de Calleja
PACO I EL NAPIAS
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Probablemente, queridos niños, no sabréis quién era el célebre hombre de las narices, que me acompañó en mis excursiones por la ría de Pontevedra, nos hizo remontar el Lérez y admirar los prodigios que, a manos llenas, vertió la naturaleza en sus orillas. Pues aquel hombre y aquellas narices, tienen una historia interesante que voy a contaros, repitiendo punto por punto, las palabras del pobre batelero.
El hombre era digno de atención, pero sus narices, sus tremebundas narices, eran mi única esperanza para el caso, muy probable, de que la barquilla en que navegábamos, se fuera a pique. Eran unas narices colosales, llenas de costurones y cicatrices, con más puntos que una media y más pintas que el percal. Aquel apéndice, que en buena contabilidad debía tener la misma edad que su propietario, daba a éste un aspecto de vejez tan marcado, que a ser de cartón y podérselas quitar, hubieran librado a su dueño de una carga de años y de carne a un tiempo.
Observó el hombre que no perdía yo de vista sus narices, pensando, sin duda, por qué prodigio mecánico no se rendían sus adherencias a tan enorme pesadumbre, y al cabo de un rato, llevándome aparte y sujetando con disimulo las narices para no dar al traste con el equilibrio del barco, me dijo:
- Por causa de ellas soy el hombre más desgraciado de la tierra, y si usted, que según me aseguran, es médico, quisiera cortármelas, lograría hacerme vivir dichoso el tiempo que me reste de vida.
Le animé a que fuese a verme, y en efecto, al día siguiente acudió a mi despacho contándome su historia de este modo:
- Nací con las narices tan desarrolladas que el médico le dijo a mi madre: Aunque se quede corto de vista no hay miedo de que se le caigan las gafas. Mi nodriza se entretenía en darme tironcitos y pellizcos en este desgraciado órgano, y tanto tiró y tanto dió en crecer, que a los tres años me costaba tenerme en equilibrio y tuvieron que ponerme chichonera con contrapeso. Siempre estaba estornudando por el polvo que en las narices se me entraba y cuando me llevaban al teatro, aunque estuviera en el gallinero, me hacía efecto el rapé en cuanto abriera la caja cualquier espectador de las butacas. En la escuela me llamaban Paco El Napias, y el maestro, siempre que extendía la caña para pegarle a uno, tropezaba invariablemente en mis narices, algunas veces los compañeros, por distracción, al ir a sonarse sus narices, me cogían las mías, dándole unas sacudidas fenomenales. Un día al escribir, metí la nariz en el tintero, con tan mala suerte, que saqué enganchados los algodones y al levantar la cabeza se los metí al maestro en un ojo.
Siempre fui corto de vista, que fue la mayor desgracia que pudiera ocurrirme, porque mis desdichadas narices no me permitían acercar la vista a los carteles, y los celadores de la clase, en vez de ponerme en cruz como castigo, me colocaban con las narices en alto y en la punta la campanilla del maestro.
Pero no me pude librar de las quintas por narigudo, pues decían que eso no era defecto sino exceso, y hasta el sargento que me talló, pasó mis narices por encima de su hombro, con objeto de poder verificar la operación.
Mi calvario empezó cuando entré en el cuartel; no se desperdició bofetada que no recibieran mis narices, y cuando el capitán gritaba «a alinear» mis narices alteraban la alineación, resaltando como el espolón de un navío, y por esta desgracia me chupaba cuatro o seis días en el calabozo.
Cuando mis narices y yo quedamos libres del servicio militar, volví a mi pueblo, donde mi entrada produjo verdadera sensación; me ladraban los perros, bufábanme los gatos, y cuando pedía permiso para entrar en una casa, me decía siempre el dueño: «A buena hora pides permiso, si tienes las narices en la cocina.»
Estos costurones que ve usted son de haberme cogido las narices entre puertas, y en fin, estoy harto de ellas y vengo a que me las corte usted por donde quiera. No quiero ser más tiempo reloj de sol.
- Pues mire usted - le contesté - hace muy mal en privarse de ese magnífico ejemplar que la naturaleza le ha regalado. Váyase a recorrer tierras, estudie los usos y costumbres, y se convencerá de que cada uno debe contentarse con lo que tenga.
El hombre se marchó mirando con envidia mi bolsa de cirugía, pero ofreciendo seguir al pie de la letra mi consejo.
En efecto, al cabo de seis años, he vuelto a tener noticias suyas, y he aquí el relato de sus aventuras
«D. Paco El Napias, se embarcó en un buque de los que hacían la travesía de América, sorprendiéndole en alta mar un terrible naufragio. Sus prodigiosas narices le salvaron, pues colocándose en ella dos tapones, le sirvieron como de calabazas, manteniéndole a flote. La marea le llevó a una costa desierta, en apariencia, y allí el hombre, dio gracias a Dios por aquellas sus colosales narices, que tan buen servicio le acababan de prestar. No fué esto solo; una turba de salvajes le salió al encuentro con ánimo de matarle mientras le vieron de frente, pero al verle de perfil y contemplar aquella sobrehumana longaniza, huyeron despavoridos como alma que lleva el diablo.
Ayudándose con las narices, trepó Paco a un cocotero, y ya en lo alto, se rompió la rama en donde estaba asido. Por fortuna sus narices cayeron sobre otra rama y cogiendo con una mano el extremo de sus narizotas, quedó tan firme como si se hubieran clavado en el árbol.
Cansado de comer cocos y de hacer el coco a los salvajes, fuese tierra adentro nuestro narigudo, hasta que dio con sus huesos en el país de los chatos.
Verdaderamente, todo era chato en aquel pueblo ; achatadas las casas, achatados los árboles y chatísimos los habitantes. Lo eran tanto, que en vez de narices, ostentaban dos agujeros, que para hablar tenían que taparse. Y así como en la tierra de los ciegos el tuerto es rey, en la de los chatos, ejercía de monarca cierto individuo a quien por chato habían expulsado de Europa.
Inútil es decir el asombro, la estupefacción, el delirio que produjo en la ciudad chatuna, la valiente aparición de aquella gallarda nariz, que llegaba a la plaza principal, cuando Paco estaba todavía en las afueras de la población.
Desde los balcones le echaban las damas flores, palomas y cintas de seda, que se arrollaban a aquellas regias narices en franjas de mil colores. El pueblo le aclamaba admirado, proclamándole, no ya rey, sino archi-emperador.
Le llevaron a palacio, donde el monarca destronado le prestó acatamiento, y con unos andamios, lograron que penetrara en el salón del trono la nariz imperial.
Para que el emperador pudiera dormir tranquilo, pusieron a ambos lados del lecho dos inmensos cojines para que pudieran descansar las narices de S.M. I. que una grúa a vapor hacía pasar de un lado a otro cuando quería cambiar de postura.
El país de los tontos declaró la guerra al de los chatos, y D. Paco I El Napias, formó su ejécito y se preparó a invadir el territorio enemigo. Al llegar a un río, que les interceptaba el paso, se colocó el emperador en la mitad de la corriente, y haciendo cabalgar sobre sus narices tres o cuatro batallones a un tiempo, en menos de una hora pasó a todo su ejército, sin más que volver la cara de una a otra orilla.
En el primero y último combate, se ató una lanza a las narices y arremetiendo contra el ejército de los tontos, ensartó hasta doscientos de ellos, con lo cual se declararon los restantes en vergonzosa fuga.
Vuelta al país de los chatos con los laureles de la victoria y proclamadas sus narices las primeras de su tiempo, reinó feliz y tranquilo, teniendo la ventaja de que carecen los demás reyes, de oler donde guisan en todo su imperio sin tener que moverse de su casa.
El pueblo agradecido a su monarca, le ha erigido una estatua de tamaño natural, cuyas narices sirven de reloj de sol y de tendedero de ropa por voluntad del soberano, que quiere, hasta en efigie, ser útil a sus súbditos.»
Y cuando yo supe todo esto, no pude menos que exclamar mirando mis instrumentos de cirugía:
- ¡Vaya un flaco servicio que le hago, si llego a meterle mano a las narices!
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