Había
una vez un caracol que debía ser el Rey de los caracoles puesto que
se alojaba, no en una concha en espiral como todos los demás
caracoles que conocemos; sino que, sobre sus hombros, cargaba un
castillo con sus torres y sus almenas. Al menos ésa fue la impresión
que me dio cuando lo encontré en una tarde lluviosa, tras una clara,
cuando es el momento más apropiado para la caza del caracol y ya
llevaba media cesta.
Estaba
muy atareado, haciendo regresar dentro de la cesta a aquellos que
trepaban por el borde tratando de escapar, y recogiendo nuevos
ejemplares.
Pero
le vi, entre el verde pasto, alzando su almenada concha y
deslizándose majestuosamente sobre una refulgente alfombra de baba
que brillaba al sol.
No
sabía qué hacer. No daba crédito a mis ojos. Me agaché para verlo
más de cerca y, no sólo no se replegó al acercarle la mano, sino
que siguió avanzando orgulloso, con el cuello erguido y los cuernos rectos,
como señalando el camino.
Era,
además, de buen tamaño y yo estaba tan sorprendido e indeciso que
no hacía más que mirarlo avanzar tan decidido e impasible sobre la hierba. Desde
luego aquel caracol era un fenómeno digno de estudio y un ejemplar
de interés científico evidente.
En
éstas estaba cuando noté que algo frío y húmedo me caía en un pie. Al volverme
pude comprobar que todos los que llevaba en la cesta se estaban
escapando, algunos ya se alejaban de ella por la hierba.
De
modo que me dediqué a hacerlos regresar al fondo, soltando los que
ya se hallaban en el borde y volviendo a cazar a los fugitivos que,
pasito a pasito, babita a babita, se iban marchando. Pasó un largo
rato hasta que logré capturar al último de los huidos.
Cuando
me volví hacia el lugar en que había dejado a aquel extraordinario
caracol, ya no estaba allí. Había desaparecido y no podía seguir
su rastro porque se había mezclado con el de los otros escapados.
Busqué por todos lados y fui incapaz de encontrarlo.
Recapacitando
luego comprendí que, cuando tienes algo importante entre manos, no
debes distraerte con cosas de menor importancia, por muchas que éstas
sean.
Pero,
finalmente, me consolé con una buena bandeja de caracoles a la
parrilla. Porque el que no se consuela es porque no quiere.
¿Quién no conoce al Caracol, col, col y no se lo ha cantado a sus hijos o a sus nietos?, pues aquí os lo presento convertido en cuento, en un soneto y, de propina, un pequeño poema. Espero que os guste y os traiga gratos recuerdos; pero que ello no os impida degustar unos buenos caracoles a la llauna, en salsa, picantes o acompañando otros guisos, hasta en Cuaresma, porque el caracol ¿qué es? ¿carne o molusco?.
Puede escucharse mientras se sigue el texto en el vídeo que figura al pie
El caracol Col Col dormía plácidamente desde la última vez que había llovido.
Se llamaba Col por parte de padre y Col por parte de madre porque, como todos saben, los caracoles son hermafroditas y, tanto su padre como su madre eran la misma persona que se llamaba Col de primero, Lechuga de segundo, y Col de tercero, cosa muy extraña entre los caracoles porque sólo tenían dos apellidos, pero es que sus padres, es decir los abuelos de Col Col, eran así de graciosos.
Pues, como íbamos diciendo, Col Col dormía dentro de su casa, con la puerta de baba reseca sólidamente cerrada hasta que volviera a llover, en cuyo momento todos los caracoles salen de paseo y a tomar bien fresquitos el sol.
Pues bien; aquel día había llovido mansamente, un sirimiri o un calabobos como se solía decir, y había salido un sol radiante que reverberaba en las gotitas de lluvia pegadas a las hojas.
Todos los caracoles habían roto el precinto de sus casillas y paseaban por el verde pasto, salvo Col Col que, contra lo habitual, seguía durmiendo.
Algunos de sus amigos se extrañaban por que no hubiera salido. Siempre era puntual como un reloj, pero esta vez era el último en abandonar su reclusión. Preocupados por si le había pasado algo malo se acercaron a su casa y comenzaron a golpear las últimas espiras. Col Col, finalmente se desperezó, rompió su aislamiento y asomó la cabeza por la puerta sacando los cuernos al sol. Se había retrasado porque estaba soñando con una caracola de mar, o mejor podríamos decir que estaba sonando, que es lo que suelen hacer las caracolas.
Tras sacar el resto de su único pie, comenzó a caminar bajo la luz del sol vespertino y trepó a una mata de hinojo a mordisquear sus brotes tiernos. Había desplegado completamente sus cuernos, como solía/n hacer su/s progenitor/es y, desde lo alto, lo/s vio a lo lejos. Su @adre estaba comiendo una rica sopita de alfalfa en un gran perol que se había/n hecho con una cáscara de nuez.
Bajó de su ramita de hinojo y corrió lo más rápido que pudo hacia donde había visto a su @adre pero, como los caracoles son más lentos en caminar que en comer, cuando llegó ya no quedaba ni una cucharada de sopita.
Esas cosas pasan cuando uno remolonea y no se levanta cuando debe.
AHORA UN SONETO
Estás tras de tu tela, caracol,
sumido en un letargo largo y frío,
refugiado en tu casa y atavío
sin sacar tus apéndices al sol
No pienses que pretendo hacerte un gol,
pues no quiere otra cosa el canto mío,
que franquees tu puerta a tu albedrío
y que partas en busca del perol
Ya tus padres comieron sus sopitas
bajo el sol, vaciando la cazuela,
de cebolla, de carne o verduritas
o de un ave casera que no vuela
con fideos, pistones o estrellitas
igual que en otro tiempo hizo tu abuela
Y, DE PROPINA, UN PEQUEÑO POEMA
Un gordo caracol está durmiendo
bajo una espesa mata de romero,
no sé si fue una hora o fueron ciento, pero lleva ya mucho en su agujero.
- ¡HABLE CON SUS
AMIGOS DESDE CASA!, ¡TELERINGG, SU LÍNEA TELEFÓNICA DE CONFIANZA!
-¡Qué buena idea! –dijo el caracol al ver el
anuncio en un muro – Así podré hablar con
los míos desde casa sin tener que pegarme agotadoras caminatas. Voy a pedirlo
de inmediato.
Al solicitar el alta de la línea
telefónica y dar su dirección: “C/
Cualquier sitio pero cerquita”, le aconsejaron que contratara un teléfono
celular ya que su vivienda era móvil y al desplazarse se romperían los hilos de
la línea.
Tenía ya su flamante smartphone,
con cámara fotográfica, GPS y no se sabe cuantas cosas más, pero cuando intentó cargarlo según le
habían indicado, se dio cuenta de que no tenía donde enchufarlo, por lo que tuvo que darse de alta de la luz, con el mismo problema de los cables que con el teléfono, pero pudo montar una instalación solar que le permitía la movilidad.
Una vez cargada la batería
intentó llamar a sus amigos pero, o desconocía sus números, o no tenían
teléfono; así que le resultó inútil, no obstante se entretuvo haciendo fotos a
cada rincón de su vivienda y escuchando su música preferida en los tonos que se
bajaba. Pero lo más importante para él es que se le abrió un nuevo e inmenso
mundo en Internet por el que comenzó a navegar hasta que vio el siguiente
anuncio:
- ¡NO SEA CATETO,
PÁSMESE CON NUESTRO PLASMA!
Y ni corto ni perezoso se compró
el televisor más grande que podía hacer pasar por la entrada de su casa y
además tuvo que instalar una antena en lo más alto y tirar tabiques en unas
cuantas espiras de la concha.
Y pasmado ante la pantalla se
tragaba toda la publicidad y zapeaba cada vez que amenazaban con poner un
programa entre los anuncios.
Así, poco a poco, fue llenando su
casa con: un hidromasaje, microondas, horno, lavadora, secadora,… tantas y
tantas cosas que ya no cabían en su cáscara y tenía que dormir en malas
posturas, por lo que padecía de fuertes dolores de espalda hasta que vio el
siguiente anuncio:
- DUERMA COMO UN
LEÑO CON LÁTEX LO ANDORRANO
Y se encargó un colchón con sus correspondientes somier y canapé. Para poderlo entrar tuvieron que hacer una abertura en un
lateral, que luego cerraron con una ventana, con lo que quedó una casita de lo
más aparente.
Otro día vio el siguiente
anuncio:
PUERTAS FUERTES TE
MANTIENEN INDEMNE
Y encargó que le instalaran una
puerta de seguridad para mantener lejos de sus preciadas pertenencias a los
amigos de lo ajeno.
La puerta sólo respondía a una
clave secreta, algo así como un “ÁBRETE SÉSAMO”, y una vez instalada era
imposible abrirla sin la consabida frase.
Allí estaba parado delante de su
casita, admirando la belleza de su nueva puerta, pero cuando pretendió entrar,
la puerta no respondía a sus palabras ni a sus ruegos.
O bien se había equivocado de
clave o la puerta tenía un fallo, así que se quedó fuera maldiciendo a la
técnica y a la sociedad de consumo.
Tampoco pudo llamara a Puertas
Fuertes para que llegaran a resolver el problema puesto que el teléfono se
había quedado dentro.
Así que tuvo que resignarse, comenzar
a construir una nueva casita y se prometió no volver a mirar un anuncio en lo
que le quedara de vida.
Si algún día yendo por el campo
te encuentras una concha con una antena en lo más alto, una ventanita y una
puerta no dudes de que es la casita del amigo caracol, pero no te molestes en
intentar abrirla si no te sabes la contraseña.