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miércoles, 11 de enero de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 5 (Vuelta al mar) parte 2

Acaban llegando a Mutts y la 
Cueva de las Respuestas, pero 
una desagradable sorpresa les
aguarda allí



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VUELTA AL MAR 2
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Despertaron al clarear; pero no por la luz, sino por la actividad que se desarrollaba en cubierta, desamarrando, arrollando cabos, izando velas y levando el ancla. El balanceo se intensificó cuando abandonaron el puerto. La mar estaba en relativa calma y, tras doblar el cabo, pusieron rumbo oeste.
Acodados en la borda vieron pasar el Golfo de Pascia.
El Capitán se acercó y les fue señalando los detalles de la costa. Antes de llegar a la altura de Mutts, en donde la cadena de las Montañas Brumosas formaba unos altos acantilados, habían visto unas playas de arena fina y blanca con alguna palmera solitaria.
Pasados los más altos acantilados, el perfil de la costa descendía y se curvaba hacia el norte y, al poco de dejar atrás lo más abrupto de la misma, llegaron a una pequeña cala parecida a la de la costa de Alandia en la desembocadura del Far, aunque aquí a lo sumo desembocaban unos arroyuelos procedentes de las cercanas montañas. Contaba también con un pequeño embarcadero de troncos y tablas.
Mientras navegaban, a todo lo largo de la ruta, Fan había ido poniendo al corriente al Capitán de sus aventuras con las piedras, la corona, la Princesa y el Rey Nasiano y éste le aconsejó que procurara pasar inadvertido al desembarcar por si algún lejaniano le reconocía como había pasado con los alandianos.
El Capitán dirigió hábilmente las maniobras de atraque y se despidieron de él hasta la próxima ocasión. En el embarcadero había un buen número de arrieros con sus caballerías, carretas y mercancía apilada en espera de ser cargada.
Merto desembarcó y nadie se fijó en él. Siguió caminando por la amplia ruta que llevaba a la ciudad hasta llegar a un cruce en que se desviaba una senda a la derecha y ascendía bruscamente siguiendo la línea de la costa. Cuando perdió de vista el embarcadero, dijo: 
- Ya puedes quitarte la capa. 
Y Fan se descubrió bajo aquella capa que tan buenos servicios le había hecho, hasta con los pájaros-martillo.
Desde aquella altura, un poco más adelante, pudieron ver al Hipocampo, diminuto en aquella pequeña cala y la inmensidad del océano, más inmenso e impresionante que desde Puerto Fin o la cubierta del velero. Quedaron prendados ante aquella grandeza, que les recordaba la vista del continente desde lo alto del Muro. También allí la vista se perdía en la distancia; pero aquí no había unas montañas en el horizonte, ni una nube turbaba el abrazo de mar y cielo. Fan ya lo había visto desde allí pero, aún así, no pudo evitar quedarse en suspenso ante la puesta del sol. Era ya la hora del ocaso, pero de un ocaso tan impresionante, tan mágico, como nunca habían visto. Extasiados ante aquella vista no repararon en que se hacia de noche y querían aprovechar hasta el último rayo de sol sobre aquel mar tranquilo e infinito, hasta la última chispa de luz.
Y cayó la noche. No tenían donde refugiarse, aunque por la temperatura en aquel momento no parecía que fuera necesario; pero Fan sabía que allí, en las montañas, la temperatura bajaría mucho en pocas horas.
No había por los alrededores ninguna cueva, ningún abrigo rocoso que les protegiera, pero no faltaban pinos por allí y las ramas bajas, que nunca habían sido escardadas, eran el mejor combustible para una buena fogata, aunque no podían buscarlo a tientas. Unas piñas, que habían bajado rodando por la ladera, les servirían de inicio a su hoguera y aportarían un poco de luz para buscar unas ramas sin despeñarse. La yesca, el pedernal y el estuche con un eslabón de acero, que un día le regaló Merto y que le había sido tan útil siempre, sirvieron a Fan esta vez para prender aquellas piñas, encontrar unas ramas para avivar el fuego y a, su luz, proveerse de combustible para toda la noche gracias a aquella afilada destraleja de Merto que Fan siempre procuraba llevar. Les ayudó mucho la salida de la primera luna que, a aquella altura, con el cielo tan límpido y las estrellas y galaxias que tachonaban el cielo, no necesitaron avivar demasiado el fuego para ver bien.
Ya, con una buena fogata, comieron unas galletas con unas lonchas de pata de cinguo, Fan extendió la manta, aquella que le habían tejido con la lana de Diamante, se estiraron sobre ella y se taparon con la capa de seda. Curiosamente aquella capa, no sólo impedía la vista, sino que también abrigaba. Contemplando aquel cielo estrellado acabaron por dormirse y pasaron la noche, un tanto incómodos, pero no sintieron frío.
La mañana clareaba y la luz del sol lo iluminaba todo, aunque aún tardó bastante en asomar sobre las cimas.
Antes de apagar la hoguera y retirar los restos, desayunaron unas lonchas de tocino y pan tostado al que añadieron unas lonchas de queso. Se pusieron en camino y podían avanzar rápidamente en algunos tramos en que el sendero descendía siguiendo la falda de las montañas hasta cerca de la costa, mientras que en otros tramos ascendía y la marcha era mucho más lenta. En el último tramo la senda ascendía bruscamente en una pendiente muy pronunciada hasta llegar a la aldea de Mutts; pero, antes de avistar ese último tramo, tuvieron que volver a hacer noche en dos ocasiones, aunque la última vez lo hicieron más cómodamente al encontrar una oquedad en las rocas con señas de haber sido usada con cierta frecuencia.
Cuando, finalmente, llegaron a Mutts era ya por la tarde, casi a punto de anochecer, y se encaminaron directamente a la cueva de la que Fan tantas cosas había contado. A Fan le extrañó no ver a nadie por allí, al contrario de la última vez en que había estado, pero no le dio más importancia. Se adentraron en la cueva, y Merto sufrió la mayor decepción de su vida al preguntar: 
- ¿Qué nuevas aventuras me esperan? 
Y no hubo respuesta.
Insistió.
Y tampoco hubo respuesta.
Fan, que comenzaba a sospechar por qué no había nadie haciendo cola en la boca de la cueva, preguntó también: 
- Me preocupa mi rebaño ¿Están bien? 
Y no hubo respuesta.
Insistió.
Y tampoco hubo respuesta.
Aquella cueva, primero de los silencios y luego de las respuestas, ahora no era más que una cueva húmeda, vulgar y corriente, no muy profunda, oscura y con algunas estalactitas y estalagmitas, es decir: una vulgar cueva como otras muchas.
Salieron ambos, muy abatidos, y descendieron hacia la aldea y a la Posada para, aparte de enterarse de lo que había pasado con la cueva, descansar tranquila y cómodamente aquella noche.
El posadero reconoció a Fan inmediatamente y corrió hacia él diciendo: 
-¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!
-¿Qué ha pasado? - preguntó Fan 
- Que dejó de dar respuestas. Todos confiábamos en ella, en sus consejos e indicaciones. Y ahora no sabemos qué hacer sin esta guía que era vital para todos. Somos una aldea sin futuro y sin norte. Nadie hace nada y todos están recluidos en sus casas sin atreverse a tomar decisión alguna, por pequeña que sea.
- Y ¿Cuándo sucedió? - preguntó Fan 
- Hará unos seis meses o cinco... desde que usted estuvo por aquí. La verdad es que nos parece un siglo y ya hemos perdido el sentido del tiempo. Desde entonces no es más que una maldita cueva sin utilidad alguna. 
Fan pensó que aquella cueva tenía algo que ver con la magia de la Corona: que se convirtió en la Cueva de los Silencios al producirse el encantamiento de la Princesa y las piedras, que se había convertido en la Cueva de las Respuestas cuando se restauró la Corona, y luego volvió a ser lo que había sido siempre cuando, en Hénder, él recuperó a sus amigos encantados. Pero él nunca renunciaría a sus compañeros de aventuras para devolverles las respuestas, de modo que le dijo al posadero: 
- Y ¿Antes de ser la Cueva de los Silencios, qué era?
- Una cueva cualquiera de las muchas que hay por aquí.
- Pues si entonces y cuando fue la Cueva de los Silencios no la necesitabais, no dependíais de ella y tomabais vuestras propias decisiones, ¿por qué habéis supeditado vuestras vidas a lo que os decía la cueva?. Si antes de sus respuestas, por muy acertadas que fueran, esta aldea funcionaba y cada cual hacía su vida. ¿No podéis volver a hacer lo que habíais hecho siempre? 
El posadero reflexionó un rato y comprendió, porque no carecía de inteligencia; y, volviéndose a Fan, le respondió: 
- Tienes razón. Hemos dejado nuestras vidas en manos ajenas por vagancia. Era muy cómodo hacer lo que nos decía, y nos eximía de la responsabilidad de nuestras propias elecciones y obras. Es cierto que, antes de las respuestas de la cueva, cometíamos errores, pero de ellos aprendíamos, mejorábamos y crecíamos. Pero dejamos que la cueva fuera nuestro pastor o nuestro perro ovejero y nosotros las ovejas que sólo podíamos optar por rebelarnos u obedecer y decir “beeee”, y lo de rebelarse no es tan cómodo. ¡Vamos! ¡A cenar! Y os tengo las mejores habitaciones. Ésto no me lo ha ordenado la Cueva y mañana ya me encargaré yo de esta panda de borregos. 
Aquella noche durmieron mucho mejor que las últimas, tras una cena sencilla pero sabrosa y nutritiva.
Ya bien temprano partieron camino de Aste. El posadero se encargaría de sus paisanos y estaban seguros de que, en no mucho tiempo, sería el gobernante de aquella aldea, si no el Rey, porque aquella gente necesitaba quien decidiese por ellos.
En los días en que bordearon la falda oriental de las Montañas Brumosas, Merto no tuvo queja del menú y no tuvieron que echar mano de todo aquello que él había cargado en la mochila. Fan recolectó hongos, bayas, raíces y brotes, pescó peces y cangrejos en los riachuelos que descendían por aquella vertiente. También pudo conseguir unos cuantos huevos de paloma de agua, aunque no cazó ninguna porque tenían cosas mejores para comer. Hubo un momento en que pensó cazar un cinguo, pero para ellos dos era demasiado grande, faltaba poco para llegar y no valía la pena, de modo que uno de ellos se libró por poco.
Y llegaron a Aste. Nadie se enteró de su regreso, y si lo hicieron, no le dieron la menor importancia. Aquellas ausencias y regresos eran de lo más rutinario. Tampoco se había notado su ausencia en el rebaño y, tanto Rubí, como Diamante, Esmeralda o Zafiro no dieron señal alguna de que les hubieran echado de menos, y eso les dolió.
Desde aquel momento se prometieron no ir a parte alguna sin sus cuatro compañeros. No querían que acabaran pasando de ellos. 

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HACIA EL SOL PONIENTE parte 1

el próximo jueves


miércoles, 4 de enero de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 5 (Vuelta al mar) parte 1

Y regresan a Puerto fin para 
emprender una nueva travesía 
en El Hipocampo y recorrer la 
ruta de las Montañas Brumosas.



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VUELTA AL MAR
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Su regreso al pueblo esta vez no supuso conmoción alguna, salvo otro banquete colectivo a base de pescado con patatas. Sus partidas y sus regresos ya iban resultando de lo más natural y nada de lo que relataran, como su viaje en velero, sorprendía a nadie comparado con sus otras aventuras anteriores. Ya comenzaban a ser únicamente los raros del pueblo, incluyendo a sus compañeros o mascotas, como algunos les habían acabado llamando.
En aquel banquete, ni Fan ni Merto probaron el guiso, salvo para catar el punto de sal. Habían quedado un tanto saturados en su viaje a Puerto Fin y, de todos modos, aquella receta nunca les saldría como a la posadera. Pero todos los paisanos alabaron el guiso y comentaron que era la vez en que les había salido más rico.
Y volvió la rutina, y volvió la monotonía, y el aburrimiento. A Merto ya no le llenaban ni le absorbían como antes sus trabajos de forja y él; que nunca había sido pastor ni hombre de campo, se pasaba largas horas recorriendo los alrededores y visitando al rebaño. Por lo menos allí tenía la compañía de Rubí y Diamante que le hacían recordar y añorar su viaje a Hénder.
En cuanto a Fan, le pasaba algo similar y, contra su costumbre, para ocupar el tiempo, se dedicó a hacer reparaciones en su vivienda y poner orden en la bodega y en la despensa que siempre había tenido muy desordenada, al extremo de no saber qué es lo que guardaba. La sorpresa de hallar éste o aquel cachivache olvidado, enseres desconocidos, o comestibles pasados, le aportaban una dosis de emoción que tanto echaba en falta. Pero eran emociones, sorpresas y descubrimientos pequeños, nimios y de corta duración, lo que le hacía sentirse insatisfecho. Necesitaba unas dosis mayores de emociones.
Es por eso que, al ordenar la despensa, en el rincón más oscuro e inaccesible, descubrió los dos odres de sicuor que tenía escondidos y recordó la pequeña cantimplora. Recordó que la había guardado en la mochila y ahora estaba en aquel pozo sin fondo, igual que el pescado salado, las sobras de la comida del viaje, la capa, la red, el hilo… y decidió vaciarla y colocar cada cosa en su lugar.
El pescado lo colocó en la parte más fresca de la despensa, llevó al estercolero las sobras de comida aunque se encontraban en perfecto estado, y ya iba a guardar la pequeña cantimplora, cuando se la quedó mirando, la agitó comprobando que estaba prácticamente llena, Que no se había salido el contenido y le entraron ganas de volver a probarla.
- No. No me atrevo ¿Me habrá provocado adicción?
Pero no era adicción, era curiosidad, y la curiosidad es más fuerte que cualquier adicción.
- Bueno. Sólo un poquito, como la vez anterior. No pasa nada. Ya está visto que no es peligroso. Pero mejor me pongo cómodo y no de pie como la otra vez. ¿Y por qué no un poquito más?, sólo un poquito.
Se acomodó en un sillón, se escanció una cucharada y hasta la relamió.
Los efectos no tardaron nada. Quedó paralizado, la luz del día que entraba por la ventana comenzó a atenuarse y perdió de vista los muebles, las paredes y el techo. En su lugar se desarrolló ante su vista un torbellino de imágenes y colores. No sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados, lo cierto es que no podía moverse y posiblemente sus ojos estarían también paralizados. Pensó que se iba a marear de tan rápido que giraba aquel carrusel ininterrumpido y deseó que fuera más lento. El giro cambió de ritmo y pudo apreciar las escenas antes de ser reemplazadas por otras. Unas eran identificables, otras no, en unas estaba él solo, en otras con Merto, en otras los seis y en otras ninguno. Tierras extrañas desfilaban sucesivamente, sin solución de continuidad y deseó detenerse en un campo cubierto de flores. No eran los Jardines de Alandia, había penetrado en una ladera, en la falda de una montaña cónica coronada de nubes. Todo allí era multicolor. Grandes franjas de plantaciones florales tapizaban la ladera, y no sólo la geometría era bella, o el colorido; era la elección de los colores de las franjas contiguas que combinaban entre si formando un cuadro de belleza sublime. Al fondo del valle discurrían sendas y riachuelos atravesados por gráciles puentes de madera tallada y rematados en una especie de tejadillos. El aroma de las flores y la paz que se respiraba, unida a la belleza del paisaje invitaba a quedarse allí para siempre.
-¡Esto sí que es adictivo! - pensó Fan – Y peligrosamente adictivo. Quiero salir de aquí.
Y el carrusel de escenas volvió a desfilar ante su vista o ante su mente. Pasó el velero, con todas sus velas desplegadas y pudo distinguir fugazmente en cubierta a los seis, lo dejó pasar. En la siguiente escena estaban agazapados esperando el ataque del tiburón de arena, luego se vio remando en el Gran Lago y llevando al lobo y la col a la otra orilla.
Una extraña escena le llamó la atención pero era una escena confusa en la que se mezclaban entornos diferentes. Debían tener alguna relación porque, los que en ella aparecían lucían parecidas vestiduras, aunque una parte se desarrollaba en un lugar despoblado y árido y otra en una bulliciosa ciudad. Extrañamente, ambos escenarios se veían como fundidos entre si. Veía una plaza de edificios blancos, de una albura que dañaba la vista y una multitud pululaba entre tenderetes con las cosas más extrañas, pero se mezclaba con la imagen de un lugar solitario, rodeado de ruinas y en un tronco vertical estaba amarrado él mismo bajo un sol abrasador. Los que lo tenían ligado allí, desnudo de cintura para arriba, llevaban las mismas vestiduras que algunos de los que podía ver en la plaza, cubiertos de arriba a abajo y con una abertura rectangular a la altura de los ojos. Los vendedores gritaban las excelencias de sus mercancías y, por otra parte, en aquel lugar desértico, alguien provisto de un látigo estaba a punto de azotarlo. En aquel momento comenzó a apagarse el sol y no era porque los efectos del sicuor se estuvieran acabando porque aquellas escenas se veían muy bien, tampoco era una nube porque el cielo estaba despejado. Fan lo comprendió enseguida, se trataba de un eclipse. En sus años de pastor, siempre mirando al cielo, los había visto de Sol de las dos Lunas y hasta de ambas a la vez, totales, parciales, anulares,… y seguro que aquella gente también sabía lo que era, pero ¿Por qué se asustaban? ¿Por qué salían huyendo?.
Y esta vez sí, la escena comenzó a desdibujarse y pudo ver la pared de enfrente, el efecto había pasado. Estuvo tentado de probar otra vez y acabar viendo en qué acababa todo aquello, pero resistió la tentación y echó la cantimplora al último rincón, si es que lo había, de la mochila.
El aspecto de las vestiduras de aquellas gentes le hizo recordar a las de los que llegaban a Alandia en las caravanas de Sirtis.
- No sé si será inevitable – pensó – si estas escenas pasarán de un modo u otro, pero en Sirtis o en ese otro lugar que no me busquen, no pienso ir, al menos voluntariamente.
Durante un tiempo se le quitaron las ganas de aventuras. No quería acabar como en aquellas visiones. Y a Merto no le diría nada ni le revelaría la existencia del sicuor, y menos de sus efectos.
- Él sí que se engancharía al consumo, pero yo controlo.
Pero, en cambio, Merto estaba cada día más inquieto. Cada vez que hablaba sacaba a colación aquello de..
- … no he estado en Mutts, Los Telares, el Gran Lago, las Montañas…
Fan acabó convencido de que no le dejaría en paz si no lo llevaba, al menos, a uno de aquellos lugares. Recordó que había pensado llevarle a Los Telares para que probara aquellos platos tan raros y tan exquisitos.
Podían hacer el recorrido hasta Mutts, al Lago y a Los Telares, pero no le apetecía caminar tanto y pensó en otra alternativa; aprovechar el ofrecimiento de Rumboincierto, y así se lo planteó:
- Ya sé que estás deseando salir de viaje y ver cosas nuevas, por eso he pensado que podríamos ir con el Capitán John. Por cierto, tendremos que acostumbrarnos a llamarle así y que no se nos escape lo de Rumboincierto, por más que él mismo nos dijera su apodo. Pues bien, creo que podríamos ir con él hasta el embarcadero de No Tan Lejano y, sin acercarnos a la ciudad, tomar el sendero de la costa hasta Mutts y la Cueva de las Respuestas, tengo algunas cosillas que preguntarle. Desde allí, pasando por las estribaciones de las Montañas Brumosas, podríamos regresar aquí ¿Qué te parece?
Merto no dio saltos de alegría, pero poco le faltó.
- ¿Cuándo salimos? ¿Cuándo salimos? - dijo con evidente impaciencia.
- Tranquilo. Prepararemos todo lo que vamos a necesitar, porque el viaje a pie es largo y necesitaremos cazar, pescar y recolectar setas y frutas.
- No hace falta. En la mochila podemos meter medio pueblo. No necesitas hacer nada de eso para comer.
-Ya me lo dirás cuando comas cosas naturales o recién pescadas o cazadas. Lo que es yo evitaré comer otra cosa siempre que pueda. Pero, para que te quedes tranquilo, prepara los comestibles y el agua que quieras y lo cargas en la mochila.
Y así comenzaron los preparativos. Merto había hecho acopio de una montaña de provisiones entre: pan, conservas varias, queso, tocino, pescado salado, media pata curada de cinguo, patatas, agua,…
Fan miraba todo aquello con una sonrisa.
- ¿Qué mas da? - pensó – en la mochila cabe todo.
Pero torció el gesto cuando Merto, al colocar las cosas, sacó la pequeña cantimplora y le preguntó.
- ¿Esto qué es? - agitándola como si fuera un sonajero.
-¡Nada! ¡Nada! ¡Trae aquí! - se lanzó y se la quitó de las manos – Es… un ungüento de plantas, una medicina para las ovejas, me la había olvidado. Hay que tener mucho cuidado porque alguien la podría tomar accidentalmente y da diarreas.
Y se la guardó precipitadamente en un bolsillo.
Ya estaba todo preparado; el rebaño en los pastos bajos, para que Diamante no hiciera de equilibrista, y Merto comentó:
-El Capitán Rum…, John dijo que le gustaría que lleváramos a los cuatro en el siguiente viaje y seguro que a Rubí le gustaría entrar en la Cueva.
- Sí, pero dudo que a los vecinos de Mutts les gustara verlo por allí. Será mejor dejarlo para otra ocasión, ellos ya están bien aquí. Este viaje no es nada especial y durará poco, yo voto porque se queden.
- Me parece bien, cada uno va a la suya y no nos van a echar mucho de menos. Y te tomo la palabra en eso de dejarlo para otra ocasión, aún me quedarán bastantes cosas que ver.
- Sí, pero será mejor limitarlo a lugares conocidos.
- ¿Desde cuándo te ha arredrado lo desconocido? ¿Desde cuándo te ha hecho retroceder un Muro, un desierto, un tiburón, un lago o una montaña? No sé que te pasa, pero últimamente te estás volviendo demasiado prudente o timorato. ¿Te estás haciendo viejo?.
- ¿Viejo yo? Un día me liaré la manta a la cabeza, sí, esa de la lana de Diamante, y tendrás que venir conmigo al norte de Trifer.
- No digo yo tanto, aunque si hay que ir… se va. Pero debes reconocer que tú tienen la culpa de mi curiosidad, tú la has despertado contándome cosas de el Gran Lago, Los Telares, la Cabaña del Mago,… de modo que no te quejes.
Decididos a ir solos y habiendo comprobado que todo estaba bien, se pusieron en marcha.
El viaje se les hizo corto, y eso que en el cruce se volvieron a parar a debatir si seguían hacia Puerto Fin o hacían una breve visita a la Capital, pero la visita fue descartada. Además, esta vez, no coincidieron con la ruta de exploración de Esmeralda.
En el puerto sólo se veían varadas las barcas de pesca, ni rastro del Hipocampo. Los pescadores ya habían acabado la jornada y las carretas que llevaban el pescado hacia la Capital se las habían cruzado en el camino una hora antes. Algunos pescadores estaban limpiando las barcas y arrollando unos cabos y las rederas ya se habían retirado; de modo que, a falta de Andrea, se acercaron al primero que encontraron y Fan le pregunto.
- Buenas tardes tenga usted ¿Me podría decir si va a llegar el velero del Capitán Rumboincierto?
- Buenas tardes tenga. Joven, le aconsejo que no vuelva a mentar ese nombre si no quiere que le arroje por la borda atado al ancla. Usted pregunta por El Hipocampo.
- ¡Claro! El Hipocampo. Ahora recuerdo, pero como es tan raro ese nombre se me había olvidado.
- Pues no debe tardar en llegar del embarcadero del Far, porque mañana temprano tiene que salir para el Norte.
- Muchas gracias y muy amable. Le agradezco el consejo. Volveremos luego.
Ya casi estaban poniéndose en camino hacia la Posada cuando el pescador les llamó la atención.
- Miren! Ya está llegando.
No tardaron mucho en atracar, sujetaron bien las amarras y unos cuantos marineros descargaron unas cajas y las depositaron en un carro que esperaba para llevarlas a la Capital.
Subieron a bordo buscando al Capitán. Estaba en el puente preparando todo para la mañana siguiente.
- Saludos Capitán – dijo Fan
- Buenas tardes Capitán – saludó Merto
- Bienvenidos. Al final se han decidido a dar un paseo, pero... ¿vienen solos?
- Sí, en esta ocasión vamos solos; pero le prometo que, si así lo quiere y hacemos otro viaje algún día, puede contar con todo el equipo al completo – respondió Fan.
- Ya íbamos a retirarnos a la Posada y pensábamos venir a primera hora, pero queríamos saludarle – añadió Merto
- Y ¿para qué quieren ir a la Posada? Cenen y duerman aquí, así no tendrán que madrugar mañana y no correrán el riesgo de perder el barco.
- No queremos abusar de su hospitalidad
- ¿Qué abuso? Donde comen diez, comen doce y donde duermen diez, duermen doce. ¡Vamos! El cocinero ya está preparando unos ricos pescados a la plancha y enseguida se tienden dos hamacas más en cubierta.
De modo que se quedaron a cenar y lo hicieron muy a gusto. El pescado asado aquel era muy bueno y no tenía nada que envidiar al guiso de pescado de la Posada. Luego les colgaron las hamacas y durmieron profundamente cara a las estrellas, mecidos por el mar y cada cual dentro de su red.
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VUELTA AL MAR parte 2

el próximo jueves