miércoles, 17 de mayo de 2017

RELATOS DE HÉNDER, Libro 13 (En Quater) parte 5

Un encuentro con los guardias desagradable, 
proyectos en una velada memorable
 y una decisión inquebrantable




 EN QUATER 5


Todos cayeron dormidos muy pronto, salvo Fan. Aún se veía colgado de un cubo sobre el abismo, posiblemente aquella pesadilla le acompañaría por un tiempo, pero le acabó venciendo el sueño.
A la mañana siguiente, camino hacia el norte, acabaron dejando atrás la ciudad. Los cultivos y las granjas dejaron paso a un terreno cubierto de hierba en el que se veían rebaños pastando apaciblemente. Afortunadamente Rubí se hallaba en aquel nirvana intemporal de la mochila. No se sabe cómo hubiera reaccionado al ver tanta oveja a su alcance, aunque con el rebaño de Fan se comportaba como un perro pastor cualquiera. Tampoco se sabe cómo hubieran reaccionado éstas a la vista de un lobo, pues difícilmente lo verían como un peligro sino como algo extraño, porque en los reinos no había lobos, pero sí había otros depredadores muy diferentes, los serválidos, una clase de felinos de buen tamaño, de los que se decía estaba casi extinguidos.
Vieron también un rebaño de alzemús que, según comentó Marcel, se encargaban de criar machos para tiro y hembras para leche, su carne no era apreciada y se consideraba no comestible.
Cerca del mediodía avistaron a lo lejos un edificio aislado, era la posada de medio camino y a ella se acercaron, para descansar de la caminata y reponer fuerzas. Aquella ruta no era tan transitada como la de las Pesquerías o las Salinas. Por ella circulaban grandes carros cargados pesadamente con materiales de construcción: piedras de cantería, ladrillos, tejas, cal, yeso, arena,... También circulaban otros carros más ligeros, con una sola yunta, transportando piezas de vajilla y alfarería variada. Algunos de los arrieros salían de la posada y seguían su camino, otros llegaban, dejaban las carretas a la sombra de un grupo de umbros y entraban a comer.
El menú era parecido al de la ruta de las Salinas, aunque esta vez tocaba de postre un pastel de cuajada de alzemú, con un chorro de miel de abejanos.
Dejando  atrás la posada, el terreno comenzó a cambiar paulatinamente. Lo que era terreno de pastos se iba tornado más árido y pedregoso, lo que era una amplia llanura quedaba rota por formaciones rocosas aisladas que, conforme avanzaban, eran más frecuentes y mayores. En uno de aquellos afloramientos rocosos hallaron un equipo de canteros arrancando piedras con franjas cristalinas y azuladas que cargaban en un carro.
- Esta es la piedra que se emplea para la obtención del yeso – comentó Marcel – y, lo mismo que la de cal, se debe calcinar y triturar para obtener ese polvo que se emplea en la construcción. Pero sigamos adelante, este tramo hasta el Poblado es algo más largo que el anterior y si nos entretenemos podemos llegar ya muy tarde.
Siguiendo el camino, se cruzaban con los carros cargados en dirección a la Capital y les adelantaban los carros que regresaban al norte de vacío. Vieron otras canteras de las que extraían rocas como las que ya habían visto y otras más que eran algo diferentes, más blancuzcas y menos cristalinas.
Ya comenzaba a declinar el sol cuando, a lo lejos, se perfilaba un grupo de edificios que, visto luego de más cerca, era un apiñamiento de barracones, casas, almacenes y otras variadas clases de construcciones, todos ellos en piedra o ladrillo, unos más sencillos y otros más cuidados.
No había ya tiempo para curiosear por allí, Marcel aceleró el paso camino de una gran construcción de piedra, situado en el centro de aquella especie de población improvisada, como construida anárquicamente. Se trataba de otra típica posada como las que ya conocían. Fan y Merto tuvieron que acelerar el paso porque Marcel avivó aún más la marcha, hasta que entraron en el salón. Se parecía a la posada de la Salinas y, en un rincón, estaban jugando a las piedras.
Marcel les dijo que buscaran mesa y le esperaran. Se dirigió a una puerta y se perdió por ella. Al rato regresó junto a ellos, tomó asiento a la mesa que ocupaban y en la que estaban esperando que algún camarero se acercara.
- Ya tenemos habitación reservada. Esta posada viene a ser algo parecido a la de las Salinas, aunque peor. Aquí no hay prácticamente vivienda estable, salvo algunos jefes, artesanos y comerciantes. La población, mayoritariamente, consiste en condenados y guardias, y ellos se alojan en la cárcel o en el cuartel. En esta posada sólo se alojan los carreteros que deben esperar carga o que se les hace de noche y otras raras gentes itinerantes como nosotros. Ahora, cenemos, durmamos y mañana ya tendremos ocasión de conocer el Poblado. 
- Te noto diferente – dijo Fan - ¿hay algún problema?
- No pasa nada. Sólo que estar aquí me trae tristes recuerdos.

 - Pero no debes temer nada ¿no? - dijo Merto.
- Creo que no, pero nunca se sabe. Bueno dejémoslo, puede ser sólo una aprensión mía.
Cenaron y se retiraron a la habitación, un oscuro dormitorio alumbrado con una triste vela, con dos camas y una plegable extendida en un rincón, tres sillas y una pequeña mesa, en fin, como los otros dormitorios de las posadas que habían visitado últimamente.
Al salir por la mañana, guiados por Marcel, aquel batiburrillo, proyecto de ciudad, presentaba un aspecto deprimente y sucio. Contrastando con la Capital o el barrio en que durmieron; parecía inadmisible que, en un lugar en el que abundaba la piedra, los ladrillos y las baldosas, las calles fueran de tierra y, cuando llovía, de barro. Si es que se podía llamar calles a la simple separación entre construcciones plantadas en el terreno sin orden ni concierto. La suciedad era dueña de todo. No era extraño que Marcel se sintiera mal allí, ellos también comenzaron a sentirse mal y a preguntarse si había sido buena idea ir, pero como ya estaban…
- Eso de ahí son los alojamientos de los condenados y yo tuve la desgracia de "residir" ahí un tiempo hasta que logré escapar.
Se trataba de una gran construcción de ladrillo, de una sola planta y con pequeñas ventanas, más bien ventanucos o tragaluces. Los desperdicios se acumulaban en derredor, como en el resto del Poblado que habían visto. Las paredes, sin revocar, estaban ennegrecidas por el moho, la humedad y el polvo. Los ventanucos sí tenían cristales, pero tan sucios que sería raro que dejaran pasar algo de luz. Las puertas estabas cerradas y dos guardias las custodiaban. Tampoco es que los guardias tuvieran mejor aspecto; sus uniformes, azul oscuro, estaban sucios, arrugados y con algún desgarrón.
- Ahora todos están trabajando y sólo permanecen aquí aquellos reclusos que, por enfermedad u otras causas, no pueden hacerlo. Por eso hay sólo la guardia de puertas porque, cuando están todos, hay también una ronda que da vueltas al edificio. ¡Como si cuando los traen de vuelta alguien tuviera energías y ánimos para intentar algo!
Abandonaron las inmediaciones, con cierto alivio, y se acercaron a otro edificio de piedra, con amplias ventanas, pero protegidas con fuertes rejas y una gran puerta de hierro; ante la cual, en sendas garitas, vigilaban dos guardias armados con sables.
Tampoco es que los guardias aquellos estuvieran más presentables y los cristales de las ventanas más limpios.
- Este es el cuartel. En él residen los guardias y su jefe. Esta guarnición se encarga de la seguridad del Poblado y de la custodia de los penados. Mejor será alejarnos, porque cualquier aproximación a sus muros se puede considerar sospechosa y podríamos tener problemas. Como podéis ver, frente al cuartel, bien protegida y custodiada se encuentra esa mansión de piedra, con aceras adoquinadas, cuidado jardín y cristales relucientes. Aquí reside el Administrador del Poblado, que es el delegado del rey para el gobierno de este territorio.
Hacia el este, siguiendo a Marcel, llegaron a una pequeña urbanización de casas, bien cuidadas, en un entorno limpio y adoquinado. Algunas de ellas lucían bellas obras escultóricas, grandes tinajas o piezas de colorida cerámica.
- Esto es lo que podríamos llamar el barrio de los artesanos y jefes de equipo. Como veis se encuentra alejado del Poblado y está cuidado y limpio. La verdad es que no tuve ocasión de visitarlo hasta que me escapé y me oculté por aquí hasta que, a la luz de Renia, escapé del Poblado sin saber en qué dirección, desorientado. Lo único que conocía era el trayecto desde la prisión a las balsas de barro.
Como ya era mediodía, volvieron a la posada y, mientras comían aquel menú único, cambiaron impresiones sobre lo que habían visto, y dijo Fan:
- Espero ver esta tarde algo más interesante. Me gustaría saber sobre la industria de este lugar, todo lo relativo a la fabricación.
- Todo lo que necesita leña y carbón en cantidad, está más al noroeste, más cerca de la frontera de Trifer, porque allí se hallan más próximas las fuentes de combustible; mientras que las balsas de barro, en donde se prepara la arcilla para los alfares, están más al nordeste. Os llevaré también, aunque no me gustaría volverlas a ver. El resto está algo más lejos y será mejor salir temprano mañana.

- Si no te vas a sentir bien, mejor no vamos a las balsas. ¿Podemos ver algo de los alfareros? No creo que nos importe mucho ver lo de la arcilla, ¿verdad Fan?
- Desde luego. No tengo interés tampoco, pero me podrás contar de qué va y cómo se hace.

- Sí, ya os contaré. Es muy duro y es un espectáculo que a alguien, con un mínimo de humanidad, no dejaría insensible. Quizá nos dé tiempo esta tarde, si no nos entretenemos mucho, para visitar un alfar cercano. Lo demás, como ya os he dicho, está lejos y disperso y llevará más tiempo.
 - Cuando quieras vamos donde tú digas, para eso eres el guía que conoce el terreno mejor que nadie – dijo Merto
- Pues vamos allá. No está muy lejos. Es un pequeño taller en donde tornean vajilla, tinajas, cazuelas,… todo lo necesario para la mesa y la cocina. El maestro alfarero es amigo, me escondió un tiempo cuando escapé de la reclusión y yo iba perdido, desorientado, sin conocer más lugar que la prisión y las balsas.
- Pero conoces los alrededores y los lugares a los que vamos ¿no?

 - Más que nada por lo que contaban por la noche los otros reclusos que trabajaban allí. Yo nunca he ido más hacia el norte, pero me sé de memoria todas las instalaciones como si hubiera estado en ellas. Y el modo de llegar también, porque les llevan en carretas descubiertas, llueva o haga un sol abrasador.
Salieron del Poblado por una ruta que presentaba grandes surcos, producidos por los carros cargados. Era una ruta que, al contrario de las otras, no estaba muy cuidada y era preferible caminar fuera de la calzada. No muy lejos se veía un edificio con una explanada vallada.
- ¡Ahí es! ¡Vamos!
Marcel apresuró el paso porque comenzaba a chispear. Por el aspecto del cielo se preparaba un buen chaparrón. Ellos le siguieron y, cuando ya estaban llegando, un trueno rasgó el silencio y comenzó a llover, al pronto no muy fuerte, pero sí lo suficiente para echar a perder todo lo que estaba en la explanada secándose al sol si se dejaba allí. Rápidamente salió del edificio un grupo de trabajadores con grandes lonas y comenzaron a cubrir todo lo que estaba en espera de secado para pasar al horno o al barnizado. La actividad era febril. Ellos intentaron echar una mano ayudando a cubrir: ollas, orzas, pilas de platos, figuritas y toda clase de recipientes de arcilla.
Acabada la labor se retiraron todos a cubierto y se sacudieron el agua que les caía a chorros. Marcel se acercó al que parecía mandar el grupo y le dijo:
- ¡Hola Berth! ¿Te ha ido bien nuestra ayuda?
- ¡Hola Marcel! ¡Bienvenido! ¡Qué alegría! – respondió, sorprendido - ¿Tú por aquí? ¿No sabes que aún te buscan?
- No hay peligro, ahora soy sólo un guía y ya sabes que los niños de Quater somos todos iguales. Estos son mis amigos: Fan y Merto. Éste es mi amigo Berth.
- Bienvenidos... ¿Blancos? ¿Qué hacen por aquí los hurim?
- Quieren conocer el reino y yo les guío.

- Amigos: no podéis haber elegido un guía mejor, os lo aseguro. Ahora, venid. Os facilitaré unas toallas para secaros. Y no os preocupéis por mis trabajadores, mientras están aquí son libres y saben lo que pueden hacer, al menos hasta que venga la guardia a por ellos.
Le siguieron al fondo del local en el que se veían pilas de bloques de arcilla húmeda y ruedas de tornos de alfarero, entre otras muchas cosas.
Marcel se quedó charlando con los trabajadores. Todos eran condenados, como lo había sido él, pero aquel trabajo era muy diferente al de las balsas, Berth les trataba con consideración y comían bien.
El tiempo pasó sin sentir: Fan y Merto hablando con Berth que les explicaba los trabajos de alfarero y curioseando por el taller, Marcel charlando animadamente con los trabajadores. Pero, en lo más grueso de la tormenta, se abrió la puerta de golpe y penetraron violentamente unos hombres  uniformados como los que habían visto en el Poblado, iban chorreando y con un humor de mil diablos. Eran los guardias encargados de recoger y encerrar a los presos a la caída de la tarde,   y parecía que la lluvia les había vuelto más agresivos y violentos de lo que solían ser habitualmente, si es que ello era posible. De modo que, dirigiéndose al grupo de trabajadores entre los que se hallaba Marcel, el que parecía jefe del grupo vociferó:
- ¡Venga! ¡Afuera! ¡Vamos de vuelta a casita! 
- Está lloviendo mucho – se oyó decir a algunos tímidamente porque ya sabían cómo se las gastaba.
- ¿A mí me lo vais a decir? Venimos con el grupo de la Tejera y todos chorreamos. A ver si las señoritas son tan delicadas que les molesta el agua. Así os lavaréis ¡puercos! ¡Vamos! ¡Afuera!
Marcel intentó escabullirse del grupo, pero le vio y le echó mano a un brazo
- ¡Alto ahí! ¡Oyetú! ¿Pensabas escurrir el bulto?
Al oír aquella expresión, Marcel se asustó ¿Le habría reconocido? Él sí le recordaba bien y no era amable precisamente.
- Es que yo no soy de aquí, sólo estaba charlando con ellos. Suélteme.
- ¿Como que no? A ver sargento, cuéntalos.

Uno de los guardias se acercó al grupo y los contó.
- Están todos, ése sobra.
- ¿Cómo que sobra? De algún lugar habrá salido. Oyetú, ¿quién eres y de dónde sales?. Esas ropas que llevas, ¿de dónde las has robado?
- Sólo soy el guía de unos viajeros.

En ese momento, Fan, Merto y Berth, que habían presenciado atónitos la escena, se acercaron.
- Dice la verdad – le respondió Fan – es nuestro guía y esa ropa se la hemos regalado nosotros.
- ¿Unos malditos hurim? - dijo con sorna y rabia a un tiempo - ¿Unos de esos que por unos frutos de nada, capricho de los ricos, se llevan todo lo que quieren?. Me vais a tener que acompañar también al Poblado, llueva o no llueva. Vuestro viaje acaba aquí y a ver qué dice el Administrador del rey. Pero… a ver… ¿Qué llevas en esa mochila?
- Nada. Está vacía, como puedes ver – dijo Merto
- ¿Vacía? ¡Tú te callas! ¡Trae!
Y le arrebató la mochila que llevaba colgada a la espalda.
- A ver, a ver…  - dijo, introduciendo la mano por la abertura.
- ¡Ayyyyy! ¿Qué es esto? - chilló sacando la mano ensangrentada y, tras ella, la cabeza de Rubí que no soltaba su presa.
Entre gritos de dolor y de asombro, por la boca de la mochila acabó saliendo Rubí, sin soltar la mano, luego salieron Diamante y Esmeralda.
Todos, incluido Berth, se quedaron paralizados por la sorpresa, salvo el jefe de los guardias que chillaba y se debatía con la mano entre las fauces de Rubí.
- ¡Suéltale Rubí!, y escupe – ordenó Fan, mientras recogía su mochila del suelo y sacaba su bolsa de medicinas.
- A ver, a ver…. Deme la mano. Debería saber que no se debe hurgar en sitios oscuros y desconocidos, puede salir una serpiente o algo peor. Permítame curarle y ya verá cómo se le pasa el dolor.
Rubí enseñaba los dientes, gruñendo, Diamante también los enseñaba; aunque más que dar miedo, daba risa, y Esmeralda se plantó frente a los guardias extendiendo sus hojas amenazante.
Berth, finalmente reaccionó y se les quedó mirando a ellos y a las Joyas.
- ¿De modo que sois vosotros? ¿Esos de los que tantas historias cuentan? Pero… ¿qué hacéis por aquí?
Merto le respondió:
- Sí, somos nosotros y queríamos conocer Quater, como hemos conocido Hénder, Trifer y Serah, pero en ningún lugar nos han tratado como aquí. Marcel nos guía muy bien y nos llevamos una muy mala impresión de cómo se trata aquí a las personas, sean reclusos o no. No sé qué dirá vuestro rey cuando le contemos todo esto, cómo se trata a los presos y cómo se comportan los guardias.
Entre tanto, Fan estaba acabando de vendar la mano del jefe de los guardias, que le dejó hacer y daba la impresión de que estaba avergonzado y no sabía en dónde meterse. Al terminar el vendaje, le ordenó.
- Ya estás curado. Ahora, cumple con tu obligación, llévalos a sus alojamientos, si es que a aquello se le puede llamar alojamiento. Pero tened cuidado, porque nos vamos a enterar de cómo los tratáis y, más pronto o más tarde, lo sabrá Su Majestad Bluerico. Y si mañana no van a trabajar y se dedica todo el mundo a adecentar aquella cuadra que tienen como alojamiento, puede que nos olvidemos de alguna cosilla. Y por lo que atañe a nuestro guía, se queda con nosotros ¡Faltaría más!
El otro no dijo ni palabra, salió por la puerta y le siguieron al exterior los guardias y los reclusos. En la carreta les estaba esperando el resto, aún empapados, pero afortunadamente había dejado de llover.
Arrancó la carreta y se alejó por aquella ruta que más era un barrizal. Y allí se quedaron, viendo como se alejaban, Berth y ellos tres, junto con las tres Joyas. Tres por un breve tiempo porque; tan pronto la carreta se hubo perdido de vista, aterrizaron Zafiro y Zaf, con una nueva sorpresa de Berth.
Las Joyas permanecieron en el patio mientras ellos entraban en la nave, aunque Fan les advirtió, antes de entrar, que tuvieran mucho cuidado con los cacharros que ocultaban las lonas.
- Yo no sé qué pensarás tú, Fan, pero yo he perdido el interés en ver qué hay más allá.
- Pues, después de la escena que acabamos de vivir, la cosa se ha complicado. Eso de pasar inadvertidos, de incógnito, ya es imposible. Pronto se correrá la voz de quienes somos, de modo que estoy por dejar Quater lo antes posible.

Marcel les miraba compungido, se le veía a punto de echarse a llorar como un niño, que es lo que aún era.
- ¿Y ya no vais a necesitar un guía?
- No. Ya no vamos a necesitar un guía, porque ¿Qué sabes tú de los otros reinos y de las tierras que puede haber por explorar aún? Nada. Por eso no necesitaremos ningún guía.

Marcel ya no podía contener las lágrimas y comenzaron a rodar por sus mejillas.
- Pues no. No vamos a necesitar ya un guía, pero sí a un amigo, especialmente si tiene el color del mar y del cielo.
Marcel se abrazó a los dos amigos y rompió a llorar, pero ahora de alegría y de alivio. Y los tres lloraron juntos, hasta a Berth casi se le saltaron las lágrimas.
- De todos modos – dijo Fan – no hay que dejarse llevar por el acaloramiento del momento ni precipitarse, será mejor pensarse mejor lo que haremos antes de adoptar cualquier decisión.
- ¿Y por qué no os quedáis a cenar y a dormir?. El camino ahora estará intransitable y se hace tarde. En casa hay sitio y Gredha cocina muy bien.

Vivían en una pequeña y acogedora casa, tras el edificio principal y junto al horno que, además, les proveía de agua caliente y de calefacción en el invierno.
Gredha era una mujer rechoncha, de mirada sonriente y cabellos rubios que resaltaban sobre su tez azul. Contrastaba o se complementaba con Berth; que era moreno, alto y delgado, pero coincidían en una cosa, sus rostros transmitían confianza y alegría.
- Tenemos invitados a cenar, querida, a ver cómo lo puedes resolver. Mientras tanto me los llevo al desván para acomodarlos para esta noche..
- Ya me las arreglaré, no te preocupes, algo habrá en la despensa y ya sabes que no se me da mal improvisar.
- Lo sé muy bien. Vamos, amigos, seguidme.

Les condujo a una puerta que daba a una escalera y treparon por ella hasta el desván. Estaba limpio y ordenado, sin trastos en medio. Los lados más bajos de las vertientes del tejado sí tenían cajas y muebles muy bien colocados y; alineadas a ambos lados del pasillo central, había cuatro camas.
- Vais a necesitar sólo tres. Esto lo tengo preparado porque, a veces, recibo visitas de amigos o familia. La casa es pequeña y no tiene más que un dormitorio. Bueno, también hay otro más pequeño, para una cama individual, que preparamos pensando en tener un hijo, pero no hemos tenido esa suerte. A Gredha le entristece a veces reparar en ello, pero yo procuro animarla y mantenerla ocupada y así no le da vueltas a las cosas. Bien; creo que aquí estaréis bien, las camas ya están preparadas. ¿No os iréis a discutir por elegir cama?, porque si es así ya me encargo yo de asignar a cada cual la suya. 
- No hay problema, no nos vamos a pelear; y, si supieras en los lugares en que hemos llegado a dormir, comprenderías que éste lugar sea para nosotros mejor incluso que los dormitorios de invitados de Trifer – dijo Fan.
- Al menos esto es más acogedor y más propio de nosotros, simples pueblerinos.
- Mucho mejor que las ruinas en las que me tropecé con vosotros, y nunca mejor dicho lo de tropezar.

Los tres rieron recordando el incidente y le contaron a Berth de qué iba la cosa, porque se había quedado mirándolos sin entender de qué reían.
Dejaron la mochila, tras sacar de ella algunas provisiones que aún conservaban: un trozo de pata de cinguo, un taco de queso de Fan y unos tarros de frutas de Alandia. Luego bajaron al comedor, Gredha ya tenía la mesa puesta y estaba cacharreando en la cocina.
- Unos dedales de licor de drufas no iría mal para prepararse, ¿no? - dijo Berth sacando unos vasitos pequeños de cerámica y una frasca del mismo material.
- ¿Y si lo acompañamos con un poco de queso y fiambre? - dijo Merto mostrando lo que había llevado.
- ¿A qué esperas? ¡Adelante!, vete a la cocina y le pides a Gredha una tabla y un cuchillo, porque supongo que habrá que cortar eso.
Cuando regresó de la cocina comenzó a cortar unas lonchas de cinguo y unos tacos de queso, mientras comentaba:
- Me ha parecido que Gredha ya está acabando de preparar la cena y no tardará en salir ¿Y si la esperamos para que se nos una? 
- ¡Claro! ¡Sí! ¿Cómo no? - fue la respuesta unánime aunque diferente.
Berth escanció en seis vasitos un chorrito de aquel licor azulado
- No deberías beber esto, es muy fuerte para ti, pero hoy ha resultado ser un día muy especial y hay que celebrarlo, puedes beber un poco Marcel.
Salió Gredha de la cocina, todos se sentaron a la mesa y, durante un breve tiempo, se hizo un profundo silencio, sólo roto por el sonido del choque ocasional de algún tenedor con el plato o el leve sonido de la masticación.
- Delicioso – dijo Gredha - ¿Qué era esto?
- La pata curada en sal de un animal de nuestro país y queso de las ovejas de Fan. Además lo hace él mismo y es el mejor de Pascia y mejor que muchos otros que hemos probado. Berth ¿Aquí no se hace queso?

- Nadie lo ha conseguido. Hemos probado uno muy caro, y no tan bueno como éste, que procede de Dwonder. Se ha intentado hacer igual, pero el secreto lo guardan ellos y no hemos podido descubrirlo. Se intentó con la leche de alzemú, pero resultaba tan duro como una piedra, de lo espesa que es.
- Es que esa leche no es apropiada, yo lo hago con la de mis ovejas.
- A nadie se le ha ocurrido hacerlo con la leche de las ovejas. Se crían para lana y carne, pero  nadie ha pensado en ordeñarlas. Gredha… me parece que vamos a cambiar de oficio. Esto de la alfarería es un trabajo duro, no tanto como otros, pero duro y sucio. Además ya estoy harto de los guardias y de explotar a los presos, porque ellos no se benefician de su trabajo, ni cobran, ni les sirve para vivir decentemente, pero el Administrador sí que cobra una tasa por cada uno y cada vez pide más.
- Me parece bien, marido, porque con lo que se anda comentando de esos objetos de piedra moldeada que comienzan a traer de la Selva, la alfarería va a estar en baja, si no acabada. Tienes razón. Vendamos ésto ahora que aún no se ha depreciado y montemos una fábrica de queso. Seguro que nuestro amigo nos asesora bien.
- Buena idea. Y tened por seguro que a vosotros no os voy a ocultar ningún secretillo, que en el oficio todos los tenemos.

Gredha había preparado un guiso de ciertas legumbres locales, con carne y verduras, que estaba para chuparse los dedos. Alguno se sirvió más de un plato y se permitió hacer una observación:
- Exquisito y consistente, yo he repetido y comería más pero ya no me cabe, aunque creo que esto con unas patatas rotas a trozos tampoco estaría mal ¿Tú que opinas Fan?. Lástima que en los reinos no se cultivan. ¿No nos quedaría alguna perdida en la mochila?
- Creo que sacamos las últimas en Trifer, con los leñadores, pero podría mirar si queda alguna.

Y Fan trepó al desván, buscó en la mochila y regresó con tres hermosos ejemplares que se habían salido del saco y flotaban en el infinito intemporal.
Tres pares de ojos se las quedaron mirando extrañados.
- ¿Y esto se come? - preguntó Berth con un gesto de incredulidad.
- Ahora mismo vas a ver lo ricas que están bien fritas.
- ¡Alto, Merto! ¿Has pensado que con estas tres se podrían cultivar al menos una docena de matas? ¿Has pensado que luego podría extenderse el cultivo y ser un negocio aún mayor que el de hacer quesos?

- No había pensado en eso. Tienes razón. Mañana os contaré todo lo que sé del cultivo de la patata, y sé mucho. Pero ahora, para rematar esta cena tan provechosa en todos los aspectos, vamos a degustar unas conservas de frutas de Alandia.
 - ¿Qué es Alandia? - preguntaron ambos anfitriones.
- Alandia es el país de donde proceden los hurim; un país que, tras el Gran Cataclismo, quedó allá abajo, al fondo de lo que llamáis el Abismo Insondable, o bien los reinos se elevaron dando lugar a lo que, allá abajo, llamamos el Muro del Fin del Mundo.
Dicho esto, Fan abrió los frascos y sirvió el contenido en unos cuencos de barro que Berth había sacado del vasar, contenido que desapareció en un santiamén.
Berth, relamiendo la cuchara, comentó con ojos golosos:
- Queso, patatas,… ¡bah! ¿Y si nos enseñáis a preparar esto?
- Eso ya es más difícil, pero si alguna vez volvemos por aquí podría traerte semillas de Alandia así como las instrucciones necesarias, aunque para que los frutales produzcan pueden pasar varios años.

Gredha no había dejado de mirar a Marcel y se la veía triste. Estaba pensando:
- De haber podido tener un hijo ahora tendría esa edad.
Y una lágrima casi se le escapó, pero se supo contener y recuperó su sonrisa habitual.
Se retiraron pronto; pero, antes de dormir, tuvieron una charla en el desván.
- Está claro que, tras lo de hoy, creo que deberíamos marchar. ¿Tú qué opinas, Fan? ¿O crees que si dejamos Quater sería tanto como huir? Yo lo he estado pensando y ya no lo tengo tan claro.
- Es posible. Yo también creo que sería un gesto de cobardía, pero tampoco pretendemos ser héroes. Y, por otra parte, no tenemos nada que temer por el hecho de que sepan quienes somos. Total, con no acercarnos a la Capital no tendríamos compromisos con el rey.

- Pero creo que tendríamos que contarle lo que aquí pasa. Contarle que sus súbditos, que tenemos la desgracia de sufrir condenas por algo, a veces arbitrario, no dejamos por ello de ser sus súbditos. Que somos tratados de modo inhumano y que los responsables del Poblado, que son su imagen aquí, extorsionan a los profesionales que usan la mano de obra de los reclusos, y éstos no reciben compensación alguna ni un trato mínimamente humano.
- No se hable más. Me has convencido y creo que a Merto también. Tendremos que ir a ver al rey, pero a nuestra manera.
- Aunque en un principio pensé que el sufrimiento de unos quatianos debía serme algo ajeno, tras conocerte a ti y a otros como los que nos acogen hoy, pienso igual que Fan. Iremos a ver al rey y tú irás con nosotros. Así sabrá, de primera mano, qué sucede en las balsas de barro y en otros lugares.
- Gracias, gracias. Sabía que teníais buen corazón, además de valiente, y por eso no pienso dejaros, vayáis donde vayáis.
- Queda claro ¿no?, pues ahora a dormir que mañana tenemos clases intensivas de quesología y agricultura tuberculiana. Y tú, si no llueve, no te vas a quedar mano sobre mano porque, si no vienen los trabajadores, como espero que así sea, vas a dedicarte a retirar todas las lonas y cuidarte de las Joyas. ¿Vale?

 - Vale – respondieron los dos
- Pues buenas noches
- Buenas noches
- Buenas noches

Y el silencio se hizo en el desván, en la casa y en todo alrededor, porque hasta las Joyas estaban dormidas, si es que las coles y las mariposas duermen.
    
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Aquella mañana se les pegaron las sábanas. Allí no había gallos ni ruidosas carretas que les despertaran, tampoco las carretas de los guardias que transportaban a los reclusos, como cada día. Sólo un mensajero con un saltarenas, cubierto de barro, llegó cuando ya habían desayunado y estaba cada cual con su tarea. El mensajero traía la orden de avisar a todas las instalaciones de que aquel día debían considerarlo festivo en honor al rey Bluerico y que no recibirían mano de obra forzosa, que hicieran lo que pudieran o quisieran con su mano de obra contratada, o ellos mismos, o no hicieran nada.
Fan se hallaba poniendo al corriente a Gredha del ordeñado de las ovejas, algo que allí no sabían. Le explicó lo que era el cuajo natural y de qué plantas se podía obtener. Aunque la flora era diferente a la de Aste, allí sí había plantas muy similares y aptas para ello. En fin, hasta la hora de comer le enseñó todo lo que sabía de la materia y ella tomó buena nota. Pensó que habrían sido muy útiles aquellas flores de los cardos que jalonaban la ruta del sur, camino de las Pesquerías; pero por allí, antes de llegar, cerca de las canteras de yeso, había visto cardos que podrían ser buena fuente de cuajo.
Merto estuvo también toda la mañana mostrándole a Berth cómo debía cortar la patata, aunque sin hacerlo físicamente para no dañar aquellas tres únicos ejemplares, de modo que no faltasen ojos de germinación, cómo plantar los trozos, el cuidado de las plantas y la recolección. Pero también tuvieron tiempo de tratar sus aplicaciones culinarias y, como en las Pesquerías ya hacían salazones, le hizo tomar nota de la receta de Puerto Fin del pescado desalado con patatas; aunque sabía que, como a ellos, nunca le quedaría igual que a la posadera.
Mientras tanto, Marcel se estuvo retirando cuidadosamente las lonas, de tal manera que el agua acumulada sobre ellas no mojara las piezas de barro, las tendió bien sobre la cerca que delimitaba la propiedad a fin de que se secaran al sol. Mientras las lonas se secaban se cuidó de que las Joyas estuvieran bien, y a Rubí le sirvió un buen plato del guiso de la cena que le había dado Gredha, plato que quedó limpio en un instante. Cuando ya las lonas estaban bien secas, las dobló cuidadosamente y las guardó en el almacén de accesorios.
Entre unas cosas y otras se echaba encima la hora de comer, Gredha dejó a Fan y se perdió en la cocina. Al quedarse solo, se dio una vuelta por los alrededores y se acercó a ver lo que hacían los demás. Cuando llegó junto a Merto y Berth estaban hablando de algo distinto a las patatas.
- … Y esta noche casi no ha dormido. Estaba deprimida, aunque parece que tu amigo con lo de el queso le ha ayudado a olvidarse de su problema.
- ¿Qué problemas tiene? Sois felices y no os falta lo necesario.
- Que no hemos tenido hijos; y ahora, con Marcel aquí, piensa que, de haber tenido uno, tendría la misma edad, y eso le hace sufrir

Fan había escuchado esta parte de la conversación, e intervino.
- Pues esta mañana estaba perfectamente. Ha estado muy atenta a todo lo que le he explicado y no le he notado nada extraño.
- No... si, cuando tiene algo que le ocupa la mente, no repara en otra cosa. Pero tiene momentos en que me preocupa. Estoy seguro de que, si Marcel se quedara con nosotros, sería feliz.
- Claro, pero él quiere seguir con nosotros allá a donde vayamos.

 - Eso es algo que deberíamos tratar más en profundidad, Merto. Éste es su país y ésta es su gente. Me parece bueno para él, mientras estemos en Quater o, como mucho en Serah o los otros reinos, seguiría estando en su mundo, en un mundo que le es familiar y próximo. Pero ¿Qué me dices de cuando debamos regresar a nuestro propio mundo? ¿Qué será de él? Un muchacho de una raza muy diferente, lo que no debería ser un problema para los demás sino para él, un muchacho sin nadie de su propia sangre y ni tan siquiera de su propio color o cultura. Creo que lo mejor para él sería quedarse aquí, con ellos, que le tratarían bien y tendría un buen futuro entre los suyos. Ya viste anoche cómo le importaba su gente que sufre aquí el maltrato. Sé que, tanto a ti como a mí, nos va a doler la separación; pero, tras recorrer el otro reino que nos falta, acercarnos a Serah y a Hénder, debería regresar aquí con ellos de mismo modo que nosotros regresaremos a Aste con los nuestros.
- ¿Aquí?. Pues no sé dónde. Porque si decidís dedicaros al campo tendréis que marchar – dijo Merto mirando interrogativamente a Berth
- Tenemos la granja y los campos que heredé de mis padres. Está todo abandonado desde hace tiempo y habrá que trabajar duro para ponerlo todo en marcha, pero lo vamos a hacer. Y no tiene pérdida, sólo con preguntar por la Granja de los Abejanos, porque mis padres tenían colmenas, todos la conocen. No se acerca nadie por allí porque han hecho enjambres a su aire y la gente tiene miedo, pero yo sé cómo tratarlos y podría producir miel.
- Otra vertiente de negocio. Vais a necesitar ayuda, porque vosotros solos no vais a poder con todo – dijo Fan.
- Contrataremos trabajadores libres, no quiero tener que entendérmelas con los guardias ni con el Administrador. ¡Qué bien nos iría la ayuda de Marcel!
Éste; que había terminado sus labores, había visto a los tres en animada charla, y se acercó justo justo en el momento en que Berth pronunciaba su última frase.
- ¿De qué habláis, si puede saberse? Me gustaría saber qué papel tengo en vuestra conversación.
Berth se sorprendió por la repentina aparición del chico, estaban los tres tan enfrascados en su conversación que no repararon en él hasta que lo tuvieron encima, pero reaccionó.
- Les estaba comentando que nos serías de gran ayuda en los nuevos proyectos que vamos a emprender, que nos gustaría que te quedaras con nosotros como aquel hijo que no tuvimos. Sabes que desde aquella vez que llegaste aquí, huyendo de las balsas de barro, tanto yo como Gredha te tomamos cariño, pero si tu deseo es marchar con ellos, lo comprendemos.
- Es mi deseo y es mi obligación; son mis amigos con los que, además, tengo el compromiso de guiarles y tenemos que ir al rey para que sepa lo que pasa aquí. Me gustaría quedarme con vosotros y ayudaros, pero aquí no. Mi paso por las balsas de barro me hizo rechazar todo lo relacionado con la arcilla, nunca sería alfarero. También yo os tomé cariño desde aquella vez y os debo mucho, pero es antes la obligación que la devoción y debemos ver al rey. Después… quién sabe qué puede pasar y dónde acabaremos.
- No tienes que sentirte obligado. Ni Fan ni yo te vamos a echar en cara nada, sólo queremos que sepas que eres nuestro amigo, que participas de todo lo que somos y sabemos y que nos gusta tu compañía.
- Aún así tengo un deber con mis paisanos, y si podemos hacer algo por mejorar su situación y no lo hacemos, nunca me lo perdonaría.

Berth se sintió aliviado. Marcel no descartaba quedarse con ellos al terminar su compromiso y su obligación de ayudar a su gente. Es posible que, como había dicho Fan, al acabar ellos su estancia en Quater, Marcel se quedara con los que pertenecía. Eso le infundió nuevos ánimos y fue a comentárselo a Gredha.
Como tampoco por la tarde aparecieron los guardias con los presos, la ocuparon todos en ayudar a Berth a llevar las piezas: unas al horno y, las que necesitaban barniz, a los tornos de alfarero para su acabado antes de hornear.




continuará el próximo jueves

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