sábado, 2 de mayo de 2015

La Bella y el Bestia

Un nuevo cuento original, calentito, calentito, recién salido del horno. Espero que os guste.

LA BELLA Y EL BESTIA

Hubo una vez una princesa muy bella, pero muy caprichosa, presumida y soberbia. 
Por su belleza, todos los príncipes de los reinos vecinos la pretendían, sin reparar en lo que se escondía bajo aquella encantadora fachada, pero ella los rechazaba a todos.
Iban pasando a pedir su mano, pero: a éste le encontraba flaco, al otro gordo, a aquél bajito, a otro demasiado alto, a otro poco inteligente… y así hasta el infinito y más allá.
El Rey estaba desesperado porque no conseguía casarla y quitársela de encima, ya que era un incordio y representaba un gasto enorme en doncellas, afeites, vestidos y joyas; aparte de que, si se quedaba para vestir santos, tendría que soportar para siempre su mal carácter.
Ya casi no quedaban príncipes que presentarle, cuando el Rey tuvo una idea. Le propuso citar a todos los príncipes casaderos a un combate y se casaría con el que quedara vencedor.
Esto le pareció muy bien a la princesa, puesto que daba satisfacción a su vanidad.
- ¡Qué ilusión! ¿un montón de príncipes peleando por mí? ¡gracias papi! Me parece muy bien.
Y aceptó la proposición de su real padre, sin tener en cuenta que con ello ya no se podría echar atrás.
El combate no sería un combate singular, sería un combate plural, puesto que todos los príncipes lucharían a un tiempo, todos contra todos; pero, además, sin armas, a cuerpo limpio, porque el Rey no quería dejar a los reinos vecinos sin herederos.
Tras enviar mensajeros a los cuatro puntos cardinales, los príncipes fueron llegando, desde los reinos más próximos a los más distantes, hasta el terreno de torneos que el Rey había preparado convenientemente.
Entre los pretendientes, también acudieron los que antes habían sido rechazados, porque sentían herido su amor propio y porque no habían descubierto lo que se ocultaba bajo la belleza de la princesa.
Todos fueron muy bien recibidos, agasajados y alojados en los mejores aposentos. Los banquetes duraron hasta que, tras llegar el último, se cumplió la fecha fijada para el combate.
Y allí estaban en la arena todos los príncipes, hasta los más enclenques, pues pensaban que siempre podían escurrir el bulto, que otros se zurraran y, en un golpe de suerte, acabaran los unos con los otros.
Sonaron los clarines y comenzó la lucha: puñetazos, patadas, llaves diversas, empujones… y hasta mordiscos y arañazos. Un revoltillo de gente rodando por los suelos, poniendo perdidos de barro y sangre sus elegantes ropajes. ¡Aquello era épico!
Poco a poco fueron quedando menos en pie, los que caían definitivamente privados, eran retirados por los siervos y llevados a la enfermería. Afortunadamente ninguno sufrió daños irreparables y todo se redujo a: dientes perdidos, magulladuras varias, huesos rotos, ojos a la funerala y narices chafadas.
El combate duró horas, pero tocó a su fin cuando quedó sólo uno en pie. Era un sujeto macizo, malencarado, con pinta de bruto y más bien feo, por no decir repulsivo; lo que no significaba que, bajo ese aspecto, no se ocultara una bellísima persona y un espíritu sensible. Se acercó al estrado real y reclamó lo prometido tras la victoria.
La princesa no tuvo más remedio que cumplir el acuerdo aceptado, y su padre pensó que a su hija ahora se le había acabado la tontería y que ese yerno sí que sería capaz de meterla en cintura.
Se supone que se casaron, lo que no se puede saber es si fueron felices, a primera vista no parecía muy probable; aunque, como hemos podido comprobar, no es bueno juzgar por las apariencias. 

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