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miércoles, 7 de diciembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 3 (Retorno a Hénder) parte 1

 Los relatos de sus aventuras ya se los saben de memoria, 
desde su amigo Merto hasta el último habitante de la aldea. 
Su amigo Merto quiere participar de sus aventuras y acaban 
emprendiendo un corto viaje, pero más tarde una visita 
inesperada les embarca en una nueva aventura


Relatos de Hénder Libro 3
 Retorno a Hénder parte 1




En los primeros días después de su regreso de Hénder, Fan y sus compañeros descansaron de las penurias pasadas en aquel desierto. Mientras tanto Merto anduvo ocupado con la cabeza del pájaro–martillo. Era de tal dureza que ni las más afiladas herramientas hicieron mella en aquella especie de pico, lo único que pudo hacer fue vaciar las cavidades por las que se unía a la cabeza y fijar allí un mango de madera, dando por resultado un martillo de lo más extraño, pero no le encontró otra utilidad y tampoco es que sirviera mucho como martillo dado su escaso peso.
Como estaban en tiempos de esquileo, Fan separó la lana de Diamante de la del resto del rebaño y encargó que la hilaran y que tejieran luego una manta para sus próximos viajes, puesto que ya contaba con no permanecer demasiado tiempo parado.
En aquellas veladas de verano, tomando el fresco a la puerta de su casa, como todos los vecinos, Merto escuchaba embelesado a Fan contar una y otra vez sus aventuras y lo que más le entusiasmaba era la descripción que hacía del mar.
– ¡Háblame del mar otra vez! Y de lo grande que es
Fan que ya estaba un poco cansado de repetirle lo mismo, le dijo
– ¿Quieres saber cómo es el mar?, pues lo vas a ver por ti mismo. Ve preparando todo lo necesario que mañana temprano salimos para Puerto Fin
Al día siguiente, bien provistos de comestibles y agua por si no encontraban por el camino – total en la mochila ni ocupaban sitio ni pesaban – se pusieron en marcha.
Diamante la oveja, Rubí el lobo, Esmeralda la col y Zafiro la mariposa se habrían sumado a la expedición, pero Fan les convenció de que era mejor que se quedaran allí puesto que pretendían no llamar demasiado la atención entre la gente de Puerto Fin.
Aquel pueblo costero se encontraba al sudeste de Pascia, pero como el país era tan pequeño y ellos iban enfrascados en la contemplación del paisaje y en el enésimo relato de lo grande que era el mar, no advirtieron el paso de los días y cuando quisieron darse cuenta ya estaban allí.
Era un bonito pueblo pesquero, con una pequeña playa y un embarcadero de madera donde estaban amarradas dos barcas, puesto que el resto se encontraba faenando en alta mar. Su economía se basaba básicamente en la pesca siendo el principal proveedor de la capital, Pascia.
En el embarcadero, dos mujeres estaban ocupadas en remendar unas redes de pesca.
Fan, al contemplar aquel inmenso mar que se perdía en el horizonte, sin tener una isla como la de Cipán para romper la infinitud, quedó sorprendido, aunque no tanto como la vez que pudo verlo desde la senda de No Tan Lejano a su regreso del primer viaje. El Gran Lago, comparado con aquello, era una charca
Merto llegó hasta el extremo del embarcadero y se quedó extasiado contemplando cómo el mar se perdía a lo lejos y se confundía con la raya del horizonte. Le costó mucho a Fan arrancarlo de allí y llevarlo a la Posada para descansar, pero al fin lo consiguió.
Aquella noche cenaron en la posada un guiso de pescado con patatas que les entusiasmó.
– Lástima que no podamos llevar de este pescado a nuestra aldea, porque nos gustaría saber cómo se cocina y poder invitar a nuestros paisanos.
– No se preocupen porque este pescado está en salazón y se conserva muy bien. Pueden llevarse cuanto quieran y ahora mismo les explico la receta.
Así lo hizo el posadero y les vendió unos cuantos lomos gruesos que Fan guardó en la mochila. En ese momento descubrió el capullo de seda de Zafiro que había olvidado allá adentro y pensó que habría que intentar hacer algo con él.
A la mañana siguiente llevó el capullo al puerto y dirigiéndose a una de aquellas mujeres que reparaban las redes le dijo, alargándole el capullo de seda.
– Buenos días, mi nombre es Fan, vengo de la aldea de Aste y quisiera saber si se puede hacer algo con esto
– Buenos días, yo me llamo Andrea. Déjeme que le eche un vistazo
Se estuvo un rato mirándolo y sopesándolo con detenimiento, se detuvo en el orificio por donde la mariposa había salido y finalmente le dijo.
– Nunca había visto nada igual, este capullo de seda es algo extraordinario. Siempre he sido aficionada a la cría casera de los gusanos y me las apaño muy bien hilando y tejiendo, pero debe saber que cuando se deja crecer la mariposa y abre el capullo, el hilo se rompe y no se puede aprovechar. De todos modos, el tamaño de éste es tan grande que, aunque los hilos estén rotos puede que su longitud permita poder torcerlos para formar hebras, tal como sucede con la lana de las ovejas. Si me lo deja probar, mañana le podría decir si se puede hacer algo.
– Muchas gracias, mañana volveré.
Aprovechando que estaban en el puerto y tenían todo el día por delante, tomaron una barca de remos y Fan, que ya había practicado en el Gran Lago, llevó a Merto en un largo paseo aprovechando que el mar estaba en calma.
Al día siguiente volvieron al puerto y allí les esperaba Andrea que, tan pronto se acercaron, les dijo.
– Después de retirar la borra que todos los capullos tienen en su interior, la seda aprovechable que queda viene a ser de un par de libras, lo que es mucho. He sacado unos cuantos hilos, y aunque rotos son lo bastante largos para poder torcerlos e hilar y sacar una hebra fina, ligera y muy resistente. Mire, aquí tengo una muestra de lo que se puede hacer.
Y le entregó una larga hebra de seda del grueso de una de lana de un solo cabo. Fan y Merto tiraron de los extremos y fueron incapaces de romperla.
– Andrea ¿podía hilarse una hebra como esta pero de unas cien varas de largo?
– De esa medida, no una sino muchas más, tenga en cuenta que el hilo es muy fino y cunde mucho
– Entonces ¿podría prepararme un ovillo de esa medida?
– ¿Y qué hago con lo que sobra?
– Pues pienso que podría anudarme una red como las de pesca.
– ¿De qué tamaño?
– Lo más grande que salga con la seda que hay.

– Por mi parte estoy a tu disposición, aunque eso puede tardar unos meses.
– No importa, ya volveremos por aquí.
Regresaron a su aldea y con el pescado en salazón y abundantes patatas prepararon aquella receta que les contó el posadero e invitaron a todos los vecinos. Fue una fiesta que recordarían muchos años.
Durante unos meses la vida transcurría en Aste tranquila pero aburrida, tanto Fan como Merto estaban impacientes por regresar a Puerto Fin .
Al fin llegó el momento de ir a buscar la red y el hilo, y cuando llegaron todo estaba a punto. Andrea le entregó un pequeño paquete con la red, que extendida medía unas seis varas por lado, y una bobina con la hebra que había encargado.
En la Posada cargaron con una buena provisión de pescado salado y marcharon tan contentos a casa.
Ya, en Aste volvieron a reunir a los vecinos en un banquete aún mayor que la primera vez y todavía les quedó mucho pescado sin desalar.
Entretanto Rubí había reunido a Rayo y a los demás perros de Fan y les había enseñado a cuidar del rebaño y a hacerse obedecer por las ovejas, para lo que contó con la valiosa colaboración de Diamante, que logró convencer a sus compañeras de no ser tan obtusas y que fueran obedientes, haciendo todo lo que les ordenasen los perros pastores. Con todo esto Fan se liberó de cuidar el rebaño y se pudo dedicar al estudio, recolección y preparación de las plantas que el mago Gontar le había enseñado.
Esmeralda era la única del grupo que no hizo gran cosa, se clavó en el huerto bien abonado y allí se estuvo a sol y sereno todo aquel tiempo sin que apenas se notara su presencia, salvo cuando perdía alguna de sus hojas exteriores por el crecimiento de las interiores, ya que se formaban unas enormes comitivas de hormigas y otros insectos que troceaban las hojas y las retiraban a sus galerías, dejando la zona libre de residuos.
Zafiro solía hacer vuelos de exploración y se conocía ya todos los alrededores en unas cuantas leguas a la redonda.
Merto, que era un experto en cuchillería, hacía unas hojas tan afiladas que podían cortar la niebla.
Y así transcurrían los días en Aste, hasta que un día llegó volando un cuervo negro como la noche más negra, se acercó a casa de Fan y se coló por la ventana, como hiciera aquella vez en la Casita del Mago. Fan le miró sorprendido pero el cuervo dejó caer en la mesa un papel que portaba en el pico y echó a volar.
En el papel se podía leer una misiva del Mago Gontar que decía:

“Necesitamos tu presencia en Hénder. Un grave problema amenaza al reino y a mi mismo, un problema al que la magia no puede hacer frente y sólo el valor, la imaginación y la inteligencia pueden vencer. Ven pronto”


Fan y Merto no remolonearon lo más mínimo, cargaron en la mochila unas pocas provisiones y agua para el viaje y, como aún les quedaba pescado salado, añadieron un buen saco de patatas y emprendiendo el camino acompañados por Diamante, Rubí, Esmeralda y Zafiro.
Los perros pastores, bien adiestrados, se quedaron con el rebaño.
Con Zafiro sobrevolando al grupo, llegaron al Río Far y atravesaron el puente, cruzaron el Páramo Gris y sin nada digno de resaltar, al cabo de cinco días desde la partida, llegaron a Alandia.
Tal como le había prometido el Jefe de los Jardineros, les consiguió una audiencia con el Rey Mirto II.
– Bienvenido, hace mucho tiempo que esperaba tu visita – dijo el Rey.
– Majestad; pensaba pasar por aquí cuando regresé del Norte, pero nos desviamos de la ruta y tuvimos que atravesar un gran desierto
– ¡Ah!, debe ser el Desierto de Oms. Sí que es duro, sí; al menos eso es lo que cuentan los de las caravanas que a veces llegan aquí desde Sirtis.
– Mi intención era informarle sobre la ruta hacia el Norte y puedo decirle que las leyendas sobre aquellos territorios no tienen fundamento. Hasta llegar a unas montañas algo difíciles de salvar hay amplias extensiones de buen terreno llano con ricos pastos y abundante agua.
– Pues te lo agradezco mucho, vamos a ver si intentamos aprovechar esa parte ignorada del reino, seguro que los pastores podrán llevar allí sus rebaños. El norte del país siempre ha sido algo temido, desde tiempo inmemorial ha sido considerado como una zona prohibida y peligrosa.
Así estuvieron departiendo durante unas horas en las que Fan le puso al corriente de sus andanzas por las tierras del Norte y en Hénder.
También tuvieron tiempo de hablar de las aventuras pasadas en Las Montañas Brumosas, los Telares de Cipán y el reino No Tan Lejano, en cuyo momento dijo el rey Mirto.
– ¡Caramba!, ¿Conoces a Nasiano?, yo le conocí en una de esas bodas reales que suelen tener lugar a veces y, guárdame el secreto, ¿Sabes cómo le llamábamos?
– No, majestad

– Pues como sabes tiene una nariz bien prominente; cosa de familia, un signo propio de su estirpe, y todos le llamamos “su real probóscis”. Y hablado de ese muro infranqueable, esa trepadora de la que hablas es algo imprescindible para nuestra supervivencia. Sin ella no tendríamos fuego en nuestras cocinas ni podríamos combatir el frío.
– Pero veo que tenéis cantidad de árboles, madera no os falta.
– Para nosotros los árboles son casi sagrados, especialmente los frutales que son la mayoría de los que tenemos. Por eso no se tala nada, nos basta con plantar una de esas semillas y con la poda de una de esas trepadoras tenemos leña para tiempo.

Finalmente, cuando marcharon, el Rey puso a su disposición una escolta que les acompañaría hasta las montañas y regresarían, para hacer luego de guías a todos los que fueran poblando aquellos territorios.
Fan les pidió a los jardineros unas semillas de la trepadora, por si se veían en la necesidad de usarlas para escalar el Muro del Fin del Mundo, y ellos le dieron además unas semillas de otra planta que dijeron era capaz de arraigar hasta en el desierto más árido.
Al cabo de tres días de camaradería, comiendo de las provisiones que el Rey había hecho preparar y bebiendo en las fuentes y arroyos llegaron sin contratiempos al pie de las montañas y la escolta regresó, dejándolos solos.
Fan sacó de la mochila el ovillo de seda y le entregó el cabo a Zafiro, le dijo que volara hasta la cima y que le diera unas vueltas alrededor de un viejo tejo solitario que allí había, Zafiro pareció entenderlo pues siguió al pie de la letra las instrucciones y así, agarrándose a la hebra, pudieron subir sin peligro de resbalones en el último tramo de lascas de pizarra sueltas.
Fan pretendía que todos, salvo Zafiro que lo hizo volando, se metieran en la mochila. Pero Merto se empeñó en subir por si solo; además de que le daba cierto reparo meterse en la mochila a revueltas con una col, un lobo, una oveja, pescado salado, patatas y muchas cosas más. Al llegar a la cima, Fan señaló a Merto cómo se recortaba en el horizonte la línea del Muro. Estuvieron un rato contemplando el paisaje y descansando de la ascensión, emprendieron luego el descenso del mismo modo como habían subido, agarrados a la resistente hebra de seda salvadora y allí les esperaba Zafiro.
Una vez abajo, Fan abrió la mochila para que salieran los demás y le dijo a Zafiro que soltara del tejo la hebra que había enganchado, lo hizo sin dificultades y así pudo enrollarlo de nuevo y guardarlo en la mochila.
Se internaron en el pinar de los pájaros–martillo y al llegar a aquel claro se dispusieron a pasar la noche, pero como Fan sabía ya lo que podía pasar y no le tomaba por sorpresa, extendió la red de seda que le hicieran en Puerto Fin; era de una malla no muy tupida y tan fina que casi pasaba desapercibida. Entre él y Merto anudaron los extremos a los pinos más cercanos y todos se refugiaron bajo aquel techo que formaba la red.
No se hizo esperar mucho el revoloteo de los pájaros–martillo que, como las polillas a la luz, se lanzaban contra los viajeros, pero con el resultado de que todos los ataques los detenía la red y muchos pájaros quedaron atrapados en la malla como las moscas en la tela de araña. La red resistió los embates y los desesperados aleteos, así Fan y Merto pudieron capturar un buen número de ellos, se guardaron las cabezas y aquella noche ellos y Rubí el lobo cenaron asado y, aunque no eran muy tiernos, se podían comer a falta de otra carne fresca. También les sobró para el día siguiente.
Desde el pinar de los pájaros llegaron al pie del Muro, esquivando las hormigas guerreras, al cabo de dos días y Fan pudo comprobar que habían llegado al mismo lugar del viaje anterior; ya que allí, destacando sobre la pared, se veía el tronco de la enredadera mucho más grueso que un pino, el ramaje que se extendía varias varas de distancia y el verde follaje.
Como ya era tarde decidieron dormir al pie del Muro y comenzar la ascensión bien temprano; Fan ya sabía que en una jornada no llegarían a la cima y que deberían hacer vivac a medio camino, pero al menos no tendrían que hacer más que una noche en lugar de dos si hubieran salido entonces.
Antes de dormirse, Merto le reiteró a Fan su intención de subir por sus propios medios en lugar de zambullirse en aquel sitio oscuro y superpoblado que era la mochila.
Así, bien temprano, se metieron todos en la mochila, salvo Merto que pensaba trepar igual que Fan, y Zafiro subiría volando y ya les esperaría arriba.
Comenzaron la ascensión de tallo en tallo, de rama en rama y, como la trepadora y sus ramificaciones habían crecido mucho desde que Fan subiera por primera vez por ella, esta vez les resultaba más fácil, así como más cómodo les resultó dormir aquella noche, puesto que el mayor grosor de las ramas daba lugar a un lecho más amplio.
A última hora del segundo día acabaron por coronar la alta pared y llegaron agotados al prado donde Zafiro les esperaba.
Después de hacer salir de la mochila a Diamante, Rubí y Esmeralda y cenar frugalmente, se tendieron en el prado y durmieron profundamente, pese al continuo croar de las ranas, hasta el día siguiente. La ascensión había sido dura, ya no les quedaban muchos ánimos para seguir en camino y el cansancio era mucho para que unas ranas les perturbaran el sueño.
Bien de mañana siguieron aquella senda que Fan había recorrido junto al Mago. Esta vez el viaje hasta Hénder se le hizo a Fan más largo que la vez anterior, tal vez por la impaciencia por descubrir la causa de aquella petición de ayuda de Gontar. Y cuando, al cabo de siete monótonos días, llegaron al puente levadizo del castillo, ya estaba el mago esperándoles. Los centinelas les había avisado tan pronto les vieron aparecer a lo lejos, y es que formaban el grupo más pintoresco e inconfundible que jamás se había visto.
Se saludaron con alegría, si es que se puede asociar a la alegría el movimiento de cola de un lobo, los suaves topetazos de una oveja, las hojas abiertas de una col o los revoloteos alocados de una mariposa gigante. Fan presentó a Gontar y Merto y acto seguido marcharon al salón del trono en el que el Rey les estaba esperando.



RETORNO A HÉNDER parte 2 

el próximo jueves

jueves, 1 de diciembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 2 (En busca de Hénder) parte 2

 . 
En esta segunda parte Fan, tras pasar por la 
montaña de pizarra y los pájaros-martillo,  
llega hasta el pie del Muro del Fin del Mundo 
¿Logrará salvarlo? ¿Qué encontrará arriba?

En busca de Hénder parte 2






Por fin llegó al pie del Muro, era una pared de roca tan alta que no alcanzaba la vista y que se perdía a derecha e izquierda.
Durante lo que quedaba de aquel día y otros dos más que le siguieron, trató de encontrar un punto en donde el muro fuera vulnerable, alguna cornisa, alguna senda, aunque tuviera que dar mucho rodeo. Lo recorrió a derecha e izquierda con resultados infructuosos; pero, siempre animoso y confiando en su buena estrella, no desesperó.
Al tercer día de su estancia al pie del Muro, decidió tomarse un respiro para, en días sucesivos, extender sus exploraciones aún más lejos en ambas direcciones. Si no conseguía salvar aquel obstáculo, y aunque lo consiguiera, no lo tenia muy seguro porque se estaba quedando sin provisiones y tendría que regresar. Sólo le quedaba la posibilidad de sobrevivir capturando unos cuantos pájaros martillo, pero no desfallecía aunque el pan ya era casi una roca y el queso también. Se fijó un límite para abandonar, no pasaría del día siguiente si no quería morir por inanición.
Se dispuso a cenar y dormir aquella última noche, buscó en su zurrón un poco de pan y queso, no le apetecía nada más aunque tampoco tenía mucho más, y se fue a dormir; pero cuando buscaba en el zurrón las últimas migajas, sin darse cuenta, se le cayó al suelo una de aquellas semillas que le habían regalado en Alandia.
Al despertar, una enredadera gruesa como un brazo y tan alta que se perdía de vista trepaba por la pared de roca. Fan se encaramó a la enredadera y, de hoja en hoja, de nudo en nudo, comenzó a subir; la altura era tanta que tuvo que parar dos veces a hacer noche tapándose con unas hojas y atándose a una rama para no caer, pero finalmente llegó a lo más alto. Durante su escalada había corrido el riesgo de probar, a falta de otra cosa, las hojas de aquella enredadera y por fortuna no eran de mal comer y tampoco le sentaron mal, por lo que hizo una provisión de hojas en su zurrón vacío. Al llegar arriba esperaba encontrarse con el Fin del Mundo, un agujero inmenso, la nada, algo inconcebible, pero llegó a un hermoso prado como la palma de la mano. A lo lejos se podían divisar bosques, montañas y un horizonte, tan lejano que parecía no acabarse nunca; aquello parecía otro continente, más grande que el único conocido por él.
A sus pies, un manantial daba lugar a un arroyuelo que se perdía en la distancia; bebió un sorbo de aquella fuente, el agua era límpida y fresca, y se disponía a seguir el cauce, confiando en llegar a alguna población, pero como ya oscurecía hizo noche junto a la fuente.
El agua ya no era problema; el problema eran las provisiones. Ya no le quedaba nada más que las hojas que había recolectado de la trepadora, pero aquello no era una dieta adecuada y no sabía cuantos días tardaría en encontrar otros comestibles. Aquel manantial y el arroyo a que daba origen estaban poblados por una especie de ranas que se alimentaban de los muchos insectos que pululaban cerca de las aguas. Fan conocía las ranas de Aste y aquellas no parecían muy diferentes, el problema era encontrar material para hacer una fogata y asarlas.
A lo lejos había un bosque, y la falta de alimentos le obligó a hacer una buena caminata para acarrear unas cuantas ramas secas, pero encontró también unos arbustos cargados de bayas y se arriesgó a probarlas. Estaban buenas y, aunque no sabía si eran tóxicas o no, recolectó todas las que pudo y arrastró unas cuantas ramas con las que hizo una fogata en las que pudo asar unas ranas y cenar hasta saciarse. Aprovechó para ahumar otras ranas más para los próximos días si no encontraba otra cosa, las envolvió en hojas de trepadora, y durmió como hacía días que no había dormido.
Se despertó sin ninguna molestia digestiva, las ranas y las bayas eran buenas y, bien temprano, se puso en camino siguiendo el arroyo a falta de senderos, parecía un lugar virgen, no hollado nunca por nadie.
Ya comenzaba a declinar el sol cuando, a lo lejos, un bulto se movía lentamente de aquí para allá. Como medida de precaución se cubrió con la capa de seda, desapareciendo de la vista, y se acercó. El que por allí vagaba era un anciano de largas barbas que, encorvado, iba cortando plantas medicinales con una hoz de plata en forma de luna creciente, pero de la segunda luna.
Fan, confiado por el aspecto inofensivo del anciano, se quitó la capa y le dijo:
– Buenos días, señor.

El anciano se volvió sorprendido y respondió:
– ¿Quién eres tú y qué haces por aquí?
– Me llamo Fan, vengo de muy lejos, estoy buscando un mago pero no conozco el país y no sé donde podría encontrarlo.
 

– Pues si me acompañas seguro que das con el que buscas.
Hicieron noche allí mismo y compartieron las menguadas provisiones que cada cual llevaba en su zurrón, descansando luego sobre el blando pasto.
Y así siguieron su camino, el anciano cortando plantas, algunas de las cuales Fan conocía muy bien, mientras tanto, le iba contando sus aventuras con la princesa y las piedras encantadas, así como el modo en que había llegado allí.
– ¿Se puede saber qué es lo que esperas de ese mago? 

– Le traigo la Corona de Hénder y sólo deseo que me devuelva mis compañeros de viaje; la oveja, el lobo, la col y el gusano.
El anciano perdió totalmente su aspecto inofensivo, se irguió de tal manera que era mucho más alto que Fan, que se asustó mucho, y le dijo.
– Yo soy Gontar ese mago autor de aquel encantamiento
– Perdón, señor, no quise molestarle y la princesa Saturia me enredó con su historia.
 

– No te preocupes, ya se merecía una lección esa engreída y cargante princesa y tú me has dado una alegría porque ahora ya sé cómo la pusiste en su lugar. Ahora me alegro mucho de que me hayas traído la Corona porque la necesito para deshacer otro encantamiento. Eso es lo que esperaba cuando formulé el conjuro.
– ¿De qué se trata? ¿Qué encantamiento? 
– Artifax mi maestro, que fue un malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto, convirtió en piedra a todo el reino de Hénder y dejó la corona de tal manera que yo la pudiera encontrar. Pienso que su deseo era que fuera yo, su alumno más aventajado, el que algún día rompiera el hechizo. La corona estaba en la cabaña que teníamos junto a las montañas, pero yo no podía traerla directamente, tenía que traerla a Hénder alguien ajeno a la magia, así que hice los encantamientos necesarios para que algún valiente encontrara las pistas y fuera tan atrevido e ingenioso que consiguiera hacerme llegar la corona. Y resulta que el valiente has sido tú, bienvenido.
– Y ¿Cómo es que siempre estaba yo allí en el momento oportuno? No me explico que llegara cuando iban a matar al lobo, hervir a la col o capturar al gusano.
– Porque fuiste el primero en salvar de peligro a una piedra, tu oveja, y porque la magia tiene esas cosas raras que hasta a mí, un mago profesional, no dejan de sorprender.

Con la mayor camaradería, contádose sus experiencias, sus aventuras y algunos de sus secretos en los días que siguieron, continuaron su camino hasta llegar a la capital del Reino de Hénder. Se encontraba ésta en la parte más meridional del Continente Norte. Una población de calles estrechas, con casa de piedra cubiertas de hiedra y de hierbas de años y coronado todo por un imponente castillo de recias torres almenadas también cubiertas de verde.
Las calles estaban quietas pero no desiertas. Había por doquier personas y animales; a Fan le sorprendió el color de la piel de los habitantes de Hénder ya que nunca había visto a nadie de un color tan negro como el carbón, pero más le sorprendió verlas en las más variadas posturas y actitudes, ya que todas estaban petrificadas, como si de una ciudad de juguete se tratara.
Llegaron al Castillo donde, tanto los alabarderos que custodiaban las portadas, como la servidumbre, permanecían inmóviles y pétreos.
Al entrar al polvoriento Salón del Trono descubrieron a los reyes en su sitial, la Reina con una mirada de asombro en su rostro de piedra y el Rey con la mano alzada como queriendo proteger su corona, corona de la que estaba desprovisto.
El mago le pidió la corona a Fan y, acercándose al trono, la colocó sobre la regia testa.
En aquel momento el Rey movió su mano, rompiendo las telas de araña que la unían al respaldo del trono, rápidamente agarrando el brazo del mago, como si el tiempo no hubiera pasado desde el momento en que Artifax el maestro del mago le arrebatara la corona y se cumpliera el hechizo.
El mago le dijo:
– Majestad, yo soy Gontar, no soy Artifax, aquel malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni Vos ni yo tenemos nada que hacer al respecto. Él os encantó, así como a todo vuestro reino, convirtiéndoos en piedra pero, con la ayuda de este joven, acabo de romper el hechizo. Este joven me trajo la corona que os arrebató Artifax y ahora ya la volvéis a tener nuevamente.
– Os estamos muy agradecidos –
dijo el Rey – y como recompensa tú serás a partir de ahora el mago real y mi principal consejero; en cuanto a este joven, que pida lo que quiera y, si es razonable, le será concedido.
– Gracias Majestad – dijo el mago – me siento muy honrado por vuestra confianza 

– Gracias Majestad – dijo Fan – os voy a pedir lo mismo que al Rey Nasiano V del reino No Tan Lejano, me conformo con vuestra corona y que el mago me devuelva mis compañeros de aventuras.
El Rey se envaró al oír aquella petición. No podía prescindir de la corona porque podría volver el hechizo.
– No temáis Majestad – dijo el mago – esa corona para Vos es igual que cualquier otra; el hechizo no puede volver y aún menos si Vos entregáis la corona voluntariamente y no os es arrebatada.
El Rey ordenó a los lacayos que, le rodeaban 
sorprendidos, que le trajeran del Tesoro Real otra corona aún más suntuosa, se la cambió y entregó a Fan aquella de las cuatro piedras.
Fan se la pasó al mago y éste, formulando unas palabras ininteligibles, separó fácilmente las piedras, las depositó en el suelo y, a un gesto suyo, se transformaron: El aro de la corona volvió a ser un aro de hierro oxidado, y las piedras volvieron a ser la oveja, el lobo, la col y el gusano.
La actividad, tanto en la Ciudad como en el Castillo fue muy intensa: limpiando el polvo, las telarañas y las plantas invasoras, pero nada impidió unas grandes celebraciones. Una semana duraron las fiestas en el reino de Hénder, que el rey Melanio XXII dispuso fueran de lo más fastuoso, para celebrar el fin del hechizo.
La oveja se atiborró de aquel raro té de roca que, en Hénder, crecía por todas partes, el lobo quedó ahíto de pan con queso, al que se había habituado en su primer viaje con Fan, pero no de un queso cualquiera sino de los quesos más variados, desde los más tiernos a los más curados, durante tanto tiempo petrificados en las bodegas del castillo. La col enchufó sus raíces en el jardín de Palacio chupando de aquel suelo espléndidamente abonado con estiércol natural y sazonado con nitratos variados, y el gusano, a falta de moreras, resultó el mejor cortacésped, dejando los jardines del Castillo como un jardín de los del Reino de Alandia, donde la más mínima tierna brizna que asomaba era devorada de inmediato.
Durante esa semana el mago le enseñó a Fan los secretos de las plantas; muchas que él ya conocía y unas cuantas para él desconocidas y de las que también le explicó su preparación y efectos.
Un día Fan reunió a sus compañeros y les dijo:
– Ya creo que es tiempo de llamaros a cada uno por vuestro nombre; eso de lobo, oveja, col y gusano no me parece que esté bien entre amigos, Lunar ya lo tiene pero los demás no, hasta los perros y las ovejas de mi rebaño tienen nombre. Cuando os conocí no se me hubiera ocurrido qué nombre poner a cada cual, pero desde la escena de la cabaña del mago lo tengo bien claro. Os llamaré por el nombre de las piedras preciosas que realmente sois. Así que, a partir de ahora; Lobo se llamará Rubí, Oveja será Diamante en lugar de Lunar, Col se llamará Esmeralda y Gusano será Zafiro.Aunque ninguno dijo nada, pareció que lo aceptaron de buen grado. Sólo Diamante dijo:
– Beeee

Y  Fan interpretó que había querido decir
– Bien
Pero llegó el momento de la despedida y el mago Gontar le entregó a Fan un regalo que le podría ser muy útil; se trataba de la mochila TodocabeNadapesa, que Fan se encargó de cargar con abundantes provisiones y agua. El rey también le entregó algo desconocido. Se trataba de una larga cadena formada con anillas de distinto color, oro, plata y latón. Se trataba de la moneda habitual en los cuatro reinos y cada anilla tenía un valor. Fan le dio las gracias y la guardó en la mochila pensando en que podría quedar decorativa en su casa ya que no pensaba volver nuevamente y necesitarlas. Se despidieron del rey y del mago y, no sin pena, con sus cuatro compañeros, regresó por donde había llegado a Hénder.
Hasta llegar al Muro del Fin del Mundo todo el camino fue cómodo y casi aburrido, aunque a Fan se le antojó mucho más corto que a la ida; tal vez el reencuentro y la expectativa de nuevas aventuras le daban al viaje una alegría especial.
Cuando llegaron al borde del Muro, Fan se asomó buscando por todas partes la trepadora, pero no aparecía por ningún lado, tal vez se había secado, o había caído, o bien se habían desviado del lugar por donde había subido. El fondo no se distinguía y se retiró porque ya comenzaba a sentir vértigo. Tampoco pudo encontrar por los alrededores aquella fuente, el riachuelo que formaba, ni se escuchaba el croar de las ranas.
- Y ahora ¿cómo bajamos? - pensó
Dejó caer otra semilla Muro abajo para ver si brotaba otra enredadera y podían descender por ella, pero al día siguiente no había ni rastro de la planta, tal vez había caído sobre una roca o bien se la había comido algún pájaro. Lo intentó varios días y en lugares distintos sin resultado.
– Podríamos explorar a los dos lados por si encontramos la trepadora ¿qué os parece?, pero no os alejéis demasiado.

Y los envió por parejas a derecha e izquierda siguiendo el borde del Muro. Rubí y Esmeralda marcharon hacia la derecha, Diamante y Zafiro hacia la izquierda. Inconscientemente se habían emparejado así, tal vez porque temían que después de tanto tiempo afloraran los viejos instintos. A la caída de la tarde regresaron con signos visibles de no haber tenido éxito.
Estaba ya desesperado de poder regresar a su tierra cuando, una mañana, vio que Zafiro hacía una resistente hebra de seda y le daba vueltas a una gruesa roca, dejándola fuertemente amarrada; a continuación se dirigió al borde del Muro y, con gran susto de Fan, se dejó caer.
Al verlo desaparecer, corrió al borde del muro y se asomó, viendo aliviado como bajaba lentamente hacia el invisible fondo, dejando tras si una fuerte hebra de seda.
Abriendo la mochila TodocabeNadapesa hizo entrar a Rubí, Diamante y Esmeralda y, colgándosela a la espalda, se agarró a la seda y se dejó deslizar. Tenía que parar de vez en cuando porque de la fricción le quemaban las manos y los pies que hacía servir de freno pero, antes de la noche, ya tocaba tierra al fondo del Muro, donde encontró a Zafiro esperando y comiendo hierba para reponer energías.
Hizo salir a todos de la mochila y aquella noche durmieron tranquilamente al pie del Muro.
Con las primeras luces del alba, Fan se despertó, asomó la cabeza por entre los pliegues de la capa en que estaba arrebujado y echó un vistazo en derredor.
Rubí y Diamante, estaban profundamente dormidos, uno contra el otro, como si Rubí buscara el calorcillo de la lana, puesto que la noche había sido fría.
Esmeralda estaba en pie, con las raíces más finas clavadas en tierra y Fan supuso que estaba alimentándose.
Mirando hacia donde había quedado Zafiro, quedó desagradablemente sorprendido, porque no estaba allí,
– ¿Dónde puede estar? 

Un bulto ovoide de color blanquecino, a la tenue luz del amanecer, colgaba de la rama más baja de un roble, se aproximó y aún pudo ver a través de las hebras a Zafiro afanado en tejer un capullo, aunque todavía no lo había terminado.
– ¡Así que era eso!, ¿te ha llegado el momento de la metamorfosis? 

Recordaba muy bien todo lo que había visto en los Telares de Cipán, se armó de paciencia y se dispuso a esperar a que acabara el proceso.
Durante los dieciséis días que tardó en eclosionar; Fan se dedicó, acompañado por Rubí, a cazar conejos y algún que otro cinguo y, sobre todo, a descansar.
– Ya vendrán peores momentos y, por lo menos, que nos pillen descansados y bien comidos.
Una vez desecada la carne al humo de roble y plantas aromáticas, lo guardaba en la mochila con las otras provisiones traídas del Reino de Énder y el saco de té de roca que había guardado para Diamante por si no encontraban a lo largo del camino.
Con algunas pieles de conejo, de las que había cazado Rubí y que procuró sacar enteras, consiguió curtir con las agallas de los robles que allí abundaban y preparar unos odres que llenó de agua del manantial más cercano y los echó en la mochila.
Mucha paciencia hizo falta, hasta al cabo de dieciséis días en que se rasgó el capullo y apareció una mariposa del tamaño de Fan y con tres varas de envergadura de alas. Extendió las alas a secar y para endurecerlas y al rato se alzó en un majestuoso vuelo.
El equipo, por fin volvía a estar completo, aunque un poco cambiado.
Fan guardó cuidadosamente el capullo vacío.
– Nunca se sabe para lo que podrá ser útil 

Y, echándose la mochila al hombro, se puso en camino seguido por Rubí, Diamante y Esmeralda, ya que la mariposa que ahora era Zafiro planeaba por encima de ellos.
Se orientó al Sur, buscando llegar a Alandia. Esperaba pasar por el bosque de los pájaros–martillo y cazar alguno más para comer. No es que fueran un manjar apetitoso pero podía calmar el hambre complementado con algo fresco.
Al siguiente día, pensó que no tardarían en ver el bosque, con la montaña de pizarras al fondo; pero la vegetación comenzó a escasear y el suelo se fue volviendo arenoso, el calor comenzaba a ser agobiante y no tardaron en tener que salvar algunas dunas que anunciaban la proximidad de un desierto.
– Efectivamente, ya me lo temía yo, nos hemos desviado del punto por donde escalé el Muro y por eso no encontramos la trepadora ni la fuente, ¡a saber dónde vamos a ir a parar!

Pero la cosa ya no tenía remedio, había que seguir hacia el Sur porque confiaba en que, más tarde o más temprano, acabarían llegando a algún lugar conocido o habitado.
La travesía del desierto fue muy penosa; no siempre podían seguir en línea recta hacia el sur porque debían dar rodeos, a fin de sortear algunas altas dunas, y eso hacía que el viaje se prolongara mucho más de lo necesario.
– Afortunadamente tenemos provisiones y agua suficiente, espero que se acabe pronto este desierto.
Procuraban viajar de noche, para evitar las horas más fuertes de sol. Durante el día, Esmeralda clavaba sus raíces lo más profundo que podía, extendía sus hojas y a su sombra se refugiaban todos hasta que el sol flojeaba, mientras tanto ella debía encontrar agua en las profundidades puesto que nunca se la vio mustia en todo el camino.
Zafiro, tan pronto bajaba algo el sol, alzaba el vuelo, miraba a todos los puntos cardinales y se lanzaba rápidamente, unas veces en dirección Este y otras Oeste, regresaba al cabo de unas horas, cuando ya oscurecía, con aspecto de haberse saciado libando copiosamente.
Fan y Rubí iban dando cuenta de las galletas, el queso y la carne que habían ahumado, mientras que Diamante tenía bastante con unos tallos de aquel té de roca.
Ya llevaban muchas jornadas caminando y las reservas de agua comenzaban a escasear.
El día en que se agotó toda el agua Zafiro alzó el vuelo, como de costumbre, y en lugar de volar hacia Este o hacia Oeste, se lanzó en dirección al Sur y eso consoló a Fan por la falta de agua
– Si la comida más cercana para ella está hacia el Sur, es señal de que este maldito desierto se está acabando

Pero no se acabó al día siguiente y la sed apretaba, tampoco al segundo día había señales de encontrar alguna fuente o riachuelo; cierto es que el desierto había cambiado, era más pedregoso y menos arenoso, y se comenzaban a ver algunos matorrales resecos, pero ni rastro de agua.
Súbitamente Esmeralda interrumpió su marcha y se clavó en la arena, todos tuvieron un sobresalto y se la quedaron mirando, extrañados por su actitud.
Parecía estar haciendo un esfuerzo sobrevegetal y alargaba sus más gruesas raíces hacia lo más profundo. De pronto dio un salto retirando las raíces, y del hoyo que quedó comenzó a fluir mansamente un hilo de agua, aunque volvía a ser reabsorbida por el terreno.
Todos, salvo Esmeralda y Zafiro, se tendieron por turnos en el suelo y bebieron afanosamente, sin importarles para nada si tragaban arena, hasta que quedaron saciados, luego rellenaron los odres y, aquella noche, renunciaron a seguir caminando. Tendidos en la arena se recuperaron de las penurias pasadas.
A la noche siguiente reanudaron el camino y ya amanecía cuando avistaron el Camino Real que unía Alandia con el Gran Lago. Ahora podrían marchar hacia Alandia y luego seguir hacia la aldea atravesando el Páramo Gris pero decidieron seguir hacia el Sur, campo a través, hasta llegar al Puente del Río Far, y ya desde allí hasta la aldea sólo tardaron una semana, pero ya en terreno conocido el viaje fue coser y cantar.
Su entrada en Aste fue todo un acontecimiento. Merto y todos los vecinos se admiraron con los compañeros de viaje y aún más con el relato de las aventuras, que Fan procuró adornar todo lo que pudo, y aquella noche todos durmieron tranquilos: Fan en el mullido colchón de lana de sus ovejas, Diamante en el redil con sus compañeras, Rubí hizo buenas migas con Rayo y los otros perros pastores, Esmeralda se clavó en el bancal de las verduras, intentando relacionarse infructuosamente con las otras coles, y Zafiro se posó en una gruesa rama de la morera que sombreaba el patio, porque otras ramas no la hubieran aguantado.




RETORNO A HÉNDER parte 1 

el próximo jueves

jueves, 24 de noviembre de 2016

RELATOS DE HÉNDER, Libro 2 (En busca de Hénder) parte 1


 Segunda parte de los Relatos de Hénder. Ahora Fan
emprende la búsqueda del mago para que le devuelva
 a sus cuatro mágicos compañeros de aventuras. En 
esta primera parte vuelve a visitar Los Telares de Cipán



En busca de Hénder




Habíamos dejado a Fan empeñado en una difícil misión, encontrar al mago y conseguir que convirtiera las piedras de la corona que llevaba en el morral en sus cuatro compañeros de aventuras.
Desde su presurosa y afortunada partida del reino No Tan Lejano, Fan llevaba muchos días por un sendero que discurría entre las Montañas Brumosas y el Gran Lago y venía a morir en el Cruce del Río Far, en cuyas inmediaciones se encontraba la senda que conducía a la cabaña del mago.
Estaba preocupado pensando en cómo enfrentarse a él y cómo éste se tomaría el hecho de que hubiera desbaratado su hechizo; pero parecía como si la corona ejerciera una influencia positiva, ya que su ánimo no decaía ni un ápice, pese a lo azaroso del viaje y lo incierto de su destino.
A lo largo de su camino se iba alimentando con las plantas, hongos, y bayas comestibles que todos en Aste conocían muy bien; y alguna que otra trucha pescada a mano en los varios arroyos que, procedentes de las Montañas Brumosas a su derecha, acababan desembocando en el Gran Lago, dando origen al caudal de los ríos Far y Calmo que nacían en aquel lago y desembocaban, el primero en el Océano del Éste o Mar del Amanecer, como también era conocido, y el segundo en el Estrecho de la Seda junto a los Telares de Cipán .
Por suerte el tiempo era bonancible y las temperaturas suaves, sólo en alguna ocasión se hubo de refugiar en alguna cueva o abrigo rocoso para protegerse de una tormenta pero, en general, el viaje transcurrió sin peligros ni privaciones y llegó, por fin, cerca de la cabaña del mago.
Se aseguró de que nadie pudiera sorprenderle; si el mago estaba allí prefería sorprenderlo él a ser sorprendido, y por eso se acercó cautelosamente, asomándose a una ventana. Aquello estaba tal como lo había visto la vez anterior y daba la impresión de que allí no había habitado nadie recientemente.
Sacó la corona del zurrón, la tomó en la mano y, decidido, atravesó el umbral esperando que esta vez se produjera el fenómeno inverso, pero la corona seguía siendo corona. Se sintió abatido por aquella contrariedad, pues había confiado en encontrar pronto al mago o que la magia que había obrado antes lo volviera a hacer y recuperar inmediatamente a sus compañeros de aventuras pero, siempre animoso, decidió hacer noche bajo techado en la cabaña y reemprender la búsqueda a la mañana siguiente, tras haber descansado del viaje.
Se levantó temprano y se puso en camino, después de desayunarse un pedazo de queso con galletas. Aquella noche había decidido recorrer los lugares por los que había pasado en sus anteriores aventuras, por si en algún lugar podía encontrar alguna pista del mago, por pequeña que esta fuera.
Al llegar al Puente del Río Far, aprovechó para hacer provisión de pescado que secó al humo, y luego se encaminó al Gran Lago, porque tenía la idea de visitar los Telares de Cipán. La vez anterior no había pasado de la Ruta de la Seda y ya que estaba cerca tenía intención de visitar las instalaciones y ver cómo elaboraban los tejidos.
En tres días se encontró a la orilla del lago, hizo noche allí al abrigo bajo una barca porque la noche refrescaba y al día siguiente tomó la canoa más pequeña que había y cruzó a la orilla opuesta. En esta ocasión el uso de la barca no implicaba condición alguna.
Había llegado en la época del engorde de los gusanos porque equipos de trabajadores recolectaban las hojas de las moreras y llenaban grandes sacos, que luego eran transportados con carretas a los almacenes de cría.
Entre los obreros que estaban cosechando las hojas, se encontró, casualmente, con unos que le reconocieron y, acercándose a él le preguntaron: 
– ¡Hola, amigo! ¿ya se ha deshecho del gusano gigante? 
– Si; no tenéis que preocuparos por él, ahora ya no come morera ni come nada. 
– ¿Y los otros acompañantes? 
– Esos tampoco comen ni beben nada ya. 
Y les contó a grandes rasgos sus aventuras y el destino de sus compañeros de viaje. 
En agradecimiento por haberles librado de aquel problema le invitaron a visitar las instalaciones de los Telares; y Fan, que sentía curiosidad por verlo todo, no se hizo de rogar.
Durmió aquella noche a medio camino, compartiendo cena y fogata, así como cantos y danzas populares con los recolectores de hojas que estaban acampados y al siguiente día, bien temprano, hizo el resto del camino hasta las instalaciones de Los Telares.
Gracias a las recomendaciones de los dos obreros de la escalera que se llamaban Saburo y Kaito, le enseñaron unos inmensos ponederos, donde las mariposas hacían la puesta de huevos, luego le mostraron las salas de incubación en las que por medio de calor eclosionaban los huevos y nacían los gusanos que, luego, eran trasladados a los comederos para ser cebados con las hojas de morera que llevaban en aquellos grandes sacos.
Lo que más le llamó la atención fue el bosque artificial a base de ramas que servía para las larvas que, tras hacer varias mudas, eran llevadas allí a fin de que se fijaran a los tallos y comenzaban a hilar sus capullos.
La nave siguiente le desagradó especialmente por el olor; le contaron que allí llevaban los capullos ya terminados y se ahogaban, puesto que si se les dejaba desarrollarse y romper el capullo, se destrozaban las hebras y no se podían aprovechar.
Lo más espectacular era una gran nave con filas de telares de distintos tamaños y que eran movidos por poleas, mediante unos ejes motrices accionados por la fuerza de las ruedas de paletas que había en el Río Calmo, antes de su desembocadura. Allí se llevaban las grandes bobinas de seda, tras devanar el hilo de los capullos y torcer varios juntos hasta formar una hebra continua y uniforme, se tintaban de distintos colores, se colocaban en los telares y cada uno hacía un tejido de tamaños y características diferentes. El ruido era ensordecedor porque en aquel momento estaban funcionando todos los telares a la vez. Otros tejidos eran de un blanco de base y se pasaban a otra sala en donde se dibujaban a mano preciosos, complicados y fantásticos motivos.
Más tarde le mostraron el puerto, desde donde partían las naves a la isla de Cipán, llevando al Emperador las sedas que producían, regresando con toda clase de productos y comestibles. Allí no tenían ni agricultura ni ganadería, puesto que se dedicaban exclusivamente a la seda.
Era la primera vez que Fan veía el mar, pese a no tenerlo muy lejos en su tierra, y también era la primera vez que veía a la gente de la isla, tenían unos rasgos algo diferentes y se veía incapaz de distinguir unos de otros, todos le parecían igual. Al ver allí la isla tan cercana, tras haber cruzado el Gran Lago, aquello no le impresionó demasiado.
Todos fueron muy amables y corteses y, aunque no pudieron decirle nada sobre el mago, quedó muy satisfecho con la visita. Le invitaron a comer y le dieron unos platos extraños que nunca antes había probado, pero que le resultaron muy agradables. Nunca había comido pescado crudo, tampoco algas. Eran unos sabores nuevos para él, pero le gustaron tanto que se propuso regresar algún día con su amigo Merto y enseñarle aquello.
Cuando ya se iba a despedir para seguir su viaje le insistieron en que se quedara o que, al menos, hiciera noche allí, pero Fan tenía mucha prisa en seguir con su búsqueda. Entonces le regalaron una curiosa y finísima capa de seda que, según le dijeron, estaba tejida de tal manera que por sus irisaciones hacía invisible todo aquello que cubría. También le dieron algunas provisiones en forma de galletitas y rollos de arroz con verduras que guardó cuidadosamente en su zurrón envueltas en grandes hojas de morera.
Dándoles las gracias se despidió de todos y especialmente de Kaito y Saburo y marchó tomando el camino que, siguiendo la línea de la costa, pasaba cerca de No Tan Lejano, para finalmente bordear las Montañas Brumosas y llegar a Mutts, el pueblo de la Cueva de los Silencios. 
Desde este camino sí que pudo admirar la grandiosidad del mar en toda su amplitud y magnificencia y, aunque aquella ruta le obligó a dar un gran rodeo, pensó que valía la pena. 
– ¡Es extraordinario! – exclamó como si estuviera acompañado, y es que en el viaje anterior se había acostumbrado a hablar a sus compañeros, y ahora lo necesitaba para no sentirse tan solo.
Cuando pasaba por las cercanías de No Tan Lejano procuró apresurar el paso, puesto que ignoraba si el rey Nasiano V seguía resentido con él y, además, aún menos quería toparse por casualidad con la pesada de Saturia, la princesa.
En un punto de la senda se encontró con un camino amplio que se veía muy transitado aunque ahora estaba desierto. Descendía desde la capital de No Tan Lejano y acababa en una pequeña ensenada con una especie de embarcadero allá muy abajo. En su apresurada huida no había reparado en ello la otra vez que pasó.
Tras otros cinco aburridos días más de camino, llegó a Mutts en las Montañas Brumosas y se alojó en la posada, donde pudo recuperarse del viaje, comer hasta saciarse con un rico guiso de cordero y dormir en un lecho mullido.
Al día siguiente preguntó al posadero: 
- Estoy buscando a un mago que vivía al pie de las Montañas y muy cerca del Río Far, ¿hay aquí alguien que pudiera darme alguna pista para poder encontrarlo? 
– A usted le conozco – dijo el posadero – usted fue el que se llevó al lobo ¿verdad?. Yo estaba allí; bueno, estábamos todos. Pues yo sé quién le puede informar, vaya a la Cueva, ya sabe usted el camino. 
Y allá que se fue. En la boca de la cueva había una larga cola esperando entrar, cosa que le extrañó mucho. ¿Sería acaso que la gente entraba para hacer una cura de silencio?.
Y preguntó al último de la fila: 
– ¿Qué pasa aquí?,¿por qué hay tanta gente? 
– ¿Es usted el que se llevó al lobo?, pues desde entonces, bueno no, tiempo más tarde, esta cueva dejó de ser la Cueva de los Silencios; comenzó a hablar por los codos, tanto que para los vecinos es ahora un Oráculo que responde a todas las preguntas y ahora le llamamos la Cueva de las Respuestas, es por eso que venimos aquí a consultar sobre nuestros problemas, nuestras inquietudes, nuestros proyectos… y la cueva nos ayuda. 
– Pues yo tengo que hacerle una pregunta, pero si me tengo que esperar a todos los que están aquí… 
– No se preocupe, nosotros vivimos aquí y podemos venir cuando y cuanto queramos y, como usted fue el que se llevó el lobo, seguro que nadie protestará porque entre el primero. 
Y le acompañó a la boca de la cueva.
Así fue como entró sin tener que esperar y, a diferencia de la primera vez, podía oír sus pisadas, su respiración y hasta las gotas de agua que caían de una estalactita. 
– ¿Dónde puedo encontrar al mago que busco? 
– En Hénder – respondió la cueva
Fan ignoraba donde podía estar ese sitio, conocía ese nombre pero sólo era por el nombre que la princesa daba a la corona, así que preguntó: 
– ¿Y cómo puedo llegar a Hénder? 
– Tienes que ir hacia el Norte, salvar el Muro del Fin del Mundo y allí hallarás la respuesta. 
Por más que porfió no consiguió que la cueva le diera más detalles y marchó a la posada a recoger sus cosas para reanudar el camino. Decidió regresar a su aldea, descansar, recuperar fuerzas y acopiar provisiones para, después, continuar su viaje a Hénder.
Fue un largo y pesado viaje y por más de siete días anduvo sin descanso por el antiguo sendero que, tras bordear parte de las Montañas Brumosas se bifurcaba en dirección a Pascia, llegando a su pueblo agotado y hambriento y es que, por no perder tiempo, ni siquiera se había detenido a cazar ni recolectar alimentos y se mantuvo con lo poco que le quedaba en el zurrón.
Pasó en Aste unos días felices con Merto, su rebaño, sus perros y sus paisanos, reposando de las pasadas fatigas, recuperando energías y contando sus aventuras en las tertulias vespertinas que tenían lugar a diario en la calle, pero no tardó mucho en ponerse en camino, no sin llevarse una buena bolsa de provisiones.
Merto, su amigo, insistió en acompañarle para que no hiciera solo aquel viaje tan peligroso, pero alguien se tenía que quedar con el rebaño, y como no encontraron quien se hiciera cargo, se resignó otra vez a quedarse, aunque a regañadientes, no sin arrancarle la promesa solemne de que en el próximo viaje le acompañaría.
Tomó el camino que conducía hacia la frontera de Alandia y, en unos días sin incidentes y, tras pasar el Puente sobre el Far y el Páramo Gris acabó llegando a los famosos Jardines que ya conocía; donde los jardineros, agradecidos por haberles librado de la col, le entregaron unas semillas desconocidas y se las guardó en el fondo del zurrón pensando en sembrarlas cuando regresara y ver qué salía. Le habían contado que allí no talaban árboles para la cocina o calentarse, que aquellas semillas resolvían el problema, pero no le aclararon nada más.
Preguntó a los jardineros:
– ¿Alguien podría indicarme los caminos que conducen al Norte? 
Y le respondieron: 
– ¿Al Norte? Allí nadie ha ido nunca, es peligroso y se cuentan extrañas historias. Caminos no hay ninguno, ni siquiera se atreven los pastores a llevar sus rebaños y eso que por allí debe haber buenos pastos, pero todo el mundo tiene miedo y nadie se ha aventurado por aquel territorio. 
– Pues cuando regrese tendré el gusto de informar a Su Majestad el Rey sobre los territorios que voy a explorar y qué hay de verdad o de mentira en todas esas historias que se cuentan. 
El Jefe de Jardineros, como la más alta representación del Reino allí, le prometió que; tan pronto regresara de su expedición, le conseguiría una audiencia real.
Entonces reinaba Mirto II esposo de Rosa XXIII, hijo de Roble X y de Begonia III, ya que los reyes de Alandia siempre ostentaban nombres de flores y plantas y hacían gala de su afición a la jardinería como lo demostraban sus famosos jardines y a veces hasta en su manera de hablar.
Finalmente salió hacia el Norte, campo a través. El terreno no era difícil, el pasto tierno y abundante porque era tiempo de ello, pero pensó que cuando todo aquello creciera y se secara sería un peligro por el riesgo de incendios, aunque minimizado por la falta de presencia humana que era el peor peligro. Había numerosas fuentes, por lo que no le faltó agua y tampoco caza. No le faltaban provisiones, pero no estaba de más llevar algo de carne de reserva y cazó unos conejos y alguna paloma de agua. 
– ¡Ah, lobo! Qué bien me vendrías ahora para ayudarme a cazar – dijo para si mismo pero en voz alta.
Las palomas de agua gustaban de dormir en las fuentes y las charcas, flotando como si fueran patos, eran fáciles de capturar cuando dormían, pero resultaban algo correosas.
A los dos días de caminar por aquellos llanos, divisó a lo lejos la línea de unas montañas y pensó que, aquello podría ser lo que dijo la Cueva, el Muro del Fin del Mundo; pero, cuando se acercó más, comprendió que no podía ser. Era una cadena montañosa, no muy alta, pero complicada de escalar puesto que, a media altura, el suelo estaba formado por lascas sueltas de pizarra con mucho peligro ya que era fácil resbalar y caer ladera abajo. 
– Col, si tú estuvieras aquí seguro que extenderías tus raíces sobre las piedras y las meterías entre las grietas para no resbalar, así podríamos subir sin peligro, pero ¡qué le vamos a hacer!, habrá que ingeniárselas. 
Afortunadamente llevaba una destraleja que le había regalado Merto, y Merto entendía mucho del tema, era la persona más experta en el afilado de toda clase de herramientas cortantes. Con ella taló dos fuertes ramas de los pinos que había en lo más bajo de la falda de aquella montaña, haciendo unos bastones afilados por un extremo.
Cuando llegó a los últimos metros, los más peligrosos, con la parte puntiaguda de los dos bastones hurgaba entre las lascas de pizarra hasta que encontraba algo firme y así, poco a poco, asegurándose bien con los palos, consiguió escalar hasta la cumbre. Desde allí sí que pudo ver en la lejanía una franja en el horizonte, entre cielo y tierra, que se perdía a derecha e izquierda y pensó que podría ser, por fin, el dichoso Muro. Tuvo que descansar un rato en la cima, tras el fatigoso ascenso que le reportaría unas buenas agujetas en los bíceps.
El descenso fue más complicado aunque menos duro que la subida pero, poco a poco y ayudado con la cuerda y los escasos árboles que había en la ladera, llegó finalmente a terreno llano poblado de un espeso pinar, donde pensó hacer noche. 
– Pues descansaremos aquí esta noche, que nos lo hemos ganado. 
Ya había dejando en el suelo el zurrón para prepararse algo de cena cuando oyó un leve aleteo y algo que se acercó volando, tan veloz que no lo pudo distinguir, le propinó un fuerte golpe en la cabeza. Sorprendido por el golpe se refugió junto a un tronco, a falta de otro tipo de resguardo, para protegerse las espaldas y vigilando a un lado y a otro. Nuevamente oyó un aleteo, sintió una ráfaga de viento y no pudo evitar recibir un nuevo golpe en la cabeza. Esta vez había venido de la derecha.
Recogió una rama del suelo y se preparó un buen garrote quedando tenso a la espera de un nuevo ataque.
Tan pronto escuchó un nuevo aleteo, hizo un molinete de izquierda a derecha con aquella arma improvisada, con tan buena fortuna que su atacante golpeó en el palo y éste se partió por la mitad, pero el pájaro, pues pájaro era, yacía inmóvil en el suelo.
Era un ave de complexión robusta aunque no muy grande, del tamaño de un halcón, pero presentaba una rara peculiaridad y es que tenía por pico una protuberancia parecida a un martillo, ligera pero muy dura, que apenas pudo rayar con la punta de la navaja. Supuso que así cazaba, golpeaba a sus víctimas y después se las llevaba a trozos a la boca con sus fuertes garras, boca que consistía en una estrecha abertura bajo el martillo.
Le cortó la cabeza y se la guardó en el zurrón, nunca se sabe qué utilidad pudiera tener. Luego lo desplumó y, encendiendo un fuego, lo asó resultando de buen comer, aunque algo fibroso, algo más que las palomas de agua.
Ya mas tranquilo; pensando que aquel debía ser el único ejemplar, se disponía a dormir, cuando comenzó a oír aleteos y pudo ver a varias de aquella aves posadas en las copas de los pinos circundantes, mirándolo apreciativamente, en espera de lanzarse en un ataque combinado que no hubiera podido repeler. No sabía cómo salir del atolladero y no tenía donde refugiarse. Si le golpeaban todos podrían acabar con él y ya se veía desgarrado y devorado por aquellos pájaros martillo.
Una idea le rondó por la cabeza y enseguida la puso en práctica. Sacando la capa que le habían regalado en los Telares de Cipán, se la echó por encima y se estuvo quieto, aunque tenía bien empuñada la destraleja para, si todo fallaba, vender cara su vida. Descubrió, además, que la capa tenía otra peculiaridad y es que podía ver desde dentro todo lo que sucedía a su alrededor.
Al cabo de un buen rato de estar inmóvil, cubierto con la capa, pudo ver que sus enemigos iban abandonando las copas de los pinos y volaban lejos de allí.
La prueba de la capa había resultado un éxito y le había salvado la vida, tenía que contárselo a sus amigos de Los Telares. Los pájaros martillo no le habían podido ver debajo de la capa y, a falta de presa, habían abandonado la caza.
Pensó que aquellos eran unos pájaros diurnos y que no debía preocuparse por la noche pero, desde aquella ocasión, todas las noches durmió envuelto en su capa. Esa noche pudo dormir tranquilo, aunque le dolía algo la cabeza por los golpes; además le habían salido dos chichones como huevos de codorniz, lo que no es mucho, pensó.
Al día siguiente continuó la caminata, pero vigilando y estando muy alerta por si volvía a escuchar otro aleteo. La franja del Muro ya se perfilaba más nítida en el horizonte y calculó que no faltarían más allá de dos días de camino hasta el pie del farallón. Los días que siguieron fueron tranquilos y sin sorpresas desagradables, salvo una noche en que hubo de cambiar el lugar elegido para dormir, a causa de una legión de hormigas gigantes y guerreras, que habrían podido llevárselo a cuestas a su hormiguero, tantas y tan grandes eran.


EN BUSCA DE HÉNDER parte 2 

el próximo jueves