viernes, 24 de abril de 2015

Cartas desde el cortijo


He recordado que tenía este relato por ahí perdido, que obtuvo un segundo premio en el certamen Literario de Riópar en 2002, y me he decidido a ponerlo aquí, ya que no he recibido ninguna nueva colaboración.





CARTAS DESDE EL CORTIJO

Eustaquio coronó dificultosamente la empinada cuesta. No era fácil caminar con aquella ventisca y la nieve casi a la rodilla, pero ya estaba en casa.
Los carámbanos colgaban de las canaleras como imitando la Cueva del Farallón y la superficie de la balsa estaba totalmente arreguillada.
Antes de entrar, sacudióse las botas para librarlas de la nieve y hacer entrar en calor los ateridos pies. Se quitó pelliza y boina y las sacudió a conciencia antes de abrir la puerta. 
Levantando la aldaba penetró en la casa, dejó en el rincón más fresco de la alacena la lechera llena de tibia leche de cabra recién ordeñada y acercándose al atroje tomó dos piñas,  unas astillas y algunos cándalos que se dispuso a encender en la fría chimenea. Cuando las llamas comenzaron a danzar iluminando la estancia, acercó el pucherete del café y se tendió en el tarimón, tapándose con una retalera, esperando entrar en calor y que se calentara la infusión. 
Había sido un día muy duro pero sus ovejas estaban ya en los corrales y podía olvidarse, por fin, del lobo que merodeaba por aquellos cerros.
Una vez hubo reposado un tanto, encendió la radio y se dispuso a enterarse de lo que pasaba por el mundo, mientras saboreaba su recuelo. Otra vez  estaban a vueltas los judíos con los palestinos y las cosas no iban a mejor en los asuntos de la política nacional. Prestó especial atención al parte meteorológico que repasaba los problemas que la ola de frío había producido en Barcelona y se quedó más tranquilo al enterarse de que para los próximos días se esperaba un tiempo más bonancible.
Tomó papel y bolígrafo y se dispuso a escribir...

                                                             +    Riópar a 29 de Diciembre de 1962
Querido hijo:

Me alegraré que al recibo de estas cuatro letras te encuentres bien, yo bien g.a.D.
Como sabrás por la Ugenia, que anduvo echándome una mano, se acabó el mataero y estoy muy contento por lo buenos que han salido los embutidos. Lástima que no pudieras estar presente para disfrutar de la ocasión y del chusmarro. Fueron dos hermosos gorrinos y espero que te gustaran los chorizos y morcillas que te llevó. Tus hermanicos ya los han recibido porque el practicante hizo un viaje a Madrid y aproveché para encargarle el recado. No le hizo mucha gracia porque dice que le ha quedado el coche con un olor a chorizo que no se puede aguantar. 
En la radio acabo de enterarme que en esos Barcelonas hace mucho frío y que el nevazo os dejó a oscuras  - aún recuerdo aquellos tiempos de la luz de Valeriano, de cómo hacía amaguces  a la más mínima y de cómo teníamos que ir subiendo el elevador para poder sentir el parte.  
Son otros tiempos, pero hay cosas que se repiten.  Sabrás que han vuelto los lobos y entre degolladas y despeñadas por esos cibantos ya van muertas un montón de ovejas. El Baldomero, como es tan narro, mientras echamos la partida del truque nos repite una y otra vez la historia de aquellos nevazos en que los lobos bajaban de esas cuerdas a buscar comida y no dejaban en paz los gallinos, los ovejos ni los cabros. Las cabras de la leche no podían salir como cada día, hasta que el somatén dio una batida y se volvieron para Sierra Morena y desde entonces no se habían vuelto a ver por aquí.
¡Que jodío el Baldomero!, y ¡cómo lo escuchaban los zagaluchos con la boca abierta!, otros lo miraban con incredulidad, pero los que vivimos aquellos tiempos sabemos que es cierto pero le echa más teatro que el Cabo Noguero.
El Luis dice que son perros asilvestrados y que con gritarles "¡picho! ¿y la horca?" salen corriendo como alma que lleva el diablo. Pero yo, por si acaso, no pienso hacer la prueba. Voy prevenido con una garrota que me ferié el año pasado y que luce una hermosa garibola y, además, procuro no andar por esos cerros desde que el sol traspone.
La verdad es que tus hermanicos no hacen más que insistir en que deje ya el cortijo y me baje a vivir al pueblo; que ya no estoy para estos trotes, pero yo me encuentro muy bien y ¡qué pijo! no soy ningún viejo inútil.  Ya sé que tanto tú como ellos preferiríais que me fuera a vivir con vosotros pero a mi no me se ha perdío ná por esas capitales, ya tuve bastante con las veces que fui a visitaros, a mí que me dejen tranquilo en mi pueblo; además me se hace muy difícil dejar los animales, la chirra estará pronto a punto para criar y además ¿qué hago yo en la residencia de pensionistas?, aún me apaño solo; aunque desde la muerte de tu pobre madre q.e.p.d., las cosas ya no son como eran.
Espero que te dejes caer por aquí, al menos en Semana Santa, si el trabajo te lo permite.
Sin nada más por hoy, recibe un abrazo de tu padre que te quiere.

Eustaquio 


Mientras pone la carta en el sobre y pega el sello con un enérgico lengüetazo recuerda cómo fueron marchando los chicos a la capital; unos a Madrid, otro a Barcelona... Eran buenos operarios y enseguida se establecieron por su cuenta. Los talleres que les había ayudado a montar con grandes sacrificios, todos sus ahorros y algún bancal que había vendido, iban viento en popa. Se habían ganado, como tantos otros obreros salidos de Riópar, un merecido prestigio profesional en el ramo de la industria metalúrgica y estaba orgulloso de ellos.
 Él siempre había sido agricultor, nunca trabajó en las Fábricas; por eso, cuando llegó el tiempo del éxodo era demasiado joven para retirarse y demasiado mayor para comenzar un nuevo oficio y se quedaron solos en el cortijo.
Veían a los hijos cuando venían en los veraneos, para las Fiestas de Riópar y poco más, además de alguna vez que ellos se acercaron a verlos, pero por poco tiempo porque los animales y los sembrados no se podían dejar solos.
Pero pronto iba a ser el aniversario de la muerte de su esposa, un año de soledad interrumpido a duras penas por alguna corta visita de los chicos. Las tareas del cortijo le habían mantenido durante este tiempo con la mente ocupada y no tuvo apenas ocasión de pensar en su situación; pero ahora se encontraba sólo, sin nada que hacer, en la penumbra de la cocina, a la tenue luz del rescoldo de la chimenea. 
El viento soplaba con insistencia y se oía por la chimenea su largo ulular. Con aquel tiempo tan desapacible se veía en la necesidad de quedarse recluido en la casa sin poder salir y ¡qué largas se hacían así las horas!.
Era tan diferente cuando hacía buen tiempo y pasaba el día cuidando sus animales y su huerto, pero ahora le pesaba la soledad, la falta de alguien con quien poder charlar o echar una partida de cartas y, además, la distancia al pueblo le disuadía de bajar al bar con el tiempo que hacía.
¿Tendrían razón sus hijos? ¿debería abandonar el cortijo y bajarse al pueblo?. Éstos y otros muchos pensamientos le rondaban por la cabeza hasta que decidió tomar algo e irse a la cama. Sin muchas ganas de ponerse a hacer de cenar, se preparó un tazón humeante de leche, tomó una hogaza de pan y cortó una buena rebanada que troceó para hacerse unas sopas como cuando era chico. Tras tan frugal refrigerio se dirigió a la lumbre, tomó con la badila unas paladas de ascuas y cargó el calentador de cama. Siempre había dicho que frente a la comodidad de la calefacción estaba el placer incomparable de unas sábanas calientes; le parecía que era  como retornar al claustro materno, tibio y acogedor.
Arrebujado entre las sábanas que olían al calor de las brasas, sus pensamientos se perdieron en los vericuetos del recuerdo, de los años felices de recién casados y de los años duros y difíciles de la posguerra; de la dicha de ver crecer a los hijos y el vacío de la ausencia de su amada esposa y, como tantas veces hicieran al caer la noche; en la soledad de la alcoba, comenzó a contarle los sucesos del día, sus preocupaciones y proyectos, sus dudas...

"... tú sabes, María, que los chiquillos quieren que me vaya con ellos o que me baje al pueblo, insisten mucho pero yo les digo; que si los animales... que si el huerto...  Te confieso que son excusas, nada de esto me ataría aquí.
Esta casa eres tú, y tú estás en cada rincón, en cada mueble, en cada tapete, en cada luz, en cada sombra.  Cuando me siento en mi silla de siempre me parece tenerte delante de mí, mirándome, mientras vas tejiendo tu labor de ganchillo.  Han sido muchos años convividos y hemos compartido tantos ratos buenos y malos. No puedo marcharme, necesito ver y tocar, respirar cada una de las partículas que, de tu espíritu, quedan impregnadas en todo aquello que rodeó nuestra vida en común..."

Arrullado por el ulular del viento, Eustaquio se fue quedando dormido dulcemente y le pareció volver a escuchar la voz de su esposa diciéndole:

"Buenas noches...  que descanses..."

Se quedó sumido en un sueño profundo y reparador mientras que el viento seguía cantándole su inacabable canción de cuna...





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