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miércoles, 25 de febrero de 2026

Las perdices perdidas

LAS PERDICES PERDIDAS

Todos sabemos que Bella Durmiente, tras despertar de su largo sueño, se casó con el príncipe, fueron felices y comieron perdices. Pero esa felicidad y esa perdicidad no duró mucho. La felicidad ya no era la misma al cabo de un tiempo. A las cocinas de palacio ya no llegaban cazadores con sus sartas de aves, de modo que se acabó la perdicidad y a eso se sumaba también el insomnio de la reina; ya que, tras dormir cien años, ahora pasaba los días y las noches en blanco (1). Se enviaron mensajeros a los cazadores; pero éstos, que habitualmente servían a las cocinas, habían desaparecido misteriosamente, aunque los mensajeros pudieron observar la abundancia de bandos de perdices y perdigones. ¿Por qué los cazadores habían abandonado el reino? ¿Por qué dejaron de servir a las cocinas de palacio, siendo su única fuente de ingresos y su medio de vida? Era algo extraño, algo incomprensible, de modo que los reyes enviaron a la caza a algunos de sus más diestros arqueros y ballesteros. Cada uno de ellos, bien provisto de flechas en su carcaj, se aventuró en los terrenos en que los mensajeros decían haber visto perdices en cantidad. Allí todos consiguieron ver muchas presas y, como certeros arqueros y ballesteros que eran, lograron cazar gran cantidad de ellas. Ya se disponían todos en compañía, satisfechos de su caza, a regresar a las cocinas de palacio para llevar las sartas de perdices, cuando se encontraron con un raro personaje, un anciano de sayo raído y luengas barbas blancas.
- ¿Qué haces aquí? ¿No serás un cazador furtivo? - dijo el jefe del grupo - Porque si es así te apresaremos y te llevaremos a las mazmorras.
- No, en modo alguno – respondió – no soy cazador, soy el Comprador de Pájaros (2) y, si os parece bien, quisiera comprar esas perdices que lleváis.
Los soldados, que no es que sus soldadas fueran pingües y andaban a dos velas, le respondieron:
- Está bien, por un ducado cada una te las vendemos todas, total hay más y aún hay tiempo de cazar otras.
De modo que le entregaron las sartas de perdices, que eran muchas, cobraron una buena soldada y el anciano se marchó perdiéndose en el bosque.
Todos pensaron que regresar con la manos vacías, aunque llevaban una buena bolsa de monedas, les supondría una reprimenda, cuando no un castigo. De modo que tendrían que volver a cazar para llevar algo a las cocinas y volvieron a la caza. Habían abatido, nuevamente, una buena cantidad de piezas y, satisfechos de la jornada y su buena fortuna, se dispusieron a regresar, pero se volvieron a topar con el Comprador de Pájaros que les dijo:
- Si quisieran venderme esas sartas de perdices os pagaría bien.
- Nos parece bien - dijo el portavoz del grupo - pero ahora vale cinco ducados cada perdiz.
El anciano, sin vacilar, echó mano de su bolsa y sacando un buen puñado de monedas de oro, se las entregó. Tomó las sartas y se internó en la espesura.
Esta vez, intrigados, pero satisfechos de sus extraordinarias ganancias se pusieron a seguirlo y vieron como las perdices recobraban vida en sus manos y echaban a volar para reunirse con sus respectivos bandos.
Aquello podía ser una fuente segura de ingresos, la bolsa del anciano se veía muy abultada, y retornaron a la caza.
Volvieron a cobrar una gran cantidad de piezas, posiblemente eran las mismas que habían cazado anteriormente y, satisfechos de la jornada y su doble buena fortuna, se dispusieron a regresar, pero se dieron de manos a boca nuevamente con el Comprador de Pájaros, que les dijo:
- ¿Cuánto me pedís por esas perdices que lleváis?
- Estas nos ha costado mucho cazarlas y ya anochece, no nos daría tiempo a cazar más y no podemos regresar con las manos vacías.
El anciano agitó ostensiblemente su bolsa que sonó tentadoramente y les dijo:
- Pedid lo que sea y creo que quedaréis satisfechos con el trato.
- De acuerdo, pero esta vez serán diez ducados cada una.
- Trato hecho, ahí va todo el oro que me queda, pero dadme esas perdices.
Así se hizo. Ya se estaba haciendo de noche, no podían volver a la caza y menos regresar con las manos vacías a las cocinas, habían reunido una pequeña fortuna cada uno y decidieron partir, de modo que tomaron las de Villadiego; se establecieron, como antes lo habían hecho los cazadores de perdices, en otro reino vecino y no regresaron jamás a palacio.
En palacio tuvieron que resignarse a no comer perdices. Consultaron a sabios y augures y uno les sugirió que para recuperar la felicidad debían volverse vegetarianos, pero las acelgas, las espinacas, la lechuga,... no dieron resultado, la infelicidad seguía siendo dueña de aquella real pareja. Sin embargo, un día, el cocinero les acabó preparando un pollo al chilindrón de chuparse los dedos y; aunque no la perdicidad, la felicidad volvió a reinar en aquél reino en que reinaban regiamente aquellos reyes.

(1) Podremos saber qué pasó con el insomnio en: La reina insomne
(2) Este Comprador de Pájaros es el mismo de otro cuento y las peripecias son parecidas a aquellas, aunque estos soldados fueron afortunados, no como el príncipe de aquella historia.


miércoles, 18 de febrero de 2026

Sueño o realidad


SUEÑO O REALIDAD

Me desperté y no era capaz de conciliar el sueño. Vueltas y vueltas, imposible dormir. En el campanario sonaron las cuatro y, aburrido, me levanté. Acomodado en el sillón, con el móvil en mano, me puse a navegar por Gooogle y encontré un blog de cuentos. Parecía que el silencio y la oscuridad, rota únicamente por el brillo de la pantalla, me estaba haciendo efecto y se me cerraban los ojos. Aún así me dispuse a leer el primer cuento que veía en la pantalla y... de golpe me vi dentro del mismo, en un paisaje verde y florido y enmedio de un camino de tierra del que no veía el final.
No sabía dónde me encontraba ni a dónde ir, pero me puse en marcha. Al cabo de un poco, escuché cascos de caballos, me giré y vi acercarse una carroza. Plantado en el camino levanté la mano, el cochero tiró de las riendas y la carroza se detuvo a mi altura. Por la ventanilla, una bella joven me dijo:
- ¿Quién eres tú y qué haces aquí?
- No sé quien soy, qué hago aquí ni dónde es aquí
- Aquí es El Mundo de los Cuentos. Iba al baile en palacio pero hemos sido convocados todos a una asamblea por el mago Artifax, un malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer. ¿Tú también vas para allí? Si es así te puedo llevar ya que está lejos.
De modo que me subí a la carroza y reanudó la marcha.
Llegamos a un amplia explanada que se veía muy concurrida. Descendimos de la carroza y ésta se transformó en una calabaza, parecía que allí no funcionaba ninguna magia, salvo la del malvado y poderoso mago. El público era de lo más variopinto, desde dragones a ratones, desde gigantes a gnomos,...
Sobre una plataforma, un personaje con una larga y negra túnica estrellada y con un puntiagudo gorro, se dirigió a la multitud:
- Os he convocado aquí para anunciaros que estoy a punto de crear un conjuro capaz de hacer que sólo exista este mundo y acabar con la Realidad. Espero que os parezca bien y deis vuestra aprobación ya que de ello depende nuestro futuro.
La bella joven que me había llevado y que ahora no lucía tan elegantemente vestida, dijo:
- ¿Y quíen escribirá nuevos cuentos para que nuestro mundo progrese?
- ¿Progreso dices? Nuestro mundo ya está bien como está. Bastante superpoblado y masificado está para que recibamos más emigrantes, aparte de que ahora hay alguien que escribe algo llamado "trascuentos" que revela cosas inconfesables de nosotros o afea nuestras conductas.
- ¡Cierto! - aulló Feroz -; a mi, un lobo de pura raza, me ha vuelto vegetariano.
A su lado había tres cerditos y uno de ellos dijo:
- Va contando por ahí que nos portábamos muy mal con nuestra madre.
- ¡Bravo Pig! - Corearon los otros dos hermanos.
- A mi me ha tenido años sin dormir después de que mi marido me despertara con un beso - Dijo Bella
El león, regio y pomposo, aireando su melena al viento rugió.
- A mí me ha hecho quedar en ridículo diciendo que no soy el más fiero de la naturaleza.
El alcalde de Hamelín, en nombre de sus habitantes, dijo:
- Hay que acabar con esto. Nosotros hemos sido muy criticados y acusados de avaros y egoístas.
- Y lo que ha contado de nosotros siete cuando trabajábamos en la mina, especialmente de mi... - Dijo Haragán
Hubo opiniones encontradas y no acababan de ponerse de acuerdo. El mago alzó la voz y se hizo el silencio.
- Por todo eso creo que debo acabar con la Realidad para que sólo exista nuestro mundo sin injerencias extrañas, sin alteraciones ajenas.
En ese momento, no pude contenerme y alcé la voz:
- Y si desaparece el Mundo Real ¿Quién os relatará? ¿Quién os leerá? Porque eso es lo que da vida a este mundo ¿Quién sabrá de vuestras vidas, reirá con vuestras alegrías o compartirá vuestras penas? Pensad que al desaparecer la Realidad también lo hará este mundo y vosotros con él.
Un inquietante murmullo recorrió aquella ingente multitud, el mago levantó su vara y...
La vista se me nubló en ese preciso instante, todo desapareció de mi vista y me encontré acomodado en el sillón, con el móvil en mano, navegando por Gooogle y encontrando un blog de cuentos...


ALGUNAS REFERENCIAS:
Pag, Peg, Pig





miércoles, 4 de febrero de 2026

La sopa de piedras


LA SOPA DE PIEDRAS

Otro de aquellos cuentos 
de transmisión oral que 
aprendí de niño y que la 
memoria me ha traido al 
intentar hacer de comer 
y no saber qué hacer. Pero
no tenía esas piedras tan 
especiales.


Un vagabundo en sus muchas andanzas llegó a una aldea y como se acercaba la hora pidió en una casa algo de comer. Como se negaron alegando que no tenían apenas nada, les dijo.
- Déjenme una olla con agua y ya verán como preparo una rica sopa.
Le dejaron la olla, encendió una buena fogata en la plaza y la puso a hervir. Acto seguido sacó de su zurrón tres pulidas piedras que brillaban de tanto usarlas y las echó a la olla. Le dijeron.
- ¿Pero cómo pretende hacer una sopa con esas piedras?
- Ya verán ustedes qué rica sale. Yo las suelo usar muchas veces y nunca me fallan. Y por donde voy siempre quedan muy contentos de cómo queda. Sólo que si añadiera alguna zanahoria estaría mucho mejor.
Le llevaron un manojo de zanahorias y las añadió a la olla, removió y cató el caldo.
- Va muy bien, pero queda algo sosa. Un poco de sal le iría bien. 
Y alguien le trajo sal. Removió y cató nuevamente.
- ¡Hmmm! Muy bien, está quedando perfecta y a punto de sal, aunque con un repollo aún mejoraría mucho.
Un vecino, entre los muchos que se habían acercado a ver qué pasaba, fue a su casa y trajo una gran col que el vagabundo añadió al cocimiento, removió y cató.
- ¡Genial! Ya verán qué buena queda y habrá para todos, que la olla es grande, pero aún estaría mejor con unas patatas.
Alguien acudió con una bolsa de patatas recién cosechadas, las lavó bien en la fuente y las añadió al caldo.
- Falta muy poco para que esté a punto, aunque con un hueso de jamón podría mejorar mucho.
Alguien se acercó con un hueso de jamón que aún tenía bastante tocino y se añadió a la olla. Así se añadieron otros ingredientes que fueron aportando otros vecinos y se acabó de cocinar la sopa. Todos se acercaron con una escudilla y él les sirvió un cucharón a cada uno. Lo probaron y todos se hacían exclamaciones de lo rica que había quedado. Él también comió y quedó ahito. Retiró las piedras, las lavó en la fuente y las guardó en su zurrón.
- Ya habéis visto lo rica que ha quedado. Es que estas piedras nunca me han fallado y dan un sabor exquisito.
Todos los vecinos alabaron lo buena que había quedado y le dieron las gracias efusivamente.
En agradecimiento por prestarle la olla, le dio una de ellas al aldeano y se marchó tan contento a otra aldea. Pero antes se acercó a la orilla del río y se guardó en el zurrón el canto rodado más liso y brillante que encontró.

jueves, 8 de enero de 2026

La gallina de los huevos de oro


LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO
(Una fábula de Félix María de Samaniego)

Érase una Gallina que ponía
un huevo de oro al dueño cada día.
Aun con tanta ganancia mal contento,
quiso el rico avariento
descubrir de una vez la mina de oro,
y hallar en menos tiempo más tesoro.
Matóla, abrióla el vientre de contado;
pero, después de haberla registrado,
¿qué sucedió? que muerta la Gallina,
perdió su huevo de oro y no halló la mina.

¡Cuántos hay que teniendo lo bastante
enriquecerse quieren al instante,
abrazando proyectos
a veces de tan rápidos efectos
que sólo en pocos meses,
cuando se contemplaban ya marqueses,
contando sus millones,
se vieron en la calle sin calzones.

domingo, 28 de julio de 2024

Paco I «El Napias»

de Calleja


PACO I EL NAPIAS

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

Probablemente, queridos niños, no sabréis quién era el célebre hombre de las narices, que me acompañó en mis excursiones por la ría de Pontevedra, nos hizo remontar el Lérez y admirar los prodigios que, a manos llenas, vertió la naturaleza en sus orillas. Pues aquel hombre y aquellas narices, tienen una historia interesante que voy a contaros, repitiendo punto por punto, las palabras del pobre batelero.
El hombre era digno de atención, pero sus narices, sus tremebundas narices, eran mi única esperanza para el caso, muy probable, de que la barquilla en que navegábamos, se fuera a pique. Eran unas narices colosales, llenas de costurones y cicatrices, con más puntos que una media y más pintas que el percal. Aquel apéndice, que en buena contabilidad debía tener la misma edad que su propietario, daba a éste un aspecto de vejez tan marcado, que a ser de cartón y podérselas quitar, hubieran librado a su dueño de una carga de años y de carne a un tiempo.
Observó el hombre que no perdía yo de vista sus narices, pensando, sin duda, por qué prodigio mecánico no se rendían sus adherencias a tan enorme pesadumbre, y al cabo de un rato, llevándome aparte y sujetando con disimulo las narices para no dar al traste con el equilibrio del barco, me dijo:
- Por causa de ellas soy el hombre más desgraciado de la tierra, y si usted, que según me aseguran, es médico, quisiera cortármelas, lograría hacerme vivir dichoso el tiempo que me reste de vida.
Le animé a que fuese a verme, y en efecto, al día siguiente acudió a mi despacho contándome su historia de este modo:
- Nací con las narices tan desarrolladas que el médico le dijo a mi madre: Aunque se quede corto de vista no hay miedo de que se le caigan las gafas. Mi nodriza se entretenía en darme tironcitos y pellizcos en este desgraciado órgano, y tanto tiró y tanto dió en crecer, que a los tres años me costaba tenerme en equilibrio y tuvieron que ponerme chichonera con contrapeso. Siempre estaba estornudando por el polvo que en las narices se me entraba y cuando me llevaban al teatro, aunque estuviera en el gallinero, me hacía efecto el rapé en cuanto abriera la caja cualquier espectador de las butacas. En la escuela me llamaban Paco El Napias, y el maestro, siempre que extendía la caña para pegarle a uno, tropezaba invariablemente en mis narices, algunas veces los compañeros, por distracción, al ir a sonarse sus narices, me cogían las mías, dándole unas sacudidas fenomenales. Un día al escribir, metí la nariz en el tintero, con tan mala suerte, que saqué enganchados los algodones y al levantar la cabeza se los metí al maestro en un ojo.
Siempre fui corto de vista, que fue la mayor desgracia que pudiera ocurrirme, porque mis desdichadas narices no me permitían acercar la vista a los carteles, y los celadores de la clase, en vez de ponerme en cruz como castigo, me colocaban con las narices en alto y en la punta la campanilla del maestro.
Pero no me pude librar de las quintas por narigudo, pues decían que eso no era defecto sino exceso, y hasta el sargento que me talló, pasó mis narices por encima de su hombro, con objeto de poder verificar la operación.
Mi calvario empezó cuando entré en el cuartel; no se desperdició bofetada que no recibieran mis narices, y cuando el capitán gritaba «a alinear» mis narices alteraban la alineación, resaltando como el espolón de un navío, y por esta desgracia me chupaba cuatro o seis días en el calabozo.
Cuando mis narices y yo quedamos libres del servicio militar, volví a mi pueblo, donde mi entrada produjo verdadera sensación; me ladraban los perros, bufábanme los gatos, y cuando pedía permiso para entrar en una casa, me decía siempre el dueño: «A buena hora pides permiso, si tienes las narices en la cocina.»
Estos costurones que ve usted son de haberme cogido las narices entre puertas, y en fin, estoy harto de ellas y vengo a que me las corte usted por donde quiera. No quiero ser más tiempo reloj de sol.
- Pues mire usted - le contesté - hace muy mal en privarse de ese magnífico ejemplar que la naturaleza le ha regalado. Váyase a recorrer tierras, estudie los usos y costumbres, y se convencerá de que cada uno debe contentarse con lo que tenga.
El hombre se marchó mirando con envidia mi bolsa de cirugía, pero ofreciendo seguir al pie de la letra mi consejo.
En efecto, al cabo de seis años, he vuelto a tener noticias suyas, y he aquí el relato de sus aventuras

«D. Paco El Napias, se embarcó en un buque de los que hacían la travesía de América, sorprendiéndole en alta mar un terrible naufragio. Sus prodigiosas narices le salvaron, pues colocándose en ella dos tapones, le sirvieron como de calabazas, manteniéndole a flote. La marea le llevó a una costa desierta, en apariencia, y allí el hombre, dio gracias a Dios por aquellas sus colosales narices, que tan buen servicio le acababan de prestar. No fué esto solo; una turba de salvajes le salió al encuentro con ánimo de matarle mientras le vieron de frente, pero al verle de perfil y contemplar aquella sobrehumana longaniza, huyeron despavoridos como alma que lleva el diablo.
Ayudándose con las narices, trepó Paco a un cocotero, y ya en lo alto, se rompió la rama en donde estaba asido. Por fortuna sus narices cayeron sobre otra rama y cogiendo con una mano el extremo de sus narizotas, quedó tan firme como si se hubieran clavado en el árbol.
Cansado de comer cocos y de hacer el coco a los salvajes, fuese tierra adentro nuestro narigudo, hasta que dio con sus huesos en el país de los chatos.
Verdaderamente, todo era chato en aquel pueblo ; achatadas las casas, achatados los árboles y chatísimos los habitantes. Lo eran tanto, que en vez de narices, ostentaban dos agujeros, que para hablar tenían que taparse. Y así como en la tierra de los ciegos el tuerto es rey, en la de los chatos, ejercía de monarca cierto individuo a quien por chato habían expulsado de Europa.
Inútil es decir el asombro, la estupefacción, el delirio que produjo en la ciudad chatuna, la valiente aparición de aquella gallarda nariz, que llegaba a la plaza principal, cuando Paco estaba todavía en las afueras de la población.
Desde los balcones le echaban las damas flores, palomas y cintas de seda, que se arrollaban a aquellas regias narices en franjas de mil colores. El pueblo le aclamaba admirado, proclamándole, no ya rey, sino archi-emperador.
Le llevaron a palacio, donde el monarca destronado le prestó acatamiento, y con unos andamios, lograron que penetrara en el salón del trono la nariz imperial.
Para que el emperador pudiera dormir tranquilo, pusieron a ambos lados del lecho dos inmensos cojines para que pudieran descansar las narices de S.M. I. que una grúa a vapor hacía pasar de un lado a otro cuando quería cambiar de postura.
El país de los tontos declaró la guerra al de los chatos, y D. Paco I El Napias, formó su ejécito y se preparó a invadir el territorio enemigo. Al llegar a un río, que les interceptaba el paso, se colocó el emperador en la mitad de la corriente, y haciendo cabalgar sobre sus narices tres o cuatro batallones a un tiempo, en menos de una hora pasó a todo su ejército, sin más que volver la cara de una a otra orilla.
En el primero y último combate, se ató una lanza a las narices y arremetiendo contra el ejército de los tontos, ensartó hasta doscientos de ellos, con lo cual se declararon los restantes en vergonzosa fuga.
Vuelta al país de los chatos con los laureles de la victoria y proclamadas sus narices las primeras de su tiempo, reinó feliz y tranquilo, teniendo la ventaja de que carecen los demás reyes, de oler donde guisan en todo su imperio sin tener que moverse de su casa.
El pueblo agradecido a su monarca, le ha erigido una estatua de tamaño natural, cuyas narices sirven de reloj de sol y de tendedero de ropa por voluntad del soberano, que quiere, hasta en efigie, ser útil a sus súbditos.»

Y cuando yo supe todo esto, no pude menos que exclamar mirando mis instrumentos de cirugía:
- ¡Vaya un flaco servicio que le hago, si llego a meterle mano a las narices!

domingo, 16 de junio de 2024

La Princesa Camelia


Uno de los conocidos
cuentos de Calleja 

LA PRINCESA CAMELIA


Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final


Había un Rey y una Reina que tenían tres hijas, querían muchísimo a las dos mayores, que se llamaban Flor de Azahar y Resedá. La pequeña, que era muy bonita y tenía tres años menos que Resedá, se llamaba Camelia. El nacimiento de la pequeña Camelia molestó mucho a sus hermanas Flor de Azahar y Resedá, lo mismo que a las hadas que tenían por madrinas, y que se llamaban Furiosa y Colérica. Camelia tuvo por madrina el hada Bondad, pero ésta no era tan poderosa como las dos madrinas de sus hermanas. La Reina, que, como hemos dicho, quería entrañablemente a las dos mayores, veía con disgusto que todo el mundo se fijaba en los encantos de Camelia, y, aunque parezca cuento, dispuso que la pequeñita, en lugar de seguirse criando en Palacio, lo fuera en una alquería, a seis leguas del reino. Un gentilhombre y una dama fueron encargados de entregar la niña Camelia a la arrendadora de la alquería, dándole instrucciones precisas para que, prescindiendo de la alta posición de los padres de Camelia, trataran a ésta como si fuera su hija, sin hacer la menor distinción con ella, debiendo vestir el traje de las labradoras, comer lo que éstas comieran y dedicarse a las labores del campo; prometiólo así la arrendadora, y Camelia se crió fuerte y robusta, pero sin perder aquellos perfiles de belleza con que Dios la había dotado. Cada año mandaban a saber de ella, pero nunca la llevaban el menor regalo, en cambio, sus hermanas vivían muy agasajadas, vestían espléndidos trajes y se adornaban con riquísimas joyas. Sucedió un día que el Rey dijo a su esposa: 
- Nuestras hijas se hallan en disposición de elegir marido, para lo cual he anunciado magníficas fiestas que se han de celebrar todos los domingos del próximo mes de Mayo, es necesario que las prevengas, pues asistirán muchos príncipes que las solicitarán en matrimonio. 
- Supongo - dijo la Reina - que Camelia se quedará en la alquería
- No - dijo el Rey - asistirá a las fiestas por si algún desesperado quiere cargar con ella, pues estará que dará miedo verla de tostada del sol y curtida por los aires. 
Hiciéronse en el palacio grandes preparativos, los comerciantes llevaron las telas mejores que tenían, para que Flor de Azahar y Resedá estuvieran, no sólo ricamente vestidas, sino que llamaran la atención por su elegancia. Los joyeros desmontaron antiguos aderezos y los convirtieron en otros preciosos y modernos. Todo estaba preparado, ejércitos de modistas habían hecho los trajes de las dos jóvenes privilegiadas, y la víspera, un gentilhombre se presentó en la alquería para invitar, de parte del Rey, a Camelia, pero se abstuvo de llevar ningún regalo. Camelia, al principio, rehusó el asistir a las fiestas, pero el gentilhombre dijo que su padre lo llevaría muy a mal y le añadió que al día siguiente vendría a buscarla, que preparara su equipaje.
Luego que se marchó el gentilhombre, la arrendadora sacó un arca de pino blanco y metió en ella dos vestidos de percal, un corpiño de terciopelo y unos zapatos ordinarios, pero que estaban en buen uso. Al día siguiente se presentó en un coche el gentilhombre y una dama de honor muy vieja y muy malhumorada, y haciendo subir en el coche a Camelia, la llevaron a palacio, pero el carruaje no paró en el peristilo de honor, sino, dando vuelta al patio de las cocinas, se detuvo en la puerta de la escalera de servicio. Hicieron subir a Camelia a un camaranchón donde había una mala cama, y allí le dijeron que esperase. Aquella noche se celebró un suntuoso banquete al que asistieron muchos príncipes, Resedá y Flor de Azahar estaban radiantes, no de belleza, pues les faltaba, sino de riqueza. A la pobre Camelia no la invitaron, y un pinche de cocina le sirvió un malguisado y un plato de judías. Mucho lloró la infeliz Camelia, pero se resignó a todo. Al día siguiente, que era domingo, se efectuó el primer baile en palacio, y los palaciegos mandaron recado a Camelia para que a las nueve estuviera vestida, con objeto de hacer su presentación. Camelia sacó un peinecito y mirándose a un espejo roto, empezó su tocado, colocándose en la cabeza dos plumas de gallo, y se vistió con su traje de percal. Antes de abrocharse el vestido se le apareció el hada Bondad y le dijo:
- Tus hermanas quieren ponerte en ridículo, pero yo las castigaré. 
Y tocando con su varita el tocado y el vestido de percal, se convirtieron en una preciosa diadema de brillantes y esmeraldas, y un vestido de tul; de plata con bullones de riquísimos encajes, las medias de lana, en preciosísimas medias de seda, y los zapatos burdos y usados, en unos de seda con altos tacones pintados de rojo. Vino la dama a buscarla. Cuando Camelia hizo su entrada en el salón y sus hermanas se preparaban a burlarse de ella, fue tal la admiración que causó que todos los príncipes abandonaron a Resedá y Flor de Azahar, y rodearon a Camelia. Entre los príncipes se encontraba uno que se llamaba el Príncipe Deseo y a quien en sus sueños había visto Camelia. Éste se puede decir que fue el favorito, con ella bailó casi toda la noche y la condujo del brazo al comedor, cuando dieron la señal de la cena.
Tanto la Reina como Resedá y Flor de Azahar, estaban furiosas del éxito que había tenido Camelia, y juraron vengarse. Terminado el baile, Camelia subió a su cuarto, y en el momento en que entró desaparecieron todas las galas. El siguiente día se dedicó a una cacería, y a las dos de la tarde la mandaron recado para que bajara, como el día anterior, el hada asistió al tocado de Camelia, y esta vez el vestido de percal se trocó en uno elegante de terciopelo granate. Si asombro causó en traje de baile Camelia, fue tan grande el entusiasmo que produjo con su traje de amazona, que todos corrieron a felicitarla. Dada la señal de montar a caballo, la presentaron un caballo fogoso que apenas podían contener cuatro palafreneros, pero el Príncipe Deseo hizo una señal a sus criados y le trajeron, una yegua perla, e hincando la rodilla en tierra ayudó a subir a Camelia. La heroína de la fiesta fue Camelia y el Príncipe Deseo solicitó autorización para pedir su mano al Rey. Estas preferencias incomodaban cada vez más a la Reina y a Flor de Azahar y Resedá, pues el Rey, desde que había visto a su hija, como todos, había quedado prendado de ella. El Príncipe Deseo pidió aquella misma noche al Rey la mano de Camelia. Al siguiente día, último de las fiestas, debía celebrarse una carrera de carros a la romana, y Flor de Azahar y Resedá habían preparado para su hermana un carro, de modo que, al poco de echar a andar, se rompiese una clavija y volcase, con lo cual Camelia sería atropellada por el resto de los carros que tomaban parte en la carrera, pero el hada velaba por Camelia. Subieron en los carros Camelia, Resedá y Flor de Azahar, cada una acompañada de un príncipe, dio el Rey la señal y partieron a galope, las malas hermanas esperaban en balde que se saliera la clavija del carro de Camelia, precisamente sucedió todo lo contrario, ésta, que se había quedado atrás con el príncipe, al pasar entre los carros de Resedá y Flor de Azahar, les dio tal envite que cayeron rodando, y mal heridas fueron trasladadas a palacio. El Príncipe Deseo, que había obtenido la mano de Camelia, no quiso que se dilataran las bodas y, mandando un embajador a su padre, cuyo reino era vecino, éste se presentó seguido de toda su corte, el cuarto día, y se celebraron las bodas con gran magnificencia. Los regalos fueron suntuosos y los desgraciados e impedidos no olvidarán nunca la opulencia con que fueron tratados. Cuatro días después salieron el Príncipe Deseo y Camelia para su reino. Las princesas Flor de Azahar y Resedá curaron de sus heridas, pero no se curaron nunca de la envidia que tenían a Camelia, y siempre en el rostro llevaron una señal de su desgracia. Casáronse con príncipes secundarios y la Reina murió de un acceso de rabia. 
La envidia es uno de los defectos más grandes que los niños pueden abrigar en sus corazones, y los resultados de esos vicios siempre son funestos, por lo contrario, Dios premia el amor y cariño que deben tenerse los hermanos. Los seres fantásticos o hadas de éste cuento, representan, el hada Bondad a la providencia de Dios, que cuida muy singularmente de los niños humildes y obedientes, disponiéndolos desde pequeños para grandes destinos en la sociedad, y las hadas Furiosa y Colérica, representan los vicios y las malas pasiones, que corrompen el corazón y le disponen para castigos temporales y eternos.

viernes, 14 de junio de 2024

El rosario de oro


EL ROSARIO DE ORO

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

Érase una vez una niña muy buena y alegre, era la alegría de su hogar.
Sus padres la querían mucho y le regalaron por su comunión un rosario de oro, del que no se separaba desde entonces.
Un día, jugando junto a unas zarzas, se dio cuente de que ya no lo llevaba en el bolsillo, que lo había perdido.
Fue, toda llorosa, a su madre y le contó lo que había pasado, pero no la castigó. Sólo le dijo que regresara a buscarlo en el lugar en que lo había echado en falta.
Cuando más afanosa estaba buscando, no advirtió que alguien se acercaba, y un hombre la encerró en un saco sucio y polvoriento.
Gritó y gritó, pero al desalmado le sonaban sus gritos como gorjeos de aves canoras.
El hombre iba por los pueblos pidiendo limosna, con el saco a cuestas, diciendo que en el saco había un pájaro que cantaba como los ángeles y decía:
- Canta, canta pajarito,
  si no, te pincho.
Y con un punzón que tenía pinchaba a la niña, y ella cantaba:
- Por mi padre y por mi madre
  que en este saco moriré
  por el rosario de oro
  que en las zarzas me dejé
Así pasaron por muchos pueblos, pero un buen día llegaron al pueblo de la niña.
La madre al oír el canto reconoció que era su hija e invitó al hombre a comer, a calentarse y a descansar en su casa.
Tras una abundante comida, con bastante vino, el hombre se quedó dormido al amor de la chimenea, y la madre aprovechó para sacar a la niña del saco y metió en él un perro y un gato.
Cuando luego el hombre fue a otro pueblo; dijo, como de costumbre:
- Canta, canta pajarito,
  si no, te pincho.
Y pinchó en el saco. El perro y el gato, furiosos, destrozaron el saco, salieron y le sacaron los ojos.
Y colorín colorado éste cuento se ha acabado.