lunes, 4 de mayo de 2015

No es tan fiero

Ayer publiqué el cuento de transmisión oral "El león fiero" (aconsejo leerlo primero) en el que se planteaba quién era más fiero: el león o el hombre. Eso me ha dado que pensar y, como he tenido unas horitas de tren hacia y desde Barcelona, no he podido resistir la tentación de escribir un nuevo "trascuento" aprovechando el tema.


NO ES TAN FIERO

Después de que el león se marchara, con la nariz como un tomate y un gran chichón; el herrero dejó las tenazas y el martillo y pensó que le había dado una lección, demostrándole que el hombre es más fiero. Eso le llenaba de orgullo y satisfacción, pero comenzó a asaltarle una duda:
- ¿Habrá algún animal aún más fiero que el león y pueda representar un peligro para el hombre?
Y, sin pensárselo dos veces, se puso en camino con un zurrón en el que llevaba las cosas más imprescindibles y, en bandolera, su martillo más grande, por si las moscas.
Pensaba recorrer desiertos, selvas, sierras y sabanas intentando salir de dudas y poder regresar tranquilo, con el convencimiento absoluto de que el hombre era más fiero que cualquier animal.
Anda que te andarás, encontró un elefante. Aquella masa imponente le impresionó y, pensando que aquel podía ser el animal que andaba buscando, le preguntó:
- ¿Tú eres más fiero que el león?
No – sabio como es, respondió el elefante – yo soy más grande pero no más fiero, en realidad soy pacífico. Tampoco soy el más grande porque existen las ballenas y las orcas, muy peligrosas estas últimas, pero viven en el mar y no son competencia para el león. Entre los animales terrestres más grandes se pueden contar como más fieros: el hipopótamo y el rinoceronte, pero ninguno de ellos lo es más que el león. Lo importante no es el tamaño; una avispa es de una fiereza extrema para su tamaño, pero tampoco sería rival para el león.
Se despidió del elefante y siguió su camino, atravesando selvas y sabanas, hasta que se dio de manos a boca - bueno eso de manos es un decir – con una cobra real que se irguió amenazante, con un siseo de advertencia.
Al herrero le impresionó aquella actitud agresiva y le preguntó:
- Tú eres más fiera que el león?
- No – respondió con un silbido – yo soy más mortífera, con una pequeña picadura mía irías a reunirte con tus antepasados; pero no soy fiera como el león, es más, si puedo pasar desapercibida y no me provocan, yo no ataco. Pero no pienses que el veneno es lo más importante, ahí tienes a mi prima la boa constrictor, que puede aplastar cualquier animal entre sus anillos, pero tampoco creas que es más fiera que el león. Si te la encuentras por ahí, dale recuerdos de mi parte, pero no se te ocurra aceptarle su abrazo de bienvenida.
Se desssssspidieron y el herrero, cargando su pesado martillo, siguió su ruta buscando al animal más fiero.
Pasaban los días y no encontraba animal alguno al que pudiera considerar suficientemente fiero, pero un día le salió al paso un enorme oso gris. Puesto en pie parecía una montaña, y el herrero creyó haber encontrado lo que buscaba. Se le veía imponente y aterrador, así que le preguntó:
- ¿Tú eres más fiero que el león?
- No – respondió el oso, bajando los brazos – puede que sea más fuerte; mi abrazo podría compararse al de la boa constrictor, y mis garras no es que estén nada mal, pero no soy más fiero que el león. No sé por qué me preguntas a mí, cuando sois los homínidos, sin ser los más fuertes, sin ser venenosos, ni ser los más grandes, los más fieros de la Naturaleza. Vosotros matáis sin necesidad y por puro capricho, por lo que lo vuestro es un récord de fiereza aderezado con un toque de maldad. Creo que lo que andas buscando lo podrías encontrar entre tus primos los primates; y, entre ellos, en el gorila, al que fuerzas no le faltan.
Dándole gracias al oso por aquella indicación, que podría resultarle muy útil, siguió su camino.
Realmente, el oso podía tener razón; si el hombre era más fiero que el león, ¿quién podría ser digno rival para el hombre sino alguien de su propia estirpe?
Así que se dirigió a las selvas más profundas, en las que sabía habitaban gorilas. Le costó mucho encontrar alguno, se ocultaban en la espesura y no se dejaban ver, parecía que le rehuían. Pero al fin se tropezó con un enorme ejemplar de "espalda plateada", con unos brazos el doble que los suyos, que ya es decir, y unos pectorales de impresión. Antes de que le pudiera atacar, se puso en guardia asiendo fuertemente el mango del martillo, y le pregunto:
- ¿Tú eres más fiero que el león?
- No lo soy, y lo sabes – respondió – yo no mato, no tengo que hacerlo para comer y sólo ataco para defender a los míos. Ahora que te veo, parece mentira lo que ha degenerado la especie; sois enclenques, pero lo que tenéis de débiles, lo tenéis de fiereza y crueldad, posiblemente para compensar. Yo te recomendaría que no siguieras buscando: el hombre es lo más fiero y lo más nefasto para la Naturaleza. No sé si a lo largo de tu viaje has podido aprender algo, pero espero que lo acabes entendiendo. Y depón ya ese martillo, que me estás poniendo nervioso y podría acabar atacándote sin considerar el parentesco.
Se despidieron no muy efusivamente – son de esas cosas de familia – y emprendió el viaje de regreso. Finalmente había confirmado que no había animal más fiero que el hombre.
Pero… no sabía por qué, aquello ya no le llenaba de orgullo y satisfacción y regresó con un regustillo amargo.
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Aquí acabaría el “trascuento” pero, para quitar un poco ese regustillo amargo; podríamos añadir que, en el camino, se encontró con aquel anciano al que el león le había preguntado si él era el hombre y le respondió que lo había sido pero ya no lo era.
Pensó el herrero que en los ancianos se encontraba la sabiduría y que, por fin, podría poner un remate redondo a su búsqueda. De modo que le preguntó:
- ¿Realmente el hombre es el único animal más fiero que el león?
- El hombre es fiero en una etapa de su vida, pero antes y después de ella no. Yo ahora estoy en una etapa exenta de fiereza, como también de energías para poder ejercerla, o a lo mejor es por eso precisamente. Pero hay un animal más fiero que el león.
- ¿Qué me dices? - preguntó sorprendido el herrero - ¡Si en todo mi viaje no he sido capaz de encontrarlo!  Me podía haber ahorrado todas esas fatigas de haberte preguntado primero. Y… ¿Cómo se llama ese animal?
- Lopintan
- ¿Lopintan?, Nunca había oído ese nombre
- ¿Nunca habías oído decir aquello de: “No es tan fiero el león como Lopintan”?

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