PÁGINAS RECOMENDADAS

miércoles, 11 de marzo de 2026

El Rey que quería un dragón


EL REY QUE QUERÍA 
UN DRAGÓN


Todo esto sucedió
mucho después de
lo narrado en


Ya conocéis aquel reino tan lejano, tan lejano y tan pequeño, tan pequeño. Aquel reino que no tenía ni castillo ni palacio y el Rey tenía que vivir en una escalera de vecinos. Pues esta vez salió con una nueva ocurrencia y ya veréis lo que pasó.
Cierto día tiró insistentemente de la anilla que hacía sonar la campanilla en casa del Chambelán, en el Principal Segunda, pero éste no acudía y el Rey ya estaba muy enfadado, casi se echó encima el té de las cinco al intentar levantarse del butatrono para asomarse al balcón y llamarlo a voz en grito, pero el Chambelán hizo acto de presencia, no sin un sofoco por acudir corriendo a la llamada.
- ¿Cómo has tardado tanto? Ya estaba harto de tirar de la campanilla.
- Majestad, estaba en la plaza. Ya sabéis que hoy me tocaba hacer de gigante, pero he venido lo más pronto que mis piernas me lo han permitido. ¿Qué deseáis?
- Ciertamente, desde que tenemos el gigante más pequeño de todos los reinos las cosas van bien y se han incrementado los ingresos por turismo, pero echo en falta algo que otros reinos tienen.
- ¿Y qué es ello, si puede saberse, majestad?
- Para ser un reino normal falta algo muy importante, algo que pueda atraer caballeros andantes a nuestro reino porque, como sabes, aquí sólo tenemos a Sisenando con su burro pero, ni es un brioso corcel ni él pertenece a las órdenes de caballería.
- ¿Y de qué se trata esta vez?
- Necesitamos un dragón, un dragón vivito y coleando, un dragón con su llama y todo.
Dijo el Chambelán.
-Permitidme deciros Majestad, como Ministro de la Vivienda que soy también, que en el reino no contamos con un espacio adecuado para alojar un dragón.
-Eso son excusas, todo el mundo sabe que los dragones viven en los bosques o en una cueva de la montaña.
Respondió el Ministro de Medio Ambiente, que era el Ministro de la Vivienda, que era el Chambelán.
-Permitidme deciros Majestad, como Ministro de Medio Ambiente que soy, que en el reino no contamos con bosques y tampoco con montañas y menos con una cueva.
-Pues entonces ordeno que se encuentre una solución como se hizo cuando el gigante.
Respondió el Chambelán.
-Lo del gigante se pudo resolver gracias a la iniciativa de los Sabios y Consejeros del reino, pero un dragón lo veo más difícil.
-Decís bien señor Chambelán - concluyó el Rey - pero es mi voluntad y debemos encontrar una solución para contar, como otros reinos, con un dragón. Estudiad todos el problema, sometedlo a los Sabios y Consejeros del reino y mañana me traéis la solución.
El Ministro de Medio Ambiente, el Ministro de la Vivienda y el Chambelán se recogieron a deliberar con todo el gabinete ministerial y consigo mismos, puesto que todos eran también los Consejeros del reino y los hombres más sabios.
La reunión transcurrió como la ocasión anterior, pero esta vez frente a una manzanilla y una tostada porque el Chambelán, es decir todos, tenía un fuerte dolor de barriga. Se prolongó hasta altas horas de la noche y cada cual planteó sus puntos de vista, los pros y los contras, estando incluso, en algún momento, a punto de partir peras, pero finalmente llegaron a una solución y se retiraron todos juntos a descansar como un solo hombre.
Al día siguiente se presentó el vecino del Principal Segunda en calidad de Chambelán ante la butaca del Rey y, haciendo una reverencia, dijo:
-Majestad; hemos debatido el tema y finalmente el Guardián de las Pesas y Medidas nos ha hecho comprender, como ya hizo cuando el gigante, que las dimensiones y las proporciones son relativas y que a tal reino corresponde tal dragón, por lo tanto ya hemos resuelto el problema sin costo alguno e, incluso podría reportarnos ingresos extra por turismo.
-Decid, mi buen Chambelán, explicaos
-Hechos los oportunos cálculos, en función del tamaño de vuestro reino y de las dimensiones de los dragones más pequeños que habitan los otros reinos, da como resultado que para vuestro reino bastaría con uno de cincuenta y cinco centímetros, con lo que, además, sería el dragón más pequeño del mundo y, por tanto, una atracción turística de primera magnitud.
-¿Y dónde podríamos encontrar un dragón así de pequeño?
- Majestad - dijo el Chambelán – El Naturalista y Ecologista del reino informa que en el parterre de la plaza habita una lagartija voladora, lagarto volador o dragón volador (Draco volans) y, aunque carece de fuego, cosa que podríamos resolver con un soplete camuflado y como ya tiene alas resultaría un dragón más pequeño del mundo muy convincente.
El Rey quedó más que satisfecho con la sabia decisión de los ministros y sabios de su Corte y mandó celebrar, como la vez anterior, la llegada del Dragón Más Pequeño del Mundo haciendo colgar banderitas de la barandilla de la escalera y tirando un par de cohetes de lo que, lógicamente, se encargó el Ministro de Festejos y Cultura que era el Ministro de Agricultura, que era el Tesorero Real, que era el Ministro de Obras Públicas, que era el Ministro de Medio Ambiente, que era el Ministro de la Vivienda, que era el Chambelán y muchas otras cosas más y que, además, era el Naturalista y Ecologista del reino.

Y si te ha gustado el cuento, has pasado un buen momento.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Destronados


DESTRONADOS

Se despidieron en la encrucijada de siempre, tal como solían hacer desde hacía siglos; uno hacia el este, otro hacia el norte y otro hacia el sur. Era el año 2050 y los tres marcharon deprimidos. Ya no había cabalgatas para recibirlos, ya no había niños recibiéndolos ilusionados con farolillos y ávidos de caramelos, porque los dulces estaban prohibidos al ser nocivos para la dentadura y la salud, como también aquellas manifestaciones paganas de cabalgatas y procesiones. Y digo paganas respecto a la religión imperante, la ideología de turno, las reglas dictadas desde no se sabe donde, pero asumidas como algo indiscutible por todos. De todos modos ya se sentían, tras unos cuantos siglos, algo viejos e inútiles y eso dolía. Aparte de la prohibición de las cabalgatas, bien pocos niños esperaban su llegada. De modo que se sentían caducos e inútiles. Y es que ya hacía años que un gordo vestido de rojo y los padres se habían encargado de que quedaran en el olvido.
Melchor se encaminó a caballo, como hacía cada año, hacia las tierras norteñas, hacia su reino, y se encontró que una revolución le había destronado en su ausencia durante el viaje tras la estrella. Ya no sabía qué hacer. Si ya no podía viajar por todo el mundo repartiendo regalos... ¿A qué podría dedicarse los próximos milenios?. Su especialidad era, desde el origen, el oro. Ya no sabía a qué podría dedicarse, de qué podría vivir y buscó trabajo en la Oficina de Empleo. Tras muchos intentos consiguió una plaza en el taller de un orfebre. ¿Qué le esperaría en el futuro?.
Pero dejemos esto para un futuro y ocupémonos de Gaspar que, a pausado y pesado paso de elefante, llegó a su reino en el lejano oriente. Al arribar a la capital se dio cuenta de que su bandera de siempre ahora lucía una luna en menguante y que ya nadie se acordaba de él, habiendo salido tras la estrella hacía pocos días. Parecía que el tiempo se había dilatado durante aquel último viaje. ¿Y ahora qué hago? ¿De qué voy a vivir? Ya no tengo palacio, ni súbditos, ni quien prepare el incienso de los primeros tiempos ni fabrique los juguetes que solía regalar a los niños. Pero esto es lo que menos le preocupaba porque ya pocos niños esperaban sus regalos. Lo que más le preocupaba era su propia subsistencia en los siglos venideros. De modo que, como experto en el incienso que ayuda a nivel psíquico y que varias religiones usaban en sus ceremonias, acabó consiguiendo un empleo de ayudante de perfumista en las afueras de Benarés.
Mientras tanto, Baltasar había contactado con una caravana y consiguió atravesar el desierto sobre su camello hasta su reino. Pero el reino ya no existía, una guerra tribal había acabado con todo y su pueblo vagaba nómada de oasis en oasis. ¿Y ahora qué hago? se preguntó. En el oasis al que había llegado había arbustos espinosos de la Commiphora myrrha y se dedicó a extraerles la resina para preparar medicamentos balsámicos y desinfectantes así como dentífricos.
Y así, cada uno de los tres encontró una ocupación, aunque añoraban los buenos tiempos aquellos, los tiempos en que eran recibidos apoteósicamente, en que los niños esperaban con ilusión la mañana del seis de enero, en que se sentían felices tras vaciar sus almacenes de juguetes, de regalos... pero ya ni almacenes, ni reino tenían y la magia, fruto entonces de la materialización de tantas ilusiones infantiles, también había desaparecido al tiempo que las ilusiones que la alimentaban. Ahora eran incapaces de crear juguetes y regalos y sólo podían hacer aquello que sus manos, carentes de poderes mágicos, les permitían.
Melchor era hábil con el oro, la fundición, el moldeo y el cincelado y acabó creando un bello objeto, un amuleto en forma de estrella, como aquella que le guió cierta vez, aquella que le hizo emprender aquel largo viaje y conocer a dos nuevos compañeros. Sintió que aquel objeto no era una simple joya, que tenía alguna magia residual, una magia arcana y perdida y que le impulsaba a abandonar aquel su antiguo reino, a ponerse en un antiguo camino.
Gaspar mezclaba con la resina antiguas esencias de plantas que recolectaba incansable por montes y valles. Mucho éxito tenían sus inciensos de variados y extraños efectos. Él siempre experimentaba con todos sus preparados antes de ponerlos para su venta; pero el último, el que había preparado con el aroma de una rara rosa del desierto, le transportó mágicamente a otros tiempos y otros países, a otros caminos y otros encuentros... Y cuando despertó, recordó y sintió la necesidad de ponerse en camino.
Baltasar se dedicaba a cuidar con sus medicamentos a los beduínos de las caravanas que le acogían como curandero, así como en cada oasis o aduar que visitaba. Tenía una amplia experiencia en las plantas medicinales. No es que en el desierto hubiera muchas; pero él conocía, inexplicablemente, las propiedades de cada planta, de cada árbol, de cada savia, de cada resina, de cada brizna. Parecía que aún conservaba aquella extraña sabiduría mágica que una vez tuvo. Cierta noche, en el oasis a que le había conducido la última caravana; disfrutando, como de costumbre, del fresco del anochecer tras el agobiante calor del día, cuando se encendió el firmamento con la Vía Láctea y el dosel de estrellas, sintió una gran paz y una estrella se encendió, una estrella como aquella que una vez le enseñó un camino. Y, fijando su orientación, decidió ponerse en marcha y seguirla tal como había hecho hacía siglos.
El tiempo pasó, o no pasó, porque ¿quién sabe lo que es el tiempo? y en una encrucijada olvidada pero frecuentada durante muchos años, siguiendo a una rara estrella que sólo ellos eran capaces de ver, se volvieron a encontrar, Gaspar, Melchor y Baltasar. Y allí, la misma magia que les había transportado a un humilde pesebre, la misma que les había permitido durante siglos llevar ilusión al mundo, les transportó en alas de la fantasía, en alas del amor, en alas de la ilusión, a unos nuevos reinos que se habían ganado sobradamente.







miércoles, 25 de febrero de 2026

Las perdices perdidas

LAS PERDICES PERDIDAS

Todos sabemos que Bella Durmiente, tras despertar de su largo sueño, se casó con el príncipe, fueron felices y comieron perdices. Pero esa felicidad y esa perdicidad no duró mucho. La felicidad ya no era la misma al cabo de un tiempo. A las cocinas de palacio ya no llegaban cazadores con sus sartas de aves, de modo que se acabó la perdicidad y a eso se sumaba también el insomnio de la reina; ya que, tras dormir cien años, ahora pasaba los días y las noches en blanco (1). Se enviaron mensajeros a los cazadores; pero éstos, que habitualmente servían a las cocinas, habían desaparecido misteriosamente, aunque los mensajeros pudieron observar la abundancia de bandos de perdices y perdigones. ¿Por qué los cazadores habían abandonado el reino? ¿Por qué dejaron de servir a las cocinas de palacio, siendo su única fuente de ingresos y su medio de vida? Era algo extraño, algo incomprensible, de modo que los reyes enviaron a la caza a algunos de sus más diestros arqueros y ballesteros. Cada uno de ellos, bien provisto de flechas en su carcaj, se aventuró en los terrenos en que los mensajeros decían haber visto perdices en cantidad. Allí todos consiguieron ver muchas presas y, como certeros arqueros y ballesteros que eran, lograron cazar gran cantidad de ellas. Ya se disponían todos en compañía, satisfechos de su caza, a regresar a las cocinas de palacio para llevar las sartas de perdices, cuando se encontraron con un raro personaje, un anciano de sayo raído y luengas barbas blancas.
- ¿Qué haces aquí? ¿No serás un cazador furtivo? - dijo el jefe del grupo - Porque si es así te apresaremos y te llevaremos a las mazmorras.
- No, en modo alguno – respondió – no soy cazador, soy el Comprador de Pájaros (2) y, si os parece bien, quisiera comprar esas perdices que lleváis.
Los soldados, que no es que sus soldadas fueran pingües y andaban a dos velas, le respondieron:
- Está bien, por un ducado cada una te las vendemos todas, total hay más y aún hay tiempo de cazar otras.
De modo que le entregaron las sartas de perdices, que eran muchas, cobraron una buena soldada y el anciano se marchó perdiéndose en el bosque.
Todos pensaron que regresar con la manos vacías, aunque llevaban una buena bolsa de monedas, les supondría una reprimenda, cuando no un castigo. De modo que tendrían que volver a cazar para llevar algo a las cocinas y volvieron a la caza. Habían abatido, nuevamente, una buena cantidad de piezas y, satisfechos de la jornada y su buena fortuna, se dispusieron a regresar, pero se volvieron a topar con el Comprador de Pájaros que les dijo:
- Si quisieran venderme esas sartas de perdices os pagaría bien.
- Nos parece bien - dijo el portavoz del grupo - pero ahora vale cinco ducados cada perdiz.
El anciano, sin vacilar, echó mano de su bolsa y sacando un buen puñado de monedas de oro, se las entregó. Tomó las sartas y se internó en la espesura.
Esta vez, intrigados, pero satisfechos de sus extraordinarias ganancias se pusieron a seguirlo y vieron como las perdices recobraban vida en sus manos y echaban a volar para reunirse con sus respectivos bandos.
Aquello podía ser una fuente segura de ingresos, la bolsa del anciano se veía muy abultada, y retornaron a la caza.
Volvieron a cobrar una gran cantidad de piezas, posiblemente eran las mismas que habían cazado anteriormente y, satisfechos de la jornada y su doble buena fortuna, se dispusieron a regresar, pero se dieron de manos a boca nuevamente con el Comprador de Pájaros, que les dijo:
- ¿Cuánto me pedís por esas perdices que lleváis?
- Estas nos ha costado mucho cazarlas y ya anochece, no nos daría tiempo a cazar más y no podemos regresar con las manos vacías.
El anciano agitó ostensiblemente su bolsa que sonó tentadoramente y les dijo:
- Pedid lo que sea y creo que quedaréis satisfechos con el trato.
- De acuerdo, pero esta vez serán diez ducados cada una.
- Trato hecho, ahí va todo el oro que me queda, pero dadme esas perdices.
Así se hizo. Ya se estaba haciendo de noche, no podían volver a la caza y menos regresar con las manos vacías a las cocinas, habían reunido una pequeña fortuna cada uno y decidieron partir, de modo que tomaron las de Villadiego; se establecieron, como antes lo habían hecho los cazadores de perdices, en otro reino vecino y no regresaron jamás a palacio.
En palacio tuvieron que resignarse a no comer perdices. Consultaron a sabios y augures y uno les sugirió que para recuperar la felicidad debían volverse vegetarianos, pero las acelgas, las espinacas, la lechuga,... no dieron resultado, la infelicidad seguía siendo dueña de aquella real pareja. Sin embargo, un día, el cocinero les acabó preparando un pollo al chilindrón de chuparse los dedos y; aunque no la perdicidad, la felicidad volvió a reinar en aquél reino en que reinaban regiamente aquellos reyes.

(1) Podremos saber qué pasó con el insomnio en: La reina insomne
(2) Este Comprador de Pájaros es el mismo de otro cuento y las peripecias son parecidas a aquellas, aunque estos soldados fueron afortunados, no como el príncipe de aquella historia.


miércoles, 18 de febrero de 2026

Sueño o realidad


SUEÑO O REALIDAD

Me desperté y no era capaz de conciliar el sueño. Vueltas y vueltas, imposible dormir. En el campanario sonaron las cuatro y, aburrido, me levanté. Acomodado en el sillón, con el móvil en mano, me puse a navegar por Gooogle y encontré un blog de cuentos. Parecía que el silencio y la oscuridad, rota únicamente por el brillo de la pantalla, me estaba haciendo efecto y se me cerraban los ojos. Aún así me dispuse a leer el primer cuento que veía en la pantalla y... de golpe me vi dentro del mismo, en un paisaje verde y florido y enmedio de un camino de tierra del que no veía el final.
No sabía dónde me encontraba ni a dónde ir, pero me puse en marcha. Al cabo de un poco, escuché cascos de caballos, me giré y vi acercarse una carroza. Plantado en el camino levanté la mano, el cochero tiró de las riendas y la carroza se detuvo a mi altura. Por la ventanilla, una bella joven me dijo:
- ¿Quién eres tú y qué haces aquí?
- No sé quien soy, qué hago aquí ni dónde es aquí
- Aquí es El Mundo de los Cuentos. Iba al baile en palacio pero hemos sido convocados todos a una asamblea por el mago Artifax, un malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer. ¿Tú también vas para allí? Si es así te puedo llevar ya que está lejos.
De modo que me subí a la carroza y reanudó la marcha.
Llegamos a un amplia explanada que se veía muy concurrida. Descendimos de la carroza y ésta se transformó en una calabaza, parecía que allí no funcionaba ninguna magia, salvo la del malvado y poderoso mago. El público era de lo más variopinto, desde dragones a ratones, desde gigantes a gnomos,...
Sobre una plataforma, un personaje con una larga y negra túnica estrellada y con un puntiagudo gorro, se dirigió a la multitud:
- Os he convocado aquí para anunciaros que estoy a punto de crear un conjuro capaz de hacer que sólo exista este mundo y acabar con la Realidad. Espero que os parezca bien y deis vuestra aprobación ya que de ello depende nuestro futuro.
La bella joven que me había llevado y que ahora no lucía tan elegantemente vestida, dijo:
- ¿Y quíen escribirá nuevos cuentos para que nuestro mundo progrese?
- ¿Progreso dices? Nuestro mundo ya está bien como está. Bastante superpoblado y masificado está para que recibamos más emigrantes, aparte de que ahora hay alguien que escribe algo llamado "trascuentos" que revela cosas inconfesables de nosotros o afea nuestras conductas.
- ¡Cierto! - aulló Feroz -; a mi, un lobo de pura raza, me ha vuelto vegetariano.
A su lado había tres cerditos y uno de ellos dijo:
- Va contando por ahí que nos portábamos muy mal con nuestra madre.
- ¡Bravo Pig! - Corearon los otros dos hermanos.
- A mi me ha tenido años sin dormir después de que mi marido me despertara con un beso - Dijo Bella
El león, regio y pomposo, aireando su melena al viento rugió.
- A mí me ha hecho quedar en ridículo diciendo que no soy el más fiero de la naturaleza.
El alcalde de Hamelín, en nombre de sus habitantes, dijo:
- Hay que acabar con esto. Nosotros hemos sido muy criticados y acusados de avaros y egoístas.
- Y lo que ha contado de nosotros siete cuando trabajábamos en la mina, especialmente de mi... - Dijo Haragán
Hubo opiniones encontradas y no acababan de ponerse de acuerdo. El mago alzó la voz y se hizo el silencio.
- Por todo eso creo que debo acabar con la Realidad para que sólo exista nuestro mundo sin injerencias extrañas, sin alteraciones ajenas.
En ese momento, no pude contenerme y alcé la voz:
- Y si desaparece el Mundo Real ¿Quién os relatará? ¿Quién os leerá? Porque eso es lo que da vida a este mundo ¿Quién sabrá de vuestras vidas, reirá con vuestras alegrías o compartirá vuestras penas? Pensad que al desaparecer la Realidad también lo hará este mundo y vosotros con él.
Un inquietante murmullo recorrió aquella ingente multitud, el mago levantó su vara y...
La vista se me nubló en ese preciso instante, todo desapareció de mi vista y me encontré acomodado en el sillón, con el móvil en mano, navegando por Gooogle y encontrando un blog de cuentos...


ALGUNAS REFERENCIAS:
Pag, Peg, Pig





miércoles, 4 de febrero de 2026

La sopa de piedras


LA SOPA DE PIEDRAS

Otro de aquellos cuentos 
de transmisión oral que 
aprendí de niño y que la 
memoria me ha traido al 
intentar hacer de comer 
y no saber qué hacer. Pero
no tenía esas piedras tan 
especiales.


Un vagabundo en sus muchas andanzas llegó a una aldea y como se acercaba la hora pidió en una casa algo de comer. Como se negaron alegando que no tenían apenas nada, les dijo.
- Déjenme una olla con agua y ya verán como preparo una rica sopa.
Le dejaron la olla, encendió una buena fogata en la plaza y la puso a hervir. Acto seguido sacó de su zurrón tres pulidas piedras que brillaban de tanto usarlas y las echó a la olla. Le dijeron.
- ¿Pero cómo pretende hacer una sopa con esas piedras?
- Ya verán ustedes qué rica sale. Yo las suelo usar muchas veces y nunca me fallan. Y por donde voy siempre quedan muy contentos de cómo queda. Sólo que si añadiera alguna zanahoria estaría mucho mejor.
Le llevaron un manojo de zanahorias y las añadió a la olla, removió y cató el caldo.
- Va muy bien, pero queda algo sosa. Un poco de sal le iría bien. 
Y alguien le trajo sal. Removió y cató nuevamente.
- ¡Hmmm! Muy bien, está quedando perfecta y a punto de sal, aunque con un repollo aún mejoraría mucho.
Un vecino, entre los muchos que se habían acercado a ver qué pasaba, fue a su casa y trajo una gran col que el vagabundo añadió al cocimiento, removió y cató.
- ¡Genial! Ya verán qué buena queda y habrá para todos, que la olla es grande, pero aún estaría mejor con unas patatas.
Alguien acudió con una bolsa de patatas recién cosechadas, las lavó bien en la fuente y las añadió al caldo.
- Falta muy poco para que esté a punto, aunque con un hueso de jamón podría mejorar mucho.
Alguien se acercó con un hueso de jamón que aún tenía bastante tocino y se añadió a la olla. Así se añadieron otros ingredientes que fueron aportando otros vecinos y se acabó de cocinar la sopa. Todos se acercaron con una escudilla y él les sirvió un cucharón a cada uno. Lo probaron y todos se hacían exclamaciones de lo rica que había quedado. Él también comió y quedó ahito. Retiró las piedras, las lavó en la fuente y las guardó en su zurrón.
- Ya habéis visto lo rica que ha quedado. Es que estas piedras nunca me han fallado y dan un sabor exquisito.
Todos los vecinos alabaron lo buena que había quedado y le dieron las gracias efusivamente.
En agradecimiento por prestarle la olla, le dio una de ellas al aldeano y se marchó tan contento a otra aldea. Pero antes se acercó a la orilla del río y se guardó en el zurrón el canto rodado más liso y brillante que encontró.

jueves, 8 de enero de 2026

La gallina de los huevos de oro


LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO
(Una fábula de Félix María de Samaniego)

Érase una Gallina que ponía
un huevo de oro al dueño cada día.
Aun con tanta ganancia mal contento,
quiso el rico avariento
descubrir de una vez la mina de oro,
y hallar en menos tiempo más tesoro.
Matóla, abrióla el vientre de contado;
pero, después de haberla registrado,
¿qué sucedió? que muerta la Gallina,
perdió su huevo de oro y no halló la mina.

¡Cuántos hay que teniendo lo bastante
enriquecerse quieren al instante,
abrazando proyectos
a veces de tan rápidos efectos
que sólo en pocos meses,
cuando se contemplaban ya marqueses,
contando sus millones,
se vieron en la calle sin calzones.

domingo, 28 de julio de 2024

Paco I «El Napias»

de Calleja


PACO I EL NAPIAS

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

Probablemente, queridos niños, no sabréis quién era el célebre hombre de las narices, que me acompañó en mis excursiones por la ría de Pontevedra, nos hizo remontar el Lérez y admirar los prodigios que, a manos llenas, vertió la naturaleza en sus orillas. Pues aquel hombre y aquellas narices, tienen una historia interesante que voy a contaros, repitiendo punto por punto, las palabras del pobre batelero.
El hombre era digno de atención, pero sus narices, sus tremebundas narices, eran mi única esperanza para el caso, muy probable, de que la barquilla en que navegábamos, se fuera a pique. Eran unas narices colosales, llenas de costurones y cicatrices, con más puntos que una media y más pintas que el percal. Aquel apéndice, que en buena contabilidad debía tener la misma edad que su propietario, daba a éste un aspecto de vejez tan marcado, que a ser de cartón y podérselas quitar, hubieran librado a su dueño de una carga de años y de carne a un tiempo.
Observó el hombre que no perdía yo de vista sus narices, pensando, sin duda, por qué prodigio mecánico no se rendían sus adherencias a tan enorme pesadumbre, y al cabo de un rato, llevándome aparte y sujetando con disimulo las narices para no dar al traste con el equilibrio del barco, me dijo:
- Por causa de ellas soy el hombre más desgraciado de la tierra, y si usted, que según me aseguran, es médico, quisiera cortármelas, lograría hacerme vivir dichoso el tiempo que me reste de vida.
Le animé a que fuese a verme, y en efecto, al día siguiente acudió a mi despacho contándome su historia de este modo:
- Nací con las narices tan desarrolladas que el médico le dijo a mi madre: Aunque se quede corto de vista no hay miedo de que se le caigan las gafas. Mi nodriza se entretenía en darme tironcitos y pellizcos en este desgraciado órgano, y tanto tiró y tanto dió en crecer, que a los tres años me costaba tenerme en equilibrio y tuvieron que ponerme chichonera con contrapeso. Siempre estaba estornudando por el polvo que en las narices se me entraba y cuando me llevaban al teatro, aunque estuviera en el gallinero, me hacía efecto el rapé en cuanto abriera la caja cualquier espectador de las butacas. En la escuela me llamaban Paco El Napias, y el maestro, siempre que extendía la caña para pegarle a uno, tropezaba invariablemente en mis narices, algunas veces los compañeros, por distracción, al ir a sonarse sus narices, me cogían las mías, dándole unas sacudidas fenomenales. Un día al escribir, metí la nariz en el tintero, con tan mala suerte, que saqué enganchados los algodones y al levantar la cabeza se los metí al maestro en un ojo.
Siempre fui corto de vista, que fue la mayor desgracia que pudiera ocurrirme, porque mis desdichadas narices no me permitían acercar la vista a los carteles, y los celadores de la clase, en vez de ponerme en cruz como castigo, me colocaban con las narices en alto y en la punta la campanilla del maestro.
Pero no me pude librar de las quintas por narigudo, pues decían que eso no era defecto sino exceso, y hasta el sargento que me talló, pasó mis narices por encima de su hombro, con objeto de poder verificar la operación.
Mi calvario empezó cuando entré en el cuartel; no se desperdició bofetada que no recibieran mis narices, y cuando el capitán gritaba «a alinear» mis narices alteraban la alineación, resaltando como el espolón de un navío, y por esta desgracia me chupaba cuatro o seis días en el calabozo.
Cuando mis narices y yo quedamos libres del servicio militar, volví a mi pueblo, donde mi entrada produjo verdadera sensación; me ladraban los perros, bufábanme los gatos, y cuando pedía permiso para entrar en una casa, me decía siempre el dueño: «A buena hora pides permiso, si tienes las narices en la cocina.»
Estos costurones que ve usted son de haberme cogido las narices entre puertas, y en fin, estoy harto de ellas y vengo a que me las corte usted por donde quiera. No quiero ser más tiempo reloj de sol.
- Pues mire usted - le contesté - hace muy mal en privarse de ese magnífico ejemplar que la naturaleza le ha regalado. Váyase a recorrer tierras, estudie los usos y costumbres, y se convencerá de que cada uno debe contentarse con lo que tenga.
El hombre se marchó mirando con envidia mi bolsa de cirugía, pero ofreciendo seguir al pie de la letra mi consejo.
En efecto, al cabo de seis años, he vuelto a tener noticias suyas, y he aquí el relato de sus aventuras

«D. Paco El Napias, se embarcó en un buque de los que hacían la travesía de América, sorprendiéndole en alta mar un terrible naufragio. Sus prodigiosas narices le salvaron, pues colocándose en ella dos tapones, le sirvieron como de calabazas, manteniéndole a flote. La marea le llevó a una costa desierta, en apariencia, y allí el hombre, dio gracias a Dios por aquellas sus colosales narices, que tan buen servicio le acababan de prestar. No fué esto solo; una turba de salvajes le salió al encuentro con ánimo de matarle mientras le vieron de frente, pero al verle de perfil y contemplar aquella sobrehumana longaniza, huyeron despavoridos como alma que lleva el diablo.
Ayudándose con las narices, trepó Paco a un cocotero, y ya en lo alto, se rompió la rama en donde estaba asido. Por fortuna sus narices cayeron sobre otra rama y cogiendo con una mano el extremo de sus narizotas, quedó tan firme como si se hubieran clavado en el árbol.
Cansado de comer cocos y de hacer el coco a los salvajes, fuese tierra adentro nuestro narigudo, hasta que dio con sus huesos en el país de los chatos.
Verdaderamente, todo era chato en aquel pueblo ; achatadas las casas, achatados los árboles y chatísimos los habitantes. Lo eran tanto, que en vez de narices, ostentaban dos agujeros, que para hablar tenían que taparse. Y así como en la tierra de los ciegos el tuerto es rey, en la de los chatos, ejercía de monarca cierto individuo a quien por chato habían expulsado de Europa.
Inútil es decir el asombro, la estupefacción, el delirio que produjo en la ciudad chatuna, la valiente aparición de aquella gallarda nariz, que llegaba a la plaza principal, cuando Paco estaba todavía en las afueras de la población.
Desde los balcones le echaban las damas flores, palomas y cintas de seda, que se arrollaban a aquellas regias narices en franjas de mil colores. El pueblo le aclamaba admirado, proclamándole, no ya rey, sino archi-emperador.
Le llevaron a palacio, donde el monarca destronado le prestó acatamiento, y con unos andamios, lograron que penetrara en el salón del trono la nariz imperial.
Para que el emperador pudiera dormir tranquilo, pusieron a ambos lados del lecho dos inmensos cojines para que pudieran descansar las narices de S.M. I. que una grúa a vapor hacía pasar de un lado a otro cuando quería cambiar de postura.
El país de los tontos declaró la guerra al de los chatos, y D. Paco I El Napias, formó su ejécito y se preparó a invadir el territorio enemigo. Al llegar a un río, que les interceptaba el paso, se colocó el emperador en la mitad de la corriente, y haciendo cabalgar sobre sus narices tres o cuatro batallones a un tiempo, en menos de una hora pasó a todo su ejército, sin más que volver la cara de una a otra orilla.
En el primero y último combate, se ató una lanza a las narices y arremetiendo contra el ejército de los tontos, ensartó hasta doscientos de ellos, con lo cual se declararon los restantes en vergonzosa fuga.
Vuelta al país de los chatos con los laureles de la victoria y proclamadas sus narices las primeras de su tiempo, reinó feliz y tranquilo, teniendo la ventaja de que carecen los demás reyes, de oler donde guisan en todo su imperio sin tener que moverse de su casa.
El pueblo agradecido a su monarca, le ha erigido una estatua de tamaño natural, cuyas narices sirven de reloj de sol y de tendedero de ropa por voluntad del soberano, que quiere, hasta en efigie, ser útil a sus súbditos.»

Y cuando yo supe todo esto, no pude menos que exclamar mirando mis instrumentos de cirugía:
- ¡Vaya un flaco servicio que le hago, si llego a meterle mano a las narices!