
CLOE QUIERE CAZAR
Puede escucharse mientras
se sigue el texto en el
vídeo que figura al final
La idea no se le iba de la cabeza,
y es que es difícil que entre nada nuevo cuando ya está ocupada,
así que no hacía más que repetirse:
- Quiero cazar, quiero cazar
Le había impresionado lo que le
contó Woffe y ya se veía picoteando a una zorra, rendida a sus
pies. No quería esperar más, porque si pasaba más tiempo se le
acabaría olvidando, pues la persistencia de su memoria era tan
pequeña como su capacidad intelectual.
Así que decidió acudir a Woffe
para que le instruyera en el arte cinegético.
No encontrando a Woffe, que podía
estar de cacería, se acercó a preguntar a Muuriel si sabía en
dónde podía estar. Muuriel se encontraba, como de costumbre,
rumiando y rumiando, con esa mirada pensativa que ponen las vacas
siempre que ven pasar un tren.
-
Muu – le dijo - ¿Sabes
dónde se encuentra Woffe?
- No sé, debe haber salido de caza
con el amo, le he oído decir que iban a perdices. ¿Para qué lo
quieres? ¿Te puedo ayudar en algo?
- No, mejor que no, que tú siempre
acabas riñéndome y, además, dudo que sepas nada de caza.
- ¡De caza? ¿Qué te traes ahora?
Cazar ya sabes; lo necesario para comer esos saltamontes que tanto te
gustan. ¿O es que ahora te ha dado por la caza mayor?
- Calla Muu, ya sabía yo que me
ibas a reñir, así que mejor me marcho y te dejo rumiar en paz.
Y se marchó a seguir picoteando en
su Montaña de Basura.
Por la tarde regresaron Woffe y el
amo, éste llevaba una sarta de perdices colgando del morral; y Cloe,
al verlas, pensó.
- ¡Pobres primas mías! No
quisiera ser presa de caza, ahora sí que estoy segura, quiero ser
cazadora.
En cuanto pudo atosigó a Woffe con
un montón de preguntas sobre la caza, no le dejaba dormir la siesta
y, con la cabeza como un bombo, acabó diciéndole:
- Vamos a ver ¿Qué pretendes
cazar tú? ¿Zorros? ¿Jabalíes?… Si eres capaz de ello, intenta
pensar en tus aptitudes y tus limitaciones y dedícate a cazar
grillos como bien sabes hacer.
Pero Cloe insistió e insistió y,
para quitársela de encima y para que le dejara dormir tranquilamente
su siesta bajo el árbol de siempre, le acabó diciendo;
- Bien; hasta llegar a la caza
mayor, debes entrenarte en la caza menor, empecemos por algo más
pequeño que tú. Así que, a partir de ahora, si me demuestras que
eres capaz de cazar un ratón, te enseñaré a cazar zorros; pero,
mientras tanto, no me molestes y déjame dormir.
- ¿Un ratón? Eso está chupado,
por lo pequeños que son y con mi pico, uñas y espolones no se me
podrá resistir. Porque yo, al contrario que muchas otras gallinas,
tengo espolones como los gallos. Vete preparando para las clases.
Y se marchó de caza.
-
¿Dónde podré encontrar ratones? - se preguntaba -
¡Claro! En los corrales
donde le quitan el grano a los caballos.
Llegando a los corrales inspeccionó
por los rincones cualquier agujero que pudiera servir de guarida a
los roedores. Pero, mientras buscaba, le entró hambre y allí había
un montón de avena caída de uno de los pesebres. Se puso a comer
hasta que no pudo más, se encontraba mal y muy pesada con el buche
lleno.
Un ratoncillo se acercó al montón
de grano y, descaradamente, se puso a comer. Debía suponer que una
gallina nunca podría representar un peligro, de hecho las gallinas
nunca lo habían sido, pero se llevó una desagradable sorpresa.
Cloe, agitando las plumas de sus
alones, y lanzando un fuerte ¡Koook!,
se lanzó hacia él y casi lo atrapa. Pero ella estaba muy pesada y
lenta tras el atracón y el ratón había llegado a comer muy poco,
era ágil y muy ligero, de modo que se puso a salvo y Cloe quedó con
dos palmos de pico, por no poder decir con dos palmos de narices.
Pasaban los días y no conseguía
atrapar a ninguno; o no se dejaban ver, o se escabullían
rápidamente. Les veía salir a comer grano, esquivándola a ella y a
los cepos cargados con queso, porque: ¿Quién
querría comerse un trozo de queso reseco y enmohecido?.
Parecía que se querían burlar de ella y su amor propio no lo
soportaba, como no soportaba los comentarios de Woffe y Muuriel, y
por eso hacía días que les rehuía.
Había observado que uno de los
agujeros de ratón era muy frecuentado, pero nunca conseguía atrapar
a ninguno, pese a hacer guardia frente a la boca, porque entonces
procuraban salir y entrar por otro agujero, o lo hacían a tal
velocidad que no le daba tiempo a atraparlos. Un día, al observar
que los que salían rápidamente no miraban dónde pisaban, se le
ocurrió, sorprendentemente, una brillante idea: Arrastraría uno de
los cepos a la boca del agujero y así, el primero que saliera
corriendo, pisaría el disparador y quedaría atrapado.
Así lo hizo; empujando con el pico
y arrastrando con las garras, logró acercar uno de aquellos cepos a
la boca del agujero, pero tropezó en una piedrecita del suelo y,
como era muy sensible, se disparó el mecanismo, atrapándole una
pata.
-
Kookok kok – gritó Cloe, y se zafó de la presa,
pero había fallado en su objetivo y se encontraba con dos dedos
magullados.
Olvidando momentáneamente a los
ratones, mientras se le pasara lo de la pata se dedicó a lo que
mejor sabía hacer: la caza del grillo.
Era el hazmerreír de los ratones,
se reían de ella y le habían perdido totalmente el respeto, así
que procuraban provocarla; pero ella, mientras le duró el dolor de
la pata, trató de ignorarles.
Pero un día, en que ya se
encontraba mejor, vio un ratón pequeñito, pequeñito, que casi
podría haberse escondido debajo de un botón, y pensó:
- Éste no se me escapa
Y le largó un tremendo picotazo
pero con tan mala fortuna, que al saltar el ratón de la piedra en
que estaba subido, el picotazo vino a dar en la dura roca – con lo
que eso duele – y no se partió el pico de milagro, pero le retumbó
la cabeza y todo el cuerpo, el pico le quedó tan dolorido que no
pudo comer en varios días; y el cerebro, del impacto, había
recibido tal sacudida que, cualquier idea que hubiera albergado, se
habría esfumado. De modo que Cloe, traumáticamente, olvidó aquello
de:
- Quiero cazar, quiero cazar.
¿Lo logrará?
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