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jueves, 21 de abril de 2016

X.- Cloe quiere... marcha

A veces te pintan las cosas muy atractivas e incitantes, con un halo 
de aventura y diversión, y no hay nada como experimentar 
para saber si esas cosas encajan con tus expectativas,
 Parece que Cloe, en esta ocasión aprendió algo
aunque corriendo el riesgo, porque a
veces hay que arriesgarse. 

CLOE QUIERE MARCHA
Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie

Fue picoteando entre unas tablas del corral cuando lo encontró.
Cloe no había visto nunca un bicho semejante. Había visto lagartijas y aquel raro personaje al que Muuriel llamó camaleón. Pero este bicho era diferente y, aunque se parecía algo a una lagartija, era deforme, rugoso, con unas gruesas yemas en los dedos y de un color ceniciento.
Estuvo tentada de darle un picotazo y comérselo, que es lo que hubiera hecho con una lagartija, pero es que aquello no ofrecía un aspecto muy apetitoso que digamos. De modo que contuvo su instinto picoteril y se limitó a preguntarle:
- ¡Oye! ¿Tú quién eres y qué haces aquí?
Abrió un ojo dificultosamente y, con un hilillo de voz, masculló:
- Déjame dormir
- ¿Cómo dormir? ¡Si ya es de día! Mira como brilla el Sol. A estas horas el único que suele echarse la siesta es Woffe.
Entreabrió ligeramente el otro ojo y replicó:
- Será para ti. Para mí es hora de dormir
- Se duerme por la noche. Todos lo hacemos.
- ¿Todos? No me hagas reír. Tú no sabes el ambientazo y la marcha que hay por la noche. Pero claro, como tú te acuestas con las gallinas no te enteras.
- ¡Cuenta, cuenta! - le instó Cloe, a la que le había picado la curiosidad.
- Pues de noche somos muchos los que salimos a hacer el trabajo que vosotras no podéis hacer de día y nos pegamos unos buenos banquetes con la legión de insectos y otras cosas que sólo salen cuando se oculta el Sol.
- Pero no me has dicho qué eres, cómo te llamas y lo que haces aquí.
- Hay quién me llama Salamanquesa, no sé por qué porque soy de Albacete y no de Salamanca, otros me llaman también Perenquén, elige lo que quieras. Aquí me retiro para dormir durante el día, porque me paso la noche por ahí de caza.
- ¡Sigue, sigue! ¿Y hay más como tú?
- ¡Huy! Somos legión; no sólo los de mi raza, hay: murciélagos, escolopendras, arañas, algunas sierpes, zorros, ratones, liebres, conejos, búhos, lechuzas,…
- No conozco a esos bichos que dices, nunca los he visto ni me hago idea de cómo pueden ser, aparte de los ratones que también he visto de día, y las zorras que ya conozco, pero por aquí no se ven gracias a Woffe.
- Pues los murciélagos son los primos de los ratones y vuelan.
- ¡Ánda yaaaaaa! Te quieres quedar conmigo. ¿Cómo van a volar los ratones?
- Estos que te digo, sí que lo hacen, y cazan las polillas y los mosquitos al vuelo.
- Me gustaría verlo. Parece que será divertido ese ambiente nocturno.
- Pero no te fíes demasiado; te he nombrado a los búhos, las lechuzas, los mochuelos,... esos mejor que no te los encuentres.
- Ya será menos..., has despertado mi curiosidad.
- Y tú me has despertado a mí ¿Me permites que siga durmiendo?
- Vale, pero quiero salir de marcha esta noche. ¿Me harías de guía?
- Bueno, pero no respondo de lo que te pueda pasar. Ven esta noche, tan pronto oscurezca, aquí mismo te esperaré y te enseñaré el ambientazo nocturno de la granja.
Cloe siguió sus rutinas habituales, pero con una gran impaciencia por que llegara la noche lo más pronto posible; y aunque tardó en llegar lo mismo que de costumbre, a ella se le hizo muy largo, más que de costumbre. Y es que la impaciencia, las expectativas, lo que se anhela, parece que hacen alejarse aún más el objeto deseado.
Pero al final llegó la noche tan esperada; y Cloe, en lugar de trepar a su palo y esconder la cabeza bajo el ala como solía hacer, salió sigilosa por la puerta del gallinero hacia la desconocida noche exterior.
Nunca había visto la granja tan oscura, ni tan siquiera en un día de tormenta y negros nubarrones, tampoco aquellos millares de puntos luminosos que titilaban donde antes brillaba el Sol.
Al principio le costó ver a su alrededor, no tenía costumbre de moverse en la oscuridad. En el gallinero también se hacía la negrura absoluta pero ella seguía en su palo bien quieta, durmiera o velara. Poco a poco fue acomodando la vista a las condiciones ambientes y, entre la negrura, pudo distinguir la difusa silueta del corral.
Pasito a paso, con miedo de tropezar, acabó llegando al lugar en que había encontrado a la Salamanquesa; y allí estaba, con los ojillos redondos bien abiertos y sacando una larga lengua. Visto así, en su ambiente y en su tenue luz no parecía tan repulsivo, hasta resultaba gracioso.
- Hola Peren – le dijo por abreviar el nombre
- Hola… ¿cómo te llamas? No me lo has dicho.
- Me llamo Cloe.
- Pues vamos, Cloe.
Y comenzó a trepar pared arriba como si anduviera a piso llano.
Cloe se quedó mirando y no intentó imitarlo, ya había tenido suficiente cuando probó de trepar por el tronco de un árbol para intentar volar y sabía que la escalada no era una de sus escasas habilidades.
Peren, desde las alturas le dijo:
- Así es como cazamos nosotros. Nos quedamos quietecitos, pegados a la pared, y cuando una presa se posa y se pone a tiro ¡Zás!
- Y así sólo, sin moverte ni buscar presas, esperando que éstas vengan a ti… ¿Ya cazas bastante?
- ¡Huy sí! De noche abunda la caza y no damos abasto.
-¡Qué bien! Porque de día a veces escasea. Me parece que me haré nocturna. Ésto me gusta.
- Pero tendrás que emplear otra técnica, porque no creo que seas capaz de trepar y, aún menos, de quedarte inmóvil, mimetizada con la pared.
- Tienes razón también lo intenté, pero camaleón no me pudo enseñar y aquello no salió bien.
- Pues mira; ahí tienes un murciélago, pero supongo que tampoco sabes volar, aunque alas y plumas sí que tienes.
Cloe se quedó mirando fijamente y, a la luz de aquellos puntos luminosos del cielo, pudo columbrar una figura que evolucionaba ágilmente en el aire, que daba revueltas, picados, tirabuzones,… en fin una exhibición de acrobacia aérea, y le causó una gran admiración.
Perseguía, junto con otros, a unos puntos luminosos que, en gran cantidad, evolucionaban como un bando de estorninos. Peren le informó que aquellos insectos eran luciérnagas y que producían luz propia.
Pero cuando se quedó pasmada, que casi no podía salir de su asombro, fue cuando uno de aquellos murciélagos, que acosaban a aquella nube de luciérnagas, se acercó lo suficiente para poder distinguirlo y… y gritó:
- ¡Es un ratón!, muy feo, pero un maldito ratón. Eso sí que es raro. Nunca lo hubiera imaginado. De modo que los ratones han conseguido volar mientras que las gallinas no. Ahora les tengo aún más manía que desde mis intentos por cazar.
Una luz se encendió en una ventana de la casa y los murciélagos se acercaron a ella.
Cloe sintió curiosidad y le preguntó a Peren:
- ¿Cómo es que van a la luz? ¿Les atrae?
- A ellos no, pero lo que sí atrae es a las polillas, que son más gordas que las luciérnagas, y ellos van a cazarlas. Me parece que me voy a acercar yo también y me apostaré cerca del alféizar. Seguro que ¡Zás!, alguna cae.
Y se deslizó por la pared de la cuadra en dirección a la casa. Cloe también se puso en marcha y, al poco, ya estaban allí. Peren junto a la ventana y Cloe al pie de la pared, cerca de la puerta.
Pudo ver como una de aquellas cosas blanquecinas, de gruesos cuerpos y alas peludas, se paró al reclamo de la luz cerca de Peren. Y vio, aunque más bien no lo vio, porque aquello fue visto y no visto, tan raudo como el pensamiento… ¡Zás! La engulló de un bocado.
Pudo ver bastante bien a aquella especie de presa. No eran tampoco muy apetecibles. Parecían mariposas, pero gordas y feas, de un color poco atractivo.
En esto se hizo un escandaloso silencio, y Peren le gritó:
- ¡Corre, ponte a salvo que viene la lechuza!
Y la vio llegar. Se trataba de un ave de porte majestuoso, con una cara en forma de corazón y grandes alas silentes.
Se le echaba encima y casi la atrapa porque se había quedado inmóvil, casi petrificada, contemplando la mortífera belleza de aquella criatura y sintiendo un terror que nunca, ni siquiera huyendo de la zorra, había sentido. Pero en una fracción de segundo reaccionó y se coló en la casa por la gatera, que justamente estaba allí mismo en la puerta.
Cuando hubo recobrado el aliento y superado el susto, Cloe pensó:
- ¿Qué opinarán si me descubren aquí dentro no siendo gato? ¿Qué pensarán si encuentran aquí una gallina a estas horas en lugar de estar durmiendo como todas?
No se atrevía a salir a la noche. Los ruidos de la casa la asustaban y temía ser descubierta, pero más la asustaba la noche exterior, era peligrosa, nada divertida, nada de marcha. Se esperaría a que cantase el gallo para abandonar el refugio y regresar al gallinero haciendo ver que se acababa de levantar de su palo.
Pero durante aquellas largas y atemorizantes horas de espera, tuvo tiempo de recapacitar, tuvo tiempo de pensar que a Muu ni una palabra de aquella aventura, tuvo tiempo de apreciar lo bonito que era el día, luminoso y alegre; con sus lagartijas que parecían lagartijas, los ratones que parecían ratones y afortunadamente no volaban, las bellas mariposas multicolores,… frente a aquellas cosas nocturnas tan feas.
- ¡Claro! - pensó – como de noche no se les ve bien, no les importa lo feos que sean.
Y para colmo, la única criatura bella, tanto que la fascinó y pudo costarle la vida, era muy peligrosa.

De modo que, sin necesidad de reprimendas ni recomendaciones, eligió seguir siendo gallina diurna. Pero aquello lo había aprendido por sí misma, de su propia experiencia, de sus propios errores, y ya nunca se le podría olvidar.   

   

miércoles, 13 de abril de 2016

IX.- Cloe quiere... liderar

Cloe recuperó su línea y se mantenía fuerte, 
tanto que no temía a ninguna otra gallina 
del gallinero. Es más, las  ignoraba y
 le importaba un pimiento lo que
 pasara con ellas mientras
ello  no le afectase 
personalmente.


CLOE QUIERE LIDERAR
Puede escucharse mientras 
se sigue el texto en el 
vídeo que figura al pie


Cualquiera que no se dedique a la avicultura diría que todas las gallinas son iguales pero, como pasa con las personas, no es así.
Sí, estoy hablado de algo un tanto complicado de abordar, estoy hablando de individualidades, pero también de razas, algo que entre las gallinas es importante.
En la granja de Cloe había tres grupos bien diferenciados. Como gallinas eran consideradas todas con iguales deberes y derechos, pero entre ellas siempre había aquello de…
- Yo soy diferente
Aunque quería decir
- Yo soy superior
Pues a lo que íbamos, existían gallinas: Negras de raza Castellana y de raza Blanca del Prat.
Cloe no pertenecía a ninguna de esas dos razas, como muchas otras de aquella granja, era producto de mezcla y no pretendía establecer comparaciones entre unas y otras en términos de superioridad o inferioridad, todas le daban igual y no tenía ningún sentimiento de pertenencia a un grupo u a otro, porque consideraba que sus particularidades individuales las hacían diferentes entre ellas pero, de ningún modo, superiores.
Es más, tal como pasa con los seres humanos, incluso dentro de un mismo grupo étnico, todos eran diferentes en algo y eso enriquecía al grupo, pero nadie tenía derecho a sentirse superior a otro por ese motivo. Sin embargo algunos esgrimían absurdos e hipotéticos privilegios y lo mismo pasaba entre las gallinas.
En el gallinero hacía tiempo que reinaba un mal ambiente, no es algo que preocupase demasiado a Cloe, de hecho no le preocupaba nada, ella iba a la suya, además la preocupación era una de esas muchas cosas que tampoco tenían cabida en su pequeño cerebro.
Pero al cabo del tiempo, en aquel gallinero se respiraba una atmósfera irrespirable, cosa absurda y al mismo tiempo incómoda.
Todo aquello llegó a las orejas de Muuriel, quien hizo llamar a Cloe y le preguntó:
- ¿Ya sabes lo que está pasando en tu gallinero?
- ¿Pasar?, pues… lo de siempre.
- ¿Ya sabes qué pasa entre las blancas y las negras?
- Que se andan picoteando unas a otras, pero eso entre ellas es normal, ya se apañarán.
- Sí, pero ¿has oído que ya empiezan a picotear a las mezcladas como tú?
- ¿Y a mí qué?
- Que un día te tocará a ti y entonces vendrás a mí quejándote, pero ya no habrá remedio, cuando las masas se desmandan no hay quien las pare ni quien les haga razonar.
- ¡Eso sí que no! ¡A mí que no se me acerquen! Ya sé mantener las distancias y también sé picar, aparte de que estoy muy en forma.
- Ya entramos en la espiral de la violencia. No, Cloe, la cosa es que hay que atajar esto antes de que vaya a más. ¿No conoces tú a alguna lideresa de las mezcladas?
- ¿Lideresa?
- Sí, alguien que tenga un cierto ascendiente sobre todas ellas, alguien a la que puedan escuchar.
- ¡Pues claro! ¡Yo misma! A mí me conocen todas y he sido famosa, aunque ya no recuerdo por qué, pero famosa.
- Afortunadamente, y te recomiendo que sigas sin intentar recordarlo. Pues bien; te sugiero que las reúnas a todas y les hagas ver que por este camino no se llega a nada bueno, y que si acabáis todas picoteadas no serviréis de nada y os reemplazarán a todas por otras nuevas y de otra raza menos belicosa.
Y Cloe se marchó entusiasmada con su nuevo objetivo y pensando que, por una vez, Muu no la había reñido por intentar algo, sino que encima la había incitado a hacerlo.
Y pensó mucho, lo máximo que puede pensar una gallina, y preparó la estrategia.
Estuvo horas y horas cazando y acopiando alimentos varios hasta que tuvo una buena provisión y, entonces, hizo correr la voz de que habría una reunión en el gallinero. No excluyó a ningún grupo y advirtió que al finalizar habría un pica pica. Así se garantizaba la plena asistencia, porque las gallinas siempre están dispuestas a tragar cualquier cosa, aunque ella pretendía especialmente que tragaran sus palabras. De no ser por el reclamo del pica pica es posible que se hubiera encontrado sola en el gallinero.
Y llegó el momento. Allí estaba todo el averío, sin faltar ni una: blanca, negra o mezclada.
Cloe se subió al palo más alto y comenzó a decirles:
- Tengo entendido que aquí tenemos algunas de picotazo fácil.
- Sí, sí – se oyó un coro de mezcladas.
- La jerarquía y la superioridad de unas gallinas sobre otras siempre se ha demostrado así – dijo una negra que parecía liderar a su grupo.
- ¿Y quién os ha dado esa jerarquía y superioridad? Aquí todas somos iguales ante los amos, y la que no, puede ir a la olla.
- Es que esas negras tienen la culpa de todo - dijo otra que parecía ser la portavoz de las blancas.
- Ya estamos buscando culpables ajenos a las faltas propias. Y ellas dirán que vosotras las blancas sois las culpables.
- ¡Eso, eso! – gritaron las negras – ellas empezaron.
- Pues eso se tiene que acabar porque, en caso contrario, vamos a ser las mezcladas las superiores, ya lo somos en número, y os vamos a freír a picotazos. ¿Queréis eso?. Así que id bajando esos humos de raza y dedicaros a vuestras labores en lugar de fastidiar al prójimo, o les diré a mis compañeras que ataquen.
- ¡Sí, sí! - se oyó a un numeroso grupo de mezcladas.
- Pues bien, si vuestras cortas entendederas lo han asimilado, ya podéis ir en paz al pica pica, que eso es mejor que andar picoteando a otras gallinas.
Cloe quedó muy satisfecha de su actuación. Era la lideresa, no sólo de las mezcladas, sino de todo el gallinero, puesto que habían aceptado sus órdenes y su nada velada amenaza disuasoria.
Pasó un tiempo en que no volvieron a producirse agresiones, la vida transcurría plácida en la granja y la producción de huevos era óptima. Pero, como las gallinas ya sabemos que tienen tanta memoria como capacidad craneana, bastó que una negra se adelantara y cazara un saltamontes antes que una blanca, que adujo haberlo visto primero, para que volvieran las hostilidades.
Cloe las volvió a reunir y les dijo:
- Habéis vuelto a las andadas y esto es malo para todas, no solo para vosotras las blancas y las negras. Si fuera sólo para vosotras no me importaría. Nosotras las mezcladas no os necesitamos para nada a vosotras las “de raza”. Pero lo malo es que nos tocará pagar también el pato.
- ¿Qué pato?, ¿el de la laguna? - dijo una graciosa de raza negra.
- No; quiero decir que nos tocará pagar las consecuencias a todas.
- ¡No! ¡de ninguna manera! - gritaron las mezcladas.
- Pues para que sepáis lo que nos puede esperar si seguís con vuestras absurdas riñas, os tengo que contar algo que Woffe ha escuchado a los amos. No os lo quería contar para no espantar a nadie, es muy horrible. Decían los amos que eso de tener varias razas juntas estaba resultando un problema.
- ¡Eso, eso! ¡Que se marchen las negras!
- ¡Que se marchen las blancas!
- Tenéis razón, pero ambas a la vez. Para que quede una sola raza, una que no dé problemas, sobráis vosotras, ambas, y nos quedaremos nosotras. Pero aún es peor y, con vuestra actitud, me obligáis a contarlo por horrible que sea. Los amos decían que si ésto sigue así, nos venderán a todas a una fábrica de cubitos y traerán todas las gallinas de única raza, la Leghorn.
- ¡No, no! ¡De ninguna manera! - el clamor fue unánime.
- Pues ya os podéis aplicar el cuento y tened un poco de respeto, generosidad y comprensión hacia las demás. Y con esto termina esta reunión, a la que seguro habéis venido pensando en el pica pica; pues no, no hay, no os lo habéis ganado.
Cloe marchó muy satisfecha por su liderazgo, y aún más por haber sabido capear el temporal, inventándose una falsa conversación de los amos. Esta vez, también, Muu podría estar satisfecha con ella.

Todos pensaron, y vosotros también, que aquello se había resuelto para siempre, yo soy algo más escéptico. Sabemos las limitaciones intelectuales de las gallinas y, por tanto, que las palabras largas como: respeto, generosidad y comprensión las olvidarían a no tardar mucho, mientras que otras palabras cortitas, como YO y ODIO, volverían a salir a flote tarde o temprano. ¿Será verdad?.

viernes, 8 de abril de 2016

VIII.- Cloe quiere ... adelgazar

Seguro que Cloe piensa que este jueves no he puesto nada de 
ella como cada jueves porque se me ha camuflado y no la 
he visto, pero está equivocada. Lo que pasa es que estoy
 muy liado y son más las gallinas que entran que 
las que  salen y Cloe ha tenido lista de
 espera  para salir en su día

Otro día "Cloe quiere...          "                   
Me lo estoy pensando



CLOE QUIERE ADELGAZAR
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vídeo que figura al final


Todo comenzó el día de San Martín, cuando Cloe vio cómo se llevaban a los cerdos para nunca más volver, aunque lo que más la espantó fue la forma en que se los llevaron, los chillidos desgarradores que sonaban en el patio interior y el olor a sangre y a pelo chamuscado.
Aquello era inquietante para ella y estaba muy preocupada, aunque no por los cerdos, que no le caían muy bien. Tendría que preguntar a Muu qué significaba todo aquello.
Ella se encontraba muy bien, había disfrutado de una excelente temporada de saltamontes y el grano no le faltaba, con todo ello había engordado bastante y ahora estaba tranquila porque iba a afrontar el invierno con reservas acumuladas suficientes para que no se viera comprometida la producción de huevos.
Habían pasado unos días y los cerdos no volvían, de modo que se animó a consultar a Muu, sin pérdida de tiempo.
Esta vez Muu no estaba rumiando, como era de esperar; estaba comiendo pero, como siempre, parsimoniosamente. No hacía mucho que había empezado a comer, porque el pesebre estaba bien lleno. Cloe decidió no molestarla y dejarla que comiera tranquilamente, de modo que se marchó sin decir nada ni hacerse notar por su amiga Muuriel.
Por la tarde regresó y Muu ya estaba rumiando y con una mirada pensativa perdida en el horizonte y, cualquier observador medianamente despierto, hubiera concluido que estaba sumida en profundas reflexiones; pero Cloe no era nada observadora, ni despierta, no tuvo la menor consideración con Muuriel y le espetó:
- Muu ¿qué ha pasado con los cerdos?
- Dime Cloe, perdona, no te estaba escuchando.
- ¿Qué ha pasado con los cerdos?
- ¡Ah! Pues lo de todos los años. ¿Es que no te habías dado cuenta antes?
- No, ¿de qué?
- Pues ¡de qué va a ser! De lo que hacen los humanos; pero no solo con los cerdos, sino con todos los animales de la granja. ¿Nunca te has preguntado qué pasa con tus huevos? ¿Nunca has pensado que lo natural es que deberías incubarlos y criar tus pollitos?. Sin embargo habrás observado que cada día se los llevan y ya no los vuelves a ver. Pues con los cerdos pasa algo parecido; sólo los amos deciden, a los cerdos los crían, los engordan y, cuando están suficientemente gordos, se los llevan y no regresan. Pero no quiero decirte lo que pasa con ellos porque es muy desagradable.
Cloe marchó con el corazón en un puño y con mucho miedo, todo el miedo que era capaz de albergar. Eso de acabar en un lugar desconocido la asustaba, con lo bien que estaba ella en la granja, en libertad y con sus amigos.
Ella, como los cerdos, había ganado peso y eso la asustaba aún más.
- Tengo que perder peso si no quiero que se me lleven.
Y comenzó una dieta baja en calorías. De momento acabó con las golosinas y el picoteo; bueno ya se entiende, lo de picoteo no, porque no habría podido comer absolutamente nada, pero dejó de tomar entre horas los chips crujientes de escarabajo y los gusanitos.
Lo que sucede es que, al no saciarse con unos alimentos, necesitaba aumentar la ingesta de otros, pero procuró sustituirlos por hojas de las verduras de la huerta, aunque no le gustaban mucho. Tuvo la suficiente fuerza de voluntad para reducir grasas e hidratos de carbono, aunque esto le suponía pasarlo mal.
Con el tiempo se había ido habituando al nuevo régimen de comidas. Lo malo es que, además de perder peso, comenzó a bajar su producción de huevos y a ponerlos con la cáscara muy débil a falta del calcio que le aportaban los crujientes coleópteros, y ya sabía lo que les había pasado a otras gallinas que habían bajado su producción: que se las llevaron y, como los cerdos, nunca más regresaron.
Entonces decidió no hacer recortes en la dieta y, en su lugar, hacer ejercicio físico para eliminar kilos sin que afectara a la puesta.
Y, cada mañana, cuando el gallo gritaba su “buenos días”, cuando el sol comenzaba a despuntar, salía a correr por los sembrados y los pastizales.
Algún susto le dio a Wof. El pobre creyó que si corría de aquella manera, tan alocada y tan ridícula, era porque la amenazaba algún peligro y entonces salía corriendo a protegerla de depredadores inexistentes.
Pasó el tiempo y Cloe había perdido peso, su puesta era normal, incluso se encontraba entre las más productivas y había conseguido una forma física envidiable.
Por una vez estaba satisfecha de haber logrado lo que se había propuesto, ya no se consideraba tan tonta e inútil como una gallina, sin dejar de ser gallina.
Pasó la Navidad, aquella época en que se llevaban para no volver nunca más: lechones, corderos, pavos, patos, pollos y hasta gallinas, sin que vinieran a llevársela a ella, y respiró tranquila.
Pero, aunque creía que ya había pasado el peligro, aunque estaba en índices de masa corporal correctos, no dejó de controlar lo que comía ni dejó de hacer su ejercicio matinal de cada día.
Muu, que la veía cada día corretear al aire libre, se quedó tranquila, si cabe aún más de lo que ya era, porque su amiga había escapado a otro invierno y la felicitó por haber conseguido realizar, al menos una vez, lo que se había propuesto.

Cloe se sintió muy feliz por lo conseguido, pero mucho más por la felicitación y el aprecio de su amiga y por que, en esta ocasión, no había recibido una reprimenda ni una exhortación. 

viernes, 1 de abril de 2016

VII.- Cloe quiere ... ocultarse

Pero la fama es pasajera y el mal de asiento le duró 
a Cloe más que lo que tardaron en volverla a ignorar.
Suerte que las gallinas duermen en su palo, de pie y
no se sientan salvo que tengan que empollar
 y Cloe no estaba clueca.


Otro día "Cloe quiere... adelgazar"




CLOE QUIERE OCULTARSE
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La temporada de saltamontes estaba en su apogeo y Cloe iba de banquete en banquete, y aunque Muu le había recomendado una dieta más equilibrada, con mucha menos proteína animal, ella seguía poniéndose como el Quico.
Iba por el cercado cazando a diestro y siniestro y deglutiendo aquellos crujientes ortópteros, parecía que no tenía fondo y que no se iba a saciar nunca.
Sobre una roca estaba posado el ejemplar más grande que había visto en su vida y se le hizo el pico agua. Se acercó sigilosamente y, en el mismo momento en que estaba a punto de lanzar un certero picotazo, surgió de la roca algo largo, flexible y húmedo que capturó al saltamontes y desapareció con él en el interior de aquella extraña piedra. Al saltamontes se le oía pataleando y agitándose incluso después de su desaparición.
Cloe dio un salto atrás, aleteando agitadamente, salió corriendo despavorida. Al cabo de un buen rato, cuando se hubo tranquilizado un poco, decidió acercarse con mucha cautela a la piedra, pero ésta seguía allí y no se veía ni rastro del saltamontes.
No podía comprender lo que había pasado, ni tampoco habría sido capaz de comprenderlo por más que se estrujara el seso, así que decidió ir a consultar a aquella que creía podía darle una explicación.
Llegó a la cuadra y allí estaba su amiga.
- Muu, acabo de ver a una piedra comerse a un saltamontes.
- ¿Qué has comido? ¿algún hongo? ¿cañamones?
- No, en serio, ya me lo iba a comer cuando se lo ha llevado y ha desaparecido dentro.
- Eso hay que verlo, ¡vamos! Enséñame esa extraña roca.
Cloe la guió y Muu llegó a la roca. Parecía una piedra normal y corriente, gorda pero normal, del mismo color que las otras piedras que había por allí.
Señalando con las plumas del ala derecha le dijo:
- ¿Ves?, ¡aquí estaba!
- Sí, conforme, lo que tú digas, te creo, pero me gustaría verlo por mí misma. ¿Puedes cazar otro saltamontes y dejarlo justo ahí?
- Pues claro. Ahora mismo.
Y salió en pos del más grande que se veía por allí, lo atrapó con un certero picotazo y aún se debatía cuando lo dejó sobre la roca.
Tanto Cloe como Muu quedaron muy sorprendidas cuando, algo como una larga lombriz, flexible y húmeda, se pegó al saltamontes y desapareció con él del mismo modo que había aparecido.
- ¿Lo ves? ¿lo ves?, ya te lo dije, pero tú no te fías de mí.
- Hummm, si que es raro. Tengo que admitir que no sé lo que pueda ser. Veamos… déjame pensar… ¿Podrías intentar tantear con el pico o las patas el sitio en donde ha desaparecido ese saltamontes?
- ¡Si, claro! ¡para que se me lleve y desaparezca yo también!, pero bueno..., voy a probar.
Y acto seguido, con todo el miedo que podía albergar y todo el cuidado posible para no hacerse daño, le largó un picotazo a un saliente de la roca y notó que cedía al contacto. Inmediatamente se oyó:
- ¿Pero qué haces? ¿Es que no puede uno comer tranquilamente?. Déjame en paz y no se te ocurra volver a picarme.
Un raro animal, del color de la piedra, apareció sobre el verde pasto. Era para Cloe como una extraña y gorda lagartija de las que andaban por la granja, pero mucho más grande y cabezona. Al poco, comenzó a cambiar de color y a desaparecer al ir adquiriendo el mismo tono de la hierba.
- ¿De dónde sales, camaleón? - dijo Muu
- Me escapé de un terrario y aquí he encontrado un buen lugar para vivir y comida abundante.
- Cloe – dijo Muu – éste que ves es un camaleón, un raro animal que se mimetiza cambiando de color y se disimula en su entorno.
Antes de que cambiara totalmente de color, haciéndose invisible, un saltamontes se puso a su alcance y él lanzó su larga y elástica lengua, lo atrapó y se lo tragó.
Cloe quedó muy impresionada por lo que acababa de ver, pensó que había visto a las ranas y sapos hacer algo parecido, pero aquella cosa no se asemejaba a ningún batracio conocido y pensó también:
- ¿Cómo es posible que haya visto al saltamontes, si casi lo tenía detrás?
Pero no necesitó respuesta al ver que sus ojos se movían independientemente y giraban en todas direcciones.
Marcharon de allí, con mucho cuidado para no pisar al camaleón, que ya no se distinguía sobre el pasto.
Muu regresó a su pesebre y continuó rumiando, como hacía habitualmente.
Cloe marchó a la Montaña de Basura a cazar, para no quitarle las presas a camaleón, pero no pudo evitar pensar y, poco a poco, una idea se fue materializando en su pensamiento.
- ¡Qué bueno sería hacerme invisible!
Así que regresó donde había dejado al camaleón para preguntarle cómo lo hacía, pero le costó encontrarlo.
Finalmente, descubrió aquella larga lengua atrapando una mosca y haciéndola desaparecer dentro de un tocón. Sobre aquel resto semipodrido de un árbol talado pudo, a duras penas, distinguir la silueta de aquel al que iba buscando y, mirando fijamente a aquella silueta difusa, le dijo:
- ¡Es extraordinario! ¿Cómo lo haces para desaparecer así?
- A esta habilidad se la llama mimetismo y cada cual emplea técnicas distintas; lo mío es cambiar de color, pero otros lo que hacen es cambiar de forma. Otros, si no pueden hacer una cosa ni la otra, se ocultan en entornos en los que su color pase desapercibido; como sucede con una liebre blanca que habita en las nieves perpetuas y su pelaje no se distingue del entorno o esos peces del color de la arena que se ocultan en el fondo de los mares.
- Y ¿no podría hacer yo lo mismo?
- Lo mío no puedes, eso de cambiar de color es una cualidad orgánica y genética que no se puede aprender, se tiene o no se tiene. Pero te aconsejaría que intentaras aprender las técnicas de ocultación de otros animales como: el insecto palo, el insecto hoja, el grillo verde... Pero todo depende de tus aptitudes y de lo que pretendes hacer, de si quieres ocultarte o aparentar ser otro animal u objeto.
Cloe marchó no muy convencida.
- ¿Orgánico? ¿Genético? Si él puede hacerlo ¿Por qué yo no? ¿Es que soy menos capaz?
Cloe se aposentó sobre una piedra intentando cambiar de color, se concentró lo máximo que sus capacidades le permitían y repetía:
- Quiero ser color piedra, quiero ser color piedra.
Tras unas cuantas horas abandonó el intento pensando que el color de la piedra era muy difícil y que el verde de la hierba podría ser más fácil, se puso en cuclillas sobre el pasto, tal como si estuviera en su nidal, y comenzó a repetir, como un mantra:
- Quiero ser verde como el pasto, quiero ser verde como el pasto.
Acabó cansada y aburrida, y sin conseguir cambiar el color de una sola pluma.
- A grandes males, grandes remedios – se dijo
Y corrió al lugar en donde recordaba que estaban tirados los restos de pintura que había usado en otra ocasión, pero esta vez no se trataba de ingerir la pintura para sacar huevos coloreados, se trataba de darse una capa de pintura verde, para que nadie pudiera distinguirla cuando se ocultara entre el césped.
Descubrió un bote de pintura verde en la que aún quedaba suficiente, lo volcó hasta que se formó un charco y, como había hecho en otra ocasión con el aceite del tractor, se revolcó en él.
Quedó toda de un verde precioso y se sintió muy contenta.
- Esta vez sí lo voy a conseguir.
Y marchó a toda prisa al pastizal para ocultarse.
Al llegar, en lugar de desaparecer se sintió desfallecer; el color verde con el que se había camuflado era un verde oscuro muy diferente al de las hierbas y, en lugar de confundirse con el pasto, destacaba de un modo escandaloso.
Se dio un baño intentando quitarse la pintura y, como era una pintura al agua, logró librarse de una buena parte, aunque tardó días hasta quedar totalmente limpia como antes.
Mientras se libraba de la pintura, le dio tiempo de investigar a otros animales miméticos, pero los iba descartando uno a uno:
Probó de imitar al insecto palo, haciendo mil contorsiones, estirando las patas, el cuello y las alas; pero, con su tamaño, no conseguía parecerse a unas ramas, a lo sumo se hubiera parecido a un tronco, pero el color tampoco la ayudaba mucho, además lo único que consiguió fueron unas agujetas que la tuvieron doblada unos cuantos días.
Con el insecto hoja tampoco consiguió nada y, además, en modo alguno volvería a pintarse de verde.
Un día presenció una escena que, aún siendo cotidiana, le sorprendió, porque nunca había pensado ni reparado en ello, de tan habitual que era.
Un gato, apareciendo de la nada, atrapaba a un pájaro que no había reparado en su presencia. El gato no era un animal mimético, pero no se puede negar que tiene una gran habilidad para ocultarse, es muy sigiloso y muy ágil. Es capaz de esconderse muy eficazmente, sin tener necesidad de cambiar de color o de forma.
- ¡Esto sí que puedo hacerlo!
Se escondió tras un tronco cuando vio llegar a Wof, éste pasó de largo sin reparar en su presencia; en realidad lo hizo ver, porque Cloe en modo alguno hubiera podido ocultarse a su privilegiado olfato. Esto la llenó de alegría y saltaba de gozo.
- ¡He conseguido despistar a Wof! De todos modos ¿Quién quiere hacerse invisible para que venga alguien y te pise sin darse cuenta?
El que no se consuela es porque no quiere.
Cloe acabó olvidando lo del mimetismo, el camaleón, el insecto palo, la pintura verde y siguió con su vida de siempre…. Hasta la próxima ocasión