sábado, 4 de junio de 2016
4/06/2016.- VOLVEMOS CON NOVEDADES
El último día en que mi PC me lo permitió comencé a publicar algo AQUÍ
Ahora ya ha regresado de la clínica, espero que no recaiga de su dolencia porque le queda mucho trabajo pendiente.
Dicen que al mal tiempo buena cara y que no hay mal que por bien no venga y he de reconocer que es cierto. La falta del ordenador y del material que contenía, así como la imposibilidad de editar y publicar las siguientes entregas de este cuento-relato o lo que se quiera llamar, que había comenzado a publicar, me dejó tiempo libre para escribir y seguir desarrollando en unas cincuenta páginas más las aventuras de los protagonistas. Como es posible que esto pueda afectar a los primeros capítulos y tenga que modificar algunos detalles, he decidido aparcar la publicación de este tema de los RELATOS DE HÉNDER hasta su terminación y presentar ahora algo distinto titulado PIRATAS DE BARBADOS, y hoy espero publicar el primer capítulo, deseando haceros sonreír un poco o, cuanto menos, haceros pasar un buen rato.
Gracias a todos y disculpad por la espera y el cambio de planes.
miércoles, 25 de mayo de 2016
RELATOS DE HÉNDER, Libro 1 (Las piedras de Hénder) parte 1
Comenzamos aquí un nuevo libro titulado RELATOS DE HÉNDER. Se trata de un largo cuento en forma de trilogía de momento, porque tiene vida propia y sigue creciendo; con aventuras, exploraciones y mucha magia. Un "malvado y poderoso mago - tan malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto -" es autor de un encantamiento que Fan, nuestro protagonista, deberá neutralizar. Contará para ello con unos extraños compañeros de viaje y descubrirá nuevas tierras inexploradas.
Y comienza así...
dedicado
a Elia y Llanos
que
algo de frikismo me deben
LIBRO 1.- Las piedras de Hénder (parte 1)
Pascia
era un pequeño y tranquilo país, situado al sureste del Continente
Único. Limitaba al Norte con el Reino de Alandia y al Oeste con las
Montañas Brumosas. Era un país de pescadores y campesinos que nunca
habían ido más allá de sus fronteras y que, salvo algún caso
excepcional, no tenían ningún interés en aventuras ni viajes.
En
Aste, una pequeña aldea que se dedicaba a la agricultura y la
ganadería, situado al Norte de la Capital, vivía un pastor llamado
Fantasik, al que todos llamaban Fan. Cuidaba su rebaño con gran
dedicación, ordeñaba sus ovejas y elaboraba los mejores quesos del
pueblo y de los mejores de toda Pascia. También esquilaba, aunque
las labores de hilado y tejido se las dejaba a otros.
Era
un espíritu inquieto y curioso, pero tampoco en su vida había
tenido ocasión de salir de los límites de su aldea, ni tan siquiera
conocía el Mar del Alba que bañaba las costas del Sur y el Este de
su país, nunca se había aventurado por los caminos que conducían
al pueblo de pescadores conocido como Puerto Fin y aún menos a la
Capital, de hecho ellos no viajaban para vender sus productos sino
que los comerciantes los recogían con sus carretas.
Fan
conocía muy bien a cada una de sus ovejas y sus preferencias a la
hora de comer y a cada uno de sus perros, de los que Rayo era el
mayor y macho dominante de los otros tres. Entre sus ovejas había
unas que preferían el trébol silvestre, otras la avena borde de los
ribazos, otras la correhuela,… pero otra tenía aficiones caprinas,
ya que sólo le gustaba un raro té de roca que crecía en los riscos
más inaccesibles; por lo que se engarabitaba por los roquedales,
como si fuera una cabra, en busca de tan aromático forraje. Por
encima de las otras, a Fan le resultaba simpática esta oveja porque;
además de sus curiosos hábitos alimentarios y de que había
aparecido no hacía mucho entre el rebaño sin que nadie supiera de
dónde había salido, tenía una mancha negra en la cabeza que le
daba un aire cómico. Como a todas sus ovejas y a sus perros le había
puesto nombre, la llamaba Lunar por aquella mancha y porque había
aparecido con la Primera Luna Llena
Cierto
día en que buscaba su golosina, se encaramó en unas crestas pero,
una vez allí, fue incapaz de bajar por más que lo intentó, ya que
el paraje era de lo más escarpado. Asustada comenzó a balar y balar
hasta que el pastor pudo localizarla y, con muchas dificultades,
trepar por las rocas hasta alcanzarla. Una vez arriba se la cargó a
cuestas y emprendió el peligroso descenso, con riesgo de caer y
estrellarse contra las rocas.
Logró
descender hasta el prado y, dejándola en el suelo, muy enfadado,
comenzó a decirle, como si ella pudiera entenderlo.
– ¿Estás
loca?, tú no eres una cabra. Que sea la última vez que me haces
esto, porque no me molestaré en subir a ayudarte
Como
si lo hubiera entendido, Lunar agachó las orejas y se tendió
mansamente en el pasto y, al mismo tiempo, como una aparición, se
materializó junto a ella una bella joven ataviada con una vaporosa
túnica de seda y le dijo al pastor.
– Gracias
por rescatarla; es muy importante porque sin ella no podría librarme
del encantamiento que pesa sobre mi.
Fan
casi se cae del sobresalto y se la quedó mirando embobado, no se
sabe si por la sorpresa o por la contemplación de aquella rara
belleza
– ¿Quién
eres y qué quieres decir?–
dijo Fan, al
que casi no le salía la voz
sorprendido por la súbita
aparición
– Yo
soy Saturia la hija del rey Nasiano V que reina en un país muy
lejano, pero no tanto como suelen serlo los países
de
los cuentos y por
eso
se llama así, No Tan Lejano. Un malvado y poderoso mago, tan
malvado y poderoso que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al
respecto, me condenó a vagar como un espíritu por esos mundos, sin
poder regresar a mi país ni a mi forma corpórea, hasta que alguien
logre reunir las cuatro piedras perdidas de la Corona de Hénder.
– ¿Y
tú que tienes que ver conmigo y con Lunar?
– Si
me puedes ver ahora es gracias a haberla salvado del peligro y sólo
me puedes ver tú. El malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso
que ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto, convirtió una
de las piedras perdidas en oveja, de ahí su extraño comportamiento;
pero hasta que no se encuentren juntas todas ellas no se romperán
los encantamientos, tanto el mío, como los de las cuatro piedras.
Por favor, ¡ayúdame!, tienes que encontrar las otras tres y te
estaré eternamente agradecida. La próxima se encuentra cerca del
pueblo de Mutts, en la Cueva de los Silencios, al borde de las
Montañas Brumosas, pero no puedo decirte en qué la transformó el
malvado y poderoso mago, eso lo tienes que descubrir tú.
Y
dicho esto la princesa desapareció del mismo modo en que había
aparecido.
Fan
se quedó boquiabierto, contemplando el lugar que segundos antes
ocupaba aquella bella y sorprendente aparición, pero reaccionó
enseguida y tomó una decisión.
Animado
por la expectativa de aventuras y encandilado por la belleza de la
princesa, decidió emprender la búsqueda, así que se dirigió a la
aldea y le contó la historia a su mejor
amigo,
Merto. Éste, que también era dado a la fantasía, quiso acompañarlo
en su búsqueda pero, a regañadientes, tuvo que quedarse al cuidado
del rebaño, aunque Fan tuvo que prometerle llevarle con él en sus
próximos viajes.
Merto
era un diestro artesano de la forja y fabricaba muy buenos
instrumentos y herramientas de corte de excelente filo, tan excelente
que podían cortar un cabello al aire y, como prueba de su habilidad,
lucía una cicatriz en una mejilla fruto de un accidente con una de
sus navajas.
Ambos
amigos pasaban largas horas de charla y se ayudaban mutuamente en sus
respectivas tareas, aunque a Fan no se le daba tan bien el afilado ni
a Merto el pastoreo.
Acompañado
por la oveja encantada, se puso en camino hacia las Montañas
Brumosas. Llevaba en su zurrón, además de su navaja y
una pequeña hacha obra de su amigo,
yesca y pedernal en
un bruñido estuche de acero que también era obra de Merto,
una fuerte pero fina cuerda, un pañuelo de hatillo, una
fina
manta
de la lana de sus ovejas, una
hermosa hogaza de pan, uno
de sus
quesos
más curados,
chorizo y tocino suficientes para unos días, pero como era buen
conocedor de las plantas y hongos comestibles, así
como de algunas plantas medicinales apenas
tendría
que echar mano de sus reservas.
A
los cinco días de caminar ya se distinguía a lo lejos la silueta de
las montañas aunque debían caminar aún otros tres o cuatro días
más, ya que el sendero bordeaba la falda oriental, hasta llegar a
aquel pueblecito a la orilla de las Montañas y ya muy cerca de la
costa.
El
sol apretaba fuerte, de modo que a las horas de más calor comía y
reposaba a la sombra y se dedicaba a tallar con su navaja complicados
dibujos en su cayado.
Una
vez llegado a Mutts quiso preguntar dónde se hallaba la Cueva, pero
el pueblo bullía de actividad; la gente iba de aquí para allá con
guadañas, horcas, palos y todo tipo de armas imaginables.
Preguntó
al primero que se encontró, que a qué se debía aquel revuelo y le
respondió.
– Vamos
a matar a un maldito lobo que se esconde en la Cueva de los
Silencios, ya estamos hartos de que nos mate las ovejas. Y tú no sé
por qué te atreves a venir aquí con esa precisamente.
– ¿Por
qué? ¿Qué tiene de particular esta oveja?
– Porque
este lobo tiene la manía de matar a todas las ovejas blancas con una
mancha negra en la cabeza, suerte que de esas hay pocas, pero a las
blancas del todo y a las completamente negras no las ataca, sólo las
espanta, pero luego cuesta reunirlas,
y más de una se despeña huyendo.
Enseguida
intuyó que el lobo era su objetivo y les dijo a los habitantes del
pueblo.
– No
os preocupéis que yo os voy a librar de él.
Y
se encaminó a la Cueva. La boca era oscura, no digo que como boca de
lobo, pero oscura con ganas. Precediendo a Lunar se internó en la
abertura, anduvo unos pasos y descubrió al fondo el brillo de unos
ojos fosforescentes y atemorizadores. El miedo recorrió su espinazo
como un calambre, pero no se arredró, otras veces ya se las había
tenido que ver con lobos y sabía como tratarlos, aunque en esta
ocasión no contaba con la ayuda de Rayo y sus compañeros. Siguió
avanzando hasta que se le acomodó la vista y descubrió, agazapado
al fondo de la cueva, tras unas estalagmitas, a un lobo grande y gris
con aire amenazador.
Dirigiéndose
a él, le dijo:
– ………………………………………
Pero,
haciendo honor a su nombre, las paredes de la Cueva absorbían todos
los sonidos, incluso sus pisadas y los latidos de su corazón, y no
se escuchó nada.
Repitió
de nuevo el intento, alzando la voz, con el mismo resultado.
– ………………………………………
El
lobo, enseñando los afilados colmillos y alzando el cuello aulló
– ………………………………………
Tampoco
su aullido llegó a materializarse, el espeso silencio era dueño de
la cueva.
Dio
la vuelta y se dirigió al exterior seguido por Lunar. El lobo salió
tras ellos, mirándolos con ojos famélicos.
Encarándose
a él, le dijo:
– ¿Así
es como me agradeces que te salve la vida?, Los campesinos estaban
dispuestos a matarte, pero yo les he pedido que te dejaran en paz y
les he prometido que te llevaría muy lejos. De desagradecidos está
el mundo lleno, pero si lo prefieres te doy a elegir: te dejo con
ellos o me haces caso y te vienes con nosotros.
Una
multitud armada con los enseres más variopintos, si puede llamarse
multitud a toda la población de una pequeña aldea, contemplaban al
lobo con miradas airadas.
Como
si lo hubiera entendido, el lobo agachó las orejas y se tendió
mansamente en el pasto y, al mismo tiempo, como una aparición, se
materializó junto a ellos Saturia, aquella bella joven de la primera
vez.
– Gracias
por rescatar al lobo de las iras de los campesinos; es muy importante
porque, sin él, no podría librarme del encantamiento que echó
sobre mí aquel malvado y poderoso mago, tan malvado y poderoso que
ni tú ni yo tenemos nada que hacer al respecto. No debes preocuparte
por lo que pueda decir toda esa gente, no me pueden ver. Ahora que
has encontrado la segunda piedra encantada deberás seguir la
búsqueda llevando contigo a la oveja y el lobo. Pero debes tener
mucho cuidado de que éste no la dañe, porque entonces todos
nuestros esfuerzos habrían sido en vano. De la tercera piedra
encantada sólo puedo decirte que se encuentra en los Jardines Reales
de Alandia y no puedo decirte bajo qué forma la escondió el mago.
Dicho
esto la princesa desapareció tal como había aparecido.
Fan
no quedó tan embelesado con la princesa como la otra vez, es más le
molestó mucho tener que ir ahora a Alandia, ya que la distancia era
mucha y debía desandar buena parte del camino, para finalmente
atravesar el puente sobre el río Far y el páramo gris.
– Ya
podía haberme enviado primero allí y ahora no tendría que dar
tanto rodeo
Pero,
resignado, emprendió el viaje llevando delante al lobo, para
mantenerlo vigilado, y seguido por Lunar.
Los
aldeanos, que habían contemplado sorprendidos aquella rara escena,
aunque no vieron a la princesa habían visto a Fan hablar al aire, se
quedaron boquiabiertos mirando cómo se perdía en la distancia aquel
extraño trío y luego regresaron todos a sus casas y a sus tareas
cotidianas.
miércoles, 18 de mayo de 2016
XIV.- Cloe quiere... saber
Y aquí terminan las andanzas de esta gallina alocada. Esta vez Cloe se da un baño, aunque no en el estanque.
Se trata de un baño de realidad y de
autoestima.
La verdad es que a mí me gustaba más cuando se metía en líos
y lo hubiera dejado en el capítulo anterior, pero era el trece
y pensé que mejor ese número no, que ya había tenido bastante mala suerte la pobre.
Otro día... Algo nuevo que ando maquinando
CLOE QUIERE SABER
Puede escucharse mientras
se sigue el texto en el
vídeo que figura al final
Un día, a Cloe se le encendió una
chispa en el cerebro; se trataba, no de otra idea descabellada, como
habitualmente, sino de una pregunta. No una pregunta como las que
tenía a todos acostumbrados:
¿por qué no puedo nadar?
¿por qué no puedo volar?
¿por
qué no puedo hablar?…
La pregunta era la siguiente:
- ¿Cómo es que Muu y Wof saben
muchas cosas más que yo? ¿acaso, por ser gallina, tengo que ser
tonta?
Y se encaminó a hablar con quien
todos pensaban que era la más inteligente de la granja, que siempre
estaba rumiando: la vaca Muuriel, y le preguntó:
- Muu ¿Por qué yo sé tan poco y
vosotros tanto? ¿Puedo aprender? Ya sé que no he sido capaz de
aprender a nadar, volar, hablar y tantas cosas más; pero ¿Es que
soy tonta por el hecho de ser gallina?
-
No eres tonta,
– respondió Muu – la
prueba es que te haces preguntas como ésta, sólo
que no eres consciente de lo que sabes. Además, cada cual sabe
cosas diferentes; tú sabes, aunque no lo puedas creer, cosas que yo
no sé, y yo sé cosas que tú no sabes
- ¿Y por qué no me enseñas?
- En eso no te puedo ayudar ni dar
clases, a lo sumo algún consejo o alguna exhortación. Cada cual
debe descubrirlo por su cuenta y es la vida la que enseña. Tan solo
tienes que desvelar esas enseñanzas ocultas, hacerlas aflorar y
aprovecharlas.
- Pero yo no sé nada…
- Eso te crees tú, lo que pasa es
que nunca has reparado en ello. Pasa revista a tu vida, haz memoria,
aunque te cueste un esfuerzo, y ya verás las cosas que has
aprendido a lo largo de tus pocos años de gallina.
- Pero si lo único que he
aprendido es que hay cosas que no soy capaz de hacer: nadar, volar,
hablar, viajar…
- Sí, pero de los fracasos
también se sacan enseñanzas, y no debes pensar sólo en los
fracasos y en lo negativo, piensa en las cosas positivas. Piensa en
que tienes amigos, en cómo eres capaz de hacer cosas que otros no
pueden: como cazar saltamontes al vuelo o localizar un grano de
trigo en un pajar, pero no desesperes. Cada cual atesora una gran
riqueza de conocimientos escondidos entre los recuerdos, aunque no
sea consciente de ellos. Piensa y analiza cada cosa que hagas o
hayas hecho, y verás que tengo razón, que sabes mucho más de lo
que crees y que nadie puede darte lecciones; en todo caso se pueden
compartir conocimientos y experiencias, pero siempre se recibe en la
medida que se da, y tú tienes mucho que dar.
Cloe
se marchó
a su Montaña de Basura
a pensar y,
mientras cazaba lombrices, gusanos, escarabajos y toda clase de
insectos, comenzó a recordar;
Recordaba cuando estando dentro
del huevo, sintió que ya había llegado su hora y comenzó a
picotear el cascarón con todas sus fuerzas, sin que nadie le
hubiera tenido que enseñar aquello, lo hizo por si misma y sin
ayudas.
Recordaba cuando comenzó a usar
sus menudas patitas y echó a andar, sin que nadie le hubiera
enseñado.
También recordaba cuando comenzó
a cambiar su suave plumón por suaves, pero fuertes, plumas y cómo
éstas la abrigaban en el frío invierno, por lo que no tuvo
necesidad, como la golondrina, de emigrar a África del Sur.
Se
dio cuenta de que era capaz de alimentarse por si misma y hacerlo
muy bien y sin que nadie le enseñara qué era comestible y qué no.
No tenía necesidad de mojarse para pescar en el agua, con lo fría
que estaba, ni tenía que cazar los insectos al vuelo con el riesgo
de ser la presa de una rapaz en
lugar de ser
el cazador .
Recordó
también, como alguien le había contado, que a aquel loro
parlanchín lo habían encerrado en una jaula para divertir a los
humanos, que le enseñaban palabras malsonantes, y recordaba que
ella también había estado en una jaula. Por
lo que pensó que ése era el destino de los que no seguían su
naturaleza y actuaban como no debían. Así aprendió que le
convenía, como a todos los demás, no hablar el lenguaje de los
humanos, ni siquiera para pedir comida que ya se sabía agenciar por
su cuenta.
Recordó
haber visto al gato cazar ratones y alimentarse con ellos
¡Qué asco!
Y también a los humanos comerse a sus primas las perdices, conejos,
liebres y otros animales que cazaban
¡Qué
horror! ¡Con lo ricos que estaban los saltamontes! ¡Eso sí que
era caza!
Y
no hablemos de su habilidad para hacer nidales y poner sus huevos
para incubarlos. ¡A
ver si sabía hacer eso una vaca o un perro!
Tampoco
necesitaba, como la paloma, una pareja que la ayudara, se bastaba y
sobraba ella sola para cuidar de sus huevos y sus pollitos. ¿Para
qué necesitaba un gallo, aparte de los fugaces encuentros de
fertilización? ¿Tenía necesidad de aguantarlo horas,
días y meses? ¡No!
Y a Cloe se le despertó la
autoestima dormida y comenzó a valorarse, cosa que nunca antes
había sido capaz de hacer.
Además
estaba pensando mucho, intensamente, y varias cosas a la vez - algo
que ni ella ni nadie hubiera creído posible – y
es
que el ejercicio mental desarrolla
la memoria y el entendimiento.
Por
una vez, Cloe, sin necesidad de intentar emprender algo imposible,
fue feliz, se sintió realizada y se lo agradeció a los consejos de
Muuriel, pero mucho
más
a ella misma.
jueves, 12 de mayo de 2016
XIII.- Cloe quiere... novio
Se equivocó la gallina, se equivocaba, al pretender ser paloma se equivocaba, creyó que un novio sería, la ilusión
que ella esperaba, se equivocaba, que él le
empollaría los huevos, la cuidaría si enfermaba.
Otro día "Cloe quiere... saber"
CLOE
QUIERE NOVIO
Puede escucharse mientras
se sigue el texto en el
vídeo que figura al final
Hacía
tiempo que a Cloe no se le ocurría hacer nada sorprendente o
imposible para una gallina, comía como siempre y últimamente dormía
en su palo plácidamente sin que le molestaran: cloqueos ajenos,
caídas, aleteos o el sonido de la gallinaza al caer, así como
tampoco el olor del gallinero que hasta le parecía el más caro de
los perfumes. Y dormía profundamente hasta que el gallo daba los
buenos días a voz en grito.
Era
un gallo imponente, de fuertes espolones, roja cresta, potente
pechuga y colorido plumaje. A Cloe le gustaba encontrárselo
recortando su silueta a la luz del sol naciente, posado en un tocón,
con el cuello estirado y la cabeza enhiesta, lanzando su matinal y
puntual:
-
KIKIRIKIIIIII
El
gallinero se movilizaba y todas salían a comer. Algunas habían
dejado su huevo del día en el nidal; otras, como Cloe, se esperaban
para regresar en su hora de puesta, que era diferente para cada una y
que se iba retrasando cada día un poco. Algunas encontraban un lugar
recóndito bajo unas matas, o un rincón oscuro, y ponían allí. Eso
le pasaba a Cloe, había encontrado como nidal una enorme mata de
romero, a cuyo pie iba poniendo y ya llevaba almacenada casi media
docena, con el riesgo de que alguna sierpe u otro bicho diera con
ellos y se los comiera, pero ella no podía estar todo el día
vigilándolos y dándoles calor.
Andaba
Cloe, como siempre, de caza de insectos y grano, cuando encontró un
montón de cebada que parecía haberse salido de un costal
agujereado. Se puso a comer con apetito y, mientras comía, aterrizó
por allí una paloma que la saludó y se puso a comer también.
Entablaron
conversación y la paloma le contó que llevaba comida en el buche
para su palomo, que éste se había quedado en el nido cuidando
los huevos. Le contó también que, cuando cualquiera de ellos se
encontraba mal, el otro le cuidaba y le buscaba comida.
Cloe,
admirada, dijo:
-
¿Y cómo es eso? Nosotras las gallinas no tenemos pareja y el gallo
es de todas, porque sólo hay uno en el gallinero.
-
Pues las palomas siempre vamos en pareja y son para toda la vida. Se
han dado casos de que, en una pareja, si uno de los dos se muere, se
muere el otro de pena.
-
¡Qué bonito! - dijo Cloe – Cómo me gustaría tener una
pareja para toda la vida.
-
Pero es que las gallinas sois diferentes de nosotras las palomas.
-
Sí, pero yo quiero una pareja y haré todo lo posible por
conseguirlo.
No
quiso decir nada a Muuriel, porque ya sabía que le reñiría y le
echaría el sermón de siempre: “Confórmate con ser gallina y
no pretendas ser otra cosa”
Desde
ese día procuraba no acercarse por donde estuviera Muuriel, ni a
Woffe tampoco le quiso comentar nada, no porque éste fuera a hacer
reproches, pero seguro que se iría de la lengua.
Comenzó
a acicalarse las plumas y a hacerse ver más por el gallo, se le
acercaba contoneándose y echándole miradas tiernas, aunque la
mirada de las gallinas es totalmente inexpresiva.
El
gallo le hacía caso medio minuto, como a todas, y marchaba a por
otra, y otra, y otra. Eso la enfurecía, pero no mucho y tampoco se
podía poner celosa, porque eso es un sentimiento que difícilmente
hubiera entrado en sus saturadas neuronas, ocupadas totalmente con la
obsesión de conseguir al gallo para ella sola.
Siguiendo
con el acoso, comenzó a cebarlo para ganarse su voluntad, porque
pensaba que al gallo se le ganaba por el buche. Le llevaba todo el
grano y bichos que podía conseguir. Ella apenas comía y, con el
tiempo, se estaba quedando en los huesos, el brillo de su plumaje,
del que tanto presumía, se estaba quedando apagado; y su pechuga,
envidiada por las otras gallinas, ya no era más que un pellejo
arrugado recubriendo su quilla.
El
gallo comenzó a apreciar sus ofrendas y comenzó a dedicarle más
tiempo que a las otras. Por otra parte, se estaba engordando tanto
que había cambiado la voz y, además, algunos días se dormía y no
cantaba a la hora.
Muuriel
se dio cuenta de que algo no marchaba bien en el gallinero y
enseguida pensó que Cloe tenía algo que ver. No se equivocaba.
Acabó encontrándola y la vio tan desmejorada que le preocupó
mucho; casi más que cuando se tiró desde el tejado y se le
rompieron dentro los huevos pendientes de salir. Le preguntó qué
pasaba y Cloe no pudo evitar decir la verdad, no era capaz de mentir
porque en su cabeza no cabría ni siquiera una mentirijilla.
-
Sigues con lo mismo de siempre – dijo Muuriel – pretendes
imposibles y finalmente acabas defraudada, cuando no lesionada.
Suerte tienes de que no te puede durar mucho, pero sigues sin asumir
la realidad. Por crudas que sean hay que aceptar las
cosas tal y como son. Los gallos no son monógamos como los palomos.
Y tú, aunque no sé cuándo te vas a enterar, eres una gallina.
-
Pero yo quería alguien que me ayudara a cuidar los huevos, a
empollar, que me cuidara de vieja…
-
Los huevos no hace falta que los cuide nadie, porque se los llevan
cada día, tampoco hay que empollar porque ya lo hacen las
incubadoras, aunque con lo que estás haciendo con el gallo me parece
que sólo serían fértiles los tuyos y los de las demás no valdrían
para incubar. Y te voy a ser franca, aunque duela, de vieja se dice
que harás buen caldo, aunque tal como estás ahora, como mucho,
saldría una taza. Sé que todo ésto es muy duro de escuchar, pero
lo olvidarás enseguida.
Cloe
se marchó no muy convencida, pero el gallo ya no estaba allí.
Estaba tan gordo que daba gusto verlo y, como no servía ya como
despertador ni con las gallinas, fue destinado a la cena de
Nochebuena. En su lugar pusieron a otro gallo joven, nacido de uno de
los huevos de Cloe.
De
pronto se dio cuenta de lo delgada que estaba y notó una sensación
acuciante, tenía mucha hambre. Así que se dedicó a buscar comida y
se dio un atracón. Le sentó muy mal porque últimamente no estaba
acostumbrada a comer y pasó unos días con dolor de pechuga y
molleja, pero comenzó a recuperar el peso y olvidó su obsesión por la
monogamia; también olvidó afortunadamente lo que Muuriel le había
dicho del caldo de gallina vieja.
Muuriel
vio que las cosas volvían a su cauce natural y pensó:
-
A ver ahora con qué cosa nueva nos va a sorprender ésta.
jueves, 5 de mayo de 2016
XII.- Cloe quiere... casa
los nervios a cualquiera, hasta el extremo de hacer
alguna barbaridad; y Cloe, como no es un caso
aparte, se mete en otra como de costumbre,
Otro día "Cloe quiere... novio"
CLOE
QUIERE CASA
Puede escucharse mientras
se sigue el texto en el
vídeo que figura al final
-
¡Estoy harta, harta y
más que harta!
Así
se quejaba Cloe, paseando nerviosamente frente al gallinero. Sus
amigos estaban preocupados porque últimamente la veían demacrada y
se iba durmiendo por cualquier lugar.
Woffe
le preguntó
-
¿Qué te pasa?, ¿Tienes algún problema?
-
¿Que qué me pasa, dices? Que estoy más que harta. Llevo
días sin poder dormir a gusto. Cada día me acuesto con las gallinas
y me levanto con el gallo, pero no puedo dormir de corrido. Cuando no
es la de al lado que cloquea en sueños y me despierta, es otra que
se cae del palo y sus locos aleteos me desvelan, o el constante
sonido de la gallinaza cayendo rítmicamente al suelo “plof, plof,
plof”. La cuestión es que no pego ojo, me paso las noches en
blanco y estoy desesperada. Además, como estoy despierta, tengo que
aguantar la peste a gallinero y cada día me da más asco. Y el
hacinamiento y la falta de privacidad e intimidad me agobian, porque
hasta los mínimos encuentros con el gallo tienen testigos. Cada día
estoy más harta de vivir en esta especie de campo de internamiento y
estoy deseando marcharme.
-
Pero si el gallinero es tu casa, la casa de todas las gallinas.
-
¡Ya! Pero no tiene que ser siempre así, porque sí. ¿No tienes tú
una caseta para ti solo? ¿No tiene Muu su cuadra para ella sola? ¿No
tienen los pajarillos nidos para ellos, su pareja y sus crías?
¡Hasta los caracoles tienen casa propia! ¿Por qué yo no?.
-
Porque no es lo propio de las aves de corral, de vosotras las
gallinas; y tú, como te diría Muu, eres una gallina y no debes
olvidarlo.
-
Pues yo pienso poner remedio, no me resigno a no dormir por las
noches.
Woffe
se marchó muy preocupado y se acercó a contárselo a Muuriel
Mientras
tanto Cloe comenzó a hacer planes.
-
¡Sí! Conseguiré una casa para mí sola
Y
comenzó a pensar en cómo sería, de qué materiales y quién podría
construirla, porque las gallinas carecen de habilidades
constructivas.
Como
referencia tenía lo que veía a su alrededor y lo que recordaba de
las casitas que se habían hecho Pag, Peg y Pig(ver nota al pie),
aquellos tres cerditos
que le contaron una vez cuando era polluela.
Descartó
la casita de ramas, porque seguro que se colaba el viento por todas
partes y seguro que entraría agua al llover.
Descartó
la casa de piedra porque, aparte de que en la granja no había nadie
capaz de construir algo así, allí no había peligro de que entrara
ningún lobo soplador, gracias a Woffe.
Finalmente
se inclinó por una casita de tablas; que era fácil de construir,
ligera y abrigosica durante el frío invierno. Ahora se trataba de
encontrar un constructor, porque el terreno ya lo había elegido, lo
más lejos posible del gallinero.
Cavilando
en éstas estaba cuando oyó el rítmico tamborileo “tap ratatatap
tap” del Pájaro Carpintero, y pensó que ahí tenía a su
contratista para encargarle la obra.
Le
llamó y éste descendió con un rápido aleteo, desde unas ramas
secas en lo alto de un álamo, y se posó junto a ella.
-
¿Por qué me has llamado? ¿No ves que tengo trabajo?
-
Quiero que me construyas una casita para mí sola
-
Eso se puede hacer, pero tendrá que ser una especie de loft, algo
diáfano, no me gustan los tabiques. Veamos las medidas...
Aleteó
agitadamente alrededor de Cloe y finalmente le dijo.
-
Sí,creo que a cincuenta por cincuenta bastará, te vendrá a medida
y no te quedará estrecha ni extremadamente holgada. Pero has de
saber que eso es caro.
-
¿Cuánto?
-
El presupuesto me sale que puede costarte unas cien unidades, entre
insectos, orugas y gusanos.
-
¡Pero eso es muy caro!
-
Pues si te interesa es lo que hay. Y si no tienes, pide un crédito.
-
¿Y eso incluye el
mobiliario y complementos?
-
De ningún modo. Para eso te tendrás que buscar otro proveedor. Tú
vete a buscar efectivo y ya me dirás si hacemos trato o no. Pero te
advierto que no puedo esperar mucho porque tengo más obras
esperando.
Cloe
marchó muy preocupada. Juntar cien unidades en poco tiempo era
imposible, le llevaría al menos una semana larga y le acuciaba la
prisa por marchar del gallinero.
Entre
las gallinas de la granja había una que ejercía de prestamista,
aunque por lo alto de sus intereses más bien podría decirse
usurera. La llamaban IBG
(Intereses Bien Grandes) y acumulaba efectivo para prestar a altos
intereses, pero a veces resolvía problemas urgentes, como era
el de Cloe en ese momento, y acudió a ella.
-
Venía a pedir un préstamo de cien unidades para comprarme una
casita.
-
¿Y dónde está esta casita? Porque yo necesito una garantía con
que cobrarme y que responda del pago.
-
Todavía no está, aún me la tienen que construir.
-
Pues entonces es una casita hipotética.
-
Bueno, si… ¿Pero me podrá prestar esos cien?
-
Claro, pero tratándose de una "hipotética" los intereses serán
mayores. ¿Aceptas?
-
Acepto
-
Pues marca tu pata aquí, y aquí, y aquí, donde la cruz.
Así
Cloe le pudo llevar sus cien unidades, entre gusanos, orugas e
insectos al Pájaro Carpintero y éste le prometió que a la mañana
siguiente comenzaría la obra. Primero tenía que preparar los
materiales.
Cloe
se retiró a su gallinero, se acostó con las gallinas, y esa noche
aún durmió menos, pero no por los cloqueos, caídas, aleteos y
defecaciones, sino por los nervios.
Nada
más cantar el gallo, saltó del palo y corrió al lugar destinado a
su casita y en donde debería comenzar la obra su contratista.
Y
esperó, esperó, esperó. Esperó todo el día y no apareció. ¡El
pájaro había volado! ¡Y con sus cien unidades!.
Cloe
se sentía estafada, y de hecho el pájaro la había timado. Se había
quedado sin casa y encima tenía que pagar a IBG el valor de la "hipotética" con sus intereses.
Las
semanas que siguieron fueron
muy largas y de locura; yendo de aquí para allá a la caza y captura
de: gusanos, orugas e
insectos, de sol a sol hasta que finalmente pudo amortizar el
préstamo por su hipotética casita.
Pero
no hay mal que por bien no venga. Cada día se retiraba tan agotada
que, ni cloqueos,
caídas, aleteos o el
sonido de la gallinaza al caer,
conseguía despertarla
y dormía de tirón, como una bendita. Así acabó olvidando su
obsesión por una casita y su aversión por el gallinero.
NOTA (ver): Pag, Peg, Pig
¿Lo logrará?
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