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martes, 13 de diciembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 3 (Retorno a Hénder) parte 2

Nuestros amigos reciben un encargo y deben atravesar
el desierto para desvelar un misterio vital para el Reino 
de Hénder que sólo ellos podían resolver, pero cuentan 
con sus cuatro compañeros mágicos, su intrepidez
 y su inteligencia.




Retorno a Hénder. Parte 2


Tras los saludos de rigor, en los que Su Majestad Melanio XXII supo disculpar ciertos comportamientos animales y vegetales poco protocolarios, tomó la palabra Gontar y dijo
– Te hemos hecho venir porque nosotros nos vemos incapacitados para emprender ninguna acción, pero será mejor que primero os pongamos al corriente de los sucesos históricos que dieron lugar a la situación actual y explican nuestras limitaciones para actuar.- dijo el Rey - Nuestro reino se extiende desde lo que vosotros llamáis el Muro del Fin del Mundo y para nosotros es El Abismo Insondable hasta pocas leguas adentro de un desierto al que llamamos Desierto de Tetrápolis. A derecha e izquierda limitamos con otras dos ciudades–reinos de las cuatro que forman dicha Tetrápolis, a saber:
Hénder, que ya conocéis y cuyos habitantes somos de color negro.
Dwonder, cuyos habitantes son de color rojo.
Trifer, cuyos habitantes son de color amarillo
y muy al norte existe otro reino llamado Quater, con el cual no lindamos y cuyos habitantes son de color azul.
Hace muchos años, las cuatro ciudades–reino competíamos por la posesión del Oasis de Serah, situado en el centro del desierto y equidistante de todos.
 

– En Serah – siguió Gontar – viven los Hurim, que son blancos como vosotros y que cuidan las llamadas Palmas Reales, una especie de palmera cuyo fruto llamado “sicuo”, que es parecido al higo, siempre ha sido la causa de todas nuestras desavenencias, ya que es muy apreciado por su sabor y es muy adictivo.
– De modo que – terció el Rey – durante muchos años hubo guerra entre los reinos por la posesión del Oasis y sus frutos, pero el desierto y las distancias complicaban las cosas y no había ganador claro
– Hasta que
– añadió Gontar – Trifer inició una nueva fase de la guerra por medio de la magia y los otros reinos se sumaron a ella, en lo que llegarían a llamarse las Guerras Mágicas.
– Aquí también se llegó a un equilibrio de fuerzas –
dijo el Rey – pero nos vimos obligados por los Hurim a firmar un Tratado de Paz en el que ellos impusieron las condiciones.
– ¿Cómo es posible que pudieran obligar a firmar e imponer condiciones a los cuatro reinos? –
preguntó Merto
– Porque ya estaban hartos de ser víctimas ocasionales de nuestras pugnas y rencillas, e hicieron – dijo el Rey – lo único que estaba en su mano para hacernos claudicar; amenazaron con que, en caso contrario, talarían todas las Palmas Reales. Alegaron que ellos no consumían su fruto y, hasta entonces, sólo les habían traído problemas. Así que todos tuvimos que aceptar sus condiciones si queríamos asegurarnos el suministro de los preciados sicuos.
– Las condiciones – dijo Gontar – consistían en que sólo ellos administrarían la producción del fruto y su reparto equitativo entre las cuatro ciudades–reino, a cambio de alimentos y otros productos. Se declaró el Oasis como Zona Libre de Magia y a los habitantes de la Tetrápolis como personas non gratas. Desde entonces reinó la paz y los frutos llegaron puntualmente, hasta la desafortunada intervención de mi maestro Artifax; aquel mago tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto y que, descontento con el pago por sus servicios en las Guerras Mágicas, decidió hechizar Hénder, como bien sabes.
– Tras tu providencial llegada –
dijo el Rey – el suministro a Hénder del fruto se reanudó con normalidad, pero, desde hace un mes, dejaron de llegar caravanas sin ninguna explicación. Al principio pensamos que, como mientras Hénder estuvo encantado el fruto se repartía entre tres, al tener que repartir de nuevo entre cuatro se había producido algún pacto contra nosotros, dejándonos fuera del Tratado. Enviamos exploradores a los límites del Oasis y durante una semana no salieron caravanas hacia ninguno de los otros reinos y ellos, que también tenían exploradores, afirmaban que también les habían dejado de llegar caravanas.
– Los exploradores – dijo Gontar – no pueden, según el Tratado, pasar los límites de Serah; puesto que allí no se admiten negros, rojos, amarillos ni azules, y es por eso por lo que necesitamos de vosotros; yo como mago aunque sea blanco tampoco puedo ir y vosotros que sois también blancos podríais enteraros de lo que pasa 

– Bien – dijo Fan – pues ¿a qué esperamos? Vamos amigos, pongámonos en camino.
– Podríais ir en saltarenas
– dijo Gontar – pero tendrían que quedarse aquí Rubí, Diamante y Esmeralda, porque no vuelan y no pueden cabalgar.
– No importa, iremos a pie e iremos todos
– dijo Fan, pero no le dijo a Gontar que podrían ir en la mochila porque pensó que él ya debía saberlo, ¿o no?, y si no había dicho nada sus razones tendría.
No se hicieron esperar, revisaron las provisiones necesarias para el Desierto de Tetrápolis, cargaron agua y un saco de aquel té de roca que tanto gustaba a Diamante y se pusieron en marcha sin más dilaciones.
Les advirtieron que debían guardarse de los tiburones de arena que, aunque no abundaban, podrían darles algún disgusto; y por eso la comitiva estaba formada por Rubí como explorador avanzado, seguido de Fan y Merto, y cerrando la expedición Esmeralda la col y Diamante la oveja. Sobrevolando a media altura iba Zafiro.
Afortunadamente no tuvieron ningún encuentro desagradable y, como hicieran en el Desierto de Oms, caminaban de noche y en las horas más fuertes de sol se refugiaban bajo las hojas extendidas de Esmeralda que, clavando sus raíces, se proveía de agua suficiente y a ellos de fresca sombra.
Al cabo de cuatro días agotadores, que resultaron monótonos y calurosos, a lo lejos divisaron ya la silueta de las Palmas Reales y Merto le dijo a Fan
– ¿Estás seguro de que eso es el Oasis?, mira que he oído decir que en los desiertos se dan los espejismos que engañan a los viajeros.
– No te preocupes, los exploradores que tenemos ahí tan cerca refugiados en sus sombrajos no son ningún espejismo, y si ellos están aquí, aquello sin duda es Serah.Y allá puedes ver sus saltarenas.

Llegaron hasta la altura de los exploradores de Hénder y les saludaron.
– Buenos días, venimos de la ciudad enviados por el Rey y Gontar. ¿Hay alguna novedad?

– Saludos, ya nos había anunciado un mensajero que vendríais y os esperábamos. No hemos podido apreciar movimientos en Serah, ni caravanas, ni nadie que se aventure por los alrededores, parece un pueblo muerto ¡Con lo aburrido que es esperar y esperar y que nunca pase nada!.
Se despidieron y siguieron camino hacia el oasis. Esperaban que alguien saliera a su encuentro en cuanto vieran que se acercaban extraños, pero no lo hizo nadie y cuando salieron de la arena y entraron en la zona de vegetación, tampoco vieron alma humana por los alrededores. Finalmente, junto a un pozo, encontraron a un Hurim apoyado en el brocal intentando sacar un cubo de agua, pero no tenía fuerzas para tirar de la cuerda de la polea.
Fan se acercó y le ayudó a subir el cubo, mientras le decía.
– Somos habitantes de Pascia, y venimos en son de paz, ¿Nos podríamos entrevistar con las autoridades?
El hombre no tuvo fuerzas para contestar y sufrió un desmayo allí mismo, las puertas de las casas estaban cerradas y no asomó nadie.
– Pues bueno – dijo Merto – ¿Ahora qué hacemos? Parece como si aquí no viviera nadie y éste está en las últimas.
Fan señaló a Merto unas ramas secas que había cerca del pozo.
– Ve encendiendo algo de fuego

Dijo Fan revolviendo en la mochila y sacando un paquetito de hojas secas y un pucherete al que vertió un poco de agua del pozo, le añadió unas cuantas hojas del paquetito y, tan pronto Merto lo tuvo encendido con su yesca y pedernal, lo puso al fuego a calentar.
Al poco rato le dio a beber aquella infusión al Hurim, que reaccionó enseguida. Fan, sin darle tiempo a decir nada le dio unas galletas y un trozo de queso que devoró como si nunca hubiera comido. Ya repuesto dijo
– Gracias, gracias, llevaba ya tres días sin comer nada y todos aquí estamos igual.
– Bueno
, – dijo Fan – ya me contarás luego cómo es que estáis así, pero ahora dime dónde podemos encontrar algún caldero lo suficientemente grande para toda tu gente.
– En la Cocina Comunal, allí se guisa para todo el pueblo todo lo que traemos de los reinos, pero ya no nos queda nada más que los calderos, pero ¿Para qué servirían?
– No importa ¡vamos allá.

Cuando llegaron a la Cocina Comunal encontraron toda clase de recipientes, tomó uno bastante grande y le dijo a Merto
– Enciende fuego y pon esta olla con agua a templar.

Sacó una buena cantidad de lomos de pescado en salazón que había sobrado del último banquete en Aste y un gran saco de patatas, le entregó a Merto el saco y le dijo
– Como tú tienes buenas herramientas y bien afiladas, te ha tocado pelar patatas, yo voy a ir desalando el pescado. Normalmente hacen falta horas pero vamos a tener que acelerar el proceso, si lo desmenuzo y lo pongo con agua templada y la voy cambiando a menudo algo conseguiremos. De todos modos si el guiso sale algo salado no creo que le hagan ascos. Y ahora – le dijo al Hurim, que ya estaba más espabilado – mientras se hace el guiso ya puedes irme contando lo que ha pasado.
- En primer lugar me presentaré, soy Halmir, Conductor de los Hurim. No sé si estás enterado de que aquí en Serah está proscrita la magia y sospecho que, al menos la col y la mariposa son algo mágico pero, como te debo tanto, voy a hacer la vista gorda. Pues bien; hace dos meses que las Palmas Reales dejaron de dar fruto sin que nadie sepa la causa. Mientras quedaron reservas en nuestros almacenes las caravanas siguieron haciendo las cuatro rutas, como siempre, pero cuando se acabaron las reservas sin que las Palmas volvieran a florecer, ya no pudimos hacer más envíos. Aún confiábamos en que volvieran a producir antes de que se nos acabaran los comestibles, pero no sucedió así. Tuvimos que racionar lo que quedaba a ver si aún florecían, hasta hace tres días en que ya no quedaba ni un mendrugo. 

– Bien – respondió Fan – luego, a su debido tiempo, nos encargaremos de eso, ahora lo que hace falta es reanimar a tu gente y resolver el problema de los comestibles. 
Preparó además una buena cantidad de tisana reanimante con aquellas plantas que Gontar le había enseñado y, cuando el guiso estuvo en su punto, que por cierto no estaba muy salado, se organizaron para ir repartiéndolo casa por casa; un vaso de infusión y un plato de guiso por persona y, en poco tiempo, se les vio reanimarse.
Aún quedó bastante guiso del que comieron Fan, Merto, Rubí, y Halmir, encontrándolo delicioso, y aún sobró.
– Ahora Halmir – dijo Merto – debemos preocuparnos en primer lugar de conseguir comestibles rápidamente; puesto que, si no lo hacemos, todo esto no habrá servido de nada.
– ¿Tienes algún jinete rápido que pudiera llegar a Hénder y regresar en poco tiempo?,
– dijo Fan – porque con mi mochila podría traer los víveres de primera necesidad para un mes sin problema, le envías en mi nombre y no le negarán nada.
– Eso es fácil, –
respondió Halmir – con un saltarenas podría regresar en dos días, pero creo que deberíamos enviar también mensajeros a los otros reinos ya que se podrían tomar a mal si lo enviamos sólo a Hénder. No querría ser el causante de una nueva guerra.
– Me parece bien
– dijo Merto – si les cuentan cual es la situación ninguno se negará a entregarles comestibles aunque no lleven fruto, así que los enviados carguen todo lo que puedan y no se den prisa, porque con lo que llegue de Hénder será suficiente.

Así lo hicieron; Fan vació la mochila en donde quedaban bastantes galletas, queso y carne ahumada, les entregó a cada uno unas galletas con queso para el viaje de ida, puesto que ya comerían en su destino, y guardó el resto, además del guiso que había sobrado, para distribuirlo entre la población hasta su regreso. Entregó la mochila al jinete que había de ir a Hénder y le recomendó que en cuanto llegara fuera a buscar al mago y él sabría lo que se tenía que hacer.
Montaron los cuatro en sus saltarenas, que eran una especie de grandes gacelas, capaces de avanzar en cada salto más de seis varas y salieron disparados hacia los cuatro puntos cardinales con sus grandes saltos, perdiéndose enseguida en la distancia.
Se acercaron a las Palmas Reales para ver si descubrían la causa de que no dieran fruto.  Estaban mustias, con aspecto de estar secándose.
Esmeralda clavó sus raíces al pie de una palma, bajo tierra, y al cabo la sacó arrastrando consigo una maraña de extrañas raíces fuertemente abrazadas a trozos de raíz de palma.
Fan conocía muy bien aquellas hierbas que tapizaban el oasis, era trébol común, pero nunca había visto un trébol con aquellas raíces que estrangulaban todas las de las plantas vecinas.
Aquella anomalía vegetal debía ser consecuencia de las Guerras Mágicas y haría falta algún mago para conjurar aquella aberración, pero los magos allí no eran bien recibidos, los reyes eran muy suspicaces y la presencia de algún mago rival podría desembocar en una nueva guerra. Así que tenían que resolver el problema por si mismos.
Diamante, que hasta entonces se había alimentado con el té de roca que Fan llevaba en la mochila, comenzó a mordisquear aquel trébol.
– No comas de eso, no sabemos que efectos puede tener, creo que está hechizado.

Diamante debió pensar...
– Poca cosa puede hacerme, a fin de cuentas yo soy una piedra hechizada en forma de oveja.

De todos modos ya no volvió a comer más que té de roca.
Con hoces y toda clase de herramientas cortantes que encontraron y que Merto afiló a conciencia, comenzaron a segar las hierbas, pero las raíces sobrevivían y las hojas volvían a rebrotar rápidamente.
Era inútil, tendrían que resignarse a la pérdida de las Palmas Reales.
Fan recordó aquellas semillas que le habían dado en Alandia. Aquella planta que, según le dijeron, era capaz de crecer en el desierto más árido y por tanto bien podría crecer allí.
Nunca es recomendable llevar a ningún lugar plantas invasoras extrañas, pero la situación era tan grave y como ya no había nada que perder, se arriesgó a provocar un desequilibrio en la flora del oasis y enterró, junto a un tronco, algunas de ellas.
Los mensajeros regresaron, el de Hénder con la mochila a los dos días y los demás al sexto día. Todos iban cargados a más no poder, salvo el que venía de Hénder que parecía no llevar nada. Pero al abrir la mochila comenzaron a sacar de allí tal cantidad de harina, frutas, verduras, carnes, quesos y qué sé yo más, con lo que acabaron llenando las despensas.
A los pocos días, al pie de aquella palma en que se habían enterrado las semillas comenzaron a aparecer unos tallos con hojas rojizas que, poco a poco se fueron extendiendo como una mancha de aceite ahogando al trébol hechizado.
Fan enterró dos o tres semillas al pie de cada palma y en poco tiempo fue tapizándose todo el oasis de aquella planta rojiza y la primera palma comenzó a verse más lozana.
La vida en Serah se había normalizado y, siguiendo el consejo de Merto, Halmir hizo partir cuatro caravanas; en primer lugar para llevar noticias de la enfermedad de las palmas y de su pronta recuperación y en segundo lugar para llevar más provisiones hasta que las palmas volvieran a dar fruto.
La nueva planta ya se había extendido por todo el oasis y no se detuvo allí, comenzó a avanzar por el desierto colonizando alguna de las dunas más cercanas, fijando el terreno, que pronto se vio poblado por los insectos y reptiles del oasis.
– Al paso que van estas plantas – pensó Fan – no pasarán muchos años hasta que desaparezca el desierto. Tengo que preguntar en Alandia cómo controlarlas.
Las Palmas Reales comenzaron a florecer, al tiempo que nuevos brotes asomaban al pie de cada una, brotes que Fan hizo trasplantar a los nuevos terrenos conquistados al desierto, ampliando la plantación en tantas palmas como las que ya existían. Fan les enseñó cómo se debía hacer el trasplante y les recomendó que procuraran mantener el cultivo de las Palmas Reales dentro de su territorio para no perder el control del fruto, puesto que del intercambio dependía su supervivencia.
Merto estaba intrigado por algo en lo que Fan no había reparado, lo consideraba normal.
– Halmir: ¿Cómo te explicas que, con matices, diferencias de acento y algunas palabras, todos, hasta en Hénder hablemos muy parecido?

– Hay leyendas que hablan de tiempos en que no existía el Abismo Insondable, tiempos en que el Continente iba más allá y se extendía hasta el horizonte.
Tomó un pergamino de una estantería de su despacho y leyó:
– “ En aquellos tiempos, los hijos de Alandis la Bella, la de los ricos frutos y las bellas flores, partieron hacia tierras del Norte buscando nuevos horizontes. Llevaban semillas, ganados y el espíritu de sus gloriosos antepasados. Y llegados a un país de aguas y pastos, lo hallaron propicio y establecieron su colonia a imagen y semejanza de su añorada Alandis la Bella, con permiso de oscuros habitantes. Un territorio entre rojos y azules, pero éstos les rechazaron y les acosaron. Se encomendaron a la tierra y a los vientos, a la luz y a las tinieblas, a lo húmedo y a lo seco, a lo cálido y a lo frío, y sobrevino la catástrofe. Sobrecogidos, llenos de temor contemplaron como la tierra se estremecía, el viento se arremolinaba, la luz brotaba del fondo de los abismos y la oscuridad ocultó el sol y las dos lunas. Las olas competían con montañas áridas de arena, el fuego brotaba de las cimas fundiendo las nieves eternas… Sus enemigos huyeron despavoridos, pero también vieron abrirse la tierra y tragarse en un abismo insondable su país y sus gentes. Donde antes había pastos verdes y frutales, donde antes se hallaba Alandis la Bella y mucho más allá, no quedaba nada, ni tierra, a sus pies se abría un vacío del que no se veía el fondo.
Rojos y azules, recuperados de la catástrofe, del castigo por sus maldades, volvieron a acosarlos. Y los hijos perdidos de Alandis la Bella huyeron de sus enemigos con sus semillas y ganados hacia el Norte, porque al Sur ya no quedaba donde ir y no sabían si aquellos de color negro que les habían acogido en su territorio habían sobrevivido.

La dura travesía del desierto se cobró muchas vidas, pero siguieron buscando una tierra en la que establecerse en paz. Unos pocos acabaron llegando a un oasis. Los Huérfanos de la Ruina Imborrable que desde entonces se llamaron Hurim, se establecieron allí y se multiplicaron”

Halmir continuó:

– Plantaron sus semillas y cuidaron sus rebaños, ajenos a las guerras de los reinos vecinos aunque no a las consecuencias. Nuestros antepasados no comían el fruto de las Palmas Reales por motivos de creencias y tuvieron que acabar amenazando con talarlas, y así hasta nuestros días. Me imagino que vosotros sois descendientes de nuestros comunes antepasados de Alandis.
– Alandis no existe, pero existe Alandia, tierra de flores y frutos, en la que consideran un tabú las tierras contiguas al Muro, o Abismo como decís vosotros. Seguro que te gustaría visitarla.
Llegó el día de la despedida, cuando el primer cargamento de Sicuos partía en las caravanas a las ciudades–reino de Tetrápolis.
Halmir les ofreció unos saltarenas o unos caballos y unirse a la caravana de Hénder pero Fan le respondió
– Preferimos hacer el viaje de vuelta caminando y sin prisas, pero nos han dicho que en el desierto debemos cuidarnos de los tiburones de arena, ¿Realmente son tan peligrosos?
– No es que sean abundantes, y la posibilidad de toparse con alguno es remota aunque no imposible, y si no vais preparados pueden ser peligrosos. Son muy fieros y no hay nada que les detenga, salvo el agua. No pueden soportarla porque, por su constitución salina, se disuelven en ella, es por eso por lo que nadan en la arena y no salen nunca del desierto

Todos los Hurim salieron al desierto a despedirlos, estaban muy agradecidos puesto que sabían que les debían, no solo la vida, sino también los medios de su supervivencia futura.
No tenían más cosas que ofrecerles, el fruto era su única riqueza. Aunque en el momento de partir Halmir le entregó a Fan dos pequeños odres llenos de una bebida ritual de los Hurim, que no era conocida en los reinos, y le dijo.
– Esto es lo más valioso que tenemos y nunca será suficiente para lo que os debemos. Le llamamos Sicuor y lo destilamos del fruto de las palmas. Es algo que mantenemos en secreto porque tiene unos efectos excepcionales que ya tendrás ocasión de ir descubriendo.
Fan los guardó en la mochila mecánicamente, le dio las gracias y Merto, ocupado en organizar a sus compañeros, no supo de su existencia.
La comitiva se puso en marcha tal como habían hecho a la ida; Rubí iba en vanguardia seguido por Fan y Merto, cerrando la marcha Diamante y Esmeralda, mientras Zafiro les sobrevolaba.
Al pasar por el campamento donde habían encontrado a los exploradores de Hénder comprobaron que hacía días se habían retirado a la ciudad y, seguramente, lo mismo habían hecho los de los otros reinos.
Durante las horas de más sol se refugiaban bajo las hojas extendidas de Esmeralda, que aprovechaba para buscar agua enterrando sus raíces lo más profundo que podía.
Había pasado sólo un día de viaje cuando estaban reposando a la sombra de la col y Merto advirtió un extraño comportamiento en Diamante, no parecía aquella pacífica oveja de siempre, su mirada se había enturbiado y se la veía mirar a Esmeralda con apetito. Le acercó un manojo del té de roca y ella lo rechazó, lanzándole un bocado a la hoja más próxima de la col, suerte que Merto pudo sujetarla pero se necesitó la ayuda de Fan para inmovilizarla e impedir que mordiera a Esmeralda.
Fan le hizo tomar una infusión de varias hierbas tranquilizantes sin resultado, luego probó con una tisana somnífera y tampoco sirvió de nada, por lo que no tuvieron más remedio que maniatarla, amordazarla y meterla dentro de la mochila para poder seguir el viaje.
Al tercer día Zafiro bajó alarmada mientras que, con la mirada, señalaba a lo lejos en dirección al Este. Todos se quedaron quietos y con la vista fija en la lejanía. Finalmente Fan creyó percibir una ondulación de la arena que se iba desplazando hacia ellos.
Recordando las indicaciones de Halmir, buscó en la mochila uno de los odres de agua; pero pensó que, si la gastaban para protegerse del tiburón, podría faltar para el resto del viaje. Entonces sacó la bobina de hilo de seda y la capa de los Telares de Cipán.
Preparó una lazada corrediza con dos cabos que sujetaron él y Merto, dejaron como cebo al resto de los compañeros, tendieron el lazo y se taparon con la capa.
Al poco vieron llegar la horrible cabeza del tiburón, semejante a un perro pero con el morro largo y ahusado.
El cuerpo era fusiforme muy estilizado, podríamos decir “arenodinámico”, y con cuatro filas de aletas ondulantes como las patas del ciempiés, lo que le permitía nadar en la arena como si fuera agua. Cuando se acercaba al grupo que formaban Rubí, Esmeralda y Zafiro, Fan y Merto sujetaron fuertemente los cabos de la seda y cuando el tiburón llegó al lazo tiraron con fuerza y quedó sujeto por el afilado morro. A una seña de Fan subieron todos al lomo del tiburón que se resistió, pero la seda era más fuerte que él y se le clavaba dolorosamente. A partir de aquí el viaje terminó en un santiamén; tirando de un lado o de otro de la hebra de seda, Fan y Merto iban guiando a la fiera que les transportaba a sus lomos hacia los límites del desierto y tirando hacia arriba le impedían sumergirse y así librarse de ellos. Tan pronto vieron las torres de Hénder, Fan abrió el odre de agua y lo vertió sobre el tiburón que se disolvió inmediatamente y todos cayeron en la arena. Tan sólo quedaba como recuerdo de su existencia una doble fila de aguzados dientes de vidrio que Fan guardó con cuidado de no herir a Diamante.
Caminaron la media legua que les faltaba hasta las puertas del castillo, donde fueron recibidos con grandes muestras de alegría. La caravana ya había llegado y se les estaba esperando.
Encontraron a Gontar, y Fan le contó lo que le había pasado a la oveja. Le explicó las hierbas que le había hecho tomar sin resultado y Gontar le dijo.
– Está claro que le ha afectado aquel trébol y, tal como dices, seguro que guardaba residuos de los hechizos que se derrocharon irresponsablemente en las Guerras Mágicas. Como no sé cuál fue el hechizo causante del problema voy a intentar un contrahechizo de amplio espectro a ver si da resultado. 

Sacaron a Diamante de la mochila y le dieron un bebedizo que había preparado Gontar. Cuando la soltaron se encaramó de un salto en la roca más cercana y comenzó a devorar con ganas una gran mata de aquel té que tanto le gustaba.
Una semana duraron las fiestas en el reino de Hénder para celebrar la vuelta del fruto; Diamante la oveja se atiborró de aquel raro té de roca, Rubí el lobo quedó ahíto de pan con queso, pero no de un queso cualquiera sino de los quesos más variados, desde los más tiernos a los más curados, Esmeralda la col enchufó sus raíces en el jardín de Palacio chupando de aquel suelo, espléndidamente abonado con estiércol natural y sazonado con nitratos variados, y Zafiro la mariposa, se dedicó a polinizar los jardines libando aquí y allá, dejándolos casi tan lucidos como los de Alandia.


REGRESO Y PARTIDA parte 1

el próximo jueves

miércoles, 7 de diciembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 3 (Retorno a Hénder) parte 1

 Los relatos de sus aventuras ya se los saben de memoria, 
desde su amigo Merto hasta el último habitante de la aldea. 
Su amigo Merto quiere participar de sus aventuras y acaban 
emprendiendo un corto viaje, pero más tarde una visita 
inesperada les embarca en una nueva aventura


Relatos de Hénder Libro 3
 Retorno a Hénder parte 1




En los primeros días después de su regreso de Hénder, Fan y sus compañeros descansaron de las penurias pasadas en aquel desierto. Mientras tanto Merto anduvo ocupado con la cabeza del pájaro–martillo. Era de tal dureza que ni las más afiladas herramientas hicieron mella en aquella especie de pico, lo único que pudo hacer fue vaciar las cavidades por las que se unía a la cabeza y fijar allí un mango de madera, dando por resultado un martillo de lo más extraño, pero no le encontró otra utilidad y tampoco es que sirviera mucho como martillo dado su escaso peso.
Como estaban en tiempos de esquileo, Fan separó la lana de Diamante de la del resto del rebaño y encargó que la hilaran y que tejieran luego una manta para sus próximos viajes, puesto que ya contaba con no permanecer demasiado tiempo parado.
En aquellas veladas de verano, tomando el fresco a la puerta de su casa, como todos los vecinos, Merto escuchaba embelesado a Fan contar una y otra vez sus aventuras y lo que más le entusiasmaba era la descripción que hacía del mar.
– ¡Háblame del mar otra vez! Y de lo grande que es
Fan que ya estaba un poco cansado de repetirle lo mismo, le dijo
– ¿Quieres saber cómo es el mar?, pues lo vas a ver por ti mismo. Ve preparando todo lo necesario que mañana temprano salimos para Puerto Fin
Al día siguiente, bien provistos de comestibles y agua por si no encontraban por el camino – total en la mochila ni ocupaban sitio ni pesaban – se pusieron en marcha.
Diamante la oveja, Rubí el lobo, Esmeralda la col y Zafiro la mariposa se habrían sumado a la expedición, pero Fan les convenció de que era mejor que se quedaran allí puesto que pretendían no llamar demasiado la atención entre la gente de Puerto Fin.
Aquel pueblo costero se encontraba al sudeste de Pascia, pero como el país era tan pequeño y ellos iban enfrascados en la contemplación del paisaje y en el enésimo relato de lo grande que era el mar, no advirtieron el paso de los días y cuando quisieron darse cuenta ya estaban allí.
Era un bonito pueblo pesquero, con una pequeña playa y un embarcadero de madera donde estaban amarradas dos barcas, puesto que el resto se encontraba faenando en alta mar. Su economía se basaba básicamente en la pesca siendo el principal proveedor de la capital, Pascia.
En el embarcadero, dos mujeres estaban ocupadas en remendar unas redes de pesca.
Fan, al contemplar aquel inmenso mar que se perdía en el horizonte, sin tener una isla como la de Cipán para romper la infinitud, quedó sorprendido, aunque no tanto como la vez que pudo verlo desde la senda de No Tan Lejano a su regreso del primer viaje. El Gran Lago, comparado con aquello, era una charca
Merto llegó hasta el extremo del embarcadero y se quedó extasiado contemplando cómo el mar se perdía a lo lejos y se confundía con la raya del horizonte. Le costó mucho a Fan arrancarlo de allí y llevarlo a la Posada para descansar, pero al fin lo consiguió.
Aquella noche cenaron en la posada un guiso de pescado con patatas que les entusiasmó.
– Lástima que no podamos llevar de este pescado a nuestra aldea, porque nos gustaría saber cómo se cocina y poder invitar a nuestros paisanos.
– No se preocupen porque este pescado está en salazón y se conserva muy bien. Pueden llevarse cuanto quieran y ahora mismo les explico la receta.
Así lo hizo el posadero y les vendió unos cuantos lomos gruesos que Fan guardó en la mochila. En ese momento descubrió el capullo de seda de Zafiro que había olvidado allá adentro y pensó que habría que intentar hacer algo con él.
A la mañana siguiente llevó el capullo al puerto y dirigiéndose a una de aquellas mujeres que reparaban las redes le dijo, alargándole el capullo de seda.
– Buenos días, mi nombre es Fan, vengo de la aldea de Aste y quisiera saber si se puede hacer algo con esto
– Buenos días, yo me llamo Andrea. Déjeme que le eche un vistazo
Se estuvo un rato mirándolo y sopesándolo con detenimiento, se detuvo en el orificio por donde la mariposa había salido y finalmente le dijo.
– Nunca había visto nada igual, este capullo de seda es algo extraordinario. Siempre he sido aficionada a la cría casera de los gusanos y me las apaño muy bien hilando y tejiendo, pero debe saber que cuando se deja crecer la mariposa y abre el capullo, el hilo se rompe y no se puede aprovechar. De todos modos, el tamaño de éste es tan grande que, aunque los hilos estén rotos puede que su longitud permita poder torcerlos para formar hebras, tal como sucede con la lana de las ovejas. Si me lo deja probar, mañana le podría decir si se puede hacer algo.
– Muchas gracias, mañana volveré.
Aprovechando que estaban en el puerto y tenían todo el día por delante, tomaron una barca de remos y Fan, que ya había practicado en el Gran Lago, llevó a Merto en un largo paseo aprovechando que el mar estaba en calma.
Al día siguiente volvieron al puerto y allí les esperaba Andrea que, tan pronto se acercaron, les dijo.
– Después de retirar la borra que todos los capullos tienen en su interior, la seda aprovechable que queda viene a ser de un par de libras, lo que es mucho. He sacado unos cuantos hilos, y aunque rotos son lo bastante largos para poder torcerlos e hilar y sacar una hebra fina, ligera y muy resistente. Mire, aquí tengo una muestra de lo que se puede hacer.
Y le entregó una larga hebra de seda del grueso de una de lana de un solo cabo. Fan y Merto tiraron de los extremos y fueron incapaces de romperla.
– Andrea ¿podía hilarse una hebra como esta pero de unas cien varas de largo?
– De esa medida, no una sino muchas más, tenga en cuenta que el hilo es muy fino y cunde mucho
– Entonces ¿podría prepararme un ovillo de esa medida?
– ¿Y qué hago con lo que sobra?
– Pues pienso que podría anudarme una red como las de pesca.
– ¿De qué tamaño?
– Lo más grande que salga con la seda que hay.

– Por mi parte estoy a tu disposición, aunque eso puede tardar unos meses.
– No importa, ya volveremos por aquí.
Regresaron a su aldea y con el pescado en salazón y abundantes patatas prepararon aquella receta que les contó el posadero e invitaron a todos los vecinos. Fue una fiesta que recordarían muchos años.
Durante unos meses la vida transcurría en Aste tranquila pero aburrida, tanto Fan como Merto estaban impacientes por regresar a Puerto Fin .
Al fin llegó el momento de ir a buscar la red y el hilo, y cuando llegaron todo estaba a punto. Andrea le entregó un pequeño paquete con la red, que extendida medía unas seis varas por lado, y una bobina con la hebra que había encargado.
En la Posada cargaron con una buena provisión de pescado salado y marcharon tan contentos a casa.
Ya, en Aste volvieron a reunir a los vecinos en un banquete aún mayor que la primera vez y todavía les quedó mucho pescado sin desalar.
Entretanto Rubí había reunido a Rayo y a los demás perros de Fan y les había enseñado a cuidar del rebaño y a hacerse obedecer por las ovejas, para lo que contó con la valiosa colaboración de Diamante, que logró convencer a sus compañeras de no ser tan obtusas y que fueran obedientes, haciendo todo lo que les ordenasen los perros pastores. Con todo esto Fan se liberó de cuidar el rebaño y se pudo dedicar al estudio, recolección y preparación de las plantas que el mago Gontar le había enseñado.
Esmeralda era la única del grupo que no hizo gran cosa, se clavó en el huerto bien abonado y allí se estuvo a sol y sereno todo aquel tiempo sin que apenas se notara su presencia, salvo cuando perdía alguna de sus hojas exteriores por el crecimiento de las interiores, ya que se formaban unas enormes comitivas de hormigas y otros insectos que troceaban las hojas y las retiraban a sus galerías, dejando la zona libre de residuos.
Zafiro solía hacer vuelos de exploración y se conocía ya todos los alrededores en unas cuantas leguas a la redonda.
Merto, que era un experto en cuchillería, hacía unas hojas tan afiladas que podían cortar la niebla.
Y así transcurrían los días en Aste, hasta que un día llegó volando un cuervo negro como la noche más negra, se acercó a casa de Fan y se coló por la ventana, como hiciera aquella vez en la Casita del Mago. Fan le miró sorprendido pero el cuervo dejó caer en la mesa un papel que portaba en el pico y echó a volar.
En el papel se podía leer una misiva del Mago Gontar que decía:

“Necesitamos tu presencia en Hénder. Un grave problema amenaza al reino y a mi mismo, un problema al que la magia no puede hacer frente y sólo el valor, la imaginación y la inteligencia pueden vencer. Ven pronto”


Fan y Merto no remolonearon lo más mínimo, cargaron en la mochila unas pocas provisiones y agua para el viaje y, como aún les quedaba pescado salado, añadieron un buen saco de patatas y emprendiendo el camino acompañados por Diamante, Rubí, Esmeralda y Zafiro.
Los perros pastores, bien adiestrados, se quedaron con el rebaño.
Con Zafiro sobrevolando al grupo, llegaron al Río Far y atravesaron el puente, cruzaron el Páramo Gris y sin nada digno de resaltar, al cabo de cinco días desde la partida, llegaron a Alandia.
Tal como le había prometido el Jefe de los Jardineros, les consiguió una audiencia con el Rey Mirto II.
– Bienvenido, hace mucho tiempo que esperaba tu visita – dijo el Rey.
– Majestad; pensaba pasar por aquí cuando regresé del Norte, pero nos desviamos de la ruta y tuvimos que atravesar un gran desierto
– ¡Ah!, debe ser el Desierto de Oms. Sí que es duro, sí; al menos eso es lo que cuentan los de las caravanas que a veces llegan aquí desde Sirtis.
– Mi intención era informarle sobre la ruta hacia el Norte y puedo decirle que las leyendas sobre aquellos territorios no tienen fundamento. Hasta llegar a unas montañas algo difíciles de salvar hay amplias extensiones de buen terreno llano con ricos pastos y abundante agua.
– Pues te lo agradezco mucho, vamos a ver si intentamos aprovechar esa parte ignorada del reino, seguro que los pastores podrán llevar allí sus rebaños. El norte del país siempre ha sido algo temido, desde tiempo inmemorial ha sido considerado como una zona prohibida y peligrosa.
Así estuvieron departiendo durante unas horas en las que Fan le puso al corriente de sus andanzas por las tierras del Norte y en Hénder.
También tuvieron tiempo de hablar de las aventuras pasadas en Las Montañas Brumosas, los Telares de Cipán y el reino No Tan Lejano, en cuyo momento dijo el rey Mirto.
– ¡Caramba!, ¿Conoces a Nasiano?, yo le conocí en una de esas bodas reales que suelen tener lugar a veces y, guárdame el secreto, ¿Sabes cómo le llamábamos?
– No, majestad

– Pues como sabes tiene una nariz bien prominente; cosa de familia, un signo propio de su estirpe, y todos le llamamos “su real probóscis”. Y hablado de ese muro infranqueable, esa trepadora de la que hablas es algo imprescindible para nuestra supervivencia. Sin ella no tendríamos fuego en nuestras cocinas ni podríamos combatir el frío.
– Pero veo que tenéis cantidad de árboles, madera no os falta.
– Para nosotros los árboles son casi sagrados, especialmente los frutales que son la mayoría de los que tenemos. Por eso no se tala nada, nos basta con plantar una de esas semillas y con la poda de una de esas trepadoras tenemos leña para tiempo.

Finalmente, cuando marcharon, el Rey puso a su disposición una escolta que les acompañaría hasta las montañas y regresarían, para hacer luego de guías a todos los que fueran poblando aquellos territorios.
Fan les pidió a los jardineros unas semillas de la trepadora, por si se veían en la necesidad de usarlas para escalar el Muro del Fin del Mundo, y ellos le dieron además unas semillas de otra planta que dijeron era capaz de arraigar hasta en el desierto más árido.
Al cabo de tres días de camaradería, comiendo de las provisiones que el Rey había hecho preparar y bebiendo en las fuentes y arroyos llegaron sin contratiempos al pie de las montañas y la escolta regresó, dejándolos solos.
Fan sacó de la mochila el ovillo de seda y le entregó el cabo a Zafiro, le dijo que volara hasta la cima y que le diera unas vueltas alrededor de un viejo tejo solitario que allí había, Zafiro pareció entenderlo pues siguió al pie de la letra las instrucciones y así, agarrándose a la hebra, pudieron subir sin peligro de resbalones en el último tramo de lascas de pizarra sueltas.
Fan pretendía que todos, salvo Zafiro que lo hizo volando, se metieran en la mochila. Pero Merto se empeñó en subir por si solo; además de que le daba cierto reparo meterse en la mochila a revueltas con una col, un lobo, una oveja, pescado salado, patatas y muchas cosas más. Al llegar a la cima, Fan señaló a Merto cómo se recortaba en el horizonte la línea del Muro. Estuvieron un rato contemplando el paisaje y descansando de la ascensión, emprendieron luego el descenso del mismo modo como habían subido, agarrados a la resistente hebra de seda salvadora y allí les esperaba Zafiro.
Una vez abajo, Fan abrió la mochila para que salieran los demás y le dijo a Zafiro que soltara del tejo la hebra que había enganchado, lo hizo sin dificultades y así pudo enrollarlo de nuevo y guardarlo en la mochila.
Se internaron en el pinar de los pájaros–martillo y al llegar a aquel claro se dispusieron a pasar la noche, pero como Fan sabía ya lo que podía pasar y no le tomaba por sorpresa, extendió la red de seda que le hicieran en Puerto Fin; era de una malla no muy tupida y tan fina que casi pasaba desapercibida. Entre él y Merto anudaron los extremos a los pinos más cercanos y todos se refugiaron bajo aquel techo que formaba la red.
No se hizo esperar mucho el revoloteo de los pájaros–martillo que, como las polillas a la luz, se lanzaban contra los viajeros, pero con el resultado de que todos los ataques los detenía la red y muchos pájaros quedaron atrapados en la malla como las moscas en la tela de araña. La red resistió los embates y los desesperados aleteos, así Fan y Merto pudieron capturar un buen número de ellos, se guardaron las cabezas y aquella noche ellos y Rubí el lobo cenaron asado y, aunque no eran muy tiernos, se podían comer a falta de otra carne fresca. También les sobró para el día siguiente.
Desde el pinar de los pájaros llegaron al pie del Muro, esquivando las hormigas guerreras, al cabo de dos días y Fan pudo comprobar que habían llegado al mismo lugar del viaje anterior; ya que allí, destacando sobre la pared, se veía el tronco de la enredadera mucho más grueso que un pino, el ramaje que se extendía varias varas de distancia y el verde follaje.
Como ya era tarde decidieron dormir al pie del Muro y comenzar la ascensión bien temprano; Fan ya sabía que en una jornada no llegarían a la cima y que deberían hacer vivac a medio camino, pero al menos no tendrían que hacer más que una noche en lugar de dos si hubieran salido entonces.
Antes de dormirse, Merto le reiteró a Fan su intención de subir por sus propios medios en lugar de zambullirse en aquel sitio oscuro y superpoblado que era la mochila.
Así, bien temprano, se metieron todos en la mochila, salvo Merto que pensaba trepar igual que Fan, y Zafiro subiría volando y ya les esperaría arriba.
Comenzaron la ascensión de tallo en tallo, de rama en rama y, como la trepadora y sus ramificaciones habían crecido mucho desde que Fan subiera por primera vez por ella, esta vez les resultaba más fácil, así como más cómodo les resultó dormir aquella noche, puesto que el mayor grosor de las ramas daba lugar a un lecho más amplio.
A última hora del segundo día acabaron por coronar la alta pared y llegaron agotados al prado donde Zafiro les esperaba.
Después de hacer salir de la mochila a Diamante, Rubí y Esmeralda y cenar frugalmente, se tendieron en el prado y durmieron profundamente, pese al continuo croar de las ranas, hasta el día siguiente. La ascensión había sido dura, ya no les quedaban muchos ánimos para seguir en camino y el cansancio era mucho para que unas ranas les perturbaran el sueño.
Bien de mañana siguieron aquella senda que Fan había recorrido junto al Mago. Esta vez el viaje hasta Hénder se le hizo a Fan más largo que la vez anterior, tal vez por la impaciencia por descubrir la causa de aquella petición de ayuda de Gontar. Y cuando, al cabo de siete monótonos días, llegaron al puente levadizo del castillo, ya estaba el mago esperándoles. Los centinelas les había avisado tan pronto les vieron aparecer a lo lejos, y es que formaban el grupo más pintoresco e inconfundible que jamás se había visto.
Se saludaron con alegría, si es que se puede asociar a la alegría el movimiento de cola de un lobo, los suaves topetazos de una oveja, las hojas abiertas de una col o los revoloteos alocados de una mariposa gigante. Fan presentó a Gontar y Merto y acto seguido marcharon al salón del trono en el que el Rey les estaba esperando.



RETORNO A HÉNDER parte 2 

el próximo jueves

jueves, 1 de diciembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 2 (En busca de Hénder) parte 2

 . 
En esta segunda parte Fan, tras pasar por la 
montaña de pizarra y los pájaros-martillo,  
llega hasta el pie del Muro del Fin del Mundo 
¿Logrará salvarlo? ¿Qué encontrará arriba?

En busca de Hénder parte 2






Por fin llegó al pie del Muro, era una pared de roca tan alta que no alcanzaba la vista y que se perdía a derecha e izquierda.
Durante lo que quedaba de aquel día y otros dos más que le siguieron, trató de encontrar un punto en donde el muro fuera vulnerable, alguna cornisa, alguna senda, aunque tuviera que dar mucho rodeo. Lo recorrió a derecha e izquierda con resultados infructuosos; pero, siempre animoso y confiando en su buena estrella, no desesperó.
Al tercer día de su estancia al pie del Muro, decidió tomarse un respiro para, en días sucesivos, extender sus exploraciones aún más lejos en ambas direcciones. Si no conseguía salvar aquel obstáculo, y aunque lo consiguiera, no lo tenia muy seguro porque se estaba quedando sin provisiones y tendría que regresar. Sólo le quedaba la posibilidad de sobrevivir capturando unos cuantos pájaros martillo, pero no desfallecía aunque el pan ya era casi una roca y el queso también. Se fijó un límite para abandonar, no pasaría del día siguiente si no quería morir por inanición.
Se dispuso a cenar y dormir aquella última noche, buscó en su zurrón un poco de pan y queso, no le apetecía nada más aunque tampoco tenía mucho más, y se fue a dormir; pero cuando buscaba en el zurrón las últimas migajas, sin darse cuenta, se le cayó al suelo una de aquellas semillas que le habían regalado en Alandia.
Al despertar, una enredadera gruesa como un brazo y tan alta que se perdía de vista trepaba por la pared de roca. Fan se encaramó a la enredadera y, de hoja en hoja, de nudo en nudo, comenzó a subir; la altura era tanta que tuvo que parar dos veces a hacer noche tapándose con unas hojas y atándose a una rama para no caer, pero finalmente llegó a lo más alto. Durante su escalada había corrido el riesgo de probar, a falta de otra cosa, las hojas de aquella enredadera y por fortuna no eran de mal comer y tampoco le sentaron mal, por lo que hizo una provisión de hojas en su zurrón vacío. Al llegar arriba esperaba encontrarse con el Fin del Mundo, un agujero inmenso, la nada, algo inconcebible, pero llegó a un hermoso prado como la palma de la mano. A lo lejos se podían divisar bosques, montañas y un horizonte, tan lejano que parecía no acabarse nunca; aquello parecía otro continente, más grande que el único conocido por él.
A sus pies, un manantial daba lugar a un arroyuelo que se perdía en la distancia; bebió un sorbo de aquella fuente, el agua era límpida y fresca, y se disponía a seguir el cauce, confiando en llegar a alguna población, pero como ya oscurecía hizo noche junto a la fuente.
El agua ya no era problema; el problema eran las provisiones. Ya no le quedaba nada más que las hojas que había recolectado de la trepadora, pero aquello no era una dieta adecuada y no sabía cuantos días tardaría en encontrar otros comestibles. Aquel manantial y el arroyo a que daba origen estaban poblados por una especie de ranas que se alimentaban de los muchos insectos que pululaban cerca de las aguas. Fan conocía las ranas de Aste y aquellas no parecían muy diferentes, el problema era encontrar material para hacer una fogata y asarlas.
A lo lejos había un bosque, y la falta de alimentos le obligó a hacer una buena caminata para acarrear unas cuantas ramas secas, pero encontró también unos arbustos cargados de bayas y se arriesgó a probarlas. Estaban buenas y, aunque no sabía si eran tóxicas o no, recolectó todas las que pudo y arrastró unas cuantas ramas con las que hizo una fogata en las que pudo asar unas ranas y cenar hasta saciarse. Aprovechó para ahumar otras ranas más para los próximos días si no encontraba otra cosa, las envolvió en hojas de trepadora, y durmió como hacía días que no había dormido.
Se despertó sin ninguna molestia digestiva, las ranas y las bayas eran buenas y, bien temprano, se puso en camino siguiendo el arroyo a falta de senderos, parecía un lugar virgen, no hollado nunca por nadie.
Ya comenzaba a declinar el sol cuando, a lo lejos, un bulto se movía lentamente de aquí para allá. Como medida de precaución se cubrió con la capa de seda, desapareciendo de la vista, y se acercó. El que por allí vagaba era un anciano de largas barbas que, encorvado, iba cortando plantas medicinales con una hoz de plata en forma de luna creciente, pero de la segunda luna.
Fan, confiado por el aspecto inofensivo del anciano, se quitó la capa y le dijo:
– Buenos días, señor.

El anciano se volvió sorprendido y respondió:
– ¿Quién eres tú y qué haces por aquí?
– Me llamo Fan, vengo de muy lejos, estoy buscando un mago pero no conozco el país y no sé donde podría encontrarlo.
 

– Pues si me acompañas seguro que das con el que buscas.
Hicieron noche allí mismo y compartieron las menguadas provisiones que cada cual llevaba en su zurrón, descansando luego sobre el blando pasto.
Y así siguieron su camino, el anciano cortando plantas, algunas de las cuales Fan conocía muy bien, mientras tanto, le iba contando sus aventuras con la princesa y las piedras encantadas, así como el modo en que había llegado allí.
– ¿Se puede saber qué es lo que esperas de ese mago? 

– Le traigo la Corona de Hénder y sólo deseo que me devuelva mis compañeros de viaje; la oveja, el lobo, la col y el gusano.
El anciano perdió totalmente su aspecto inofensivo, se irguió de tal manera que era mucho más alto que Fan, que se asustó mucho, y le dijo.
– Yo soy Gontar ese mago autor de aquel encantamiento
– Perdón, señor, no quise molestarle y la princesa Saturia me enredó con su historia.
 

– No te preocupes, ya se merecía una lección esa engreída y cargante princesa y tú me has dado una alegría porque ahora ya sé cómo la pusiste en su lugar. Ahora me alegro mucho de que me hayas traído la Corona porque la necesito para deshacer otro encantamiento. Eso es lo que esperaba cuando formulé el conjuro.
– ¿De qué se trata? ¿Qué encantamiento? 
– Artifax mi maestro, que fue un malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto, convirtió en piedra a todo el reino de Hénder y dejó la corona de tal manera que yo la pudiera encontrar. Pienso que su deseo era que fuera yo, su alumno más aventajado, el que algún día rompiera el hechizo. La corona estaba en la cabaña que teníamos junto a las montañas, pero yo no podía traerla directamente, tenía que traerla a Hénder alguien ajeno a la magia, así que hice los encantamientos necesarios para que algún valiente encontrara las pistas y fuera tan atrevido e ingenioso que consiguiera hacerme llegar la corona. Y resulta que el valiente has sido tú, bienvenido.
– Y ¿Cómo es que siempre estaba yo allí en el momento oportuno? No me explico que llegara cuando iban a matar al lobo, hervir a la col o capturar al gusano.
– Porque fuiste el primero en salvar de peligro a una piedra, tu oveja, y porque la magia tiene esas cosas raras que hasta a mí, un mago profesional, no dejan de sorprender.

Con la mayor camaradería, contádose sus experiencias, sus aventuras y algunos de sus secretos en los días que siguieron, continuaron su camino hasta llegar a la capital del Reino de Hénder. Se encontraba ésta en la parte más meridional del Continente Norte. Una población de calles estrechas, con casa de piedra cubiertas de hiedra y de hierbas de años y coronado todo por un imponente castillo de recias torres almenadas también cubiertas de verde.
Las calles estaban quietas pero no desiertas. Había por doquier personas y animales; a Fan le sorprendió el color de la piel de los habitantes de Hénder ya que nunca había visto a nadie de un color tan negro como el carbón, pero más le sorprendió verlas en las más variadas posturas y actitudes, ya que todas estaban petrificadas, como si de una ciudad de juguete se tratara.
Llegaron al Castillo donde, tanto los alabarderos que custodiaban las portadas, como la servidumbre, permanecían inmóviles y pétreos.
Al entrar al polvoriento Salón del Trono descubrieron a los reyes en su sitial, la Reina con una mirada de asombro en su rostro de piedra y el Rey con la mano alzada como queriendo proteger su corona, corona de la que estaba desprovisto.
El mago le pidió la corona a Fan y, acercándose al trono, la colocó sobre la regia testa.
En aquel momento el Rey movió su mano, rompiendo las telas de araña que la unían al respaldo del trono, rápidamente agarrando el brazo del mago, como si el tiempo no hubiera pasado desde el momento en que Artifax el maestro del mago le arrebatara la corona y se cumpliera el hechizo.
El mago le dijo:
– Majestad, yo soy Gontar, no soy Artifax, aquel malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni Vos ni yo tenemos nada que hacer al respecto. Él os encantó, así como a todo vuestro reino, convirtiéndoos en piedra pero, con la ayuda de este joven, acabo de romper el hechizo. Este joven me trajo la corona que os arrebató Artifax y ahora ya la volvéis a tener nuevamente.
– Os estamos muy agradecidos –
dijo el Rey – y como recompensa tú serás a partir de ahora el mago real y mi principal consejero; en cuanto a este joven, que pida lo que quiera y, si es razonable, le será concedido.
– Gracias Majestad – dijo el mago – me siento muy honrado por vuestra confianza 

– Gracias Majestad – dijo Fan – os voy a pedir lo mismo que al Rey Nasiano V del reino No Tan Lejano, me conformo con vuestra corona y que el mago me devuelva mis compañeros de aventuras.
El Rey se envaró al oír aquella petición. No podía prescindir de la corona porque podría volver el hechizo.
– No temáis Majestad – dijo el mago – esa corona para Vos es igual que cualquier otra; el hechizo no puede volver y aún menos si Vos entregáis la corona voluntariamente y no os es arrebatada.
El Rey ordenó a los lacayos que, le rodeaban 
sorprendidos, que le trajeran del Tesoro Real otra corona aún más suntuosa, se la cambió y entregó a Fan aquella de las cuatro piedras.
Fan se la pasó al mago y éste, formulando unas palabras ininteligibles, separó fácilmente las piedras, las depositó en el suelo y, a un gesto suyo, se transformaron: El aro de la corona volvió a ser un aro de hierro oxidado, y las piedras volvieron a ser la oveja, el lobo, la col y el gusano.
La actividad, tanto en la Ciudad como en el Castillo fue muy intensa: limpiando el polvo, las telarañas y las plantas invasoras, pero nada impidió unas grandes celebraciones. Una semana duraron las fiestas en el reino de Hénder, que el rey Melanio XXII dispuso fueran de lo más fastuoso, para celebrar el fin del hechizo.
La oveja se atiborró de aquel raro té de roca que, en Hénder, crecía por todas partes, el lobo quedó ahíto de pan con queso, al que se había habituado en su primer viaje con Fan, pero no de un queso cualquiera sino de los quesos más variados, desde los más tiernos a los más curados, durante tanto tiempo petrificados en las bodegas del castillo. La col enchufó sus raíces en el jardín de Palacio chupando de aquel suelo espléndidamente abonado con estiércol natural y sazonado con nitratos variados, y el gusano, a falta de moreras, resultó el mejor cortacésped, dejando los jardines del Castillo como un jardín de los del Reino de Alandia, donde la más mínima tierna brizna que asomaba era devorada de inmediato.
Durante esa semana el mago le enseñó a Fan los secretos de las plantas; muchas que él ya conocía y unas cuantas para él desconocidas y de las que también le explicó su preparación y efectos.
Un día Fan reunió a sus compañeros y les dijo:
– Ya creo que es tiempo de llamaros a cada uno por vuestro nombre; eso de lobo, oveja, col y gusano no me parece que esté bien entre amigos, Lunar ya lo tiene pero los demás no, hasta los perros y las ovejas de mi rebaño tienen nombre. Cuando os conocí no se me hubiera ocurrido qué nombre poner a cada cual, pero desde la escena de la cabaña del mago lo tengo bien claro. Os llamaré por el nombre de las piedras preciosas que realmente sois. Así que, a partir de ahora; Lobo se llamará Rubí, Oveja será Diamante en lugar de Lunar, Col se llamará Esmeralda y Gusano será Zafiro.Aunque ninguno dijo nada, pareció que lo aceptaron de buen grado. Sólo Diamante dijo:
– Beeee

Y  Fan interpretó que había querido decir
– Bien
Pero llegó el momento de la despedida y el mago Gontar le entregó a Fan un regalo que le podría ser muy útil; se trataba de la mochila TodocabeNadapesa, que Fan se encargó de cargar con abundantes provisiones y agua. El rey también le entregó algo desconocido. Se trataba de una larga cadena formada con anillas de distinto color, oro, plata y latón. Se trataba de la moneda habitual en los cuatro reinos y cada anilla tenía un valor. Fan le dio las gracias y la guardó en la mochila pensando en que podría quedar decorativa en su casa ya que no pensaba volver nuevamente y necesitarlas. Se despidieron del rey y del mago y, no sin pena, con sus cuatro compañeros, regresó por donde había llegado a Hénder.
Hasta llegar al Muro del Fin del Mundo todo el camino fue cómodo y casi aburrido, aunque a Fan se le antojó mucho más corto que a la ida; tal vez el reencuentro y la expectativa de nuevas aventuras le daban al viaje una alegría especial.
Cuando llegaron al borde del Muro, Fan se asomó buscando por todas partes la trepadora, pero no aparecía por ningún lado, tal vez se había secado, o había caído, o bien se habían desviado del lugar por donde había subido. El fondo no se distinguía y se retiró porque ya comenzaba a sentir vértigo. Tampoco pudo encontrar por los alrededores aquella fuente, el riachuelo que formaba, ni se escuchaba el croar de las ranas.
- Y ahora ¿cómo bajamos? - pensó
Dejó caer otra semilla Muro abajo para ver si brotaba otra enredadera y podían descender por ella, pero al día siguiente no había ni rastro de la planta, tal vez había caído sobre una roca o bien se la había comido algún pájaro. Lo intentó varios días y en lugares distintos sin resultado.
– Podríamos explorar a los dos lados por si encontramos la trepadora ¿qué os parece?, pero no os alejéis demasiado.

Y los envió por parejas a derecha e izquierda siguiendo el borde del Muro. Rubí y Esmeralda marcharon hacia la derecha, Diamante y Zafiro hacia la izquierda. Inconscientemente se habían emparejado así, tal vez porque temían que después de tanto tiempo afloraran los viejos instintos. A la caída de la tarde regresaron con signos visibles de no haber tenido éxito.
Estaba ya desesperado de poder regresar a su tierra cuando, una mañana, vio que Zafiro hacía una resistente hebra de seda y le daba vueltas a una gruesa roca, dejándola fuertemente amarrada; a continuación se dirigió al borde del Muro y, con gran susto de Fan, se dejó caer.
Al verlo desaparecer, corrió al borde del muro y se asomó, viendo aliviado como bajaba lentamente hacia el invisible fondo, dejando tras si una fuerte hebra de seda.
Abriendo la mochila TodocabeNadapesa hizo entrar a Rubí, Diamante y Esmeralda y, colgándosela a la espalda, se agarró a la seda y se dejó deslizar. Tenía que parar de vez en cuando porque de la fricción le quemaban las manos y los pies que hacía servir de freno pero, antes de la noche, ya tocaba tierra al fondo del Muro, donde encontró a Zafiro esperando y comiendo hierba para reponer energías.
Hizo salir a todos de la mochila y aquella noche durmieron tranquilamente al pie del Muro.
Con las primeras luces del alba, Fan se despertó, asomó la cabeza por entre los pliegues de la capa en que estaba arrebujado y echó un vistazo en derredor.
Rubí y Diamante, estaban profundamente dormidos, uno contra el otro, como si Rubí buscara el calorcillo de la lana, puesto que la noche había sido fría.
Esmeralda estaba en pie, con las raíces más finas clavadas en tierra y Fan supuso que estaba alimentándose.
Mirando hacia donde había quedado Zafiro, quedó desagradablemente sorprendido, porque no estaba allí,
– ¿Dónde puede estar? 

Un bulto ovoide de color blanquecino, a la tenue luz del amanecer, colgaba de la rama más baja de un roble, se aproximó y aún pudo ver a través de las hebras a Zafiro afanado en tejer un capullo, aunque todavía no lo había terminado.
– ¡Así que era eso!, ¿te ha llegado el momento de la metamorfosis? 

Recordaba muy bien todo lo que había visto en los Telares de Cipán, se armó de paciencia y se dispuso a esperar a que acabara el proceso.
Durante los dieciséis días que tardó en eclosionar; Fan se dedicó, acompañado por Rubí, a cazar conejos y algún que otro cinguo y, sobre todo, a descansar.
– Ya vendrán peores momentos y, por lo menos, que nos pillen descansados y bien comidos.
Una vez desecada la carne al humo de roble y plantas aromáticas, lo guardaba en la mochila con las otras provisiones traídas del Reino de Énder y el saco de té de roca que había guardado para Diamante por si no encontraban a lo largo del camino.
Con algunas pieles de conejo, de las que había cazado Rubí y que procuró sacar enteras, consiguió curtir con las agallas de los robles que allí abundaban y preparar unos odres que llenó de agua del manantial más cercano y los echó en la mochila.
Mucha paciencia hizo falta, hasta al cabo de dieciséis días en que se rasgó el capullo y apareció una mariposa del tamaño de Fan y con tres varas de envergadura de alas. Extendió las alas a secar y para endurecerlas y al rato se alzó en un majestuoso vuelo.
El equipo, por fin volvía a estar completo, aunque un poco cambiado.
Fan guardó cuidadosamente el capullo vacío.
– Nunca se sabe para lo que podrá ser útil 

Y, echándose la mochila al hombro, se puso en camino seguido por Rubí, Diamante y Esmeralda, ya que la mariposa que ahora era Zafiro planeaba por encima de ellos.
Se orientó al Sur, buscando llegar a Alandia. Esperaba pasar por el bosque de los pájaros–martillo y cazar alguno más para comer. No es que fueran un manjar apetitoso pero podía calmar el hambre complementado con algo fresco.
Al siguiente día, pensó que no tardarían en ver el bosque, con la montaña de pizarras al fondo; pero la vegetación comenzó a escasear y el suelo se fue volviendo arenoso, el calor comenzaba a ser agobiante y no tardaron en tener que salvar algunas dunas que anunciaban la proximidad de un desierto.
– Efectivamente, ya me lo temía yo, nos hemos desviado del punto por donde escalé el Muro y por eso no encontramos la trepadora ni la fuente, ¡a saber dónde vamos a ir a parar!

Pero la cosa ya no tenía remedio, había que seguir hacia el Sur porque confiaba en que, más tarde o más temprano, acabarían llegando a algún lugar conocido o habitado.
La travesía del desierto fue muy penosa; no siempre podían seguir en línea recta hacia el sur porque debían dar rodeos, a fin de sortear algunas altas dunas, y eso hacía que el viaje se prolongara mucho más de lo necesario.
– Afortunadamente tenemos provisiones y agua suficiente, espero que se acabe pronto este desierto.
Procuraban viajar de noche, para evitar las horas más fuertes de sol. Durante el día, Esmeralda clavaba sus raíces lo más profundo que podía, extendía sus hojas y a su sombra se refugiaban todos hasta que el sol flojeaba, mientras tanto ella debía encontrar agua en las profundidades puesto que nunca se la vio mustia en todo el camino.
Zafiro, tan pronto bajaba algo el sol, alzaba el vuelo, miraba a todos los puntos cardinales y se lanzaba rápidamente, unas veces en dirección Este y otras Oeste, regresaba al cabo de unas horas, cuando ya oscurecía, con aspecto de haberse saciado libando copiosamente.
Fan y Rubí iban dando cuenta de las galletas, el queso y la carne que habían ahumado, mientras que Diamante tenía bastante con unos tallos de aquel té de roca.
Ya llevaban muchas jornadas caminando y las reservas de agua comenzaban a escasear.
El día en que se agotó toda el agua Zafiro alzó el vuelo, como de costumbre, y en lugar de volar hacia Este o hacia Oeste, se lanzó en dirección al Sur y eso consoló a Fan por la falta de agua
– Si la comida más cercana para ella está hacia el Sur, es señal de que este maldito desierto se está acabando

Pero no se acabó al día siguiente y la sed apretaba, tampoco al segundo día había señales de encontrar alguna fuente o riachuelo; cierto es que el desierto había cambiado, era más pedregoso y menos arenoso, y se comenzaban a ver algunos matorrales resecos, pero ni rastro de agua.
Súbitamente Esmeralda interrumpió su marcha y se clavó en la arena, todos tuvieron un sobresalto y se la quedaron mirando, extrañados por su actitud.
Parecía estar haciendo un esfuerzo sobrevegetal y alargaba sus más gruesas raíces hacia lo más profundo. De pronto dio un salto retirando las raíces, y del hoyo que quedó comenzó a fluir mansamente un hilo de agua, aunque volvía a ser reabsorbida por el terreno.
Todos, salvo Esmeralda y Zafiro, se tendieron por turnos en el suelo y bebieron afanosamente, sin importarles para nada si tragaban arena, hasta que quedaron saciados, luego rellenaron los odres y, aquella noche, renunciaron a seguir caminando. Tendidos en la arena se recuperaron de las penurias pasadas.
A la noche siguiente reanudaron el camino y ya amanecía cuando avistaron el Camino Real que unía Alandia con el Gran Lago. Ahora podrían marchar hacia Alandia y luego seguir hacia la aldea atravesando el Páramo Gris pero decidieron seguir hacia el Sur, campo a través, hasta llegar al Puente del Río Far, y ya desde allí hasta la aldea sólo tardaron una semana, pero ya en terreno conocido el viaje fue coser y cantar.
Su entrada en Aste fue todo un acontecimiento. Merto y todos los vecinos se admiraron con los compañeros de viaje y aún más con el relato de las aventuras, que Fan procuró adornar todo lo que pudo, y aquella noche todos durmieron tranquilos: Fan en el mullido colchón de lana de sus ovejas, Diamante en el redil con sus compañeras, Rubí hizo buenas migas con Rayo y los otros perros pastores, Esmeralda se clavó en el bancal de las verduras, intentando relacionarse infructuosamente con las otras coles, y Zafiro se posó en una gruesa rama de la morera que sombreaba el patio, porque otras ramas no la hubieran aguantado.




RETORNO A HÉNDER parte 1 

el próximo jueves