facilitado una especie de hito de piedra, algo pequeño en forma de punzón que debía clavar en el borde de la Selva hacia donde orientar la ruta y hacerla detenerse. Sabía que habían sido avistadas las mariposas, aunque no él. y es por eso por lo que decidió ocultarse con la capa de seda para no ser visto y poder llevar a cabo aquella tarea. Y así lo hizo, descendieron en el borde, donde él había decidido y, oculto por la capa, clavó la señal. A su regreso le comunicó a Axen que ya había plantado el indicador, y éste preparó un equipo de técnicos, que pronto detectaron en qué dirección debían actuar. Fan contemplaba absorto las maniobras de aquel equipo, manejando unos extraños aparatos que zumbaban como un millar de panales, y vio brotar de las profundidades una especie de masa pastosa que se extendía y se iba solidificando hacia la Selva, formando una amplia avenida de roca sólida. Aquella especie de plataforma, lisa y de unos cinco largos de anchura, crecía a buena marcha y se acercaba hacia los primeros árboles. Fan preguntó a uno de los miembros del equipo:
- ¿Seguro que los árboles no detendrán el avance de esta especie de alfombra?
El otro le miró enigmáticamente y siguió manipulando, como los demás, aquella caja negra y zumbante.
Aquella perfecta y lisa calzada había alcanzado los primeros árboles y Fan pudo ver, asombrado,  como éstos cedían al empuje, caían cuan largos eran y quedaban cubiertos por aquella implacable roca creciente que seguía avanzando imparable y arrolladora en la dirección que indicaban aquellas cajas negras.
Ya llevaban más de una jornada y seguía avanzando, los técnicos se relevaban de manera que no había interrupción por la noche y, en aquel tiempo, Sattel estaba llena y Munie en menguante. Fan calculó que, a aquel paso y según las indicaciones de Zafiro, no tardaría más de una semana en alcanzar el límite de la Selva, de modo que se reunió con Merto para planificar la llegada a Trifer, tal como ya lo había vivido.
La ruta entre la Selva seguía avanzando y ya no tardaría mucho en alcanzar su objetivo. Los técnicos del equipo seguían con sus cajas negras y se iban relevando sin abandonar su puesto. Axen había comentado que, tan pronto se cruzara la Selva, se debía interrumpir el flujo de Roca Viva o habría el peligro de sepultar y petrificar todo lo que se hallara en su camino, incluidas personas y el Castillo Fronterizo de Trifer; pero, tras una exploración de Fan con las mariposas, calculando la velocidad de avance y la distancia que faltaba por cubrir pudieron calcular el momento exacto en que debía cesar toda actividad de los técnicos, en el improbable supuesto que no lo hiciera el hecho de alcanzar la baliza..
Llegó el momento en que había que partir y, en esta ocasión, fue Merto el que insistió en colocarse el arnés y que Fan viajara en la mochila con Diamante, Rubí y Esmeralda. Quería sobrevolar la Selva, ya que Fan lo había hecho antes, y ver desde arriba aquel paisaje verde e interminable del que le había hablado. Finalmente Fan cedió y se dispusieron a alzar el vuelo, sin ser vistos,  desde lo alto de la Ciudad de Roca Viva, aquella superficie plana que la remataba, y lo hicieron con un Merto aferrado a los cables como temiendo caer en cualquier momento, aunque al poco se relajó y se dejó llevar sin temor. No había pérdida; una amplia franja gris dividía aquella inmensidad verde, una línea recta perfecta que se perdía en la distancia. Y Merto era conducido siguiendo aquella línea interminable.
Al cabo de pocas horas, las mariposas descendieron suavemente, depositando a Merto sobre aquella lisa cinta gris y desaparecieron. Quedó muy sorprendido allí solo, perdido en aquella inmensidad. No acertaba a entender por qué se habían marchado, dejándolo allí. No esperarían que   siguiera el viaje a pie. No pensó en que no estaba solo, porque en la mochila tenía más compañía de la que necesitaba. Y no lo pensó porque no pesaba y porque era Fan siempre el que volaba y él estaba dentro, se habían cambiado los papeles y se había hecho un lío. De modo que no se le ocurrió recurrir a él; así que se quedó allí, sentado en el suelo sobre aquella senda de roca que abrasaba sometida a un sol radiante que los árboles de las orillas no acababan de sombrear, y sudaba. La sed comenzó a acosarlo y estaba a punto de sacar agua en la mochila cuando, antes de intentar descolgársela de la espalda, vio regresar a las mariposas, asir los cables con sus patas y alzar el vuelo llevándolo en volandas por los aires. Parecía que habían recuperado energías y volaban aún más rápido que antes.
Aquella ruta, siguiendo la cinta gris de Roca Viva, comenzaba a provocarle vértigo, hasta que llegó el final de aquella pista pétrea. Habían ganado la carrera a través de la Selva a aquella cinta de piedra que seguía avanzando inexorablemente. Ahora sólo les rodeaba el verde, pero Zafiro y Zaf sabían muy bien cual era su destino. Merto se dejó llevar y también se dejó invadir por el sueño. Se quedó profundamente dormido hasta que se encontró nuevamente en el suelo; pero no en aquella calzada pétrea de la etapa anterior, sino en un verde prado, cerca de la Selva y frente a una fortaleza que se alzaba imponente no muy lejos de allí. Se quedó mirando sorprendido pero, al poco, vio llegar desde aquel lugar un tropel de gente armada y, alarmado, se desprendió del arnés, se quitó la mochila y metió la mano hasta que consiguió que saliera Fan.
En ese mismo momento, al ver aproximarse aquella tropa amenazante, las mariposas alzaron el vuelo y la mochila, enredada en los cables del arnés, voló por los aires y se perdió en dirección a la seguridad del bosque.
Allí quedaron nuestros amigos, viendo venir a aquel pelotón de gente blandiendo sus armas con aspecto amenazante.
- ¿Quienes sois y qué pretendéis?  - dijo alguien que parecía ser el jefe de aquellas fuerzas.
- Somos amigos y hemos llegado en son de paz – dijo Fan
 - Pero habéis llegado desde la Selva Impenetrable  ¿quién os envía?
- No nos envía nadie – dijo Merto – Venimos en señal de buena voluntad y de paz. Somos amigos de Serah y de Hénder y no queremos meternos en disputas estériles ¿Nos veis armados? ¿Nos creéis peligrosos?
- Seguro que sabéis quienes somos – dijo Fan – Sabéis que hemos ayudado a salvar las Palmas Reales y que, gracias a nosotros, ahora hay paz en vuestros reinos.
- Eso lo decís vosotros, pero ¿Dónde están vuestros compañeros mágicos que cuentan siempre os acompañan?
- Los habéis asustado vosotros con tanta demostración de fuerza y fiereza, aunque no creo que tarden en regresar. Pero venimos del otro lado de la Selva a traeros noticias importantes
- Nadie puede venir del otro lado de la Selva Impenetrable. Nadie puede vivir allí. Nuestros leñadores talan y talan y la Selva crece y crece.
- Queremos ver a tu Rey
- Está ocupado y no puede recibiros. Os recibirá cuando las ranas críen pelo o cuando se abra un camino en la Selva

- Entonces ¡Ya! - dijo Fan, mientras se escuchaba un estruendo lejano y el derrumbe de cientos de viejos árboles.
Los guardias, no impávidos sino todo lo contrario, permanecieron quietos en sus puestos, sin atreverse a respirar, pendientes de las órdenes, pero más de la mirada de su jefe, que tampoco las tenía todas consigo.
El rumor siguió acercándose y, sin esperar a órdenes o miradas, todos salieron corriendo dejando atrás armas y bagajes.
Un amplio claro se hizo en la Selva y una especie de lisa calzada de piedra se desplegó entre los árboles hasta que cesó el estruendo y la calzada detuvo su avance.
Se hizo un denso silencio, sólo roto por los graznidos y a los aleteos de las aves que regresaban a sus nidos que aún quedaban en pie. El avance de aquella ruta había supuesto un cataclismo para la fauna y la flora de la zona afectada que, aunque larga, no llegaba ni a una parte infinitesimal de aquella inmensa superficie.
Unos largos minutos pasaron, que les parecieron horas. En el castillo, los centinelas pasaban informes al rey Yellow XXIII, que se había aposentado en el torreón Norte para tener a la vista la Selva.
Tanto Zafiro como Zaf regresaron llevando en volandas el arnés y la mochila con Rubí, Esmeralda y Diamante. Suerte que allá adentro, o allá afuera, es decir fuera de tiempo y espacio, no se notaban los bamboleos y bandazos de la mochilla, ni el golpe contra el suelo en el momento de tomar piedra y no digo tomar tierra porque vino a caer justamente en el centro de la nueva calzada.
Fan y Merto se acercaron a recibirlos y ayudar a salir a los ocupantes del interior, al tiempo que sacaban también algo de beber y comestibles, y se sentaron a comer, porque aquella situación les había provocado un hambre irresistible, especialmente a Merto que llevaba horas sin tomar nada.
Los soldados, pendientes de las evoluciones de las mariposas, a las que no perdieron de vista, no se dieron cuenta de lo que sucedía con la mochila caída en el suelo, ni de cómo habían aparecido los demás, y pensaron que se trataba de magia.
El asombro de las fuerzas del castillo era mayúsculo. Nunca hubieran pensado que aquellos raros atacantes de color blanco, peligrosos según sus jefes, se sentaran en unos troncos al borde de aquella extraña calzada y se pusieran a comer y beber, sin asomo de miedo alguno ante la fortaleza.
Al rato, y acabado el refrigerio, se pusieron en pie y, tal como se presentaron frente a la ciudad de Roca Viva, formaron un frente. Fan y Merto custodiados por Rubí y Diamante; tras ellos, Esmeralda con las hojas extendidas y a ambos lados Zafiro y Zaf con las alas tan abiertas como les era posible.
Alguien en el castillo, tras reconocerlos, avisó al rey de que no debían temer nada de ellos, que eran amigos. Ese alguien, tras normalizarse las relaciones diplomáticas y comerciales entre los reinos, había prestado servicios de embajador en Hénder, los había visto allí en su último viaje, sabía muy bien quienes eran y aconsejó sensatamente a Su Majestad.
Se formó una comitiva, esta vez de bienvenida, casi tan numerosa como aquellas que ellos tanto temían y de las que procuraban huir, pero en esta ocasión no pudieron hacerlo y permanecieron en su puesto.
Su Majestad Yellow XXIII, avanzó ceremonioso y dijo:
- Os saludamos: viajeros de lejanas tierras. Sed bienvenidos. Hasta aquí ha llegado el relato de vuestros viajes y vuestra intrepidez. Sabemos lo que os debemos por haber salvado las Palmas Reales y queremos demostraros nuestro agradecimiento. También esperamos que nos contéis a qué se debe esta maravillosa vía que habéis abierto en medio de la Selva y cómo lo habéis conseguido. Vayamos hacia la Capital y allí seréis dignamente acogidos y atendidos, porque esto no es más que una incómoda serrería  
- Saludos Majestad – tomó la palabra Fan – Estaremos encantados de poder acompañaros, pero antes deberíamos comentar algo sobre esta vía de piedra, que imagino os va a interesar. También de lo que hay al otro extremo, que aún os interesará más. Y si no os importa, mi amigo Merto podría volar hasta allí para dar cuenta de que la obra ha terminado satisfactoriamente.
- De acuerdo, que marche y tú me acompañarás al castillo para tratar lo que me comentas. Muy importante debe de ser.

Merto, un poco a regañadientes, se colocó el arnés. Hubiera preferido ir en la mochila tan ricamente, libre del mareo, el viento, el sol y la duración del viaje, pero no podía hacerlo a la vista de todos. De cualquier modo, se la cargó a la espalda y las mariposas, ante el asombro general, tomaron los cables, alzaron el vuelo y se perdieron en la distancia sobre la Selva. Había pensado descender cuando ya no fueran visibles y hacer en la mochila el resto del viaje hasta regresar a lo alto de Roca Viva.
Fan siguió al rey, seguidos ambos por la comitiva, hasta el castillo-aserradero y éste le condujo hasta los aposentos que tenía habilitados en la Torre Norte. Entraron en el salón, un recinto de fría piedra, pero lo habían decorado con los mejores muebles que los ebanistas del reino pudieron tallar y con alfombras, tapices y bordados del reino de Dwonder. Con todo ello se había transformado en una estancia suntuosa, digna de un rey. Se aposentó en un trono de madera finamente tallada y policromada, invitando a Fan a hacer lo propio en un cómodo butacón.
- Y bien. ¿Qué es eso tan importante de lo que me quieres hablar?
Fan se sintió un tanto cohibido ante aquel rey que parecía querer someterlo a un interrogatorio, algo que no había sentido con otros monarcas que había conocido, salvo Nasiano, aunque éste por otras causas. Pero, siempre decidido, comenzó:
- Sabéis, Majestad, que esta Selva es impenetrable y se desconoce lo que se oculta en ella o más allá de ella, si es que hay ese más allá. Pero hemos descubierto una civilización diferente que habita y maneja la roca como vuestros artesanos la madera. Hemos convivido con ellos el tiempo suficiente como para conocerlos bien, aprender su idioma, que es muy diferente del nuestro, y comprobar que son gente de paz, como los Hurim, que tampoco tienen ejército ni saben lo que son las armas. Creo que sería altamente enriquecedor para ambos pueblos, y para los otros reinos también, establecer relaciones con ellos e intercambiar productos y conocimientos. Esto sería enriquecedor para todos y nos prestamos para hacer de intermediarios e intérpretes hasta que unos y otros cuenten con gente preparada y con conocimiento de ambos idiomas. Había un obstáculo insalvable para llevar a cabo este encuentro de civilizaciones, que era la Selva, pero ellos ya se han encargado de remover ese obstáculo.
- Es muy interesante lo que acabas de contar. Ciertamente, desde que se acabaron las guerras con los reinos vecinos y hemos establecido relaciones fluidas y comercio, todos hemos ganado mucho, nos hemos enriquecido todos con los conocimientos y productos ajenos, productos que sólo especializándose somos capaces de mejorar. En modo alguno podríamos trabajar nosotros los metales como lo hace Hénder, ni en los materiales de construcción podríamos emular a los de Quater, aunque podríamos hacer caleras y yeseras por la abundante producción de madera pero no tenemos el mineral necesario, así como tampoco seríamos capaces de elaborar los tejidos de Dwonder ni sus productos de cuero y lana, aunque podríamos criar ovejas también porque pastos no nos faltan. Pero ellos también se benefician con nuestras maderas, nuestros muebles artesanos y el carbón que ellos no podrían conseguir por falta de una selva inagotable como la nuestra. ¿Cómo funcionarían las fundiciones de Hénder sin nuestro carbón? ¿Y Serah, Dwonder y Quater, de donde sacarían suficiente madera para sus casas, sus muebles y sus hogares y hornos? Todos hemos salido ganando y espero que estos nuevos vecinos también.
- Eso creo yo también, y por eso deberíamos invitarles a conocer los reinos y Serah. No creo que sean competidores con el fruto porque no lo conocen y no padecen la dependencia. De todos modos, su alimentación es muy diferente y su habilidad con la piedra puede ser muy útil a todos.
- No lo tengo yo tan claro. En Quater son expertos en el trabajo de la piedra, no les faltan canteras en la parte del Abismo que da al Mar Profundo y no sé si sería conveniente que entraran otros en competencia.
- Es otra forma muy distinta de manejar la roca y no creo que en Quater sean capaces de conseguir hacer lo que ellos hacen.
- Pues enviemos una delegación e iniciemos conversaciones, pero tendrá que ser tu amigo el que se encargue. Conoce también el idioma ¿no?. Porque a ti te quiero en Palacio para unos días. Tienes mucho que contar.
- Sí, Majestad, Merto sabe lo suficiente su idioma y algunos de ellos ya comienzan a dominar el nuestro. Me someto a vuestra invitación y os acompañaré a la Capital, pero tendremos que esperar a Merto, decidir quién va a ir allá y cómo.

- ¿Cómo? Pues por tierra, naturalmente. No creo que vuestras mariposas puedan con todos y dudo que ellos quieran usar ese medio.
- Pues será complicado. La distancia vendrá a ser algo así como desde aquí a Serah y eso llevaría varios días.
- Tampoco importa tanto el tiempo, pero podemos inventar algo. Tenemos muy buenos carpinteros que podrían construirnos un vehículo apropiado. Esta vía que se ha abierto me parece perfectamente lisa, mucho mejor que cualquiera de nuestras carreteras, ahí cualquier cosa puede rodar sin problemas y tenemos rápidos saltarenas adiestrados para el tiro. Pero dejemos eso a nuestros técnicos y vayamos a cenar, que ya es hora. Entre tanto daré órdenes para que nuestro más experto carpintero, que se halla en la Capital, venga aquí, así como los que quiero me representen en esa Ciudad de Roca que me has comentado.

Cenaron verduras de Hénder, cordero de Dwonder y pescado de Quater. Fan rehusó la tarta de sicuos que sirvieron como postre y acabaron retirándose a descansar, aunque él salió a comprobar cómo se encontraban sus Joyas. Le llevaba una pierna asada de cordero a Rubí, que se quedó al pie de la torre limpiando bien los huesos. Los demás no tenían problema alimentario alguno.
Le habían destinado una habitación en lo alto de la Torre Norte. Cierto es que le resultó un tanto molesto tener que trepar tantas escaleras pero, una vez arriba, lo agradeció. Desde allí se dominaba toda la panorámica hasta la selva. Podía ver la línea abierta en ella, como una herida, por la calzada que llevaba a Roca Viva y a los curiosos que se acercaban a tocar aquella cinta pétrea, con gestos de asombro que él no pudo ver pero adivinó.
No probó el sicuor, entre otras cosas, porque se hallaba en el profundo infinito de la mochila y ésta en poder de Merto. También porque aquel había sido un día muy ajetreado y se sentía cansado, tanto que ni pensó en cómo acabaría todo y qué podría explorar en el futuro. Así que se quedó profundamente dormido en una cama de madera de Trifer, sobre un colchón de lana de Dwonder, alumbrado por un candelabro de hierro de Hénder y con un orinal bajo la cama de los alfares de Quater. Y en aquel cómodo ambiente globalizado, se quedó profundamente dormido y soñó.
Soñaba encontrarse volando sobre una montaña de forma piramidal, con una corona de nubes en la cima. La montaña era de roca pelada y crecía, crecía, tanto que casi le alcanzaba. Miraba a lo alto y ninguna mariposa le sostenía, volaba por sus propios medios, como se suele hacer en los sueños y también temía acabar cayendo al vacío, como también suele suceder en los sueños. En esa situación angustiosa de duermevela, en la que no sabes si estás despierto o dormido, respiró agitada y profundamente, o creyó hacerlo, en un intento de despertar y huir de aquella pesadilla, pero la montaña le alcanzó. Y se vio en lo alto de aquella cima, que ya había abandonado allá abajo la corona de nubes, y que seguía creciendo y creciendo. Se acercaban a la segunda luna. Munie se hallaba en cuarto creciente y Fan temía acabar pinchado en uno de los cuernos. Pero, rápida e incomprensiblemente, cambió la escena, como suele pasar en los sueños y los cuernos de Munie eran los cuernos del puerto de Cipán. Estaba cayendo sin remedio y se agarró a las sábanas con todas sus fuerzas antes del impacto. Milagrosamente no sintió nada al tocar el suelo, un suelo que olía a saco húmedo. La testuz de un búfalo de la estepa, que veía delante, mostraba dos cuernos negros y afilados. Le miraba fijamente y se acercaba por momentos. Aquellos ojos crecían, crecían más y más, unos lagos cristalinos que refulgían y acababan convirtiéndose en algo como el Gran Lago, en el que vino a caer, y caer, y caer… Se despertó y aún era de noche. El doble plenilunio iluminaba el cuarto por el ventanal. Se asomó y no vio a nada ni a nadie en la explanada; corrió la cortina y, en la oscuridad, consiguió volverse a dormir pero esta vez no soñó nada o no lo recordó al despertar. Creyó que aquellas pesadillas podían deberse a los excesos de la cena, y es posible que fuera cierto, pero estaba todo tan rico…
Cuando acabó saliendo al exterior, se reunió con sus compañeros y todos estaban muy bien. Rubí, pese a lo que le había llevado de cenar, había salido de caza, porque algunos de los huesos que Fan pudo ver en el cobertizo en el que se había refugiado, no eran de cordero.
A media tarde llegaron de la Capital, en dos carrozas ligeras tiradas por saltarenas, los que formarían la embajada de Trifer en la ciudad de Roca viva; también el mejor carpintero del reino que, tras escuchar las indicaciones del rey y visitar la nueva calzada, se puso manos a la obra.
Fan se entrevistó con aquellos dos triferianos que acompañarían a Merto y le parecieron personas razonables y prudentes. Uno de ellos le comentó que le había visto en Hénder cuando trabajó allí con el embajador.
Tenían que esperar a que se terminara la construcción de la carreta y que Merto regresara, por eso su estancia allí se prolongó por unos días en los que pudo visitar los aserraderos y las carboneras que trabajaban a buen ritmo para cubrir las demandas propias, de Serah y de los otros reinos. Tanto Rubí, como Diamante y Esmeralda se encontraban bien allí, nada les faltaba aunque a Fan le dio la impresión de que echaban de menos a las compañeras ausentes.
Y éstas acabaron aterrizando un día, trasportando a un Merto mareado, aunque buena parte del trayecto lo había hecho en la mochila. Lo de volar no era lo suyo y se alegró mucho cuando se enteró de que estaban construyendo una carreta para viajar a Roca Viva. Le comentó a Fan que Axen estaría bien dispuesto a acoger a los triferianos y parecía que estaban ingeniando algún medio de transporte rápido entre ambos extremos de la ruta. No supo contarle lo que pasaba por la cabeza de Axen, pero Fan se imaginó a unos  rocanos manejando unas misteriosas cajas, y puede que no estuviera muy equivocado.
Antes de que estuviera acabada la carreta, llegaron de la Capital nuevos saltarenas adiestrados, para hacer de tiro del nuevo carruaje como había comentado el rey y todos pudieron verlos correr a buena velocidad sin dar saltos. Recordó su último viaje con Merto a Serah y las dificultades que aquel viaje le supuso, durante unos días, para sentarse.
El carpintero acabó el carruaje. Era una belleza ligera, de altas ruedas y finas líneas, con un centro de gravedad bajo para evitar vuelcos y capaz para seis pasajeros con un conductor. Contaba con dos finos varales para cuatro saltarenas y estaba todo pintado de amarillo, como es natural.
El rey dio instrucciones a sus dos embajadores, y Fan a Merto. 
Decidieron que Fan se llevaría a Rubí, Diamante y Esmeralda, pero que las mariposas deberían quedarse con Merto para que pudiera reunirse con ellos cuando acabara su misión en Roca Viva.
Uncieron los saltarenas y subieron los tres al carruaje, junto con el conductor y tres ayudantes de confianza, técnicos en diversas materias, y partieron hacia la pista de piedra. Zafiro y Zaf la sobrevolaron. Al llegar a ella, tan lisa y perfecta, alcanzó una gran velocidad y parecía no correr, sino volar, pero esta vez Merto no sintió ninguna clase de mareo.

HACIA LOS REINOS 

el próximo jueves

miércoles, 29 de marzo de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 11 (En roca Viva) parte 1

Explorando, explorando descubren
algo nuevo y sorprendente
muy diferente a todo 
lo conocido

 
EN ROCA VIVA  parte 1

Tras despedirse de Alkalá y de Sirtis, partieron tal como habían llegado, con Esmeralda oculta bajo la capa. Zaf y Zafiro habían alzado ya el vuelo desde el huerto y eran dos minúsculos puntos en el cielo. Emprendieron el regreso a aquel bosque por el mismo camino por el que habían llegado a la ciudad.
Al desembocar en el claro del bosque ya les estaban esperando en tierra, impacientes por alzar el vuelo hacia lo desconocido, al menos esa era la impresión que sacó Fan de su actitud un tanto inquieta, aunque nunca se sabe lo que puede albergar en su minúsculo cerebro una mariposa.
De modo que se introdujeron todos en la mochila, que Fan se colgó a la espalda, se sujetó el arnés y no tuvo que decir nada porque, al momento, se vio surcando los aires sobrepasando las más altas copas de los pinos.
Volaron sin parar porque, además, no se veía dónde hacerlo,  siguiendo la línea de la costa, una costa escarpada, desconocida, por la que los pescadores de Sirtis nunca se habían aventurado a navegar, con altísimos acantilados cortados a pico y ningún refugio, cala, islote… 
Volaban a la altura de Sirtis, un poco por encima del nivel del mar y a su derecha sólo se veía aquella barrera imponente e infranqueable, a no ser volando. Pero Fan esperaba acabar viendo como aquel muro descendía, y esperaba acabar viendo playas o islas en las que posarse, sin tener que remontar el vuelo hacia lo más alto de aquellos farallones rocosos. Pero no había nada, las horas pasaban y ya comenzaba a tener hambre y sed y los porteadores necesitarían reposar. No había lugar en el que pararse, de modo que les hizo una señal y se elevaron hasta el borde superior de los acantilados. En aquella parte se extendía una estepa de ralos matorrales, sin rastro de presencia humana. Descendieron allí y partieron volando hacia el interior, ellas sabrían hacia donde, dejándolo solo.
Hizo salir a los demás y dispuso todo para comer, pero ellos no tenían hambre ni sed. Recordó que allí dentro no se sentía el paso del tiempo, mejor dicho, no pasaba. De modo que Fan se puso a comer solo y los otros salieron de exploración. A su regreso Merto le contó:
- Rubí ha encontrado rastros de ovejas, o algo parecido, por los excrementos.
- Lo que no sabemos es si es de un rebaño o de alguna especie salvaje. No sé a qué distancia podemos estar, pero esto podría ser parte de Dwonder, si es que hemos llegado tan al norte, porque ellos se dedican a la ganadería.
- Aún no hemos visitado los otros reinos. ¿Crees que sería conveniente internarnos hacia el Este ya que estamos aquí?
- De esos reinos ya tenemos información y algún día iremos, pero me gustaría saber qué hay más al norte de las tierras conocidas y si el muro de los acantilados se prolonga más allá o desciende hasta el nivel del mar.
- Hoy ya hemos recorrido una buena distancia supongo, será mejor descansar aquí y continuar mañana. De todos modos nos faltan las alas.

Tanto Zaf como Zafiro tardaron unas horas en tomar tierra junto al campamento improvisado. Parecía que habían recuperado energías, pero Fan les preparó una cazuela de almíbar que dejaron limpia y brillante.
A la mañana siguiente reemprendieron el vuelo, siguiendo la línea de la costa. Al frente se dibujaba la línea interminable del borde de los acantilados y a su derecha el terreno continuaba siendo una especie de estepa, aunque a veces alterada por manchas verdes rodeando a pequeñas lagunas y, desde la altura, creyó percibir algún movimiento junto al agua y en las zonas pobladas de vegetación. Posiblemente algún rebaño pastaba por aquellas tierras, pero su interés estaba más allá.
La lisa pared, tan alta como el Muro del Fin del Mundo, defendía las tierras del interior y se prolongaba indefinidamente, por lo que tuvieron que hacer varias etapas y, en los días sucesivos, pudo observar algunos cambios en el terreno.  Pequeños bosquecillos aislados matizaban un terreno casi yermo y cada vez eran más frecuentes y mayores, como anunciando una selva que, como una línea oscura, se dibujaba muy clara en el horizonte. Hicieron una parada en el borde de aquella selva e hicieron noche allí. Tenían que decidir si se aventuraban  a sobrevolar aquella barrera vegetal que Fan pudo escrutar desde las alturas y que se extendía en todas direcciones sin verse un final.
- No sé si será buena idea – dijo Merto – Según me cuentas parece no tener fin.
- Todas las cosas tienen principio y tienen fin. De todos modos siempre podremos regresar aquí y luego en dirección este, sureste o sur podemos acabar llegando a Trifer o a Dwonder. Pero creo que esta es la oportunidad de descubrir un territorio inexplorado y las cosas que puede ocultar. Ahora que estamos aquí  ¿No sientes curiosidad?
- Sí, desde luego, pero no quisiera que nos quedáramos perdidos en ese mar de árboles, sin un lugar en el que descender. Zaf y Zafiro se pueden posar en las copas y pasearse por las ramas, pero nosotros no.
- No te preocupes. Te prometo que no avanzaremos más allá de lo que les permita regresar aquí sin apurar sus fuerzas, aunque aún no sé en qué dirección explorar. Mañana lo intentaré recto hacia el norte y si no hay resultados haría dos nuevos intentos hacia el nordeste y el noroeste. Estate tranquilo que no me voy a arriesgar si no tengo una ocasión de regresar aquí. Pero si vas a estar más tranquilo, os podéis quedar aquí y marcharé solo.

- Desde aquí no te vamos a ser de mucha ayuda si algo sale mal, pero desde dentro de la mochila aún menos. ¿Y si marchas sólo con Zafiro y nos quedamos con Zaf y el otro arnés por si hay que rescatarte?
- Con una sola de ellas, la autonomía sería la mitad, no podría llegar tan lejos. Si a mí me pasara algo ellas me pueden traer de nuevo, porque tienen un gran sentido de la orientación. No, es mejor volar con las dos. Quédate tranquilo que no soy tan imprudente como para correr riesgos innecesarios.
- Ya lo sé, pero no me quedo tranquilo. Casi estoy por ir en la mochila con los demás, ir todos juntos como siempre. Pero creo que tú irás más tranquilo sin tener que preocuparte por nosotros y aquí estaremos bien.
- Pues no se hable más. Mañana vola hacia el norte.

De modo que al día siguiente, tras desayunar, Fan se colocó el arnés y echaron a volar. Sobrevolaban un manto verde, tupido, en el que sólo se destacaba alguna alta copa.  Una cubierta vegetal de varios tonos de verde matizada de ocres, a la que no se veía el final, y sin señal alguna de un claro, formación rocosa ni ondulación del terreno en que poder descender para descansar. No estaban perdidos, las mariposas sabían orientarse muy bien para regresar a donde les esperaba Merto, pero ya había pasado el tiempo suficiente como para pensar en el regreso antes de que las venciera el agotamiento.
Antes de hacerlas volver, Fan les hizo una señal y se elevaron aún más alto, por si a mayor altura podía distinguirse algún cambio, pero todo era igual, aquella inmensa mancha verde y uniforme lo cubría todo. De modo que les ordenó regresar y así lo hicieron.
Merto se alegró mucho al verle aterrizar y se acercó ávido de noticias. Zafiro y Zaf, ya libres del peso de su pasajero, se alejaron volando a algún lugar que sólo ellas sabían.
Fan, tras contarle a Merto lo que había visto y lo infructuoso de la exploración,  decidió que al día siguiente volaría en dirección nordeste.
Al día siguiente todo sucedió de igual manera. El manto vegetal no dejaba hueco alguno a cosa que no fuera la propia selva impenetrable e inmutable. Volvió a ascender más alto todavía y todo era idéntico; salvo que más hacia el sureste se veía muy lejano el borde de la masa vegetal y los confines de otro tipo de terreno que podría serTrifer.
Al regreso, todo fue como la vez anterior y decidió que al siguiente día haría un último intento volando hacia el noroeste.
Y más de lo mismo. Ya era tiempo de regresar y nuevamente les hizo elevarse para tener una perspectiva aún más amplia. A todo su alrededor el verde seguía siendo el dueño del paisaje y se perdía en la distancia pero, de improviso, pudo ver algo diferente que rompía el verde tapiz más hacia el norte y al oeste. Algo que sobresalía brillante por encima de la selva.   Sus porteadoras también lo vieron y estuvieron a punto de salir volando hacia allá; pero Fan, pensando en que estaba demasiado lejos como para poder regresar luego, les ordenó que volvieran.
Tan pronto se libró del arnés le dijo a Merto, que se había acercado corriendo al verles llegar:
- He encontrado algo y creo que no es un accidente geográfico, me da la impresión de que está hecho por la mano del hombre y mañana vamos todos allá. Puede ser peligroso, o no. Sólo lo sabremos cuando lleguemos. ¿Te atreves?
- Eso no se pregunta. Mañana vamos todos, como a todas partes.

Y a la mañana siguiente se pusieron en marcha, Fan con el arnés y los demás dentro de la mochila volaron en la dirección adecuada. Esta vez las mariposas sabían muy bien cual era su destino.
Sobre aquella planicie verde pudo ver cómo asomaba, cada vez más grande conforme se acercaban, una mole gris y brillante. Fan recordó una de sus visiones con el sicuor y, esperanzado, las animó a llegar hasta allí, aunque ya debían estar algo cansadas. No estaba muy seguro de lo que podrían encontrar y un cierto temor comenzó a apretarle el estómago, pero no había otra alternativa, pasara lo que pasara ya no había retorno.
Conforme se acercaban pudo ver una gran montaña pétrea, de paredes lisas, brillantes, poliédricas y aparentemente sin aberturas. No apreció movimiento alguno, aunque creyó vislumbrar la fugaz apertura de algo como una ventana en una de sus múltiples facetas. En lo alto del todo había como una explanada de roca lisa, pero él decidió descender en un claro del bosque que rodeaba aquella mole colosal, entre la roca y la selva. Se soltó el arnés, ellas soltaron los cabos y se posaron en tierra. Fan hizo salir a los demás de la mochila y se quedaron extasiados.
Mientras Fan recogía el arnés, enrollaba los cables y lo guardaba, Zafiro y Zaf salieron volando hacia unos arbustos floridos, no muy distantes, y comenzaron a recobrar energías.
Todos estaban asombrados, contemplando durante largo rato aquella masa inmensa de roca tallada y pulida, o al menos así les parecía a ellos. Las mariposas regresaron y el grupo presentaba un impresionante aspecto: Fan y Merto, flanqueados por Rubí y Diamante, tras ellos extendía sus hojas Esmeralda y a ambos lados, con las alas muy abiertas, Zafiro y Zaf. Y así se quedaron, como petrificados al ver que, en las caras visibles de aquella mole, iban apareciendo unas aberturas oscuras. Al pie, desapareció una gran losa , sin el menor sonido ni chirrido y, de la negrura, apareció un curioso personaje. Era de talla pequeña, pero sus atavíos venían a indicar que era alguien importante. Tras él, como una guardia personal, un sinfín de personajes como él, pero con vestiduras más sencillas aunque no menos coloridas. Dio tres pasos, con los brazos extendidos, y Fan hizo lo propio. A una señal, uno de sus muchos acompañantes se adelantó con una jarra de piedra y se la ofreció a Fan. Éste supuso que contendría agua y se quedó más tranquilo, aunque no demasiado y, sin bajar la guardia, le dijo a Merto:
- Acércale la cantimplora de agua
Merto se la acercó al que parecía el jefe, éste la miró con mucha curiosidad, parecía que no conociera los metales, y ambos bebieron un largo trago a un tiempo.
En ese momento el alboroto estalló entre la comitiva del jefe, o rey o lo que fuera, así como en toda aquella ciudad de roca. Todos se acercaron para verlos más de cerca y tocarlos, pero respetuosamente. Las mariposas lo evitaron, elevándose por los aires. No querían perder el polvillo de sus alas con tanto manoseo, respetuoso o no, pero manoseo.
El jefe hizo señal de que le siguieran. Fan y Merto se internaron, junto con él y la multitud, por aquella enorme abertura. No estaban muy tranquilos, aunque sus anfitriones parecían amigables. Y más intranquilos estuvieron cuando aquella abertura se cerró, suavemente y sin un sonido.
Sus compañeros se habían quedado en el exterior, para ellos un ambiente más natural que aquella extraña ciudad. Diamante y Esmeralda se acercaron al borde de la espesura y ambas encontraron lo que buscaban; tierno pasto y una tierra húmeda y rica en la que hundir las raíces. Las mariposas no tardaron en encontrar néctar en abundancia, en cuanto a Rubí; no tardó tampoco en encontrar y degustar la fauna local, porque aquella selva no estaba del todo deshabitada, pero debió pensar que también podría albergar algún gran depredador y se retiró, satisfecho de su caza, a montar guardia frente a lo que había sido la puerta de la Ciudad y por la que habían desaparecido sus amigos.
Estos habían sido conducidos por pasillos luminosos, aunque no veían ventana alguna, y llegaron a un pequeño habitáculo amueblado con unos extraños objetos de la misma materia que las paredes. El jefe se sentó en una especie de saliente y les invitó a que hicieran lo mismo. Tomaron asiento y aquello resultó ser una blanda butaca, cálida y confortable. No parecían hechas de roca, pero es lo que eran. Les sacaron unas bandejas finas de piedra con algo que parecían comestibles: un cuenco de raras tierras de color marrón y una especie de galletas, acompañados con una jarra de agua y un pequeño cuenco. Vieron como el jefe vertía aquella tierra en el cuenco, le añadía agua y luego, usando las galletas de cuchara, comenzó a comer. Hicieron lo propio y las tierras, con el agua, formaron una espesa crema, como un puré, lo cataron y lo hallaron comestible, aunque nada tenía que ver con los guisos de Aste, sus quesos, los embutidos de Hénder, los postres de Alandis ni los exóticos platos occidentales de Cipán y de Sirtis. Pero comieron de buena gana. No era cuestión de desairar a su anfitrión.
Ellos le dieron a probar del queso más curado de Fan, unas galletas de Los Telares y una crema de garbanzos de Sirtis y parecía que le había gustado porque repitió. Fan se reservó otras especialidades de la mochila para más adelante. Pasaron horas en aquella especie de saloncito intentando entenderse por señas y mucha mímica.
Lo primero que hicieron fue presentarse, darse a conocer, sus nombres,  y así supieron que su interlocutor se llamaba Axen y su pueblo los Termens. Poco a poco se fueron transmitiendo otras palabras, nombres de objetos, conceptos,… cosa que les llevó horas, de modo que comenzaron a comunicarse algo e iban ampliando su vocabulario. De todos modos, el dominar mínimamente sus respectivos idiomas les llevaría los siguientes días, que se hicieron semanas, en los que aprendieron muchas cosas de aquella ciudad, su ciencia, su historia y su cultura. 
Lo que más tardaron en comprender, aunque lo tuvieron que admitir como un acto de fe, era el dominio que tenían sobre las rocas y sus propiedades. Fan había aprendido de Góntar las propiedades mágicas de las mismas, pero aquello escapaba a su entendimiento. Que la roca pudiera hacerse tan ligera como el ala de una mariposa o tan suave como el más fino vellón de sus ovejas, pero al mismo tiempo más fuerte que el mejor acero de la fragua de Merto, no era fácil de entender. Tampoco lo era el que adoptaran las formas que quisieran y reaccionaran, como las ventanas y la puerta, a las órdenes. Pero Axen les había insistido en que aquellas rocas no eran rocas normales; que eran, la llamada por ellos, Roca Viva, que procedía de la propia raíz de la tierra, en donde se encontraba en estado fluido, y así brotó en tiempos remotos para que su pueblo le diera forma y la dominara. Así sus antepasados descubrieron el modo de manejar las fuerzas de cohesión, tanto atómicas como moleculares o de cristalización, y consiguieron sacar de la roca todas sus propiedades físicas y químicas y aprendieron a controlarlas. Descubrieron que la materia de las rocas, como toda otra materia, se compone de vacío y partículas invisibles que interactúan, de modo que lograron alterar las proporciones de ese vacío para dar mayor o menor solidez, mayor o menor dureza, a los objetos de Piedra Viva.
Les contó que las raíces de la ciudad se hundían en lo más profundo del magma y que éste había fluido como un volcán durante siglos, hasta que sus antepasados lograron obturar la grieta con un tapón de Roca Viva a la que le habían rebajado considerablemente la proporción de vacío. Sólo cuando necesitaban más material para construir, abrían un poco la grieta y la volvían a taponar.
En un principio, para ellos la Montaña de Roca Viva era una deidad. Acababan de bajar de los árboles de la Gran Selva, cuyas ramas les proporcionaban abrigo y seguridad, y la Montaña de Roca viva les proporcionó alojamiento: cómodo, cálido y seguro en sus oquedades. Una comunicación no verbal se estableció entre aquellos seres primitivos y su bienhechora. Aprendieron a relacionarse con ella e interactuar y se adentraron en sus acogedoras entrañas. Aprendieron a dar forma a la Roca Viva y a dar vida a la roca, y pasaron a formar parte de la Montaña, del mismo modo que la Montaña acabó siendo parte de ellos mismos.
Habían pasado muchos siglos, muchas veces las dos lunas se habían eclipsado, muchas veces habían eclipsado al sol y los descendientes de aquellos seres arborícolas aprendieron a manejar la materia de la Roca Viva y dejaron de considerarla una divinidad. Ahora vivían en paz, aislados en medio de aquella selva impenetrable, sin conciencia de que hubiera otros seres semejantes a ellos, hasta que llegaron nuestros amigos.
Es evidente que no consideraron como sus semejantes a Diamante, Rubí, Esmeralda y las dos mariposas, como tampoco consideraron a esta últimas como seres superiores por su capacidad de volar, cosa que les asombraba y admiraba.
Pasaron mucho tiempo en aquella ciudad, aunque ambos procuraban salir a menudo al exterior para no perder el contacto con sus Joyas, como ellos seguían llamándolas.
Durante aquel tiempo, tanto Axen como ellos, aprendieron sus respectivos idiomas y se comunicaban con fluidez en cualquiera de ellos. Aprendieron todo lo referente a la Roca Viva y Axen conoció la existencia de otras tierras, otros reinos y otras gentes mucho más allá de aquella Selva Impenetrable.
- Creo que desde aquí podríamos llegar a Trifer – dijo Fan un día
Axen le respondió: 
- No podemos atravesar esa Selva. Lo hemos intentado talando árboles, pero son tantos que se vuelve a cerrar tras aquellos que lo han intentado. 
- ¿Y la Piedra Viva no puede? -dijo Merto
- ¡Claro! - dijo Axen – no habíamos pensado en ello. Ni la más leve brizna de hierba podría crecer sobre ella. ¡qué gran idea!
No tardaron nada en ponerse a hacer planes, pero en primer lugar debían tener claro en qué lugar se encontraban respecto al límite de la Selva. Fan calculó, por el viaje desde Sirtis y el lugar desde el que acamparon antes de llegar allí, que debían estar a la altura de Trifer o más al Norte, de modo que envió a Zafiro y a Zaf en un vuelo de exploración hacia el Este, aunque en rutas divergentes en busca de alguna referencia.
Zaf regresó agotada y dando señales de no haber encontrado nada, salvo una selva interminable. Había seguido una ruta directa hacia el Este sin encontrar un lugar en que posarse, salvo en las altas copas, a salvo de los posibles depredadores.
Fan estaba preocupado por la tardanza de Zafiro, temía que hubiera sufrido algún percance, pero acabó viéndola aparecer en el horizonte, con signos de estar descansada y bien alimentada, cosa que le tranquilizó. Había seguido una ruta más al sureste y había llegado al límite de la Selva, a terrenos poblados de plantas en flor de las que pudo libar hasta saciarse. No había encontrado la capital de Trifer ni campos de cultivo, pero no debían andar muy lejos según indicaba en sus vuelos en código de las abejas.  Todo ello requería una segunda exploración que llevarían a cabo mano a mano, mejor dicho ala a ala, Zafiro y Zaf, pero eso sería al día siguiente.
Fan pensó que un poco de sicuor le podría ayudar a tomar decisiones, aunque por otra parte temía acabar adquiriendo una dependencia. Sabía lo que le dijera Halmir sobre ello, pero no quería acabar como los habitantes de Mutts, que supeditaron sus decisiones a las respuestas de la Cueva. El sicuor sólo le mostraba cosas y no le aconsejaba nada, las decisiones seguían siendo totalmente suyas.
La elección era compleja: Podría dejar a los Termens viviendo en su mundo, aislados y sin contacto con otros semejantes, o posibilitar la relación entre distintas civilizaciones y culturas. Esto último podría ser traumático o enriquecedor para una o para ambas partes.  La verdad es que estaba hecho un lío, porque no sabía si debía inclinarse por una u otra opción, puesto que lo mismo podrían resultar buena que mala. De modo que decidió consultar el futuro al sicuor antes de adoptar cualquier decisión. Lo que pasa es que ese futuro que vería ya estaba basado en una decisión que acabaría tomando de un modo u otro. De manera que más lío aún.
Se recluyó en su habitación y cerró la puerta. Hacía tiempo que había aprendido a hacerlo, aunque aquello de las fuerzas de cohesión no acababa de entenderlo. Abrió la mochila, introdujo la mano y la sacó sujetando la cantimplora del sicuor. Receloso miró en derredor. Lo cierto es que no se sentía seguro en el seno de aquello que decían Roca Viva  ¿Le estaría observando? ¿Las paredes? ¿La cama? ¿La silla?,…   rechazó sus infundadas aprensiones, se acomodó y echó un buen trago de la cantimplora pensando en Trifer y el ellos mismos.
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Y se vio, junto con Merto, rodeado de guardias fuertemente armados. Unos guardias de un color amarillo vivo, que dejaba claro en qué lugar se encontraban. Le inquietaba, más que los guardias, puesto que aquello no era real en ese momento, la ausencia de sus compañeros y de su mochila, pero siguió contemplando la escena como si no estuviera allí 
 .....
 - Pero habéis llegado desde la Selva Impenetrable  ¿quién os envía?
- No nos envía nadie – dijo Merto – Venimos en señal de buena voluntad y de paz. Somos amigos de Serah y de Hénder y no queremos meternos en disputas estériles ¿Nos veis armados? ¿Nos creéis peligrosos?
- Seguro que sabéis quienes somos – oyó decir Fan al otro Fan, que era él, aunque no era, aunque sí era – Sabéis que hemos ayudado a salvar las Palmas Reales y que, gracias a nosotros, ahora hay paz en vuestros reinos.
- Eso lo decís vosotros, pero ¿Dónde están vuestros compañeros mágicos que cuentan siempre os acompañan?
- Los habéis asustado vosotros con tanta demostración de fuerza y fiereza, aunque no creo que tarden en regresar. Pero venimos del otro lado de la Selva a traeros noticias importantes
- Nadie puede venir del otro lado de la Selva Impenetrable. Nadie puede vivir allí. Nuestros leñadores talan y talan y la Selva crece y crece.
- Queremos ver a tu Rey
- Está ocupado y no puede recibiros. Os recibirá cuando las ranas críen pelo o cuando se abra un camino en la Selva

- Entonces ¡Ya! - dijo el Fan de la visión, mientras se escuchaba un estruendo lejano y el derrumbe de cientos de viejos árboles.
Los guardias, no impávidos sino todo lo contrario, permanecieron quietos en sus puestos, sin atreverse a respirar, pendientes de las órdenes, pero más de la mirada de su jefe, que tampoco las tenía todas consigo.
El rumor siguió acercándose y, sin esperar a órdenes o miradas, todos salieron corriendo dejando atrás armas y bagajes.
Un amplio claro se hizo en la Selva y una especie de lisa calzada de piedra se desplegó entre los árboles hasta que cesó el estruendo y la calzada detuvo su avance.
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Acabó el efecto del sicuor y Fan volvió en si, después de haber estado doblemente en si. Había un riesgo pero había que hacerlo. O no solo habría que hacerlo sino que acabaría haciéndose de un modo o de otro y a ellos les pillaría en medio. ¿Y sus amigos? ¿Qué había sido de las Joyas?. El sicuor posiblemente le permitiría descubrir algo, pero no sabía qué, ni cómo, de modo que esa misma noche tomó una dosis mayor y esperó los acontecimientos.






EN ROCA VIVA parte 2

el próximo jueves