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miércoles, 10 de agosto de 2016

PIRATAS DE BARBADOS. Cap 11.- El asalto a la isla

¿Estaría su objetivo en la isla?
¿Conseguirán capturar a Patacorta?
¿Lograrían llegar sin ser vistos? 
y ¿Qué harían con su odiado enemigo? 
Leed y lo sabréis.
  

11.- EL ASALTO A LA ISLA

Y una mañana partieron rumbo suroeste, hacia la costa continental, al norte de la Costa de los Mosquitos, que ya antes habían visitado. Acabaron, sin novedad, frente al delta del San Juan, que ya habían explorado con La Gaviota; y, costeando hacia el norte, iban dejando atrás: desembocaduras de otros ríos y riachuelos, islotes, cayos con manglares… Suerte de navegar con la carabela, porque en algún punto de la costa podrían haber embarrancado yendo con El Bergante. Hasta que dieron con la embocadura a la Laguna de las Perlas.
Al entrar por aquella especie de amplio canal, vieron a proa una isla y a babor unos islotes. Decidieron recalar en uno de ellos, para ocultarse desde la embocadura y desde la isla, hasta la caída de la noche. Tendrían luz suficiente para acercarse a ella y desembarcar sin ser vistos.
Habían visto en el embarcadero a una nave de gran calado que partió enseguida, por lo que La Gaviota podría atracar sin problemas, pero también habían visto mucho movimiento de gente, aunque a aquella distancia no se podían apreciar más detalles, ni siquiera con el catalejo.
Tampoco sabían si Patacorta estaba en la mansión, una edificación que se veía imponente junto a otros edificios anejos, más pequeños, que deberían servir para la servidumbre y para los guardianes.
- Ha aprovechado bien el tesoro de Barbalarga que requisó en El Bergante – pensó el Capitán.
Se reunieron los dos comandantes y Big, para planear el ataque. Y Big dijo:
- Necesitamos más datos, una visión más cercana de las defensas, del embarcadero, los accesos, y si se puede confirmar la presencia del Comodoro, pero sin llamar la atención. Yo tengo una idea, a ver qué os parece.
Los capitanes le invitaron a exponer su plan, y comenzó:
- Si pudiéramos pasar cerca de la isla, sabríamos cuál es la seguridad de la mansión, por dónde se puede atacar y toda la información recogida puede ser vital a la hora de hacerlo. No podemos acercarnos con La Gaviota sin llamar la atención, pero podemos contar con un medio para pasar inadvertidos. Como hemos podido ver pasan por aquí, desde y hacia el mar, indígenas en sus barcas de pesca; sólo tenemos que camuflar con unas redes, que ya tenemos, a un bote de los de salvamento y ya tendríamos la tapadera perfecta.
- ¿Y qué me dices de la tripulación? - dijo Peel
- Es sencillo, tenemos dos tripulantes perfectos, que no levantarían ninguna sospecha.
- No sé a quién te refieres.
- Pues ¿quién va a ser?; tenemos dos caribeños, si no de pura raza, mestizos, y pueden dar el pego a cualquiera ¿O no contamos con El Antillanito y Caimán Caribeño?
- Está bien, pero no se podrían acercar lo suficiente
- Sí – terció Barbanada – si son pescadores pueden acercarse a intentar vender su pesca; y aunque les rechacen, ya se habrán acercado lo suficiente para no perderse detalle. Además creo que el Caimán es natural de Belice y habla el misquito, al menos puede emplear el acento. La misión no está exenta de riesgos, ciertamente, pero son dos buenos y valientes marineros y no se echarán atrás. Me parece muy bien, Buena idea Big.
- Pues pongámonos en marcha y, cuando regresen con la información, podremos planificar mejor el ataque – dijo Peel
Prepararon el bote de remos con una red de las que había tejido Spider en el viaje por las islas del norte, les vistieron lo más parecido a cómo vestían los pescadores indígenas, aunque no podían ir tan limpios y planchados y tuvieron que arrugar las ropas y ensuciar barca, ropas, cara y pelo, cosa que no les hizo mucha gracia. Tampoco les hizo gracia tener que hacer como un pescador cualquiera: Tirar las redes y pescar lo que pudieran. Suerte que aquellas aguas eran ricas y pronto tuvieron un capazo lleno.
Y aún menos gracia les hizo el tener que ir desarmados, sólo provistos de los cuchillos lo más parecidos a los que pudieran usar los pescadores. Había que ponerse en lo peor y es que, si los capturaban, sería muy comprometedor encontrar una pistola en manos de unos pescadores indígenas.
Y luego remaron, y remaron, hasta la isla. Estaban ya muy cerca cuando, en el embarcadero, aparecieron cuatro hombres armados. No llevaban uniformes, pero se notaba que eran o habían sido marinos. Les conminaron a que se alejaran de allí apuntándoles con los mosquetes y Caimán les dijo, con acento y como chapurreando el ingles:
- Compra, pescado, barato, fresco, bueno
- Marchaos de aquí, no compramos pescado
El Antillanito permanecía en silencio, y mejor que lo hiciera porque no hubiera dado el pego, se le hubiera notado mucho el acento sevillano de su padre.
- Llama jefe, llama jefe, pescado bueno y barato
- Márchate si no quieres que te pegue un tiro – dijo uno apuntándole a la cabeza.
Con aquel revuelo, se acercó por allí alguien que, por su porte y sus maneras, parecía el jefe de los guardianes.
- Nada de tiros, nada de tiros, no queremos tener problemas con los indígenas. Su Señoría no quiere llamar la atención ni enemistarse con ellos.
Y dirigiéndose a ellos, les dijo:
- Si el pescado es bueno y barato ¿por qué vamos a rechazar vuestra oferta? ¿Cuánto?
- Caimán quiere seis todo
- ¿Te vale con cinco?
- ¿Cinco y medio?
- Cinco o nada
- Bueno
- Bien, pues acércate al muelle, deja el pescado ahí y recoge estos cinco – y dejó una moneda sobre las tablas del muelle - Pero ya os estáis marchando y no se os ocurra volver.
Dejaron la canasta del pescado sobre la pasarela de tablas, recogieron la moneda y, cuando ya se marchaban remando sin muchas prisas, le oyeron comentar con los guardias:
- Esta noche Su Señoría nos dirá si el pescado es bueno, porque barato sí que ha resultado.
Y les oyeron reír a carcajadas a los cinco. Caimán no le vio ninguna gracia. Se alejaron remando vigorosamente y dando un suspiro de alivio.
Una vez en la Gaviota, se reportaron con los capitanes y Big
- El embarcadero es más que suficiente para La Gaviota y puede llegar sin problemas de calado ni de amarre – dijo El Antillanito
- Sólo hemos visto a cuatro guardias y al que debe ser su jefe, pero no quiere decir que no haya más; aunque, si los hay, deben estar en un edificio cuadrado que hay a la derecha de la mansión, tocando a la selva. He visto a otro hombre armado entrar allí – dijo Caimán.
- Por lo que hemos oído al jefe de los guardias, el Comodoro está en la casa y esta noche cenará allí
- En el embarcadero he visto dos culebrinas preparadas, un ataque abierto con La Gaviota podría ser peligroso.
- Y la puerta principal parece muy resistente, pero hay una puerta lateral que imagino da a las cocinas, porque he visto cómo entraban por allí la cesta del pescado, tú no porque estabas de espaldas.
- Pues tú no has dicho una palabra ¿estabas asustado?
- ¿Yo asustado? ¡retíralo de inmediato!
- Bien, perdona, no era mi intención, ruego disculpas.
- Esta bíen, pero esos cinco son para repartir porque no pretenderás quedarte con la moneda entera.
- Podríamos atacar desde el interior – dijo Peel cortando la discusión
- Sí, pero desconocemos el terreno – dijo el Capitán
- Pues no estaría mal hacer una exploración por tierra
Big se dirigió a los dos “pescadores” aún sucios y harapientos
- ¡Muy bien muchachos! ¿Qué os parecería daros otro paseíto? ¡total, ya le habéis cogido gusto al remo!
Ambos protestaron, pero al mismo tiempo dijeron al unísono:
- ¿Qué hay que hacer?
- Hay que bordear la isla, aunque no es preciso pasar cerca del embarcadero y que os puedan reconocer. Una vez que se pierda de vista la mansión, buscad un lugar apropiado para desembarcar, y un sendero seguro y discreto para llegar a la mansión desde la retaguardia y, especialmente a ese edificio que habéis comentado.
De modo que, sin lavarse ni cambiarse de ropa, volvieron al bote; pero esta vez lo hicieron bien armados con machetes y pistolas. Y volvieron a remar, y remar, y volvieron a acercarse a la isla; aunque desde una prudencial distancia, viraron a estribor y doblaron una especie de cabo, perdiendo de vista la mansión.
Con las máximas precauciones se acercaron a la orilla. Cabía la posibilidad de que tuvieran vigilancia destacada por los alrededores. Encontraron una pequeña playa pedregosa, que les permitió desembarcar y amarraron el bote al tronco de un mangle. Hacia la derecha se veía un manglar, en un terreno pantanoso, pero un sendero se internaba en la espesura, en dirección a la mansión, aunque estaba invadido por la maleza. Parecía un sendero indígena de uso ritual o de caza ya abandonado tiempo ha. Los machetes salieron a relucir; no hace falta decir que estaban afilados por Georg Berg, y cortaban ramas y lianas con la misma facilidad con la que un cuchillo caliente la mantequilla. Avanzaron abriéndose camino en silencio. Por allí no se notaba una rama tronchada, una huella, nada que pusiera en evidencia la presencia humana, al menos en mucho tiempo, parece que a los nuevos ocupantes de la isla no les preocupaba mucho un ataque desde la selva y la marisma.
Entre la espesura se podía ver ya la imponente mole de la mansión y, más cerca, aquel edificio sospechoso.
Tras una meticulosa observación retrocedieron por donde habían llegado, soltaron el bote y regresaron a La Gaviota. Tras dar su informe, marcharon rápido a darse un buen baño y ponerse ropa limpia
Los capitanes, junto con Big, ya disponían de toda la información y se pusieron a estudiar el plan de ataque.
Concluyó el Capitán:
- Está claro que primero hay que sorprender a los centinelas y luego neutralizar al resto de la guardia personal del Comodoro. Luego, el “abordaje” a la isla y el asalto a la mansión es pan comido para la tripulación; aunque no se puede descartar que, dentro de la mansión, haya más guardias armados. De modo que la toma de la misma debe ser lo más prudente posible para evitar bajas por ambos bandos; no venimos a ejecutar a nadie, ni tan siquiera a Patacorta, venimos a darle una lección que no olvide y que nos quite la espina que todos llevamos clavada, y algunos de nosotros desde hace años.
- Yo me pido el ataque por tierra – dijo Big – y quisiera elegir los compañeros del comando.
- Pues yo también quiero ir – dijo Peel
- Me parece bien, tú te encargas de la casa de los guardias y yo me ocuparé de los centinelas del exterior.
- ¿De modo que me dejáis a mí al margen de la diversión?. Bien, ya me quedo yo con La Gaviota y el ataque frontal. No vamos a discutir, pero os ruego que inutilicéis las culebrinas – dijo el Capitán
- Así se hará
- Ahora se trata de elegir a mis acompañantes – dijo Big – y seguro que va a haber problemas, porque todos querrán ir, pero los quiero elegir yo. Con tres tengo bastante, ¿y tú?
- Pues yo, con otros tres ya me arreglaría
- Así que necesitamos la chalupa para los ocho.
- Ahora no os vayáis a pelear a la hora de elegir vuestro equipo
- Espero que no ¿Verdad Peel? Y si no nos ponemos de acuerdo, a los dados
No hubo que recurrir a los dados.
Peel eligió a dos de sus antiguos compañeros de La Gaviota: Franz Skaner y Louis Hay; y, aunque tuvo que regatear con Big, se quedó también con Porfavor Johnson.
Big se quedó con Berg y su machete, Spider y también con Caimán, porque conocía el desembarcadero para la chalupa y el camino.
La entrada en acción de La Gaviota respondería a una señal desde el embarcadero, encendiendo una luz cuando se hubiera eliminado toda la resistencia exterior. La Gaviota atracaría y destacaría un grupo para atacar la puerta lateral; aunque, por orden expresa del Capitán, había que intentar evitar el derramamiento de sangre. Así que todos irían provistos de cabillas; de modo que, como mucho, se podría romper alguna cabeza. Para conjurar ese riesgo, Big no la usaría, le bastaría con sus puños demoledores.
Al caer la noche, la chalupa ya estaba preparada y con todos sus tripulantes a bordo, impacientes por entrar en acción. La Gaviota salió de su refugio tras el islote y tomaron rumbo a la isla. A las pocas millas el Capitán ordenó echar el ancla, y la chalupa siguió su rumbo hasta llegar a aquella playa pedregosa. La amarraron al mismo mangle de antes y se internaron por el sendero que Caimán y Antillanito habían descubierto. En cabeza iba Berg, repasando la poda con su machete, seguido por Caimán y los demás.
Llegaron al lugar y Caimán les advirtió que, a partir de allí, el terreno era despejado y los podrían descubrir. Berg abrió un boquete en la vegetación, suficiente para pasar.
Esperaron un rato para observar los movimientos en el exterior de la mansión y el embarcadero.
Un centinela paseaba por las tablas del muelle, arriba y abajo. Otro estaba sentado en la esquina, dominando las puertas principal y lateral aunque prestaba muy poca atención a la de la cocina. Y dos más charlaban animadamente sentados en el suelo frente a una fogata y de cara hacia el mar, al que de vez en cuando miraban, pero sin prestar demasiada atención.
En el edificio de los guardias no se apreciaba movimiento alguno.
Ya se habían repartido sus presas: Big se encargaría del vigilante de la puerta, Berg y Caimán de los de la fogata y Spider del que paseaba por el embarcadero que, en sus idas y venidas, pasaba bajo las ramas de un enorme cedro.
El otro grupo avanzaría sobre la casa y tratarían de entrar sin hacerse notar. Había unas ventanas y pensaban que podían estar abiertas, ya que era una noche calurosa.
La Luna Llena ayudaría a avanzar sin tropezar ni errar el camino, pero tenía el inconveniente de que podrían descubrir su presencia.
Ya estaban saliendo de su escondite, cuando Big les hizo retroceder a las sombras del matorral, una puerta se había abierto y cuatro hombres, armados con mosquetes, salieron, se acercaron a los centinelas y les hicieron el relevo. Afortunadamente, el siguiente relevo no sería, previsiblemente, antes de pasadas cuatro horas. De modo que no podrían sorprenderlos, como casi había estado a punto de ocurrir.
Los centinelas salientes se retiraron a la casa. Lo que no pudieron apreciar desde su escondrijo, es si habían cerrado bien la puerta o no, pero lo que sí podía deducirse es que dentro, al menos habría ocho guardias.
Uno de los recién llegados marchó al embarcadero y comenzó sus paseos arriba y abajo, otro fue a la esquina de la fachada principal y se sentó en el suelo de tablas del porche, y los otros dos, alimentaron con sendos palos el fuego y se sentaron a charlar, como los anteriores.
Esperaron un rato por si había cambios en la rutina, pero todo seguía igual. Salieron sigilosamente y cada cual se dirigió a su objetivo:
Los tres y Peel, se acercaron al lateral de la casa de los guardas, protegidos entre las sombras.
Spider se deslizó por las hierbas camino del cedro y corrió a ocultarse tras el tronco en el momento en que el centinela estaba al extremo del embarcadero, trepó por el tronco y hasta una gruesa rama, bajo la cual pasaría en sus idas y venidas. Se preocupó mucho porque una pequeña ramita se había tronchado y había caído, pero el centinela pasó sobre ella y no le debió dar importancia. Esperó a que todos estuvieran en posición para actuar.
Berg y Caimán, se deslizaban reptando silenciosamente por la hierba a espaldas de los centinelas de la fogata, que charlaban sin darse cuenta de nada.
Big se deslizó hasta la pared lateral de la mansión, la luna iluminaba todos los alrededores, pero la mansión proyectaba una oscura sombra por allí cerca, y Big buscó refugio en la oscuridad.
Spider comprobó que todos estaban en sus puestos y ellos le vigilaban esperando actuar coordinadamente. El momento sería cuando el centinela pasara por debajo de la rama y, entonces, todos se lanzarían sobre sus presas. Todos, menos Big, empuñaban firmemente su cabillas.
Llegó el centinela bajo Spider y éste se dejó caer cabilla en mano sobre él. En ese momento otras dos cabillas y un puño produjeron un sonido sordo y el silencio fue total, junto al fuego sólo se oía el chisporroteo de los troncos.
Peel y los suyos comprobaron la puerta y sólo estaba entornada, penetraron a tientas, pero por las ventanas penetraba luz suficiente para ver una docena de camastros, ocupados ocho de ellos por otros tantos bultos que roncaban sonoramente, tanto que apagaron el sonido de cuatro cabillas abatiéndose sobre cuatro cráneos y luego sobre otros cuatro, y cesaron drásticamente los ronquidos. Los cuatro siguieron revisando minuciosamente todas las dependencias sin encontrar nada.
Mientras tanto Big había encendido una antorcha, Berg y Caimán arrastraron a un lado a los cuatro durmientes y Spider se puso a rellenar las bocas de las culebrinas de gruesos guijarros y agua. Si estaban cargadas, la pólvora ya no sería capaz de prender y disparar y, si aún así deflagraba, como mucho reventarían.
La Gaviota aún tardaría un rato en atracar. Mientras tanto los cuatro revisaron puertas y ventanas. El silencio era absoluto y, de pronto, escucharon unas pisadas que les pusieron en guardia, pero eran los compañeros. Habían acabado de revisar la casa de los vigilantes y los alrededores sin encontrar nada, y habían arrastrado a los ocho a un cuarto, cerrándolos con llave, luego se cargaron al hombro a los otros cuatro y los llevaron a la casa a dormir con sus compañeros.
Los ocho, ya libres de guardias, podrían haber entrado en la mansión y acabar con cualquier resistencia, pero decidieron que no debían arrebatarle al Capitán, al menos la satisfacción de entrar en acción y capturar a Patacorta, porque ellos ya habían tenido su ración.
Comprobaron la puerta lateral, la de la cocina. Estaba cerrada pero con una endeble aldaba. Berg insertó un fino estilete entre marco y puerta y se abrió silenciosamente, sin el mínimo chirrido. Y esperaron.
La Gaviota aún no había sido amarrada, cuando el Capitán saltó por la borda y corrió hacia el grupo que le esperaba al final del embarcadero.
- Todo controlado y en orden mi capitán – dijo Peel – el paso está franco, sólo falta saber si puede haber resistencia dentro de la mansión, pero estábamos esperando órdenes.
- Habéis hecho bien y os lo agradezco; no me gustaría perderme la cara de Patacorta cuando nos vea, y aún más habiéndome perdido la diversión previa.
Respondió Big:
- No hay de qué mi capitán. Sé que toda la tripulación estaría dispuesta a entrar, pero no se puede. Mientras entramos, podrían encargarse de revisar los alrededores y hacer guardia en todas las puertas y ventanas por si alguien intenta escapar, así como vigilar la casa en donde tenemos encerrados a los guardias, no sea que alguno se despierte.
- Si llevamos adentro a alguno de la tripulación, el resto se pueden sentir molestos y no quiero ofender a nadie; entraremos únicamente los tres, creo que nos bastaremos para la faena.
Se dieron las órdenes y unos fueron a revisar los alrededores, otros de guardia en puertas y ventanas y a la casa de los guardias. Caimán, con otros tres, regresó por el camino a recoger la chalupa y llevarla al embarcadero.
Los tres penetraron con todas las precauciones en la oscura cocina, sólo iluminada por la luz de luna que entraba por la puerta. Había dos puertas y Big abrió con cuidado la de la derecha, pero era la despensa. Suerte que la construcción era nueva y las puertas no chirriaban. La otra puerta daba a un pasillo desierto que desembocaba en un vestíbulo. Sólo un candelero, en el piso superior, arrojaba un poco de luz muy tenue, pero lo suficiente para no tropezar.
Había que revisar toda aquella planta para tener las espaldas cubiertas, pero sólo encontraron un baño, la puerta principal, otro cuarto con cosas de limpieza y un gran salón, suerte que el servicio debía vivir en otra de las casas anexas. También había dos dormitorios vacíos y otro cuarto que parecía utilizarse por un servicio de guardia, con un armero, una mesa y una silla.
En la planta baja no había nada, pero recordaron lo que les habían dicho El Antillanito y Caimán; los guardias tenían un jefe, y no era probable que estuviera entre los doce de allá afuera.
Debían ir con mucho cuidado. Subieron las escaleras y se encontraron con ocho puertas ¿cuál sería?. Fueron abriendo una tras otra. Salvo la tercera, no estaban cerradas y daban a baños y alcobas vacías. Sólo faltaba comprobar esa puerta cerrada, que no podía ser otra cosa que el dormitorio de Patacorta. No había posibilidad de abrirla sin ruido, así que se pusieron de guardia a ambos lados de la puerta y Big la embistió como una tromba. La puerta, arrancada de los goznes, cayó y Big con ella hasta el fondo de un dormitorio iluminado por una vela. Los capitanes comenzaban a entrar; cuando una figura en camisón, esgrimiendo furiosamente un sable, acometió a Peel hiriéndole en la cara, Big le golpeó con el puño cerrado sobre la cabeza, de arriba a abajo, y cayó como un guiñapo.
Peel sangraba mucho por la mejilla y Big le aplicó su pañuelo de cabeza ¡qué gran invento y qué útil el pañuelo de cabeza!, y se detuvo la hemorragia.
Miraron al durmiente y estaba claro que no era Patacorta.
Ya no quedaban habitaciones por revisar y no lo habían encontrado. ¿Acaso no estaba? ¿Se habrían equivocado?
El silencio era total, era extraño que aquel escándalo del derribo de la puerta y el ataque del desconocido no hubiera movilizado a cualquier otro habitante; pero ya habían visto que, en todo el edificio, no había nadie más
Ya iba Big a cargar con aquel extraño para llevarlo a encerrar, cuando el Capitán se fijó en una puerta al fondo de la habitación, ¿Adónde podría dar? ¿a un armario? ¿al exterior?
Se acercó y comprobó que no estaba cerrada, tiró de ella y encontró un reducido espacio cerrado con una estrecha escalera a la izquierda. A la luz de la vela comenzó a subir, seguido por Big, y por Peel que se apretaba el pañuelo sobre la mejilla.
Llegaron a un piso superior, que nunca hubieran pensado que existiera. Estaban en una especie de rellano. La luz de la luna penetraba por un tragaluz en el techo abuhardillado y a esa tenue claridad más la de una vela, que llevaban desde el piso inferior, pudieron ver dos puertas cerradas. La primera daba a un gran cuarto de baño con una enorme bañera de cinc, y la otra puerta…
En un enorme lecho, con dosel, reposaba una figura que roncaba estrepitosamente. Estaba destapado y sólo vestía camisón y gorro. No había duda, su pierna izquierda acababa en un muñón. Con la vela, el Capitán encendió los candelabros que flanqueaban el cabezal y se sentó en la cama.
El durmiente abrió los ojos como platos y dio un respingo, pero el Capitán le hizo chisssst con el dedo y se quedó inmóvil, como paralizado.
- ¡Vístase y síganos!- ordenó
Y el otro no dijo una sola palabra, hizo lo que le había ordenado, se vistió, se ató las hebillas del pie de madera y bajaron a la otra planta por aquella escalera secreta, bajaron a la planta baja y Big entregó el jefe de la guardia, que se había echado al hombro, a los hombres que esperaban.
Pronto amanecería y era mejor dejar aquellas aguas antes de que pudiera llegar algún otro barco con provisiones o refuerzos. A Patacorta lo alojaron cómodamente en la bodega. Los guardias y su jefe seguían dormidos, aunque vivos, y los dejaron sobre las tablas del embarcadero. Lástima no poder estar presentes cuando se despertaran y comenzaran a preguntarse qué había pasado.
La chalupa ya estaba izada, subieron todos a bordo, desamarraron y partieron hacia mar abierto cuando ya clareaba.

Y LA SEMANA PRÓXIMA


miércoles, 15 de junio de 2016

PIRATAS DE BARBADOS. cap.3 En la Isla de Barbapapá

¿Existen los tesoros piratas?. Eso es 
algo que hoy descubriremos. Yo más 
bien diría que existieron alguna vez, 
pero... la pregunta sería: 
¿Queda aún alguno?


3.- EN LA ISLA DE BARBAPAPÁ


Ya en La Tortuga pasaron unos días en dique seco para la reparación  de El Bergante. Mientras tanto compraron velas nuevas, pólvora y proyectiles e hicieron acopio de provisiones para el cuerpo y para el espíritu, o podríamos decir más bien: corporales y espirituosas.
Y, por fin, los piratas del Capitán Barbanada partieron de La Tortuga en busca de naves que abordar, de guerra que hundir y de recreo, de esas que vienen y van, para recrearse la vista al verlas navegar tan gráciles y ligeras, como si estuvieran bailando un ballet.
El Capitán pensó que la noticia del hundimiento del Titán ya habría llegado al Gobernador de Port Royal y los estarían buscando por aquellas latitudes; de modo que decidió, aunque eran unos mares poco conocidos y visitados, poner rumbo al norte para explorar las rutas que las naves españolas e inglesas frecuentaban en su travesía hacia el Viejo Continente y, de paso, alejarse de Jamaica y de los mares más frecuentados por la Flota Inglesa.
Ya sabemos lo que pasa en altamar cuando hay calma chicha; que los días son lentos, al igual que el barco, y que hay provisiones que se acaban, como por ejemplo el agua. No porque los tripulantes de El Bergante se la bebieran, puesto que preferían beberse otras cosas, sino para los pucheros de Doug Adams, para fregar la vajilla y el menaje, para el baño y por la obsesión de todos en lucir unas ropas mucho más limpias y más blancas que el vecino, de modo que todo se iba en remojados, lavados y aclarados.
Era preciso reponer las reservas de agua lo más pronto posible, y el vigía tenía orden estricta de no dejar escapar ninguna isla, por pequeña que fuera, que apareciera en lontananza.
Lontananza es ese lugar lejano e inalcanzable, en donde se suelen encontrar las cosas remotas, aunque por su lejanía no se pueden encontrar. Hecha esta innecesaria y pedante aclaración semántica, seguimos enhebrando el hilo del relato.
El vigía temía avizorar alguna isla y que ésta se le escapara; pero podía estar muy tranquilo, las islas no se mueven así como así. Y si lo hacen, si se mueven, es mejor no intentar acercarse a ellas porque, a buen seguro, se trataría de alguna ballena.
- ¡Tierra, tierra, tierra! - gritó el vigía
- ¡Agua, agua, aguarda un momento! ¿por dónde dices?
- Por estribor y a unas veinte millas
De modo que “Cuatrorrumbos”, el timonel, dio un giro a la rueda de cabillas y dirigió al Bergante hacia aquella latitud.
El Capitán consultó las cartas de marear y terminó con la cabeza hecha un lío de campeonato, todo le daba vueltas; pero acabó por averiguar, tras consultar las coordenadas con el sextante, que se trataba de una isla de curioso nombre, la Isla de Barbapapá.
Pensaréis que me lo he inventado y que ninguna isla puede llamarse de un modo tan extraño, pero el nombre no lo era tanto. La había descubierto hacía muchos años el famoso pirata Barbalarga, hijo de Barbacana. Barbacana había sido un famoso pirata de los antiguos, de los míticos inicios de la piratería en el Mar Caribe. Se llamaba Barbacana, aunque no porque tuviera la barba canosa, puesto que ni siquiera lucía barba. Le llamaban así porque era el bastión defensivo más avanzado, más decidido y valiente en cualquier batalla, y también en el ataque.
Barbalarga había descubierto aquella isla al principio de sus actividades piratescas y, como quiera que su padre ya era anciano y declinaba su aureola como “Terror de los Siete Mares”, como ya iba cayendo en el olvido, decidió ponerle el nombre de Isla de Barbacana en su honor. Pero como quiera que Barbalarga, a veces, también decía:
- Rumbo a la Isla de Papá
Al cabo del tiempo, los piratas de su tripulación y finalmente los de todo el Caribe comenzaron a llamarla, por abreviar, la Isla de Barba o la Isla de Papá; y luego, para sintetizar, Isla de Barbapapá, y así se quedó para los restos y para las cartas marinas. De todos modos era una isla sin interés alguno, escasa en recursos y muy limitada de dimensiones.

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Hacia años que Longbeard, es decir el Capitán Barbalarga, había tenido un golpe de suerte. Abordar un barco mercante era fácil, pero el botín no solía ser gran cosa. Iba dando para cubrir gastos y repartir algo de botín entre la tripulación, y algo para el Capitán, como es natural, pero no mucho.
Desde pequeño, Frederic Freakley, al que luego llamaron Barbalarga, había oído a su padre hablar de los ricos tesoros capturados en los buenos tiempos de la piratería:
- Aquellas sí que eran buenas presas. Nuestros cofres rebosaban de lingotes y monedas de oro, así como de piedras preciosas.
- ¿Y dónde fue a parar todo ese oro y pedrería, Papá?
Frederic siempre había sido el niño mimado de su padre, siempre le tuvo un respeto reverencial y ansiaba ser tan grande como Papá.
- Todos los que estaban a mi lado se marcharon con una fortuna.
- ¿Y tú no te quedaste nada?
- Eso ya lo sabrás a su debido tiempo.
Y ahora, en aquella ocasión, había llegado el debido tiempo.
Una nao se puso a su alcance. La escoltaba un patache bien artillado, y eso despertó su curiosidad y su ambición.
- Si lleva escolta es señal evidente de que transporta algo valioso. ¡Vamos a por ellos! ¡Todos a los cañones! ¡A toda vela! ¡ Orzad a estribor! ¡Preparaos para el abordaje!
La actividad en el Avenger, que así se llamaba el barco de Barbalarga, era frenética. Los artilleros estaban a punto con sus botafuegos encendidos y preparados para prender las mechas.
- Hay que acabar con el patache ¡Preparados!
Y en el momento en que se encontraban a tiro, ordenó:
- ¡Fuego!
Y se encendió el infierno en la cubierta del patache, pero no por los disparos del Avenger, sino por uno de sus propios cañones. Al dispararlos, uno de ellos no estaba bien asegurado, se destrincó con el retroceso viniendo a dar, como un ariete, contra un barril de pólvora que hizo explosión, barriendo toda la cubierta y acabando con todo lo que le rodeaba.
Las balas de ambos navíos habían errado el blanco y resultaron inocuas, pero no así los efectos de la explosión.
El capitán del patache, sin suficientes artilleros indemnes, no consiguió que se recargaran los cañones, pero Barbalarga aprovechó la oportunidad y acabó acribillando a su adversario y enviándolo al fondo.
El abordaje de la nao fue coser y cantar, y Barbalarga se encargó personalmente de revisar la carga.
Era una presa poco habitual. Se trataba de un transporte de lingotes de oro, desde las posesiones ultramarinas con destino a la metrópoli, Londres. Seguramente eran fruto del saqueo de naves españolas, pero a Barbalarga aquello no le importaba, ¡allá cada cual!.
Tras aquel éxito, y no antes; Barbacana, orgulloso de su retoño, le confesó el paradero de su tesoro. Un tesoro al que Barbalarga añadió el oro de su último botín y decidió esconder en una isla solitaria, desconocida y que él había descubierto hacía tiempo en una situación de emergencia.
Decidió que aquella isla sería el lugar más seguro para ocultar su tesoro y, para mayor seguridad, dejó abandonado en aquella isla casi inhabitable al único marinero del Avenger conocedor del lugar exacto del paradero de su tesoro con la intención de que se llevara a la tumba su secreto.
Barbalarga fue también muy inteligente al no tratar de ocultar la existencia de dicha isla, una isla carente de recursos y de cualquier interés. Al contrario, la dio a conocer al ponerle el nombre de su padre y hacer frecuentes travesías por sus inmediaciones. Para que algo pase inadvertido a todos no hay nada como dejarlo bien a la vista, debió pensar acertadamente.
Consiguió también que dicha isla apareciera en las cartas marinas, pero como una de las muchas islas deshabitadas, inhabitables y nada útiles.
De modo que, durante años, a nadie se le ocurrió  recalar allí, hasta que lo hizo el Capitán Barbanada con El Bergante, en busca de agua.

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Tuvieron que fondear lejos de la costa porque no había suficiente calado. Si El Bergante hubiera sido una carabela podrían haber llegado casi hasta la playa, pero con aquel bergantín no era posible. 
De modo que botaron la chalupa, cargaron las cubas vacías, algo de bebida y provisiones, y el Capitán partió, al frente  de un grupo de hombres armados, porque nunca se sabe qué podía pasar en una isla desierta y tampoco se sabía si realmente lo era. Isla era evidente que lo era, no había la menor duda, pero eso de desierta aún no lo sabía a ciencia cierta.
Por las notas de la carta marina, el Capitán supo que había un manantial al norte, al pie de un pequeño y antiguo volcán de escasa altura; y allí se encaminaron todos, acarreando las cubas y maldiciendo anticipadamente a Isaac Newton y a la ley de la gravedad que hacía poco acababa de enunciar, al pensar en lo que pesarían al regresar, una vez estuvieran   llenas.
Quitando unos escasos cocoteros dispersos, no parecía que allí hubiera alimento suficiente para que alguien pudiera subsistir y, quitando un lagarto que escapó como una  exhalación, tampoco proteína animal suficiente. De modo que el Capitán concluyó que allí no iban a encontrar habitantes y podían sentirse tranquilos y seguros. El Capitán tenía casi toda la razón; y digo casi porque no encontraron habitantes, aunque sí habitante.
Un escuálido, macilento, sucio y harapiento personaje les salió al paso y todos dieron un paso atrás a causa de la sorpresa, el aroma que exhalaba y temiendo mancharse sus impecables uniformes de pirata.
Tan demacrado, tan esquelético y cadavérico y tan negro de roña estaba, que hubiera servido como bandera a cualquier barco pirata, salvo El Bergante, porque su bandera era algo especial.
El Capitán le increpó y el otro se encrespó.
- ¿Quién eres tú y qué haces aquí? si puede saberse, y usted disculpe.
- ¿Y vosotros tan acicalados y relamidos? ¿qué hacéis en mi isla? ¿quién os ha dado permiso?
- Esta isla no es tuya, seas quien seas, es la de Barbapapá o, digo mejor, es la Isla de Barbacana, y nosotros vamos donde nos da la real (Dios Salve al Rey) gana. No vas a ser tú quien nos lo impida.
- ¿Barbacana? Ahora debe ser Barbablanca, si es que sigue con vida y se la ha dejado crecer. Barbacana lo era hace muchos años, aunque no tenía barba cuando su hijo me abandonó aquí al cuidado de su tesoro. No sabéis lo duro que es sobrevivir aquí, y lo peor, sin nadie con quien poder hablar. Ya casi estaba olvidando cómo se hace y casi no recordaba como sonaba una voz humana. ¡Llévame contigo! ¡déjame pertenecer a tu tripulación !
Venciendo los reparos y la repugnancia el Capitán se acercó y dijo:
- Me parece que tú no encajarías de ninguna manera en mi tripulación, te falta clase, modales, educación y, además, tienes más roña que el palo de un gallinero y apestas.
-¡Por favor! ¡por favor! - dijo Bennie el Goonie, que así es como se llamaba aquel extraño pirata, dando un paso hacia adelante. El Capitán dio un respingo y dos pasos atrás..
- Bueno, vete ahora a la playa, date un buen baño y ya hablaremos luego, veremos si entonces te permito subir a bordo. Pero si lo haces será en calidad de pasajero hasta que te pueda desembarcar en el primer puerto. Como tripulante, lo dudo, te falta mucho por aprender.
Siguieron todos internándose en busca del manantial. Bennie el Goonie marchó a la playa a bañarse, aunque para librarse de todo lo acumulado en años necesitaría estar largas horas en remojo y frotar a conciencia y enérgicamente. ¿Qué quedaría de él después de eliminar aquella gruesa capa, dura y rugosa como cuero de elefante?
Mientras tanto, los expedicionarios habían llegado ya al manantial, habían cargado el agua y se habían tomado unas botellas de ron para cargar energías que les permitieran cargar las cubas sin que supusieran una carga o, al menos, para estar lo bastante cargados para no notar el peso de la carga del cargamento con que tendrían que cargar.
Bennie se había frotado enérgicamente con arena de la playa y se estaba aclarando en el agua. Ahora su piel no era negruzca con tonalidades verdosas y marronáceas. Ahora tenía un color rojo como un tomate, de tanto que se había frotado con la arena, pero también se había desprendido de sus harapos; y aquel fideo rojizo, que parecía más el bigote de una gamba que otra cosa, tenía un aspecto deplorable y sin una mísera hoja de parra o de palmera con qué taparse las vergüenzas. El agua salada le escocía en aquella piel desollada y desprovista de su habitual armadura o corteza protectora y se rascaba afanosamente, cosa que agravaba aún más su problema.
En cuanto llegaron y lo vieron así, no pudieron reprimir una carcajada colectiva, pero a Big le dio pena, se quitó el pañuelo de la cabeza y Bennie casi se pudo hacer con él una túnica hasta los pies.
Entre todos cargaron las cubas, treparon a la chalupa y remaron, vigorosa pero rítmicamente, al ritmo de la Banda que, desde la cubierta de El Bergante, tocaba una tonada escocesa con Robert Gordon, expatriado del clan Gordon, a la gaita.
Al subir a bordo, el resto de la tripulación quería saber quién era aquel personaje tan peculiar, pero no lo demostraban abiertamente para que no se les tachara de mal educados.
-¿Qué novedades traéis?
- ¿Estáis todos?
- Pues yo no quiero señalar, pero los números no me cuadran
-¿Estaba habitada la isla?
- Big, hacía tiempo que no te veía el pelo
- ¡Entendido! Lo he entendido perfectamente, nada de indirectas ¡queréis saber quién es! - dijo el Capitán.
Y, tras ponerles al corriente de las circunstancias del encuentro, añadió.
- A ver si le encontráis algo de ropa, si es que hay alguna talla que le cuadre, no puede andar por ahí con un pañuelo de cabeza.
- La mía puede que sí – dijo Jim Botones, el grumete.
Y se lo llevó al camarote para buscarle unas ropas que le devolvieran a él algo de la dignidad y a Big su pañuelo.
Mientras regresaban, el resto había bajado el agua a la bodega y pronto se reunieron todos en cubierta.
Bennie iba perfectamente ataviado de pirata, pero no como él solía vestir cuando estaba en activo, sino como aquellos raros piratas de El Bergante, limpios y pulidos. Le sobraba un tanto de cintura, caderas y hombros, pero al menos no iba arrastrando las perneras, ni las mangas le ocultaban las manos. Por otra parte se había rociado abundantemente con colonia y olía bien, aunque seguía teniendo el color rojizo de la fricción con la arena y le seguía picando todo.
- Tendrás que conseguir otras ropas a tu medida si no quieres parecer un espantapájaros, aunque bien mirado puede que éstas te queden bien en cuando engordes un poquito – le dijo Big en el momento en que Bennie le devolvía su pañuelo de cabeza.
Big se lo guardó con un fruncimiento de nariz. Tendría que ponerlo con lejía y lavarlo a fondo.
- Capitán – dijo Bennie con un hilo de voz – le estoy muy agradecido por rescatarme cuando ya desesperaba en volver a ser una persona humana entre humanos, y por acogerme tan generosamente en su barco. En prueba de mi agradecimiento, le descubriré un secreto que he guardado celosamente durante estos años, nada más y nada menos que el fabuloso tesoro de Barbalarga, que el diablo confunda.
- Me parece que vas a necesitar unas lecciones de modales ¡caramba! Y de cortesía ¡voto a Bríos!. Pero a eso que nos ofreces, tengo que decirte que no sabes qué tesoros son los que nos interesan.
- Pero Barbalarga tampoco sabe en qué se ha convertido su tesoro y, de saberlo, estoy seguro que se subiría por las paredes..
- Está bien, veámoslo, simplemente por curiosidad, pero si nos engañas te arrepentirás, lamentarás haberlo hecho y pasarás el resto de tus días en esta dichosa isla.
Eran finos, corteses, educados pero, como ya sabemos, muy sanguinarios; así que, para celebrar lo que fuera que hubiera que celebrar, no importa qué, se tomaron unas rondas de Bloody Mary. Bennie no lo cató, su estómago no lo hubiera tolerado y no era lo bastante sanguinario. Sólo comió un tomate en ensalada, pan, queso y un vasito de vino, y todo le supo a gloria.
Volvieron a la chalupa, que aún no habían izado a bordo, y partieron hacia la isla. El Capitán llevaba el timón y a los remos iban: Big, El Antillanito con su estoque, Porfavor Johnson y Caimán Caribeño. Les guiaba Bennie, y Jim Botones les acompañaba como grumete y ayudante.
Bennie les guió por un camino oculto y estrecho, hasta la boca de una gran cueva. Olía intensamente a humo y se notaba que allá adentro se habían encendido muchas fogatas durante años. Una gran sala llena de grandes estalactitas resultaba ser la vivienda de Bennie a lo largo de aquellos años. No quedaban estalagmitas; salvo unas cuantas que, tronchadas a baja altura, debían haberle servido de asiento. Completaba el mobiliario una especie de mesa hecha con cañas de bambú atadas y con patas de cocotero y un lecho hecho de hojarasca seca con hojas de palmera entretejidas sobre un entramado de bambú. En un rincón se veían unos sencillos recipientes de barro cocido que parecían hechos por él mismo y algo así como unos cubiertos hechos con caña de bambú..
Al fondo de aquella sala algo brillaba cegadoramente, aún más que sus espadas y sus correajes, que ya es brillar. Una inmensa panoplia reposaba contra la pared y en ella relucía media docena de enormes sables de oro con empuñadura recamada de diamantes, cruzados y apoyados sobre un gran escudo, que incluso a Big le vendría grande, todo él de oro y recubierto con círculos concéntricos de las piedras preciosas más ricas y multicolores.
Bennie había convertido el tesoro de Barbalarga en aquella impresionante obra de arte, y a Barbanada le gustó porque no servía para nada, sólo de adorno. Estaba claro que Bennie, durante muchos años, se acabó aburriendo y se tuvo que buscar una distracción para no acabar volviéndose loco, aunque no se sabe si llegó a tiempo de no hacerlo. Ningún pirata hubiera empuñado un sable de aquellos, aunque su vida corriera grave peligro y aunque hubiera sido capaz de levantarlo del suelo y enarbolarlo. No eran apropiados para el combate, y tampoco el escudo, pero todos quedaron boquiabiertos a la vista de aquel insólito tesoro.
- ¡Córcholis!
- ¡Caracoles!
- ¡Caramba!
- ¡Carape!
- ¡Cáspita!
Dijeron llenos de admiración y asombro.
Era inconcebible que aquello lo hubiera podido forjar Bennie, sin ayuda y sin herramientas, aunque algunas sí tenía porque se había quedado olvidada en tierra la caja de herramientas del herrero de a bordo. Y, en cuanto a la fundición, se las arregló con una fragua improvisada y casi todos los cocoteros de la isla. Ahí sí que no fue capaz de medir las consecuencias de sus actos. Al usar los cocoteros en la fragua vio mermada considerablemente la producción del único alimento abundante en la isla, aparte de algunas aves marinas, algún lagarto y, eso sí, los pocos peces y moluscos que podía pescar. Por todo eso es por lo que lo habían encontrado en aquel estado extremo de desnutrición y delgadez.
El Capitán ordenó llevar todo a la nave, y lo tuvieron que hacer en dos viajes, uno para el escudo y otro para los sables; pero, una vez a bordo, lo celebraron como sólo ellos sabían hacerlo.
- Te acabas de ganar un puesto en la tripulación de El Bergante, no sé si sabes combatir pero al menos puedes sernos útil como herrero, aunque antes tendrás que someterte a cursos intensivos de cortesía y etiqueta con el Jefe de Protocolo de a bordo.
Izaron la chalupa, izaron las velas, izaron el ancla y zarandeados por un fuerte viento racheado de levante que se acababa de levantar, tomaron rumbo a Jamaica. Ésta vez sí.


Y LA PRÓXIMA SEMANA: