He publicado aquí diversas fábulas de: Esopo, Fedro, La Fontaine, Campoamor, Iriarte, Samaniego y otros. A falta de otros cuentos que llevarme a la boca, perdón, al blog, voy a publicar algunas fabulillas de mi cosecha. Comenzamos hoy con una de ellas.
Un perro, al que sus desalmados dueños habían abandonado en la carretera por irse de vacaciones, se internó en el monte buscando algo que comer, ya que estaba muerto de hambre.
Buscando y buscando se encontró un trozo de carne junto al tronco hueco de un viejo árbol y, ya iba a hincarle el diente, cuando una zorra se le acercó y le dijo:
- No pretenderás comerte eso ¿Acaso has perdido el olfato? ¿No notas como huele?
- Sí que huele mal, pero ¡Tengo tanta hambre!
- Creo que tú estás habituado a comer otras cosas y estoy segura de que eso te va a sentar mal y será peor el remedio que la enfermedad.
- ¿Y ¿Qué hago? Ya casi no tengo fuerzas.
- Mira. Un poco más allá hay una casa y seguro que un perro encuentra algo de sobras de comida. Yo iría, pero a una zorra seguro que la reciben a tiros.
El perro marchó en dirección a donde la zorra le había indicado; y sí, había una granja. Pudo, en el estercolero, calmar su apetito con unos mendrugos de pan que habían tirado, aunque tuvo que disputárselos a las gallinas.
El granjero acudió con la escopeta, alarmado por el cacareo, pensando que había entrado una zorra; lo vio y, como era un buen perro de raza, lo llevó con otro perro que tenía, lo lavó y le puso de comer un buen cuenco de pienso.
Mientras tanto; la zorra, que había engañado al perro para comerse ella aquella carne maloliente, había dado buena cuenta de ella y, al poco rato se estaba retorciendo de dolor. Aquella carne, no sólo estaba en malas condiciones, sino que era un cebo envenenado que un criminal había dejado allí.
Hay ocasiones en que, a quien pretende engañarte, le sale el tiro por la culata y encima te hace un favor.
En una cabaña en medio del monte vivía una cabra con sus cabritillos, eran siete y el más pequeño de todos era blanco como la nieve y se llamaba Copete.
Cierto día en que la cabra tuvo que abandonar su cabaña para ir al prado a por pasto,, les dijo a los cabritillos:
- Mirad hijos míos; yo me tengo que ir, y cuando salga cerráis la puerta por dentro y no le abráis a nadie si no soy yo, porque hay unos lobos muy malos que podrían haceros daño.
- Sí mamaíta - dijeron todos los cabritillos.
Y así se hizo; cuando la cabra salió, los cabritillos cerraron con llave y tranca la puerta y siguieron jugando tan contentos.
Entre tanto, el lobo más malo y más hambriento del bosque había visto salir a la cabra, dejando solos a sus hijos, y se dijo:
- ¡Qué suerte! Hoy voy a comer cabrito hasta hartarme.
Cuando la cabra se hubo alejado y no se la veía, el lobo se acercó a la cabaña; y, golpeando la puerta, dijo:
- Abrid hijos míos, que soy vuestra madre.
A lo que contestaron los cabritillos:
- No te abrimos que tú eres el lobo. Nuestra madre tiene la voz más fina, no nos engañarás.
El lobo se marchó muy enfadado y con el rabo entre las piernas, pero no desistía de comerse a los cabritillos; y, pensando, pensando, tuvo una idea.
Se acercó a un gallinero que había por los alrededores y, de una sentada, se tragó dos docenas de huevos crudos, que dicen que aclaran la voz.
Volviendo a la cabaña, golpeó la puerta, pam, pam, pam, y con voz aflautada dijo:
- Abrid hijos míos, que soy vuestra madre.
Los cabritillos comenzaron a dudar. Unos decían que sí que era su madre y otros que era el lobo, hasta que Copete, el más pequeño, dijo:
- Si eres nuestra madre, enseña la patita por debajo de la puerta.
El lobo asomó su pata negra por debajo de la puerta y todos los cabritillos comprendieron que era el lobo. Le dijeron:
- Tú eres el lobo, no nos puedes engañar, nuestra madre tiene las patas blancas como la nieve.
El lobo se marchó muy furioso y prometiéndose comerse finalmente a aquella pandilla de maleducados.
Se dirigió al molino, y allí se estuvo rebozando las patas con harina hasta que quedaron de lo más blanco.
Seguidamente, volvió a la cabaña y golpeando la puerta, pam, pam, pam, y dijo:
- Abrid hijos míos, que soy vuestra madre.
Los cabritillos le respondieron:
- Pues enseña la patita por debajo de la puerta.
Y el lobo asomó una pata bien blanca; por lo que los cabritillos, salvo Copete que era muy desconfiado, quedaron convencidos de que era su madre y se abalanzaron a la puerta.
Quitaron la tranca y descorrieron la cerradura y.... entonces entró el lobo como una tromba, y a grandes dentelladas fue devorando uno por uno a los asustados cabritillos.
- Ñam, uno
- Ñam, dos
- Ñam, tres
- Ñam, cuatro
- Ñam, cinco
- Ñam, seis
- ¿Seis? ¿Pero no eran siete?, bueno, me debo haber descontado y ya estoy más que lleno, de modo que me marcharé a dormir la siesta para hacer la digestión bajo el nogal antes de que regrese la cabra.
Y se marchó caminando pesadamente hasta el nogal que había cerca del río y se tumbó a dormir.
Al rato regresó la cabra y se asustó mucho al ver la puerta abierta. Entró y no vio a ninguno de sus hijos, sólo se veía todo revuelto y comenzó a llamar:
- ¿Hijos míos, hijos míos! ¿Dónde estáis?
- Aquí estoy - contestó Copete que, como era muy pequeño, se había escondido en la caja del reloj - Ha venido el lobo y se ha comido a mis hermanos.
- ¿Dónde ha ido?
- A dormir al nogal junto al río.
- Rápido, trae tijeras, aguja e hilo y sígueme.
Llegaron junto al nogal y allí estaba el malvado lobo durmiendo pesadamente al pie del tronco.
La cabra se acercó sin hacer ruido, con las tijeras le cortó la tripa y comenzaron a salir los cabritillos que, con las prisas, había tragado vivos. Entre todos llevaron piedras, que la cabra metió en la tripa y lo cosió bien cosido.
La cabra y los cabritillos regresaron muy contentos a su cabaña y el lobo acabó despertando con un peso enorme en la tripa.
- ¡Qué sed tengo! - dijo - parece como si hubiera comido piedras.
Se acercó a beber al río y, del peso de las piedras, cayó al fondo y se ahogó.
Daniel Barros Grez fue un escritor, ingeniero y diputado chileno considerado uno de los padres del teatro nacional. Se tituló como ingeniero civil en el año 1850 y se dedicó a ejercer su profesión, pero la mayor parte del tiempo se dedicó a la literatura, escribiendo en distintos géneros fábulas, dramas y novelas, entre otros.
Aquí una muestra de sus fábulas. Algunas de rabiosa actualidad.
En la antigua y esplendorosa ciudad de Sarfán, corte del poderoso Sultán Agrigerio Tercero, hijo de Andris y de Emfelia, de los que ya os relaté ayer sus desgraciados amores, vivía un poderoso y rico comerciante de alfombras, que nadaba en la abundancia, pero no era feliz. Había comprobado que la riqueza, las posesiones, todo aquello exterior a uno no la daba; y no sabía por qué, puesto que vivía en una posición desahogada y sin problemas pero, cuanto más desahogado vivía y menos problemas tenía más infelicidad sentía. Lo que no sabía es que la felicidad reside dentro de uno mismo y que se materializa en la medida que la dejas aflorar en forma de amor, entrega, generosidad, altruismo, hospitalidad, optimismo,… todas aquellas actitudes positivas que tantas veces os he resaltado en mis relatos y que no me cansaré de hacerlo. Pero hoy no vamos a contar cosas de él, sino de un simple perro abandonado y de lo que le aconteció. Se llamaba Sultán, aunque sin ánimo de ofender a la egregia persona. Se llamaba así porque así le puso su amo cuando lo compró para su hijo pequeño, como un regalo, como si un ser vivo fuera un objeto. Y de hecho así le trataban, salvo el niño, que pronto intimó con Sultán y jugaba con él. El padre, aquel rico mercader, pronto sintió que Sultán comenzaba a ser un estorbo. Tenía, porque se lo podía permitir, un sirviente que se ocupaba de sacarlo a pasear y a hacer sus necesidades, aunque no ejercicio, también quien se encargaba de su agua y su alimento, de modo que no se comprende cómo podía considerarlo un estorbo si él no se ocupaba en absoluto de nada. Pero, aparte de corretear por todas partes, para ejercitarse, jugar con el niño, romper entre los dos alguna cosa durante los juegos, escarbar en su alfombra favorita, restarle protagonismo en el cariño de su hijo, cruzarse entre los pies cuando llegaba a casa y saltar alegre y atropelladamente a su alrededor, todas actividades molestas para él, no le veía ningún beneficio inmediato por su presencia y decidió abandonarlo bien lejos.Encargó a uno de sus sirvientes que se lo llevara lo más lejos que pudiera y lo perdiera. No sabía que los perros tienen un gran sentido de la orientación y acabó regresando en poco tiempo, aunque hambriento, sediento, sucio y agotado, pero era recibido con grandes muestras de cariño por el niño. Y eso al padre aún le molestaba más y, tras castigar severamente al criado por no haberlo dejado lo bastante lejos, le enviaba de nuevo al destierro. Y regresaba nuevamente repitiéndose la escena una y otra vez.
Los perros no son tontos, saben donde hay cariño y donde no, y si regresaba era por el pequeño, pero no por su padre, ni por el pienso, ni por nada ni nadie más en aquella casa.
Pero cierta vez, cuando ya regresaba del último abandono, una vez en que más parecía la sombra de un perro, cuando ya era sólo piel y huesos, al borde del camino, en pleno desierto en el que le habían dejado, le recogió un arriero que se dirigía a Alandia en una destartalada carreta tirada por un viejo búfalo, casi tan comatoso como Sultán.
Le tomó en brazos y le subió a la carreta, le puso una escudilla con agua que vació ávidamente, así como un cuenco con algo de pan duro y parte de su menguada comida, que Sultán apreció más que los manjares que le servían en casa de su amo.
Así pasaron los días de travesía por el desierto y se fue recuperando de tal modo que, cuando llegaron a Alandia, a la explanada de las caravanas, ya parecía un perro normal, sin rastro de las penurias que había pasado.
Sultán hubiera regresado a Sarfán, los perros tienen esa poderosa fidelidad, pero ahora aún era más difícil. El desierto suponía una barrera infranqueable, tenía una deuda de gratitud con el arriero que le había salvado la vida y además, sabía perfectamente que en aquella casa, salvo el niño, no se le quería ni sería bien recibido. De modo que decidió servir a su nuevo amo, Rashid, puesto que como amo él ya le había adoptado.
De todos es sabido que en Alandia no hay delincuentes, salvo en una ocasión que ya os conté no hace mucho, por lo que no era necesario vigilar las carretas ni las mercancías. No serviría de nada hacer de perro guardián, pero sí serviría de algo ejercitar los pequeños trucos que le había enseñado su pequeño amo cuando aún vivía en Sarfán. De modo que, aprovechando la aglomeración de gentes en el mercadillo que tenía lugar en la explanada, tomó un cuenco de la carreta, lo depositó en el suelo y comenzó a hacer volteretas, andar en dos patas, tanto las traseras como las delanteras, a hacerse el muerto, a dar la mano, sostener algo en equilibrio sobre el morro,… y la gente, admirada por las habilidades de aquel chucho, echaba unas monedas en el cuenco. Además corrió la voz y en los días sucesivos aquello era un espectáculo al que acudía toda la ciudad, un espectáculo que Sultán adornaba con nuevos trucos que se iba inventando sobre la marcha.
Rashid juntó una buena cantidad de dinero, gracias a Sultán, que le permitió vender la vieja carreta y el decrépito búfalo y comprar otros mejores, aparte de cargar más provisiones, conservas y esencias de Alandia para vender en Sarfán. Y acabaron regresando a la capital del poderoso Sultán Agrigerio Tercero, hijo de Andris y de Emfelia.
Allí Rashid y Sultán fueron felices juntos, con algún que otro pequeño viaje comercial a Alandia y alguna actuación aquí y allá que les permitieron vivir desahogadamente, aunque sin lujos, y vivir felices el resto de sus días. Porque la felicidad reside dentro de uno mismo y se materializa en la medida que la dejas aflorar en forma de amor, entrega, generosidad, altruismo, hospitalidad, optimismo… todas aquellas actitudes positivas, que a ambos les sobraban, que tantas veces os he resaltado en mis relatos y que no me cansaré de hacerlo.
PUES señor, éste era el Príncipe más desgraciado de todos los príncipes habidos y por haber. Nada le salió a derechas, pues por salirle torcidas, hasta tenía las narices a un lado de la cara. Su nombre era también una equivocación: se llamaba Miramamolín, que en lengua persa significa: el Hombre de la suerte, y el pobre estaba fastidiado de tanto Miramamolinear.
Si tenía guerra con algún Príncipe vecino, recibía tantas palizas como batallas daba. En cuanto montaba un caballo, aunque fuera más manso que un cordero, ¡paf!, salía por las orejas y se hacía un chichón como el puño; si iba a pie tropezaba en la única piedra que hubiera en el camino y caía siempre del lado en que se hiciera más daño. Si quería cantar, se ponía ronco; si beber, su copa estaba rota y el vino agrio; como bailase, costalada segura; si dibujaba una cabeza de mujer, le salía una caja de cerillas, Nadie quería ir de caza con él, porque en vez de dar a las liebres, clavaba los perdigones a algún amigo; en fin, era el rigor de las desdichas.
Tan estrechado se vio por su mala suerte, que hizo publicar un bando en el cual ofrecía gran recompensa al individuo, hombre o mujer, que le dijera en qué consistía tantas desgracias.
Multitud de gentes acudieron a Palacio al olorcillo de la recompensa. Un andaluz compareció diciendo que él sabía lo que aquejaba al Príncipe.
Presentáronle al Monarca, y éste le indicó que podía decirlo ante la corte.
— Pues verá vuestra alteza. Estaba yo el otro día esquilando un borriquillo, mal comparao, tan grande como el ministro de Hacienda, ese que está ahí, cuando oí el pregón y me dije: "Joselillo, ya has hecho tu fortuna!"
— ¿Pero ¿qué es lo que tengo? — interrumpió el Príncipe.
— Pues su alteza tiene... mala pata.
— ¡Mala pata! — gritaron los cortesanos —. ¡Este hombre confunde al Príncipe con una caballería! ¡Que le ahorquen en seguida y luego se le tomará declaración!
El Príncipe, asustado de lo que había oído, se puso en pie, resbaló en la alfombra, yendo a dar con la cabeza en el vientre de su primer ministro. Éste, al dolor, lanzó un rugido y cayó sobre un cortesano, al que cogió un pie con tal desgracia, que le reventó dieciocho callos, y salió bufando a pie cojuelo por el salón y mordía a cuantos encontraba a su paso, en fin, se armó una de todos los diantres.
— ¡La mala pata — gritaba el primer ministro — la tengo yo! — Y se rascaba la barriga con la cabeza de una duquesa.
— ¡La mala pata es ésta! — gritaba el cortesano enseñando el pie destrozado y tratando de morder al que pillaba.
— Pero ¿Qué es eso de mala pata? — preguntaron al gitano.
— Quien dice en mi tierra mala pata, quiere decir mala sombra.
— ¡Acabáramos! — gritaron todos —; pues si es todo eso lo que usted sabe, ya se puede largar con viento fresco.
— Mira — dijo el Príncipe agarrándose al sillón —; por esta vez te perdono, vuélvete a esquilar borricos y no vengas por aquí con asnerías.
Se marchó el gitano, y entonces el monarca pidió las botas de calle para salir a paseo. Se las quiso poner, pero con tal fortuna, que se le rompió el elástico y salió su pie disparado contra el pecho del primer edecán, el cual rodó como si le hubieran soltado un pistoletazo.
El Príncipe cayó hacia atrás, recibiendo una monumental costalada; una horquilla que había en la alfombra se le clavó en la rabadilla, y ciego de ira mandó que degollasen al zapatero, que había puesto tan malos los tirantes de las botas.
En esto el sumiller anunció que una joven deseaba hablar al Príncipe para un asunto urgente.
— ¡Que pase! — exclamó el monarca —; pero después que el cirujano me haya extraído la horquilla, que me está haciendo ver las estrellas.
Terminada la operación entró la joven que había sido anunciada. Era una encantadora muchacha de dieciséis años.
— ¿Qué quieres? — preguntó el Príncipe.
— Vengo a curaros del mal que os aqueja. Seréis un hombre feliz si hacéis lo que os voy a recomendar.
Un silencio sepulcral se extendió por la sala. Todos querían conocer el remedio prometido.
— ¡Habla! — exclamó el monarca.
— Pues bien; el día en que encontréis un amigo leal, desaparecerán vuestras desdichas
— ¡Un amigo! Millones tengo dispuestos a todo por mí.
— ¡Todos, todos! — gritaban los cortesanos.
— Basta con uno, señor; es preciso que alguien vaya a la Gruta Negra y traiga la caja misteriosa donde se encierra el libro del secreto para ser dichoso. Para llegar allá se necesita un afecto por vos y un valor a toda prueba, El que haya hablado mal del Príncipe, que no tiente la aventura porque es hombre muerto, y el que sin haber llegado a hablar haya pensado mal de él, está muy en peligro.
Todos enmudecieron; nadie se ofreció a buscarle, porque todos habían murmurado de su señor,
— ¿No hay quien vaya? — preguntó éste —. ¿Qué dices tú, Teobaldo, jefe de mis guerreros, que tanto dices que me quieres?
— Yo, señor — dijo—, que... si no fuera porque tengo reuma...
— Y yo tengo sabañones.
— Y a mí me duelen las muelas.
En fin; todos se excusaron y nadie quiso arriesgar el pellejo.
— Ya lo veis, señor— dijo la joven — cómo no es fácil encontrar un verdadero amigo.
— Entonces iré yo.
— Ya empezáis a comprender, señor, algo muy importante: en que no hay amigo como uno mismo. En fin, si no tenéis un amigo, tenéis una amiga, que soy yo, y he ido a la Gruta Negra y os he traído el libro. Tomadlo.
El Príncipe cogió la cajita que la joven le tendía, y sacó de ella un libro pequeñísimo no mayor que uno de papel de fumar. Le abrió, y encontró escrito lo siguiente:
"Si quieres ser feliz conténtate con lo que tengas, cumple tus deberes de rey y de cristiano y todo te saldrá a pedir de boca. No hagas caso de aduladores, que son gente ruin y tornadiza que no quiere sino el salario que reciben; inspírate en la justicia y en la prudencia, y cesará tu mala sombra."
— Sabios consejos son — dijo el Príncipe, y ofreció cumplirlos al pie de la letra.
— Entonces — contestó la joven — han cesado tus desventuras. Yo soy el Hada Ciencia que guiada por la fe ando en auxilio del hombre.
Y al decir esto se transformó en una nube que, al disiparse, dejó caer brillante rocío sobre la cabeza del Príncipe.
— Me siento otro — exclamó éste —. Ahora veo lo que causaba mis desdichas. Por lo pronto, vosotros — dijo a los cortesanos — estáis aquí demás, pero no quiero que os vayáis sin una prueba de mi afecto, Ahora mismo os quitáis las casacas, y recibiréis en la espalda quince bastonazos. No es justo que vayáis de vacío a vuestras casas.
Aquel castigo hizo su efecto, y el Príncipe pudo en adelante llamarse Miramamolín, sin que fuera su nombre una cuchufleta.
La moraleja ya os encargaréis vosotros de sacarla.
Una vez había una viuda que tenía dos hijas, la una hija propia suya y la otra hijastra; las dos se llamaban María. La hija propia no era buena ni piadosa; la hijastra, por el contrario, era una niña humilde y discreta, que tenía que sufrir muchos malos tratos y afrentas de la madrastra y de la hermana. Sin embargo, era complaciente, hacía infatigablemente los trabajos de la cocina, y lloraba muchas veces, pero sólo ocultándose en su alcobita, cuando tenía que sufrir tantas injusticias de su madre y de su hermana. Pero siempre tardaba poco en volverse a poner tranquila y alegre, diciéndose a sí misma: «No tengas pena, ya te ayudará el amoroso Dios.» Después se ponía a continuar su trabajo con aplicación, y lo hacía todo con curiosidad y esmeradamente.
Para su madrastra no trabajaba nunca bastante, y un día hasta llegó a decirle: "María, no te puedo tener más tiempo en casa; trabajas poco, comes mucho, y tu madre no te ha dejado ningunas riquezas ni tu padre tampoco; todo es mío, y yo no puedo ni quiero alimentarte más, por esto tienes que irte de casa y buscar colocación de criada en casa de algún señor." Y la coció una torta de ceniza y de leche; llenó un cantarito de agua, entregó ambas cosas y la pobre María y la echó de casa.
Mariquita estaba muy angustiada por esta dureza, pero echó a andar animosamente por montes y valles pensando: "Ya te tomará alguien por criada, y quizá los extraños serán más buenos contigo que tu propia madre."
Cuando tuvo hambre se sentó en la hierba, sacó su tortita de ceniza, bebió en su cantarito, y vinieron volando en su derredor muchos pajaritos, picaron en su tortita, y ella echó agua en el hueco de su mano y dio de beber a los alegres pajaritos. Y su tortita de ceniza se convirtió en una hermosa torta de harina, su agua en el más precioso vino.
Confortada y alegre prosiguió su camino la pobre María, y cuando ya se hizo oscuro, llegó a una casa de extraña construcción, rodeada de un jardín con dos puertas, la una aparecía negra, cubierta de pez, la otra era de oro puro. Modestamente entró María por la puerta menos hermosa en el patio llamó a la puerta de la casa. Un hombre de aspecto huraño y salvaje abrió la puerta, y la preguntó con aspereza lo que deseaba. Ella dijo temblando:
— Sólo quería preguntar si eran ustedes tan bondadosos que me diesen albergue esta noche.
Y el hombre murmuró:
— Pasa adelante.
Ella le siguió, y se asustó más y se puso a temblar cuando no vio dentro de aquellas habitaciones más que perros y gatos, y sus detestables aullidos. Fuera del salvaje Turcomano (que así se llamaba este hombre), no habitaba nadie más en toda la casa.
— Ahora — murmuró el Turcomano a Mariquita —, ¿Dónde quieres dormir mejor? ¿En la alcobita dorada, o con los perros y los gatos?
Mariquita le contestó:
— Con los perros y los gatos.
Pero tuvo que dormir en la alcobita dorada, en una hermosa y blanda cama, donde pasó la noche magníficamente y tranquila.
Por la mañana gruñó Turcomano:
— ¿Con quién quieres almorzar mejor, conmigo o con los perros y los gatos?
Y ella le dijo:
— Con los perros y los gatos.
Pero tuvo que tomar con él café y dulce nata. Cuando Mariquita quiso irse, gruñó Turcomano:
— ¿Por qué puerta quieres salir, por la dorada o por la de pez?
Y ella dijo:
— Por la puerta de pez.
Pero tuvo que salir por la dorada, y al pasar se subió Turcomano encima de la hoja de la puerta y la sacudió tan fuerte, que osciló, y María se cubrió toda del oro que caía de la puerta dorada.
Entonces se volvió a su casa, y, al entrar, la salieron volando alegremente al encuentro las gallinitas que ella alimentaba en otro tiempo, y el gallo gritó cantando:
— ¡Quiquiriquí, ya vino la Mariquita de oro! ¡Quiquiriquí!
Y la madre bajó las escaleras y se arrodilló tan respetuosa ante la dorada dama, como si hubiera sido ésta una princesa, que le hacía el honor de visitarla. Pero Mariquita le dijo:
— Querida madre, ¿no me conoces ya? Yo soy Mariquita.
Entonces vino también su hermana, tan asombrada y sorprendida como la madre, y tan llena de envidia, y Mariquita tuvo que contarles cuán admirablemente la había ido, y cómo había conseguido su oro.
La madre la recibió entonces bien en su casa y también la trató mejor que antes, y Mariquita fue honrada y amada de todos; también encontró pronto un gallardo joven que se llevó a Mariquita como esposa a su casa y vivió feliz con ella.
Pero a la otra María le mordía el corazón la envidia, y resolvió también salir de su casa para volver cubierta de oro. Su madre le dio dulces pasteles y vino para el viaje, y cuando María se puso a almorzar v acudieron también a comer los pajaritos, los espantó enfadada. Pero sus pasteles se convirtieron invisiblemente en ceniza, y su vino en insípida agua.
Por la noche vino María igualmente a la casa de Turcomano; entró soberbiamente por la dorada puerta del jardín y se puso a llamar en la puerta interior. Cuando vino Turcomano y preguntó lo que quería, le dijo ella con tono desdeñoso:
— Ahora quiero pasar la noche aquí.
Y él murmuró:
— ¡Pasa adentro!
Después le preguntó también:
— ¿Dónde quieres dormir mejor, en la alcoba dorada o con los perros y los gatos?
Ella dijo inmediatamente:
— ¡En la alcoba dorada!
Pero él la llevó a la sala en que dormían los perros y los gatos, y la encerró dentro.
Por la mañana estaba María espantosamente arañada y mordida. Turcomano murmuró otra vez:
— ¿Con quién quieres tomar café conmigo o con los perros y los gatos?
— Pues con usted — dijo ella; y tuvo que ponerse a tomarlo con los gatos y los perros.
Entonces quiso irse, pero Turcomano murmuró de nuevo:
— ¿Por qué puerta quieres salir, por la de oro o por la de pez?
Y ella le contestó:
— ¡Por la puerta de oro, eso no es necesario preguntarlo!
Pero esta puerta fue inmediatamente cerrada, y tuvo que salir por la puerta de pez, y Turcomano se subió encima de esta puerta, la agitó y sacudió haciéndola oscilar, y cayó tanta pez sobre María, que se llenó la ropa, quedando toda ella cubierta.
Cuando María vino a casa furiosa, por su fea facha, le cantó el gallo saliéndole al encuentro:
— Quiquiriquí, aquí viene María Pez! ¡Quiquiriquí!
Y su madre volvió la cara a otro lado llena de espanto, y no pudo enseñar a las gentes su fea hija, quien quedó bien castigada con haber sido cubierta de pez en vez del oro que ella esperaba.
Pablito era un niño de doce años que poseía el claro raciocinio de un hombre, y la seriedad de éstos. Sus aficiones le hacían huir de los niños mal educados, que le molestaban con sus bruscos modales, y rehuía asimismo la compañía de los niños ricos, que intentaban humillarle.
El espectáculo que presenciaba en su casa, de una lucha diaria por la existencia, y el relato que su madre le hacía desde niño de sufrimientos y humillaciones, habían madurado su inteligencia y le había hecho adquirir una gravedad precoz y excepcional. Sus distracciones consistían en iluminar estampas, cuidar de unas pobres flores que crecían en un cajón de madera, y en la lectura de libros de viajes y de cuentos.
Huía de los juegos desatentados y de los gritos y ruidosas manifestaciones de entusiasmo, por cuya razón le llamaban El bobazo.
Se levantaba Pablo muy de mañana, y estudiaba su lección sin necesidad de que su madre se lo advirtiera.
Antes de ir al colegio hacía los recados de casa, y ayudaba al arreglo de la habitación.
Una tarde, al volver del colegio, encontró a su madre muy triste conforme entró en su casa rompió ella a llorar diciendo:
— ¡Ah, hijo mío! ¡Si tú supieras!
— ¿Qué tienes, mamá? —le preguntó el niño—. Dime lo que te sucede, pues cuando te veo triste daría mi vida porque desapareciese el motivo de tu dolor.
— Es que el casero me ha llamado para decirme que si dentro de tres días no se paga el dinero que se le debe, seremos despedidos.
El niño palideció y comenzó a llorar con su mamá.
Después, éste, enjugando sus lágrimas, dijo a su mamá dulcemente:
— No te desesperes, puede que ese señor no sea tan duro y nos espere aun unos días.
— No, hijo mío, no nos esperará, y esto es lo que me apura tanto. Lo peor es que hace unos días que he presentado a mi mejor discípulo de canto el recibo, y aun no me lo ha pagado. Pasado mañana comienzan las fiestas de Pascua y vienen las vacaciones, de modo que lo menos en diez días no hay esperanzas de tener dinero. He empeñado mis alhajas y ropas para pagar al carnicero y al tendero de ultramarinos, porque los pobres no podemos tener deudas... No quiero, sin embargo, que lleguemos a la humillación de ser arrojados de la casa. Si para dentro de tres días no he recibido dinero, se venderá el piano y se pagará al casero, aunque nos privemos de todo.
Pasaron dos días. Llegó el en que finalizaban los tres días otorgados para el pago, y la madre no había cobrado, y dijo:
— Pablo, tendremos que vender el piano para pagar la casa.
Aquella noche el niño durmió mal. Soñó con el piano; veía su palisandro brillante relucir como un espejo, sus candelabros lanzando reflejos dorados, sus teclas blancas cortadas por las negras que se le sobreponen, y sobre ellas a su madre llorando. Llorando sin consuelo.
Y, sin embargo, el niño se durmió diciendo:
— Y bien... se pagará todo.
Al día siguiente salió la madre como de costumbre para sus lecciones. Era martes de Pascua, y Pablito se quedó en su casa leyendo uno de sus hermosos libros de cuentos. Pero, apenas se hubo cerrado la puerta y vio a su madre alejarse, cerró su libro, corrió al armario, tomó una bonita blusa de cachemir que su madre le había hecho, se ciñó su cinturón de cuero, se puso sus zapatos de los días de fiestas, y abrió su carpeta.
Allí estaba su magnífica colección de sellos, la que había él mismo hecho con los que le había mandado su tío, que andaba corriendo por el mundo, y en la actualidad no se sabía dónde estaba. La colección era la más completa y la más rara de cuantas se conocían. No sólo tenía sellos de correos, sino también sellos de todas clases para el papel que se emplea en las cosas que tienen uso público y oficial, toda clase de timbres y hasta billetes grandes y pequeños de todos los países. Era una colección de efectos timbrados y papel moneda, y estaba hecha con arte y colocada con gusto. Un amigo de la casa había dicho un día: "Esta colección vale más de mil pesetas."
Pero el chico no conocía aun el valor de las cosas. Tomó Pablo aquella colección que era su alegría y su orgullo y que causaba la admiración y la envidia de sus compañeros cuando se la enseñaba. Estuvo mirando hoja por hoja... deteniéndose y lanzando de vez en cuando miradas al piano, que luego convergían a las hojas llenas de sellos, y después, dando un gran suspiro y cerrando luego las tapas con un movimiento enérgico, dijo: "¡Vamos!" y salió a la calle.
Fue Pablo a casa de un amiguito que tenía, muy rico y que le había prometido cien pesetas por su colección. Llamó, preguntó por él, lo recibió el amigo, y le propuso la compra del álbum. No tuvo tiempo el niño de contestar, pues una señora que se había acercado a ellos, al oír la proposición, exclamó:
— ¿Cómo es eso, niño, te has atrevido a pensar en un gasto como ese sin mi permiso?
— No lo creas, mamá, es un mentiroso.
Entonces la señora llamó a un criado y le dijo:
— Acompañe usted a este chico a la puerta, y otra vez tenga cuidado de quien entra.
Lleno de vergüenza y con las lágrimas en los ojos, salió de aquella casa Pablito, y decidido a vender su colección para salvar el piano, fuese a una tienda de las que se dedican a este comercio y propuso la compra de ella.
Después de muchos regateos le dio el comerciante cincuenta pesetas y cincuenta céntimos, fracción que logró arrancarle por último porque decía que lo necesitaba.
Se guardó en el pecho el billete que le dieran en la tienda, y con los cincuenta céntimos compró un ramo de violetas.
De regreso a su casa encontró a su madre asustada e inquieta por su ausencia.
— ¿De dónde vienes? — le preguntó.
— De vender mi colección de sellos — le contestó —. Toma, aquí tienes lo necesario para pagar al casero; ya no tienes necesidad de vender tu piano. Y aquí tienes para ti este ramito de violetas.