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martes, 3 de marzo de 2015

La paloma, la zorra y el mochelo





Un cuento de transmisión oral que me envió Felisa López
y que le contaba su abuelo




LA PALOMA, LA ZORRA
Y EL MOCHUELO
Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie


Estaba una paloma con sus cinco pichoncicos en el nido que había hecho en un pino. Todos los días pasaba una zorra y le decía:
- palomica, échame un palomico o si no
con el rabo rabino
te cortaré el pino
La paloma se lo echaba y se lo comía.
Así un día tras otro hasta que sólo le quedaba un pichoncico.
Se fue la paloma a buscar comida y se encuentra con un mochuelo, y éste le dice 
- palomica,  ¿que te pasa?, ¿por qué  lloras?
y responde la paloma
-¡ay mochuelo que desgraciada soy!, todos los días viene una zorra  y me dice que le eche un palomico o si no
con el rabo rabino
me cortará el pino
y el mochuelo le dice
-¡ay so tonta!, la próxima vez que venga y te diga lo mismo le dices que
con el rabo rabino
no se corta el pino
sino con un hacha
de acero fino
Al día  siguiente  la  zorra le vuelve a decir:
- palomica, échame un palomico o si no
con el rabo rabino
te cortaré el pino
la paloma contesta
- de eso nada que me ha dicho el mochuelo que
con el rabo rabino
no se corta el pino
sino con un hacha
de acero fino
y la zorra dice
- ¡ah!, me has pillado, pero verás cuando pille al mochuelo ese.
La zorra va a buscar al mochuelo y se lo encuentra debajo de unos matujos medio helado
- mochuelo, ¿has sido tú el que le ha dicho a la palomica que
con el rabo rabino
no se corta el pino
sino con un hacha
de acero  fino?
- pues si, - dice el mochuelo - pero no me comas todavía porque estoy muy helado y te voy a sentar mal, cógeme con cuidado con los dientes, llévame a una solana  y cuando  yo te diga podrás comerme
Eso hace la zorra y cuando ya está en la solana le dice
- mochuelo, ¿te puedo comer ya?
y dice  el mochuelo
- mira; tú tienes que decir;
mochuelo comeré a la una,
mochuelo comeré a  las dos
y mochuelo comeré a las tres,
abres la boca y me comes
y eso hace la zorra; empieza 
- mochuelo comeré a la una,
mochuelo comeré a las dos
y cuando dice
mochuelo comeré a las tres
el mochuelo salió volando
y la zorra se quedó mirando.

Moraleja; por muy listo que te creas siempre  puedes encontrar alguien más listo que tú.



Cuando las ranas criaban pelo

Pensaba que ya no volvería a escribir nada
 "hasta que las ranas criaran pelo", 
pero... va a ser que no


Cuando las ranas criaban pelo

Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al final



Hete aquí que hubo un tiempo en que las hadas, los, duendes, los ogros... eran algo muy normal y los encantamientos algo cotidiano.
En aquellos lejanos tiempos, las ranas eran como unas bolas peludas con ancas. Esto tenía un problema y es que, al sumergirse, las guedejas mojadas se les metían por boca, ojos y narices, lo que les molestaba y les disgustaba mucho. Pero no era éste el mayor problema.
En aquellos tiempos, es bien sabido que las hadas y las brujas convertían, por divertirse, a los príncipes en ranas; esperando que unas princesas les besaran, rompieran el hechizo y se casaran con ellos. Pero no daba resultado; puesto que, ni princesa ni plebeya, se prestaba a posar sus labios sobre aquellas bolas peludas chorreantes, por miedo a tragarse un pelo y:
¡Porque les daba asco! ¡Que caramba!
La situación devenía insostenible; la población de príncipes era casi nula, por lo que las princesas no tenían con quién casarse, no había herederos y los tronos podían acabar quedando vacantes.
En cambio la población de ranas era enorme y no dejaban dormir a nadie con sus sonatas y croatas. Ni siquiera las hadas eran capaces de pegar ojo. Pero lo peor es que:
¿Qué podría resultar de la descendencia de una rana auténtica y un príncipe-rana?, ¿un printracio? ¿un batríncipe?.
¡Hasta aquí podríamos llegar! ¡No hija, no!
Se reunió un cónclave de hadas y se debatieron diversas medidas a tomar. La propuesta de deshacer los hechizos y dejar de encantar a la realeza se descartó de plano:
¡Lo que está hecho, hecho está!
 y
¡Las tradiciones hay que respetarlas!
Alguien propuso afeitar a todas las ranas y no era mala idea, pero aún no se habían inventado las maquinillas eléctricas y no había rapabarbas suficientes para afeitar a toda la población batracia. Aparte de que primero había que atraparlas.
Pero la idea no fue descartada. Tras muchas deliberaciones se acordó llevarla a cabo, pero por medios mágicos. Esto no suponía deshacer encantamientos preexistentes y se añadía la diversión de lanzar un hechizo nuevo.
Así que, mediante un encantamiento solemne y concelebrado, las ranas perdieron su pelo y quedaron como hoy las conocemos.
A partir de entonces, las princesas acabaron venciendo la repugnancia que les producía tener que besar a un batracio y lo hacían sin miedo a tragarse ningún pelo, no sin antes haberlas frotado con jabón y estropajo. Y así fueron desencantando a todos los príncipes y se casaron con ellos viviendo felices y comiendo perdices, aunque los príncipes se habían acostumbrado a comer moscas y los palacios quedaron limpios de esos molestos dípteros. Algunos, también, se habían habituado a sus nocturnas sonatas y croatas y pretendieron dedicarse al bel canto, pero sus voces no les acompañaban y se limitaron a cantar en la ducha.


Pasado aquel tiempo de la hechicería, las ranas siguieron sin pelo y los príncipes siguieron siendo príncipes por los siglos de los siglos o HASTA QUE LAS RANAS CRÍEN PELO.





lunes, 2 de marzo de 2015

El mejor relato jamás escrito, original de Ernesto Tubía Landeras



El amigo Ernesto me envió este relato para la web "todocuentos.net" y ahora lo pongo aquí. GRACIAS




EL MEJOR RELATO JAMÁS ESCRITO

 Fin.
      Concluyó su relato y comenzó a examinarlo minuciosamente a la busca de algún error ortográfico que pudiera haber cometido en alguno de los descuidos que propiciaban sus trances narrativos en los que se abstraía completamente de todo cuanto le rodeaba, y se sumergía en un mundo en el que las palabras le alcanzaban sin compasión, hasta que eran trasladadas a la pantalla de su ordenador portátil en un tecleo continuo y acelerado.
No creía en las musas. Para el no existía mayor inspiración que dejarse empapar por las palabras que formaban frases por si mismas en el interior de su cabeza, para acabar componiendo frases que finalmente se transformaban en historias cuya trama se resolvía sin la premeditación propia de una elaboración anterior, sorprendiéndose del cariz que tomaban los hechos a medida que sus dedos pulsaban el teclado y las palabras aparecían como por arte de magia sobre el fondo blanco del documento de Word.
      Tras una hora de exhaustivo análisis descubrió asombrado como en la totalidad del texto no existía ni un solo error. Cada acento, cada coma, todo era simplemente perfecto. Ni siquiera una palabra en la que hubiera olvidado teclear una letra. Nada.
      Decidió imprimir el documento y sentarse sobre su viejo sillón a deleitarse con la nueva obra que su extraña inspiración le había regalado.
La impresora comenzó a escupir folios, y el los iba recogiendo uno a uno colocándolos en un escrupuloso orden en el que ninguna esquina de los folios debía sobresalir del resto. Era un ritual que practicaba cada vez que pasaba a papel alguno de sus relatos, y que con el tiempo se había convertido en una superstición de la que no podía desprenderse.
Con los folios perfectamente alineados y grapados por su margen superior izquierdo, se tumbó sobre el sillón y con la novena de Beethoven de fondo pasó el resto de la tarde leyendo una y otra vez su nueva obra. Cada vez que concluía su lectura volvía a comenzar, regresando a la primera página donde un enorme espacio en blanco en la parte superior esperaba impaciente a que decidiera el título con el que le bautizaría una vez lo tuviese completamente decidido, y que era otra de sus más añejas costumbres. Jamás daba título a una obra sin antes haberla leído un par de veces, tras hacerlo decidía el título, y con su inseparable pluma y una esmerada caligrafía escribía su elección en el espacio en blanco que dejaba al comienzo del primer folio a tal efecto.
 Una  amplia sonrisa iluminó su rostro. Había escrito con anterioridad historias que a su humilde opinión eran merecedoras de elogios, pero ahora estaba seguro de haberlo conseguido, por fin había escrito una historia que a él se le antojaba como el mejor relato que nunca hubiera conseguido escribir. Ni siquiera en los momentos de mayor inspiración anteriores había logrado conjugar tan fluidamente los verbos, había logrado determinar cuales debían ser las palabras exactas para determinar las acciones precisas, un desarrollo milimétrico sin un solo cabo suelto, y un final deslumbrante que convertía los finales de sus relatos anteriores en vulgaridades completamente triviales.
      Regresó a la impresora e imprimió tres copias más de su obra, no deseaba que por algún error informático como los que sufría con frecuencia dada su inexperiencia su gran obra se perdiera con la salvedad de la única copia impresa con anterioridad.
Cumpliendo con su ritual a la hora de ordenar los folios, guardó las tres copias realizadas en tres ubicaciones diferentes de su casa, a fin de que si algún día no lograba recordar alguno de los lugares donde guardaba uno de ellos,  si que pudiera recordar donde se encontraban los demás.
Se tiró de nuevo sobre el sillón y leyó una vez el reciente relato sintiendo como a cada palabra que sus pupilas analizaban su excitación era mayor. Se estaba enamorando de sus palabras, de las frases que ellas formaban, de la historia que finalmente se detallaba.
      Quería acostarse con esas palabras, hacerle el amor a todas y cada una de las sílabas que se unían de forma graciosa y atractiva sobre el temido folio en blanco. Sus suspiros se fueron tornando en jadeos a medida que sus dedos acariciaban las esquinas de los folios, o se deslizaban sobre la tinta impresa con la misma delicadeza que si lo hicieran sobre los sonrosados pezones del pecho de la mujer que más hubiera deseado durante toda su vida.
Creía que quería hacerle el amor a esa historia pero descubrió que en realidad no se trataba de eso, no es que quisiera, necesitaba follarse ese relato. Sentir sobre su excitada piel el contacto del papel y como la tinta se levantaba a merced del sudor y empapaba su piel tiñéndola de negro, para después introducirse dentro de él a través de los poros de su piel, y entonces aquel maravilloso relato, el mejor que jamás hubiera escrito, formaría parte de su interior.
      El ruido de la ciudad atravesó la ventana abierta de su salón y comprendió que ahí fuera existía un mundo que aun no era consciente de la creación de esa obra, y que se arrodillaría ante él cuando dejara que sus ojos contemplaran las mejores líneas nunca escritas.
Pero entonces una sensación que nunca había experimentado le invadió. Siempre creyó que el mayor deseo de un escritor es ser leído por la mayor cantidad de lectores posibles. Que sus obras se tradujeran a miles de idiomas que permitieran su comprensión más allá de cualquier frontera que el hombre hubiera levantado para impedir un paso que solo la cultura podía derribar. Pero ahora no estaba seguro de querer que eso fuera así.
Acababa de concluir la escritura del mejor relato jamás escrito en la historia de la humanidad y creyó que era demasiado bello, demasiado perfecto, con demasiado talento encerrado entre sus líneas como para que cualquier estúpido ávido de lectura pudiera apoderarse de su contenido por el simple hecho de pasear su mirada sobre aquellos folios que casi se le antojaban celestiales, divinos, oníricos, como si todo lo que en ellos se relataba no hubiera podido ser creado por unas manos y un cerebro de este mundo.
      Determinó que su obra maestra nunca sería contemplada por otros ojos que no fueran los suyos, no quería que mentes menores pasearan su mirada por aquellas páginas sin ser capaces de comprender todo el arte que encerraban, y llegaran al final del relato creyendo que simplemente acababan de leer una historia como tantas otras.
Entonces un gran temor le atrapó. Tal vez alguien pudiera colarse en su ordenador a través de la red y robar su obra. Se oían casos a millones todos los días, se vivía en la era de la globalización, y un niñato del otro extremo del planeta podía introducirse en la memoria de su portátil saltándose cuantas contraseñas se encontrara a su paso con una facilidad asombrosa.
Salió corriendo del salón tropezando con la mesita donde descansaba una de las copias, y se colocó delante de su ordenador donde en cuestión de segundos borró el relato impidiendo así que nadie lo extrajera sin su aprobación. Aprobación que ya había decidido nunca otorgaría a nadie.
      Pero eso no era todo, aun quedaban cuatro copias impresas en papel. La inicial, y las tres restantes que había escondido por su casa y que podían ser presa de algún ladrón que decidiera entrar a robar en su casa, y tras observar que carecía de objetos de valor, se llevara alguna de las copias a fin de tener algo de botín y no caer en la frustración de un golpe fallido.
Que peor suerte para la mayor obra de la humanidad que acabar en manos de un delincuente común sin más beneficio que el de asolar vivienda tras vivienda, y que posiblemente nunca hubiera pasado de leer algún cómic en su niñez, o prensa deportiva en su edad adulta. Finalmente su relato caería en el olvido en el cajón más remoto y descuidado del hogar del ladrón, o sería pasto del contenedor de papel reciclado cuando se cansara de albergar en su casa unos folios para los que ni siquiera había tenido tiempo de leer, privándose de la lectura que con la mentalización adecuada podía cambiar su vida.
Uno a uno fue destruyendo todas las copias que anteriormente distribuía por los diferentes habitáculos de su austero hogar. Los redujo a ínfimos trozos de papel, y luego los tiró en diferentes lugares. Algunos de ellos los arrojó sobre la papelera que reservaba al papel y que luego destinaba a la recogida ecológica, otros los desechó junto a la basura orgánica, y el resto los arrojó al retrete para ver como eran alimento de las cañerías cuando accionó la bomba del baño consciente de su triunfo.
Así dispersos, aunque alguien consiguiera aunar algunos de los trozos le sería del todo imposible unir las piezas que conformaran de nuevo su historia, su mejor relato, la mayor obra maestra de la historia de la humanidad, estaba seguro de que así era.
Regresó al salón y cogió entre sus sudorosas manos la última y única copia que aun quedaba. La última muestra de que alguna vez esa historia había sido escrita, y contemplando el espacio en blanco que reservaba para el título decidió que por primera vez desde que comenzó a escribir, dejaría sin titular uno de sus relatos.
Algo sin nombre es como si no existiera, y eso era lo que deseaba. Que un mundo estúpido no lograra ensuciar su arte con sus ojos estúpidos, con sus manos estúpidas, que no babearan estúpidamente mientras lo leían.
Pero aun quedaba esa última copia, y era consciente de que no podría protegerla infinitamente. Cualquier mínimo descuido podía hacer que acabara en unas manos indeseables, o el día en que él falleciera esos hijos que ya nunca llamaban ni tuvieron tiempo así como paciencia para deleitarse con una de sus anteriores creaciones, lucharían entre ellos a brazo partido por hacerse con ese reducido número de folios que podía cambiar la forma de entender el arte en el mundo.
      Tres días sin dormir ni un solo minuto fueron suficientes para que como si fuera un autómata grabara en su mente el relato por completo. Cada párrafo, cada palabra, donde estaba situado cada punto y cada coma. Lo recordaba como si hubiera impreso una copia más y la hubiese grapado sobre su cerebro.
Ya estaba preparado para la destrucción final, y en trozos pequeños y perfectamente recortados, engulló uno a uno los folios que formaban su relato dejando que su paladear saboreara la amarga tinta con la satisfacción de alimentarse de cultura, única ambición que había anhelado durante toda su existencia.
      Ahora todo había acabado. El era el mejor escritor del mundo, pues había escrito el mejor relato jamás creado, y era solo suyo. Nunca vería la luz para que otros muchos intentaran adueñarse de sus enseñanzas, o basaran en él futuras obras de dudosa calidad lingüística.
Pero la humanidad es cruel e instintiva como animales salvajes, y seguramente alguna de esas bestias que rondaban en las calles bajo apariencia humana pudieran leer en su mirada lo que su cerebro albergaba como el mayor tesoro que cualquier cerebro pudiese esconder. Y su última decisión fue que en lo que le quedaba de vida, fuera mucha o poca no volvería a enfrentar su mirada con la de nadie, y desde ese preciso instante nunca volvió a salir de las cuatro paredes que delimitaban su vivienda, su fortaleza. Su tumba.
      Pasado un mes desde la creación del mejor relato jamás escrito, su creador fue encontrado muerto sentado sobre su viejo sillón después de que los vecinos alertaran a las autoridades del desproporcionado hedor que se desprendía de su interior.
Fue enterrado en el mayor de los olvidos sin más presencia que la del sacerdote que se encargó del oficio, y los empleados municipales que se ocuparon de colocar la losa sobre el féretro.
      En la lápida no había fecha de nacimiento ni de defunción, tampoco fotos que eternizaran su rostro, ni tan siquiera un nombre o apellidos que identificaran a quien descansaba eternamente bajo aquella pesada losa.
Sobre el sencillo granito que formaba su lápida tan solo se leía una leyenda que resumía su existencia.
  
Enfermó de vanidad,
y murió de egoísmo.
Pudo ser cualquier cosa,
pero decidió consumirse en la nada.



El celacanto friolero


 ¡Pescado fresco! ¡que es de hoy! 
Lo acabo de escribir y
espero que os guste

El celacanto friolero


Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie


Hace millones y millones de años, en que no había mamíferos, ni siquiera vertebrados terrestres; los peces eran los únicos amos de las aguas pero, aparte del plancton, las algas y otros peces más pequeños, su fuente de alimentos estaba muy limitada. Únicamente en los ríos, en las marismas o en las playas se encontraba una buena cantidad de proteínas en forma de insectos, gusanos y otras variedades de artrópodos.
Entre los peces marinos había un celacanto que era el hazmerreir de todos su congéneres, y es que era muy friolero. En lugar de nadar por aguas profundas o por el fondo como los lenguados, gustaba de nadar en las aguas más superficiales pese al oleaje, por cuanto éstas estaban más calentitas.
Tanta era su apetencia por el calor que, desoyendo a sus congéneres, intentó y consiguió trepar por los corales hasta la superficie del atolón que les daba cobijo. A base de intentarlo, consiguió fortalecer sus gruesas aletas hasta que le fue muy fácil reposar en la superficie y disfrutar del calor del sol.
El mayor problema era la dificultad para respirar, por cuanto sus branquias eran inútiles fuera del agua, pero con esfuerzo lograba aguantar  bastante rato sin sumergirse. Sus boqueadas espasmódicas fuera del agua lograron aportar a la vejiga natatoria la suficiente cantidad de aire para, a través de su membrana, oxigenar su sistema circulatorio sin necesidad de las agallas.
Así se pasaba horas a la luz del sol y experimentando esa nueva sensación de respirar el aire directamente, en lugar de disuelto en agua. Únicamente se tenía que sumergir a menudo cuando se recalentaban y desecaban sus escamas, pero menos frecuentemente si estaba nublado.
Un día, nadando por la superficie, llegó a una playa de blanca arena y reptó como mejor pudo, ayudándose de sus fuertes aletas. Allí encontró una fuente abundante de alimento en las miríadas de bichos que volaban o se arrastraban por la arena a la orilla del agua. Los peces de río y de las marismas no tenían que hacer esfuerzo alguno para alimentarse porque tenían los insectos a su alcance; pero nuestro celacanto, si quería comer lo suficiente, se vio obligado a quedarse tendido en la arena y sumergirse únicamente cuando se resecaba.
Los otros celacantos lo miraban como un bicho raro y no querían saber nada de él.
Con el tiempo acabó haciendo una puesta en el límite del agua, como hoy siguen haciendo las tortugas, donde el agua rompía en la arena y la mantenía húmeda y calentita.
Acabaron eclosionando cientos de alevines que se sumergieron inmediatamente en el agua. Muchos de ellos sirvieron de alimento a otros peces, pero un buen número acabaron saliendo a la orilla y banquetearon de lo lindo con las nubes de insectos que pululaban por allí.
De aquel celacanto friolero no se supo nada más, pero sus crías siguieron frecuentando y repoblando aquella playa, aunque su número creció tanto que la comida comenzó a escasear y tuvieron que internarse en la espesura y en las marismas en las que abundaba la caza.
Acabaron desplazándose ya muy lejos de la playa; pero siguieron regresando a desovar y, a veces, como un raro atavismo, a tomar el sol sobre la arena y zambullirse en las aguas salobres.
Dicen que de aquel celacanto fueron evolucionando todas las especies vertebradas, hasta la especie humana. Hay quien no lo cree, pero...
¿Qué es lo que nos impele a esas vacaciones de sol y playa?, ¿a tostarnos al sol sobre la arena y zambullirnos retozando entre las olas?.

A veces lo pienso y quiero imaginar qué es lo que nos empuja a regresar a los orígenes de la vida, pero no lo consigo.








Fábulas de La Fontaine

FÁBULAS DE LA FONTAINE



Juan de La Fontaine (1621-1695) fue un fabulista francés. Sus fábulas fueron publicadas en múltiples ediciones ilustradas. Como Fedro, además de sus fábulas propias, también bebe en las fuentes de Esopo aunque también, como él, les da su toque personal.
Aquí pongo unas pocas, algunas de ellas muy conocidas

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se sigue el texto en el 
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LA CIGARRA Y LA HORMIGA

Cantó la cigarra el verano entero, y al llegar el frío se encontró sin nada: ni una mosca. ni un gusano.
Fuése a llorar su hambre a la hormiga su vecina, pidiéndole para vivir que le prestara grano hasta la estación venidera.
- Te pagaré - le dijo - antes de la cosecha la deuda con sus réditos; a fe mía.
Mas la hormiga no es banquera, al fin su menor defecto.
- ¿Qué hacías tú cuando el tiempo era cálido? - preguntó a la necesitada.
- Cantaba noche y día libremente.
- ¿Conque cantabas? ¡Me gusta tu frescura! Pues baila ahora, amiga mía.


LA ZORRA Y EL CUERVO

Encaramado a un árbol, sujetaba el señor cuervo con su pico un rico queso. Y la señora zorra, atraída por el olorcillo, le habló de esta manera:
- ¡Buenos días, señor cuervo! ¡Cuán bello sois y me lo parecéis! Si fuera vuestro canto igual a vuestras plumas, sin mentir, os digo, que seríais el fénix de cuantas aves viven en los bosques.
Oyendo el cuervo tales palabras, desborda de alegría, y abriendo el pico para lucir su voz hermosa, deja caer el queso. Lo atrapa la zorra al instante, y dice:
- Sabed, señor cuervo, que todo adulón es un parásito de aquel que sin más lo escucha; esta lección bien vale el queso.
Avergonzado y confundido, juró el cuervo, aunque algo tarde, que nunca más le engañarían

EL GALLO Y LA PERLA

En una ocasión un gallo picó una perla en el estiércol y llevósela al primer lapidario.
- Me parece fina - le dijo - pero mejor preferiría un solo grano de mijo.
Y un ignorante heredó un manuscrito, llevándoselo a un librero, su vecino.
- Me parece bueno - le dijo - pero mejor preferiría una sola pelucona.
Hay un proverbio popular que dice "no se ha hecho la miel para la boca del asno", lo que quiere decir que las cosas valiosas no deben darse a quien no las sabe valorar

LA PALOMA Y LA HORMIGA

Seamos, tanto como podamos, generosos con todo el mundo, pues a menudo necesitamos la ayuda de alguien más débil que nosotros.
A la orilla de un claro arroyo bebía una paloma cuando, al inclinarse sobre el agua una infeliz hormiga, cayó en la corriente. En vano la hormiga se esforzaba en aquel océano por ganar la orilla. Pero la paloma acude caritativa y lanza al agua una brizna de hierba, asida a la cual la pobre hormiga logra arribar a un promontorio.
Al propio tiempo pasaba, con los pies desnudos, un gañán con una ballesta a la cintura. Al ver el pájaro de Venus, piensa en su puchero con inmensa alegría; pero mientras el rústico se preparaba a matar a la paloma, la hormiga le pica en el talón, y en tanto vuelve la cabeza, la paloma le oye y emprende el vuelo. Con ella voló el almuerzo.

EL LEÓN VENCIDO POR EL HOMBRE

Se exponía una pintura en que el artista había trazado un enorme león abatido por un solo hombre. Los que miraban el cuadro se envanecían. En esto pasó un león que amargó su insulsa charla.
- Ya veo - dijo - que ahí os dan la victoria; pero el artista os ha engañado, teniendo libertad para pintar una ficción. ¡Con cuánta más razón seríamos nosotros los vencedores si supieran pintar los leones!

LA ZORRA Y LAS UVAS

Cierta zorra gascona, otros dicen que normanda, de hambre casi muerta, colgando de una parra vio unas hermosas uvas, cubiertas de piel bermeja. ¡Gran banquete se hubiera dado la bribona! Pero no pudiendo llegar a ellas, dijo:
- Puah, están verdes! ¡Quédense para los gañanes! 
¿Qué mejor podía hacer que desdeñarlas?






domingo, 1 de marzo de 2015

Las vacaciones del Sol



Hoy tocaban fábulas, pero no puedo evitar
poneros este cuento que acabo de escribir,
fruto de la inspiración en la duermevela


Las vacaciones del Sol

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se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie


Cierto día - que nunca llegó a serlo - el Sol no asomó su redonda y radiante cara por el horizonte, los gallos no cantaron y la oscuridad siguió siendo dueña del planeta.
¿Qué había pasado?. Pues resulta que el Sol había decidido tomarse unas vacaciones. Desde hacía sesenta y cinco millones de años solares, no se había tomado ni un puente ni un fin de semana. Faltaban aún ciento veinte millones de años solares para que se cumpliera su año galáctico en torno a la Vía Láctea, pero ya necesitaba un descanso. Su única ocupación había sido lanzar llamaradas y formar manchas solares pero eso era muy aburrido y ese año se le estaba haciendo demasiado largo.
En La Tierra esto provocó una conmoción. Se tuvieron que reprogramar los alumbrados urbanos de modo que lucieran las veinticuatro horas; por lo que, unido al enfriamiento gradual del planeta por falta de sol, el consumo de electricidad se disparó, dando lugar a cortes y restricciones, hasta reservar el suministro sólo a los servicios esenciales.
Se agravaba el problema porque las placas solares dejaron de funcionar. Cuando se alcanzó una temperatura idéntica en toda la superficie, se convirtió el planeta en una gran isobara, dejó de soplar el viento y las eólicas no volvieron a girar, quedando con sus largos brazos inertes.
Había dejado de llover y las últimas precipitaciones habían sido sólo de nieve, hasta que desapareció toda nubosidad. El sol ya no evaporaba los mares, lagos y ríos, y ya no generaba nuevas nubes.
Al bajar las temperaturas hasta cifras polares, las fuentes y ríos se fueron congelando y las centrales hidroeléctricas también quedaron inoperantes. Así que la energía quedaba reducida a las nucleares y térmicas que, aunque el frío exterior favorecía la mejora de su rendimiento, no daban abasto a las necesidades de luz y calor en aquel mundo oscuro y frío.
Suerte que todavía se disponía de combustibles fósiles y gas y aún se podían calentar mínimamente, gracias a estufas de butano y calderas de gas natural.
Pero algo vino a complicar aún más las cosas, si ello era posible. A falta de luz solar, las plantas dejaron de hacer la fotosíntesis y crecer; por lo que, además de escasear los alimentos, no se producía oxígeno y el dióxido de carbono iba aumentando sensiblemente su concentración. Aunque esto podía ser positivo porque podía producir un ligero efecto invernadero, se tuvo que cortar el suministro de gas y prohibir los vehículos a motor y toda combustión para frenar la conversión del aire en  algo irrespirable.
Toda la vida en el planeta estaba al borde de la extinción. El hambre, el frío y la oscuridad se habían adueñado del planeta entero, hasta las zonas tropicales y los desiertos más cálidos.
Pero, una mañana – y esta vez sí lo fue – el Sol volvió a asomar su redonda y brillante cara por el horizonte y su calor se fue haciendo notar poco a poco.
¡El Sol había regresado de sus vacaciones!
Había recorrido casi toda su propia galaxia, pero hubo de dejar para otra ocasión el darse una vuelta por el extranjero. Aunque tenía previsto darse una vuelta por la Galaxia de Andrómeda y las Nubes de Magallanes, había quedado exhausto y, además, se llevó un buen susto cuando estuvo a punto de caerse por un agujero negro.
En esta ocasión su ausencia quedó reducida a un puente festivo, y regresó antes de lo previsto; porque también se sentía algo culpable ya que en sus últimas vacaciones, a su regreso, descubrió con pena que se habían extinguido los dinosaurios.

Por otra parte tenía que reconocer que había echado de menos los buenos ratos que se pasaba contemplando, desde lo alto, las barbaridades que llegaban a hacer esos bichos locos que poblaban el tercer planeta.