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miércoles, 17 de mayo de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 13 (En Quater) parte 5

Un encuentro con los guardias desagradable, 
proyectos en una velada memorable
 y una decisión inquebrantable




 EN QUATER 5


Todos cayeron dormidos muy pronto, salvo Fan. Aún se veía colgado de un cubo sobre el abismo, posiblemente aquella pesadilla le acompañaría por un tiempo, pero le acabó venciendo el sueño.
A la mañana siguiente, camino hacia el norte, acabaron dejando atrás la ciudad. Los cultivos y las granjas dejaron paso a un terreno cubierto de hierba en el que se veían rebaños pastando apaciblemente. Afortunadamente Rubí se hallaba en aquel nirvana intemporal de la mochila. No se sabe cómo hubiera reaccionado al ver tanta oveja a su alcance, aunque con el rebaño de Fan se comportaba como un perro pastor cualquiera. Tampoco se sabe cómo hubieran reaccionado éstas a la vista de un lobo, pues difícilmente lo verían como un peligro sino como algo extraño, porque en los reinos no había lobos, pero sí había otros depredadores muy diferentes, los serválidos, una clase de felinos de buen tamaño, de los que se decía estaba casi extinguidos.
Vieron también un rebaño de alzemús que, según comentó Marcel, se encargaban de criar machos para tiro y hembras para leche, su carne no era apreciada y se consideraba no comestible.
Cerca del mediodía avistaron a lo lejos un edificio aislado, era la posada de medio camino y a ella se acercaron, para descansar de la caminata y reponer fuerzas. Aquella ruta no era tan transitada como la de las Pesquerías o las Salinas. Por ella circulaban grandes carros cargados pesadamente con materiales de construcción: piedras de cantería, ladrillos, tejas, cal, yeso, arena,... También circulaban otros carros más ligeros, con una sola yunta, transportando piezas de vajilla y alfarería variada. Algunos de los arrieros salían de la posada y seguían su camino, otros llegaban, dejaban las carretas a la sombra de un grupo de umbros y entraban a comer.
El menú era parecido al de la ruta de las Salinas, aunque esta vez tocaba de postre un pastel de cuajada de alzemú, con un chorro de miel de abejanos.
Dejando  atrás la posada, el terreno comenzó a cambiar paulatinamente. Lo que era terreno de pastos se iba tornado más árido y pedregoso, lo que era una amplia llanura quedaba rota por formaciones rocosas aisladas que, conforme avanzaban, eran más frecuentes y mayores. En uno de aquellos afloramientos rocosos hallaron un equipo de canteros arrancando piedras con franjas cristalinas y azuladas que cargaban en un carro.
- Esta es la piedra que se emplea para la obtención del yeso – comentó Marcel – y, lo mismo que la de cal, se debe calcinar y triturar para obtener ese polvo que se emplea en la construcción. Pero sigamos adelante, este tramo hasta el Poblado, es algo más largo que el anterior y si nos entretenemos podemos llegar ya muy tarde.
Siguiendo el camino, se cruzaban con los carros cargados en dirección a la Capital y les adelantaban los carros que regresaban al norte de vacío. Vieron otras canteras de las que extraían rocas como las que ya habían visto y otras más que eran algo diferentes, más blancuzcas y menos cristalinas.
Ya comenzaba a declinar el sol cuando, a lo lejos, se perfilaba un grupo de edificios que, visto luego de más cerca, era un apiñamiento de barracones, casas, almacenes y otras variadas clases de construcciones, todos ellos en piedra o ladrillo, unos más sencillos y otros más cuidados.
No había ya tiempo para curiosear por allí, Marcel aceleró el paso camino de una gran construcción de piedra, situado en el centro de aquella especie de población improvisada, como construida anárquicamente. Se trataba de otra típica posada como las que ya conocían. Fan y Merto tuvieron que acelerar el paso porque Marcel avivó aún más la marcha, hasta que entraron en el salón. Se parecía a la posada de la Salinas y, en un rincón, estaban jugando a las piedras.
Marcel les dijo que buscaran mesa y le esperaran. Se dirigió a una puerta y se perdió por ella. Al rato regresó junto a ellos, tomó asiento a la mesa que ocupaban y en la que estaban esperando que algún camarero se acercara.
- Ya tenemos habitación reservada. Esta posada viene a ser algo parecido a la de las Salinas, aunque peor. Aquí no hay prácticamente vivienda estable, salvo algunos jefes, artesanos y comerciantes. La población, mayoritariamente, consiste en condenados y guardias, y ellos se alojan en la cárcel o en el cuartel. En esta posada sólo se alojan los carreteros que deben esperar carga o que se les hace de noche y otras raras gentes itinerantes como nosotros. Ahora, cenemos, durmamos y mañana ya tendremos ocasión de conocer el Poblado. 
- Te noto diferente – dijo Fan - ¿Hay algún problema?
- No pasa nada. Sólo que estar aquí me trae tristes recuerdos.

 - Pero no debes temer nada ¿No? - dijo Merto.
- Creo que no, pero nunca se sabe. Bueno dejémoslo, puede ser sólo una aprensión mía.
Cenaron y se retiraron a la habitación, un oscuro dormitorio alumbrado con una triste vela, con dos camas y una plegable extendida en un rincón, tres sillas y una pequeña mesa, en fin, como los otros dormitorios de las posadas que habían visitado últimamente.
Al salir por la mañana, guiados por Marcel, aquel batiburrillo, proyecto de ciudad, presentaba un aspecto deprimente y sucio. Contrastando con la Capital o el barrio en que durmieron; parecía inadmisible que, en un lugar en el que abundaba la piedra, los ladrillos y las baldosas, las calles fueran de tierra y, cuando llovía, de barro. Si es que se podía llamar calles a la simple separación entre construcciones plantadas en el terreno sin orden ni concierto. La suciedad era dueña de todo. No era extraño que Marcel se sintiera mal allí, ellos también comenzaron a sentirse mal y a preguntarse si había sido buena idea ir, pero como ya estaban…
- Eso de ahí son los alojamientos de los condenados y yo tuve la desgracia de "residir" ahí un tiempo hasta que logré escapar.
Se trataba de una gran construcción de ladrillo, de una sola planta y con pequeñas ventanas, más bien ventanucos o tragaluces. Los desperdicios se acumulaban en derredor, como en el resto del Poblado que habían visto. Las paredes, sin revocar, estaban ennegrecidas por el moho, la humedad y el polvo. Los ventanucos sí tenían cristales, pero tan sucios que sería raro que dejaran pasar algo de luz. Las puertas estabas cerradas y dos guardias las custodiaban. Tampoco es que los guardias tuvieran mejor aspecto; sus uniformes, azul oscuro, estaban sucios, arrugados y con algún desgarrón.
- Ahora todos están trabajando y sólo permanecen aquí aquellos reclusos que, por enfermedad u otras causas, no pueden hacerlo. Por eso hay sólo la guardia de puertas porque, cuando están todos, hay también una ronda que da vueltas al edificio. ¡Como si cuando los traen de vuelta alguien tuviera energías y ánimos para intentar algo!
Abandonaron las inmediaciones, con cierto alivio, y se acercaron a otro edificio de piedra, con amplias ventanas, pero protegidas con fuertes rejas y una gran puerta de hierro; ante la cual, en sendas garitas, vigilaban dos guardias armados con sables.
Tampoco es que los guardias aquellos estuvieran más presentables y los cristales de las ventanas más limpios.
- Este es el cuartel. En él residen los guardias y su jefe. Esta guarnición se encarga de la seguridad del Poblado y de la custodia de los penados. Mejor será alejarnos, porque cualquier aproximación a sus muros se puede considerar sospechosa y podríamos tener problemas. Como podéis ver, frente al cuartel, bien protegida y custodiada se encuentra esa mansión de piedra, con aceras adoquinadas, cuidado jardín y cristales relucientes. Aquí reside el Administrador del Poblado, que es el delegado del rey para el gobierno de este territorio.
Hacia el este, siguiendo a Marcel, llegaron a una pequeña urbanización de casas, bien cuidadas, en un entorno limpio y adoquinado. Algunas de ellas lucían bellas obras escultóricas, grandes tinajas o piezas de colorida cerámica.
- Esto es lo que podríamos llamar el barrio de los artesanos y jefes de equipo. Como veis se encuentra alejado del Poblado y está cuidado y limpio. La verdad es que no tuve ocasión de visitarlo hasta que me escapé y me oculté por aquí hasta que, a la luz de Renia, escapé del Poblado sin saber en qué dirección, desorientado. Lo único que conocía era el trayecto desde la prisión a las balsas de barro.
Como ya era mediodía, volvieron a la posada y, mientras comían aquel menú único, cambiaron impresiones sobre lo que habían visto, y dijo Fan:
- Espero ver esta tarde algo más interesante. Me gustaría saber sobre la industria de este lugar, todo lo relativo a la fabricación.
- Todo lo que necesita leña y carbón en cantidad, está más al noroeste, más cerca de la frontera de Trifer, porque allí se hallan más próximas las fuentes de combustible; mientras que las balsas de barro, en donde se prepara la arcilla para los alfares, están más al nordeste. Os llevaré también, aunque no me gustaría volverlas a ver. El resto está algo más lejos y será mejor salir temprano mañana.

- Si no te vas a sentir bien, mejor no vamos a las balsas. ¿Podemos ver algo de los alfareros? No creo que nos importe mucho ver lo de la arcilla, ¿verdad Fan?
- Desde luego. No tengo interés tampoco, pero me podrás contar de qué va y cómo se hace.

- Sí, ya os contaré. Es muy duro y es un espectáculo que a alguien, con un mínimo de humanidad, no dejaría insensible. Quizá nos dé tiempo esta tarde, si no nos entretenemos mucho, para visitar un alfar cercano. Lo demás, como ya os he dicho, está lejos y disperso y llevará más tiempo.
 - Cuando quieras vamos donde tú digas, para eso eres el guía que conoce el terreno mejor que nadie – dijo Merto
- Pues vamos allá. No está muy lejos. Es un pequeño taller en donde tornean vajilla, tinajas, cazuelas,… todo lo necesario para la mesa y la cocina. El maestro alfarero es amigo, me escondió un tiempo cuando escapé de la reclusión y yo iba perdido, desorientado, sin conocer más lugar que la prisión y las balsas.
- Pero conoces los alrededores y los lugares a los que vamos ¿No?

 - Más que nada por lo que contaban por la noche los otros reclusos que trabajaban allí. Yo nunca he ido más hacia el norte, pero me sé de memoria todas las instalaciones como si hubiera estado en ellas. Y el modo de llegar también, porque les llevan en carretas descubiertas, llueva o haga un sol abrasador.
Salieron del Poblado por una ruta que presentaba grandes surcos, producidos por los carros cargados. Era una ruta que, al contrario de las otras, no estaba muy cuidada y era preferible caminar fuera de la calzada. No muy lejos se veía un edificio con una explanada vallada.
- ¡Ahí es! ¡Vamos!
Marcel apresuró el paso porque comenzaba a chispear. Por el aspecto del cielo se preparaba un buen chaparrón. Ellos le siguieron y, cuando ya estaban llegando, un trueno rasgó el silencio y comenzó a llover, al pronto no muy fuerte, pero sí lo suficiente para echar a perder todo lo que estaba en la explanada secándose al sol si se dejaba allí. Rápidamente salió del edificio un grupo de trabajadores con grandes lonas y comenzaron a cubrir todo lo que estaba en espera de secado para pasar al horno o al barnizado. La actividad era febril. Ellos intentaron echar una mano ayudando a cubrir: ollas, orzas, pilas de platos, figuritas y toda clase de recipientes de arcilla.
Acabada la labor se retiraron todos a cubierto y se sacudieron el agua que les caía a chorros. Marcel se acercó al que parecía mandar el grupo y le dijo:
- ¡Hola Berth! ¿Te ha ido bien nuestra ayuda?
- ¡Hola Marcel! ¡Bienvenido! ¡Qué alegría! – respondió, sorprendido - ¿Tú por aquí? ¿No sabes que aún te buscan?
- No hay peligro, ahora soy sólo un guía y ya sabes que los niños de Quater somos todos iguales. Estos son mis amigos: Fan y Merto. Éste es mi amigo Berth.
- Bienvenidos... ¿Blancos? ¿Qué hacen por aquí los hurim?
- Quieren conocer el reino y yo les guío.

- Amigos: no podéis haber elegido un guía mejor, os lo aseguro. Ahora, venid. Os facilitaré unas toallas para secaros. Y no os preocupéis por mis trabajadores, mientras están aquí son libres y saben lo que pueden hacer, al menos hasta que venga la guardia a por ellos.
Le siguieron al fondo del local en el que se veían pilas de bloques de arcilla húmeda y ruedas de tornos de alfarero, entre otras muchas cosas.
Marcel se quedó charlando con los trabajadores. Todos eran condenados, como lo había sido él, pero aquel trabajo era muy diferente al de las balsas, Berth les trataba con consideración y comían bien.
El tiempo pasó sin sentir: Fan y Merto hablando con Berth que les explicaba los trabajos de alfarero y curioseando por el taller, Marcel charlando animadamente con los trabajadores. Pero, en lo más grueso de la tormenta, se abrió la puerta de golpe y penetraron violentamente unos hombres  uniformados como los que habían visto en el Poblado, iban chorreando y con un humor de mil diablos. Eran los guardias encargados de recoger y encerrar a los presos a la caída de la tarde,   y parecía que la lluvia les había vuelto más agresivos y violentos de lo que solían ser habitualmente, si es que ello era posible. De modo que, dirigiéndose al grupo de trabajadores entre los que se hallaba Marcel, el que parecía jefe del grupo vociferó:
- ¡Venga! ¡Afuera! ¡Vamos de vuelta a casita! 
- Está lloviendo mucho – se oyó decir a algunos tímidamente porque ya sabían cómo se las gastaba.
- ¿A mí me lo vais a decir? Venimos con el grupo de la Tejera y todos chorreamos. A ver si las señoritas son tan delicadas que les molesta el agua. Así os lavaréis ¡puercos! ¡Vamos! ¡Afuera!
Marcel intentó escabullirse del grupo, pero le vio y le echó mano a un brazo
- ¡Alto ahí! ¡Oyetú! ¿Pensabas escurrir el bulto?
Al oír aquella expresión, Marcel se asustó ¿Le habría reconocido? Él sí le recordaba bien y no era amable precisamente.
- Es que yo no soy de aquí, sólo estaba charlando con ellos. Suélteme.
- ¿Como que no? A ver sargento, cuéntalos.

Uno de los guardias se acercó al grupo y los contó.
- Están todos, ése sobra.
- ¿Cómo que sobra? De algún lugar habrá salido. Oyetú, ¿quién eres y de dónde sales?. Esas ropas que llevas, ¿de dónde las has robado?
- Sólo soy el guía de unos viajeros.

En ese momento, Fan, Merto y Berth, que habían presenciado atónitos la escena, se acercaron.
- Dice la verdad – le respondió Fan – es nuestro guía y esa ropa se la hemos regalado nosotros.
- ¿Unos malditos hurim? - dijo con sorna y rabia a un tiempo - ¿Unos de esos que por unos frutos de nada, capricho de los ricos, se llevan todo lo que quieren?. Me vais a tener que acompañar también al Poblado, llueva o no llueva. Vuestro viaje acaba aquí y a ver qué dice el Administrador del rey. Pero… a ver… ¿Qué llevas en esa mochila?
- Nada. Está vacía, como puedes ver – dijo Merto
- ¿Vacía? ¡Tú te callas! ¡Trae!
Y le arrebató la mochila que llevaba colgada a la espalda.
- A ver, a ver…  - dijo, introduciendo la mano por la abertura.
- ¡Ayyyyy! ¿Qué es esto? - chilló sacando la mano ensangrentada y, tras ella, la cabeza de Rubí que no soltaba su presa.
Entre gritos de dolor y de asombro, por la boca de la mochila acabó saliendo Rubí, sin soltar la mano, luego salieron Diamante y Esmeralda.
Todos, incluido Berth, se quedaron paralizados por la sorpresa, salvo el jefe de los guardias que chillaba y se debatía con la mano entre las fauces de Rubí.
- ¡Suéltale Rubí!, y escupe – ordenó Fan, mientras recogía su mochila del suelo y sacaba su bolsa de medicinas.
- A ver, a ver…. Deme la mano. Debería saber que no se debe hurgar en sitios oscuros y desconocidos, puede salir una serpiente o algo peor. Permítame curarle y ya verá cómo se le pasa el dolor.
Rubí enseñaba los dientes, gruñendo, Diamante también los enseñaba; aunque más que dar miedo, daba risa, y Esmeralda se plantó frente a los guardias extendiendo sus hojas amenazante.
Berth, finalmente reaccionó y se les quedó mirando a ellos y a las Joyas.
- ¿De modo que sois vosotros? ¿Esos de los que tantas historias cuentan estos días? Pero… ¿qué hacéis por aquí?
Merto le respondió:
- Sí, somos nosotros y queríamos conocer Quater, como hemos conocido Hénder, Trifer y Serah, pero en ningún lugar nos han tratado como aquí. Marcel nos guía muy bien y nos llevamos una muy mala impresión de cómo se trata aquí a las personas, sean reclusos o no. No sé qué dirá vuestro rey cuando le contemos todo esto, cómo se trata a los presos y cómo se comportan los guardias.
Entre tanto, Fan estaba acabando de vendar la mano del jefe de los guardias, que le dejó hacer y daba la impresión de que estaba avergonzado y no sabía en dónde meterse. Al terminar el vendaje, le ordenó.
- Ya estás curado. Ahora, cumple con tu obligación, llévalos a sus alojamientos, si es que a aquello se le puede llamar alojamiento. Pero tened cuidado, porque nos vamos a enterar de cómo los tratáis y, más pronto o más tarde, lo sabrá Su Majestad Bluerico. Y si mañana no van a trabajar y se dedica todo el mundo a adecentar aquella cuadra que tienen como alojamiento, puede que nos olvidemos de alguna cosilla. Y por lo que atañe a nuestro guía, se queda con nosotros ¡Faltaría más!
El otro no dijo ni palabra, salió por la puerta y le siguieron al exterior los guardias y los reclusos. En la carreta les estaba esperando el resto, aún empapados, pero afortunadamente había dejado de llover.
Arrancó la carreta y se alejó por aquella ruta que más era un barrizal. Y allí se quedaron, viendo como se alejaban, Berth y ellos tres, junto con las tres Joyas. Tres por un breve tiempo porque; tan pronto la carreta se hubo perdido de vista, aterrizaron Zafiro y Zaf, con una nueva sorpresa de Berth.
Las Joyas permanecieron en el patio mientras ellos entraban en la nave, aunque Fan les advirtió, antes de entrar, que tuvieran mucho cuidado con los cacharros que ocultaban las lonas.
- Yo no sé qué pensarás tú, Fan, pero yo he perdido el interés en ver qué hay más allá.
- Pues, después de la escena que acabamos de vivir, la cosa se ha complicado. Eso de pasar inadvertidos, de incógnito, ya es imposible. Pronto se correrá la voz de quienes somos, de modo que estoy por dejar Quater lo antes posible.

Marcel les miraba compungido, se le veía a punto de echarse a llorar como un niño, que es lo que aún era.
- ¿Y ya no vais a necesitar un guía?
- No. Ya no vamos a necesitar un guía, porque ¿Qué sabes tú de los otros reinos y de las tierras que puede haber por explorar aún? Nada. Por eso no necesitaremos ningún guía.

Marcel ya no podía contener las lágrimas y comenzaron a rodar por sus mejillas.
- Pues no. No vamos a necesitar ya un guía, pero sí a un amigo, especialmente si tiene el color del mar y del cielo.
Marcel se abrazó a los dos amigos y rompió a llorar, pero ahora de alegría y de alivio. Y los tres lloraron juntos, hasta a Berth casi se le saltaron las lágrimas.
- De todos modos – dijo Fan – no hay que dejarse llevar por el acaloramiento del momento ni precipitarse, será mejor pensarse mejor lo que haremos antes de adoptar cualquier decisión.
- ¿Y por qué no os quedáis a cenar y a dormir?. El camino ahora estará intransitable y se hace tarde. En casa hay sitio y Gredha cocina muy bien.

Vivían en una pequeña y acogedora casa, tras el edificio principal y junto al horno que, además, les proveía de agua caliente y de calefacción en el invierno.
Gredha era una mujer rechoncha, de mirada sonriente y cabellos rubios que resaltaban sobre su tez azul. Contrastaba o se complementaba con Berth; que era moreno, alto y delgado, pero coincidían en una cosa, sus rostros transmitían confianza y alegría.
- Tenemos invitados a cenar, querida, a ver cómo lo puedes resolver. Mientras tanto me los llevo al desván para acomodarlos para esta noche..
- Ya me las arreglaré, no te preocupes, algo habrá en la despensa y ya sabes que no se me da mal improvisar.
- Lo sé muy bien. Vamos, amigos, seguidme.

Les condujo a una puerta que daba a una escalera y treparon por ella hasta el desván. Estaba limpio y ordenado, sin trastos en medio. Los lados más bajos de las vertientes del tejado sí tenían cajas y muebles muy bien colocados y; alineadas a ambos lados del pasillo central, había cuatro camas.
- Vais a necesitar sólo tres. Esto lo tengo preparado porque, a veces, recibo visitas de amigos o familia. La casa es pequeña y no tiene más que un dormitorio. Bueno, también hay otro más pequeño, para una cama individual, que preparamos pensando en tener un hijo, pero no hemos tenido esa suerte. A Gredha le entristece a veces reparar en ello, pero yo procuro animarla y mantenerla ocupada y así no le da vueltas a las cosas. Bien; creo que aquí estaréis bien, las camas ya están preparadas. ¿No os iréis a discutir por elegir cama?, porque si es así ya me encargo yo de asignar a cada cual la suya. 
- No hay problema, no nos vamos a pelear; y, si supieras en los lugares en que hemos llegado a dormir, comprenderías que éste lugar sea para nosotros mejor incluso que los dormitorios de invitados de Trifer – dijo Fan.
- Al menos esto es más acogedor y más propio de nosotros, simples pueblerinos.
- Mucho mejor que las ruinas en las que me tropecé con vosotros, y nunca mejor dicho lo de tropezar.

Los tres rieron recordando el incidente y le contaron a Berth de qué iba la cosa, porque se había quedado mirándolos sin entender de qué reían.
Dejaron la mochila, tras sacar de ella algunas provisiones que aún conservaban: un trozo de pata de cinguo, un taco de queso de Fan y unos tarros de frutas de Alandia. Luego bajaron al comedor, Gredha ya tenía la mesa puesta y estaba cacharreando en la cocina.
- Unos dedales de licor de drufas no iría mal para prepararse, ¿no? - dijo Berth sacando unos vasitos pequeños de cerámica y una frasca del mismo material.
- ¿Y si lo acompañamos con un poco de queso y fiambre? - dijo Merto mostrando lo que había llevado.
- ¿A qué esperas? ¡Adelante!, vete a la cocina y le pides a Gredha una tabla y un cuchillo, porque supongo que habrá que cortar eso.
Cuando regresó de la cocina comenzó a cortar unas lonchas de cinguo y unos tacos de queso, mientras comentaba:
- Me ha parecido que Gredha ya está acabando de preparar la cena y no tardará en salir ¿Y si la esperamos para que se nos una? 
- ¡Claro! ¡Sí! ¿Cómo no? - fue la respuesta unánime aunque diferente.
Berth escanció en seis vasitos un chorrito de aquel licor azulado
- No deberías beber esto, es muy fuerte para ti, pero hoy ha resultado ser un día muy especial y hay que celebrarlo, puedes beber un poco Marcel.
Salió Gredha de la cocina, todos se sentaron a la mesa y, durante un breve tiempo, se hizo un profundo silencio, sólo roto por el sonido del choque ocasional de algún tenedor con el plato o el leve sonido de la masticación.
- Delicioso – dijo Gredha - ¿Qué era esto?
- La pata curada en sal de un animal de nuestro país y queso de las ovejas de Fan. Además lo hace él mismo y es el mejor de Pascia y mejor que muchos otros que hemos probado. Berth ¿Aquí no se hace queso?

- Nadie lo ha conseguido. Hemos probado uno muy caro, y no tan bueno como éste, que procede de Dwonder. Se ha intentado hacer igual, pero el secreto lo guardan ellos y no hemos podido descubrirlo. Se intentó con la leche de alzemú, pero resultaba tan duro como una piedra, de lo espesa que es.
- Es que esa leche no es apropiada, yo lo hago con la de mis ovejas y seguro que ellos también.
- A nadie se le ha ocurrido hacerlo con la leche de las ovejas. Se crían para lana y carne, pero  nadie ha pensado en ordeñarlas. Gredha… me parece que vamos a cambiar de oficio. Esto de la alfarería es un trabajo duro, no tanto como otros, pero duro y sucio. Además ya estoy harto de los guardias y de explotar a los presos, porque ellos no se benefician de su trabajo, ni cobran, ni les sirve para vivir decentemente, pero el Administrador sí que cobra una tasa por cada uno y cada vez pide más.
- Me parece bien, marido, porque con lo que se anda comentando de esos objetos de piedra moldeada que comienzan a traer de la Selva, la alfarería va a estar en baja, si no acabada. Tienes razón. Vendamos ésto ahora que aún no se ha depreciado y montemos una fábrica de queso. Seguro que nuestro amigo nos asesora bien.
- Buena idea. Y tened por seguro que a vosotros no os voy a ocultar ningún secretillo, que en el oficio todos los tenemos.

Gredha había preparado un guiso de ciertas legumbres locales, con carne y verduras, que estaba para chuparse los dedos. Alguno se sirvió más de un plato y se permitió hacer una observación:
- Exquisito y consistente, yo he repetido y comería más pero ya no me cabe, aunque creo que esto con unas patatas rotas a trozos tampoco estaría mal ¿Tú que opinas Fan?. Lástima que en los reinos no se cultivan. ¿No nos quedaría alguna perdida en la mochila?
- Creo que sacamos las últimas en Trifer, con los leñadores, pero podría mirar si queda alguna.

Y Fan trepó al desván, buscó en la mochila y regresó con tres hermosos ejemplares que se habían salido del saco y flotaban en el infinito intemporal.
Tres pares de ojos se las quedaron mirando extrañados.
- ¿Y esto se come? - preguntó Berth con un gesto de incredulidad.
- Ahora mismo vas a ver lo ricas que están bien fritas.
- ¡Alto, Merto! ¿Has pensado que con estas tres se podrían cultivar al menos una docena de matas? ¿Has pensado que luego podría extenderse el cultivo y ser un negocio aún mayor que el de hacer quesos?

- No había pensado en eso. Tienes razón. Mañana os contaré todo lo que sé del cultivo de la patata, y sé mucho. Pero ahora, para rematar esta cena tan provechosa en todos los aspectos, vamos a degustar unas conservas de frutas de Alandia.
 - ¿Qué es Alandia? - preguntaron ambos anfitriones.
- Alandia es el país de donde proceden los hurim; un país que, tras el Gran Cataclismo, quedó allá abajo, al fondo de lo que llamáis el Abismo Insondable, o bien los reinos se elevaron dando lugar a lo que, allá abajo, llamamos el Muro del Fin del Mundo.
Dicho esto, Fan abrió los frascos y sirvió el contenido en unos cuencos de barro que Berth había sacado del vasar, contenido que desapareció en un santiamén.
Berth, relamiendo la cuchara, comentó con ojos golosos:
- Queso, patatas,… ¡bah! ¿Y si nos enseñáis a preparar esto?
- Eso ya es más difícil, pero si alguna vez volvemos por aquí podría traerte semillas de Alandia así como las instrucciones necesarias, aunque para que los frutales produzcan pueden pasar varios años.

Gredha no había dejado de mirar a Marcel y se la veía triste. Estaba pensando:
- De haber podido tener un hijo ahora tendría esa edad.
Y una lágrima casi se le escapó, pero se supo contener y recuperó su sonrisa habitual.
Se retiraron pronto; pero, antes de dormir, tuvieron una charla en el desván.
- Está claro que, tras lo de hoy, creo que deberíamos marchar. ¿Tú qué opinas, Fan? ¿O crees que si dejamos Quater sería tanto como huir? Yo lo he estado pensando y ya no lo tengo tan claro.
- Es posible. Yo también creo que sería un gesto de cobardía, pero tampoco pretendemos ser héroes. Y, por otra parte, no tenemos nada que temer por el hecho de que sepan quienes somos. Total, con no acercarnos a la Capital no tendríamos compromisos con el rey.

- Pero creo que tendríamos que contarle lo que aquí pasa. Contarle que sus súbditos, que tenemos la desgracia de sufrir condenas por algo, a veces arbitrario, no dejamos por ello de ser sus súbditos. Que somos tratados de modo inhumano y que los responsables del Poblado, que son su imagen aquí, extorsionan a los profesionales que usan la mano de obra de los reclusos, y éstos no reciben compensación alguna ni un trato mínimamente humano.
- No se hable más. Me has convencido y creo que a Merto también. Tendremos que ir a ver al rey, pero a nuestra manera.
- Aunque en un principio pensé que el sufrimiento de unos quatianos debía ser algo ajeno para mí, tras conocerte a ti y a otros como los que nos acogen hoy, pienso igual que Fan. Iremos a ver al rey y tú irás con nosotros. Así sabrá, de primera mano, qué sucede en las balsas de barro y en otros lugares.
- Gracias, gracias. Sabía que teníais buen corazón, además de valiente, y por eso no pienso dejaros, vayáis donde vayáis.
- Queda claro ¿no?, pues ahora a dormir que mañana tenemos clases intensivas de quesología y agricultura tuberculiana. Y tú, si no llueve, no te vas a quedar mano sobre mano porque, si no vienen los trabajadores, como espero que así sea, vas a dedicarte a retirar todas las lonas y cuidarte de las Joyas. ¿Vale?

 - Vale – respondieron los dos
- Pues buenas noches
- Buenas noches
- Buenas noches

Y el silencio se hizo en el desván, en la casa y en todo alrededor, porque hasta las Joyas estaban dormidas, si es que las coles y las mariposas duermen.
    
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Aquella mañana se les pegaron las sábanas. Allí no había gallos ni ruidosas carretas que les despertaran, tampoco las carretas de los guardias que transportaban a los reclusos, como cada día. Sólo un mensajero con un saltarenas, cubierto de barro, llegó cuando ya habían desayunado y estaba cada cual con su tarea. El mensajero traía la orden de avisar a todas las instalaciones de que aquel día debían considerarlo festivo en honor al rey Bluerico y que no recibirían mano de obra forzosa, que hicieran lo que pudieran o quisieran con su mano de obra contratada, o ellos mismos, o no hicieran nada.
Fan se hallaba poniendo al corriente a Gredha del ordeñado de las ovejas, algo que allí no sabían. Le explicó lo que era el cuajo natural y de qué plantas se podía obtener. Aunque la flora era diferente a la de Aste, allí sí había plantas muy similares y aptas para ello. En fin, hasta la hora de comer le enseñó todo lo que sabía de la materia y ella tomó buena nota. Pensó que habrían sido muy útiles aquellas flores de los cardos que jalonaban la ruta del sur, camino de las Pesquerías; pero por allí, antes de llegar, cerca de las canteras de yeso, había visto cardos que podrían ser buena fuente de cuajo.
Merto estuvo también toda la mañana mostrándole a Berth cómo debía cortar la patata, aunque sin hacerlo físicamente para no dañar aquellas tres únicos ejemplares, de modo que no faltasen ojos de germinación, cómo plantar los trozos, el cuidado de las plantas y la recolección. Pero también tuvieron tiempo de tratar sus aplicaciones culinarias y, como en las Pesquerías ya hacían salazones, le hizo tomar nota de la receta de Puerto Fin del pescado desalado con patatas; aunque sabía que, igual que a ellos, nunca les quedaría como a la posadera de Puerto Fin.
Mientras tanto, Marcel estuvo retirando cuidadosamente las lonas, de tal manera que el agua acumulada sobre ellas no mojara las piezas de barro, las tendió bien sobre la cerca que delimitaba la propiedad a fin de que se secaran al sol. Mientras las lonas se secaban se cuidó de que las Joyas estuvieran bien, y a Rubí le sirvió un buen plato del guiso de la cena que le había dado Gredha, plato que quedó limpio en un instante. Cuando ya las lonas estaban bien secas, las dobló cuidadosamente y las guardó en el almacén de accesorios.
Entre unas cosas y otras se echaba encima la hora de comer, Gredha dejó a Fan y se perdió en la cocina. Al quedarse solo, se dio una vuelta por los alrededores y se acercó a ver lo que hacían los demás. Cuando llegó junto a Merto y Berth estaban hablando de algo distinto a las patatas.
- … Y esta noche casi no ha dormido. Estaba deprimida, aunque parece que tu amigo con lo de el queso le ha ayudado a olvidarse de su problema.
- ¿Qué problemas tiene? Sois felices y no os falta lo necesario.
- Que no hemos tenido hijos; y ahora, con Marcel aquí, piensa que, de haber tenido uno, tendría la misma edad, y eso le hace sufrir

Fan había escuchado esta parte de la conversación, e intervino.
- Pues esta mañana estaba perfectamente. Ha estado muy atenta a todo lo que le he explicado y no le he notado nada extraño.
- No... si, cuando tiene algo que le ocupa la mente, no repara en otra cosa. Pero tiene momentos en que me preocupa. Estoy seguro de que, si Marcel se quedara con nosotros, sería feliz.
- Claro, pero él quiere seguir con nosotros allá a donde vayamos.

 - Eso es algo que deberíamos tratar más en profundidad, Merto. Éste es su país y ésta es su gente. Me parece bueno para él, mientras estemos en Quater o, como mucho en Serah o los otros reinos, seguiría estando en su mundo, en un mundo que le es familiar y próximo. Pero ¿Qué me dices de cuando debamos regresar a nuestro propio mundo? ¿Qué será de él? Un muchacho de una raza muy diferente, lo que no debería ser un problema para los demás sino para él, un muchacho sin nadie de su propia sangre y ni tan siquiera de su propio color o cultura. Creo que lo mejor para él sería quedarse aquí, con ellos, que le tratarían bien y tendría un buen futuro entre los suyos. Ya viste anoche cómo le importaba su gente que sufre aquí el maltrato. Sé que, tanto a ti como a mí, nos va a doler la separación; pero, tras recorrer el otro reino que nos falta, acercarnos a Serah y a Hénder, debería regresar aquí con ellos del mismo modo que nosotros regresaremos a Aste con los nuestros.
- ¿Aquí?. Pues no sé dónde. Porque si decidís dedicaros al campo tendréis que marchar – dijo Merto mirando interrogativamente a Berth
- Tenemos la granja y los campos que heredé de mis padres. Está todo abandonado desde hace tiempo y habrá que trabajar duro para ponerlo todo en marcha, pero lo vamos a hacer. Y no tiene pérdida, sólo con preguntar por la Granja de los Abejanos, porque mis padres tenían colmenas, todos la conocen. No se acerca nadie por allí porque han hecho enjambres a su aire y la gente tiene miedo, pero yo sé cómo tratarlos y podría producir miel.
- Otra vertiente de negocio. Vais a necesitar ayuda, porque vosotros solos no vais a poder con todo – dijo Fan.
- Contrataremos trabajadores libres, no quiero tener que entendérmelas con los guardias ni con el Administrador. ¡Qué bien nos iría la ayuda de Marcel!
Éste; que había terminado sus labores, había visto a los tres en animada charla, y se acercó justo justo en el momento en que Berth pronunciaba su última frase.
- ¿De qué habláis, si puede saberse? Me gustaría saber qué papel tengo en vuestra conversación.
Berth se sorprendió por la repentina aparición del chico, estaban los tres tan enfrascados en su conversación que no repararon en él hasta que lo tuvieron encima, pero reaccionó.
- Les estaba comentando que nos serías de gran ayuda en los nuevos proyectos que vamos a emprender, que nos gustaría que te quedaras con nosotros como aquel hijo que no tuvimos. Sabes que desde aquella vez que llegaste aquí, huyendo de las balsas de barro, tanto yo como Gredha te tomamos cariño, pero si tu deseo es marchar con ellos, lo comprendemos.
- Es mi deseo y es mi obligación; son mis amigos con los que, además, tengo el compromiso de guiarles y tenemos que ir al rey para que sepa lo que pasa aquí. Me gustaría quedarme con vosotros y ayudaros, pero aquí no. Mi paso por las balsas de barro me hizo rechazar todo lo relacionado con la arcilla, nunca sería alfarero. También yo os tomé cariño desde aquella vez y os debo mucho, pero es antes la obligación que la devoción y debemos ver al rey. Después… quién sabe qué puede pasar y dónde acabaremos.
- No tienes que sentirte obligado. Ni Fan ni yo te vamos a echar en cara nada, sólo queremos que sepas que eres nuestro amigo, que participas de todo lo que somos y sabemos y que nos gusta tu compañía.
- Aún así tengo un deber con mis paisanos, y si podemos hacer algo por mejorar su situación y no lo hacemos, nunca me lo perdonaría.

Berth se sintió aliviado. Marcel no descartaba quedarse con ellos al terminar su compromiso y su obligación de ayudar a su gente. Es posible que, como había dicho Fan, al acabar ellos su estancia en Quater, Marcel se quedara con los que pertenecía. Eso le infundió nuevos ánimos y fue a comentárselo a Gredha.
Como tampoco por la tarde aparecieron los guardias con los presos, la ocuparon todos en ayudar a Berth a llevar las piezas: unas al horno y, las que necesitaban barniz, a los tornos de alfarero para su acabado antes de hornear.




EN QUATER parte 6

el próximo jueves

miércoles, 10 de mayo de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 13 (En Quater) parte 4

 Marcel toma contacto con las Joyas 
y, tras visitar las salinas, 
acaban conociendo la 
Capital de Quater





 EN QUATER 4


Y bajaron al comedor. No era ya hora, pero les prepararon unos huevos cocidos con una salsa picante y unos cuencos de sopa que habían sobrado del mediodía.
En ese momento había un grupo que se encontraba jugando, en el rincón de costumbre, al juego de las piedras de colores, pero ninguno de los tres se quiso sumar al juego y, acabando de reponer fuerzas, se dirigieron hacia el norte, a aquel bosquecillo en que le habían dejado las mariposas.
- Ahora no te asustes – dijo Merto – te puedes asombrar, maravillar, alucinar,… lo que quieras, pero no debes temer nada. Lo que vas a ver es muy amigable.
Marcel ante aquella introducción comenzó a sentir algo de temor a lo desconocido, porque sólo lo desconocido es capaz de producir un miedo, generalmente irracional. Pero ese miedo cedió cuando, tras una seña que hizo Fan hacia el cielo, descendieron planeando majestuosamente dos enormes mariposas de bellos y vivos colores.
- Estas son Zafiro y Zaf. Ya te contaremos de dónde salen y, como verás, son tan grandes que nos pueden llevar en volandas. Eso es lo que hicieron conmigo y me trajeron hasta aquí desde los acantilados. ¿Quieres dar un paseíto por los aires?.
- No sé si atreverme… ¿Y si me mareo?
- Él no se marea, pero yo sí. Prueba y ya veremos si eres de los suyos o de los míos
-dijo Merto
Sacaron los dos arneses de la mochila. Fan se colocó uno, tendió el otro a Marcel y le ayudó a ponérselo.
- Ahora disfruta de las vistas y no temas, el arnés es bien seguro.
Cada una de las mariposas tomó los cables de un arnés y se elevaron rápidamente bien alto. Marcel sentía mariposas, pero no sólo en lo alto, sino en el estómago. Poco a poco fue venciendo aquella nueva sensación de vértigo y comenzó a disfrutar del vuelo.
Sobrevolaron las salinas, que se veían chiquititas allá abajo, y se aproximaron al borde del acantilado, frente a la plataforma, pero lejos y a buena altura. Pudieron distinguir las ruedas aunque aquella distancia no se podía apreciar su movimiento, pero sí a la yunta de alzemús alejándose poco a poco por aquella llanura de tierra apisonada.
Luego Fan dio una indicación a las mariposas y descendieron hacia el fondo del acantilado. Poco a poco pudieron ver acercarse las azules aguas del mar, así como los penachos de espuma de las olas y la rompiente, ya que el mar estaba agitado.
Acabaron regresando al bosquecillo, donde les esperaba Merto. Fan se quitó el arnés, pero Marcel se quedó inmóvil, como paralizado. Merto se le acercó.
- Te has mareado. Ya sabía yo que volar no está hecho para la gente. Ahora siéntate en el suelo y espera a que se te pase.
- No –
acabó balbuceando – mareado no, anonadado. Me he quedado impresionado y con ganas de más. ¿Por qué hemos regresado tan pronto? ¡Hay tantas cosas que ver y, desde arriba, es todo tan diferente…
Terminó de quitarse el arnés y se quedó con la mirada perdida allá en lo alto, como hipnotizado, contemplando a Zaf y Zafiro en sus evoluciones.
Tras recoger, doblar bien y guardar los arneses, se sentaron en el pasto, mientras el sol se iba poniendo más allá de las salinas y el bosque comenzaba a oscurecerse.
- Vamos a la posada, que ya va siendo hora, y se nos va a hacer de noche aquí – dijo Merto.
Sacaron de su ensimismamiento a Marcel y se pusieron en marcha.
Una vez en la posada tampoco tuvieron ganas de jugar a las piedras y cenaron pronto. Se retiraron al dormitorio y, sentados en las sillas, comenzó una larga velada en la que Fan le puso al corriente de sus aventuras. No dejó meter baza a Merto, porque no hubieran acabado en toda la noche, y expuso lo básico de sus andanzas muy esquemáticamente.
- ¿Y las otras Joyas? ¿Dónde están?
- Mejor será que las veas mañana. Ahora ya es muy tarde y deberíamos dormir algo.

No durmieron mucho. Se despertaron más pronto de lo que hubieran deseado, y no a causa de los gallos, que no había por allí, sino por la trepidante actividad que se desarrollaba en aquellas instalaciones: carretas para aquí y para allá, alzemús brufando estentóreamente y martillazos de obreros arreglando carretas o construyendo nuevos cobertizos.
Tras desayunar salieron a recorrer las Salinas y en eso se les fue toda la mañana. No vieron nada nuevo ni diferente a lo que ya vieran al paso cuando llegaron o Fan y Marcel desde las alturas. Allí no había nada que hacer y decidieron seguir hacia la Capital. No se hallaba tan cerca como para poder llegar aquella misma noche ni tan lejos como para necesitar más de un día.
- Si salimos después de comer tendremos que hacer noche en el camino, hay una posada a media jornada, el problema es que no tiene muchas camas, pero si nos llevaran volando… - Apuntó Marcel
Le respondió Fan:
- De volar nada. Ya te hemos dicho que no queremos llamar la atención a menos que sea inevitable. No queremos que sepan quienes somos. Queremos viajar de incógnito: sin recepciones oficiales, ni cortejos, ni agasajos. Has de prometer que guardarás nuestros secretos.
- Ya decía yo que sois muy raros… A cualquiera le entusiasmaría todo eso y ser famoso, pero... de acuerdo, nada de llamar la atención. Aunque… ¿podremos hacer otro vuelo algún día?
- Está bien eso de la fama y el reconocimiento, aunque con moderación, y nosotros ya hemos saboreado el éxito tanto que ya nos empacha. Y no te preocupes que volverás a volar, pero a su tiempo y procurando no ser vistos. Ahora volvamos a aquel bosquecillo y te mostraremos nuestras Joyas. Ya sabes lo que son y cómo son, de modo que no creo que te sorprendan mucho. Espero…

Y, pese a la descripción que le habían hecho y la advertencia de Fan, no salía de sus asombro: ovejas había visto, pero nunca un lobo, porque en los reinos no había, pero aún menos había visto una col como aquella, tanto por el tamaño como por el hecho de desplazarse usando sus raíces como usa sus mil patas un milpies.
Zafiro y Zaf descendieron de las alturas y, tras tanto tiempo de separación, tiempo que para Rubí, Esmeralda y Diamante no había sido nada, se encontraron reunidos los dos amigos y sus cinco Joyas, pero esta vez había un miembro más en el grupo.
Pasaron la tarde retozando por el bosque: Esmeralda explorando las profundidades de aquella tierra que encontró algo salada dada la proximidad de lo que fuera el lago, Rubí marchó de exploración y regresó con un roerroe de buen tamaño entre los dientes. Por allí no había otra especie que aquellas esquivas alimañas que se alimentaban de las raíces tiernas de los árboles. Mientras tanto, Diamante se estuvo un buen rato de cata, probando todas las especies vegetales que se criaban por allí intentando hallar una de su agrado, pero Fan le tuvo que preparar una infusión después de que probara unos tallos de amargaria.
La tarde trascurría plácida para Fan y Merto, como en otros tiempos con sus Joyas. Le aclararon algunas dudas a Marcel y repasaron los sucesos de los últimos días. Entonces se suscitó una duda.
- ¿No crees que tendríamos que acercarnos a ver a Blader para que vea que estás bien? - dijo Merto
- ¿Y descubrir nuestros secretos? Creo que ya hemos hecho de más haciéndolo con Marcel. ¿Cómo se lo explicarías?
- No sé cómo, pero es que quedó muy apenado por lo que pasó y debe sentirse muy mal. Deberíamos tranquilizarle.
- Es cierto, le afectó mucho, pero no nos conocía, ya se le habrá pasado porque la muerte accidental por aquí, especialmente en las canteras y el acantilado, es frecuente y si es de un extraño no deja mucha huella. Lo que no sé es si lo mantendrá en secreto o hará correr la historia del accidente
– dijo Marcel.
- Es posible que lo oculten. Para una estación experimental no debe ser muy buena propaganda el que se produzcan accidentes. Podría afectar a la buena marcha del proyecto – dijo Fan – Además creo que les hice un favor. A partir de “mi muerte” tomarán medidas de seguridad para evitar caídas y adoptarán otras para detener o cambiar el sentido del giro de las bobinas rápida y fácilmente. Ya veréis como ésto servirá para perfeccionar el proyecto y hacerlo más seguro.
- Es posible
– concluyó Merto – Y la verdad es que no se me ocurre nada para explicar tu salvamento sin comprometernos ni desvelar lo que no conviene desvelar.
Ya oscurecía cuando, reunidos todos, las mariposas emprendieron el vuelo y se perdieron en dirección a algún refugio nocturno. Merto hizo entrar en la mochila a los tres restantes y ellos tres se retiraron a la posada. Esa noche, tras la cena, se fueron a la cama bien temprano porque a la mañana siguiente partirían hacia la Capital. Durmieron profundamente, aunque a Marcel le costó conciliar el sueño, reviviendo las emociones vividas desde el día anterior. Fan también tardó un poco en dormirse recordando lo que había visto con el sicuor y pensando en cómo y cuando haría aquel viaje con Góntar. El único que se durmió enseguida fue Merto y se le oía roncar suavemente, como un ligero ronroneo, casi antes de apoyar la cabeza en la almohada.  

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La estructura viaria y de servicios de Quater parecía ser uniforme en todo el reino. Aquella ruta directa que unía las Salinas con la Capital, contaba con una posada a medio camino, con un comedor igual a las que ya conocían; salvo que, al ser sitio de paso y no de residencia, no contaba con espacio para juegos. La diferencia más significativa con las otras posadas fue el menú, aunque también era fijo y sin posibilidad de elección. Pero allí predominaba otro tipo de ingredientes como: las verduras de las huertas que rodeaban a la Capital así como los huevos y carnes de sus granjas y rebaños. De modo que tomaron un cuenco de una sopa de verduras finamente picadas y una multicolor tortilla de vegetales, cortada a tacos de un solo bocado, todo ello consumible fácilmente sin necesidad de cubiertos.
Tras comer tranquilamente en aquel lugar, no tan abarrotado como los que visitaron anteriormente, se pusieron en camino y llegaron a la Capital al caer la tarde, tras atravesar campos y campos de cultivo y algunas granjas.
Algo les llamó la atención. Aquello parecía igual que la Capital de Trifer pero, lo que allí era madera, aquí era piedra, hasta la calzada de acceso a la ciudad estaba adoquinada, aunque resultaba más ruidosa con las carretas que la calzada de madera de Trifer. Lo que allí sonaba como un zumbido suave de la calzada, aquí lo que sonaba eran las ruedas de las carretas sobre el empedrado.
El viaje había trascurrido sin incidencia alguna digna de resaltar, salvo que una relación de camaradería se había establecido entre los tres compañeros caminantes. Marcel ya era uno más del grupo, tanto como cualquiera de ellos o cualquiera de las Joyas.
Lo primero que hizo éste al llegar fue guiarlos a un barrio periférico, pero cuidado con esmero, de casitas de ladrillo en lugar de piedra como eran las mansiones del centro. Aquel barrio les recordó a su pueblo. Todas las casitas tenían por delante un pequeño jardín y en la parte trasera se veían parcelas con corrales y huertos; pero, a diferencia de Aste, también contaba con algunos comercios, casas de comida y también posadas, no muy numerosas pero suficientes para poder cenar y alojarse aquella noche. Al día siguiente ya decidirían qué hacer.
Como hizo en las Pesquerías, Marcel les condujo a una casa con un porche amplio y sombreado por un entretejido de drufas cultivadas que trepaban por las columnas de ladrillo así como por las paredes y formaban una verde cubierta a modo de tejado. Entre el verde de las hojas se destacaba el azul claro de los frutos que era el fruto preferido en el reino , especialmente por su color. En aquel porche había media docena de mesas, de las que dos se hallaban ocupadas con gente cenando y charlando animadamente.
No es que hiciera calor, el sol ya estaba casi en el ocaso y no hacía falta la sombra, pero el ambiente era agradable y fresco. Decidieron ocupar una mesa y Marcel entró en la casa, saliendo al poco rato.
- Ya está todo decidido. Espero que os guste lo que nos van a servir. Yo venía a aquí a menudo con mis “protectores” y conozco bien a los dueños y lo que saben cocinar. Creo haber acertado en lo que he escogido. ¿O preferís algo de pescado?
- ¡Oh, no! ¡De ninguna manera! ¡Ya hemos tenido bastante!

Sonaron dos voces entremezcladas y los tres acabaron con una triple carcajada, no habían podido contener la risa.
 Lo primero que les sirvieron fueron unos cuencos de una suave crema, esta vez con cubiertos, que tenía un intenso aroma a hongos y ese aroma se elevaba humeantes dibujando caprichosas volutas, sobre la crema flotaba algo parecido a burbujas de un delicado material crujiente y que, al romperse, dejaban escapar un aromático humo floral.
- Si lo demás mantiene la misma línea, tendré que admitir que no tienen que envidiar a los occidentales – dijo Fan.
A continuación les sirvieron unas verduras braseadas con el único aliño de unas ligeras escamas de sal azul cristalizada en capas de las Salinas que lo único que hacían era aportarles un toque de sorpresa crujiente y realzaban cada uno de los sabores naturales. Algo delicioso que, tanto Fan como Merto, disfrutaron y estuvieron a punto de pedir otro plato, pero Marcel les contuvo anunciándoles el siguiente plato.
Este consistía en unas tiernas chuletas de lechal a la brasa, con la misma sal que las verduras y un toque de hierbas que Fan quiso saber cuales eran, pero aquella mezcla era un secreto de la casa y se quedó sin saberlo. La carne se deshacía en la boca y lo que único que hacían la sal y las hierbas era resaltar el sabor de la carne y el aroma de la brasa de ramas de umbro, que le aportaba un toque resinoso muy suave, casi imperceptible, pero decisivo.
Lo que ya no les resultó tan especial, habiendo probado las frutas de Alandia y sus diversas elaboraciones, fue el postre, que consistía en una tarta cubierta de una especie de compota de algo parecido a la mermelada de aplos, aunque con un toque azul de drufas en almíbar que, además de color le daba un punto de acidez.
Aquella casa de comidas contaba también con unas pocas habitaciones y Marcel había reservado una; de modo que, tras tomar una infusión digestiva y unos cuantos vasitos de destilado de drufas, Fan y Merto pudieron irse a dormir, aunque un tanto tambaleantes y bajo la atenta mirada de Marcel que, no habiendo bebido nada, estaba al tanto por si alguno daba un traspié.
Durmieron como troncos, no se sabe si por el efecto de los vapores etílicos o por el cansancio de la jornada; pero los gallos, allí abundantes, puesto que casi cada casa tenía el suyo, les despertaron con su proclama matutina con la que anunciaban el nuevo día a voz en grito.
El desayuno consistió en el zumo de una fruta local, para ellos desconocida pero muy dulce y energética, un tazón de leche fresquísima y casi espesa, que Marcel luego les aclaró que era de alzemú, y unas galletas muy especiadas.
Se lanzaron a visitar la ciudad y al llegar al centro, como cabía esperar, estaba todo construido en piedra. Era el material de construcción noble y señorial y, salvo algunos barrios que usaban el ladrillo, cubría todo, hasta las calzadas. Los pocos carros que circulaban a aquella hora temprana hacían sonar su runrun runrun por aquellas calles. Las tiendas ya comenzaban a abrir sus puertas y pudieron ver: de comestibles, en los que exponían una panoplia colorida de frutas y verduras, las carnicerías, que exhibían pirámides de huevos, aves y cortes de ovino, muchas otras tiendas de objetos de vajilla, enseres y objetos decorativos, todo ello en cerámica, barro o mármol esculpido. También se veía alguna tienda de artículos de importación con productos procedentes de los otros reinos como: trabajos de forja, ebanistería, cueros, tejidos,… aunque les parecieron vacías de clientes cuando en las demás ya había una animada actividad. Cualquiera diría que los clientes de esos productos eran menos madrugadores o que los quartianos eran muy de lo suyo, como también lo eran los triferianos y sólo compraban productos locales.
Vista una calle del centro, vistas todas. Salvo detalles decorativos o de tamaño, todo era igual, cortado por el mismo patrón y con los mismos materiales.
 Lo que si fue digno de visitar fue el Palacio de Su Majestad Bluerico VI. Como los otros palacios reales que habían visto estaba defendido por gruesas murallas, en este caso ciclópeas. ¿Qué debían temer todos los gobernantes para tamañas precauciones?.
Pero, a diferencia de otros lugares, allí estaba permitido atravesarlas y visitar los jardines y los exteriores de Palacio.
Los jardines eran sencillos, coloridos y muy bien cuidados. No tenían el tamaño ni la suntuosidad de los de Alandia, pero eran dignos de ser paseados.
En cuanto al Palacio en sí, tenía recubierta toda la fachada de mármol rosa, contaba con unas dos docenas de columnas esculpidas con motivos foliares y en el mismo material de la fachada. Era espectacular.
- Demasiado rosa – comentó despectivamente Merto.
Las columnas ascendían flanqueando una alta escalinata, también en mármol, aunque no rosa sino blanco, hasta la puerta frontal principal. Era la puerta que se utilizaba para las recepciones y que obligaba a todos a ascender penosamente la escalinata hasta los pies del trono, esculpido en un bloque de mármol negro, que se podía ver al fondo del salón, tras las enormes puertas abiertas de par en par.
Los reyes, lógicamente, no usaban aquella entrada tan incómoda. Disponían de otra, a pie llano, en la parte posterior, que es donde se encontraban también los cobertizos de las carrozas, el cuartel de la Guardia Real y las cuadras de los saltarenas.
A mediodía comieron en un rimbombante establecimiento del centro, muy famoso y muy caro, pero no quedaron tan satisfechos como la noche anterior.
Aún quedaba bastante tarde por delante y Marcel les aconsejó visitar el Museo Quatiano y les guió hasta un enorme y pétreo edificio con unas franjas a todo lo largo de la fachada que no descubrieron su objeto hasta que entraron. Unas pesadas puertas de granito grabadas con motivos vegetales y montadas sobre rodillos, daban acceso a un enorme salón. Estaba ocupado por una infinidad de pedestales sobre los que reposaban figuras de diversos tamaños, también había vitrinas con objetos más pequeños y estanterías en las paredes con muchos otros objetos. Al pronto no pudieron apreciar los detalles porque en el interior reinaba una especie de semipenumbra, rota por los intensos rayos de sol que penetraban por aquello que habían visto al exterior, aquellas franjas eran una especie de tragaluces ingeniosamente preparados para que iluminaran, realzando en la penumbra reinante, los objetos y las piezas expuestas.
Se acercaron al objeto más cercano y la luz le iluminaba de lleno. Se trataba de una figura de hombre, no pudieron saber por el color de qué reino se trataba porque estaba esculpido, salvo de rodilla para abajo,  en granito gris aunque con un cierto tono azulado. Una obra escultórica  perfectamente lisa que refulgía a la luz del sol que, como un rayo, penetraba y la iluminaba en su totalidad. Representaba a un hombre de largos cabellos, facciones nobles y mentón prominente, en posición de marcha, como si avanzara hacia la luz, aunque sus pies y partes de las piernas eran un bloque de granito en basto, sin pulir. Se quedaron un rato admirando la perfección de los más mínimos detalles, hasta los músculos y las venas de los brazos se marcaban perfectamente como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano para escapar de su prisión de piedra.
- Este es Todmiro El Fundador. Las antiguas leyendas dicen que fue creado en el origen de Quater y que todos descendemos de él, así mismo se dice que todo lo viviente también fue creado luego por él, aunque esta creencia tiene muchos detractores porque, ¿También creó la fauna y flora que compartimos con los otros reinos?. Cuentan que, tras un cataclismo muy remoto se crearon los acantilados sobre el Mar Profundo y que de un bloque de granito emergió un ser, mitad agua mitad piedra, al que la luz de Flamia Llena dio vida y acabó liberándose.
- ¿Flamia? ¿Qué es eso?
- preguntó Merto
- La Luna Mayor ¿cómo le llamáis vosotros?
- Para nosotros es la Primera Luna o Sattel y la más pequeña es la Segunda Luna o Munie.
- Pues aquí esa Primera Luna se llama Flamia y, como decía, con su luz dio vida a todo partiendo de la roca y el agua. Por eso la estatua de El Fundador es la primera que se encuentra nada más entrar en el museo. Un día os contaré la leyenda, pero ahora será mejor apresurarnos si queremos ver lo suficiente.

De modo que se pusieron a dar vueltas por la sala siguiendo los pasadizos que formaban las largas hileras de esculturas y vitrinas en las que se exponían trabajos de menor tamaño, incluso en miniatura. Pudieron admirar figuras antropomórficas, de animales, de plantas, objetos de decoración y utensilios diversos. Todo ello esculpido o modelado en los más variados materiales: Mármol, granito, cerámica, barro,… Se hubieran estado allí más horas contemplando tantas obras de arte, pero ya el sol estaba declinando, la luz que penetraba por los tragaluces se iba inclinando hacia el techo y ya no iluminaba la mayor parte de lo expuesto. De modo que se marcharon admirados de tanta belleza y tanta habilidad de los artistas que habían creado todo aquello. Ciertamente aquel había sido el tiempo mejor empleado en su visita a la Capital de Quater, que poco más de interés tenía. Habían visitado todo lo visitable y visto todo lo visible; de modo que, tras cenar muy a gusto otra vez donde la noche anterior, decidieron marchar hacia las tejerías y los hornos de cal y yeso del Norte.






EN QUATER parte 5

el próximo jueves

miércoles, 3 de mayo de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 13 (En Quater) parte 3

 Esta vez conocen unas nuevas instalaciones 
experimentales, pero se produce un grave 
accidente que acabará cambiando las 
cosas y las relaciones entre ellos
 




 EN QUATER 3
Bien temprano ya estaban desayunando y dispuestos para emprender la marcha hacia las Salinas.
La ruta estaba en buen estado, se notaba que era transitada, aunque no encontraron tanto movimiento como en la que unía la Capital con las Pesquerías. Parecía que por allí pasaban únicamente algunos carros con pescado para las Salinas, y sal para una o dos instalaciones conserveras que habían descubierto lo que era el pescado en salazón y últimamente producían una buena cantidad. La exportaban a los otros reinos a los que no les llegaba bien el pescado fresco, a no ser por medio de recaderos rápidos en saltarenas, aunque eso encarecía mucho el producto y sólo se lo podían permitir muy pocos.
Fan pensó que la salazón lo habrían aprendido gracias a los hurim, que solían relatar cómo les habían revivido con aquel guiso de pescado.
No tardaron mucho en llegar a un terreno yermo, despoblado totalmente de cualquier signo de vida vegetal, polvoriento y blanquinoso.
- Hasta aquí llegaba el límite del lago salado hace muchos años – dijo Marcel – Era enorme y ahora ha quedado reducido a estas tierras estériles por el exceso de salinidad, y a una charca, enorme pero charca, comparada con lo que este lago fue.
- Y acabarán desecándola totalmente – dijo Fan.
- Es posible; pero hace tiempo que vienen estudiando cómo subir agua del mar a fin de rellenar los embalses, y me han comentado que con éxito, un éxito relativo pero que siguen perfeccionando.
- Pues habrá que verlo – dijo Merto.
Y siguieron caminando por aquella ruta polvorienta hacia un horizonte lejano, bajo un sol que apretaba de firme y que veía su efecto reforzado por el albedo de aquellas blancas superficies. El finísimo polvo salino les irritaba los ojos y les hacía estornudar, pero Marcel les animó a seguir, porque ya no faltaba mucho. Comenzaban a ver, en la distancia, unas formaciones cónicas, de un blanco refulgente. A su paso se mostraban los primeros signos de humedad y la ligera brisa ya no levantaba nubecillas de aquel polvo impalpable irritante.
Llegaron muy cerca de una de aquellas montañas blancas; en donde, un equipo de trabajadores provistos de palas, iban cargando una carreta con la sal, que era de lo que estaba hecho aquel enorme montículo.
Al frente brillaban, por los rayos del sol en el cénit, las aguas de un gran embalse, así como de unas superficies cuadriculadas; a las que varias norias, movidas por alzemús, trasvasaban las aguas del embalse. Alguna de aquellas cuadrículas se veía seca, sin agua, pero con una capa blanca de sal en el fondo que otros equipos de trabajadores extraían, cargaban y apilaban formando otro de aquellos blancos conos.
Cerca de los acantilados que daban al Mar Profundo, se hallaban los alojamientos de los trabajadores y una especie de posada, como las que ya habían visto.
Aún no era hora de comer, pero se informaron y pudieron comprobar que el menú no difería mucho del de las otras posadas que habían visitado. De todos modos aquella se notaba algo diferente. La planta baja, o salón de comidas era, además del comedor colectivo de los trabajadores, un local de recreo en que pasaban sus horas libres jugando a unos juegos  con fichas que Fan y Merto desconocían y tomando un fuerte licor destilado de drufas y otro del árbol de azúcar. Intentaron probarlo pero aquello era demasiado fuerte y necesitaron sendas infusiones para calmar el ardor de bocas y estómagos.
En un rincón, despejado de mesas, se encontraba un grupo jugando a algo que les llamó la atención. Los contendientes, desde una línea roja pintada en el suelo, lanzaban unas piedrecillas contra un círculo dibujado en la pared y éstas rebotaban y caían al suelo. En el suelo estaban marcadas unas líneas paralelas y otras perpendiculares a la pared formando una cuadrícula. Los cuadros del suelo estaban pintados de varios colores. Cada jugador usaba piedrecillas de diferente color. Cuando todos habían tirado, se acercaban e iban retirando piedras, propias y ajenas, y hacían un recuento. Al apartarse, quedaban cuadros con piedras que nadie retiraba. Parecía que ganaba aquel que, tras repetir la tirada varias veces le quedaba alguna piedra.
Marcel les contó:
- Éste es el juego más popular de Quater, y también de los demás reinos. Habréis visto que las piedras y cuadros tienen los cuatro colores de la Tetrápolis: negro, rojo, amarillo y azul, pero también hay cuadros blancos, por Serah. Las piedras que caen en los cuadros blancos o que caen fuera de la cuadrícula son perdidas y no se recogen, de modo que cada vez hay menos en juego. Después de cada tirada, se retiran las piedras de los cuatro colores, pero sólo si hay piedra del propio color del cuadro, en caso contrario se dejan sin recoger, haya lo que haya, y cada cual recoge todo lo que caiga en un cuadro de su propio color; pero, como he dicho, siempre que contenga una propia. Si en su cuadro hay una sola piedra, el jugador podrá recogerla si es de su propio color, aunque podrá optar por dejarla en espera de que caiga alguna de un contrario, pero si no cae ya no podrá retirarla en las siguientes tiradas, y si en la tirada siguiente cae en uno de esos cuadros de color una propia habiendo ajenas o una ajena habiendo propia, entonces sí se puede recoger todo. Pierde el primero que se queda sin piedras que retirar y gana el último que recoge algo cuando los rivales ya no pueden hacerlo. Otro detalle es que si una o varias piedras, al ser lanzadas hacia el círculo, da fuera de él se penaliza con la retirada de una piedra. 

Merto se animó a jugar una partida, pero Fan le dijo:
- Es interesante y no me importaría pasar el tiempo hasta el mediodía jugando a esto, pero… ¿Qué hacemos? Nos queda aún un tiempo y no quisiera pasarlo jugando con piedrecitas. Nos tendremos que quedar a dormir esta noche aquí para poder ver algo mañana. ¿Qué opinas Marcel?
- Pues que ahora mismo puedo reservar una habitación y podríamos acercarnos a visitar esa instalación experimental que me han contado. Mañana veremos tranquilamente las salinas.
- Ya lo puedes hacer y, si no sabes donde está eso que dices, pregunta. Mañana podemos jugar un rato, Merto. Y me juego lo que quieras que te gano.
- ¿Lo que quiera? Me lo pensaré, pero no creas que te va a salir barato.

Marcel reservó una habitación para tres y se pusieron en camino. Siguieron el borde del acantilado, hacia el norte, y acabaron dando con una extraña instalación.
Siguiendo a su guía, habían llegado a un pequeño edificio en el que pensaron debían encontrarse los responsables de todo aquello. Marcel se adelantó, regresando al poco con un hombre de mediana edad, calvo y fornido, que les saludó y comenzó a decirles:
- Permitidme que me presente, extranjeros, soy Blader, responsable de esta instalación. Se trata de una planta piloto de bombeo y pesca. Hemos tenido muy buenos resultados, aunque a costa de muchos intentos y fracasos. Ahora podemos subir agua desde el mar profundo por medio de un cable de cangilones; pero también pescar, usando los aparejos de las Pesquerías. En nuestro caso no es preciso descender con las carretas aquella larga ruta en zigzag, ni hacer luego la larga y penosa ascensión con las carretas cargadas. Las cestas-redes suben directamente desde el mar hasta lo alto del acantilado.
- ¿Qué son esas ruedas enormes – preguntó Fan, señalando a unos grandes tambores de madera que  sobresalían de la pared, sobre el mar, en una plataforma firmemente anclada en el terreno y con contrapesos de bloques de granito en los extremos de las vigas que descansaban sobre el suelo.
- Esas son las bobinas que hacen subir y bajar a los cangilones y a las cestas-red que cuelgan a cada extremo del cable de descenso. La rueda de noria que se ve más lejos funciona ininterrumpidamente subiendo agua con dos parejas de alzemús, pero la de pesca debe permanecer un tiempo en el agua hasta atraer a los peces y basta con una pareja de alzemús. Cuando una cesta-red baja, la otra sube. Pero será mejor que lo veáis por vosotros mismos. Ya toca subir una cesta. A ver qué hemos capturado. Esperad aquí.
Marchó hacia el edificio y, al poco, salió con otros dos que debían ser sus ayudantes. Más lejos se veían las otras ruedas girar y cómo otros ayudantes esperaban con un tiro de arrastre junto a una de las grandes ruedas.
- Ahora veréis cómo funciona – les dijo – seguidme.
Y se encaminó a la bobina que estaba más cerca.
- Como podéis ver, esta bobina tiene un largo cable arrollado, mientras que la otra está vacía y veréis que el cable está extendido por el suelo y se pierde a lo lejos. Sí; lo único que necesitamos es espacio, distancia, tanta como profundo está el mar. Ambas bobinas mueven el eje y la rueda tractora que hay entre ellas y sobre la que cuelga el cable que baja y sube hasta lo más profundo. Esta bobina más próxima es la que hará subir la cesta-red que se encuentra ahora sumergida; mientras que la otra que estáis viendo allí, a la altura de la plataforma, comenzará a descender y se arrollará el cable en la otra bobina.

Engancharon la yunta de alzemús a la argolla del cable, que colgaba de la bobina, y comenzaron a tirar. Mientras aquel cable se desplegaba, el otro comenzó a arrollarse y la cesta-red que estaba arriba a descender. Paso a paso la yunta se fue alejando y pasó un buen rato hasta que casi no se les veía en la distancia. Cuando ya quedaba muy poco cable por desenrollarse y ya se aproximaba la argolla final del otro cable, apareció goteando sobre la plataforma la cesta red que acababan de subir. Se acercaron y vieron en su interior una buena cantidad de pescados variados. Alguno aún se agitaba, pero la mayoría, tras aquella larga ascensión ya no se movían. 
- Como podéis ver es mucho menos laborioso y más rápido que las antiguas Pesquerías y acabaremos reemplazándolas cuando se instalen suficientes plataformas. Afortunadamente aquí tenemos terreno llano en abundancia. 
- ¡Es impresionante! - dijo Merto – ésto sí que viene a resolver el problema de acarrear la pesca hasta arriba del todo.
Estuvieron curioseando por allí y, al rato, regresaron los ayudantes con los alzemús.
- Ahora podrían engancharlos al cable de la otra bobina y el movimiento de las cestas-red serían lo inverso de lo que habéis visto. Pero como hay que mantener sumergida un tiempo la que acabamos de bajar a fin de que entren los peces, lo que se hace ahora es descargar la que está arriba.
Los ayudantes acercaron una carreta, balancearon la cesta-red sobre una canal de madera que habían colocado bajo ella y que acababa en la caja de la carreta, y dejaron caer la carga. Retiraron la canal, apartaron la carreta y condujeron la pareja de alzemús junto a la otra bobina. Les pusieron pienso y marcharon con la carreta hacia el poblado de las Salinas. Era una carreta ligera y la llevaban a mano, tirando del varal.
- Como hay que esperar a que la cesta de abajo se cargue, da tiempo a descargar allá abajo la pesca de una hasta subir la otra. Pero cuando tengamos más plataformas el trasiego de pesca y cestas será continuo.
- ¿Podemos ver, mientras tanto, la noria del agua? - dijo Fan.
- Claro. Vamos allá
Y marcharon hacia la otra plataforma. Allí las bobinas estaban girando lenta, pero continuamente. El cable estaba provisto de unos cubos distanciados unos de otros unos dos largos, e iban subiendo. Al dar la vuelta en la rueda tractora se vaciaba su contenido y el agua venía a caer en una canal que la conducía por una tubería hacia las Salinas.
- No es mucho el caudal que permite una plataforma; porque el tamaño de los cubos llenos está limitado por el peso que puede izar una yunta, y el número y capacidad de los cubos está condicionado a ello y por la altura. Pero funcionado día y noche hemos conseguido llenar una de las balsas de evaporación  en dos días.
- Muy interesante – dijo Fan – ¿puedo verlo más de cerca?
- Claro, no hay problema.

Fan se acercó al borde de la plataforma. Quería ver cómo subían los cubos y cómo bajaban los otros. En lo alto del acantilado, en aquel voladizo sobre el abismo se notaban las ráfagas de viento más que en otro sitio. Corrientes de aire que ascendía arremolinadas a lo largo de la pared rocosa y que hacían bambolearse los cubos, especialmente los que descendían vacíos.
Estaba absorto, contemplando aquel espectáculo impresionante, cuando resbaló sobre los tablones chorreantes, perdió el equilibrio y, no teniendo nada a lo que asirse, se precipitó al vacío con un grito de pánico. Todos quedaron petrificados contemplando aquella escena.
La caída quedó frenada unos largos más abajo al toparse con uno de los cubos, al que se aferró con todas sus fuerzas.
- Menos mal – pensó – ahora me izarán hasta la plataforma.
Metió una mano en el cubo y comprobó que no se encontraba en los cubos ascendentes, sino en los descendentes.
Cuando los horrorizados espectadores pudieron reaccionar, se asomaron al vacío y le vieron debatíéndose, asido al cubo y bamboleándose a merced de los vientos que azotaban el acantilado.
- ¡Hazle subir! - gritó Merto a Blader
Pero éste tardó bastante en reaccionar; hasta que, finalmente, gritó.
- ¡Hay que parar las bobinas!
Pero los ayudantes que estaban tirando se hallaban ya muy lejos y los otros que esperaban con la yunta en la otra bobina no podían hacer nada, la argolla de enganche aún se encontraba muy lejos, el cable aún se encontraba allí tirado en el suelo, deslizandose poco a poco. Las bobinas habían acelerado la marcha y el descenso aún era más rápido. El peso de Fan había hecho de contrapeso y a la yunta que estaba tirando le era más fácil hacerlo y avanzaba más deprisa.
Y seguía descendiendo, cada vez más cerca del mar y más lejos de la plataforma. Las manos le dolían y el borde del cubo se le clavaba. Allí los vientos eran más violentos y rompían contra las rocas, mientras una columna ascendente hacía bambolearse sin cesar a su endeble asidero. Decidió asirse al cable, y lo logró. De haber sido el cubo algo mayor podría haberse metido dentro, pero sólo le daba para un pie. De modo que, a la pata coja, y agarrado a una gruesa cuerda basta y chorreante, que casi se le resbalaba de las manos, seguía su agitado descenso, confiando en que lograrían izarlo.
Mientras tanto, Merto, desesperado, se debatía en un mar de dudas.
- ¿Qué podría hacer? - pensaba – si tuviera la mochila podría sacar a las Joyas, pero… ¿de qué iban a servir? ¿qué podrían hacer ellas que no pudiera hacer yo mismo? Nada. Sólo cabe confiar en que cambien de cable y lo suban.
Los ayudantes, guiando a los alzemús, siguieron el cable para engancharlos y tirar en dirección contraria, Marcel les acompañaba. Llegaron hasta la argolla, que se deslizaba rápidamente por el suelo, lograron engancharla, y tiraron todo lo fuerte que pudieron. Pero al otro extremo, en el otro cable, la otra yunta también tiraba y sólo consiguieron detener el descenso. Había que pararla y desengancharla.
En ese preciso instante, el tirón y la parada de las bobinas produjeron un brusco movimiento en todo el cable y a Fan se le resbalaron las manos, quedando colgando, cabeza abajo, con el pie enganchado en el cubo y manoteando desesperado.
Marcel había salido corriendo en busca de los otros ayudantes a fin de hacerles parar el tiro y desenganchar. Fue una desesperada carrera y logró su objetivo. La otra yunta comenzó a tirar y los cubos que subían dejaron de verter agua. Estaban volviendo a subir los cubos vacíos. Marcel había corrido nuevamente y regresó sin aliento. Quería ver como Fan llegaba, sano y salvo hasta lo alto de la plataforma. Se unió a Merto y a Blader, que ya habían visto, con alivio, como se había invertido la marcha de las bobinas y cómo, con ello, debería estar izandose el cubo al que vieran aferrado a su amigo.
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Mientras tanto Fan ya se encontraba a punto de desfallecer, había conseguido alcanzar el cable pero estaba resbaladizo y difícilmente se aguantaría si se le acababa soltando el pie enganchado en el cubo. Se dio cuenta de que el cubo había comenzado a subir, pero le dolía el pie, los brazos y los dedos. Lo veía muy mal. Se veía cayendo al vacío, pero le animó el recordarse volando con Gontar camino de la cabaña. Sus días no se iban a acabar allí y eso le infundió nuevos ánimos y nuevas fuerzas. Pero el tiempo pasaba lento y la ascensión también. Ya se veía perdiendo su asidero y cayendo al vacío, cuando sintió que algo le aferraba por los hombros y, tirando de la ropa, le desenganchó del cubo y le alejó de los acantilados y las violentas corrientes de aire.
Luego tomó altura hasta superar las crestas rocosas, la plataforma y las Salinas, dejándolo en tierra algo más al norte de aquella instalación experimental. Cuando pudo reaccionar, desentumecer su pierna, sus brazos, sus manos, tuvo consciencia de que estaba a salvo, pudo ver que, frente a él, se encontraban Zafiro y Zaf, mirándolo con interés, si es que en la mirada de unas mariposas se puede descubrir alguna intención o sentimiento.
- Gracias, amigas – les dijo – me habéis salvado la vida y eso nunca lo podré olvidar.
Sabía perfectamente que ellas le entendían y creyó leer en su mirada una chispa de satisfacción por el deber cumplido, si es que en la mirada de unas mariposas se puede leer algo.
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Mientras esto sucedía, en la plataforma se encontraban reunidos: Merto, Marcel y Blader, esperando impacientes ver aparecer a Fan sano y salvo asido a uno de los cubos, por eso no se percataron de que algo les sobrevolaba. Cuando al cabo de un rato, suficiente para que ya se le viera de lejos, pudieron comprobar que no aparecía agarrado a cable ni cubo y éstos seguían ascendiendo.
- Habrá caído más abajo de lo que pensábamos o habrá resbalado a cubos inferiores – dijo Blader, esperanzado – esperemos un poco más.
Pero la aparición del primer cubo lleno de agua fue un mazazo para ellos y, especialmente para Merto, su compañero de aventuras, que no pudo evitar romper a llorar desconsolado.

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Fan pensó en lo que podría haber pasado de no ser por las mariposas y se le erizó el pelo sólo de pensarlo. Pero pensó también en cómo lo deberían estar pasando, especialmente Merto, aquellos que esperaban verlo llegar a la plataforma.
Decidido a evitarles todo lo posible el mal trago, envió a las mariposas a volar y mantenerse vigilantes en las alturas. Él se puso en marcha hacia la posada en donde esperaba hallar a sus compañeros de viaje.

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  Merto y Marcel decidieron regresar a la posada, allí ya no tenían nada que hacer y se despidieron de Blader. En ese momento estaban anonadados y no sabían qué hacer.
Cuando llegaron a la habitación y ver los objetos que habían dejado, el llanto volvió a hacer presa en Merto, el llanto, el abatimiento, la desesperación y un sentimiento de ruina total le hicieron derrumbarse pesadamente en su lecho y llorar sonora y lastimeramente.
Marcel estaba abrumado por todo lo sucedido y por el drama que estaba presenciando. No sabía qué hacer para consolar a Merto y se acurrucó en el suelo, en un rincón buscando, en posición fetal, algo de protección. A fin de cuentas no era más que un chiquillo, un chiquillo que había tenido que madurar y endurecerse a fuerza de golpes y penalidades, pero sólo un chiquillo.
Aún era de día, pero el dolor les dejó abatidos y acabaron quedándose dormidos entre sollozos. El sueño venía a ser un lenitivo de tanto dolor y descendió sobre ellos, como un suave aliento de paz para aquellos corazones atormentados.

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Fan acabó llegando a la posada. No sabía si estarían ya allí, se acercó a la habitación y abrió la puerta con sigilo. El silencio era absoluto y la luz que entraba abundante por la ventana le hizo descubrirlos: Marcel en un rincón, hecho un ovillo, en lugar de estar en su cama, y Merto estaba en la cama, pero acurrucado, también en posición fetal. Se acercó a él y comprobó que la almohada estaba mojada. Comprendió que había llorado mucho, y ahora tenía un dilema. Pensó:
- ¿Qué debo hacer? ¿Dejarles dormir y esperar a que despierten para hacerme ver? ¿Despertarlos y hacerme ver vivito y coleando?
Tanto en un caso como en otro había el riesgo de provocarles un violento impacto de consecuencias imprevisibles.
Pero tomó una decisión. Su impaciencia le impedía esperar; de modo que decidió, no sabía si acertadamente o no, hacer una entrada teatral.
- ¡Muy bonito! Yo por esos caminos y vosotros aquí durmiendo como noctíulos – dijo en voz alta.
Merto despertó bruscamente, se incorporó desorientado y confuso. Al pronto no sabía donde se encontraba y la presencia de Fan le pareció normal en su aturdimiento… hasta que comenzó a ser consciente de lo que había sucedido. Y la alegría de ver a su amigo se mezclaba con su temor irracional a lo desconocido, a lo incomprensible.
-¿Un fantasma?
La idea se removía en su mente como un torbellino, con la visión nítida de su amigo frente a él, una visión que le sonreía como él siempre acostumbraba a hacerlo, especialmente ante las crisis y momentos difíciles.
- Yo nunca he creído en fantasmas – dijo, lanzándose hacia a aquella visión, la abrazó y era sólida, era material.
 En ese momento rompió a llorar y reír a un tiempo, en un impulso nervioso de dolor contenido y alegría explosiva. Y aquella risa llorada se contagió a Fan y ambos lloraron juntos entre carcajadas e hipos.
Marcel, desde su rincón, había contemplado aquella escena, paralizado por el miedo. Él sí creía en fantasmas. En su mente infantil anidaban las historias de miedo con que le asustaban de pequeño; y aquellas historias, junto con la aparición que estaba presenciando, le mantenían inmóvil y con el corazón redoblando alocadamente.
Merto, con el brazo por el hombro de su amigo, se volvió hacia él y dijo, con voz entrecortada por el hipo.
-¡Es él! ¡Es él! ¡Ha vuelto! ¡Vive!
Marcel sentía que el pánico le abandonaba, el corazón se moderó y sus músculos, agarrotados, se relajaron, aunque seguía sin poder dar crédito a lo que estaba viendo.
- ¿No sabías que tengo alas? - dijo Fan a Merto
Éste le miró y comprendió. El que no comprendió nada fue Marcel y aumentó su desasosiego.
- ¿Dónde las has dejado?
- Allá arriba, ya sabes…

Marcel aún estaba más confuso. El terror estaba dando paso al asombro, pero también a la desconfianza.
- ¿Quienes son estos hurim tan extraños? - pensaba atropelladamente – Ya me parecía rara esa bolsa sin fondo, ciertas expresiones, y ahora esto. ¿Serán magos o brujos?
Merto, ya recuperado de todo el trauma anterior y la reciente conmoción, se fijó en él y vio en sus ojos algo distinto de asombro, alegría, sorpresa… distinguió una chispa de temor, mezclada con algo de recelo. Cogido por el hombro guió a Fan al rincón más distante y le dijo en voz baja:
- Vamos a tener que contarle algo
- No se me ocurre cómo explicar todo, qué inventar. ¿Qué le decimos?
- La verdad
- Pero…

Mientras tanto el recelo crecía y crecía en Marcel al verles cuchichear en secreto. Poco a poco se fue incorporando y, sigilosamente, se escurría hacia la puerta, en un intento de escabullirse, huir de allí y poner tierra por medio. Comenzaba a ser mayor el temor a aquellos extraños que tantos días le parecieron amistosos, protectores y bienhechores, mucho mayor que el temor a ser detenido y enviado a las charcas de barro o a las canteras.
 Los otros habían terminado su conversación y, al volverse, le vieron junto a la puerta, con la mano en el picaporte, a punto de abrir y salir corriendo.
- Espera – dijo Fan con voz segura y calma – tenemos algo que decirte. Si después nos quieres dejar, no te lo impediremos, pero escucha.
La voz de Fan le sonó como siempre, amigable y afectuosa. Algo se relajó en él y soltó el picaporte.
- Ven, vamos a sentarnos y hablemos – dijo Merto.
Cada cual tomó una silla y se sentó. Marcel se alejó de la puerta, tomó otra silla y se sentó frente a ellos. No tenía todas consigo y estaba con los músculos en tensión, dispuesto a saltar como un muelle y salir corriendo, pero también dispuesto a escuchar. 
- De momento no te vamos a contar quienes somos ni de donde venimos, no te lo ibas a creer, pero sí tenemos algunos secretos que no queremos que se sepan, y ha llegado el momento en que tú los conozcas – dijo Fan.
- ¿Como lo de esa bolsa misteriosa en la que hay lo que no parece haber? - dijo Marcel con un hilo de voz.
- Pues sí, y más cosas. Ya nos dimos cuenta de que no podía pasarte inadvertido el hecho de sacar todo lo que sacamos de esa bolsa, aparentemente vacía. Nos dimos cuenta de cómo mirabas con cara de asombro, aunque fuiste discreto y no comentaste nada, cosa que dice mucho en tu favor. Has de saber que se trata de magia, pero que no somos magos, aunque la bolsa sí, además de más cosas que nos va a ser difícil explicarte, y a ti entenderlas. Esta bolsa me la dio un mago de Hénder, no sé si habrás oido hablar de Góntar.
- Algo he oído. Creo que es consejero del Rey Melanio, pero ya no hace magia. Desde las Guerras Mágicas ya nadie la hace. ¿Vosotros sí?
- No. No hacemos magia, pero la magia nos acompaña. Esta bolsa se llama todocabenadapesa y puedes poner en ella lo que quieras, por grande o pesado que sea, que no se notará. Por eso llevamos provisiones, utensilios y agua en abundancia, entre otras cosas que te mostraremos cuando estés preparado para ello.
- Eso lo admito, pero ¿cómo te has escapado del abismo?
- En primer lugar, no acabé de caer. Tropecé y quedé enredado en uno de los cubos y, aunque estuve a punto de caer, me rescataron. Me habrás oído decir que tengo alas, pero esas alas no son mías. Unas alas ajenas me llevaron en volandas por encima del acantilado y me dejaron en un bosquecillo y a salvo.
- Pero... ¿Qué alas podrían con tu peso? Aquí las aves más grandes y fuertes son los bigres, capaces de llevarse un corderito, pero no a ti.
- Es algo que no te imaginas, que te va a sorprender y que podrás ver si nos alejamos de otras miradas indiscretas. Pero antes tendríamos que comer algo. Con todo el lío se nos pasó la hora de la comida y yo tengo hambre, no sé vosotros.
 
- Sí – dijeron al unísono Merto y Marcel, que ya se sentía algo aliviado de sus temores, porque sabía que los fantasmas no comen.


EN QUATER parte 4 

el próximo jueves