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miércoles, 25 de febrero de 2026

Las perdices perdidas

LAS PERDICES PERDIDAS

Todos sabemos que Bella Durmiente, tras despertar de su largo sueño, se casó con el príncipe, fueron felices y comieron perdices. Pero esa felicidad y esa perdicidad no duró mucho. La felicidad ya no era la misma al cabo de un tiempo. A las cocinas de palacio ya no llegaban cazadores con sus sartas de aves, de modo que se acabó la perdicidad y a eso se sumaba también el insomnio de la reina; ya que, tras dormir cien años, ahora pasaba los días y las noches en blanco (1). Se enviaron mensajeros a los cazadores; pero éstos, que habitualmente servían a las cocinas, habían desaparecido misteriosamente, aunque los mensajeros pudieron observar la abundancia de bandos de perdices y perdigones. ¿Por qué los cazadores habían abandonado el reino? ¿Por qué dejaron de servir a las cocinas de palacio, siendo su única fuente de ingresos y su medio de vida? Era algo extraño, algo incomprensible, de modo que los reyes enviaron a la caza a algunos de sus más diestros arqueros y ballesteros. Cada uno de ellos, bien provisto de flechas en su carcaj, se aventuró en los terrenos en que los mensajeros decían haber visto perdices en cantidad. Allí todos consiguieron ver muchas presas y, como certeros arqueros y ballesteros que eran, lograron cazar gran cantidad de ellas. Ya se disponían todos en compañía, satisfechos de su caza, a regresar a las cocinas de palacio para llevar las sartas de perdices, cuando se encontraron con un raro personaje, un anciano de sayo raído y luengas barbas blancas.
- ¿Qué haces aquí? ¿No serás un cazador furtivo? - dijo el jefe del grupo - Porque si es así te apresaremos y te llevaremos a las mazmorras.
- No, en modo alguno – respondió – no soy cazador, soy el Comprador de Pájaros (2) y, si os parece bien, quisiera comprar esas perdices que lleváis.
Los soldados, que no es que sus soldadas fueran pingües y andaban a dos velas, le respondieron:
- Está bien, por un ducado cada una te las vendemos todas, total hay más y aún hay tiempo de cazar otras.
De modo que le entregaron las sartas de perdices, que eran muchas, cobraron una buena soldada y el anciano se marchó perdiéndose en el bosque.
Todos pensaron que regresar con la manos vacías, aunque llevaban una buena bolsa de monedas, les supondría una reprimenda, cuando no un castigo. De modo que tendrían que volver a cazar para llevar algo a las cocinas y volvieron a la caza. Habían abatido, nuevamente, una buena cantidad de piezas y, satisfechos de la jornada y su buena fortuna, se dispusieron a regresar, pero se volvieron a topar con el Comprador de Pájaros que les dijo:
- Si quisieran venderme esas sartas de perdices os pagaría bien.
- Nos parece bien - dijo el portavoz del grupo - pero ahora vale cinco ducados cada perdiz.
El anciano, sin vacilar, echó mano de su bolsa y sacando un buen puñado de monedas de oro, se las entregó. Tomó las sartas y se internó en la espesura.
Esta vez, intrigados, pero satisfechos de sus extraordinarias ganancias se pusieron a seguirlo y vieron como las perdices recobraban vida en sus manos y echaban a volar para reunirse con sus respectivos bandos.
Aquello podía ser una fuente segura de ingresos, la bolsa del anciano se veía muy abultada, y retornaron a la caza.
Volvieron a cobrar una gran cantidad de piezas, posiblemente eran las mismas que habían cazado anteriormente y, satisfechos de la jornada y su doble buena fortuna, se dispusieron a regresar, pero se dieron de manos a boca nuevamente con el Comprador de Pájaros, que les dijo:
- ¿Cuánto me pedís por esas perdices que lleváis?
- Estas nos ha costado mucho cazarlas y ya anochece, no nos daría tiempo a cazar más y no podemos regresar con las manos vacías.
El anciano agitó ostensiblemente su bolsa que sonó tentadoramente y les dijo:
- Pedid lo que sea y creo que quedaréis satisfechos con el trato.
- De acuerdo, pero esta vez serán diez ducados cada una.
- Trato hecho, ahí va todo el oro que me queda, pero dadme esas perdices.
Así se hizo. Ya se estaba haciendo de noche, no podían volver a la caza y menos regresar con las manos vacías a las cocinas, habían reunido una pequeña fortuna cada uno y decidieron partir, de modo que tomaron las de Villadiego; se establecieron, como antes lo habían hecho los cazadores de perdices, en otro reino vecino y no regresaron jamás a palacio.
En palacio tuvieron que resignarse a no comer perdices. Consultaron a sabios y augures y uno les sugirió que para recuperar la felicidad debían volverse vegetarianos, pero las acelgas, las espinacas, la lechuga,... no dieron resultado, la infelicidad seguía siendo dueña de aquella real pareja. Sin embargo, un día, el cocinero les acabó preparando un pollo al chilindrón de chuparse los dedos y; aunque no la perdicidad, la felicidad volvió a reinar en aquél reino en que reinaban regiamente aquellos reyes.

(1) Podremos saber qué pasó con el insomnio en: La reina insomne
(2) Este Comprador de Pájaros es el mismo de otro cuento y las peripecias son parecidas a aquellas, aunque estos soldados fueron afortunados, no como el príncipe de aquella historia.


miércoles, 18 de febrero de 2026

Sueño o realidad


SUEÑO O REALIDAD

Me desperté y no era capaz de conciliar el sueño. Vueltas y vueltas, imposible dormir. En el campanario sonaron las cuatro y, aburrido, me levanté. Acomodado en el sillón, con el móvil en mano, me puse a navegar por Gooogle y encontré un blog de cuentos. Parecía que el silencio y la oscuridad, rota únicamente por el brillo de la pantalla, me estaba haciendo efecto y se me cerraban los ojos. Aún así me dispuse a leer el primer cuento que veía en la pantalla y... de golpe me vi dentro del mismo, en un paisaje verde y florido y enmedio de un camino de tierra del que no veía el final.
No sabía dónde me encontraba ni a dónde ir, pero me puse en marcha. Al cabo de un poco, escuché cascos de caballos, me giré y vi acercarse una carroza. Plantado en el camino levanté la mano, el cochero tiró de las riendas y la carroza se detuvo a mi altura. Por la ventanilla, una bella joven me dijo:
- ¿Quién eres tú y qué haces aquí?
- No sé quien soy, qué hago aquí ni dónde es aquí
- Aquí es El Mundo de los Cuentos. Iba al baile en palacio pero hemos sido convocados todos a una asamblea por el mago Artifax, un malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer. ¿Tú también vas para allí? Si es así te puedo llevar ya que está lejos.
De modo que me subí a la carroza y reanudó la marcha.
Llegamos a un amplia explanada que se veía muy concurrida. Descendimos de la carroza y ésta se transformó en una calabaza, parecía que allí no funcionaba ninguna magia, salvo la del malvado y poderoso mago. El público era de lo más variopinto, desde dragones a ratones, desde gigantes a gnomos,...
Sobre una plataforma, un personaje con una larga y negra túnica estrellada y con un puntiagudo gorro, se dirigió a la multitud:
- Os he convocado aquí para anunciaros que estoy a punto de crear un conjuro capaz de hacer que sólo exista este mundo y acabar con la Realidad. Espero que os parezca bien y deis vuestra aprobación ya que de ello depende nuestro futuro.
La bella joven que me había llevado y que ahora no lucía tan elegantemente vestida, dijo:
- ¿Y quíen escribirá nuevos cuentos para que nuestro mundo progrese?
- ¿Progreso dices? Nuestro mundo ya está bien como está. Bastante superpoblado y masificado está para que recibamos más emigrantes, aparte de que ahora hay alguien que escribe algo llamado "trascuentos" que revela cosas inconfesables de nosotros o afea nuestras conductas.
- ¡Cierto! - aulló Feroz -; a mi, un lobo de pura raza, me ha vuelto vegetariano.
A su lado había tres cerditos y uno de ellos dijo:
- Va contando por ahí que nos portábamos muy mal con nuestra madre.
- ¡Bravo Pig! - Corearon los otros dos hermanos.
- A mi me ha tenido años sin dormir después de que mi marido me despertara con un beso - Dijo Bella
El león, regio y pomposo, aireando su melena al viento rugió.
- A mí me ha hecho quedar en ridículo diciendo que no soy el más fiero de la naturaleza.
El alcalde de Hamelín, en nombre de sus habitantes, dijo:
- Hay que acabar con esto. Nosotros hemos sido muy criticados y acusados de avaros y egoístas.
- Y lo que ha contado de nosotros siete cuando trabajábamos en la mina, especialmente de mi... - Dijo Haragán
Hubo opiniones encontradas y no acababan de ponerse de acuerdo. El mago alzó la voz y se hizo el silencio.
- Por todo eso creo que debo acabar con la Realidad para que sólo exista nuestro mundo sin injerencias extrañas, sin alteraciones ajenas.
En ese momento, no pude contenerme y alcé la voz:
- Y si desaparece el Mundo Real ¿Quién os relatará? ¿Quién os leerá? Porque eso es lo que da vida a este mundo ¿Quién sabrá de vuestras vidas, reirá con vuestras alegrías o compartirá vuestras penas? Pensad que al desaparecer la Realidad también lo hará este mundo y vosotros con él.
Un inquietante murmullo recorrió aquella ingente multitud, el mago levantó su vara y...
La vista se me nubló en ese preciso instante, todo desapareció de mi vista y me encontré acomodado en el sillón, con el móvil en mano, navegando por Gooogle y encontrando un blog de cuentos...


ALGUNAS REFERENCIAS:
Pag, Peg, Pig





miércoles, 4 de febrero de 2026

La sopa de piedras


LA SOPA DE PIEDRAS

Otro de aquellos cuentos 
de transmisión oral que 
aprendí de niño y que la 
memoria me ha traido al 
intentar hacer de comer 
y no saber qué hacer. Pero
no tenía esas piedras tan 
especiales.


Un vagabundo en sus muchas andanzas llegó a una aldea y como se acercaba la hora pidió en una casa algo de comer. Como se negaron alegando que no tenían apenas nada, les dijo.
- Déjenme una olla con agua y ya verán como preparo una rica sopa.
Le dejaron la olla, encendió una buena fogata en la plaza y la puso a hervir. Acto seguido sacó de su zurrón tres pulidas piedras que brillaban de tanto usarlas y las echó a la olla. Le dijeron.
- ¿Pero cómo pretende hacer una sopa con esas piedras?
- Ya verán ustedes qué rica sale. Yo las suelo usar muchas veces y nunca me fallan. Y por donde voy siempre quedan muy contentos de cómo queda. Sólo que si añadiera alguna zanahoria estaría mucho mejor.
Le llevaron un manojo de zanahorias y las añadió a la olla, removió y cató el caldo.
- Va muy bien, pero queda algo sosa. Un poco de sal le iría bien. 
Y alguien le trajo sal. Removió y cató nuevamente.
- ¡Hmmm! Muy bien, está quedando perfecta y a punto de sal, aunque con un repollo aún mejoraría mucho.
Un vecino, entre los muchos que se habían acercado a ver qué pasaba, fue a su casa y trajo una gran col que el vagabundo añadió al cocimiento, removió y cató.
- ¡Genial! Ya verán qué buena queda y habrá para todos, que la olla es grande, pero aún estaría mejor con unas patatas.
Alguien acudió con una bolsa de patatas recién cosechadas, las lavó bien en la fuente y las añadió al caldo.
- Falta muy poco para que esté a punto, aunque con un hueso de jamón podría mejorar mucho.
Alguien se acercó con un hueso de jamón que aún tenía bastante tocino y se añadió a la olla. Así se añadieron otros ingredientes que fueron aportando otros vecinos y se acabó de cocinar la sopa. Todos se acercaron con una escudilla y él les sirvió un cucharón a cada uno. Lo probaron y todos se hacían exclamaciones de lo rica que había quedado. Él también comió y quedó ahito. Retiró las piedras, las lavó en la fuente y las guardó en su zurrón.
- Ya habéis visto lo rica que ha quedado. Es que estas piedras nunca me han fallado y dan un sabor exquisito.
Todos los vecinos alabaron lo buena que había quedado y le dieron las gracias efusivamente.
En agradecimiento por prestarle la olla, le dio una de ellas al aldeano y se marchó tan contento a otra aldea. Pero antes se acercó a la orilla del río y se guardó en el zurrón el canto rodado más liso y brillante que encontró.