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martes, 24 de febrero de 2015

El Gallo Quirico

Este cuento tocaba ponerlo mañana, pero no me he podido resistir y lo pongo hoy. Es, además de Los tres cerditos y El medio pollico, el que más me piden que les cuente mis nietos Oscar y Eric. Como ya decía en La Gallinita y el Pollito, éste también es un cuento de retahíla en el que se van encadenando los sucesos en serie.

Puede escucharse mientras  
 se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie


EL GALLO  QUIRICO

  
Pincho y peripuesto, el gallo Quirico iba camino alante a la boda del Tío Perico cuando se encontró un gusanito en medio de una gran plasta de vaca.
Pensó;
-Si me como el gusanito me mancharé el pico, pero si no lo hago llegaré desmayado a la boda
Como vio allí cerca una mata de col pensó que si se manchaba el pico le pediría a la col que le limpiara el pico y, no pudiéndose resistir a la tentación, le pegó un picotazo engullendo el gusanito y, por su imprudencia, manchándose el pico.
Acercándose a la col le dijo
–Col, límpiame el pico que voy a la boda del Tío Perico
La col dijo 
-¿Cómo te has manchado?, ¿no te habrás comido al gusanito?
- No, no, no
dijo el gallo Quirico, la col dijo entonces
–Gusano, gusanito, ¿dónde estás que hoy no te he visto?
Y el gusanito le contestó
–Aquí estoy en la tripa del gallo Quirico
La col dijo
–Gallo Quirico, como me has mentido no te limpio el pico.
Y continuando su camino se encontró a una oveja y le dijo;
–Oveja, cómete a la col, que no ha querido limpiarme el pico para ir a la boda del Tío Perico
La oveja dijo 
-¿Cómo te has manchado?, ¿no te habrás comido al gusanito?
–No, no, no
Dijo el gallo Quirico, la oveja dijo entonces
–Gusano, gusanito, ¿dónde estás que hoy no te he visto?
Y el gusanito le contestó
–Aquí estoy en la tripa del gallo Quirico
La oveja dijo
–Gallo Quirico, como me has mentido ni me como la col ni te limpio el pico.
Más adelante encontró al lobo y le dijo;
–Lobo, cómete a la oveja, que no ha querido comerse la col, que no ha querido limpiarme el pico para ir a la boda del Tío Perico
El lobo dijo 
-¿Cómo te has manchado?, ¿no te habrás comido al gusanito?
–No, no, no
Dijo el gallo Quirico, el lobo dijo entonces
–Gusano, gusanito, ¿dónde estás que hoy no te he visto?
Y el gusanito le contestó
–Aquí estoy en la tripa del gallo Quirico
El lobo dijo
–Gallo Quirico, como me has mentido ni me como la oveja ni te limpio el pico.
Se encontró después con el perro y le dijo;
–Perro, caza al lobo, que no ha querido comerse a la oveja, que no ha querido comerse la col, que no ha querido limpiarme el pico para ir a la boda del Tío Perico
El perro dijo 
-¿Cómo te has manchado?, ¿no te habrás comido el gusanito?
–No, no, no
Dijo el gallo Quirico, el perro dijo entonces
–Gusano, gusanito, ¿dónde estás que hoy no te he visto?
Y el gusanito le contestó
–Aquí estoy en la tripa del gallo Quirico
El perro dijo
–Gallo Quirico, como me has mentido ni cazo al lobo ni te limpio el pico.
El gallo Quirico enfadado vio un palo y le dijo;
–Palo, pega al perro, que no ha querido cazar al lobo, que no ha querido comerse a la oveja, que no ha querido comerse la col, que no ha querido limpiarme el pico para ir a la boda del Tío Perico
El palo dijo 
-¿Cómo te has manchado?, ¿no te habrás comido el gusanito?
–No, no, no
Dijo el gallo Quirico, el palo dijo entonces
–Gusano, gusanito, ¿dónde estás que hoy no te he visto?
Y el gusanito le contestó
–Aquí estoy en la tripa del gallo Quirico
El palo dijo
–Gallo Quirico, como me has mentido ni pego al perro ni te limpio el pico.
Fue a buscar al fuego y le dijo;
–Fuego, quema al palo, que no ha querido pegar al perro, que no ha querido cazar al lobo, que no ha querido comerse a la oveja, que no ha querido comerse la col, que no ha querido limpiarme el pico para ir a la boda del Tío Perico
El fuego dijo 
-¿Cómo te has manchado?, ¿no te habrás comido al gusanito?
–No, no, no
Dijo el gallo Quirico, el fuego dijo entonces
–Gusano, gusanito, ¿dónde estás que hoy no te he visto?
Y el gusanito le contestó
–Aquí estoy en la tripa del gallo Quirico
El fuego dijo
–Gallo Quirico, como me has mentido ni quemo al palo ni te limpio el pico.
Ya casi llegando al lugar de la boda se encontró con el río y le dijo;
–Río, apaga el fuego, que no ha querido quemar al palo, que no ha querido pegar al perro, que no ha querido cazar al lobo, que no ha querido comerse a la oveja, que no ha querido comerse la col, que no ha querido limpiarme el pico para ir a la boda del Tío Perico
El río dijo 
-¿Cómo te has manchado?, ¿no te habrás comido el gusanito?
–No, no, no
Dijo el gallo Quirico, el río dijo entonces
–Gusano, gusanito, ¿dónde estás que hoy no te he visto?
Y el gusanito le contestó
–Aquí estoy en la tripa del gallo Quirico
El río dijo
–Gallo Quirico, como me has mentido ni apago el fuego ni te limpio el pico.
Llegado a la boda, los cocineros al verlo con el pico sucio no se creyeron que era un invitado y lo echaron en una olla para el convite.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado y por la boca de este niño se ha colado.



Relato "Los días que se van" de Belén Villalba




Belén me envió este relato que había sido premiado en el Certamen Literario de Riópar para incluirlo en la web de todocuentos. Ahora lo pongo aquí para que lo disfrutéis.




LOS DÍAS QUE SE VAN

Son las dos de la madrugada y aquí estoy, sentada frente a mi escritorio empuñando mi pluma y escribiendo sinsentidos mientras dejo a Bach que corra por mis venas.
            Estoy en la ciudad; es inevitable no sentir nostalgia de mi pueblo que estando tan lejos está tan cerca y estando tan cerca está muy lejos.
            De vez en cuando miro por la ventana y veo un sinfín de luces de color y de tejados; pero son tejados inertes, carentes de cualquier atractivo o incentivo que me aliente a pensar que tal vez pudiera haber un halo de esperanza para poder ser feliz en esta jungla de asfalto.
            Es entonces, cuando la vida no da para más, el momento en que cierro los ojos y siento en mi mente la brisa que tantas veces me llama cuando estoy en el valle de Riópar. Y como si de un viaje astral se tratase, me encuentro en la terraza de mi cortijo sintiendo cómo pasa el tiempo y la vida no sólo para mí, sino también para mi montaña. Entonces, recordando todas esas noches que he disfrutado en su compañía, escribo:

Alcé la vista al cielo,
Y ví una estrella mirando
Lo que aquí abajo pasaba:
Que mientras yo me muero,
La vida también va marchando
De mi querida montaña.
Ante mis pies descansa firme
El paraje que me da vida,
De aquí nunca querré irme,
De aquí, la montaña mía.

            Vuelvo a la ciudad, a la realidad de todos los días, todos esos días de calendario, de vida por compromiso. Días que, como un presidiario se van tachando en nuestra imaginación, esperando a los días de verdad; esos en que disfrutas cada segundo, cada instante se hace eterno y la vida cobra sentido; esos son los días de Riópar. Porque no es lo mismo despertarse en medio de un bosque de edificios con buitres que hablan y lobos de dos patas, que comenzar el día entre robustos pinos y un manto de naturaleza que se hace palpable en el sentimiento. Porque vivir lejos de ti, Riópar, es como no vivir; como estar alegre y no poder reír o estar triste y no poder llorar.
Según me voy alejando de camino a la gran ciudad sé que atrás quedó lo mejor, los mejores momentos, pero al llegar, de nuevo tristeza y soledad, y lo que es peor, una inmensa añoranza.
            Aunque quiero ser feliz, aquí no puedo; estoy lejos de ti cuando lo que más deseo es estar contigo. No quiero que me olvides en mi ausencia, aunque a mí, por un solo instante, me gustaría hacerlo.
            Olvidar esas calles rurales llenas de vida; olvidar los angostos y pedregosos caminos por los que tantas veces, con la barjuleta a cuestas, he buscado todos esos parajes de belleza singular que te rodean. Y olvidar las enormes bandadas de estorninos que por las tardes anuncian tan lindas puestas de sol.
            Muchas veces, estando en la urbe, converso con mis amigos acerca del hermoso regalo con el que la naturaleza nos ha obsequiado a todos los que tenemos la fortuna de vivir en ti, y les explico cómo todos los días que ellos creen disfrutar entre tumultos de gente y aglomeraciones de coches no son más que un mero espejismo del conformismo al que están irremediablemente atados.
            Entonces les hablo de la magnificencia del Nacimiento del Mundo, de cómo, sin saber de donde, a través de una enorme cueva, fluye un caudaloso manto de agua como si fuera el llanto incombustible de la Madre Tierra por todo cuanto le están haciendo sufrir. Y para que todos los intolerantes ciudadanos se den cuenta de ello, deja caer sus lágrimas desde una altura de ochenta metros para, tras reposar en dos calderas que ella misma ha fabricado en piedra, dejarse ver formando una hermosa cola de caballo con la seguridad de que cualquiera que allí vaya, nunca pueda olvidarlo.
            Antes de que les de tiempo a decir nada, les hago ver en su imaginación la rusticidad del antiguo Riópar, describiéndoles las estrechas ruas de las que consta la aldea, con sus moradas prácticamente en ruinas. Ruinas que si pudieran hablar, sin duda no cesarían de relatar un sinfín de historias acerca de las batallas que se debieron librar a los pies del castillo, allá por el siglo XIII; o sobre los cristianos que con fervor se han acercado a rezarle a la Virgen de los Dolores, desde hace ya cinco siglos, a la románica iglesia del Espíritu Santo. Y cómo no, sin duda hablarían de cómo, día a día, los habitantes del pueblo bajaban hasta la centenaria fábrica a trabajar el tan famoso bronce de Riópar.
            No obstante, sé que por más que yo les quiera explicar cuan maravilloso es el sentimiento de vivir en Riópar, ellos nunca lo podrían entender, porque al fin y al cabo, nadie les ha enseñado a apreciar las auténticas cosas buenas de la vida. Esas cosas que para ellos son un mero pasatiempo de fin de semana son los que hacen que los días sean algo más que veinticuatro horas. Y que son tan simples como disfrutar de un espléndido paseo por las tranquilas calles del pueblo, saludando a todo cuanto se cruce en tu camino, y sabiendo que, mires a donde mires, sólo verás el fiel reflejo de la paz interior que es , para quien sabe apreciarlo, la naturaleza que rodea al encantador conjunto de casas que forman mi pueblo.

            Tal vez sea su ausencia lo que me invade de nostalgia cuando estoy en la ciudad, y lo que hace que mi único consuelo sea escribir sobre lo mucho que echo de menos no poder asomarme al balcón del Mundo que es para mí el Calar; o no poder en definitiva, sentirme orgullosa de haberme levantado ese día de la cama, sabiendo que he desperdiciado, de nuevo, un precioso tiempo de mi existencia.
En ocasiones me reúno con gente de aquí que sufre la agonía de la distancia, y me cuentan historias tan curiosas como las cabañuelas, esa extraña asociación que desde tiempo atrás se ha establecido en relación con el clima entre los primeros días de agosto con los meses del año, de manera que el uno de agosto equivale a enero, el dos a febrero, y así sucesivamente hasta el doce que sería diciembre. Es por ello que a nadie de los que aquí vivimos nos resulten insólitas las frecuentes tormentas de agosto, más propias del invierno que de verano.

            ¿Y después? Las canículas, del trece al veinticuatro, de diciembre a enero.
            Crónicas tan terribles como las atrocidades que cometieron con la imagen de la Virgen durante la guerra civil.
            Historias tan hermosas como la leyenda del olmo de Riópar Viejo, o la de Juanillo el Oso. O simplemente la leyenda de quien aprendió a vivir aquí, a saborear cada segundo que pasaba caminando por el majestuoso Paseo de los Plátanos, con la alfombra de naturaleza que en otoño forman las hojas; andando por la transitada calle Valencia y recorriendo la orilla del río de la Vega.

            Es ahora estando tan lejos, cuando más echo de menos esos momentos en que, siendo niños (y no tan niños), nos dedicábamos a recorrer todas y cada una de las montañas que conforman el valle de Riópar.
            La primera de esas excursiones, contando con apenas siete años fue  la fuente del valenciano, la misma que ahora, a modo de procesión visitamos en las noches de verano para tomar un trago de agua antes de irnos a dormir. Otra de esas correrías fue a las zorreras…Dios, fue algo realmente impactante. Recorrimos los entresijos de la montaña, para al fin, culminar nuestra hazaña con el mejor de los trofeos que podríamos haber soñado. Un acogedor rincón poblado de hierba desde el que, tumbados, podíamos contemplar, orgullosos la sobrecogedora vista panorámica que nos ofrecía aquel paraje.
            Todo el valle, de norte a sur, de este a oeste…, los Picos del Oso, el Almenara, el Padrón…
            Creo que esta imagen ha permanecido junto a mí todos estos años, al igual que la brisa que por primera vez respiré en aquel lugar.
            Y por recordar, con especial cariño, las noches. Tan distintas a las de la ciudad.

            Noches en las que todos alguna vez hemos jugado a imaginar que en cualquier momento iba a salir un fantasma de Casa Nueva; alguna mano nos agarraría si nos acercábamos al cementerio; o que un extraño híbrido saldría de entre los matorrales que hay al lado del río.
            Y siendo más mayores, que hasta la mismísima Santa Compaña bajaría alguna de esas madrugadas de invierno por la cuesta del legendario cementerio de Riópar Viejo…
            Todas esas emociones son las que hacen que cualquiera sienta que está vivo, y desee con todas sus fuerzas que esos días no se escapen jamás del recuerdo, porque en ellos hay algo que es merecedor de formar parte de nuestras vidas.

            Para mí, estos momentos tan preciados sólo tienen lugar en Riópar.
            Tal vez, eso es lo que hace que en mis recuerdos sólo encuentre situaciones y lugares de allí, porque los demás días que he vivido aquí en la ciudad, no los quiero, dejo que caigan en el olvido. Son espacios de tiempo que he desperdiciado.
            Esos son los días que se van, los otros permanecen siempre junto a mí, esté donde esté, este pequeño pueblo de la Sierra de Alcaraz estará siempre en mi pensamiento.



lunes, 23 de febrero de 2015

Más fábulas. Ahora Fedro




Fedro era un fabulista latino, se dice que vivió entre los años 10 y 70 de nuestra era y de joven se trasladó a Roma, dónde se dedicó a la poesía. Él introdujo la fábula a la literatura latina y consiguió darle a ésta un carácter que anteriormente no tenía. La mayor parte de sus temas los tomó de Esopo, y los enriqueció y transformó completamente.


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LA ZORRA Y LA CARETA

La zorra vio por casualidad una careta.
- ¡Oh, cuán bella es - dijo - pero no tiene seso!
Dícese esto de aquellos a quienes la Fortuna dio gloria y honores, pero negándoles el común sentido
Recogido después por Samaniego, del que ya pondremos sus fábulas más adelante, en estos versos:
"Dijo la zorra al busto después de olerlo:
- Tu cabeza es hermosa, pero sin seso.
Como éste hay muchos,
que aunque parecen hombres, sólo son bustos."

EL ASNO Y EL VIEJO

Con harta frecuencia, cuando hay cambio de Gobierno, sólo muda para los pobres el nombre del amo. Esta breve fábula enseña la verdad que digo
Un tímido anciano apacentaba un asno en un prado. Aterrado por el súbito clamor del enemigo, aconsejó al asno que huyera para que no pudieran cogerlo.
- Dime - respondió éste con indiferencia - : ¿crees que el vencedor ha de ponerme dos albardas?
Negó el viejo.
- Luego, ¿qué me importa a mi a quién sirva teniendo que llevar la misma carga?
Pues eso no sólo es de actualidad, es intemporal.


LA MUJER DE PARTO

Nadie halla placer en volver al lugar donde recibió daño.
Una mujer llegada a término, y en el instante del parto, lanzaba trémulos gemidos, tendida por tierra. Mostróle su marido el lecho, lugar donde mejor podía ser depositada su carga natural.
- Menos es mi confianza en ese sitio para terminar mi mal, habiendo tenido ahí principio - dijo ella


LA RANA QUE QUISO SER COMO EL BUEY

Cuando el pobre intenta imitar al poderoso, sucumbe.
Un día una rana vio en el prado a un buey: picada de envidia por su corpulencia, infló su arrugada piel. Entonces preguntó a sus hijos si era tan grande como el buey. Estos lo negaron.
Infló de nuevo su piel con mayor esfuerzo, y les preguntó de igual modo quién era el más grande de los dos. Ellos dijeron que el buey.
Cuando, indignada, quiso nuevamente hincharse con más fuerza aún, reventó y quedó muerta.


SÓCRATES SOBRE LOS AMIGOS

Corriente es el nombre de amigo, pero la verdadera amistad es rara.
A la vista de una casita que se estaba construyendo Sócrates, un hombre del pueblo que por allí pasaba, como sucede a menudo, dijo:
- Dime, Sócrates: ¿cómo tú, tan gran varón como eres, construyes una casa tan pequeña?
- ¡Ojalá pudiera - repuso él - llenarla de verdaderos amigos! 


EL ASNO Y LOS SACERDOTES DE CIBELES

Quien nació desgraciado, no sólo pasa toda su vida oprimido, sino que incluso después de su muerte es perseguido por la cruel desventura de su destino.
Los sacerdotes de Cibeles solían llevar de un lado a otro, para el tráfico de su comercio, a un asno cargado de bultos. Muerto el asno de fatiga y de golpes, le arrancaron la piel y se hicieron tambores. Preguntados a poco por uno qué habían hecho de su cariño, respondieron de este modo:
-¡Pensaba que estaría tranquilo después de su muerte, y mira como caen otros palos sobre él estando muerto! 



EL MONTE, DE PARTO

Un monte estaba de parto y lanzaba espantosos gemidos; la tierra aguardaba con una expectación inmensa,
El monte, al cabo, parió un ratón.
Esto se escribe para ti, que anuncias una obra formidable y no produces nada.

"Pariuntur montes, nascitur ridiculus mus"
Recogido después por Samaniego, del que ya pondremos sus fábulas más adelante, en estos versos:
Con varios ademanes horrorosos 
Los montes de parir dieron señales; 
Consintieron los hombres temerosos
 Después que con bramidos espantosos 

 Ver nacer los abortos más fatales
 Infundieron pavor a los mortales, 
Un ratoncillo fue lo que parieron.

 Estos montes, que al mundo estremecieron,
 Hay autores que en voces misteriosas 
Estilo fanfarrón y campanudo 
Después de tanto ruido sólo viento. 

 Nos anuncian ideas portentosas;
 Pero suele a menudo 
Ser el gran parto de su pensamiento.










domingo, 22 de febrero de 2015

El Elefante y Alcohólicos Anónimos


Un cuento de calibre XL

Inspirado en un gran film sobre la Naturaleza y Fauna Africana titulado:
 "Los animales son gente maravillosa",  con una parte introductoria por
el inolvidable Félix Rodríguez de la Fuente


El Elefante y Alcohólicos Anónimos

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Aquel año la producción de marulas había sido excepcional y los animales del delta del Okabango se habían podido atiborrar de esas dulces bayas durante días.
Cuando comenzaron a caer ya maduras y comenzaron a fermentar, los efectos fueron fulminantes. Elefantes tambaleándose, avestruces patas arriba, facoqueros cayéndose por aquí y por allá, babuinos haciendo torpes payasadas,...
La abundancia de marulas fermentadas duró casi una semana y el delta del Okabango parecía una casa de locos, animales ebrios por todas partes con movimientos torpes e inseguros y cada mañana aparecían con una resaca de campeonato.
Los leones, que en aquel territorio son buenos nadadores, no se alimentaban más que de carne por eso eran de los pocos que se mantenían serenos, tuvieron que rescatar a todos aquellos que, borrachos como una cuba, acababan cayendo al agua.
De vez en cuando los leones se merendaban alguna gacela, babuino o facoquero pero, aparte de eso, realizaron una excelente labor de socorrismo mientras que disfrutaban de unas presas de una calidad gastronómica y un sabor especial al estar aderezadas con alcohol fermentado de las marulas que habían ingerido en cantidades masivas.
Cuando se acabaron las bayas y se pasó la euforia del momento, el Rey de la selva convocó a los más ebrios de todos los habitantes de su reino a someterse a unas reuniones terapéuticas de Alcohólicos Anónimos.
Todos los asistentes confesaron su adicción a las marulas fermentadas y las barbaridades que habían cometido bajo los efectos de las mismas.
Todos ya estaban serenos puesto que hacía dos días que habían dejado de consumir, así que fueron abandonando la reunión conforme confesaban y reconocían su vicio y sus culpas.
Finalmente sólo quedó un elefante pero, tras reconocer que se había atiborrado y que, ebrio como estaba, había caído sobre un babuino con todo su peso, el león no le permitió abandonar la sala y le obligó a permanecer bajo observación.
Todos se preguntaron por las razones del león para cometer tamaña injusticia, ya que el elefante hacía dos días que estaba sobrio y había confesado, como todos los demás, su adicción y sus culpas. Las críticas al rey y los murmullos se iban propalando por toda la selva...
Hasta que el león contestó
-  Sigue con la trompa


Incluyo aquí unas escenas de la película que inspiró este cuento.

El cuento que no quería ser contado


Un cuentico corto de calibre M, 
no tanto como el de Monterroso, pero...  



El cuento que no quería ser contado


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Había una vez un cuento tan tímido que le daba mucha vergüenza ser contado o leído.
Todo comenzó la primera vez que lo contaron. Los que lo escuchaban dijeron: que si era muy corto, que si no se entendía nada, que si esto, que si lo otro,... Así que, desde entonces, se escondía detrás de la memoria para que nadie lo pudiera recordar y detrás de las hojas para que nadie lo leyera. Y si alguien pasaba la hoja se cambiaba a otra página, sólo quería que no lo vieran.
No servía de nada intentar contarlo, y eso que en realidad era muy corto y fácil de recordar, pero él seguía escondido en el último rincón de la cabeza y no se asomaba por el cerebro por nada del mundo.
También en los libros; no sólo cambiaba de hoja, sino de libro, y pasaba del libro de cuentos en donde nació, a uno de policías y ladrones, a uno de piratas, a uno de indios....
Pero con el tiempo se dio cuenta de que si nadie lo recordaba, si nadie lo leía, acabarían olvidándole del todo y desaparecería para siempre. Eso le daba aún más miedo que aparecer en público, por lo que decidió vencer la vergüenza y dejarse contar o leer. Pero, como hacía tanto tiempo que venía jugando a aquel escondite, ya nadie lo podían recordar, ni siquiera en qué rincón de la memoria lo habían dejado la última vez, así que nadie fue capaz de contarlo. Sus palabras escritas se habían embarullado y mezclado tanto por todos aquellos libros en los que se había escondido, que fueron incapaces de juntarse, así que nadie podía leerlo y cuando encontraban sus palabras mezcladas con las de otra historia o cuento, pensaban que aquello era un error de imprenta.
Por eso es por lo que tuvo que vencer su miedo y hacer lo único que le quedaba por hacer para no acabar desapareciendo.
Decidió contarse él mismo y, tragando saliva, acabó diciendo:

“Éste era un cuento que no quería ser contado"
y colorín colorado
este cuento se ha acabado.