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miércoles, 23 de octubre de 2019

La caja de las respuestas (2)


Hoy continúa el relato desde el punto en que lo dejamos la semana pasada, en una extraña estancia de un viejo castillo deshabitado o no.




LA CAJA DE LAS RESPUESTAS
(parte 2)

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final


Comenzó el descenso por aquella escalera y cada vez la oscuridad era mayor hasta que, a tientas, notó que estaba en el último peldaño y no había otra cosa a su alcance que una manilla redonda, la giró y una puerta comenzó a abrirse. Entraba la luz del día, atravesó la puerta y se halló al exterior del castillo, frente a aquel páramo, y la puerta se cerró a sus espaldas. Llamó y llamó infructuosamente, pero no hubo respuesta. Aquella puerta no era la misma por la que había entrado, de modo que dio la vuelta al castillo buscándola y buscando aquel refugio seguro y aquella mesa bien provista, pero no la halló. Y la puerta por la cual había salido, también había desaparecido.
Estuvo tentado de escalar el muro, pero era muy alto y acabó desistiendo, del mismo modo en que había desistido de seguir buscando una entrada. Todo aquello era muy extraño.
Desesperado por no disponer de su petate con sus escasas pertenencias, no sabía qué hacer. Suerte que estaba bien comido y bien bebido y podría resistir al menos unos días, y suerte de aquellas ropas; porque, de no ser por ellas, ahora estaría con aquel camisón y descalzo por aquel páramo.
- ¿Qué hago ahora? - se dijo.
En un momento de apuro similar, sólo la caja había sido su tabla de salvación con aquel mensaje, aunque no estaba muy seguro de hallarse ahora en mejores condiciones que entonces. Se felicitó por haber tenido la precaución de guardársela antes de descender por aquella escalera, se echó mano al bolsillo, la sacó y la abrió. Donde antes no había nada, ahora había un papelito enrollado, con una sola palabra:
NORTE
¿Se refería acaso a la torre norte del castillo? Lo rodeó hasta el pie de aquella torre, pero allí no había puerta ni abertura alguna, y el muro aún era más difícil de escalar y más alto que los demás muros exteriores. De modo que no le quedaba otra opción que poner rumbo hacia el norte, en cuya dirección se recortaban unas montañas en el horizonte.
El terreno era seco, pedregoso, con escasos matorrales agostados y desperdigados, el sol calentaba inmisericorde y no había refugio alguno, ni una mísera sombra que le protegiera de los rayos que encandilaban ni del calor abrasador. Los guijarros estaban tan calientes que se habría podido cocinar en ellos y lo raro era que los matorrales no salieran ardiendo.
A lo lejos se veían unas ondas fluctuantes y la apariencia de unas edificaciones o unas siluetas de formas regulares; pero pensó que debía tratarse de un espejismo, de un efecto óptico fruto del recalentamiento del aire. Penosamente seguía su ruta hacia el norte, ya que no tenía otra opción. Por él hubiera caminado de noche y descansado de día, pero no había lugar alguno en donde guarecerse en las horas de mayor insolación.
Y las horas se hacían largas, y el hambre y la sed comenzaron a producirle punzadas y resecarle la boca, pero acabó llegando la noche y pudo más el cansancio que la necesidad de seguir caminando hasta las distantes montañas; y se dejó caer, acomodándose lo mejor que pudo, tras apartar unas cuantas piedras.
La Vía Láctea se destacaba en el firmamento tachonado de estrellas. Aquella franja lechosa aportaba la luz suficiente para ver a su alrededor pese a que era una noche sin luna, pero acabó quedándose profundamente dormido y soñó. Soñó con aquel castillo, el anciano, la casa de su padre, los juegos infantiles con sus hermanos, el páramo seco, los baños en el arroyo de su infancia. Todo revuelto y entre una bruma gris.
Se despertó sobresaltado cuando aún no había amanecido y no tenía ninguna referencia temporal. No sabía si había dormido sólo una hora o más, por cuanto no podía adivinar que hora podría ser, pero no era capaz de dormir y, guiado por la Estrella Polar y la claridad del límpido cielo estrellado, reemprendió su camino hacia el norte.
Finalmente comenzó a clarear por el este y, al alba, pudo distinguir más cercanas aquellas montañas y las formaciones que le habían parecido un espejismo. A aquellas horas, y con el fresco matinal, era imposible que se tratara de un espejismo.
Las montañas estaban aún muy lejos, pero aquellas siluetas que parecían edificios no distaban demasiado y eso le infundió ánimos y apretó el paso. Calculaba que a medio día ya habría llegado y posiblemente encontraría allí algo de agua y algo comestible.
Las últimas horas se le hicieron muy duras, pero la cercanía le espoleaba y no desfalleció.
No era ninguna construcción, no se apreciaba por parte alguna la mano del hombre. Eran unas estructuras rocosas de formas caprichosas. Grandes bloques de granito de formas regulares, cúbicas, gigantescos paralelepípedos se amontonaban en un rimero informe y caótico. Probó de trepar por unos bloques que aparentaban una escalinata gigantesca en un intento de descubrir qué había más allá, pero hubo de desistir al encontrarse con una pared lisa e insalvable. Descendió nuevamente y comenzó a caminar intentando rodear aquella montaña de rocas, pero antes echó mano a la cajita por si aparecía una nueva pista, pero estaba vacía, ni siquiera estaba aquel papelito que le había indicado NORTE.
De modo que siguió bordeando aquella formación en busca de algo de vida entre aquella desnuda roca. El sol apretaba con fuerza y las piedras irradiaban calor también. Estaban tan calientes que Aziel procuró mantener la distancia tras una desagradable sorpresa al apoyarse en una y recibir una quemazón en la mano.
El sol ya iba cayendo y el hambre y la sed le asediaban, no se veía el fin de aquel periplo que había emprendido y no había rastros de vida ni de agua. Ya desesperaba y se veía perdido en aquella árida inmensidad. Las rocas le ocultaban las montañas y pensó que tendría que esperar a la noche para poder orientarse por las estrellas y reanudar el camino hacia el norte, si es que lograba sobrevivir. Una suave brisa se levantó, pero era cálida como el aliento de un horno.
- ¡Ya sólo me faltaba ésto! Aquí acabarán mis días si no encuentro una salida.
Y pensó, nuevamente, en la cajita, y esperó un nuevo prodigio con un nuevo mensaje, pero la cajita seguía vacía... Recordó las otras dos veces en que se había encontrado en un apuro y la caja le había dado una respuesta. En ambas ocasiones se había preguntado qué hacer, de modo que la cerró y se dijo, (aunque, en realidad, le preguntaba a la caja)
- ¿Cómo salgo de ésta?
Abrió la caja, y ya no se sorprendió al encontrar en el fondo un papelito arrollado. Lo extendió y pudo leer:
LEVANTA LA PIEDRA
-¿Pero cuál? Aquí hay miles y de tamaños que yo sería incapaz de levantar.
Miró por todas partes y lo que veía le desanimó. Eran unos bloques demasiado grandes para poderlos levantar y, si había alguno más pequeño se hallaba aprisionado entre otros mayores imposibles de mover. Comenzó a caminar, continuando su ruta que bordeaba la montaña de piedra, vigilando que no se le escapara alguna lo suficientemente pequeña como para moverla. Anduvo veinte pasos y vino a dar de bruces en el suelo arenoso. Tras escupir el polvo que le llenaba la boca y pasarse las manos por la cara, se le escapó un exabrupto.
- ¿Pero qué diablos es ésto?
Había tropezado con algo semienterrado en la arena y le había hecho caer cuan largo era. Escarbó afanosamente en el suelo descubriendo una piedra cúbica perfecta, de un palmo de lado, y la tomó en sus manos levantándola con esfuerzo porque pesaba bastante.
En ese preciso momento, un sordo rumor se extendió por aquel extraño hacinamiento rocoso y todo comenzó a agitarse. Aziel dio un salto hacia atrás, sorprendido, dejó caer la piedra a sus pies, afortunadamente no sobre sus pies, y se retiró prudentemente de aquel caos, un ruidoso caos, meticulosamente organizado.
Los bloques más grandes comenzaron a moverse alineándose sobre el suelo formando un muro, sobre el que se apilaban nuevas hileras de bloques menores; y así, aquel rimero informe comenzó a tomar forma de modo ordenado y, al parecer, inteligente, con una intencionalidad que a Aziel se le escapaba.
Poco a poco el rumor comenzó a disminuir, o bien se oía más remoto, y el polvo que durante años se había ido acumulando sobre las piedras y se había alzado como una misteriosa niebla que velaba algo aquel extraño proceso de metamorfosis, se fue precipitando y sedimentando, dejando una fina capa impalpable a todo alrededor.
Tras sacudirse la espesa capa de polvo, Aziel pudo apreciar la fantástica obra que se había materializado ante sus atónitos ojos. Un gran muro, de aspecto ciclópeo, se alzaba ante él y se extendía a derecha e izquierda. No podía contemplar la obra en su totalidad puesto que el propio muro le ocultaba lo que había más allá, y sólo pudo distinguir una inmensa puerta rematada por una barbacana y, a ambos lados, sendas torretas almenadas con troneras y mirillas. También, a derecha e izquierda, en la distancia, pudo apreciar otras torretas similares.
Se acercó a la puerta y se atrevió a llamar, golpeándola, pensando que alguien acudiría igual que el anciano del castillo, pero la puerta permaneció inamovible y ni tan siquiera resonaron sus golpes. Era una puerta de gruesos maderos, a la que sus puños debieron hacerle el mismo efecto que si la hubieran golpeado con un plumero. Intentó, inútilmente, empujarla pero no cedió ni un milímetro. Lo mismo le hubiera dado empujar el muro de piedra. Revisó la misma en todo su contorno, por si había algún resquicio, sin ningún resultado; aunque descubrió el ojo de una cerradura de buen tamaño, pero no pudo asomarse a mirar porque estaba un palmo más alta que su vista y, ni poniéndose de puntillas, llegaba.
Ya estaba a punto de rodear el muro, por si encontraba otro acceso, cuando recordó aquella piedra que había levantado. Si la acercaba y se subía a ella, llegaría. Y regresó al lugar en donde había estado contemplando aquel espectáculo. No había pérdida; sobre aquel fino polvo aún se podían apreciar sus huellas marcadas, como se marcan las pisadas sobre la nieve virgen, y llegó a donde había soltado la piedra, pero no estaba. La capa de polvo debía haberla cubierto y ocultado a la vista, de modo que se puso a escarbar hasta encontrar algo sólido, pero aquello que halló no era una piedra, por allí no había piedra alguna de aquellas dimensiones o el polvo no la hubiera cubierto, aquello era una pesada pieza de hierro en forma de llave. Con ella en la mano regresó a la puerta y al ojo de la cerradura. No podía mirar, pero sí tratar de introducir aquella llave. Le costó mucho; pero, finalmente lo consiguió, y no hizo falta girarla, sólo con ponerla en la cerradura la puerta comenzó a moverse con un rechinar de engranajes que le dio dentera, hasta que se abrió por completo.
Frente a él se veía un amplio patio rodeado de casas de piedra y, en el centro, un surtidor que vertía hilos de agua por caprichosas figuras labradas en mármol. Corrió al pilón y metió la cabeza, bebió algo y acabó metiéndose todo él en el agua abriendo la boca bajo uno de aquellos chorros hasta que sació su sed, sin reparar en que alguien podía verle, si es que había alguien allí.
Limpio de polvo y de sed, salió del agua chorreando, y aquel frescor le reanimó, pero quedaba el hambre, aunque el agua había calmado un tanto su vacío estómago.
Aquello parecía una ciudad amurallada. Se veían alineaciones de casas a lo lejos, como formando una cuadrícula, pero no se veía alma viviente. Parecía como recién construida y, efectivamente, así era, él lo había visto hacía escaso tiempo.



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