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domingo, 28 de julio de 2024

Paco I «El Napias»

de Calleja


PACO I EL NAPIAS

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Probablemente, queridos niños, no sabréis quién era el célebre hombre de las narices, que me acompañó en mis excursiones por la ría de Pontevedra, nos hizo remontar el Lérez y admirar los prodigios que, a manos llenas, vertió la naturaleza en sus orillas. Pues aquel hombre y aquellas narices, tienen una historia interesante que voy a contaros, repitiendo punto por punto, las palabras del pobre batelero.
El hombre era digno de atención, pero sus narices, sus tremebundas narices, eran mi única esperanza para el caso, muy probable, de que la barquilla en que navegábamos, se fuera a pique. Eran unas narices colosales, llenas de costurones y cicatrices, con más puntos que una media y más pintas que el percal. Aquel apéndice, que en buena contabilidad debía tener la misma edad que su propietario, daba a éste un aspecto de vejez tan marcado, que a ser de cartón y podérselas quitar, hubieran librado a su dueño de una carga de años y de carne a un tiempo.
Observó el hombre que no perdía yo de vista sus narices, pensando, sin duda, por qué prodigio mecánico no se rendían sus adherencias a tan enorme pesadumbre, y al cabo de un rato, llevándome aparte y sujetando con disimulo las narices para no dar al traste con el equilibrio del barco, me dijo:
- Por causa de ellas soy el hombre más desgraciado de la tierra, y si usted, que según me aseguran, es médico, quisiera cortármelas, lograría hacerme vivir dichoso el tiempo que me reste de vida.
Le animé a que fuese a verme, y en efecto, al día siguiente acudió a mi despacho contándome su historia de este modo:
- Nací con las narices tan desarrolladas que el médico le dijo a mi madre: Aunque se quede corto de vista no hay miedo de que se le caigan las gafas. Mi nodriza se entretenía en darme tironcitos y pellizcos en este desgraciado órgano, y tanto tiró y tanto dió en crecer, que a los tres años me costaba tenerme en equilibrio y tuvieron que ponerme chichonera con contrapeso. Siempre estaba estornudando por el polvo que en las narices se me entraba y cuando me llevaban al teatro, aunque estuviera en el gallinero, me hacía efecto el rapé en cuanto abriera la caja cualquier espectador de las butacas. En la escuela me llamaban Paco El Napias, y el maestro, siempre que extendía la caña para pegarle a uno, tropezaba invariablemente en mis narices, algunas veces los compañeros, por distracción, al ir a sonarse sus narices, me cogían las mías, dándole unas sacudidas fenomenales. Un día al escribir, metí la nariz en el tintero, con tan mala suerte, que saqué enganchados los algodones y al levantar la cabeza se los metí al maestro en un ojo.
Siempre fui corto de vista, que fue la mayor desgracia que pudiera ocurrirme, porque mis desdichadas narices no me permitían acercar la vista a los carteles, y los celadores de la clase, en vez de ponerme en cruz como castigo, me colocaban con las narices en alto y en la punta la campanilla del maestro.
Pero no me pude librar de las quintas por narigudo, pues decían que eso no era defecto sino exceso, y hasta el sargento que me talló, pasó mis narices por encima de su hombro, con objeto de poder verificar la operación.
Mi calvario empezó cuando entré en el cuartel; no se desperdició bofetada que no recibieran mis narices, y cuando el capitán gritaba «a alinear» mis narices alteraban la alineación, resaltando como el espolón de un navío, y por esta desgracia me chupaba cuatro o seis días en el calabozo.
Cuando mis narices y yo quedamos libres del servicio militar, volví a mi pueblo, donde mi entrada produjo verdadera sensación; me ladraban los perros, bufábanme los gatos, y cuando pedía permiso para entrar en una casa, me decía siempre el dueño: «A buena hora pides permiso, si tienes las narices en la cocina.»
Estos costurones que ve usted son de haberme cogido las narices entre puertas, y en fin, estoy harto de ellas y vengo a que me las corte usted por donde quiera. No quiero ser más tiempo reloj de sol.
- Pues mire usted - le contesté - hace muy mal en privarse de ese magnífico ejemplar que la naturaleza le ha regalado. Váyase a recorrer tierras, estudie los usos y costumbres, y se convencerá de que cada uno debe contentarse con lo que tenga.
El hombre se marchó mirando con envidia mi bolsa de cirugía, pero ofreciendo seguir al pie de la letra mi consejo.
En efecto, al cabo de seis años, he vuelto a tener noticias suyas, y he aquí el relato de sus aventuras

«D. Paco El Napias, se embarcó en un buque de los que hacían la travesía de América, sorprendiéndole en alta mar un terrible naufragio. Sus prodigiosas narices le salvaron, pues colocándose en ella dos tapones, le sirvieron como de calabazas, manteniéndole a flote. La marea le llevó a una costa desierta, en apariencia, y allí el hombre, dio gracias a Dios por aquellas sus colosales narices, que tan buen servicio le acababan de prestar. No fué esto solo; una turba de salvajes le salió al encuentro con ánimo de matarle mientras le vieron de frente, pero al verle de perfil y contemplar aquella sobrehumana longaniza, huyeron despavoridos como alma que lleva el diablo.
Ayudándose con las narices, trepó Paco a un cocotero, y ya en lo alto, se rompió la rama en donde estaba asido. Por fortuna sus narices cayeron sobre otra rama y cogiendo con una mano el extremo de sus narizotas, quedó tan firme como si se hubieran clavado en el árbol.
Cansado de comer cocos y de hacer el coco a los salvajes, fuese tierra adentro nuestro narigudo, hasta que dio con sus huesos en el país de los chatos.
Verdaderamente, todo era chato en aquel pueblo ; achatadas las casas, achatados los árboles y chatísimos los habitantes. Lo eran tanto, que en vez de narices, ostentaban dos agujeros, que para hablar tenían que taparse. Y así como en la tierra de los ciegos el tuerto es rey, en la de los chatos, ejercía de monarca cierto individuo a quien por chato habían expulsado de Europa.
Inútil es decir el asombro, la estupefacción, el delirio que produjo en la ciudad chatuna, la valiente aparición de aquella gallarda nariz, que llegaba a la plaza principal, cuando Paco estaba todavía en las afueras de la población.
Desde los balcones le echaban las damas flores, palomas y cintas de seda, que se arrollaban a aquellas regias narices en franjas de mil colores. El pueblo le aclamaba admirado, proclamándole, no ya rey, sino archi-emperador.
Le llevaron a palacio, donde el monarca destronado le prestó acatamiento, y con unos andamios, lograron que penetrara en el salón del trono la nariz imperial.
Para que el emperador pudiera dormir tranquilo, pusieron a ambos lados del lecho dos inmensos cojines para que pudieran descansar las narices de S.M. I. que una grúa a vapor hacía pasar de un lado a otro cuando quería cambiar de postura.
El país de los tontos declaró la guerra al de los chatos, y D. Paco I El Napias, formó su ejécito y se preparó a invadir el territorio enemigo. Al llegar a un río, que les interceptaba el paso, se colocó el emperador en la mitad de la corriente, y haciendo cabalgar sobre sus narices tres o cuatro batallones a un tiempo, en menos de una hora pasó a todo su ejército, sin más que volver la cara de una a otra orilla.
En el primero y último combate, se ató una lanza a las narices y arremetiendo contra el ejército de los tontos, ensartó hasta doscientos de ellos, con lo cual se declararon los restantes en vergonzosa fuga.
Vuelta al país de los chatos con los laureles de la victoria y proclamadas sus narices las primeras de su tiempo, reinó feliz y tranquilo, teniendo la ventaja de que carecen los demás reyes, de oler donde guisan en todo su imperio sin tener que moverse de su casa.
El pueblo agradecido a su monarca, le ha erigido una estatua de tamaño natural, cuyas narices sirven de reloj de sol y de tendedero de ropa por voluntad del soberano, que quiere, hasta en efigie, ser útil a sus súbditos.»

Y cuando yo supe todo esto, no pude menos que exclamar mirando mis instrumentos de cirugía:
- ¡Vaya un flaco servicio que le hago, si llego a meterle mano a las narices!

domingo, 16 de junio de 2024

La Princesa Camelia


Uno de los conocidos
cuentos de Calleja 

LA PRINCESA CAMELIA


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Había un Rey y una Reina que tenían tres hijas, querían muchísimo a las dos mayores, que se llamaban Flor de Azahar y Resedá. La pequeña, que era muy bonita y tenía tres años menos que Resedá, se llamaba Camelia. El nacimiento de la pequeña Camelia molestó mucho a sus hermanas Flor de Azahar y Resedá, lo mismo que a las hadas que tenían por madrinas, y que se llamaban Furiosa y Colérica. Camelia tuvo por madrina el hada Bondad, pero ésta no era tan poderosa como las dos madrinas de sus hermanas. La Reina, que, como hemos dicho, quería entrañablemente a las dos mayores, veía con disgusto que todo el mundo se fijaba en los encantos de Camelia, y, aunque parezca cuento, dispuso que la pequeñita, en lugar de seguirse criando en Palacio, lo fuera en una alquería, a seis leguas del reino. Un gentilhombre y una dama fueron encargados de entregar la niña Camelia a la arrendadora de la alquería, dándole instrucciones precisas para que, prescindiendo de la alta posición de los padres de Camelia, trataran a ésta como si fuera su hija, sin hacer la menor distinción con ella, debiendo vestir el traje de las labradoras, comer lo que éstas comieran y dedicarse a las labores del campo; prometiólo así la arrendadora, y Camelia se crió fuerte y robusta, pero sin perder aquellos perfiles de belleza con que Dios la había dotado. Cada año mandaban a saber de ella, pero nunca la llevaban el menor regalo, en cambio, sus hermanas vivían muy agasajadas, vestían espléndidos trajes y se adornaban con riquísimas joyas. Sucedió un día que el Rey dijo a su esposa: 
- Nuestras hijas se hallan en disposición de elegir marido, para lo cual he anunciado magníficas fiestas que se han de celebrar todos los domingos del próximo mes de Mayo, es necesario que las prevengas, pues asistirán muchos príncipes que las solicitarán en matrimonio. 
- Supongo - dijo la Reina - que Camelia se quedará en la alquería
- No - dijo el Rey - asistirá a las fiestas por si algún desesperado quiere cargar con ella, pues estará que dará miedo verla de tostada del sol y curtida por los aires. 
Hiciéronse en el palacio grandes preparativos, los comerciantes llevaron las telas mejores que tenían, para que Flor de Azahar y Resedá estuvieran, no sólo ricamente vestidas, sino que llamaran la atención por su elegancia. Los joyeros desmontaron antiguos aderezos y los convirtieron en otros preciosos y modernos. Todo estaba preparado, ejércitos de modistas habían hecho los trajes de las dos jóvenes privilegiadas, y la víspera, un gentilhombre se presentó en la alquería para invitar, de parte del Rey, a Camelia, pero se abstuvo de llevar ningún regalo. Camelia, al principio, rehusó el asistir a las fiestas, pero el gentilhombre dijo que su padre lo llevaría muy a mal y le añadió que al día siguiente vendría a buscarla, que preparara su equipaje.
Luego que se marchó el gentilhombre, la arrendadora sacó un arca de pino blanco y metió en ella dos vestidos de percal, un corpiño de terciopelo y unos zapatos ordinarios, pero que estaban en buen uso. Al día siguiente se presentó en un coche el gentilhombre y una dama de honor muy vieja y muy malhumorada, y haciendo subir en el coche a Camelia, la llevaron a palacio, pero el carruaje no paró en el peristilo de honor, sino, dando vuelta al patio de las cocinas, se detuvo en la puerta de la escalera de servicio. Hicieron subir a Camelia a un camaranchón donde había una mala cama, y allí le dijeron que esperase. Aquella noche se celebró un suntuoso banquete al que asistieron muchos príncipes, Resedá y Flor de Azahar estaban radiantes, no de belleza, pues les faltaba, sino de riqueza. A la pobre Camelia no la invitaron, y un pinche de cocina le sirvió un malguisado y un plato de judías. Mucho lloró la infeliz Camelia, pero se resignó a todo. Al día siguiente, que era domingo, se efectuó el primer baile en palacio, y los palaciegos mandaron recado a Camelia para que a las nueve estuviera vestida, con objeto de hacer su presentación. Camelia sacó un peinecito y mirándose a un espejo roto, empezó su tocado, colocándose en la cabeza dos plumas de gallo, y se vistió con su traje de percal. Antes de abrocharse el vestido se le apareció el hada Bondad y le dijo:
- Tus hermanas quieren ponerte en ridículo, pero yo las castigaré. 
Y tocando con su varita el tocado y el vestido de percal, se convirtieron en una preciosa diadema de brillantes y esmeraldas, y un vestido de tul; de plata con bullones de riquísimos encajes, las medias de lana, en preciosísimas medias de seda, y los zapatos burdos y usados, en unos de seda con altos tacones pintados de rojo. Vino la dama a buscarla. Cuando Camelia hizo su entrada en el salón y sus hermanas se preparaban a burlarse de ella, fue tal la admiración que causó que todos los príncipes abandonaron a Resedá y Flor de Azahar, y rodearon a Camelia. Entre los príncipes se encontraba uno que se llamaba el Príncipe Deseo y a quien en sus sueños había visto Camelia. Éste se puede decir que fue el favorito, con ella bailó casi toda la noche y la condujo del brazo al comedor, cuando dieron la señal de la cena.
Tanto la Reina como Resedá y Flor de Azahar, estaban furiosas del éxito que había tenido Camelia, y juraron vengarse. Terminado el baile, Camelia subió a su cuarto, y en el momento en que entró desaparecieron todas las galas. El siguiente día se dedicó a una cacería, y a las dos de la tarde la mandaron recado para que bajara, como el día anterior, el hada asistió al tocado de Camelia, y esta vez el vestido de percal se trocó en uno elegante de terciopelo granate. Si asombro causó en traje de baile Camelia, fue tan grande el entusiasmo que produjo con su traje de amazona, que todos corrieron a felicitarla. Dada la señal de montar a caballo, la presentaron un caballo fogoso que apenas podían contener cuatro palafreneros, pero el Príncipe Deseo hizo una señal a sus criados y le trajeron, una yegua perla, e hincando la rodilla en tierra ayudó a subir a Camelia. La heroína de la fiesta fue Camelia y el Príncipe Deseo solicitó autorización para pedir su mano al Rey. Estas preferencias incomodaban cada vez más a la Reina y a Flor de Azahar y Resedá, pues el Rey, desde que había visto a su hija, como todos, había quedado prendado de ella. El Príncipe Deseo pidió aquella misma noche al Rey la mano de Camelia. Al siguiente día, último de las fiestas, debía celebrarse una carrera de carros a la romana, y Flor de Azahar y Resedá habían preparado para su hermana un carro, de modo que, al poco de echar a andar, se rompiese una clavija y volcase, con lo cual Camelia sería atropellada por el resto de los carros que tomaban parte en la carrera, pero el hada velaba por Camelia. Subieron en los carros Camelia, Resedá y Flor de Azahar, cada una acompañada de un príncipe, dio el Rey la señal y partieron a galope, las malas hermanas esperaban en balde que se saliera la clavija del carro de Camelia, precisamente sucedió todo lo contrario, ésta, que se había quedado atrás con el príncipe, al pasar entre los carros de Resedá y Flor de Azahar, les dio tal envite que cayeron rodando, y mal heridas fueron trasladadas a palacio. El Príncipe Deseo, que había obtenido la mano de Camelia, no quiso que se dilataran las bodas y, mandando un embajador a su padre, cuyo reino era vecino, éste se presentó seguido de toda su corte, el cuarto día, y se celebraron las bodas con gran magnificencia. Los regalos fueron suntuosos y los desgraciados e impedidos no olvidarán nunca la opulencia con que fueron tratados. Cuatro días después salieron el Príncipe Deseo y Camelia para su reino. Las princesas Flor de Azahar y Resedá curaron de sus heridas, pero no se curaron nunca de la envidia que tenían a Camelia, y siempre en el rostro llevaron una señal de su desgracia. Casáronse con príncipes secundarios y la Reina murió de un acceso de rabia. 
La envidia es uno de los defectos más grandes que los niños pueden abrigar en sus corazones, y los resultados de esos vicios siempre son funestos, por lo contrario, Dios premia el amor y cariño que deben tenerse los hermanos. Los seres fantásticos o hadas de éste cuento, representan, el hada Bondad a la providencia de Dios, que cuida muy singularmente de los niños humildes y obedientes, disponiéndolos desde pequeños para grandes destinos en la sociedad, y las hadas Furiosa y Colérica, representan los vicios y las malas pasiones, que corrompen el corazón y le disponen para castigos temporales y eternos.

viernes, 14 de junio de 2024

El rosario de oro


EL ROSARIO DE ORO

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Érase una vez una niña muy buena y alegre, era la alegría de su hogar.
Sus padres la querían mucho y le regalaron por su comunión un rosario de oro, del que no se separaba desde entonces.
Un día, jugando junto a unas zarzas, se dio cuente de que ya no lo llevaba en el bolsillo, que lo había perdido.
Fue, toda llorosa, a su madre y le contó lo que había pasado, pero no la castigó. Sólo le dijo que regresara a buscarlo en el lugar en que lo había echado en falta.
Cuando más afanosa estaba buscando, no advirtió que alguien se acercaba, y un hombre la encerró en un saco sucio y polvoriento.
Gritó y gritó, pero al desalmado le sonaban sus gritos como gorjeos de aves canoras.
El hombre iba por los pueblos pidiendo limosna, con el saco a cuestas, diciendo que en el saco había un pájaro que cantaba como los ángeles y decía:
- Canta, canta pajarito,
  si no, te pincho.
Y con un punzón que tenía pinchaba a la niña, y ella cantaba:
- Por mi padre y por mi madre
  que en este saco moriré
  por el rosario de oro
  que en las zarzas me dejé
Así pasaron por muchos pueblos, pero un buen día llegaron al pueblo de la niña.
La madre al oír el canto reconoció que era su hija e invitó al hombre a comer, a calentarse y a descansar en su casa.
Tras una abundante comida, con bastante vino, el hombre se quedó dormido al amor de la chimenea, y la madre aprovechó para sacar a la niña del saco y metió en él un perro y un gato.
Cuando luego el hombre fue a otro pueblo; dijo, como de costumbre:
- Canta, canta pajarito,
  si no, te pincho.
Y pinchó en el saco. El perro y el gato, furiosos, destrozaron el saco, salieron y le sacaron los ojos.
Y colorín colorado éste cuento se ha acabado.

miércoles, 3 de abril de 2024

Periquillo




PERIQUILLO

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Periquillo salió por esos mundos de Dios en busca de trabajo y lo acabó encontrando como cabrero en un cortijo. Cerca de allí había una sierra en la que vivía un gigante y a la que nadie se atrevía a ir. El amo siempre le advertía:
- No vayas a la sierra porque el gigante te pude matar y comerse las cabras.
Pero él no tenía miedo de nada. Un buen día subió a la sierra para que sus cabras comieran, porque allí la hierba era más jugosa y más abundante
El gigante que lo había visto llegar con las cabras, se acerca y le pregunta:
-¿ A qué has venido aquí ? ¿No me tienes miedo? ¡Te voy a matar y me comeré tus cabras!
Y Periquillo le dice:
- Si quieres probamos quién es más fuerte. ¡Espera un momento!
Se fue corriendo al cortijo y cogió la perdiz que tenían en una jaula como reclamo de caza. Cuando volvió le dijo al gigante:
- Vamos a tirar una piedra y a ver quién aleja más.
El gigante agarró una piedra grande y la tiró muy lejos. Después, Periquillo sacó el perdigón, y lo lanzó hasta que se perdió de vista volando. El gigante quedó sorprendido de cuan lejos había lanzado Periquillo. Entonces, no queriéndose dar por vencido, agarró un piedra y la apretó con la mano hasta triturarla. Periquillo, que llevaba en el zurrón un queso fresco, lo sacó, lo apretó con la mano y le dijo al gigante:
- Yo soy capaz de hacer lo mismo que tú con la piedra, pero yo la hago hasta sacar caldo.
El gigante creyó entonces que Periquillo era más fuerte que él y casi se hizo su amigo. Pero Periquillo debía seguir haciéndole creer que era el más fuerte de los dos.
Se pusieron a hacer la comida y el gigante mandó a Periquillo a por leña para el fuego. Cogió una cuerda y se fue hacia la arboleda. Pasó el tiempo y el gigante se cansó de esperar, se fue al bosque y se encontró a Periquillo con la cuerda atando varios árboles. Le preguntó:
- ¿Qué estás haciendo?
Periquillo le respondió:
- Llevándome todos los árboles. ¿Crees que voy a venir por leña cada vez que la necesitemos?
El gigante le dijo:
- Vamos, no te preocupes, con esta rama habrá.
El gigante tronchó una grandísima rama y se la echó al hombro.
Después de comer, el gigante tenía sed y lo mandó a por agua. Periquillo cogió una espuerta y un azadón, y se fue. Al ver que tardaba demasiado, el gigante quiso saber qué estaba haciendo y fue a buscarlo. Lo encontró cavando alrededor de un pozo, entonces le preguntó:
-¿Qué haces ahora?
Le contestó:
- Amarrando el pozo para llevármelo entero. ¿Crees que cada vez que tenga sed voy a venir por agua?
El gigante, viendo de lo que era capaz Periquillo, estaba asustado. Ya se hacía de noche y tocaba regresar al cortijo. Las cabras estaban a reventar con aquel pasto tierno y abundante. Aquel día se había hecho amigo del gigante y a partir de ahí podría ir a la sierra cuando quisiera sin miedo alguno.


miércoles, 7 de febrero de 2024

El perro y la zorra

H
e publicado aquí diversas fábulas de: Esopo, Fedro, La Fontaine, Campoamor, Iriarte, Samaniego y otros. A falta de otros cuentos que llevarme a la boca, perdón, al blog, voy a publicar algunas fabulillas de mi cosecha. Comenzamos hoy con una de ellas.






EL PERRO Y LA ZORRA

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Un perro, al que sus desalmados dueños habían abandonado en la carretera por irse de vacaciones, se internó en el monte buscando algo que comer, ya que estaba muerto de hambre.
Buscando y buscando se encontró un trozo de carne junto al tronco hueco de un viejo árbol y, ya iba a hincarle el diente, cuando una zorra se le acercó y le dijo:
- No pretenderás comerte eso ¿Acaso has perdido el olfato? ¿No notas como huele?
- Sí que huele mal, pero ¡Tengo tanta hambre!
- Creo que tú estás habituado a comer otras cosas y estoy segura de que eso te va a sentar mal y será peor el remedio que la enfermedad.
- ¿Y ¿Qué hago? Ya casi no tengo fuerzas.
- Mira. Un poco más allá hay una casa y seguro que un perro encuentra algo de sobras de comida. Yo iría, pero a una zorra seguro que la reciben a tiros.
El perro marchó en dirección a donde la zorra le había indicado; y sí, había una granja. Pudo, en el estercolero, calmar su apetito con unos mendrugos de pan que habían tirado, aunque tuvo que disputárselos a las gallinas.
El granjero acudió con la escopeta, alarmado por el cacareo, pensando que había entrado una zorra; lo vio y, como era un buen perro de raza, lo llevó con otro perro que tenía, lo lavó y le puso de comer un buen cuenco de pienso.
Mientras tanto; la zorra, que había engañado al perro para comerse ella aquella carne maloliente, había dado buena cuenta de ella y, al poco rato se estaba retorciendo de dolor. Aquella carne, no sólo estaba en malas condiciones, sino que era un cebo envenenado que un criminal había dejado allí.

Hay ocasiones en que, a quien pretende engañarte, le sale el tiro por la culata y encima te hace un favor.

miércoles, 31 de enero de 2024

La cabra y los siete cabritillos


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En una cabaña en medio del monte vivía una cabra con sus cabritillos, eran siete y el más pequeño de todos era blanco como la nieve y se llamaba Copete.
Cierto día en que la cabra tuvo que abandonar su cabaña para ir al prado a por pasto,, les dijo a los cabritillos:
- Mirad hijos míos; yo me tengo que ir, y cuando salga cerráis la puerta por dentro y no le abráis a nadie si no soy yo, porque hay unos lobos muy malos que podrían haceros daño.
- Sí mamaíta - dijeron todos los cabritillos.
Y así se hizo; cuando la cabra salió, los cabritillos cerraron con llave y tranca la puerta y siguieron jugando tan contentos.
Entre tanto, el lobo más malo y más hambriento del bosque había visto salir a la cabra, dejando solos a sus hijos, y se dijo:
- ¡Qué suerte! Hoy voy a comer cabrito hasta hartarme.
Cuando la cabra se hubo alejado y no se la veía, el lobo se acercó a la cabaña; y, golpeando la puerta, dijo:
- Abrid hijos míos, que soy vuestra madre.
A lo que contestaron los cabritillos:
- No te abrimos que tú eres el lobo. Nuestra madre tiene la voz más fina, no nos engañarás.
El lobo se marchó muy enfadado y con el rabo entre las piernas, pero no desistía de comerse a los cabritillos; y, pensando, pensando, tuvo una idea.
Se acercó a un gallinero que había por los alrededores y, de una sentada, se tragó dos docenas de huevos crudos, que dicen que aclaran la voz.
Volviendo a la cabaña, golpeó la puerta, pam, pam, pam, y con voz aflautada dijo:
- Abrid hijos míos, que soy vuestra madre.
Los cabritillos comenzaron a dudar. Unos decían que sí que era su madre y otros que era el lobo, hasta que Copete, el más pequeño, dijo:
- Si eres nuestra madre, enseña la patita por debajo de la puerta.
El lobo asomó su pata negra por debajo de la puerta y todos los cabritillos comprendieron que era el lobo. Le dijeron:
- Tú eres el lobo, no nos puedes engañar, nuestra madre tiene las patas blancas como la   nieve.
El lobo se marchó muy furioso y prometiéndose comerse finalmente a aquella pandilla de maleducados.
Se dirigió al molino, y allí se estuvo rebozando las patas con harina hasta que quedaron de lo más blanco.
Seguidamente, volvió a la cabaña y golpeando la puerta,  pam, pam, pam, y dijo:
- Abrid hijos míos, que soy vuestra madre.
Los cabritillos le respondieron:
- Pues enseña la patita por debajo de la puerta.
Y el lobo asomó una pata bien blanca; por lo que los cabritillos, salvo Copete que era muy desconfiado, quedaron convencidos de que era su madre y se abalanzaron a la puerta.
Quitaron la tranca y descorrieron la cerradura y.... entonces entró el lobo como una tromba, y a grandes dentelladas fue devorando uno por uno a los asustados cabritillos.
- Ñam, uno
- Ñam, dos
- Ñam, tres
- Ñam, cuatro
- Ñam, cinco
- Ñam, seis
- ¿Seis? ¿Pero no eran siete?, bueno, me debo haber descontado y ya estoy más que lleno, de modo que me marcharé a dormir la siesta para hacer la digestión bajo el nogal antes de que regrese la cabra.
Y se marchó caminando pesadamente hasta el nogal que había cerca del río y se tumbó a dormir.
Al rato regresó la cabra y se asustó mucho al ver la puerta abierta. Entró y no vio a ninguno de sus hijos, sólo se veía todo revuelto y comenzó a llamar:
- ¿Hijos míos, hijos míos! ¿Dónde estáis?
- Aquí estoy - contestó Copete que, como era muy pequeño, se había escondido en la caja del reloj - Ha venido el lobo y se ha comido a mis hermanos.
- ¿Dónde ha ido?
- A dormir al nogal junto al río.
- Rápido, trae tijeras, aguja e hilo y sígueme.
Llegaron junto al nogal y allí estaba el malvado lobo durmiendo pesadamente al pie del tronco.
La cabra se acercó sin hacer ruido, con las tijeras le cortó la tripa y comenzaron a salir los cabritillos que, con las prisas, había tragado vivos. Entre todos llevaron piedras, que la cabra metió en la tripa y lo cosió bien cosido.
La cabra y los cabritillos regresaron muy contentos a su cabaña y el lobo acabó despertando con un peso enorme en la tripa.
- ¡Qué sed tengo! - dijo - parece como si hubiera comido piedras.
Se acercó a beber al río y, del peso de las piedras, cayó al fondo y se ahogó.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

miércoles, 24 de enero de 2024

Fábulas de Daniel Barros


FÁBULAS DE DANIEL BARROS



Daniel Barros Grez fue un escritor, ingeniero y diputado chileno considerado uno de los padres del teatro nacional. Se tituló como ingeniero civil en el año 1850 y se dedicó a ejercer su profesión, pero la mayor parte del tiempo se dedicó a la literatura, escribiendo en distintos géneros fábulas, dramas y novelas, entre otros.
Aquí una muestra de sus fábulas. Algunas de rabiosa actualidad.


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EL LADRÓN Y LOS PERROS

Una huerta cuidaban siempre alerta,
dos esforzados perros; y, medrosos,
nunca osaban entrar los codiciosos,
pues temían haber buena reyerta.
Mas un ladrón apareció en la puerta,
y a los perros echó panes sabrosos;
pelearon por la presa los golosos,
y él hizo de las suyas en la huerta.
A los pueblos que cuidan su derecho,
el Gobierno pondrá mil asechanzas,
con dádivas, promesas y esperanzas
¡Ay! de los que, deseando el vil provecho,
luchan airados! Si no están alerta,
él hará de las suyas en la huerta.


LOS DOS GALLOS

De sus pintadas plumas orgullosos,
dos gallos, cierto día, se alabaron
a sí mismos los dos; y se enojaron;
y en la lucha enredáronse furiosos.

Allí, por defender, los vanidosos,
su plumaje, sin plumas se quedaron;
y en la batalla cruel, se ensangrentaron,
perdiendo sus colores primorosos.

Muchos hay que, por su honra, bravos luchan.
Y, rabiosos, a su honra sacrifican;
pues hiriéndose, sólo a su odio escuchan.
Y tanto se despluman y se pican,

que, así como los gallos desplumados,
quedan al fin los pobres deshonrados.


LA LENGUA Y EL PERIODISMO

¿Qué cosa es la más buena y la más mala?
¿Qué cosa es la mas mala y la más buena?
«¡La lengua!, dijo Esopo, pues si suena
en ella la verdad, nada la iguala».
«Pero si la mentira nos propala,
con ella el mundo de desgracias llena:
Es lengua noble la que al mal condena,
y vil, si contra el bien su voz exhala».
Y si Esopo hoy viviera: ¿cuánto, cuánto
de la lengua del pueblo, el Periodismo,
no diría? Diríase él lo mismo:
–El Periodismo será noble y santo,
cuando, en voz alta, la verdad proclame:
si proclama mentiras, será infame.


EL ASNO CARGADO
De alfalfa recién segada,
cargado un asno, decía,
mientras la alfalfa comía:
–¡Oh! ¡Que carga tan pesada!

Entre mascada y mascada,
proseguía su gemir;
y sin cesar de engullir
manojos sobre manojos,
clamaba, alzando los ojos:
–¡Oh! Qué pesado es servir!

Así hay reyes absolutos,
que tan pesada y amarga
hallan del pueblo la carga,
que la endulzan con tributos.
Mascan los sabrosos frutos,
sin dejarse de quejar:
Entre el comer y el cenar,
se van al pueblo engullendo,
y ellos siempre repitiendo:
«¡Qué pesado es gobernar!»


EL EMBUSTERO Y SU MUJER

Un embustero se afeitaba un día,
en un espejo malo; y la navaja
una mejilla, con crueldad, le taja,
porque él su imagen no muy bien veía.
Y viendo que el espejo le mentía.
Agarra un palo, y al espejo maja;
y mientras apalea, rompe y raja,
–¡Toma, por embustero! –le decía.
Salió su esposa y díjole. –A mi espejo,
hombre sin caridad, así maltratas?
Y el respondió, arrugando el entrecejo:
–Ha mentídome, justas son mis iras!
–Pero si a un mueble de ese modo tratas,
di, ¿qué mereces tú por tus mentiras?
Lector, si bien lo miras,
verás que hasta el villano que propala
mentiras, la mentira encuentra mala.