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miércoles, 10 de mayo de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 13 (En Quater) parte 4

 Marcel toma contacto con las Joyas 
y, tras visitar las salinas, 
acaban conociendo la 
Capital de Quater





 EN QUATER 4


Y bajaron al comedor. No era ya hora, pero les prepararon unos huevos cocidos con una salsa picante y unos cuencos de sopa que habían sobrado del mediodía.
En ese momento había un grupo que se encontraba jugando, en el rincón de costumbre, al juego de las piedras de colores, pero ninguno de los tres se quiso sumar al juego y, acabando de reponer fuerzas, se dirigieron hacia el norte, a aquel bosquecillo en que le habían dejado las mariposas.
- Ahora no te asustes – dijo Merto – te puedes asombrar, maravillar, alucinar,… lo que quieras, pero no debes temer nada. Lo que vas a ver es muy amigable.
Marcel ante aquella introducción comenzó a sentir algo de temor a lo desconocido, porque sólo lo desconocido es capaz de producir un miedo, generalmente irracional. Pero ese miedo cedió cuando, tras una seña que hizo Fan hacia el cielo, descendieron planeando majestuosamente dos enormes mariposas de bellos y vivos colores.
- Estas son Zafiro y Zaf. Ya te contaremos de dónde salen y, como verás, son tan grandes que nos pueden llevar en volandas. Eso es lo que hicieron conmigo y me trajeron hasta aquí desde los acantilados. ¿Quieres dar un paseíto por los aires?.
- No sé si atreverme… ¿Y si me mareo?
- Él no se marea, pero yo sí. Prueba y ya veremos si eres de los suyos o de los míos
-dijo Merto
Sacaron los dos arneses de la mochila. Fan se colocó uno, tendió el otro a Marcel y le ayudó a ponérselo.
- Ahora disfruta de las vistas y no temas, el arnés es bien seguro.
Cada una de las mariposas tomó los cables de un arnés y se elevaron rápidamente bien alto. Marcel sentía mariposas, pero no sólo en lo alto, sino en el estómago. Poco a poco fue venciendo aquella nueva sensación de vértigo y comenzó a disfrutar del vuelo.
Sobrevolaron las salinas, que se veían chiquititas allá abajo, y se aproximaron al borde del acantilado, frente a la plataforma, pero lejos y a buena altura. Pudieron distinguir las ruedas aunque aquella distancia no se podía apreciar su movimiento, pero sí a la yunta de alzemús alejándose poco a poco por aquella llanura de tierra apisonada.
Luego Fan dio una indicación a las mariposas y descendieron hacia el fondo del acantilado. Poco a poco pudieron ver acercarse las azules aguas del mar, así como los penachos de espuma de las olas y la rompiente, ya que el mar estaba agitado.
Acabaron regresando al bosquecillo, donde les esperaba Merto. Fan se quitó el arnés, pero Marcel se quedó inmóvil, como paralizado. Merto se le acercó.
- Te has mareado. Ya sabía yo que volar no está hecho para la gente. Ahora siéntate en el suelo y espera a que se te pase.
- No –
acabó balbuceando – mareado no, anonadado. Me he quedado impresionado y con ganas de más. ¿Por qué hemos regresado tan pronto? ¡Hay tantas cosas que ver y, desde arriba, es todo tan diferente…
Terminó de quitarse el arnés y se quedó con la mirada perdida allá en lo alto, como hipnotizado, contemplando a Zaf y Zafiro en sus evoluciones.
Tras recoger, doblar bien y guardar los arneses, se sentaron en el pasto, mientras el sol se iba poniendo más allá de las salinas y el bosque comenzaba a oscurecerse.
- Vamos a la posada, que ya va siendo hora, y se nos va a hacer de noche aquí – dijo Merto.
Sacaron de su ensimismamiento a Marcel y se pusieron en marcha.
Una vez en la posada tampoco tuvieron ganas de jugar a las piedras y cenaron pronto. Se retiraron al dormitorio y, sentados en las sillas, comenzó una larga velada en la que Fan le puso al corriente de sus aventuras. No dejó meter baza a Merto, porque no hubieran acabado en toda la noche, y expuso lo básico de sus andanzas muy esquemáticamente.
- ¿Y las otras Joyas? ¿Dónde están?
- Mejor será que las veas mañana. Ahora ya es muy tarde y deberíamos dormir algo.

No durmieron mucho. Se despertaron más pronto de lo que hubieran deseado, y no a causa de los gallos, que no había por allí, sino por la trepidante actividad que se desarrollaba en aquellas instalaciones: carretas para aquí y para allá, alzemús brufando estentóreamente y martillazos de obreros arreglando carretas o construyendo nuevos cobertizos.
Tras desayunar salieron a recorrer las Salinas y en eso se les fue toda la mañana. No vieron nada nuevo ni diferente a lo que ya vieran al paso cuando llegaron o Fan y Marcel desde las alturas. Allí no había nada que hacer y decidieron seguir hacia la Capital. No se hallaba tan cerca como para poder llegar aquella misma noche ni tan lejos como para necesitar más de un día.
- Si salimos después de comer tendremos que hacer noche en el camino, hay una posada a media jornada, el problema es que no tiene muchas camas, pero si nos llevaran volando… - Apuntó Marcel
Le respondió Fan:
- De volar nada. Ya te hemos dicho que no queremos llamar la atención a menos que sea inevitable. No queremos que sepan quienes somos. Queremos viajar de incógnito: sin recepciones oficiales, ni cortejos, ni agasajos. Has de prometer que guardarás nuestros secretos.
- Ya decía yo que sois muy raros… A cualquiera le entusiasmaría todo eso y ser famoso, pero... de acuerdo, nada de llamar la atención. Aunque… ¿podremos hacer otro vuelo algún día?
- Está bien eso de la fama y el reconocimiento, aunque con moderación, y nosotros ya hemos saboreado el éxito tanto que ya nos empacha. Y no te preocupes que volverás a volar, pero a su tiempo y procurando no ser vistos. Ahora volvamos a aquel bosquecillo y te mostraremos nuestras Joyas. Ya sabes lo que son y cómo son, de modo que no creo que te sorprendan mucho. Espero…

Y, pese a la descripción que le habían hecho y la advertencia de Fan, no salía de sus asombro: ovejas había visto, pero nunca un lobo, porque en los reinos no había, pero aún menos había visto una col como aquella, tanto por el tamaño como por el hecho de desplazarse usando sus raíces como usa sus mil patas un milpies.
Zafiro y Zaf descendieron de las alturas y, tras tanto tiempo de separación, tiempo que para Rubí, Esmeralda y Diamante no había sido nada, se encontraron reunidos los dos amigos y sus cinco Joyas, pero esta vez había un miembro más en el grupo.
Pasaron la tarde retozando por el bosque: Esmeralda explorando las profundidades de aquella tierra que encontró algo salada dada la proximidad de lo que fuera el lago, Rubí marchó de exploración y regresó con un roerroe de buen tamaño entre los dientes. Por allí no había otra especie que aquellas esquivas alimañas que se alimentaban de las raíces tiernas de los árboles. Mientras tanto, Diamante se estuvo un buen rato de cata, probando todas las especies vegetales que se criaban por allí intentando hallar una de su agrado, pero Fan le tuvo que preparar una infusión después de que probara unos tallos de amargaria.
La tarde trascurría plácida para Fan y Merto, como en otros tiempos con sus Joyas. Le aclararon algunas dudas a Marcel y repasaron los sucesos de los últimos días. Entonces se suscitó una duda.
- ¿No crees que tendríamos que acercarnos a ver a Blader para que vea que estás bien? - dijo Merto
- ¿Y descubrir nuestros secretos? Creo que ya hemos hecho de más haciéndolo con Marcel. ¿Cómo se lo explicarías?
- No sé cómo, pero es que quedó muy apenado por lo que pasó y debe sentirse muy mal. Deberíamos tranquilizarle.
- Es cierto, le afectó mucho, pero no nos conocía, ya se le habrá pasado porque la muerte accidental por aquí, especialmente en las canteras y el acantilado, es frecuente y si es de un extraño no deja mucha huella. Lo que no sé es si lo mantendrá en secreto o hará correr la historia del accidente
– dijo Marcel.
- Es posible que lo oculten. Para una estación experimental no debe ser muy buena propaganda el que se produzcan accidentes. Podría afectar a la buena marcha del proyecto – dijo Fan – Además creo que les hice un favor. A partir de “mi muerte” tomarán medidas de seguridad para evitar caídas y adoptarán otras para detener o cambiar el sentido del giro de las bobinas rápida y fácilmente. Ya veréis como ésto servirá para perfeccionar el proyecto y hacerlo más seguro.
- Es posible
– concluyó Merto – Y la verdad es que no se me ocurre nada para explicar tu salvamento sin comprometernos ni desvelar lo que no conviene desvelar.
Ya oscurecía cuando, reunidos todos, las mariposas emprendieron el vuelo y se perdieron en dirección a algún refugio nocturno. Merto hizo entrar en la mochila a los tres restantes y ellos tres se retiraron a la posada. Esa noche, tras la cena, se fueron a la cama bien temprano porque a la mañana siguiente partirían hacia la Capital. Durmieron profundamente, aunque a Marcel le costó conciliar el sueño, reviviendo las emociones vividas desde el día anterior. Fan también tardó un poco en dormirse recordando lo que había visto con el sicuor y pensando en cómo y cuando haría aquel viaje con Góntar. El único que se durmió enseguida fue Merto y se le oía roncar suavemente, como un ligero ronroneo, casi antes de apoyar la cabeza en la almohada.  

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La estructura viaria y de servicios de Quater parecía ser uniforme en todo el reino. Aquella ruta directa que unía las Salinas con la Capital, contaba con una posada a medio camino, con un comedor igual a las que ya conocían; salvo que, al ser sitio de paso y no de residencia, no contaba con espacio para juegos. La diferencia más significativa con las otras posadas fue el menú, aunque también era fijo y sin posibilidad de elección. Pero allí predominaba otro tipo de ingredientes como: las verduras de las huertas que rodeaban a la Capital así como los huevos y carnes de sus granjas y rebaños. De modo que tomaron un cuenco de una sopa de verduras finamente picadas y una multicolor tortilla de vegetales, cortada a tacos de un solo bocado, todo ello consumible fácilmente sin necesidad de cubiertos.
Tras comer tranquilamente en aquel lugar, no tan abarrotado como los que visitaron anteriormente, se pusieron en camino y llegaron a la Capital al caer la tarde, tras atravesar campos y campos de cultivo y algunas granjas.
Algo les llamó la atención. Aquello parecía igual que la Capital de Trifer pero, lo que allí era madera, aquí era piedra, hasta la calzada de acceso a la ciudad estaba adoquinada, aunque resultaba más ruidosa con las carretas que la calzada de madera de Trifer. Lo que allí sonaba como un zumbido suave de la calzada, aquí lo que sonaba eran las ruedas de las carretas sobre el empedrado.
El viaje había trascurrido sin incidencia alguna digna de resaltar, salvo que una relación de camaradería se había establecido entre los tres compañeros caminantes. Marcel ya era uno más del grupo, tanto como cualquiera de ellos o cualquiera de las Joyas.
Lo primero que hizo éste al llegar fue guiarlos a un barrio periférico, pero cuidado con esmero, de casitas de ladrillo en lugar de piedra como eran las mansiones del centro. Aquel barrio les recordó a su pueblo. Todas las casitas tenían por delante un pequeño jardín y en la parte trasera se veían parcelas con corrales y huertos; pero, a diferencia de Aste, también contaba con algunos comercios, casas de comida y también posadas, no muy numerosas pero suficientes para poder cenar y alojarse aquella noche. Al día siguiente ya decidirían qué hacer.
Como hizo en las Pesquerías, Marcel les condujo a una casa con un porche amplio y sombreado por un entretejido de drufas cultivadas que trepaban por las columnas de ladrillo así como por las paredes y formaban una verde cubierta a modo de tejado. Entre el verde de las hojas se destacaba el azul claro de los frutos que era el fruto preferido en el reino , especialmente por su color. En aquel porche había media docena de mesas, de las que dos se hallaban ocupadas con gente cenando y charlando animadamente.
No es que hiciera calor, el sol ya estaba casi en el ocaso y no hacía falta la sombra, pero el ambiente era agradable y fresco. Decidieron ocupar una mesa y Marcel entró en la casa, saliendo al poco rato.
- Ya está todo decidido. Espero que os guste lo que nos van a servir. Yo venía a aquí a menudo con mis “protectores” y conozco bien a los dueños y lo que saben cocinar. Creo haber acertado en lo que he escogido. ¿O preferís algo de pescado?
- ¡Oh, no! ¡De ninguna manera! ¡Ya hemos tenido bastante!

Sonaron dos voces entremezcladas y los tres acabaron con una triple carcajada, no habían podido contener la risa.
 Lo primero que les sirvieron fueron unos cuencos de una suave crema, esta vez con cubiertos, que tenía un intenso aroma a hongos y ese aroma se elevaba humeantes dibujando caprichosas volutas, sobre la crema flotaba algo parecido a burbujas de un delicado material crujiente y que, al romperse, dejaban escapar un aromático humo floral.
- Si lo demás mantiene la misma línea, tendré que admitir que no tienen que envidiar a los occidentales – dijo Fan.
A continuación les sirvieron unas verduras braseadas con el único aliño de unas ligeras escamas de sal azul cristalizada en capas de las Salinas que lo único que hacían era aportarles un toque de sorpresa crujiente y realzaban cada uno de los sabores naturales. Algo delicioso que, tanto Fan como Merto, disfrutaron y estuvieron a punto de pedir otro plato, pero Marcel les contuvo anunciándoles el siguiente plato.
Este consistía en unas tiernas chuletas de lechal a la brasa, con la misma sal que las verduras y un toque de hierbas que Fan quiso saber cuales eran, pero aquella mezcla era un secreto de la casa y se quedó sin saberlo. La carne se deshacía en la boca y lo que único que hacían la sal y las hierbas era resaltar el sabor de la carne y el aroma de la brasa de ramas de umbro, que le aportaba un toque resinoso muy suave, casi imperceptible, pero decisivo.
Lo que ya no les resultó tan especial, habiendo probado las frutas de Alandia y sus diversas elaboraciones, fue el postre, que consistía en una tarta cubierta de una especie de compota de algo parecido a la mermelada de aplos, aunque con un toque azul de drufas en almíbar que, además de color le daba un punto de acidez.
Aquella casa de comidas contaba también con unas pocas habitaciones y Marcel había reservado una; de modo que, tras tomar una infusión digestiva y unos cuantos vasitos de destilado de drufas, Fan y Merto pudieron irse a dormir, aunque un tanto tambaleantes y bajo la atenta mirada de Marcel que, no habiendo bebido nada, estaba al tanto por si alguno daba un traspié.
Durmieron como troncos, no se sabe si por el efecto de los vapores etílicos o por el cansancio de la jornada; pero los gallos, allí abundantes, puesto que casi cada casa tenía el suyo, les despertaron con su proclama matutina con la que anunciaban el nuevo día a voz en grito.
El desayuno consistió en el zumo de una fruta local, para ellos desconocida pero muy dulce y energética, un tazón de leche fresquísima y casi espesa, que Marcel luego les aclaró que era de alzemú, y unas galletas muy especiadas.
Se lanzaron a visitar la ciudad y al llegar al centro, como cabía esperar, estaba todo construido en piedra. Era el material de construcción noble y señorial y, salvo algunos barrios que usaban el ladrillo, cubría todo, hasta las calzadas. Los pocos carros que circulaban a aquella hora temprana hacían sonar su runrun runrun por aquellas calles. Las tiendas ya comenzaban a abrir sus puertas y pudieron ver: de comestibles, en los que exponían una panoplia colorida de frutas y verduras, las carnicerías, que exhibían pirámides de huevos, aves y cortes de ovino, muchas otras tiendas de objetos de vajilla, enseres y objetos decorativos, todo ello en cerámica, barro o mármol esculpido. También se veía alguna tienda de artículos de importación con productos procedentes de los otros reinos como: trabajos de forja, ebanistería, cueros, tejidos,… aunque les parecieron vacías de clientes cuando en las demás ya había una animada actividad. Cualquiera diría que los clientes de esos productos eran menos madrugadores o que los quartianos eran muy de lo suyo, como también lo eran los triferianos y sólo compraban productos locales.
Vista una calle del centro, vistas todas. Salvo detalles decorativos o de tamaño, todo era igual, cortado por el mismo patrón y con los mismos materiales.
 Lo que si fue digno de visitar fue el Palacio de Su Majestad Bluerico VI. Como los otros palacios reales que habían visto estaba defendido por gruesas murallas, en este caso ciclópeas. ¿Qué debían temer todos los gobernantes para tamañas precauciones?.
Pero, a diferencia de otros lugares, allí estaba permitido atravesarlas y visitar los jardines y los exteriores de Palacio.
Los jardines eran sencillos, coloridos y muy bien cuidados. No tenían el tamaño ni la suntuosidad de los de Alandia, pero eran dignos de ser paseados.
En cuanto al Palacio en sí, tenía recubierta toda la fachada de mármol rosa, contaba con unas dos docenas de columnas esculpidas con motivos foliares y en el mismo material de la fachada. Era espectacular.
- Demasiado rosa – comentó despectivamente Merto.
Las columnas ascendían flanqueando una alta escalinata, también en mármol, aunque no rosa sino blanco, hasta la puerta frontal principal. Era la puerta que se utilizaba para las recepciones y que obligaba a todos a ascender penosamente la escalinata hasta los pies del trono, esculpido en un bloque de mármol negro, que se podía ver al fondo del salón, tras las enormes puertas abiertas de par en par.
Los reyes, lógicamente, no usaban aquella entrada tan incómoda. Disponían de otra, a pie llano, en la parte posterior, que es donde se encontraban también los cobertizos de las carrozas, el cuartel de la Guardia Real y las cuadras de los saltarenas.
A mediodía comieron en un rimbombante establecimiento del centro, muy famoso y muy caro, pero no quedaron tan satisfechos como la noche anterior.
Aún quedaba bastante tarde por delante y Marcel les aconsejó visitar el Museo Quatiano y les guió hasta un enorme y pétreo edificio con unas franjas a todo lo largo de la fachada que no descubrieron su objeto hasta que entraron. Unas pesadas puertas de granito grabadas con motivos vegetales y montadas sobre rodillos, daban acceso a un enorme salón. Estaba ocupado por una infinidad de pedestales sobre los que reposaban figuras de diversos tamaños, también había vitrinas con objetos más pequeños y estanterías en las paredes con muchos otros objetos. Al pronto no pudieron apreciar los detalles porque en el interior reinaba una especie de semipenumbra, rota por los intensos rayos de sol que penetraban por aquello que habían visto al exterior, aquellas franjas eran una especie de tragaluces ingeniosamente preparados para que iluminaran, realzando en la penumbra reinante, los objetos y las piezas expuestas.
Se acercaron al objeto más cercano y la luz le iluminaba de lleno. Se trataba de una figura de hombre, no pudieron saber por el color de qué reino se trataba porque estaba esculpido, salvo de rodilla para abajo,  en granito gris aunque con un cierto tono azulado. Una obra escultórica  perfectamente lisa que refulgía a la luz del sol que, como un rayo, penetraba y la iluminaba en su totalidad. Representaba a un hombre de largos cabellos, facciones nobles y mentón prominente, en posición de marcha, como si avanzara hacia la luz, aunque sus pies y partes de las piernas eran un bloque de granito en basto, sin pulir. Se quedaron un rato admirando la perfección de los más mínimos detalles, hasta los músculos y las venas de los brazos se marcaban perfectamente como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano para escapar de su prisión de piedra.
- Este es Todmiro El Fundador. Las antiguas leyendas dicen que fue creado en el origen de Quater y que todos descendemos de él, así mismo se dice que todo lo viviente también fue creado luego por él, aunque esta creencia tiene muchos detractores porque, ¿También creó la fauna y flora que compartimos con los otros reinos?. Cuentan que, tras un cataclismo muy remoto se crearon los acantilados sobre el Mar Profundo y que de un bloque de granito emergió un ser, mitad agua mitad piedra, al que la luz de Flamia Llena dio vida y acabó liberándose.
- ¿Flamia? ¿Qué es eso?
- preguntó Merto
- La Luna Mayor ¿cómo le llamáis vosotros?
- Para nosotros es la Primera Luna o Sattel y la más pequeña es la Segunda Luna o Munie.
- Pues aquí esa Primera Luna se llama Flamia y, como decía, con su luz dio vida a todo partiendo de la roca y el agua. Por eso la estatua de El Fundador es la primera que se encuentra nada más entrar en el museo. Un día os contaré la leyenda, pero ahora será mejor apresurarnos si queremos ver lo suficiente.

De modo que se pusieron a dar vueltas por la sala siguiendo los pasadizos que formaban las largas hileras de esculturas y vitrinas en las que se exponían trabajos de menor tamaño, incluso en miniatura. Pudieron admirar figuras antropomórficas, de animales, de plantas, objetos de decoración y utensilios diversos. Todo ello esculpido o modelado en los más variados materiales: Mármol, granito, cerámica, barro,… Se hubieran estado allí más horas contemplando tantas obras de arte, pero ya el sol estaba declinando, la luz que penetraba por los tragaluces se iba inclinando hacia el techo y ya no iluminaba la mayor parte de lo expuesto. De modo que se marcharon admirados de tanta belleza y tanta habilidad de los artistas que habían creado todo aquello. Ciertamente aquel había sido el tiempo mejor empleado en su visita a la Capital de Quater, que poco más de interés tenía. Habían visitado todo lo visitable y visto todo lo visible; de modo que, tras cenar muy a gusto otra vez donde la noche anterior, decidieron marchar hacia las tejerías y los hornos de cal y yeso del Norte.






EN QUATER parte 5

el próximo jueves

miércoles, 3 de mayo de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 13 (En Quater) parte 3

 Esta vez conocen unas nuevas instalaciones 
experimentales, pero se produce un grave 
accidente que acabará cambiando las 
cosas y las relaciones entre ellos
 




 EN QUATER 3
Bien temprano ya estaban desayunando y dispuestos para emprender la marcha hacia las Salinas.
La ruta estaba en buen estado, se notaba que era transitada, aunque no encontraron tanto movimiento como en la que unía la Capital con las Pesquerías. Parecía que por allí pasaban únicamente algunos carros con pescado para las Salinas, y sal para una o dos instalaciones conserveras que habían descubierto lo que era el pescado en salazón y últimamente producían una buena cantidad. La exportaban a los otros reinos a los que no les llegaba bien el pescado fresco, a no ser por medio de recaderos rápidos en saltarenas, aunque eso encarecía mucho el producto y sólo se lo podían permitir muy pocos.
Fan pensó que la salazón lo habrían aprendido gracias a los hurim, que solían relatar cómo les habían revivido con aquel guiso de pescado.
No tardaron mucho en llegar a un terreno yermo, despoblado totalmente de cualquier signo de vida vegetal, polvoriento y blanquinoso.
- Hasta aquí llegaba el límite del lago salado hace muchos años – dijo Marcel – Era enorme y ahora ha quedado reducido a estas tierras estériles por el exceso de salinidad, y a una charca, enorme pero charca, comparada con lo que este lago fue.
- Y acabarán desecándola totalmente – dijo Fan.
- Es posible; pero hace tiempo que vienen estudiando cómo subir agua del mar a fin de rellenar los embalses, y me han comentado que con éxito, un éxito relativo pero que siguen perfeccionando.
- Pues habrá que verlo – dijo Merto.
Y siguieron caminando por aquella ruta polvorienta hacia un horizonte lejano, bajo un sol que apretaba de firme y que veía su efecto reforzado por el albedo de aquellas blancas superficies. El finísimo polvo salino les irritaba los ojos y les hacía estornudar, pero Marcel les animó a seguir, porque ya no faltaba mucho. Comenzaban a ver, en la distancia, unas formaciones cónicas, de un blanco refulgente. A su paso se mostraban los primeros signos de humedad y la ligera brisa ya no levantaba nubecillas de aquel polvo impalpable irritante.
Llegaron muy cerca de una de aquellas montañas blancas; en donde, un equipo de trabajadores provistos de palas, iban cargando una carreta con la sal, que era de lo que estaba hecho aquel enorme montículo.
Al frente brillaban, por los rayos del sol en el cénit, las aguas de un gran embalse, así como de unas superficies cuadriculadas; a las que varias norias, movidas por alzemús, trasvasaban las aguas del embalse. Alguna de aquellas cuadrículas se veía seca, sin agua, pero con una capa blanca de sal en el fondo que otros equipos de trabajadores extraían, cargaban y apilaban formando otro de aquellos blancos conos.
Cerca de los acantilados que daban al Mar Profundo, se hallaban los alojamientos de los trabajadores y una especie de posada, como las que ya habían visto.
Aún no era hora de comer, pero se informaron y pudieron comprobar que el menú no difería mucho del de las otras posadas que habían visitado. De todos modos aquella se notaba algo diferente. La planta baja, o salón de comidas era, además del comedor colectivo de los trabajadores, un local de recreo en que pasaban sus horas libres jugando a unos juegos  con fichas que Fan y Merto desconocían y tomando un fuerte licor destilado de drufas y otro del árbol de azúcar. Intentaron probarlo pero aquello era demasiado fuerte y necesitaron sendas infusiones para calmar el ardor de bocas y estómagos.
En un rincón, despejado de mesas, se encontraba un grupo jugando a algo que les llamó la atención. Los contendientes, desde una línea roja pintada en el suelo, lanzaban unas piedrecillas contra un círculo dibujado en la pared y éstas rebotaban y caían al suelo. En el suelo estaban marcadas unas líneas paralelas y otras perpendiculares a la pared formando una cuadrícula. Los cuadros del suelo estaban pintados de varios colores. Cada jugador usaba piedrecillas de diferente color. Cuando todos habían tirado, se acercaban e iban retirando piedras, propias y ajenas, y hacían un recuento. Al apartarse, quedaban cuadros con piedras que nadie retiraba. Parecía que ganaba aquel que, tras repetir la tirada varias veces le quedaba alguna piedra.
Marcel les contó:
- Éste es el juego más popular de Quater, y también de los demás reinos. Habréis visto que las piedras y cuadros tienen los cuatro colores de la Tetrápolis: negro, rojo, amarillo y azul, pero también hay cuadros blancos, por Serah. Las piedras que caen en los cuadros blancos o que caen fuera de la cuadrícula son perdidas y no se recogen, de modo que cada vez hay menos en juego. Después de cada tirada, se retiran las piedras de los cuatro colores, pero sólo si hay piedra del propio color del cuadro, en caso contrario se dejan sin recoger, haya lo que haya, y cada cual recoge todo lo que caiga en un cuadro de su propio color; pero, como he dicho, siempre que contenga una propia. Si en su cuadro hay una sola piedra, el jugador podrá recogerla si es de su propio color, aunque podrá optar por dejarla en espera de que caiga alguna de un contrario, pero si no cae ya no podrá retirarla en las siguientes tiradas, y si en la tirada siguiente cae en uno de esos cuadros de color una propia habiendo ajenas o una ajena habiendo propia, entonces sí se puede recoger todo. Pierde el primero que se queda sin piedras que retirar y gana el último que recoge algo cuando los rivales ya no pueden hacerlo. Otro detalle es que si una o varias piedras, al ser lanzadas hacia el círculo, da fuera de él se penaliza con la retirada de una piedra. 

Merto se animó a jugar una partida, pero Fan le dijo:
- Es interesante y no me importaría pasar el tiempo hasta el mediodía jugando a esto, pero… ¿Qué hacemos? Nos queda aún un tiempo y no quisiera pasarlo jugando con piedrecitas. Nos tendremos que quedar a dormir esta noche aquí para poder ver algo mañana. ¿Qué opinas Marcel?
- Pues que ahora mismo puedo reservar una habitación y podríamos acercarnos a visitar esa instalación experimental que me han contado. Mañana veremos tranquilamente las salinas.
- Ya lo puedes hacer y, si no sabes donde está eso que dices, pregunta. Mañana podemos jugar un rato, Merto. Y me juego lo que quieras que te gano.
- ¿Lo que quiera? Me lo pensaré, pero no creas que te va a salir barato.

Marcel reservó una habitación para tres y se pusieron en camino. Siguieron el borde del acantilado, hacia el norte, y acabaron dando con una extraña instalación.
Siguiendo a su guía, habían llegado a un pequeño edificio en el que pensaron debían encontrarse los responsables de todo aquello. Marcel se adelantó, regresando al poco con un hombre de mediana edad, calvo y fornido, que les saludó y comenzó a decirles:
- Permitidme que me presente, extranjeros, soy Blader, responsable de esta instalación. Se trata de una planta piloto de bombeo y pesca. Hemos tenido muy buenos resultados, aunque a costa de muchos intentos y fracasos. Ahora podemos subir agua desde el mar profundo por medio de un cable de cangilones; pero también pescar, usando los aparejos de las Pesquerías. En nuestro caso no es preciso descender con las carretas aquella larga ruta en zigzag, ni hacer luego la larga y penosa ascensión con las carretas cargadas. Las cestas-redes suben directamente desde el mar hasta lo alto del acantilado.
- ¿Qué son esas ruedas enormes – preguntó Fan, señalando a unos grandes tambores de madera que  sobresalían de la pared, sobre el mar, en una plataforma firmemente anclada en el terreno y con contrapesos de bloques de granito en los extremos de las vigas que descansaban sobre el suelo.
- Esas son las bobinas que hacen subir y bajar a los cangilones y a las cestas-red que cuelgan a cada extremo del cable de descenso. La rueda de noria que se ve más lejos funciona ininterrumpidamente subiendo agua con dos parejas de alzemús, pero la de pesca debe permanecer un tiempo en el agua hasta atraer a los peces y basta con una pareja de alzemús. Cuando una cesta-red baja, la otra sube. Pero será mejor que lo veáis por vosotros mismos. Ya toca subir una cesta. A ver qué hemos capturado. Esperad aquí.
Marchó hacia el edificio y, al poco, salió con otros dos que debían ser sus ayudantes. Más lejos se veían las otras ruedas girar y cómo otros ayudantes esperaban con un tiro de arrastre junto a una de las grandes ruedas.
- Ahora veréis cómo funciona – les dijo – seguidme.
Y se encaminó a la bobina que estaba más cerca.
- Como podéis ver, esta bobina tiene un largo cable arrollado, mientras que la otra está vacía y veréis que el cable está extendido por el suelo y se pierde a lo lejos. Sí; lo único que necesitamos es espacio, distancia, tanta como profundo está el mar. Ambas bobinas mueven el eje y la rueda tractora que hay entre ellas y sobre la que cuelga el cable que baja y sube hasta lo más profundo. Esta bobina más próxima es la que hará subir la cesta-red que se encuentra ahora sumergida; mientras que la otra que estáis viendo allí, a la altura de la plataforma, comenzará a descender y se arrollará el cable en la otra bobina.

Engancharon la yunta de alzemús a la argolla del cable, que colgaba de la bobina, y comenzaron a tirar. Mientras aquel cable se desplegaba, el otro comenzó a arrollarse y la cesta-red que estaba arriba a descender. Paso a paso la yunta se fue alejando y pasó un buen rato hasta que casi no se les veía en la distancia. Cuando ya quedaba muy poco cable por desenrollarse y ya se aproximaba la argolla final del otro cable, apareció goteando sobre la plataforma la cesta red que acababan de subir. Se acercaron y vieron en su interior una buena cantidad de pescados variados. Alguno aún se agitaba, pero la mayoría, tras aquella larga ascensión ya no se movían. 
- Como podéis ver es mucho menos laborioso y más rápido que las antiguas Pesquerías y acabaremos reemplazándolas cuando se instalen suficientes plataformas. Afortunadamente aquí tenemos terreno llano en abundancia. 
- ¡Es impresionante! - dijo Merto – ésto sí que viene a resolver el problema de acarrear la pesca hasta arriba del todo.
Estuvieron curioseando por allí y, al rato, regresaron los ayudantes con los alzemús.
- Ahora podrían engancharlos al cable de la otra bobina y el movimiento de las cestas-red serían lo inverso de lo que habéis visto. Pero como hay que mantener sumergida un tiempo la que acabamos de bajar a fin de que entren los peces, lo que se hace ahora es descargar la que está arriba.
Los ayudantes acercaron una carreta, balancearon la cesta-red sobre una canal de madera que habían colocado bajo ella y que acababa en la caja de la carreta, y dejaron caer la carga. Retiraron la canal, apartaron la carreta y condujeron la pareja de alzemús junto a la otra bobina. Les pusieron pienso y marcharon con la carreta hacia el poblado de las Salinas. Era una carreta ligera y la llevaban a mano, tirando del varal.
- Como hay que esperar a que la cesta de abajo se cargue, da tiempo a descargar allá abajo la pesca de una hasta subir la otra. Pero cuando tengamos más plataformas el trasiego de pesca y cestas será continuo.
- ¿Podemos ver, mientras tanto, la noria del agua? - dijo Fan.
- Claro. Vamos allá
Y marcharon hacia la otra plataforma. Allí las bobinas estaban girando lenta, pero continuamente. El cable estaba provisto de unos cubos distanciados unos de otros unos dos largos, e iban subiendo. Al dar la vuelta en la rueda tractora se vaciaba su contenido y el agua venía a caer en una canal que la conducía por una tubería hacia las Salinas.
- No es mucho el caudal que permite una plataforma; porque el tamaño de los cubos llenos está limitado por el peso que puede izar una yunta, y el número y capacidad de los cubos está condicionado a ello y por la altura. Pero funcionado día y noche hemos conseguido llenar una de las balsas de evaporación  en dos días.
- Muy interesante – dijo Fan – ¿puedo verlo más de cerca?
- Claro, no hay problema.

Fan se acercó al borde de la plataforma. Quería ver cómo subían los cubos y cómo bajaban los otros. En lo alto del acantilado, en aquel voladizo sobre el abismo se notaban las ráfagas de viento más que en otro sitio. Corrientes de aire que ascendía arremolinadas a lo largo de la pared rocosa y que hacían bambolearse los cubos, especialmente los que descendían vacíos.
Estaba absorto, contemplando aquel espectáculo impresionante, cuando resbaló sobre los tablones chorreantes, perdió el equilibrio y, no teniendo nada a lo que asirse, se precipitó al vacío con un grito de pánico. Todos quedaron petrificados contemplando aquella escena.
La caída quedó frenada unos largos más abajo al toparse con uno de los cubos, al que se aferró con todas sus fuerzas.
- Menos mal – pensó – ahora me izarán hasta la plataforma.
Metió una mano en el cubo y comprobó que no se encontraba en los cubos ascendentes, sino en los descendentes.
Cuando los horrorizados espectadores pudieron reaccionar, se asomaron al vacío y le vieron debatíéndose, asido al cubo y bamboleándose a merced de los vientos que azotaban el acantilado.
- ¡Hazle subir! - gritó Merto a Blader
Pero éste tardó bastante en reaccionar; hasta que, finalmente, gritó.
- ¡Hay que parar las bobinas!
Pero los ayudantes que estaban tirando se hallaban ya muy lejos y los otros que esperaban con la yunta en la otra bobina no podían hacer nada, la argolla de enganche aún se encontraba muy lejos, el cable aún se encontraba allí tirado en el suelo, deslizandose poco a poco. Las bobinas habían acelerado la marcha y el descenso aún era más rápido. El peso de Fan había hecho de contrapeso y a la yunta que estaba tirando le era más fácil hacerlo y avanzaba más deprisa.
Y seguía descendiendo, cada vez más cerca del mar y más lejos de la plataforma. Las manos le dolían y el borde del cubo se le clavaba. Allí los vientos eran más violentos y rompían contra las rocas, mientras una columna ascendente hacía bambolearse sin cesar a su endeble asidero. Decidió asirse al cable, y lo logró. De haber sido el cubo algo mayor podría haberse metido dentro, pero sólo le daba para un pie. De modo que, a la pata coja, y agarrado a una gruesa cuerda basta y chorreante, que casi se le resbalaba de las manos, seguía su agitado descenso, confiando en que lograrían izarlo.
Mientras tanto, Merto, desesperado, se debatía en un mar de dudas.
- ¿Qué podría hacer? - pensaba – si tuviera la mochila podría sacar a las Joyas, pero… ¿de qué iban a servir? ¿qué podrían hacer ellas que no pudiera hacer yo mismo? Nada. Sólo cabe confiar en que cambien de cable y lo suban.
Los ayudantes, guiando a los alzemús, siguieron el cable para engancharlos y tirar en dirección contraria, Marcel les acompañaba. Llegaron hasta la argolla, que se deslizaba rápidamente por el suelo, lograron engancharla, y tiraron todo lo fuerte que pudieron. Pero al otro extremo, en el otro cable, la otra yunta también tiraba y sólo consiguieron detener el descenso. Había que pararla y desengancharla.
En ese preciso instante, el tirón y la parada de las bobinas produjeron un brusco movimiento en todo el cable y a Fan se le resbalaron las manos, quedando colgando, cabeza abajo, con el pie enganchado en el cubo y manoteando desesperado.
Marcel había salido corriendo en busca de los otros ayudantes a fin de hacerles parar el tiro y desenganchar. Fue una desesperada carrera y logró su objetivo. La otra yunta comenzó a tirar y los cubos que subían dejaron de verter agua. Estaban volviendo a subir los cubos vacíos. Marcel había corrido nuevamente y regresó sin aliento. Quería ver como Fan llegaba, sano y salvo hasta lo alto de la plataforma. Se unió a Merto y a Blader, que ya habían visto, con alivio, como se había invertido la marcha de las bobinas y cómo, con ello, debería estar izandose el cubo al que vieran aferrado a su amigo.
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Mientras tanto Fan ya se encontraba a punto de desfallecer, había conseguido alcanzar el cable pero estaba resbaladizo y difícilmente se aguantaría si se le acababa soltando el pie enganchado en el cubo. Se dio cuenta de que el cubo había comenzado a subir, pero le dolía el pie, los brazos y los dedos. Lo veía muy mal. Se veía cayendo al vacío, pero le animó el recordarse volando con Gontar camino de la cabaña. Sus días no se iban a acabar allí y eso le infundió nuevos ánimos y nuevas fuerzas. Pero el tiempo pasaba lento y la ascensión también. Ya se veía perdiendo su asidero y cayendo al vacío, cuando sintió que algo le aferraba por los hombros y, tirando de la ropa, le desenganchó del cubo y le alejó de los acantilados y las violentas corrientes de aire.
Luego tomó altura hasta superar las crestas rocosas, la plataforma y las Salinas, dejándolo en tierra algo más al norte de aquella instalación experimental. Cuando pudo reaccionar, desentumecer su pierna, sus brazos, sus manos, tuvo consciencia de que estaba a salvo, pudo ver que, frente a él, se encontraban Zafiro y Zaf, mirándolo con interés, si es que en la mirada de unas mariposas se puede descubrir alguna intención o sentimiento.
- Gracias, amigas – les dijo – me habéis salvado la vida y eso nunca lo podré olvidar.
Sabía perfectamente que ellas le entendían y creyó leer en su mirada una chispa de satisfacción por el deber cumplido, si es que en la mirada de unas mariposas se puede leer algo.
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Mientras esto sucedía, en la plataforma se encontraban reunidos: Merto, Marcel y Blader, esperando impacientes ver aparecer a Fan sano y salvo asido a uno de los cubos, por eso no se percataron de que algo les sobrevolaba. Cuando al cabo de un rato, suficiente para que ya se le viera de lejos, pudieron comprobar que no aparecía agarrado a cable ni cubo y éstos seguían ascendiendo.
- Habrá caído más abajo de lo que pensábamos o habrá resbalado a cubos inferiores – dijo Blader, esperanzado – esperemos un poco más.
Pero la aparición del primer cubo lleno de agua fue un mazazo para ellos y, especialmente para Merto, su compañero de aventuras, que no pudo evitar romper a llorar desconsolado.

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Fan pensó en lo que podría haber pasado de no ser por las mariposas y se le erizó el pelo sólo de pensarlo. Pero pensó también en cómo lo deberían estar pasando, especialmente Merto, aquellos que esperaban verlo llegar a la plataforma.
Decidido a evitarles todo lo posible el mal trago, envió a las mariposas a volar y mantenerse vigilantes en las alturas. Él se puso en marcha hacia la posada en donde esperaba hallar a sus compañeros de viaje.

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  Merto y Marcel decidieron regresar a la posada, allí ya no tenían nada que hacer y se despidieron de Blader. En ese momento estaban anonadados y no sabían qué hacer.
Cuando llegaron a la habitación y ver los objetos que habían dejado, el llanto volvió a hacer presa en Merto, el llanto, el abatimiento, la desesperación y un sentimiento de ruina total le hicieron derrumbarse pesadamente en su lecho y llorar sonora y lastimeramente.
Marcel estaba abrumado por todo lo sucedido y por el drama que estaba presenciando. No sabía qué hacer para consolar a Merto y se acurrucó en el suelo, en un rincón buscando, en posición fetal, algo de protección. A fin de cuentas no era más que un chiquillo, un chiquillo que había tenido que madurar y endurecerse a fuerza de golpes y penalidades, pero sólo un chiquillo.
Aún era de día, pero el dolor les dejó abatidos y acabaron quedándose dormidos entre sollozos. El sueño venía a ser un lenitivo de tanto dolor y descendió sobre ellos, como un suave aliento de paz para aquellos corazones atormentados.

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Fan acabó llegando a la posada. No sabía si estarían ya allí, se acercó a la habitación y abrió la puerta con sigilo. El silencio era absoluto y la luz que entraba abundante por la ventana le hizo descubrirlos: Marcel en un rincón, hecho un ovillo, en lugar de estar en su cama, y Merto estaba en la cama, pero acurrucado, también en posición fetal. Se acercó a él y comprobó que la almohada estaba mojada. Comprendió que había llorado mucho, y ahora tenía un dilema. Pensó:
- ¿Qué debo hacer? ¿Dejarles dormir y esperar a que despierten para hacerme ver? ¿Despertarlos y hacerme ver vivito y coleando?
Tanto en un caso como en otro había el riesgo de provocarles un violento impacto de consecuencias imprevisibles.
Pero tomó una decisión. Su impaciencia le impedía esperar; de modo que decidió, no sabía si acertadamente o no, hacer una entrada teatral.
- ¡Muy bonito! Yo por esos caminos y vosotros aquí durmiendo como noctíulos – dijo en voz alta.
Merto despertó bruscamente, se incorporó desorientado y confuso. Al pronto no sabía donde se encontraba y la presencia de Fan le pareció normal en su aturdimiento… hasta que comenzó a ser consciente de lo que había sucedido. Y la alegría de ver a su amigo se mezclaba con su temor irracional a lo desconocido, a lo incomprensible.
-¿Un fantasma?
La idea se removía en su mente como un torbellino, con la visión nítida de su amigo frente a él, una visión que le sonreía como él siempre acostumbraba a hacerlo, especialmente ante las crisis y momentos difíciles.
- Yo nunca he creído en fantasmas – dijo, lanzándose hacia a aquella visión, la abrazó y era sólida, era material.
 En ese momento rompió a llorar y reír a un tiempo, en un impulso nervioso de dolor contenido y alegría explosiva. Y aquella risa llorada se contagió a Fan y ambos lloraron juntos entre carcajadas e hipos.
Marcel, desde su rincón, había contemplado aquella escena, paralizado por el miedo. Él sí creía en fantasmas. En su mente infantil anidaban las historias de miedo con que le asustaban de pequeño; y aquellas historias, junto con la aparición que estaba presenciando, le mantenían inmóvil y con el corazón redoblando alocadamente.
Merto, con el brazo por el hombro de su amigo, se volvió hacia él y dijo, con voz entrecortada por el hipo.
-¡Es él! ¡Es él! ¡Ha vuelto! ¡Vive!
Marcel sentía que el pánico le abandonaba, el corazón se moderó y sus músculos, agarrotados, se relajaron, aunque seguía sin poder dar crédito a lo que estaba viendo.
- ¿No sabías que tengo alas? - dijo Fan a Merto
Éste le miró y comprendió. El que no comprendió nada fue Marcel y aumentó su desasosiego.
- ¿Dónde las has dejado?
- Allá arriba, ya sabes…

Marcel aún estaba más confuso. El terror estaba dando paso al asombro, pero también a la desconfianza.
- ¿Quienes son estos hurim tan extraños? - pensaba atropelladamente – Ya me parecía rara esa bolsa sin fondo, ciertas expresiones, y ahora esto. ¿Serán magos o brujos?
Merto, ya recuperado de todo el trauma anterior y la reciente conmoción, se fijó en él y vio en sus ojos algo distinto de asombro, alegría, sorpresa… distinguió una chispa de temor, mezclada con algo de recelo. Cogido por el hombro guió a Fan al rincón más distante y le dijo en voz baja:
- Vamos a tener que contarle algo
- No se me ocurre cómo explicar todo, qué inventar. ¿Qué le decimos?
- La verdad
- Pero…

Mientras tanto el recelo crecía y crecía en Marcel al verles cuchichear en secreto. Poco a poco se fue incorporando y, sigilosamente, se escurría hacia la puerta, en un intento de escabullirse, huir de allí y poner tierra por medio. Comenzaba a ser mayor el temor a aquellos extraños que tantos días le parecieron amistosos, protectores y bienhechores, mucho mayor que el temor a ser detenido y enviado a las charcas de barro o a las canteras.
 Los otros habían terminado su conversación y, al volverse, le vieron junto a la puerta, con la mano en el picaporte, a punto de abrir y salir corriendo.
- Espera – dijo Fan con voz segura y calma – tenemos algo que decirte. Si después nos quieres dejar, no te lo impediremos, pero escucha.
La voz de Fan le sonó como siempre, amigable y afectuosa. Algo se relajó en él y soltó el picaporte.
- Ven, vamos a sentarnos y hablemos – dijo Merto.
Cada cual tomó una silla y se sentó. Marcel se alejó de la puerta, tomó otra silla y se sentó frente a ellos. No tenía todas consigo y estaba con los músculos en tensión, dispuesto a saltar como un muelle y salir corriendo, pero también dispuesto a escuchar. 
- De momento no te vamos a contar quienes somos ni de donde venimos, no te lo ibas a creer, pero sí tenemos algunos secretos que no queremos que se sepan, y ha llegado el momento en que tú los conozcas – dijo Fan.
- ¿Como lo de esa bolsa misteriosa en la que hay lo que no parece haber? - dijo Marcel con un hilo de voz.
- Pues sí, y más cosas. Ya nos dimos cuenta de que no podía pasarte inadvertido el hecho de sacar todo lo que sacamos de esa bolsa, aparentemente vacía. Nos dimos cuenta de cómo mirabas con cara de asombro, aunque fuiste discreto y no comentaste nada, cosa que dice mucho en tu favor. Has de saber que se trata de magia, pero que no somos magos, aunque la bolsa sí, además de más cosas que nos va a ser difícil explicarte, y a ti entenderlas. Esta bolsa me la dio un mago de Hénder, no sé si habrás oido hablar de Góntar.
- Algo he oído. Creo que es consejero del Rey Melanio, pero ya no hace magia. Desde las Guerras Mágicas ya nadie la hace. ¿Vosotros sí?
- No. No hacemos magia, pero la magia nos acompaña. Esta bolsa se llama todocabenadapesa y puedes poner en ella lo que quieras, por grande o pesado que sea, que no se notará. Por eso llevamos provisiones, utensilios y agua en abundancia, entre otras cosas que te mostraremos cuando estés preparado para ello.
- Eso lo admito, pero ¿cómo te has escapado del abismo?
- En primer lugar, no acabé de caer. Tropecé y quedé enredado en uno de los cubos y, aunque estuve a punto de caer, me rescataron. Me habrás oído decir que tengo alas, pero esas alas no son mías. Unas alas ajenas me llevaron en volandas por encima del acantilado y me dejaron en un bosquecillo y a salvo.
- Pero... ¿Qué alas podrían con tu peso? Aquí las aves más grandes y fuertes son los bigres, capaces de llevarse un corderito, pero no a ti.
- Es algo que no te imaginas, que te va a sorprender y que podrás ver si nos alejamos de otras miradas indiscretas. Pero antes tendríamos que comer algo. Con todo el lío se nos pasó la hora de la comida y yo tengo hambre, no sé vosotros.
 
- Sí – dijeron al unísono Merto y Marcel, que ya se sentía algo aliviado de sus temores, porque sabía que los fantasmas no comen.


EN QUATER parte 4 

el próximo jueves

miércoles, 26 de abril de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 13 (En Quater) parte 2


Con su nuevo compañero 
de aventuras acaban 
llegando a las 
Pesquerías






EN QUATER 2 


Aún no comenzaba a clarear cuando Marcel ya estaba en pie. Había sacudido y doblado cuidadosamente la manta, la dejó junto a la mochila y salió al exterior. Digamos mejor que salió más al exterior, a un lugar en donde los días pasados allí había ido usando como letrina.
Fan y Merto se despertaron y se alarmaron al no verlo por allí, pero les tranquilizó ver su manta limpia de brozas y doblada, por lo que desistieron de seguir su primer impulso consistente en revisar todas sus pertenencias por si faltaba algo.
- De todos modos – dijo Merto – si hubiera buscado en la mochila podría haberse llevado una buena sorpresa.
- Mejor será que no lo intente, no me gustaría que supiera demasiado, es un desconocido y aún no tengo bastantes elementos como para fiarnos de él. Aunque, por otra parte, echo de menos a nuestros compañeros.
- Sí. Una aventura sin ellos es menos aventura.
En ese momento entraba Marcel, si es que entrar se podía aplicar a franquear un espacio en ruinas que en otros tiempos pudo ser un dintel.
- Buenos días ¿Han dormido bien?. Yo mejor que en mucho tiempo. No sé si por la manta, por haber saciado la sed y el hambre, por tener compañía o por no temer que me detengan y me envíen a canteras.
- Pues sí, hemos dormido bien. Ahora toca desayunar y luego saldremos hacia donde nos indiques. ¿Puedes buscar algunos restos de maderas para hacer un fuego? - dijo Fan mientras sacaba de la mochila su bolsa de infusiones, el cazo y un odre de agua.
Marcel quedó sorprendido viendo sacar aquellas cosas de una bolsa que aparentaba estar vacía, pero no dijo nada y marchó en busca de alguna viga carcomida que aún quedara por allí.
Al cabo regresó con unos trozos suficientes para una fogata. Fan buscó un lugar libre de hierbas y matojos secos, no quería propagar un incendio, aunque por allí no es que hubiera mucha vegetación. Preparó los trozos de viga, un buen puñado de hierba seca y ramitas y, con el eslabón y el pedernal, ante la mirada atónita de Marcel, prendió las pajas secas y éstas acabaron propagando la llama a la resina de los troncos, produciendo una alegre, aunque humeante, llamarada. Colocó al amor de la lumbre el cazo con agua y unas cuantas hierbas seleccionadas. Iban a necesitar algo de energías y ánimos en las próximas jornadas, por lo que había decidido complementar la comida con una infusión reanimante y energizante.
A esas horas de la mañana tomaron la infusión con unas galletas de Hénder que aportaban abundantes calorías, ya comerían algo más sustancioso al medio día, pero lo acompañaron con unas lonchas de cinguo que a Marcel le gustaron mucho y siguió asombrado por las cosas que podían sacar de aquella bolsa fláccida.
Antes de ponerse en camino, Fan le hizo poner las manos en un cuenco y con el odre le vertió agua para que, al menos, se lavara la cara y las manos hasta que encontraran donde darse todos un baño. Entonces pudieron verle bien la cara, libre de barro y tizne, sin relejes.
Abandonaron aquella antigua ruta maderera y se internaron campo a través en dirección a levante. El terreno no es que fuera muy cómodo para caminar, era pedregoso y con matojos secos que dificultaban el paso. Fan y Merto se miraron interrogativamente mientras seguían, con dificultades, las ágiles zancadas de Marcel. Y no es que ellos fueran malos andarines, y que las zancadas de él fueran más largas, aunque sí eran más rápidas. Comenzaron a dudar del sentido de la orientación y el conocimiento del terreno de su guía.
Miraron arriba, en una pausa porque hacerlo mientras caminaban por aquel terreno era tropezón y caída segura. Vieron dos puntos lejanos evolucionando en el cielo azul. Zafiro y Zaf no les perdían de vista y eso les tranquilizó y les hizo olvidar un tanto lo incómodo de la marcha.
Pero no tardaron mucho en interceptar una senda, limpia de piedras y de matojos, que seguía en la dirección adecuada, y Marcel aceleró el paso. No es que ellos fueran flojos, pero les costaba seguirlo. ¿A qué tanta prisa? ¿Pretendía dejarles atrás?. Eran las preguntas que ambos se hacían interiormente.
Se acercaba la hora de detenerse a comer cuando vieron, a lo lejos, carretas y gentes que circulaban transversalmente al sentido de su marcha. Parecía que aquella senda, convergía con otra ruta muy transitada que también se dirigía hacia levante aunque más hacia el norte.
Aquello disipó los barruntos de desconfianza sobre su guía y les insufló nuevos ánimos. Aceleraron el paso hasta alcanzarlo, justo cuando confluían con aquella ruta que, aunque infinitamente menos que la que unía la Capital Imperial de Cipán con el puerto, también bullía de actividad y se entrecruzaba toda clase de vehículos tirados por alzemús o saltarenas adiestrados, jinetes y peatones, todos cargados con voluminosas cestas tejidas con plantas autóctonas que Fan desconocía. Tomaron a la derecha y no tardaron en llegar a un edificio de cal y canto, con una gran cantidad de carretas, carretillas, saltarenas, alzemús, al exterior reposando a la sombra de un bosquecillo, y allí se dirigió Marcel, seguido por los dos. 
El local estaba muy concurrido. Era una amplia nave, diáfana, abarrotada de mesas entre las que pululaba una legión de camareros apresurados. Llevaban bandejas y platos de un lado a otro. Consiguieron encontrar una mesa libre; es decir, la consiguió Marcel, no se sabe cómo, en aquel local ruidoso y lleno a más no poder. Se había colado hasta el último rincón y luego abordó a un camarero señalándole una mesa vacía, posiblemente la única disponible en aquel establecimiento. Les hizo una seña y se acercaron, mientras una multitud se agolpaba en la puerta en espera de turno, Marcel les condujo a su mesa.
Olía fuertemente a fritos, guisos, asados, … pero especialmente, por no decir únicamente, a pescado. Se acercó un camarero y depositó en la mesa tres cuencos de una sopa humeante, sin que ellos hubieran pedido nada. Parecía que allí el menú era único y fijo, sin opción a elegir nada.
Marcel empezó a engullir la sopa, con grandes y ruidosos sorbos, del cuenco en que se la habían servido. Allí parecía que no se usaban cubiertos, y ellos hicieron lo mismo. Un caldo ligero en que nadaban migas de pescado y alguna verdura solitaria. No tenía mal sabor y aquello debía ser alimenticio, aunque ni punto de comparación con todo lo que habían podido comer en sus viajes. A continuación aparecieron tres platos de pescado rebozado y frito, acompañado con unas verduras también fritas con una cobertura de una masa crujiente. Aquellas verduras eran de un color, bajo la masa crujiente, que a Fan le hizo recordar a Esmeralda y le hizo pensar en qué harían allí con ella si le echaran mano. Suerte que se encontraba bien en la mochila. El pescado estaba tierno y sabroso, contrastando con la crujiente cobertura. Estaba rico y lo disfrutaron. Marcel les comentó.
- Este pescado está recién capturado en las pesquerías y, en su camino a la Capital, parte se queda en esta y otras paradas obligatorias en la ruta. Lo que no sé es si esta noche encontraremos habitación en la siguiente posada, en la que tendremos que parar para cenar y pernoctar; pero yo ya conozco las triquiñuelas que hay que emplear, porque siempre están sin plazas.
Tras un cuenco de frutas variadas, picadas menudas, nadando en un almíbar ligero, muy dulce para el gusto de Fan, pero que a las mariposas les habría encantado, una infusión en la que pudo identificar tres de las plantas que Góntar le enseñara en Hénder y que servían para facilitar la digestión, emprendieron la marcha por aquella concurrida ruta.
Marcel tenía una gran habilidad para pegar la hebra con otros caminantes o conductores y les sirvió para enterarse de cosas, además de hallar transporte en una carreta que iba vacía en busca de pescado. Así acabaron pasando la tarde en la que incluso dieron una cabezada mientras su guía seguía de cháchara con el carretero.
Ya comenzaba a caer el sol cuando llegaron a otra gran posada, más grande que la anterior porque tenía tres plantas de altura. Mientras el carretero se ocupaba de buscar sitio en donde dejar su carreta y sus dos alzemús de tiro, con el consiguiente riesgo de no encontrar luego habitación, Marcel se adelantó, seguido de cerca por Fan y Merto, y consiguió una habitación para los tres. No quedaba ni una más. Fan sintió pena por el carretero, que tan amable había sido llevándoles hasta allí, pero Marcel le comentó:
- En realidad, la mayoría de los carreteros duermen en su propia carreta, en parte por no haber plazas, en parte por ahorrarse unos dineros y, en parte por vigilar su carga. Aunque este ahora va de vacío y no tiene nada que vigilar, tampoco le va mal ahorrar algo. Precisamente me venía contando que está pensando en comprarse otra carreta con un tiro de alzemús y contratar a alguien, hasta me ha ofrecido el trabajo. Ya le he dicho que podrá contar conmigo, pero primero sois vosotros y tengo que cumplir como os ofrecí.
- ¿Le va bien el negocio? - preguntó Merto
- Parece que unos forasteros han abierto una ruta en la Selva Impenetrable y ahora Trifer tiene otras gentes con las que comerciar; de modo que la importación de pescado, aunque está bajando la de materiales de construcción, estará en alza. Se comentaba el otro día, cuando marché huyendo de la ciudad que ahora se podrán construir edificios sin necesidad de piedra, ladrillos ni tejas.
Fan y Merto cruzaron una mirada de inteligencia,  callaron y siguieron a su guía hasta la habitación que había reservado.
Tenía dos camas y ellos eran tres, pero Marcel marchó dejándoles acomodarse y regresó con una colchoneta que tendió en un rincón, junto a la jofaina de lavarse y el orinal. Tendió una manta que había llevado también y ya tenía dispuesto su acomodo, mucho mejor que en los que había dormido otras veces, según les dijo.
Bajaron los tres a cenar y la cena vino a ser lo mismo que fuera la comida de la otra posada. Esa noche durmieron tranquilos hasta clarear el alba. Desayunaron de lo que llevaban en la mochila: unas galletas dulces y una infusión caliente que Fan guardaba en un odre para cuando no pudieran encender fuego. A Marcel le extrañó mucho aquella bebida tan caliente, pero no dijo nada.
Partieron justo cuando los carreteros y demás comenzaban a uncir sus yuntas, movilizarse cargando sus paquetes y ponerse en camino, de modo que la ruta aún estaba vacía, salvo unos pocos madrugadores que llevaban su mismo camino. El sentido contrario estaba desierto  y aún tardarían en cruzarse con aquellos que salían, en aquel preciso momento, de la siguiente posada.
A medio día llegaron a ella. Aquellas posadas estaban distribuidas de tal manera que la distancia entre la Capital y las Pesquerías quedaba dividida en tres etapas a cubrir en dos días. Sólo la intermedia, la que acababan de dejar aquella mañana, contaba con buen número de habitaciones para pernoctar; puesto que, en un sentido o en otro se llegaba allí de noche. Las otras contaban con alguna habitación pero eran, preferentemente, paradas para comer y seguir el camino, tanto en un sentido como en el otro. Lo que sí tenían las tres en común era el menú: la sopa, los fritos, el postre y la infusión, de modo que ya no les extrañó nada la ausencia de cubiertos, tener que sorber más o menos ruidosamente la sopa y tomar el pescado y las verduras con los dedos. Suerte que también ponían unos pequeños cuencos con agua y unas hojas mentoladas para poder lavárselos.
Ya anochecía cuando llegaron a las Pesquerías. Aquello era un poblado mayor que Aste y mucho más agitado, con tantas gentes y carretas por todas partes, con casitas de piedra seca y tejados rojos. Tenía una especie de plaza porticada en la que cada mañana se llevaba a cabo el ritual del pescado. Contaba con casas de comidas, algunas tiendas con toda clase de productos y varias posadas para pasar la noche antes de la nueva subasta de pescado.
Fan penetró en una de aquellas tiendas y consiguió unas cuantas prendas de ropa así como unas botas de cuero y se lo entregó todo a Marcel.
- Mañana tiras esos harapos y te pones esto. No está bien que nosotros vayamos bien vestidos y tú vayas de cualquier manera. Y ahora me gustaría cenar algo diferente a lo que hemos comido y cenado en el camino. ¿Hay algún lugar que conozcas?
- Muchas gracias. Nunca nadie se había preocupado por mi y no sabría cómo agradecerlo. Pero creo que algo podré hacer. Esta noche, espero no equivocarme, podréis cenar como nunca lo habéis hecho.
- Lo haremos todos, los tres. Aunque dudo que sea mejor que otras veces – dijo Merto.
Y no quedaron defraudados porque, tras reservar una habitación cerca del acantilado y dejar allí la mochila y las ropas que Fan había comprado, les condujo a una especie de cuchitril que no les causó muy buena impresión al pronto, pero cuando cenaron cambiaron de parecer.
Era un lugar, pequeño, oscuro, de aspecto mugriento y cochambroso, aunque sólo en apariencia porque de cerca se veía extrañamente limpio. Un lugar que sólo frecuentaban los que conocían bien las Pesquerías hasta su último rincón, y su guía las conocía al dedillo. Más de una vez había distraído una bolsa en la aglomeración de la subasta, y en más de una ocasión había tenido que ocultarse por aquellas callejas que, de ser una gran ciudad, podrían llamarse los arrabales.
Comenzaron con unos entrantes de pescado, que allí era la materia prima básica, y que consistían en unas bolitas de pescado finamente picado y con un aliño que realzaba el sabor a mar. Unas eran de un color rosado y otras de un rojizo oscuro. Tanto Fan como Merto recordaron los matices del pescado crudo de los occidentales, pero estaban en oriente, en un oriente que nunca había tenido ocasión de establecer contacto con la cocina de Cipán y Los Telares, pero… era tan parecido, aunque la presentación y el aliño fueran diferentes, que volvieron a recordar aquellos días y a disfrutar de la comida, en un silencio casi religioso. Marcel no debía saber más de lo debido ¿O sí?. Tanto uno como otro comenzaron a sentirse mal por ocultarle ciertas cosas.
Luego les sirvieron unos filetes que, lógicamente, no eran carne aunque lo parecían, asados vuelta y vuelta a la brasa, que se deshacían en la boca y los jugos rezumaban, goteando sobre la mesa mientras se los llevaban a la boca. Porque allí sí tenían cubiertos; que Merto, por la manufactura, dedujo que venían de Hénder.
Algo delicioso fue aquella cena, algo que superaba a cualquier otra cosa que comieran en los otros reinos de arriba del Muro, algo que recordarían.
Marcharon a la posada en donde tenían preparada la habitación, bastante amplia y en la que habían colocado una cama plegable adicional.
Se levantaron temprano y bajaron a un baño colectivo que se encontraba en los sótanos de la posada. Allí había una especie de gran piscina o embalse con agua limpia, teóricamente, en la que se remojaban todos los clientes. Luego de asearse, Marcel se puso las ropas nuevas que compró Fan y le iban perfectamente. Desayunaron y partieron hacia la plaza.
Cuando llegaron al lugar de las subastas, bien de mañana, aún estaban colocando el pescado en unos grandes canastos, bien a la vista, olía a mar, a pescado fresquísimo, posiblemente capturado aquella noche.
 Marcel les aclaró:
- Se ven muy frescos pero tienen al menos un día, que es lo que cuesta subirlos hasta aquí. Si se ven tan frescos es porque las carretas suben anocheciendo y llegan aquí por la mañana para evitar el calor del día.
Poco a poco se fueron congregando los compradores y tomaron posiciones frente a las canastas en las que se mostraban, separados por tipos y hasta por tamaños, una buena variedad de pescados. Otros, de mayor tamaño, reposaban en largas mesas esperando pacientemente un nuevo destino, con mirada brillante, sin asomo de miedo.
Y comenzó la subasta: Alguien arrancó a cantar una especie de mantras ininteligibles, a una velocidad que aún los hacía más crípticos. Alguien levantaba la mano, cesaba la letanía, pero comenzaba de nuevo hasta que otro levantaba la mano. Así pasó un buen rato hasta que se fueron adjudicando todas las canastas y los grandes peces.
Entre los que allí estaban, pudieron reconocer a aquel carretero que les había llevado un trecho y vieron como se llevaba dos canastos y un gran pez azulado, casi tan alto como él mismo. Lo cargó todo en la carreta y emprendió el camino hacia la Capital.
También pudieron ver, entre los compradores, a alguien que vieran la noche anterior en aquella casa de comidas. Se llevaron dos peces grandes: uno de un gris azulado como el que se llevaba el carretero y otro de morro afilado, también de piel brillante y grisácea pero más esbelto que el otro. También habían comprado una de las últimas canastas a rebosar de pescados variados.
Terminada la subasta y retiradas las compras, la plaza quedó despejada rápidamente y unos equipos de limpieza, con cubos de agua y unos grandes escobones planos, dejaban todo como si por allí no hubiera pasado aquella multitud que la abarrotaba momentos antes.
Desde allí se acercaron al borde del acantilado, a lo que se conocía como el Punto Alto. Una antigua cantera que, a fuerza de extraer el granito, ahora presentaba una avenida en la roca que descendía zigzagueante, pared abajo. Desde lo alto era imposible distinguir el mar puesto que lo único que se veía era la cornisa de más abajo y las siguientes que se perdían en la distancia bajando y bajando, aunque sí el liso horizonte en lontananza.
Marcel comenzó a descender por aquella ruta, ora hacia la izquierda, ora hacia la derecha, pero siempre hacia abajo, acompañados por las carretas que habían vaciado su carga en la plaza y ahora se disponían a recibir un nuevo cargamento.
Era mucha la distancia en aquel zigzag interminable hacia lo más profundo de aquel altísimo acantilado. Pero todo estaba pensado. En cada tramo de rampa pendiente hacia la izquierda había una abertura en aquella inmensa pared, en la que se podía reposar, especialmente en la subida porque la bajada era fácil.
Mientras bajaban el esfuerzo era mínimo, de modo que sólo se tuvieron que detener en una ocasión al medio día, para comer algo y proseguir un descenso que no acababa nunca.
Ya atardecía cuando llegaron al último tramo descendente y penetraron en una enorme caverna vaciada en la roca granítica. Ni tan siquiera desde allí, donde el acantilado ya descendía cortado a pico,  se lograba ver el fondo, la superficie del Mar del Alba, aunque sí se dibujaba más nítida la línea del horizonte.
Era una caverna tan amplia que permitía la presencia de un buen número de carretas en espera de carga y a aquella hora estaban en plena faena y algunas ya comenzaban a subir. También contaba con los servicios necesarios para el personal que allí trabajaba, así como para algunos viajeros o curiosos que debían pernoctar antes de emprender la penosa ascensión desde Punto Bajo hasta Punto Alto, puesto que los carreteros dormían de día mientras bajaban y velaban por la noche subiendo su carga..
Cenaron en un comedor colectivo y, como es natural, el menú se basaba única y exclusivamente en pescado.
Antes de que oscureciera totalmente, un atardecer que allí, en oriente y a aquella altura, o bajura, duraba unas largas horas antes de la oscuridad total, sólo rota por las lunas en creciente, les dio tiempo a echar un breve vistazo a la plataforma de pesca.
Ancladas firmemente en la pared de roca, unas gruesas vigas de atalaya servían de soporte a algo así como un embarcadero de tablas que sobresalía en el vacío. Sobre ella se izaba una gran cantidad de  vigas inclinadas, provistas de ruedas y polipastos con gruesos cables que bajaban y subían secuencialmente. Los aparejos de pesca constaban de dos grandes redes por viga, en forma de cesta, de las que una descendía a las profundidades mientras la otra se izaba, así el trabajo de izado era menor. Permanecían un tiempo en el fondo mientras se iban izando alternativamente todas las demás y, cada cesta que subía se vaciaba de su carga de peces de clases y tamaños variados, carga que se seleccionaba y se llevaba a las carretas.
Mientras una cesta permanecía arriba, su pareja se hallaba en el agua y atraía a los peces, que consideraban aquello un refugio para mantenerse a salvo de los más grandes; pero, en lugar de refugio, era una trampa que, al cabo de unas horas, comenzaba a cerrarse, atrapando todo lo que hubiera dentro, mientras se elevaba hacia la plataforma.
- Y aquí no acaba – dijo Marcel – ahora están abriendo nuevas vías hacia abajo. Ya han bajado algunos en las redes y han calculado la distancia que hay hasta el agua; pero, por lo que dicen, pasarán años hasta que esta escalera en rampa pueda llegar allí. Para ello habría que extraer bloques durante años y ahora resulta que el granito va a dejar de ser un material de construcción útil si funciona eso de los de la Selva. Por otra parte, si vaciar el acantilado para llegar más abajo es una tarea casi imposible, más lo es poder luego subir el producto de la pesca, como mañana podréis ver. Hay quien sostiene que con la instalación actual es más que suficiente y, a lo sumo, se podría ampliar para instalar más elevadores, pero bajar más no parece que sea práctico ni posible.
- ¿Y si, desde aquí, en lugar de carretas se hiciera con elevadores como éstos, hasta la superficie – Dijo Merto
- Parece que nadie lo ha pensado, o que no es posible, o que el gremio de arrieros que hacen este trayecto tienen mucha influencia y no quieren perder sus trabajos.
- Bueno, ellos sabrán lo que hacen – dijo Fan – pero lo que yo haría ahora es ir a dormir, porque mañana va a ser un día duro.
 No sabía bien lo duro que iba a ser, pero al día siguiente se enteró. Aquello era más duro que trepar de rama en rama por la enredadera del Muro del Fin del Mundo. La altura a salvar seguro que era menor, pero la distancia a recorrer, ora a la derecha, ora a la izquierda, en aquel vaivén interminable era infinitamente mayor. Por cada largo de ascensión se había de recorrer al menos cien. Pero, con algunas paradas en los descansaderos, acabaron coronando la cima y no tuvieron tiempo ni ganas de nada más. Tiempo porque su llegada coincidía con el ocaso y ganas porque llegaron reventados y con los pies pidiendo a gritos un baño frío.
De modo que cenaron algo allí mismo, sin ganas siquiera de ir a cenar donde la noche anterior, se retiraron a dormir y durmieron tan profundamente que el sol entraba a raudales por la ventana cuando comenzaron a removerse, ya a media mañana. Ni todos los gallos del mundo, de haberse congregado allí, habrían conseguido levantarlos más temprano. Y se levantaron con agujetas, con las piernas doloridas y los pies hinchados. No tuvieron tampoco tiempo ni ganas para desayunar. Bajaron al baño común del sótano y se estuvieron horas en remojo, tanto que les quedaron los dedos arrugados como garbanzos. Cuando se recuperaron algo y se vistieron era ya casi medio día y se encontraron en el vestíbulo a Marcel, tan fresco como una rosa, esperándolos.
- ¿Qué hacemos hoy? Aquí ya no hay mucho que ver, pero si quieren podríamos ponernos en camino hacia la capital, parando en las salinas.
- Sí, para marchas estoy yo. ¿Y tú Fan?
- Yo preferiría salir temprano y hoy se nos han pegado las sábanas. Podríamos acercarnos a la plaza, aunque la subasta ya habrá acabado hace horas, comemos en aquel sitio de la otra noche y por la tarde descansamos y nos preparamos para lo que nos espera. Que supongo será otra caminata, pero en llano ¿no?.
- Efectivamente, todo en llano hasta las salinas y haremos noche allí.
De modo que, dando un tranquilo paseo, se acercaron a la plaza en la que, efectivamente, se había acabado la subasta y las carretas habían partido: unas al Punto Bajo para cargar de nuevo y otras hacia la Capital.
Tras ver los alrededores, a paso lento, se les echó encima la hora de comer y marcharon a aquel lugar al que Marcel les había llevado y comieron, nuevamente, muy a gusto.
En la sobremesa, frente a unas tazas humeantes de una infusión, que Fan no fue capaz de identificar, pero que le gustó, se suscitó un tema que le intrigaba:
- Dime, Marcel, ¿Cómo es posible que, sin saber que allí abajo había un mar y que se ignoraba lo que era la pesca, se hayan montado estas pesquerías?
- La pesca sí se conocía desde la antigüedad. Lo que ahora son unas salinas, en otros tiempos fue un mar interior o un gran lago salado con varias especies de peces que eran muy apreciados. Y en cuanto al descubrimiento del Mar Profundo, como le llamamos aquí, tiene que ver con la explotación del granito de los acantilados, algunos accidentes, intentos infructuosos de rescate y algunos intrépidos aventureros que se arriesgaron a descender para descubrir hasta donde llegaba el Abismo, exploradores que nunca llegaron hasta el fondo; pero eso, unido a unos intentos de sondeo mediante largos cables que, llegado un momento, se izaron mojados, el subsiguiente envío de recipientes que volvieron llenos de agua salada y que en uno de ellos se colara algún pez, desencadenaron un plan para conseguir pesca en aquel Mar Profundo e inalcanzable, cuando la pesca en en el gran lago salado había desaparecido por el exceso de salinización.  Y así llegamos a una combinación de aprovechamiento de las canteras con la construcción de una estructura, tallada en la roca, que se acercara lo más posible al mar. Así se fue construyendo la ruta en zigzag, los huecos de servicio, la gran plataforma de base y se diseñaron los sistemas de poleas y redes-cesta.
- De modo que descubrieron el mar, casi por casualidad, y decidieron sacarle partido al descubrimiento. Tengo que reconocer que tu gente es digna de admiración y alabo su iniciativa, inventiva y decisión – dijo Fan
- ¿Cómo pudieron descubrir que el sistema de cestas-redes o redes-cestas era eficiente y el mejor de todos los posibles?
- Se hicieron muchas pruebas con muy diferentes materiales, mallas, gruesos de cables, tipos de grúas. Se desecharon muchos prototipos, algunos que daban resultados pero no tanto como la solución final que es la que ahora se está usando, lo que no impide que se sigan haciendo experimentos paralelamente a la explotación
Esa tarde la dedicaron a recuperarse de las fatigas del día anterior. Ya no salieron a cenar y lo hicieron con las provisiones de la mochila; sin reparar en que a Marcel, aquellas provisiones en una bolsa aparentemente vacía y en un estado de conservación excelente, no le cuadraban, pero él no quiso preguntar nada.






EN QUATER parte 3 

el próximo jueves