jueves, 28 de abril de 2016

XI.- Cloe quiere... dientes

No sólo Cloe. Hay mucha gente que come sin ton ni son y no tiene idea
 de cómo se debe hacer ni de cual es el proceso digestivo. Y 
luego vienen los cólicos, las indigestiones, los ardores... 
Cloe se va enterando de cosas, aunque al final 
no sé si aprendió las lecciones

Otro día "Cloe quiere...   casa"                   




Ya hacía días que Cloe no se metía en ningún lío ni emprendía una nueva aventura o, al menos, sus amigos no se habían enterado; y eso tranquilizaba, y al mismo tiempo inquietaba, a Muuriel y a Woffe. Tranquilidad porque esperaban que ya hubiera aprendido y recapacitado, e inquietud porque, de no ser así, no tardaría en volver a las andadas y meterse en algún problema.
Una radiante mañana, como lo son todas las mañanas en los cuentos, en que Cloe regresaba de sus ejercicios matinales, se encontró con Woffe y le saludó con un sonoro:
- ¡Cló! Wof
- ¡Guau! Cloe. Te veo muy bien y en plena forma, te prueban bien esas carreras.
- No te creas, últimamente tengo unas enormes molestias digestivas; pero es que, como la temporada de saltamontes es tan buena, me atiborro a base de bien y me duele también el buche.
- Lo mismo me pasó a mí en una temporada y el dolor de barriga me estuvo martirizando. Y es que comía con ansia viva y tragaba todo sin apenas masticar. Luego aprendí que había que tomarse su tiempo comiendo y masticar cada bocado al menos treinta veces, así se mezcla bien con la baba y se digiere mejor. Bueno, adiós, que tengo que ir con el amo a perdices.
- Adiós Wof, ¡Pobres primas mías!
Y Cloe se quedó pensando, se puso todo lo pensativa que podía ponerse, en lo que había oído a Wof.
- ¿Será por eso?, ¿será porque me trago todo entero?
Y decidió informarse mejor sobre el proceso alimentario. De modo que se acercó a su amiga Muuriel que se encontraba rumiando, como solía hacer unas quince veces al día, con la mirada perdida en el horizonte.
- Muu ¿cómo es que te encuentro siempre comiendo?
- No estoy comiendo, estoy rumiando lo comido. Los rumiantes, además de tener cuatro estómagos, es lo que hacemos; nos tragamos todo sin masticar pero así no lo podemos digerir, de modo que lo vamos sacando poco a poco, lo masticamos a conciencia y esta vez sí que lo tragamos definitivamente a otro estómago y lo podemos digerir.
- ¡Qué interesante! Pero Wof no lo hace igual.
- Es que él no es un rumiante, sólo tiene un estómago y ha de masticar muy bien todo antes de tragar. Y ahora, adiós, que me voy al prado a por algo más de pasto y a matar unas cuantas moscas con el rabo.
Cloe se quedó doblemente pensativa, si esto es posible. En primer lugar pensaba que ambos le rehuían últimamente pero ese pensamiento no le duró mucho y afloró el otro pensamiento:
- Resulta que para no tener molestias digestivas hay que masticar bien ¡Pero si yo no tengo dientes!
Y tomó una decisión
- Necesito una dentadura. A ver quién entiende de la materia por aquí.
Y se puso a considerar qué animales de la granja pudieran tener los conocimientos y la habilidad manual para fabricarle unos dientes.
Días le costó, pero al cabo se enteró de que los ratones tenían algo que ver con el asunto y que, además, había uno muy famoso por cambiar dientes por monedas.
También le contaron que unos humanos llamados dentistas hacían lo mismo pero al revés.
Estuvo tentada de acudir en demanda de ayuda a algún ratón pero, recordando sus aventuras y desventuras con ellos, recordando el vituperio y la rechifla que sufrió en su aventura de la caza, desistió de ello.
Y así pasó unos cuantos días más indagando entre todos los vecinos, salvo Muu y Wof, sobre la existencia de alguien experto.
Al cabo del tiempo le llegó a sus oídos, porque orejas no tienen las gallinas, un dicho sobre que “Si matas un sapo, por la noche cuando duermes se sube a tu cama y te cuenta los dientes”, de modo que se encaminó a la charca en busca de batracios.
Finalmente encontró un sapo, gordo y verrugoso, y le dijo:
- Hola sapo. ¿Tú entiendes de dientes?
- Algo sé. Sé cómo cuidarlos y me los limpio con una ramita.
- ¿Y nada más?
- Hay quien dice que sé contarlos, pero no soy capaz de pasar del número cinco.
- ¿Y no serías capaz de fabricarme una dentadura?
- Lo intentaré, pero pagando, claro.
- ¿Cuánto?
- Una docena de moscas y diez escarabajos.
- Trato hecho, ponte a trabajar.
- Espera que te haga un molde.
Y amasando arcilla del borde de la charca le sacó un modelo del pico y se retiró a su agujero, no sin antes decirle:
- En una semana vienes, pero no te olvides de traerme mi paga.
La semana se le hizo a Cloe muyyyyyyyy laaaaaargaaaaaaa, y la víspera se dispuso a cazar las moscas y los escarabajos para el sapo, aunque no fue capaz de cazar más de diez moscas y ocho escarabajos, pero pensó:
- No creo que note la falta, total ha dicho que no sabe contar más que hasta cinco.
En la charca la estaba esperando el sapo con una prótesis de arcilla secada al sol, pero no tenía incisivos, caninos, premolares ni molares, sino una especie de dientecillos cónicos en forma de sierra como los suyos, que es la única dentadura que conocía. Además puede que no le duraran mucho, porque en la charca no había horno en donde cocer la arcilla.
- No importa – se dijo – mientras me pague…. Porque tardará algo en darse en cuenta de que no le sirven de nada.
De modo que hicieron el intercambio.
El sapo contó moscas y escarabajos:
- A ver, moscas una, dos, tres, cuatro, cinco, cinco, cinco, cinco, cinco y cinco. ¡Bien!. Y escarabajos, uno, dos, tres, cuatro, cinco, cinco, cinco y cinco. ¡Perfecto!
Cuando se los acabó de comer se quedó con hambre, pero no supo cuál era la causa.
Cloe quedó muy contenta con su dentadura, le quedaba muy aparente y le hacía una bonita sonrisa, pero le duró lo que se tarda en masticar dos saltamontes. Junto con los saltamontes acabó tragando trozos de barro y piedrecitas de la dentadura.
En unos días comprobó que la pechuga ya no le dolía ni le molestaba el estómago, aunque no sabía si era porque había moderado su glotonería, por efecto de la dentadura o por ambas cosas. Lo cierto es que olvidó pronto aquella aventura de los dientes ni su causa.
Y, de haber sido más inteligente, hubiera acabado comprendiendo tres cosas:
a) Que las gallinas no tienen necesidad de dientes, la molleja se encarga de triturar todo, y aún más si se tragan algunas piedrecillas que ayudan mucho.
b) Que hay que comer con moderación si no quieres acabar con dolor de buche.

c) Que no es bueno engañar al prójimo, te puede engañar también y entonces no tendrás razones para quejarte. 

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