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miércoles, 30 de octubre de 2019

La caja de las respuestas (3)


Hoy continúa el relato desde el punto en que lo dejamos la semana pasada, en una extraña ciudad deshabitada surgida como por arte de magia.







LA CAJA DE LAS RESPUESTAS
(parte 3)

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

Por la parte interior del muro se veía circular el camino de ronda uniendo las torretas que había visto junto a la puerta y las otras más alejadas. A la derecha de la plaza destacaba un suntuoso edificio que daba la impresión de ser la morada de alguien importante en aquella ciudad, de modo que dirigió sus pasos hacia él esperando encontrar alma viviente o, cuando menos, algo que llevarse a la boca.
Franqueó la regia puerta, que estaba abierta de par en par, y se encontró en un salón que le recordó al de aquel castillo polvoriento, pero aquí todo estaba limpísimo y no había ni rastro de telarañas ni olor a moho, pero tampoco había muebles, tapices ni alfombras. Tampoco había nadie, un salón inmenso y desierto, como desierta parecía aquella ciudad.
Exploró alguno de los pasillos, abrió alguna de las puertas, todo estaba en perfecto estado: los dormitorios, convenientemente equipados, amueblados y las camas preparadas, sólo que en los armarios no había ni una sola prenda de ropa y los cajones de las mesillas y cómodas estaban vacíos. Los baños estaban impolutos, y era evidente que nadie había usado los sanitarios ni las bañeras. Sí que había toallas, convenientemente colgadas en los toalleros así como jabón y agua en los grifos.
Pero lo que a él le urgía era encontrar las cocinas, las despensas o las bodegas, o lo que fuere en donde hubiera algo comestible, y buscó afanosamente por todas las estancias de aquella enorme mansión. Encontró la cocina, la despensa, la bodega... pero en ellas, ni rastro de comida o bebida alguna, hasta las tinajas y toneles de la bodega sonaban a hueco y por los grifos no salía ni gota.
Desesperaba de encontrar algo de comer y ya se veía muerto por inanición, pero no se daba por vencido. Regresó al salón de entrada y reparó en un estrecho pasillo, igual que el que había seguido con aquel anciano y, al fondo, halló una puerta ovalada como aquella de la estancia secreta del castillo. Pensó que al otro lado encontraría nuevamente aquella mesa provista de manjares y se le hizo la boca agua mientras empujaba la puerta. Pero no halló ni mesa, ni silla, ni muebles, ni estancia tampoco. Había desembocado en un jardín interior, una especie de patio lleno de rosales en flor y estuvo a punto de darse un banquete de pétalos a falta de otra cosa, hasta que descubrió, en el centro del jardín, un árbol cargado de rojos frutos. Se acercó. Era un manzano, y no tardó nada en vérsele sentado al pie del árbol, con la espalda apoyada en el tronco y una buena cantidad de corazones de manzana a su alrededor.
La noche le sorprendió en su afanoso deglutir, el jardín comenzó a oscurecerse y pensó.
- Aquí no hay nadie más que yo. Soy el Señor de la ciudad de piedra y puedo hacer lo que se me antoje. Pero ahora sólo se me antoja darme un buen baño y dormir en uno de esos mullidos lechos que he visto
De modo que regresó por aquel pasillo, ahora en una penumbra creciente. Allí no había antorchas encendidas ni otra cosa que aminorara aquella oscuridad cada vez más negra. Penetró en el primer dormitorio y descubrió un gran candelabro sobre una cómoda, provisto de media docena de velas, junto a él reposaba un estuche brillante de metal, y en él halló un poco de yesca y unos trozos de pedernal. El propio estuche tenía un saliente, como un eslabón de cadena, y comprendió para qué servía.
Tras varios intentos, consiguió prender la yesca, las chispas que el eslabón de acero arrancaba a la piedra lograron finalmente una pequeña nube de humo en ella, procuró avivar el fuego con un suave soplo y luego encender una de las velas del candelabro, aunque se acabó quemando un dedo. Con aquella vela pudo prender el resto y se hizo la luz en aquella alcoba oscura y solitaria. A su luz exploró los armarios y la puerta que daba al baño, penetró en él y encontró otro candelabro que también encendió. Llenó la bañera y se dejó flotar por un tiempo que ni él fue capaz de calcular. Sólo las yemas de sus dedos, arrugadas, le hicieron comprender que llevaba mucho tiempo en remojo. Se secó, apagó aquel segundo candelabro y regresó al dormitorio. Comprobó el colchón con la mano mediante unos suaves empujones y era mullido. Apagó todas las velas, menos una, y se echó a dormir.
¿Era acaso un sueño? Se veía transportado al exterior de los muros, sobre un caballo y dirigiendo filas y filas de jinetes y carretas cargadas de mujeres y niños, abandonando la ciudad y dirigiéndose más al norte. A sus espaldas, tras los más rezagados de la caravana, pudo ver como aquella ciudad se desmoronaba y se convertía en un confuso montón de piedras, como aquél que viera al llegar. También vio agostarse vertiginosamente toda la vegetación así como los árboles frutales que se extendían a lo lejos quedando despojados de hojas y resecos. La escena se oscureció y un extraño temor se adueñó de él, pero la pesadilla acabó dando paso a un sueño tranquilo y reparador.
Al despertar se encontró en aquella habitación y volvió a sentir hambre, de modo que, a falta de otra cosa, regresó al jardín y se desayunó con unas cuantas manzanas.
La exploración de los alrededores no dio resultado alguno. Casas y más casas todas desiertas, unas amuebladas y otras totalmente vacías. Ni rastro de vida ni de comestibles. Es cierto que las manzanas podían servirle durante un tiempo, pero ya iban quedando menos y no podía permanecer allí indefinidamente. De modo que hizo un buen acopio de ellas en una bolsa que improvisó con una sábana, se guardó la cajita en un bolsillo así como el estuche con el pedernal y se puso en marcha, saliendo de la ciudad. Al atravesar aquella gran puerta se le ocurrió retirar la gran llave de la cerradura y ésta comenzó a cerrarse pesadamente. Cuando se hallaba a poca distancia, tal como viera en su sueño, la ciudad se desmoronó, levantando una nube de polvo que le hizo toser y le cegaba, de modo que se alejó de allí lo más rápido que pudo.
Ahora no sabía qué hacer y pensó que la cajita le podría aconsejar su próximo movimiento. De modo que pensó:
- ¿Y ahora qué hago?
Abrió la caja y encontró la respuesta:
SIGUE AL NORTE
Y así lo hizo.
El camino era duro, seguía aquel extenso páramo y la llave ya le comenzaba a pesar demasiado. Decidió esconderla en algún lugar para no tener que cargar con ella y buscó un sitio apropiado para hacerlo, un sitio que pudiera servirle de referencia para volver a encontrarla. Tras unas horas de camino descubrió una piedra alta, como una especie de monolito y se encaminó hacia ella. El calor apretaba y aprovechó para refugiarse a su sombra, la única que había hallado en su camino. Reposó durante las horas más fuertes del día y escarbó para enterrar la llave al pie de la piedra.
Siguió caminando y caminando, aprovechando la más mínima sombra para refugiarse a lo largo del día y marchando al ocaso, la noche y el amanecer. El calor agobiante, el hambre y la sed le acosaban y fue calmando lo que pudo con las jugosas manzanas, aunque debía administrarlas porque ya no le quedaban muchas y por allí no se encontraba nada comestible, sólo arena, piedras y matojos secos. Las montañas se hallaban aún bastante lejos, aunque poco a poco ya podía distinguir algo de la capa vegetal que las cubría.
Pasaba calor de día y frío por la noche.
- ¡Si pudiera guardar algo de frío de la noche para gastarlo de día, o al revés! - pensó – Pero habrá que resistir, las montañas ya están más cerca.
Y, ciertamente, el terreno iba cambiando, así como la vegetación. Los arbustos se veían más verdes, con hojas y con algunas bayas que él no conocía y no se atrevió a probar.
Dispersas crecían algunas encinas y, a partir de allí, ya pudo reposar a su sombra durante las horas de más calor y comer algunas bellotas, aunque aquellas no eran muy buenas, eran ásperas y le dejaban la boca rasposa, de modo que comía lo más que podía y se reservaba las manzanas para comerse una después y librarse de aquella desagradable sensación, amén de que le aportaban el agua de la que carecía.
Acabó hallando un madroño cargado de frutos, aunque muy pocos estaban plenamente maduros. Sabía que los inmaduros no eran comestibles y que los maduros sí, aunque no se podían comer en gran cantidad ya que eran indigestos, de modo que su escasez no era un problema ya que no debía comer muchos. Se le habían acabado ya las manzanas y estos frutos le sirvieron para calmar algo la sed y para quitarse de la boca lo áspero de las bellotas, pero ya no podía aguantar más sin agua.
Muy cerca se alzaba ya una cadena de cimas pobladas de arbolado. Dos de ellas estaban separadas por una depresión; y pensó que, por aquel desfiladero, si en las montañas había algún manantial, debía discurrir algún cauce de agua. También, aunque fugazmente, había visto moverse a algún animal, cosa que indicaba la presencia de agua. De modo que se orientó hacia allí y no tardó en darse de manos a boca con un arroyo agitado que descendía de la montaña para ir a filtrarse y desaparecer en el suelo arenoso del páramo. Y, de manos a boca, vino a dar en el agua hasta saciar su sed. Bebió tanto y con tanta ansia, que le sentó mal y tuvo que reposar en una sombra hasta que el agua que se agitaba sonoramente en sus entrañas remitió en sus vaivenes.
Confiaba en que en aquel riachuelo hubiera alguna clase de peces o algo comestible, pero no pudo ver nada en el agua, nada de nada que nadara. Se tuvo que conformar con una ración de bellotas para cenar, seguidas de unos madroños y un trago de agua, que resultó aún peor, porque con el agua se despertó lo áspero de las bellotas que los madroños habían amortiguado. Y, con aquella frugal colación, se tendió a dormir junto al arroyo, con el arrullo del agua como canción de cuna, quedándose profundamente dormido.
No llevaba mucho tiempo dormido cuando le despertó un sonido muy diferente al del agua. Era el croar de ranas que sonaba aguas arriba. No pudo resistirse a aquel, para él, canto de sirenas que le atraían. Afortunadamente era una noche de luna llena y la claridad era tal que producía nítidas sombras. Siguió el curso del arroyo hacia su origen y cada vez era más fuerte el sonido del batracio croar, hasta que llegó a un pequeño altiplano, con una charca de regulares dimensiones en la que una legión de ranas desgranaba su sinfonía nocturna. Su presencia fue advertida y se fue amortiguando el sonido y fue reemplazado por el chapoteo de las ranas al zambullirse en el agua huyendo de aquel intruso, lo que no le impidió atrapar a dos de ellas, porque eran muchas.
Había tenido la precaución de llevarse la caja del eslabón con la yesca y el pedernal, de modo que consiguió encender una fogata con las abundantes ramas secas que halló por allí y asó las ranas que le supieron a gloria tras días de manzanas y bellotas.
Y esta vez sí que durmió a pierna suelta y ya no le despertaron las ranas que reanudaron su canto tan pronto quedó todo quieto y en silencio.
Amaneció ya más repuesto y, tras cazar unas cuantas ranas más y guardarlas en la bolsa de sábana, ya vacía de manzanas, prosiguió escalando las laderas de aquellas montañas siempre hacia el norte pero intentando no alejarse demasiado del arroyo para disponer de agua.
Finalmente llegó al origen del arroyo. Se trataba de un manantial que brotaba entre dos rocas a media altura y que formaba una pequeña cascada rumorosa despeñándose desde la altura de unos cinco metros. Aprovechó para colocarse al pie de aquella ducha natural y darse un buen remojón.








miércoles, 23 de octubre de 2019

La caja de las respuestas (2)


Hoy continúa el relato desde el punto en que lo dejamos la semana pasada, en una extraña estancia de un viejo castillo deshabitado o no.




LA CAJA DE LAS RESPUESTAS
(parte 2)

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final


Comenzó el descenso por aquella escalera y cada vez la oscuridad era mayor hasta que, a tientas, notó que estaba en el último peldaño y no había otra cosa a su alcance que una manilla redonda, la giró y una puerta comenzó a abrirse. Entraba la luz del día, atravesó la puerta y se halló al exterior del castillo, frente a aquel páramo, y la puerta se cerró a sus espaldas. Llamó y llamó infructuosamente, pero no hubo respuesta. Aquella puerta no era la misma por la que había entrado, de modo que dio la vuelta al castillo buscándola y buscando aquel refugio seguro y aquella mesa bien provista, pero no la halló. Y la puerta por la cual había salido, también había desaparecido.
Estuvo tentado de escalar el muro, pero era muy alto y acabó desistiendo, del mismo modo en que había desistido de seguir buscando una entrada. Todo aquello era muy extraño.
Desesperado por no disponer de su petate con sus escasas pertenencias, no sabía qué hacer. Suerte que estaba bien comido y bien bebido y podría resistir al menos unos días, y suerte de aquellas ropas; porque, de no ser por ellas, ahora estaría con aquel camisón y descalzo por aquel páramo.
- ¿Qué hago ahora? - se dijo.
En un momento de apuro similar, sólo la caja había sido su tabla de salvación con aquel mensaje, aunque no estaba muy seguro de hallarse ahora en mejores condiciones que entonces. Se felicitó por haber tenido la precaución de guardársela antes de descender por aquella escalera, se echó mano al bolsillo, la sacó y la abrió. Donde antes no había nada, ahora había un papelito enrollado, con una sola palabra:
NORTE
¿Se refería acaso a la torre norte del castillo? Lo rodeó hasta el pie de aquella torre, pero allí no había puerta ni abertura alguna, y el muro aún era más difícil de escalar y más alto que los demás muros exteriores. De modo que no le quedaba otra opción que poner rumbo hacia el norte, en cuya dirección se recortaban unas montañas en el horizonte.
El terreno era seco, pedregoso, con escasos matorrales agostados y desperdigados, el sol calentaba inmisericorde y no había refugio alguno, ni una mísera sombra que le protegiera de los rayos que encandilaban ni del calor abrasador. Los guijarros estaban tan calientes que se habría podido cocinar en ellos y lo raro era que los matorrales no salieran ardiendo.
A lo lejos se veían unas ondas fluctuantes y la apariencia de unas edificaciones o unas siluetas de formas regulares; pero pensó que debía tratarse de un espejismo, de un efecto óptico fruto del recalentamiento del aire. Penosamente seguía su ruta hacia el norte, ya que no tenía otra opción. Por él hubiera caminado de noche y descansado de día, pero no había lugar alguno en donde guarecerse en las horas de mayor insolación.
Y las horas se hacían largas, y el hambre y la sed comenzaron a producirle punzadas y resecarle la boca, pero acabó llegando la noche y pudo más el cansancio que la necesidad de seguir caminando hasta las distantes montañas; y se dejó caer, acomodándose lo mejor que pudo, tras apartar unas cuantas piedras.
La Vía Láctea se destacaba en el firmamento tachonado de estrellas. Aquella franja lechosa aportaba la luz suficiente para ver a su alrededor pese a que era una noche sin luna, pero acabó quedándose profundamente dormido y soñó. Soñó con aquel castillo, el anciano, la casa de su padre, los juegos infantiles con sus hermanos, el páramo seco, los baños en el arroyo de su infancia. Todo revuelto y entre una bruma gris.
Se despertó sobresaltado cuando aún no había amanecido y no tenía ninguna referencia temporal. No sabía si había dormido sólo una hora o más, por cuanto no podía adivinar que hora podría ser, pero no era capaz de dormir y, guiado por la Estrella Polar y la claridad del límpido cielo estrellado, reemprendió su camino hacia el norte.
Finalmente comenzó a clarear por el este y, al alba, pudo distinguir más cercanas aquellas montañas y las formaciones que le habían parecido un espejismo. A aquellas horas, y con el fresco matinal, era imposible que se tratara de un espejismo.
Las montañas estaban aún muy lejos, pero aquellas siluetas que parecían edificios no distaban demasiado y eso le infundió ánimos y apretó el paso. Calculaba que a medio día ya habría llegado y posiblemente encontraría allí algo de agua y algo comestible.
Las últimas horas se le hicieron muy duras, pero la cercanía le espoleaba y no desfalleció.
No era ninguna construcción, no se apreciaba por parte alguna la mano del hombre. Eran unas estructuras rocosas de formas caprichosas. Grandes bloques de granito de formas regulares, cúbicas, gigantescos paralelepípedos se amontonaban en un rimero informe y caótico. Probó de trepar por unos bloques que aparentaban una escalinata gigantesca en un intento de descubrir qué había más allá, pero hubo de desistir al encontrarse con una pared lisa e insalvable. Descendió nuevamente y comenzó a caminar intentando rodear aquella montaña de rocas, pero antes echó mano a la cajita por si aparecía una nueva pista, pero estaba vacía, ni siquiera estaba aquel papelito que le había indicado NORTE.
De modo que siguió bordeando aquella formación en busca de algo de vida entre aquella desnuda roca. El sol apretaba con fuerza y las piedras irradiaban calor también. Estaban tan calientes que Aziel procuró mantener la distancia tras una desagradable sorpresa al apoyarse en una y recibir una quemazón en la mano.
El sol ya iba cayendo y el hambre y la sed le asediaban, no se veía el fin de aquel periplo que había emprendido y no había rastros de vida ni de agua. Ya desesperaba y se veía perdido en aquella árida inmensidad. Las rocas le ocultaban las montañas y pensó que tendría que esperar a la noche para poder orientarse por las estrellas y reanudar el camino hacia el norte, si es que lograba sobrevivir. Una suave brisa se levantó, pero era cálida como el aliento de un horno.
- ¡Ya sólo me faltaba ésto! Aquí acabarán mis días si no encuentro una salida.
Y pensó, nuevamente, en la cajita, y esperó un nuevo prodigio con un nuevo mensaje, pero la cajita seguía vacía... Recordó las otras dos veces en que se había encontrado en un apuro y la caja le había dado una respuesta. En ambas ocasiones se había preguntado qué hacer, de modo que la cerró y se dijo, (aunque, en realidad, le preguntaba a la caja)
- ¿Cómo salgo de ésta?
Abrió la caja, y ya no se sorprendió al encontrar en el fondo un papelito arrollado. Lo extendió y pudo leer:
LEVANTA LA PIEDRA
-¿Pero cuál? Aquí hay miles y de tamaños que yo sería incapaz de levantar.
Miró por todas partes y lo que veía le desanimó. Eran unos bloques demasiado grandes para poderlos levantar y, si había alguno más pequeño se hallaba aprisionado entre otros mayores imposibles de mover. Comenzó a caminar, continuando su ruta que bordeaba la montaña de piedra, vigilando que no se le escapara alguna lo suficientemente pequeña como para moverla. Anduvo veinte pasos y vino a dar de bruces en el suelo arenoso. Tras escupir el polvo que le llenaba la boca y pasarse las manos por la cara, se le escapó un exabrupto.
- ¿Pero qué diablos es ésto?
Había tropezado con algo semienterrado en la arena y le había hecho caer cuan largo era. Escarbó afanosamente en el suelo descubriendo una piedra cúbica perfecta, de un palmo de lado, y la tomó en sus manos levantándola con esfuerzo porque pesaba bastante.
En ese preciso momento, un sordo rumor se extendió por aquel extraño hacinamiento rocoso y todo comenzó a agitarse. Aziel dio un salto hacia atrás, sorprendido, dejó caer la piedra a sus pies, afortunadamente no sobre sus pies, y se retiró prudentemente de aquel caos, un ruidoso caos, meticulosamente organizado.
Los bloques más grandes comenzaron a moverse alineándose sobre el suelo formando un muro, sobre el que se apilaban nuevas hileras de bloques menores; y así, aquel rimero informe comenzó a tomar forma de modo ordenado y, al parecer, inteligente, con una intencionalidad que a Aziel se le escapaba.
Poco a poco el rumor comenzó a disminuir, o bien se oía más remoto, y el polvo que durante años se había ido acumulando sobre las piedras y se había alzado como una misteriosa niebla que velaba algo aquel extraño proceso de metamorfosis, se fue precipitando y sedimentando, dejando una fina capa impalpable a todo alrededor.
Tras sacudirse la espesa capa de polvo, Aziel pudo apreciar la fantástica obra que se había materializado ante sus atónitos ojos. Un gran muro, de aspecto ciclópeo, se alzaba ante él y se extendía a derecha e izquierda. No podía contemplar la obra en su totalidad puesto que el propio muro le ocultaba lo que había más allá, y sólo pudo distinguir una inmensa puerta rematada por una barbacana y, a ambos lados, sendas torretas almenadas con troneras y mirillas. También, a derecha e izquierda, en la distancia, pudo apreciar otras torretas similares.
Se acercó a la puerta y se atrevió a llamar, golpeándola, pensando que alguien acudiría igual que el anciano del castillo, pero la puerta permaneció inamovible y ni tan siquiera resonaron sus golpes. Era una puerta de gruesos maderos, a la que sus puños debieron hacerle el mismo efecto que si la hubieran golpeado con un plumero. Intentó, inútilmente, empujarla pero no cedió ni un milímetro. Lo mismo le hubiera dado empujar el muro de piedra. Revisó la misma en todo su contorno, por si había algún resquicio, sin ningún resultado; aunque descubrió el ojo de una cerradura de buen tamaño, pero no pudo asomarse a mirar porque estaba un palmo más alta que su vista y, ni poniéndose de puntillas, llegaba.
Ya estaba a punto de rodear el muro, por si encontraba otro acceso, cuando recordó aquella piedra que había levantado. Si la acercaba y se subía a ella, llegaría. Y regresó al lugar en donde había estado contemplando aquel espectáculo. No había pérdida; sobre aquel fino polvo aún se podían apreciar sus huellas marcadas, como se marcan las pisadas sobre la nieve virgen, y llegó a donde había soltado la piedra, pero no estaba. La capa de polvo debía haberla cubierto y ocultado a la vista, de modo que se puso a escarbar hasta encontrar algo sólido, pero aquello que halló no era una piedra, por allí no había piedra alguna de aquellas dimensiones o el polvo no la hubiera cubierto, aquello era una pesada pieza de hierro en forma de llave. Con ella en la mano regresó a la puerta y al ojo de la cerradura. No podía mirar, pero sí tratar de introducir aquella llave. Le costó mucho; pero, finalmente lo consiguió, y no hizo falta girarla, sólo con ponerla en la cerradura la puerta comenzó a moverse con un rechinar de engranajes que le dio dentera, hasta que se abrió por completo.
Frente a él se veía un amplio patio rodeado de casas de piedra y, en el centro, un surtidor que vertía hilos de agua por caprichosas figuras labradas en mármol. Corrió al pilón y metió la cabeza, bebió algo y acabó metiéndose todo él en el agua abriendo la boca bajo uno de aquellos chorros hasta que sació su sed, sin reparar en que alguien podía verle, si es que había alguien allí.
Limpio de polvo y de sed, salió del agua chorreando, y aquel frescor le reanimó, pero quedaba el hambre, aunque el agua había calmado un tanto su vacío estómago.
Aquello parecía una ciudad amurallada. Se veían alineaciones de casas a lo lejos, como formando una cuadrícula, pero no se veía alma viviente. Parecía como recién construida y, efectivamente, así era, él lo había visto hacía escaso tiempo.



miércoles, 16 de octubre de 2019

La caja de las respuestas (1)


Comienza hoy un cuento algo largo y lo he fraccionado en cuatro partes que se irán 
publicando en cuatro jueves consecutivos.





LA CAJA DE LAS RESPUESTAS
(parte 1)
Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final



No tenía más posesión que una caja, un pequeño estuche de madera roja tallado con figuras indescifrables y algunos agujeros de carcoma. Era su menguada herencia. ¡Si al menos le hubiera quedado un gato y unas botas viejas...! pero sólo le había quedado aquella misteriosa caja y, además, vacía. Estuvo a punto de aventarla lejos, tal era su enfado y su frustración.
A sus hermanos mayores les había correspondido de herencia: La granja, el olivar con su almazara, los hortales de regadío que tan buenas cosechas habían dado siempre; pero a él, que además era tenido por el favorito de su padre, sólo le había dejado aquella vieja y extraña cajita. Se lo pensó mejor y, considerando que era lo único que le quedaba de su padre, en lugar de deshacerse de ella, la depositó al fondo de su petate con sus menguadas pertenencias: Algo de ropa, una alpargatas viejas, una bota se vino, una fiambrera con algo de pan, una cantimplora de agua y un trozo de queso.
Emprendió el camino sin rumbo fijo. La cuestión era alejarse de aquellas tierras que habían sido su hogar y en las que ya no le quedaba nada que pudiera llamar suyo, ni tan siquiera los buenos recuerdos ni el cariño de sus hermanos, pensaba.
Siempre se había llevado bien con ellos; pero, tras la muerte de su padre y el reparto de la herencia, sus relaciones se habían enfriado totalmente. Ellos pensaban que, siendo el más pequeño de todos, siendo el ojito derecho de su padre y su hijo predilecto, haberle dejado sin nada, salvo aquella caja sin valor, debía obedecer a alguna razón, que su hermano debía haberle contrariado mucho o haber hecho algo tan reprobable como para que su padre, siempre generoso, le hubiera tratado de aquella manera, de modo que se distanciaron de él y procuraron evitarlo.
Es por eso que emprendió el camino, un camino a Nosesabedonde, que es ese lugar tan frecuentado por los sin rumbo y sin expectativas concretas.
En su mente se agolpaban los recuerdos, pero acabó silenciándolos porque, a fuer de buenos, alegres y gratos, resultaban dolorosos en su situación actual.
Y caminó. Caminó sin norte ni rumbo, sin un horizonte al que perseguir inútilmente, como sucede con todos los horizontes pues es inútil perseguirlos ya que son inalcanzables. Tampoco sus cortas metas calmaban su dolor y, aún menos, su sed y su hambre. Había agotado sus escasas provisiones y no hallaba nada que llevarse a la boca. Ni un huerto, ni un frutal, ni tan siquiera unas bayas silvestres había en aquella estepa estéril, ondulada por secas colinas salpicadas por secos matojos.
Ya desfallecía cuando, a lo lejos, empingorotado sobre un cerro de abruptas laderas rocosas, descubrió una edificación. Parecía un castillo ruinoso y, cuanto más se acercaba, más ruinoso se veía. Sus almenas desmochadas, la barbacana derruida, por las troneras asomaban reptantes y gruesas ramas de zarzas, aunque desprovistas de fruto.
Aquella ruina silente y solitaria no le iba a proporcionar refugio ni alimento. Un dolor intenso le retorcía las tripas, el hambre.
Rebuscó por el petate intentando encontrar alguna migaja de pan con que engañar a su alborotado estómago, pero no encontró nada salvo aquella extraña caja en lo más profundo. Se la quedó mirando, como intentando desentrañar aquellos misteriosos e inextricables grabados, pero sin ningún resultado, salvo hacerle olvidar por un momento la revolución que le removía el vientre.
Jugueteando con la caja entre las manos, se dijo:
- ¿Cómo podría entrar?
Inconscientemente, casi mecánicamente, abrió la caja, aquella que tantas veces había estudiado e inspeccionado sin resultado alguno pero, esta vez, su sorpresa resultó mayúscula y se olvidó del todo del hambre y la sed. En el fondo de la caja reposaba un papelito arrollado.
Aquella caja siempre había estado vacía, las veces que la había abierto no había hallado en su interior más que unas pelusas, y ahora había algo allí que antes no estaba.
Con más miedo que vergüenza, tomó con el índice y el pulgar, como si quemara, el papel aquél y, viendo que nada pasaba, lo desenrolló.
LLAMA A LA PUERTA
Fue lo único que aparecía escrito en él.
¿Qué querría decir? ¿Cómo había aparecido allí? ¿Quién lo había escrito?
Volvió a arrollarlo y lo depositó en la caja, cerrando la tapa.
El hambre volvió a despertar con mayor virulencia que nunca y pensó, aunque no muy convencido:
- Si este castillo estuvo habitado tiempo atrás, puede que quede algo en las bodegas o las despensas.
Rodeó el muro, buscando algún portillo o lugar practicable que le permitiera acceder al interior, y acabó descubriendo una vieja puerta de madera carcomida, cubierta de polvo y telarañas, pero aún fuerte como pudo comprobar al intentar, en vano, abrirla.
Entonces recordó aquello de:
LLAMA A LA PUERTA
Y así lo hizo.
Tras un tiempo, que le pareció una eternidad, el silencio se vio roto por un leve, lento y rítmico deslizar de algo por el suelo, un sonido de pasos pausados. Un chirrido agudo de hierro contra hierro sonó entonces, y Aziel no las tenía todas consigo. No sabía si quedarse a esperar qué pasaba o salir corriendo despavorido. Pero decidió quedarse.
Una estrecha rendija se abría entre la puerta y el marco, mientras los viejos goznes protestaban estentóreamente. Una cara plagada de arrugas y una luenga y amarillenta barba asomaron por aquella rendija.
- ¿Qué buscas? - preguntó una voz cascada y chillona.
- Ayuda - respondió – comida y agua.
-¿Y quién te ha dicho que llames?
- Esta caja – dijo Aziel, enseñándola a aquel extraño.
La puerta se abrió de par en par y pudo ver a un anciano encorvado que le apremiaba a entrar.
- ¡Pasad! ¡Pasad! Señor, estáis en vuestra casa.
El interior no parecía tan ruinoso como el exterior, pero estaba todo cubierto de polvo y telarañas. Allí no se había limpiado en años. Eso visto a la escasa luz que se filtraba por las sucias vidrieras y unos estrechos tragaluces, más mugrientos aún.
El anciano cerró la puerta tras ellos y la oscuridad se hizo casi absoluta al dejar de entrar el sol que se había colado por ella. Le costó tiempo acomodar la vista y darse cuenta de que se encontraba en un suntuoso salón con tapices, alfombras y regiamente amueblado. Al fondo se distinguía, entre cortinas de telas de araña, un alto estrado en el que se alzaba un trono ricamente tallado y policromado, flanqueado por dos sitiales más bajos.
- Señor, venid y podréis saciar vuestra hambre y vuestra sed. Seguidme – le urgió el anciano emprendiendo el camino de un largo y oscuro pasillo.
Aziel le siguió a tientas, apartando las telarañas que colgaban desde el techo, las paredes y los soportes de las antorchas que, en tiempos, debieron resplandecer y disipar aquella negrura.
Una pequeña puerta ovalada cerraba el paso al final de aquel pasillo, y el anciano la abrió con una gran llave de hierro que debía pesar al menos un quilo. Un haz de luz brotó de aquella abertura y penetraron en una amplia y limpia estancia, profusamente iluminada y totalmente diferente a lo que, hasta entonces, había visto allí. Los mueble eran sencillos, pero se les adivinaba cómodos, la limpieza era exquisita, el olor a húmedo y mazmorra del gran salón y el pasadizo, dio paso a un perfume de incienso y flores... pero el hambre apretaba.
El anciano le hizo sentar a una mesa bien provista de vajilla y manjares humeantes que estaban diciendo ¡Cómeme! y también una jarra de vino que no tardó mucho en tener que reponer. Entonces Aziel perdió todos los buenos modales y la compostura que le habían inculcado desde pequeño y se puso a comer, aunque más bien a devorar, aquella caldereta de cordero, aquel queso curado, el jamón, la ensalada,... así como los postres más deliciosos.
Entre la comida, el vino y el cansancio, se quedó profundamente dormido.
Transcurrido un tiempo que no se puede precisar, despertó sobre un mullido colchón, en una pequeña alcoba pero dotada de todo lo necesario. No sabía, en un principio, qué hacía allí ni cómo había llegado, pero pronto recordó. Era imposible que el anciano le hubiera llevado allí, tenía que haber más gente o alguien más fuerte capaz de cargar con él. Tampoco le creía capaz de mantener todo tan limpio ni de cocinar todo aquello que había comido. Y tampoco podía comprender cómo es que la comida ya estuviera dispuesta, como si supieran que iba a llegar.
Las preguntas se agolpaban atropelladamente en su cerebro y, hasta acabó pellizcándose por si aquello era un sueño o las alucinaciones propias de la desnutrición y la fatiga de aquel penoso viaje. Pero no. Estaba bien despierto y notaba su estómago saciado, casi a reventar, y ni la menor sensación de hambre o de sed, a lo sumo un ligero dolor de cabeza y una molesta reacción en los ojos ante la luz del día que penetraba por un amplio ventanal. La verdad es que no recordaba cuantas copas había bebido de aquel vino, pero seguro que fueron demasiadas.
Su vista recorrió aquel lugar. Sobre una pequeña mesita lacada, situada junto a la ventana, reposaba aquella misteriosa caja, su única herencia y posesión. A su lado unas cuartillas de papel, tintero y pluma. Junto a ella una cómoda butaca que invitaba a sentarse y abandonarse en un "dolce far niente". Vestía un camisón de seda azul claro y en parte alguna pudo ver rastro de aquellas ajadas y polvorientas ropas con las que había llegado allí.
Miró por el ventanal y pudo contemplar aquel enorme páramo que había atravesado y algún lienzo de las murallas del castillo. Dedujo, por la altura, que debía encontrarse en una torre, pero no vio movimiento alguno, parecía que allí no estaban más que él y aquel misterioso anciano.
Una puerta daba a un cuarto con una enorme bañera de mármol completamente llena de un agua tibia y perfumada, que estaba invitando a zambullirse en ella y chapotear como un pato. El suelo también era de mármol, con una ligera inclinación hacia un rincón y, en él, un sumidero con una rejilla. Colgando de una de las varias perchas que había en una pared, se veía una enorme y suave toalla de algodón.
No se lo pensó mucho, colgó el camisón en una de las perchas libres y se sumergió en la bañera suspirando de alivio al notar la ingravidez. El agua rebosaba y corría en juguetones riachuelos en dirección a aquella rejilla, y él se dejó flotar, sintiendo que el dolor de cabeza remitía poco a poco. Se abandonó totalmente a aquella lasitud y perdió la noción del tiempo; pero, finalmente, salió del agua, se secó a conciencia y, descalzo como iba, regresó al dormitorio. Sobre la cama, que estaba perfectamente arreglada como si no hubiera dormido allí, reposaban varias prendas de ropa: unas calzas, un jubón, unas botas, unas zapatillas,....
Se preguntaba quién y cómo había hecho la cama y dejado la ropa sin que él lo advirtiera; pero, sin pensarlo más, se vistió y se asomó a otra puerta. Daba a un pasillo y, al fondo, a una escalera que descendía hacia un lugar profundo y oscuro que no podía percibir.
Antes de decidirse a salir de allí y seguir explorando para saber en dónde estaba y qué significaba todo aquello, regresó al dormitorio y se guardó la cajita en un bolsillo, no sin antes mirar lo que había dentro. Estaba vacía, ni tan siquiera estaba aquel papelito que había aparecido misteriosamente y que había vuelto a guardar dentro.


El próximo jueves LA CAJA DE LAS RESPUESTAS (2)


miércoles, 9 de octubre de 2019

Muu y... el chicle



Seguro que, si sois amigos de este blog, conoceréis a los personajes de este cuentecillo; que hoy vuelven, con Muuriel como protagonista en lugar de Cloe. Aquellos que no los conozcan pueden comenzar a hacerlo: AQUÍ





MUU Y… EL CHICLE

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final


Se hallaba la vaca Muuriel, como de costumbre, rumiando con la mirada lánguidamente perdida en la distancia, como esperando el paso del tren de las cinco. Woffe, que acababa de regresar con su amo desde el pueblo, se acercó a ella y le dijo.
- ¿Sabes, Muu, que te pareces a los humanos?
- ¿En qué?
- En que ellos también se pasan las horas masticando
- En todo caso será que ellos se parecen a mí, porque yo lo hago por mi naturaleza, soy rumiante y eso es necesario por mi sistema digestivo, pero ellos no lo son. ¿Por qué lo hacen?
- No lo sé, pero mascan una cosa pegajosa que llaman chicle.
- ¿Y se lo tragan?
- No. Luego lo tiran, y en el pueblo he visto pegotes por los suelos. Yo, como camino a ras de suelo, los veo muy bien y los hay de varios colores.
Un gorrión, que los estaba escuchando desde una rama, intervino.
- El otro día se me quedaron pegadas las patas en una de esas cosas y me costó soltarme. Y un primo mío murió porque se tragó uno y le taponó el galillo.
- Esos seres humanos – replicó Muu – tienen unos comportamientos poco racionales. Si sus desechos sirvieran al menos de abono como los nuestros… pero eso parece que lo único que hace es ensuciar y poner en peligro a los pequeños animales.
Cloe, que andaba a la caza de saltamontes, acababa de llegar junto a ellos y preguntó, curiosa como siempre.
- ¿De qué habláis?
- De los chicles que tiran los humanos – dijo Woffe.
- ¡Qué cosa más horrible! Una vez intenté picotear uno, pensando que era algo comestible, y se me pegó al pico. Me costó mucho despegármelo. La verdad es que, donde estén los insectos, las lombrices, el grano… Habría que hacer algo porque hay por todo. Alguna otra gallina ha tenido problemas de molleja por tragar uno.
- Dices bien, algo habría que hacer – dijo Muu – pero ¿Qué?
- Pues si no lo sabes tú, que eres la más inteligente de la granja – dijo Cloe – no sé quién lo va a saber.
Wof se rascó la oreja derecha con la pata trasera y dijo.
- ¿Por qué no les devolvemos esa porquería para que sepan que no pueden andar tirándolos por ahí?
Muu repuso.
- No se me ocurre cómo. Aunque sí… Cloe ¿Podrías conseguir que el gallinero colabore para hacer limpieza?
- Sí. Podríamos escarbar esos pegotes y hacer un buen montón.
Cloe, que tenía ascendiente sobre todas las gallinas desde aquella ocasión en que lideró el gallinero a raíz de las trifulcas raciales (1), consiguió convencerlas para ir reuniendo todos los pegotes que encontraran. Los fueron amontonando en un rincón del corral de Muu y ésta veía cómo crecía y crecía aquel montón. Pero no se le ocurría qué hacer luego con todo aquello.
Y allí se estaba parada rumiando y también rumiando, es decir, en los dos sentidos de la palabra, cuando llegó la hora del ordeño y acabó por idear algo.
Llamó a Cloe y le dio instrucciones.
Los problemas en la granja comenzaron cuando al vaciar el cubo de la leche, el amo encontró un chicle en el fondo. Y, cuando el hecho se repitió, el amo entró en cólera y prohibió terminantemente el uso del chicle a todos los trabajadores.
Es por eso que, gracias a la complicidad de las gallinas y su habilidad para no ser vistas al acercarse al cubo de la leche, la granja quedó limpia de aquellos asquerosos pegotes y ningún gorrión volvió a correr peligro.

(1) Ver Cloe quiere... liderar



Y el próximo jueves:
LA CAJA DE LAS RESPUESTAS
(un cuento largo en cuatro partes)