Hay dichos populares que no se sabe bien de dónde salen; pero ahí está un servidor, para averigüarlo. Y si no, para inventarlo. Éste es un dicho muy manchego y de una gran eficacia, que se lo he oído decir a menudo a La Blasa.
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GENTE Y SOGAS
Un agricultor estaba pasando graves problemas económicos: el cortijo lo tenía hipotecado, había tenido que malvender el ganado y las caballerías, la última cosecha se había agostado por la sequía. Tal parecería que le había mirado un tuerto.
Tan solo le quedaba una gallina y dos docenas de huevos, así que decidió ponerla a empollar, ya que acababa de salir llueca.
El pobre hombre no sabía qué hacer con su gallinita: le había preparado un cómodo nidal en el rincón más abrigado de la cuadra, entre la paja, le llevaba, solícito, el grano y el agua de cada día, así como saltamontes que él mismo cazaba y lombrices que encontraba cavando en el huerto, la cuidaba con todo esmero para evitar que tuviera que abandonar el nidal para comer y se malograran los huevos a falta de calor. Pero no tenía que haber problema, porque las gallinas, en ese estado, no solían abandonar su nidal.
Llevaba ya quince días de cuidados a la llueca, le había puesto para incubar sólo una docena, ya que en tiempo frío no era conveniente poner más si no se quería que quedaran hueros.
Él, como en el cuento de la lechera, contaba con lo que sacaría de la venta de los pollos y en qué lo iría invirtiendo para, finalmente, rescatar la hipoteca del cortijo y salir de la miseria. Cada noche soñaba en cómo sería su vida, gracias a aquella gallina y a sus huevos, y redoblaba sus cuidados para que nada fallara.
Ya estaba haciendo planes de cómo remodelar los corrales para encerrar las ovejas, las chozas de los gorrinos y las cuadras de las vacas, caballos y mulas. Estaba totalmente convencido de que todo saldría como había soñado y ya se veía rico y deseado por todas las mozas casaderas del pueblo y alrededores.
Pero un día en que, como de costumbre, llevó el agua y el grano, se llevó una terrible sorpresa: ¡La llueca no estaba en el nidal! Tocó los huevos y aún estaban tibios, así que les echó una capa de paja por encima para que conservaran el calor, de momento. Ya sólo faltaban dos días para el día veintiuno en que debían eclosionar y no quería que se malograran.
Desesperado, buscó a la gallina por todos los rincones y no la encontraba, comenzó a llamarla:
- ¡pita, pita, pita!
Pero la gallina no aparecía por ningún lado.
Ya veía todos sus sueños por tierra y se veía totalmente arruinado, como si no lo estuviera ya. Aquello era una gran desgracia, una catástrofe.
Llevó, con sumo cuidado, los huevos a la casa, los acomodó al calor del rescoldo, cerca del humero, y los tapó con un lienzo de lana.
Volvió a la cuadra a seguir buscando, cada vez más excitado, y descubrió el bebedero volcado y sin gota de agua, así que pensó encontrarla fuera buscando de beber. Marchó en su busca por todos los sitios posibles, hasta que se le ocurrió acercarse al pozo, puesto que solía tener el cubo siempre lleno en el brocal. No encontró el cubo donde estaba habitualmente y temió que se hubiera caído dentro del pozo, se asomó y pudo oír a la gallina, debatirse y chapotear en el fondo del pozo.
Aquello le acabó de trastornar. Adiós a su cortijo, a sus ovejas, a sus caballos, a sus relaciones con las mozas casaderas… Aquello era el desastre mayor de la historia.
Tan apurado se vio que comenzó a pedir auxilio gritando:
- ¡Gente y sogas, que la llueca se ha caído al pozo!
Y es por eso que este dicho corre por la Mancha y se suele aplicar cuando alguien requiere, para una tarea de poca entidad, medios desproporcionados, aunque sea de importancia capital para el demandante.
Pero no hay que preocuparse por el campesino. Seguramente consiguió ayuda de gente y sogas, o habría subido el cubo con la gallina dentro, o como mínimo, los huevos habrían eclosionado al calor del hogar y así habría podido dar comienzo a su sueño.
Otro cuento de aquellos que nos contaban. Se me están quedando para el final los de más miedo, pero esas cosas nos contaban, ¡qué le vamos a hacer! Espérate al de las "asaúras" y échate a temblar.
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EL CASTILLO DE IRÁS Y NO VOLVERÁS
Juan era un joven con mucho afán de aventuras, y si escuchaba algún relato fantástico, allí que quería ir también.
Un día oyó decir que a un caballero, que hacía días había emprendido el camino para ir al Castillo de Irás y no Volverás, no lo habían vuelto a ver y temían que le hubiera ocurrido alguna desgracia.
En cuanto se enteró de la existencia de ese misterioso castillo y de los posibles peligros que acarreaba su búsqueda, se preparó y se dispuso a emprender la marcha.
Le habían dicho que había que atravesar el Bosque Frondoso y hacia él se encaminó.
Tras muchos días de marcha y cuando ya iba llegando al Bosque, encontró una anciana que le preguntó:
-Buen mozo ¿dónde vas a estas horas tan lejos de tu casa?
-Voy al Castillo de Irás y no Volverás.
-Nadie que se aventura en busca de ese castillo vuelve... no vayas - Pero no le hizo caso y reemprendió su camino.
La viejecita le dio su bendición y le dijo:
-Que Dios te ampare
Anda que te andarás, llegó al Bosque Frondoso y comprobó con disgusto que por allí no se podía dar un paso de tan cerrada que estaba la vegetación, pero no se arredró por ello: sacó el hacha y se puso a podar, pero cuando más ramas cortaba, más pronto crecían otras. Finalmente cansado y desanimado se sentó en una piedra quedándose dormido por el cansancio.
Y tuvo un sueño; una joven muy guapa le señalaba un lugar todo lleno de rosales por el que no había ni un solo árbol y el camino era llano.
Se despertó y, siguiendo las indicaciones de la joven, encontró el camino y llegó a un claro donde había un paisaje maravilloso; un castillo lleno de torreones, jardines, verdes prados y un lago; aquello era un paraíso.
Poco le duró su admiración, porque cuando iba hacia el castillo le salió al paso el diablo y le oyó decir:
-¿Quién ha invadido mis dominios?
- Yo, Juan, que he oído hablar de su morada y de sus maravillas y he venido a conocerlas.
-Antes me harás un favor; en este lago se le cayó a mi bisabuelo un anillo de brillantes, y en 24 horas espero que lo encuentres, después te mostrare mi mansión y si no lo encuentras ya puedes imaginarte qué futuro te espera.
Y lo dejó solo frente al lago.
Estaba tan preocupado que no sabia que hacer, pero en esto vio venir por el camino a la joven de su sueño que le dijo:
-No sufras que yo te ayudaré, me sacas la sangre, con mucho cuidado que no se derrame ni una gota, y haz lo que yo te diga.
Hizo lo que ella le dijo, la tiró al lago y cuando ella lo pidió le tiró la sangre, luego salió la chica del lago pero se derramó una gota de sangre que le faltaba en el dedo del corazón, le dio el anillo y le dijo que se lo diera a su padre.
Cuando le llevó el anillo, el diablo le dijo:
-O eres más diablo que yo o te hablas con Blanca Flor
-Ni soy más diablo que tú ni me hablo con Blanca Flor
El diablo le presentó a sus hijas y a su mujer y le dijo que se casaría con una de ellas, pero tenia que elegir por el dedo que haría asomar por un agujero.
Blanca Flor le había advertido:
-No te preocupes yo sacare el que me falta la gota de sangre.
Así lo hizo y por eso la reconoció y la eligió, y así en el castillo se celebró una gran boda.
Cuando se fueron a acostar Blanca Flor le dijo a su marido:
-Corre y ensilla el caballo más flaco que veas en las cuadras.
Mientras tanto ella puso en la cama dos pellejos uno de vino y otro de vinagre; en un pañuelo echó tres salivicas a las que dijo:
-Salivicas contestad por mí
Y fue a encontrarse con su marido; éste no había hecho bien el encargo, el caballo era tan delgado que creyó no podría con los dos y ensilló otro. Estos caballos eran especiales uno corría como el aire otro como el viento y el otro como el huracán.
Montaron en el caballo y partieron.
Mientras tanto los padres preguntaban a cada poco:
-Hija mía ¿duermes o velas?
Y las salivicas decían cada vez más débiles
-Velo
Hasta que se secaron.
–Ya se ha dormido
Y padre y madre, sin encender luces ni hacer ruido, fueron a la cama, pegaron un machetazo en las botas de vino y vinagre y ¡hala! los dos a beber
-¡Puag! ¡qué mala es la sangre de mi yerno!
-Ésta es de mi hija ¡qué buena que está!
Pero cuando encendieron la luz, vieron con horror que los habían engañado; el diablo salió corriendo y, sin ensillar el caballo, montó y a volar.
La hija que se dio cuenta que su padre se acercaba, se quitó una peineta y tirándola convirtió al caballo en una ermita, ella en imagen y él en ermitaño.
El diablo preguntó si habían visto pasar a dos jóvenes en un caballo
- No; por aquí no pasó nadie - le contestó Juan, y se fue convencido de que se le habían escapado, pero su mujer le dijo que lo habían vuelto a engañar y volvió a buscarlos.
La hija se dio cuenta y entonces tiró un frasco de esencias y se hizo una sima muy grande que el diablo no pudo superar y así pudieron escapar.
Y vivieron felices y colorin colorado este cuento se ha acabado y por la boca de este niño se ha colado.
Ayer publiqué el cuento de transmisión oral "El león fiero" (aconsejo leerlo primero) en el que se planteaba quién era más fiero: el león o el hombre. Eso me ha dado que pensar y, como he tenido unas horitas de tren hacia y desde Barcelona, no he podido resistir la tentación de escribir un nuevo "trascuento" aprovechando el tema.
Después de que el león se marchara, con la nariz como un tomate y un gran chichón; el herrero dejó las tenazas y el martillo y pensó que le había dado una lección, demostrándole que el hombre es más fiero. Eso le llenaba de orgullo y satisfacción, pero comenzó a asaltarle una duda:
- ¿Habrá algún animal aún más fiero que el león y pueda representar un peligro para el hombre?
Y, sin pensárselo dos veces, se puso en camino con un zurrón en el que llevaba las cosas más imprescindibles y, en bandolera, su martillo más grande, por si las moscas.
Pensaba recorrer desiertos, selvas, sierras y sabanas intentando salir de dudas y poder regresar tranquilo, con el convencimiento absoluto de que el hombre era más fiero que cualquier animal.
Anda que te andarás, encontró un elefante. Aquella masa imponente le impresionó y, pensando que aquel podía ser el animal que andaba buscando, le preguntó:
- ¿Tú eres más fiero que el león?
No – sabio como es, respondió el elefante – yo soy más grande pero no más fiero, en realidad soy pacífico. Tampoco soy el más grande porque existen las ballenas y las orcas, muy peligrosas estas últimas, pero viven en el mar y no son competencia para el león. Entre los animales terrestres más grandes se puede contar como más fieros: el hipopótamo y el rinoceronte, pero ninguno de ellos lo es más que el león. Lo importante no es el tamaño; una avispa es de una fiereza extrema para su tamaño, pero tampoco sería rival para el león.
Se despidió del elefante y siguió su camino, atravesando selvas y sabanas, hasta que se dio de manos a boca - bueno eso de manos es un decir – con una cobra real que se irguió amenazante, con un siseo de advertencia.
Al herrero le impresionó aquella actitud agresiva y le preguntó:
- Tú eres más fiera que el león?
- No – respondió con un silbido – yo soy más mortífera, con una pequeña picadura mía irías a reunirte con tus antepasados; pero no soy fiera como el león, es más, si puedo pasar desapercibida y no me provocan, yo no ataco. Pero no pienses que el veneno es lo más importante, ahí tienes a mi prima la boa constrictor, que puede aplastar cualquier animal entre sus anillos, pero tampoco creas que es más fiera que el león. Si te la encuentras por ahí, dale recuerdos de mi parte, pero no se te ocurra aceptarle su abrazo de bienvenida.
Se desssssspidieron y el herrero, cargando su pesado martillo, siguió su ruta buscando al animal más fiero.
Pasaban los días y no encontraba animal alguno al que pudiera considerar suficientemente fiero, pero un día le salió al paso un enorme oso gris. Puesto en pie parecía una montaña, y el herrero creyó haber encontrado lo que buscaba. Se le veía imponente y aterrador, así que le preguntó:
- ¿Tú eres más fiero que el león?
- No – respondió el oso, bajando los brazos – puede que sea más fuerte; mi abrazo podría compararse al de la boa constrictor, y mis garras no es que estén nada mal, pero no soy más fiero que el león. No sé por qué me preguntas a mí, cuando sois los homínidos, sin ser los más fuertes, sin ser venenosos, ni ser los más grandes, los más fieros de la Naturaleza. Vosotros matáis sin necesidad y por puro capricho, por lo que lo vuestro es un récord de fiereza aderezado con un toque de maldad. Creo que lo que andas buscando lo podrías encontrar entre tus primos los primates; y, entre ellos, en el gorila, al que fuerzas no le faltan.
Dándole gracias al oso por aquella indicación, que podría resultarle muy útil, siguió su camino.
Realmente, el oso podía tener razón; si el hombre era más fiero que el león, ¿quién podría ser digno rival para el hombre sino alguien de su propia estirpe?
Así que se dirigió a las selvas más profundas, en las que sabía habitaban gorilas. Le costó mucho encontrar alguno, se ocultaban en la espesura y no se dejaban ver, parecía que le rehuían. Pero al fin se tropezó con un enorme ejemplar de "espalda plateada", con unos brazos el doble que los suyos, que ya es decir, y unos pectorales de impresión. Antes de que le pudiera atacar, se puso en guardia asiendo fuertemente el mango del martillo, y le pregunto:
- ¿Tú eres más fiero que el león?
- No lo soy, y lo sabes – respondió – yo no mato, no tengo que hacerlo para comer y sólo ataco para defender a los míos. Ahora que te veo, parece mentira lo que ha degenerado la especie; sois enclenques, pero lo que tenéis de débiles, lo tenéis de fiereza y crueldad, posiblemente para compensar. Yo te recomendaría que no siguieras buscando: el hombre es lo más fiero y lo más nefasto para la Naturaleza. No sé si a lo largo de tu viaje has podido aprender algo, pero espero que lo acabes entendiendo. Y depón ya ese martillo, que me estás poniendo nervioso y podría acabar atacándote sin considerar el parentesco.
Se despidieron no muy efusivamente – son de esas cosas de familia – y emprendió el viaje de regreso. Finalmente había confirmado que no había animal más fiero que el hombre.
Pero… no sabía por qué, aquello ya no le llenaba de orgullo y satisfacción y regresó con un regustillo amargo.
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Aquí acabaría el “trascuento” pero, para quitar un poco ese regustillo amargo; podríamos añadir que, en el camino, se encontró con aquel anciano al que el león le había preguntado si él era el hombre y le respondió que lo había sido pero ya no lo era.
Pensó el herrero que en los ancianos se encontraba la sabiduría y que, por fin, podría poner un remate redondo a su búsqueda. De modo que le preguntó:
- ¿Realmente el hombre es el único animal más fiero que el león?
- El hombre es fiero en una etapa de su vida, pero antes y después de ella no. Yo ahora estoy en una etapa exenta de fiereza, como también de energías para poder ejercerla, o a lo mejor es eso precisamente. Pero hay un animal más fiero que el león.
- ¿Qué me dices? - preguntó sorprendido el herrero - ¡Si en todo mi viaje no he sido capaz de encontrarlo! Me podía haber ahorrado todas estas fatigas de haberte preguntado primero. Y… ¿Cómo se llama ese animal?
- Lopintan
- ¿Lopintan?, Nunca había oído ese nombre
- ¿Nunca habías oído decir aquello de: “No es tan fiero el león como Lopintan”?
Este trascuento viene a contar lo que pasó después de:
Había una vez un león que estaba muy orgulloso de su fiereza e iba siempre presumiendo y retando a quien quisiera enfrentarse a él.
Llegó a la selva un viejo chimpancé. Había trabajado en un circo pero, como al hacerse ya muy mayor no servía para la pista, nadie se preocupaba de él y andaba suelto por entre los carros y las jaulas, hasta que se decidió a abandonarlo y regresar a su lugar de origen.
Cierto día el león, que andaba pavoneándose de su fiereza como de costumbre, se encontró con el chimpancé y le dijo.
- Tú eres nuevo por aquí y posiblemente no estás enterado, por eso te he de advertir que ¡Cuidadito conmigo!, porque soy el ser más fiero que existe.
A lo que le respondió el chimpancé
- Permíteme que te diga que eso no es cierto
- ¿Cómo que no? – repuso el león ahuecando la melena, encorvando el lomo y mirando con fiereza al chimpancé mientras lanzaba un fuerte rugido – Retira lo que acabas de decir o te devoro.
El chimpancé repuso
- Lo más fiero que existe es el hombre, te lo digo yo porque he trabajado muchos años en un circo y los leones, los tigres y los elefantes temían al hombre y le obedecían.
- ¿Ah siiii? – dijo el león – Pues ahora mismo me voy a buscar al hombre y a enfrentarme con él. Ya verás como estás equivocado.
El león se encaminó al borde de la selva para llegar a donde el hombre habitaba y darle una buena lección.
Caminó varios días hasta que, por fin, jugando a la orilla de un río se encontró a un niño.
Como el león no sabía qué aspecto tenía el hombre, le preguntó
- ¿Eres tú el hombre?
El niño le respondió
- No lo soy, pero lo seré
Así que el león siguió su camino sin encontrar al hombre, tan solo se encontraba con otros animales conocidos de la selva que, al verle tan resuelto y fiero, ponían tierra por medio para evitar que les atacara.
Pasados unos días más se encontró, tumbado a la sombra de un manzano, a un anciano, y pensó
- Éste si que debe ser el hombre
Así que le preguntó
- ¿Eres tú el hombre?
A lo que el anciano le respondió
- Lo fui pero ya no lo soy
El león siguió su camino en su búsqueda, y ya estaba a punto de abandonar y regresar a la selva, cuando llegó a un poblado y se encontró con un herrero en su fragua forjando la reja de un arado, martilleando una barra de hierro al rojo.
El león le preguntó
- ¿Eres tú el hombre?
El herrero le respondió
- Si, yo soy el hombre, ¿Qué quieres?
- Que reconozcas que yo soy el más fiero de los dos o te devoraré
El herrero le pilló los morros con las pinzas de sujetar los hierros candentes y le atizó tal martillazo en la cabeza que el león no tuvo más remedio que reconocer, desde entonces, que el hombre era mucho más fiero que él.
Hubo una vez una princesa muy bella, pero muy caprichosa, presumida y soberbia.
Por su belleza, todos los príncipes de los reinos vecinos la pretendían, sin reparar en lo que se escondía bajo aquella encantadora fachada, pero ella los rechazaba a todos.
Iban pasando a pedir su mano, pero: a éste le encontraba flaco, al otro gordo, a aquél bajito, a otro demasiado alto, a otro poco inteligente… y así hasta el infinito y más allá.
El Rey estaba desesperado porque no conseguía casarla y quitársela de encima, ya que era un incordio y representaba un gasto enorme en doncellas, afeites, vestidos y joyas; aparte de que, si se quedaba para vestir santos, tendría que soportar para siempre su mal carácter.
Ya casi no quedaban príncipes que presentarle, cuando el Rey tuvo una idea. Le propuso citar a todos los príncipes casaderos a un combate y se casaría con el que quedara vencedor.
Esto le pareció muy bien a la princesa, puesto que daba satisfacción a su vanidad.
- ¡Qué ilusión! ¿Un montón de príncipes peleando por mí? ¡Gracias papi! Me parece muy bien.
Y aceptó la proposición de su real padre, sin tener en cuenta que con ello ya no se podría echar atrás.
El combate no sería un combate singular, sería un combate plural, puesto que todos los príncipes lucharían a un tiempo, todos contra todos; pero, además, sin armas, a cuerpo limpio, porque el Rey no quería dejar a los reinos vecinos sin herederos.
Tras enviar mensajeros a los cuatro puntos cardinales, los príncipes fueron llegando, desde los reinos más próximos a los más distantes, hasta el terreno de torneos que el Rey había preparado convenientemente.
Entre los pretendientes, también acudieron los que antes habían sido rechazados, porque sentían herido su amor propio y porque no habían descubierto lo que se ocultaba bajo la belleza de la princesa.
Todos fueron muy bien recibidos, agasajados y alojados en los mejores aposentos. Los banquetes duraron hasta que, tras llegar el último, se cumplió la fecha fijada para el combate.
Y allí estaban en la arena todos los príncipes, hasta los más enclenques, pues pensaban que siempre podrían escurrir el bulto, que otros se zurraran y, en un golpe de suerte, acabaran los unos con los otros.
Sonaron los clarines y comenzó la lucha: puñetazos, patadas, llaves diversas, empujones… y hasta mordiscos y arañazos. Un revoltillo de gente rodando por los suelos, poniendo perdidos de barro y sangre sus elegantes ropajes. ¡Aquello era épico!
Poco a poco fueron quedando menos en pie, los que caían definitivamente privados, eran retirados por los siervos y llevados a la enfermería. Afortunadamente ninguno sufrió daños irreparables y todo se redujo a: dientes perdidos, magulladuras varias, huesos rotos, ojos a la funerala y narices chafadas.
El combate duró horas, pero tocó a su fin cuando quedó sólo uno en pie. Era un sujeto macizo, malencarado, con pinta de bruto y más bien feo, por no decir repulsivo; lo que no significaba que, bajo ese aspecto, no se ocultara una bellísima persona y un espíritu sensible. Se acercó al estrado real y reclamó lo prometido tras la victoria.
La princesa no tuvo más remedio que cumplir la condición pactada, y su padre pensó que a su hija ahora se le había acabado la tontería y que ese yerno sí que sería capaz de meterla en cintura.
Se supone que se casaron, lo que no se puede saber es si fueron felices, a primera vista no parecía muy probable; aunque, como hemos podido comprobar, no es bueno juzgar por las apariencias y siempre se puede cambiar.
Había una vez una madre y un hijo muy pobres, muy pobres, y como el hijo no conseguía encontrar trabajo, decidió marchar a buscar fortuna y partió un buen día, a pesar de los ruegos de la madre. Le prometió que volvería a recogerla tan pronto encontrara trabajo y se perdió por el camino en la distancia.
Pasó días sin encontrar nada, alimentándose como podía de plantas y frutos silvestres y durmiendo en cuevas o bajo los árboles.
Un día se internó en un espeso bosque y acabó encontrando una cabaña perdida en medio de la espesura.
Se acercó a la cabaña y le dijo a un hombre que allí había.
- ¿Tendría algún trabajo para mi?
- ¿Y qué sabes hacer? – le preguntó
- Cualquier cosa, lo que sea soy capaz de hacerlo
- Bueno, te puedes quedar a trabajar aquí
Y allí se quedó, cortando leña, acarreando agua, alimentando a los animales y otros menesteres, hasta que un día le llamó el amo y le llevó a la boca de un pozo muy profundo que se ensanchaba al fondo en una gran cueva de la que partían numerosas galerías.
- Tienes que entrar ahí donde tengo mi tesoro, llenas un saco de oro y otro de plata y luego avisas para que te suba.
Le entregó los dos sacos y con una cuerda le bajó hasta el fondo. En cuanto llenó los sacos avisó y ató los sacos a la cuerda, desde arriba subió los sacos y volvió a echar la cuerda.
- Átatela a la cintura y te subiré.
Así lo hizo pero cuando ya casi estaba arriba, cortó la cuerda y él cayó al fondo del pozo aunque tuvo mucha suerte porque no se rompió ningún hueso. El amo no lo iba a dejar salir por nada del mundo puesto que había visto donde escondía el tesoro. Desesperado se acordaba de su pobre madre que se iba a quedar sin nadie que la sustentara en su vejez y en la oscuridad trató de encontrar alguna salida.
Recorriendo aquellas galerías encontró varios esqueletos. Pensó que seguramente eran de aquellos que le habían precedido y corrieron la misma suerte, pero él no iba a desfallecer en la búsqueda de alguna salida, a pocas fuerzas que le quedaran.
Anduvo perdido por túneles y galerías hasta que llegó a un lugar en que escuchó unos lamentos.
- ¿Quién está ahí? – dijo asustado
Y penetrando en una sala alumbrada por unas velas vio a la mujer más bella que nunca había visto.
- ¿Qué haces aquí?
- Soy la princesa de un reino vecino, pero una bruja me ha hechizado y sólo podré salir de aquí cuando ella muera.
- No te preocupes que yo te libraré del encantamiento
- ¿Cómo es posible?, es una bruja muy poderosa y está protegida por una serpiente de siete cabezas.
- Pero yo acabaré con ella
- Pues para eso tendrás que chafar en su frente un huevo de la serpiente, es la única manera de que muera y se deshaga el hechizo.
- Y ¿Cómo es que puedes sobrevivir sin alimento y agua?
- Debe ser cosa del encantamiento, no he necesitado nada desde que yo recuerde, pero lo duro es el aislamiento y el silencio.
Se despidió y siguió por galerías y galerías hasta que sintió una corriente de aire y avanzó en aquella dirección, y descubrió a lo lejos una luz que se filtraba por una abertura. Tras varios intentos consiguió alcanzar y atravesar el estrecho agujero que daba al exterior y que desembocaba en un bosque.
Al cabo de un buen rato de andar se encontró discutiendo acaloradamente a un león, una enorme águila y una diminuta hormiga. Estaban discutiendo porque habían encontrado una cabra muerta y no se ponían de acuerdo en cómo repartírsela.
Le pidieron ayuda para hacer bien el reparto y entonces sacó su navaja y desolló a la cabra, dándole al león toda la carne y los huesos, al águila todas las vísceras y a la hormiguita le dio los sesos.
Los tres quedaron muy contentos y, cuando ya se iba a marchar, le dijo el león:
- Te mereces una recompensa por el gran favor que nos has hecho.
Y entonces se arrancó tres pelos de los vientos y le dijo:
- Ahora, con estos pelos, cada vez que quieras convertirte en león no tienes más que decir “Dios y león” y serás un león tan fuerte como yo, y cuando quieras volver a ser hombre dirás “yo soy hombre”
El águila se arrancó una pluma de las remeras, se la entregó y le dijo:
- Con esta pluma que te doy sólo tendrás que decir “Dios y águila” y te convertirás en un águila como yo y podrás volar y planear fácilmente y, lo mismo que con el león, si dices “yo soy hombre” volverás a ser hombre.
- Yo no tengo pelos ni plumas – dijo lo hormiga – pero te daré una de mis uñas y cuando quieras pasar inadvertido puedes decir “Dios y hormiga” y así nadie te podrá ver.
Recibió la uña de la hormiga, les dio las gracias y se despidió siguiendo su camino. Al rato quiso probar si era cierto todo aquello y dijo “Dios y águila” y se encontró volando a gran altura. Con su potente batir de alas y aprovechando las corrientes térmicas ascendentes se recorrió todo aquel enorme territorio en un momento.
Pasó sobre una cueva y en ella divisó a una enorme serpiente de siete cabezas. Se preguntaba:
- ¿Cómo voy a poder matarla?
Descendió a tierra y dijo “yo soy hombre” y una vez vuelto a su ser se acercó a una granja que había visto por allí cerca y pidió trabajo.
Le encargaron sacar la piara de cerdos a comer bellotas al bosque, pero le advirtieron que tuviera cuidado porque había una enorme serpiente que siempre se comía algún cerdo.
- No tenga cuidado que yo no perderé ninguno
Cuando al día siguiente iba con la piara y apareció la serpiente, en lugar de echar a correr como hacían todos los pastores, dijo “Dios y león” y convertido en león luchó y luchó con la serpiente pero estaba muy igualados y quedaron ambos exhaustos, pero al llegar la noche la serpiente se retiró a su cueva y él dijo “yo soy hombre” y se llevó la piara a los corrales.
Cuando el amo vio que no faltaba ninguno le dijo a su hija:
- Mañana vas a seguir al porquerizo a ver qué pasa con la serpiente.
Cuando salió con los cerdos ella los siguió y se escondió, pudiendo ver cómo la serpiente aparecía en busca de un cerdo y cómo el porquerizo se convertía en león y luchaba con ella hasta el agotamiento. Cuando el león estaba muy cansado le oyó decir:
Si tuviera un pan caliente,
Un vaso de vino fuerte
Y el beso de una doncella
A la sierpe la muerte le diera
La chica se fue a contárselo a su padre y éste le dijo que a la mañana siguiente cociera una hogaza de pan y se lo llevara recién salido del horno junto con un buen vaso de vino de su cosecha y le diera un beso al león y que no tuviera miedo.
Al día siguiente volvieron a luchar y cuando las fuerzas del león se iban agotando volvió a decir:
Si tuviera un pan caliente,
Un vaso de vino fuerte
Y el beso de una doncella
A la sierpe la muerte le diera
Entonces la muchacha se acercó, le entregó el pan y el vino, le dio un beso y entonces el león cobró tanta energía que a cada bocado le arrancaba una cabeza a la serpiente, hasta que le cortó las siete y la serpiente murió y, en ese momento, una liebre salió de su vientre y se escondió por los alrededores.
Revisó bien a la serpiente y la cueva y no encontró ningún huevo por lo que pensó que debía cazar a la liebre.
Diciendo “yo soy hombre” regresó a la granja con los cerdos y con un saco de oro y joyas que había encontrado en la cueva y que era el tesoro de la serpiente.
Al día siguiente salió temprano, sólo, sin los cerdos, y dijo “Dios y águila” y, planeando desde las alturas, con su vista agudísima revisó cada mata y cada piedra hasta que descubrió a la liebre agazapada. Se lanzó a por ella y, aunque salió corriendo, no tardó en darle caza y apretó con sus garras el vientre de su presa hasta que murió y entonces salió de dentro de la liebre un huevo que, una vez convertido en hombre, se guardó cuidadosamente.
A continuación se dirigió a la guarida de la bruja y cuando se acercó, ella se asomó a la puerta y le dijo:
- ¿Qué buscas por aquí?
- Sólo un poco de agua, que me muero de sed
- Bebe el agua de ese charco, en él bebo yo
Él pasó la verja del jardín para acercarse al charco pero se acercó a ella y le dijo:
- ¡Pero qué mal arreglada vas! Deja que te peine un poco
- No me hace falta alguna, hace siete siglos que no me peino
- ¡Venga, no se haga de rogar! Ya verá qué bien queda
Y ella se dejaba peinar y se estaba quieta, momento que aprovechó para romperle el huevo en la frente.
La bruja cayó inerte en el suelo y él regresó a la granja y le dijo al amo que se marchaba a recoger a su madre que la había dejado sola allá en su tierra.
El amo insistía en que se quedara ahora que ya estaba muerta la serpiente, pero él tomó el saco del tesoro y se despidió. Convertido en águila buscó la boca de la cueva por la que había salido pero no pudo encontrarla porque estaba disimulada entre matorrales, entonces decidió entrar a través del pozo y, para que no le descubrieran, dijo “Dios y hormiga” y así pasó sin ser visto hasta el brocal del pozo y, como hormiga, pudo descender sin dificultad por la pared hasta llegar al fondo donde dijo “yo soy hombre” y comenzó a buscar la sala donde estaba la princesa.
Cuando llegó hasta ella comenzó a besar a su salvador después de tantos años encerrada allí.
Siguieron desde allí por la galería que conducía al exterior y una vez fuera se convirtió en águila y con la princesa cabalgando a su espalda voló hasta el castillo del rey, bajaron en el patio de armas y dijo “yo soy hombre”.
Todos se alegraron mucho por recuperar a la princesa perdida tantos años, el rey le concedió la mano de la princesa y allí vivieron también con su madre que fueron a buscar y vivieron felices por siempre.