PÁGINAS RECOMENDADAS

martes, 7 de abril de 2015

La ratita Diogenita

Érase una vez una ratita que no tenía nada de presumida. Un cuento de talla "M", de "Dos docenas de cuentos frescos"





La ratita Diogenita
Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final



Se llamaba Diogenita y ni barría sus escaleritas, ni barría su casita, ni se acicalaba, ni encontró una moneda. Lo único que buscaba y encontraba eran trastos, bolsas de basura, zapatos viejos,... que acababa almacenando en su casita, tenía almacenado tanto y tanto que ya casi no cabía.
Esta ratita recorría todos los contenedores y las papeleras y, como una urraca, se llevaba todo lo que podía cargar.
Cierto día un gallo le propuso matrimonio y ella le invitó a tomar un té en su casita antes de tomar una decisión. Cuando llegó el gallo y vio aquel montón de basuras, comenzó a escarbar esperando encontrar algún gusanito que echarse al pico. Entonces la ratita, ofendida y molesta por que le revolviera sus cosas, lo echó con cajas destempladas.
Otro día le propuso matrimonio un gato y, como sucedió con el gallo, le invitó a tomar un té en su casita antes de tomar una decisión. Cuando llegó el gato y vio aquel montón de bolsas negras, comenzó a arañarlas para afilarse las uñas. Entonces la ratita, ofendida y molesta por que le rompiera sus bolsas, lo echó con cajas destempladas.
Otro día el que le propuso matrimonio fue un perro y, como sucedió con el gallo y el gato, le invitó a tomar un té en su casita antes de tomar una decisión. El perro era muy detallista y decidió hacerle un regalo a la ratita para ganarse su confianza, así que llevaba un hermoso y brillante hueso entre las fauces. Cuando entró en la casita y vio aquel montón de cosas dispersas por el suelo, comenzó a escarbar para hacer un agujero y poder enterrar el hueso, como suelen hacer todos los perros. Y la ratita, ofendida y molesta por que le dispersara sus queridas basuras, lo puso de patitas en la calle.
Pasó el tiempo y, mientras rebuscaba en una papelera, se le acercó un cuclillo, le dijo “CUCÚ” y le propuso matrimonio y, como sucedió con el gallo, el gato y el perro, Diogenita le invitó a unas pastas en su casita antes de tomar una decisión. Pero cuando el cuclillo puso sus patitas en la casita tomó posesión de ella, tal como hizo en el nido en que nació, y echó a la calle a la ratita así como a todas sus pertenencias. Se montó tal montón de basuras en la calle que tuvo que acudir una brigada de barrenderos y se llevaron todo en un gran camión al vertedero municipal. La ratita había caído también en el camión revuelta con toda la basura y allí, en el vertedero, entre montañas y montañas de basuras, bolsas, muebles y electrodomésticos viejos, la ratita fue tan feliz como no lo había sido en toda su vida.

lunes, 6 de abril de 2015

Perfecto Camaleón

Un pequeño cuento de "Dos docenas de 
cuentos frescos", éste de tamaño "S"


Perfecto Camaleón

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

Se llamaba Camaleón de apellido, porque lo era, era un camaleón. Y se llamaba Perfecto de nombre, porque era, de todos los camaleones, el que mejor se sabía camuflar. Tan bien lo hacía que daba clases a los soldados para que se escondieran entre la vegetación y no los viera el enemigo.
Tan hábil era que costaba encontrarlo cuando cambiaba de colores y lo hacía mucho mejor y más rápido que los demás. Los camaleones son muy lentos para caminar y también tardan un ratito en adaptarse a los colores del lugar en que se ponen, pero Perfecto era muchísimo más rápido y en un instante cambiaba de color.
De momento su camuflaje, como el de todos los camaleones, tenía pequeños fallos de color y forma, pero Perfecto hacía todos los esfuerzos posibles para hacerlo mejor que nadie y lo estaba consiguiendo.
Lo hacía tan bien que, en una ocasión estuvo a punto de acabar aplastado. Se había quedado dormido en una silla y alguien que no lo pudo ver casi se sienta en él. A pesar del susto, se alegró mucho porque le estaba saliendo tan bien que nadie le podía encontrar. Pero él siguió intentando hacerlo cada vez mejor y ya no había nadie que pudiera encontrarlo cuando se mimetizaba.
Hasta que un día se escondió tan bien que ni siquiera él mismo fue capaz de encontrarse.
Desde entonces se busca por todos los rincones, por los muebles, en los árboles del jardín y en el tejado pero aún no se ha encontrado, aunque él no se rinde y sigue buscando y buscando por si algún día tiene la suerte de encontrarse, cosa que le dará mucha alegría y mucha pena. Alegría por haber conseguido encontrarse y pena por no haberlo hecho absolutamente PERFECTO.

domingo, 5 de abril de 2015

La camisa del hombre feliz

 



Este cuento, fábula o como queráis etiquetarlo,  se lo oía contar a mi padre hace ya más de setenta años. Yo he intentar darle forma a partir de los pocos detalles que recordaba, (como he hecho con todos los cuentos de tradición oral que me contaban de pequeño) por eso mi versión puede diferir mucho de la conocida por otros. Posteriormente supe que era original de León Tolstoi. 

LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ

Puede escucharse mientras se sigue el 
texto en el vídeo que aparece al pie


Había una vez, en un reino muy lejano, un rey que enfermó de una rara enfermedad. Tan rara era que los médicos más eminentes del reino no eran capaces de diagnosticarla y, además, lo sometían a toda clase de molestos tratamientos: emplastos, cataplasmas, sahumerios, sangrías, infusiones...., sin ningún efecto.
El rey mandó llamar a todos los médicos de los reinos vecinos, con idénticos resultados y el enfermo seguía agravándose.
Cierto día llegó a palacio un anciano que decía conocer la enfermedad y el tratamiento y le hicieron llegar a la cámara real.  Tras someterlo a un breve interrogatorio y examen físico el anciano dijo:
- Su Majestad padece de infelicidad crónica(1) y sólo podrá curarse poniéndose la camisa del hombre feliz.
Reunidos los sabios de la corte, llegaron a la conclusión de que el hombre más feliz del reino debía ser el más rico y mandaron llamar al hombre económicamente más poderoso, pero éste respondió:
- ¡Qué más quisiera yo que ser feliz! pero no descanso, no duermo, siempre estoy preocupado pensando en los ladrones y en lo que me cuestan los guardas que vigilan mis propiedades.
Los sabios propusieron al hombre más sabio de entre ellos que diera su camisa, por cuanto al ser tan sabio debería ser feliz, a lo que este contestó:
- Precisamente, por ser el más sabio, no puedo ser feliz. Cuanto más amplios son mis conocimientos soy más consciente de lo mucho que desconozco y eso me llena de insatisfacción.
Mandaron llamar al hombre más fuerte y saludable del reino creyendo que la salud y vigor físico implicaban la felicidad del poseedor de estos dones, pero les respondió:
-¿Cómo piensan que puedo ser feliz? Para mantenerme sano y fuerte me he de privar de los manjares que más me apetecen, hacer ejercicios extenuantes no pudiendo disfrutar del reposo. Además, sé que esta situación es pasajera, que ya hay jóvenes que pronto serán más fuertes que yo, mientras los años van debilitando el vigor de mi juventud.
Decidieron, entonces, enviar mensajeros a todos los rincones del reino en busca del hombre feliz.
La búsqueda fue infructuosa y, cuando ya estaban de regreso, al pasar cerca de la montaña más solitaria del reino, pararon a descansar descubriendo a un ermitaño que vivía en una cueva en la ladera. Le pidieron agua y el hombre les ofreció compartir los escasos comestibles que tenía. 
Le preguntaron:
-¿Cómo es posible que viva usted en estas condiciones tan miserables y tan solitario?
A lo que el hombre contestó:
- Yo aquí vivo feliz, me conformo con lo que tengo y no necesito nada más.
Los emisarios vieron los cielos abiertos y le dijeron:
- Por favor, nuestro rey está muy enfermo y sólo usted lo puede curar. ¡déjenos su camisa!
Pero ¡Oh sorpresa!  ¡EL HOMBRE FELIZ NO TENÍA CAMISA!.

 (1) lo que hoy día los psicólogos llaman depresión.

Pero no hay que preocuparse por el pobre rey. Como hemos podido leer en el "trascuento" "El pastor y su flauta", al final quedó curado.



sábado, 4 de abril de 2015

Debajo un botón ton ton

Ahora otro "cantocuento" sobre aquella canción infantil tan conocida. Se presenta en formato cuento y soneto y, de propina, unos cortos versos, tan cortos y pequeños como el ratón y tan saltarines y cantarines como el botón rebotando en el suelo. 

DEBAJO UN BOTÓN


Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 

vídeo que figura al pieÍ




Martín tenía que ir a una boda y buscó en el armario el uniforme de gala. Le quitó la funda guardapolvo y lo extendió cuidadosamente sobre la cama para que no se arrugara.
Todo estaba preparado; se puso el pantalón pero, cuando quiso ponerse la guerrera, se dio cuenta de que no se la podía abrochar, le faltaba un botón y además se notaba mucho el hueco en la fila de brillantes botones.
Buscó por el suelo del armario, para lo que tuvo que echar mano de una linterna, pero no encontró ni rastro del dichoso botón.
Miró por si se había soltado el hilo, porque ya se sabe que en las costuras automáticas, si queda un cabo asomando y se tira de él se acaba deshaciendo el cosido. Pero el hilo seguía estando allí, firmemente sujeto a la tela, pero roto, como rozado o roído.
Estuvo buscando en el costurero: aguja, hilo y un botón que hiciera juego, pero no encontró ninguno del tamaño adecuado, ni del color que resultara apropiado y no desentonara. Aquellos botones tan brillantes eran muy difíciles de reemplazar sin que se notara.
Cuando ya estaba decidido a ponerse un traje de paisano, vio algo brillando en un rincón del dormitorio y se acercó a ver qué era aquello, y allí estaba su botón, sólo que se movía poco a poco, lo que le sorprendió mucho. Pero observando más de cerca se dio cuenta de que era un minúsculo ratoncillo que se lo llevaba a cuestas, aunque parecía costarle mucho porque, para él, el botón macizo de latón debía ser muy pesado.
Así que buscó en el costurero un botón más ligero, se lo dio al ratoncillo y recuperó el suyo.
Tuvo que darse mucha prisa en coserlo y acabar de vestirse si quería llegar a tiempo a la boda, porque la búsqueda del botón le había hecho retrasarse demasiado.
Pero, aunque se le hacía tarde, dedicó unos minutos a cortar un buen trozo de queso y ponérselo al ratón antes de salir corriendo para la Iglesia. 


EN UN SONETO

¡Caramba! – lamentábase Martín
no puedo abotonarme el pantalón, 
me falta una presilla y un botón
no pienso ir a la calle con batín

Pero de pronto escucha un gran tilín
por las baldosas de la habitación,
y descubre el botón sobre un ratón,
corriendo con su carga el muy pillín.

Fíjate si sería pequeñín
que podía esconderse en un dedal
si el gato lo buscaba de festín

El botón no le vino nada mal
pues supo, utilizando su magín
no servir de pitanza al animal
Í


Y AHORA UNOS CORTOS Y SALTARINES VERSOS

El botón
del gabán
de Martín
hizo plon,
luego plin,
y el zumbón
del ratón
pequeñín
se coló
de rondón,
o mejor
de rondín.

La ocasión
fue chipén, 
le fue bien
el botín
de latón,
le sirvió
al malandrín
de cubil,
y fetén
para huir
de Minín








viernes, 3 de abril de 2015

La mayor mentira jamás contada

Hace tiempo que se me acabaron los relatos de colaboradores, pero ahora Mercedes me ha hecho llegar éste que publico.

LA MAYOR MENTIRA JAMÁS CONTADA

por: MERCEDES G PUERTA


Buzzz… buzzz… buzzzzzz… La alarma del teléfono sonaba insistente. Laura despertó sobresaltada, acabó con el ruido y sólo entonces recordó que no tenía que levantarse: era el primer día laborable de su vida en el que no debía ir a trabajar. Era un hecho; estaba jubilada. “Jubilada”, se dijo interiormente. No sabía si estaba alegre o triste, pero era una realidad que tenía que afrontar. 
Se volvió a meter entre las sabanas tibias. Había dormido mal durante la noche. Había soñado (o pensado, no estaba segura), pero se sentía cansada, muy cansada. 
Se había visto a sí misma con tres o cuatro años:
-Mamá, ¿por qué sale el Sol? Mamá, ¿por qué se hace de noche? No me gusta, está oscuro. Mamá,¿por qué, por qué, por qué…?
-Laura, déjame en paz y juega con tus cosas. Ya lo sabrás cuando seas mayor. 
Pero sus dudas nunca se quedaban resueltas. Más tarde, con ocho años, la gran desilusión cuando, al llevar su carta a los Reyes Magos e ir a dar un beso a Melchor le tiró sin querer de la barba y, sorpresa ¡se quedó con ella en la mano! ¡¡Qué susto!! A partir de entonces las cosas no fueron iguales, los juguetes ya no se movían por la noche y acabaron perdiendo todo su interés. 
Pasó a leer, primero cuentos y después libros, y entre príncipes y ranas por fin llegó su príncipe. ¡Qué guapo era! Lo vio al salir de clase. La verdad es que no le hizo ni caso, pero no le importó: ya caería, lo importante es lo que ella sentía por él. Y vaya si cayó, sí. Pero fue con otra chica de un curso mayor que el suyo, más mujercita. Odiaba la vida y tenía el corazón roto. Pero aquello también pasó. 
Por fin, terminó la carrera de Derecho, con muy buena nota. Nunca le faltó trabajo, y se esforzaba por hacerlo lo mejor posible. Pero siempre tuvo aquella duda: “¿Habré acusado a un inocente? ¿Quizás he defendido a algún culpable?”. Se daban casos tan complicados… Pero eso había terminado, ya no tendría que responsabilizarse de ningún caso, su conciencia estaba tranquila.
Se casó a los treinta años con un compañero de trabajo, no sabía si enamorada o no. Tuvieron dos hijos, Paula y Luis, que estudiaron cada uno lo que les gustó y un día dijeron “adiós, mamá, nos independizamos”. Otra vez con el corazón roto. “Es ley de vida”, le decían, pero ella sufría. Creía que sus hijos eran suyos, pero tampoco lo eran, y salieron de su vida para vivir las suyas propias. 
Fernando, su marido, y ella no tenían nada en común. Él hacía su vida y ella la suya. Se les terminó el amor, si alguna vez lo tuvieron, y así un buen día decidieron separarse de mutuo acuerdo y santas pascuas. Hola y adiós, nada más quedó después de veinticinco años de matrimonio.
Laura se estiró en la cama. Tenía que levantarse, era jueves, el día en que visitaba a su madre, quien se encontraba en una residencia desde que, con ochenta y cinco años, dejó de valerse por sí misma. Entonces, su hermano Antonio y ella decidieron internarla. Sería lo mejor para ella. O no, no lo sabía. 
Siguió dándole vueltas a esa duda mientras se duchaba y desayunaba. Se asomó al balcón y el aire fresco le sopló en la cara. Pero era un día soleado, así que decidió que iría paseando. Necesitaba respirar, y caminar. Hacía tanto tiempo que no lo hacía… a ver si se le aclaraban un poco las ideas. 
El edificio del geriátrico era grande, con muchas ventanas y un gran jardín trasero donde paseaban algunos residentes con paso cansino. En la recepción, como siempre, se encontraba Julia, la encargada de recibir a las visitas. 
-“Hola Julia”, dijo. “¿Cómo está mi madre, qué tal ha pasado la semana?”. 
-Buenos días, Laura. Está muy bien, un poco despistada, a veces, se confunde con sus recuerdos. Pero está bien de salud. Está en la terraza, como hace buen día ha pedido a la cuidadora que la sacara para tomar el sol.
-Gracias Julia –repuso-. Después nos vemos.
Salió a la terraza. Su madre se encontraba, sentada en su silla de ruedas. No la había oído llegar, y Laura aprovechó para mirarla despacio. Qué pelo tan blanco, la cabeza enterrada entre los hombros, las piernas delgadísimas tapadas con una manta, y las manos… Se fijó en las manos, llenas de manchas y arrugas, sin brillo. 
Le vino a la memoria el día que murió su padre. Ella tenía catorce años; Antonio, dieciocho.Y su madre fue el sostén de la familia, tan fuerte y resuelta…”Yo me encargaré de todo, vosotros a estudiar que es vuestro deber. Hay que seguir adelante. Es ley de vida”. Fue la primera vez que oyó la dichosa expresión. 
-Mamá, ¿te he asustado? 
-No, hija –Se le alegraron los ojos-. Estaba pensando en ti y en tu hermano. ¿Cómo estáis? –le preguntó mientras la abrazaba y besaba con todo el cariño de una madre. 
-¿Cómo estás tú, mamá? 
-Bien, hija, bien. Los dolores, los dichosos dolores. Pero no es nada. 
-Mamá, te voy a llevar a un médico que me han dicho que es muy bueno. Verás cómo te 
mejoras… 
-No, hija. Estoy harta de médicos y de tantas medicinas. No te preocupes, que estoy bien. Sólo es la edad. Es ley de vida. (Otra vez la misma expresión). Te tienes que ocupar de ti, después de toda la vida trabajando. Sal de viaje y pásatelo bien, que la vida se pasa pronto con sus luces y sus sombras. Quédate con la luz y aparta las sombras. Diviértete. 
-Mamá, ahora tendré más tiempo. Vendré más veces a visitarte. 
-Adiós, hija. Siempre te esperaré con los brazos abiertos. Besos para todos. 
Se separó de su madre y despidió a la recepcionista al salir. Volvió a casa deprisa, como si tuviese urgencia por hacer algo que antes no había podido hacer. 
Se colocó delante del ordenador. “Siempre quise escribir un libro”, pensó. “Un libro sobre la vida. Me faltaba el título, pero ya lo tengo: se llamará “La Vida es la Mayor Mentira Jamás Contada”. 
La vivas como la vivas, siempre termina mal, con la muerte. La única verdad es que nacemos y morimos, lo demás son esperanzas e ilusiones”.


jueves, 2 de abril de 2015

Fábulas de otros


Aparte de "La ametralladora" de Ossorio publicada en:
Aquí se presentan unas obras de diversos autores 
que cultivaron, más o menos, este género. 




Os recomiendo, especialmente, la última 
fábula (o cuento, o relato... ¿quién sabe?)

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final

 

Alfonso X. 
(de "Calila y Digna", un manuscrito de autores anónimos que el Rey Sabio hizo recopilar y traducir)

El can engañado por el reflejo agua 
 Et sería en esto atal como un del can que dicen que iba por un río e llevaba una pieza de carne en la boca, e vido la sombra que facía. Et por abarzar la sombra abrió la boca e cayósele la que llevaba, e llevógela el agua e non falló cosa ninguna.

 La vulpeja y el tambor 
Dijo Dimna: - «Dicen que una gulpeja fambrienta pasó por un árbol, et estaba un atambor colgado del árbol, e movióse el viento, et firiénronlo los ramos, e sonaba muy fuerte. Et la gulpeja oyó aquella voz, e fuese contra ella fasta que llegó a ella, et en que vio que era finchado, cuidóse que era de mucha carne, que había de mucha gordez, e fendiólo e vio que era hueco, e dijo:
- «Non sé; por ventura las más flacas cosas han mayores personas e más altas voces.»

Con estas dos anteriores posiblemente cueste entender muchas expresiones, la que sigue está adaptada al lenguaje actual

El hombre y la luna
Un hombre vio la luz de una estrella en el agua y creyó que era una trucha. Durante dos horas estuvo tratando de pescarla, pero cuando al fin vio que no era nada, la dejó. Y otra noche vio de verdad en el agua un pez, mas creyó que era el reflejo de la luna, como la otra vez le había ocurrido y se fue sin tratar de pescarlo, y lo perdió.



Juan Eugenio Hartzenbusch

El diamante y el cristal 
Cierto lapidario / perdió en un camino / un diamante tosco / y un cristal pulido.
A su camarada / el diamante dijo: / - Yo salir esperopronto de este sitio.
Piedra soy al cabode valor crecido:quien me encuentre, llena / de oro su bolsillo.
El cristal picado / respondiole: Amigo,mucho es lo que vales; pero no te envidio.
Tú y un vil guijarro / parecéis lo mismo: / ¿Quién, pues, ha de verte, si te falta el brillo?
Unos pasajeros / acercarse miro: / vamos a ver de ambos quién es preferido.
El cristal lanzaba / resplandores vivos, / y esto a los viajantes / reparar les hizo.
Bájanse a cogerle, / le alzan con cariño, / y entre tanto pisan / al diamante rico.
Y sin ser de nadie / desde entonces visto, / se quedó en el polvo / para siempre hundido.

Méritos ahora / húndense de fijo, / si les falta un poco / de charlatanismo.

 El muchacho y la vela
Dijo una vez a la encendida vela 
un chico de la escuela: 
-Yo quiero, como tú, lucir un día. 
La vela respondió: La suerte mía 
sólo es angustia y humo. 
Brillo, sí, mas brillando me consumo. 


Augusto Monterroso

El espejo que no podía dormir
Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico.

El paraíso imperfecto
Es cierto;  - dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno - en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

El fabulista y sus críticos
En la Selva vivía hace mucho tiempo un Fabulista cuyos criticados se reunieron un día y lo visitaron para quejarse de él (fingiendo alegremente que no hablaban por ellos sino por otros), sobre la base de que sus críticas no nacían de la buena intención sino del odio.
Como él estuvo de acuerdo, ellos se retiraron corridos, como la vez que la Cigarra se decidió y dijo a la Hormiga todo lo que tenía que decirle.

Gibrán Jalil Gibrán

El gato y el ratón
Cierta tarde un poeta conoció a un campesino. El poeta era esquivo y el campesino tímido, pero conversaron.
-Déjame contarte una pequeña historia que escuché últimamente -dijo el campesino-. Un ratón fue apresado en una trampa. Y mientras comía feliz el queso que allí había, un gato se detuvo al lado de él. El ratón tembló un instante, pero sabía que en la trampa se hallaba seguro.
-¿Estás comiendo tu último alimento, amigo? -dijo el gato.
-Sí -contestó el ratón- una vida tengo, por lo tanto una muerte. Mas, ¿qué hay de ti? Me dicen que posees nueve vidas. ¿No significa eso que posees nueve muertes?
Entonces el campesino miró al poeta y dijo:
-¿No es una historia extraña?
El poeta no contestó, pero se fue diciendo dentro de sí:
-En verdad tenemos nueve vidas, nueve vidas para estar seguros. Y moriremos nueve veces, y nueve veces moriremos. Quizá fuera mejor poseer sólo una vida, apresada en una trampa; la vida de un campesino con un trozo de queso como última comida Pues acaso, ¿no pertenecemos a la estirpe de los leones del desierto y de la jungla?


Leandro Fernández de Moratín

Aunque no es una fábula, que es un epigrama, lo incluyo aquí (aunque debería estar AQUÍ porque es otra de esas cosas aprendidas en la escuela)

Admiróse un portugués
Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
«Arte diabólica es»,
dijo, torciendo el mostacho,
«que para hablar en gabacho
un fidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho».


Bhagwan Shree Rajneesh
El juicio
Basado en "Hasta la muerte", de
Bhagwan Shree Rajneesh y, aunque
fundó una secta que no vamos a juzgar
aquí, creo que vale la pena leerlo.


En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes le envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.
Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo, pero el hombre decía: 
- "Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?". 
Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo: 
- "Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!".
_"No vayáis tan lejos" - dijo el viejo- "Simplemente decid que el caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es vuestro juicio. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?".
La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no solo eso sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.
De nuevo se reunió la gente diciendo:
- "Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino una verdadera suerte."
- "De nuevo estáis yendo demasiado lejos" - dijo el viejo- Decid solo que el caballo ha vuelto... ¿quien sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Estáis leyendo apenas una palabra en una oración. ¿Cómo podéis juzgar el libro entero?".
Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos.....
El viejo tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las dos piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar:
- "De nuevo tuviste razón" - dijeron -. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca.
- "Estáis obsesionados con juzgar" - dijo el viejo." No vayáis tan lejos, sólo decid que mi hijo se ha roto las dos piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos y nunca se nos da más que esto.
Sucedió que pocas semanas después el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo eran llevados por la fuerza al ejército. Sólo se salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes no volverían.
-"Tenías razón viejo era una fortuna. Aunque tullido, tu hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para siempre".
-"Seguís juzgando- dijo el viejo - Nadie sabe. Sólo decid que vuestros hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Solo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda".
No juzgues o jamás serás uno con el todo. Te quedarás obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez que juzgas, has dejado de crecer.

miércoles, 1 de abril de 2015

El día en que llovieron ratones

¿Qué pasó después de que se marchara de Hamelin el flautista ? ¿Y por los alrededores?. Aquí otro "trascuento" que habla de ratones y gatos. 
EL DÍA EN QUE LLOVIERON RATONES


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El día estaba nublado y gris, pero nunca las nubes habían adoptado formas tan extrañas. Poco a poco se fueron oscureciendo y se abrieron, dejando caer su carga. Alguien gritó:
- ¡Están lloviendo ratones!
Y, en efecto, de las nubes caían miles y miles de ratones que, curiosamente, no sufrían daño alguno; como mucho, rodaban por el suelo, pero se levantaban y salían corriendo alocadamente.
Se sabe que, en ocasiones, hubo lluvias de ranas; pero no se tenían noticias de que, en ocasión alguna, llovieran roedores.
Por fin dejó de llover y todo parecía invadido por una plaga de langosta, pero no eran langostas sino ratones; más grandes y más pequeños, algunos tan pequeños que podían esconderse debajo de un botón. Comenzaron a colarse por todas partes: en las tiendas y en las alacenas, roían todo lo comestible, incluso agujereaban los odres, y el vino o el aceite corría a raudales por el suelo, aunque se salvaron los toneles y las tinajas de barro.
Se las tuvieron que ingeniar para guardarlo todo en recipientes metálicos o de barro, que no pudieran roer, pero entonces se cebaron en los graneros, no dejando grano ni siquiera para simiente.
Los gatos de Ahmelón, que así se llamaba el pueblo aquél, estaban de enhorabuena con tanta caza, pero no eran suficientes para controlar la invasión y, además, acabaron con indigestión y ahítos de tanto comer.
Se convocó una reunión de emergencia en el Ayuntamiento y dijo el Alcalde:
- Tendremos que hacer algo, porque; ni los cepos, ni nuestros gatos, son suficientes para controlar esta plaga. Además, se reproducen más rápido de lo que somos capaces de cazar.
- Tendríamos que pedir ayuda a Hamelín, porque ellos tienen experiencia con los ratones – dijo un concejal.
- Pues te encargo de que te acerques al pueblo de al lado a pedir consejo y auxilio.
Y así sucedió. En pocas horas hizo el trayecto de Ahmelón a Hamelín y pidió audiencia con el Alcalde de aquella villa. Una vez expuesta la situación, el Alcalde le respondió:
- No os recomiendo el flautista, porque es muy caro y a nosotros nos salió aún más caro. Porque, como ya sabéis, se llevó a nuestros niños. Desde entonces, no se le ha visto por la comarca y dudo que se acerque. Ya sabe lo que le espera si aparece por aquí. Lo que sí podemos facilitaros es gatos; tenemos muchos, demasiados. Los trajimos antes de que llegara el flautista, y ahora están sin caza, están hambrientos y creo que darán buena cuenta de vuestros ratones.
Mientras tanto en Ahmelón el Alcalde había llegado a un acuerdo con el Sindigato para que hicieran horas extraordinarias en la caza del ratón y, a cambio de no comérselos, recibirían una sardina por cada hora que pasara del horario laboral gatuno, pero aún así la situación no mejoraba.
En Hamelín le prestaron un enorme carretón cerrado, lo llenaron de cientos y cientos de gatos y se puso en camino. El Alcalde de Hamelín respiró aliviado por haberse librado de aquella legión de molestos felinos hambrientos, sin costo alguno.
Cuando llegaron a Ahmelón y los soltó, se reunieron con el jefe del Sindigato y acordaron cazar sin comer y hacer extensivo el pago de horas extras a los recién llegados, que se pusieron enseguida a la faena.
Entre toda aquella legión de gatos, algún que otro perro ratonero y algunas rapaces nocturnas, consiguieron controlar la población roedora, dejándola reducida a los pocos ejemplares que se refugiaban en los agujeros más recónditos. Y, con los ratones, se acabaron las horas extra y las sardinas y comenzaron a pasar hambre.
Todos respiraron aliviados; a partir de aquel momento la calma había vuelto a Ahmelón. ¿La calma?.  Muchos echaron de menos el tiempo de los ratones, porque podían dormir a pierna suelta, salvo que alguno de los más pequeños se les colara por la nariz. Pero ahora no podían pegar ojo; porque una legión de gatos se pasaba la noche maullando por los tejados, buscando novia, o por hambre, ya que eran demasiados gatos para tan poca caza. 






Este trascuento relata lo sucedido mucho después de